____________________
Obra breve en un solo acto
Personajes:
Yocasta: Menuda, austera. Rodete perfecto. Falda bordó. Blusa verde malva, abotonada hasta el cuello. Voz de mandato en si bemol sostenido. Anteojos redondos. Zapatos de Taquito militar.
Felisberto: Quijotesco, depositado estilo molicie. Pantalón beige sin planchar. Chomba blanca sin ganas. Hablar de intelectual fuera de servicio.
Desiderio: Robusto, de mejillas rosadas y bigote hirsuto. Porta bombacha de campo. Bremer rojo planchado, escote en v gastado. El cuello que asoma interrumpe un pañuelo negro. Mal hablado con empeño. Mocasines con retenciones.
Pierre: Blanco tuberculosis. Traje gris de caída triste. Su voz melindrosa y susurrante denota que toda su semana siente la melancolía: atardecer de domingo. Enormes ojeras negras denotan esperanzas ausentes.
Voces provenientes del buffet: grabadas al mango por los dueños del teatro. Actores frustrados. Dos voces masculinas y dos femeninas.
Escenario:
Sala de espera, un lugar pentagonal, amplio, cuatro puertas cerradas y un zaguán con un timbre, tiene connotaciones con una mama generosa, oprimiendo el pezón, en vez de ring dice: mami, desproporcionado en dimensiones. La luz proviene de un patio. Los vidrios son esmerilados amarillo atardecer. Los psi que atienden en sus respectivos consultorios están ausentes.
Se abre el telón.
En una de las cómodas butacas se encuentra Felisberto, el paciente más antiguo de la casa. Un retazo de su calzoncillo rojo, asoma de la bragueta cerrada con descuido. Su postura de rodillas separadas lo evidencia.
Los tres pacientes restantes ocupan asientos circundantes.
Yocasta: –Disculpe, pero tal vez usted no advirtió qué tiene entre sus piernas.
Felisberto: -¿Yo? [Juntando sus rodillas.]
Yocasta: -Sí, ahora se nota menos, pero igual está.
Felisberto: -Y claro, todos los hombres tenemos.
Yocasta: -No, claro no, no le quedó claro. Es rojo.
Felisberto: -En general es marroncito o rosa oscuro. Tal vez una transferencia de mi analista haga que le pregunte ¿Cuál es su deseo?
Yocasta: -Que se cierre la bragueta.
Felisberto: [Se mira.] –Oh disculpe, recién me doy cuenta.
[Se pone de pie y hacia la pared trata de prender aquello.] ¿Sabe que pasa?, perdí el botón.
Yocasta: -No se preocupe, en mi cartera llevo siempre hilo aguja y botones, si usted me permite se lo coso.
Felisberto: -¿Haría eso por mí?
Yocasta: -O por cualquiera en su situación. Venga, que sin luz no puedo. No, no se siente, prefiero de pie. [Le cose el botón y corta el hilo con los dientes. Los dos pacientes restantes miran, se codean y ríen con descaro.]
Yocasta: -Disculpen, olvidé mi tijerita.
Felisberto: -¿Cómo agradecer su gentileza?
Los otros pacientes: - ¡Que se besen! ¡Que se besen!
Yocasta: -Bueno, bueno. Pero un piquito nomás y sin lengua, por favor.
Felisberto: [Se acerca a Yocasta y dice a los otros pacientes.]
- ¿Podrían no mirar? Me da vergüencita.
Desiderio: -Ah, qué vivo, la idea fue nuestra, tenemos derecho.
Pierre: -Se ve tan poco amor en estos tiempos, sólo en las películas. No sean egoístas.
Yocasta: -Es atinente lo que piden. Concedido. Venga Felisberto, anímese. [Cierra los ojos frunciendo los labios a modo de corneta. Felisberto se acerca, titubeando y le da un beso. Vuelve a su butaca y suspira mirando al techo.]
Pierre: -Tal vez no necesitemos un analista, tal vez una caricia, una mirada, un beso…
[Por un instante todos callan, como pensando.]
Desiderio: -¡Qué lo parió! ¿Hace cuánto que estamos esperando?
Felisberto: -Y… estos tipos son así, te arrancan la cabeza y te atienden cuando quieren. A veces ni están con un paciente. Se meten en el buffet a tomar café y a hablar boludeces. O de nosotros. Quién sabe.
Yocasta: -No me asuste Felisberto, es mi primera vez. Según me dijeron lo que usted cuenta no sería ortodoxo.
Desiderio: -Me sacó la palabra de la boca, para mí hablan del orto cuando están juntos. Lo de doxo, perdón por mi ignorancia. ¿Qué viene a ser doxo?
Felisberto: -Usted hace poco que viene ¿no?
Desiderio: -Yo no soy de los que una vez por semana. Vengo cuando tengo algún kilombo. Ahora porque me echó la turra de mi jermu.
Pierre: -Yo por suerte vivo sólo, pero, al atardecer ¡Me da una tristeza!
Desiderio: -¿Sólo? ¿Cuántas piezas tiene?
Pierre: -Tres.
Desiderio: -Entonces hay dos que no usa, bien puede alquilarme una. Yo a la tardecita lo acompaño, le cebo unos mates y hasta le puedo dar una alegría. Total, a mí me da lo mismo.
Pierre: -Le aclaro que yo no soy gay, pero una pieza le puedo prestar.
Desiderio: -Acepto, por lo demás no se preocupe, todo lo estrecho finalmente se dilata. Ya va a ver.
Yocasta: -Ustedes perdonen mi indiscreción, pero, ¿a qué hora tenían su sesión? De a uno por favor. Es un tic que me quedó de la docencia, disculpen.
Felisberto: -Querida costurerita, que seguro no dio aquel gran paso. Perdone, es un tic que me quedó de la indecencia. Mi sesión es a las cinco de la tarde, desde hace la sinrazón que me trae aquí todos los miércoles.
Yocasta: -Son las seis menos cuarto. Su psi es retardado, un lapsus, Felisberto, su psi se encuentra retardado.
Felisberto: -No fue un lapsus, coincido con usted, el tipo es retardado. Pero él lo ignora y a mí me viene bien, amo dormir siesta y esto me permite llegar tarde y atardezco dos veces.
Pierre: -¡Qué triste es el atardecer y dos veces! Me mata lo que dijo. Mi turno es a las diecisiete cuarenta, mi terapeuta es puntual, es raro, ya tendría que aparecer con sus manos cruzadas y esa sonrisa de ángel señalando el diván.
Felisberto: -¡Qué antigüedad Pierre! Ahora se dice futón.
Desiderio: -Futón, diván, es lo mismo. Uno se acuesta y el tipo o la mina capaz que se saca los mocos a nuestras espaldas mientras contamos el drama que nos trae. A mí me tenía que atender a las cuatro, capaz que tenía demasiados mocos para una sola sesión.
[De pronto bajan las luces en la sala de espera, los pacientes callan. Ruido de copas, risitas ahogadas provienen del buffet de los psi, hay uno que habla gritando, tiene la voz gangosa y arrastra palabras ininteligibles.]
Felisberto: -Me lo imaginaba, están de copas, con su licencia, Yocasta, para mí están con un pedo mormoso.
Pierre: -Morboso digamos, es más el lenguaje que usan ellos, digo.
[Se escucha un in crescendo de voces superpuestas hay portazos y ruidos de vidrios rotos.]
[Yocasta saca su crochet y teje.]
Yocasta: -Voy a aprovechar el tiempo. Pienso que es gente que sabe tanto de la cabeza, tal vez no les quepa todo y hoy la perdieron.
Desiderio: -¡Ah sí! La joda loca. Me parece Yocasta que se fueron al cara… bueno usted sabe. No fui a la escuela, soy grosero sin querer.
Yocasta: -Lo único que dijo y no está mal, es carajo, todos sabemos que es desde donde los marineros avistan la costa. Además no terminó la última sílaba. En cuanto a la joda loca pienso igual, todos lo pensamos, ¿no?
Felisberto: -Y otras cosas más, que mejor callar, para no llenarnos de ira.
[Ahora hay música de salsa. El sonido crece. Se escuchan saltos y tumbos acompañando el desfasaje. Una voz femenina chillona grita, Felisberto reconoce la voz quebrada, casi afeminada de su terapeuta.]
Voz femenina: -¡Por favor déjenme la bombacha, aunque sea!
Voz terapeuta de Felisberto: -El calzón me queda mucho mejor a mí que a ella, no se lo devuelvo ni en pedo.
Felisberto: -Es la voz inconfundible de mi terapeuta. Lo imaginaba, es puto. Sus propias acciones, lo que acabo de escuchar, lo prueban. Ahora comprendo su insistencia acerca de si mi elección sexual era la correcta. Hacía su transferencia en mi sesión y lo que es peor aún, en mi persona. ¿Pensaba que me lo iba a avanzar el idiota?
Pierre: -Me impresiona cómo los terapeutas se parecen a los seres humanos.
[Continúa la orgía del buffet, se oyen risotadas, palabrotas, golpes de puño sobre una mesa, gemidos de sexo. Todos arrastran objetos y palabras. Hay un espacio de desmayo general, precedido de la puerta que se entorna hacia la sala de espera. Ninguno de los pacientes se atreve a mirar.]
Yocasta: -Sería oportuno que todos nos fuéramos. El zaguán está abierto. De pie, salgan. Perdón me quedó de la docencia.
Desiderio: -¿Y si nos vamos a comer unas pizzas?
Felisberto: -Y a tomar unas birras, no vendría nada mal.
Pierre: -Éste es el ocaso del psicoanálisis, vayamos.
Yocasta: -Salgan, en dos minutos estoy con ustedes, debo concluir un algo que no vale la pena decir.
Felisberto: -Sí, claro, cómo no, por supuesto, haga usted Yocasta, venga pronto que me pone triste su ausencia.
[Yocasta entra al buffet. Permanece unos instantes, sale con premura. Los pacientes la esperan en el zaguán.]
Yocasta: - Salgamos chicos, prontito, sshh, en silencio por favor, todos duermen. De menor a mayor.
Pierre: - ¿Notó Yocasta, qué olor a gas proviene de allá? [Señalando el buffet.]
Felisberto: -Es verdad, qué intenso ¿no?
Desiderio: -Vamos muchachos, vamos de una vez ¿Quién cierra?
Yocasta: -Yo, que soy la última, cierro con llave.
Pierre: -¿Y la llave Yocasta?
Yocasta: -A la alcantarilla de afuera, es lo más seguro, para ellos y para nosotros.
____________Telón___________
domingo, 25 de septiembre de 2011
domingo, 14 de agosto de 2011
SORÉT
Piérre escupía cuando hablaba, luego me decía que tenía los lentes sucios de gotitas. Sí, de tu saliva, pensaba. No le decía nada por su constitución descerebrada y su condición humana. Cuando se acercaba, me sacaba los anteojos e igual mantenía una cierta distancia, que él hacía lo posible por sortear. En eso estábamos cuando caí por una escalera de piedra. Infinitos golpes quedaron a lo largo y ancho de mi persona. Ya en el piso lo vi en la mitad de la escalera, pidiendo ayuda para mí, a los gritos y a nadie, porque no había ningún cristiano en el lugar. Cuando llegó la ambulancia, Piérre permanecía en la mitad de la escalera, comiéndose las uñas al grito de -¡Qué impresión!,
¡Qué impresión! - . Casi desmayada me llevaron, alcancé a decirle con un hilo de voz – imbécil, retardado-.
Reintegrada al trabajo, encuentro que mi compañero inmediato es Piérre, en persona. A esa altura de los acontecimientos no tenía dudas, era un tipo insalubre. Yo trabajaba a destajo mientras Piérre me miraba con el codo apoyado en mi escritorio, tomando una gaseosa. Hacía un ruido chupóptero alto y repugnante mientras tomaba. Trataba de no eructar, nunca pudo. En algún descanso, Piérre, escrutando mi mandíbula inferior, me tocó con un dedo diciendo - ¡Eureka! Veo una incipiente prominencia que devendrá en futura papada, esto es el comienzo. Yo tenía veinticinco años y Piérre me sacó de quicio o su comentario o ambos, enganché su silla con mi pie libre y lo tiré al piso con el placer del odio. Piérre me arrojó lo que quedaba de su vaso que estalló. Mil astillas cubrieron mis manos y mi cuello. – Fue sin querer, fue sin querer- clamaba el idiota. Tres compañeras necesité para quitar los vidrios incrustados de modos tan absurdos como Piérre mismo. Nadie pudo explicar el fenómeno de los vidriecitos clavados. Llevé durante una semana apósitos en las heridas. Él pidió una semana de licencia. Temió mis últimas palabras, amenacé con destrozarlo a mano.
Dentro del trabajo, gozaba del privilegio de media hora libre. Paseaba bajo los palo-borrachos y un exquisito aguaribay que llovía ramas tranquilas, me tiraba boca arriba sobre el césped cortado y tupido. Esa era mi libertad, aseguraba soledad, desde aquellos tiempos las gentes preferían las baldosas y la salchicha en sus respectivos descansos. Tenía los ojos entornados y la brisa se cortó en mi entresueño. Piérre, el invasor miraba como si yo fuera un yuyo interesante. Tenía los anteojos de ver de cerca unidos con cinta engomada y desde un metro de distancia habló acerca de mis lamentables lunares con pelos que, tan joven, se insinuaban en mi mentón. Todo dicho con aliento a caca de gallina. Le pregunté si le gustaba comer pollo, no sin antes girar sobre mí misma dos veces para incorporarme lejos de su hedor. Dijo que era su comida predilecta, junto con los menudos que su anciana madre cocinaba aparte, del pollo su familia aprovechaba todo.
No pude resistir informarle que me daba cuenta por el olor a deposición de ave cuando abría la boca. No se le movió un pelo, la mugre se lo impedía.
Con ojos de pasar por alto mi reflexión recordó que su madre era francesa, en su casa todos se comunicaban en ese idioma. Eran once hermanos y la casa chorizo que los cobijaba, según Piérre, era una sucursal de París. Eran los cuentos de esa familia tan similar a los “Buendía” lo único que me complacía de sus relatos. Lo entusiasmé para que siguiera con sus descripciones mientras nos dirigíamos a la cárcel del trabajo. Hubo un momento donde señaló la fuente que debíamos bordear diciendo que en el fondo de su casamata había una igual a ésa. Escuché hasta ahí porque con su bastón doblado me golpeó la espalda, como para indicar y caí dentro del agua estancada. Piérre era tonto y gentilhombre, extendió su bastón para que pudiera sostenerme y salir del pantano. Dos nenúfares colgaban de mi pelo. Piérre aplaudía cuando emergí y con voz de puto decía que La Primavera de Boticelli había reencarnado en mí, gracias a él.
Trabajé de ese modo, ropa mojada y flores en el pelo. Eficiente y digna, es lo mejor para que nadie se atreva a interrogar.
Subí a mi Citroën viejo y esperé la salida de Piérre.
Venía haciendo ademanes al aire. Arranqué, más convencida que peronista fanático, di marcha atrás en el momento preciso, el golpe que recibió Piérre fue precioso.
Todos mis emprendimientos son un fracaso, Piérre no murió.
¡Qué impresión! - . Casi desmayada me llevaron, alcancé a decirle con un hilo de voz – imbécil, retardado-.
Reintegrada al trabajo, encuentro que mi compañero inmediato es Piérre, en persona. A esa altura de los acontecimientos no tenía dudas, era un tipo insalubre. Yo trabajaba a destajo mientras Piérre me miraba con el codo apoyado en mi escritorio, tomando una gaseosa. Hacía un ruido chupóptero alto y repugnante mientras tomaba. Trataba de no eructar, nunca pudo. En algún descanso, Piérre, escrutando mi mandíbula inferior, me tocó con un dedo diciendo - ¡Eureka! Veo una incipiente prominencia que devendrá en futura papada, esto es el comienzo. Yo tenía veinticinco años y Piérre me sacó de quicio o su comentario o ambos, enganché su silla con mi pie libre y lo tiré al piso con el placer del odio. Piérre me arrojó lo que quedaba de su vaso que estalló. Mil astillas cubrieron mis manos y mi cuello. – Fue sin querer, fue sin querer- clamaba el idiota. Tres compañeras necesité para quitar los vidrios incrustados de modos tan absurdos como Piérre mismo. Nadie pudo explicar el fenómeno de los vidriecitos clavados. Llevé durante una semana apósitos en las heridas. Él pidió una semana de licencia. Temió mis últimas palabras, amenacé con destrozarlo a mano.
Dentro del trabajo, gozaba del privilegio de media hora libre. Paseaba bajo los palo-borrachos y un exquisito aguaribay que llovía ramas tranquilas, me tiraba boca arriba sobre el césped cortado y tupido. Esa era mi libertad, aseguraba soledad, desde aquellos tiempos las gentes preferían las baldosas y la salchicha en sus respectivos descansos. Tenía los ojos entornados y la brisa se cortó en mi entresueño. Piérre, el invasor miraba como si yo fuera un yuyo interesante. Tenía los anteojos de ver de cerca unidos con cinta engomada y desde un metro de distancia habló acerca de mis lamentables lunares con pelos que, tan joven, se insinuaban en mi mentón. Todo dicho con aliento a caca de gallina. Le pregunté si le gustaba comer pollo, no sin antes girar sobre mí misma dos veces para incorporarme lejos de su hedor. Dijo que era su comida predilecta, junto con los menudos que su anciana madre cocinaba aparte, del pollo su familia aprovechaba todo.
No pude resistir informarle que me daba cuenta por el olor a deposición de ave cuando abría la boca. No se le movió un pelo, la mugre se lo impedía.
Con ojos de pasar por alto mi reflexión recordó que su madre era francesa, en su casa todos se comunicaban en ese idioma. Eran once hermanos y la casa chorizo que los cobijaba, según Piérre, era una sucursal de París. Eran los cuentos de esa familia tan similar a los “Buendía” lo único que me complacía de sus relatos. Lo entusiasmé para que siguiera con sus descripciones mientras nos dirigíamos a la cárcel del trabajo. Hubo un momento donde señaló la fuente que debíamos bordear diciendo que en el fondo de su casamata había una igual a ésa. Escuché hasta ahí porque con su bastón doblado me golpeó la espalda, como para indicar y caí dentro del agua estancada. Piérre era tonto y gentilhombre, extendió su bastón para que pudiera sostenerme y salir del pantano. Dos nenúfares colgaban de mi pelo. Piérre aplaudía cuando emergí y con voz de puto decía que La Primavera de Boticelli había reencarnado en mí, gracias a él.
Trabajé de ese modo, ropa mojada y flores en el pelo. Eficiente y digna, es lo mejor para que nadie se atreva a interrogar.
Subí a mi Citroën viejo y esperé la salida de Piérre.
Venía haciendo ademanes al aire. Arranqué, más convencida que peronista fanático, di marcha atrás en el momento preciso, el golpe que recibió Piérre fue precioso.
Todos mis emprendimientos son un fracaso, Piérre no murió.
domingo, 19 de junio de 2011
¿UN ESPEJO SÓLO?
Ella dice, que frente al hombre que se le impone, dirige sus ojos a los ojos de él. Fuerte, lo mira, hondo, para que el tipo sienta que ella es alguien más que cualquier otra. Yo la miro, no veo esos ojos profundos que dice tener. Son oscuros, tienen brillos, pero les falta cosmogonía. Conocí ojos, de pupilas negras, donde caí como Alicia, en tirabuzón y sin garantía de retorno. En el país de las maravillas hubo miradas que me llevaron a lugares desconocidos, abrieron puertas y ventanas. Salieron soles, corrieron nubes, para ellos y para mí. Vi llover con arco iris levantando el telón de todos los colores.
Tenía endorfinas, adrenalina, neuronas perfectas, la demencia sin excesos. Los ojos de los demás me importaban porque tenían fortaleza, generosidad y sentimientos piadosos. Algo se dividió, se fragmentó, hasta extravió la memoria y junto con todo, la mirada.
Ahora hay ojos perdidos en cualquier persona. Terminan ahí, justo en la forma, no tienen adentro ni fondo, ni dicen, ni quieren. Pobres las miradas de hoy, tanto deterioro por ambiciones ciegas. Recién levanté la vista de mi cuaderno y encontré unos ojos que miraban genuino.
Me quise por primera vez, gracias al espejo que tengo enfrente. Tienen que existir otros, que no sean tan tristes y añosos.
Tenía endorfinas, adrenalina, neuronas perfectas, la demencia sin excesos. Los ojos de los demás me importaban porque tenían fortaleza, generosidad y sentimientos piadosos. Algo se dividió, se fragmentó, hasta extravió la memoria y junto con todo, la mirada.
Ahora hay ojos perdidos en cualquier persona. Terminan ahí, justo en la forma, no tienen adentro ni fondo, ni dicen, ni quieren. Pobres las miradas de hoy, tanto deterioro por ambiciones ciegas. Recién levanté la vista de mi cuaderno y encontré unos ojos que miraban genuino.
Me quise por primera vez, gracias al espejo que tengo enfrente. Tienen que existir otros, que no sean tan tristes y añosos.
viernes, 17 de junio de 2011
LLAMÓ ALFREDO
Sabía que era Alfredo. A esta altura del año, a esta altura del mes. A esa incertidumbre que obliga a la vejez a seguir al palo. Y uno quiere saber si cobra, si no cobra, si va a poder, si será peor. Jamás Alfredo pregunta si va a ser mejor. A mí me sucede. No lo llamo porque hay demasiadas cosas para decir, pensar, recordar, proyectar un teatro de sombras o reír hasta que el aire pueda virar a suspiro.
Sabés, Alfredo. Encima sabés y eso me da alegría, sin vértigo, a esta altura de las alturas. La nostalgia, el asombro de la tristeza mirando más atrás de la nuca, adelante uno mismo, con un hombro más alto que otro. Esperando que siga camino el camino, que como dijo aquel uruguayo del Tristán Narvaja “sigue y sigue; al final llega y si no, sigue un poco más. No es tanto.”
Hoy el cielo está blanco de nubes y negro de cenizas. Parecen las vísperas y lo de luego.
¿O sí te preguntás si va a ser mejor? Aquí va mi patética: me pregunto lo mismo. Es la zanahoria y uno que es un nabo, sigue.
Sabés, Alfredo. Encima sabés y eso me da alegría, sin vértigo, a esta altura de las alturas. La nostalgia, el asombro de la tristeza mirando más atrás de la nuca, adelante uno mismo, con un hombro más alto que otro. Esperando que siga camino el camino, que como dijo aquel uruguayo del Tristán Narvaja “sigue y sigue; al final llega y si no, sigue un poco más. No es tanto.”
Hoy el cielo está blanco de nubes y negro de cenizas. Parecen las vísperas y lo de luego.
¿O sí te preguntás si va a ser mejor? Aquí va mi patética: me pregunto lo mismo. Es la zanahoria y uno que es un nabo, sigue.
lunes, 6 de junio de 2011
LA PATRIA ES UNO
Miraban con descaro, mandíbulas caídas y ojos de escarabajo. El bar frente a la plaza, con mesas de bar, sillas de bar y ese café traído por mozos afables y viejos como los cimientos del lugar. Los ventanales que subían según las estaciones y lo vientos. El olor a bosta que trepaba de la calle, las risas abiertas y francas de los parroquianos. Quintina recordaba venir al pueblo con su padre y tomar cortaditos con medialunas. Los saludos de la gente, tan saludados, como festejando encuentros inesperados.
Ahora el bar era un agobio híbrido, con olor a aceite viejo y barato, casado con el repulsivo olor de caños de escape nublando los nogales de la plaza. No quiso entrar a aquel reducto sin identidad. Caminó buscando un alguien de antes que no aparecía ni bajo los teñidos tapacanas. Sólo caras operadas de hombres y mujeres. Gente de su edad, tan deformada como aquellos frentes soñados de todas las casas.
Llegó al Bar Tito, Tito mudado a España y otro par de pobres borrachos o ricos en copas, dejó de ser.
Tomó un taxi hasta el campito de sus padres. Les contó alegrías inventadas y encuentros no ocurridos. El viejo, por las sombras en los gestos de su hija, advirtió que mentía. La madre quiso saber de su vida en Italia, más que de sus impresiones del pueblo. Compartiendo el almuerzo, Quintina los hizo reír con anécdotas tranquilas, desopilantes e irónicas. En un silencio de ángeles Quintina puso las manos de sus padres en sus manos y lloró con hipos. Les dijo que los tanos eran más de lo mismo. El mundo cargaba con más mierda de la que pudiera imaginarse. Volvió para curarse un poco de ese filocapital que cubría Europa y encontró una sucursal perversa de aquello que dejó. Un pueblo rodeado de soja y disfrazado de ciudad con edificios equívocos con olor a lavadero. Árboles talados, sierras alambradas y casa pretenciosas en sus cumbres, desafinando el antiguo paisaje. Lo padres la abrazaron con la sabiduría que legaron a su hija, no encontraron palabras.
Quintina los sorprendió con la compra de mil doscientas hectáreas vecinas al pedacito de sus padres. Ellos no quisieron aceptar, la hija no debía invertir veinte años de ausencia y el esfuerzo de sus ganancias. No les pareció justo. Ella dijo que si no aceptaban iba a llorar el resto de su vida y volvería al lugar donde era una sudaca que instruía europeos tan burros como las vacas o los políticos.
Dijo tener planes creíbles y posibles. Ése era su lugar. Los padres no le creyeron tanto entusiasmo. Caer de tan alto duele.
Al amanecer recuperó la cordura y el mantra de la patria guaranga: “hacer algo acá es al pedo…” se impuso antes del primer canto de gallo. Armó su austera mochila. Redactó una carta para sus padres, contenciosa y administrativa: amor y euros. Hizo dedo en la segunda tranquera, no eran tiempos para viajar de ese modo, pero pensó que el miedo roba tiempo y ganas. El destino no importó. Lo que más hizo en su vida Quintina fue perderse. Es así como de cuando en vez uno se la cruza, es inevitable, como que redondo es el mundo.
Ahora el bar era un agobio híbrido, con olor a aceite viejo y barato, casado con el repulsivo olor de caños de escape nublando los nogales de la plaza. No quiso entrar a aquel reducto sin identidad. Caminó buscando un alguien de antes que no aparecía ni bajo los teñidos tapacanas. Sólo caras operadas de hombres y mujeres. Gente de su edad, tan deformada como aquellos frentes soñados de todas las casas.
Llegó al Bar Tito, Tito mudado a España y otro par de pobres borrachos o ricos en copas, dejó de ser.
Tomó un taxi hasta el campito de sus padres. Les contó alegrías inventadas y encuentros no ocurridos. El viejo, por las sombras en los gestos de su hija, advirtió que mentía. La madre quiso saber de su vida en Italia, más que de sus impresiones del pueblo. Compartiendo el almuerzo, Quintina los hizo reír con anécdotas tranquilas, desopilantes e irónicas. En un silencio de ángeles Quintina puso las manos de sus padres en sus manos y lloró con hipos. Les dijo que los tanos eran más de lo mismo. El mundo cargaba con más mierda de la que pudiera imaginarse. Volvió para curarse un poco de ese filocapital que cubría Europa y encontró una sucursal perversa de aquello que dejó. Un pueblo rodeado de soja y disfrazado de ciudad con edificios equívocos con olor a lavadero. Árboles talados, sierras alambradas y casa pretenciosas en sus cumbres, desafinando el antiguo paisaje. Lo padres la abrazaron con la sabiduría que legaron a su hija, no encontraron palabras.
Quintina los sorprendió con la compra de mil doscientas hectáreas vecinas al pedacito de sus padres. Ellos no quisieron aceptar, la hija no debía invertir veinte años de ausencia y el esfuerzo de sus ganancias. No les pareció justo. Ella dijo que si no aceptaban iba a llorar el resto de su vida y volvería al lugar donde era una sudaca que instruía europeos tan burros como las vacas o los políticos.
Dijo tener planes creíbles y posibles. Ése era su lugar. Los padres no le creyeron tanto entusiasmo. Caer de tan alto duele.
Al amanecer recuperó la cordura y el mantra de la patria guaranga: “hacer algo acá es al pedo…” se impuso antes del primer canto de gallo. Armó su austera mochila. Redactó una carta para sus padres, contenciosa y administrativa: amor y euros. Hizo dedo en la segunda tranquera, no eran tiempos para viajar de ese modo, pero pensó que el miedo roba tiempo y ganas. El destino no importó. Lo que más hizo en su vida Quintina fue perderse. Es así como de cuando en vez uno se la cruza, es inevitable, como que redondo es el mundo.
viernes, 15 de abril de 2011
PRIMER VIOLÍN
Mi compañero desde hace más de treinta años tuvo un abuelo que no conocí. Fueron siempre tan sutiles y cálidos los recuerdos de su nieto. Lo quiero más que a cualquier componente de su familia. Siento que sí lo conozco y me hace ensoñar lindo, tanto como mi padre. Cuando huelo el tabaco de una pipa presiento que el abuelo está presente en ese humo. Virgilio se apropió de mi cabeza. Él vive en el pentagrama que define su nieto. Si tenía buen humor, le dejaba meter las tostadas en su taza de café bien oscuro, no como el de los chicos, clarito y con leche.
Vivía en una Villa de Córdoba, rodeada de bosques y casitas de cuento, habitadas por músicos diversos. Pintaba al aire libre, teniendo como fondo el Pan de Azúcar, había olor a trementina y óleos de todos colores. En la Villa hacía coros con su familia y los nietos. Virgilio tocaba el violín y la abuela el piano, únicos momentos que ella se cruzaba con el bienestar. El abuelo corregía la música que hacían los nietos con sonrisas, tocando su violín a la altura de los más chicos. En una capilla abandonada ejecutó un concierto y entró dios aplaudiendo “¡Por fin el reciento sirvió para algo bello!” dijo dios y se quedó por ahí. Le habló a Virgilio, que estaba en otra cosa y no escuchó nada, porque era ateo.
Volvieron de un paseo por el monte y se sentó en su cama, los chicos, agotados, se tiraron alrededor. Todos vieron cómo le costaba quitarse un zapato, fruncía toda la cara y el zapato parecía no querer dejar su pie. Agachó la cabeza, mirando la suela y pidió que le trajeran una tenaza de inmediato. Era un clavo, que comenzaba en la suela y se introducía trecho largo y enhiesto en su propio pellejo. Lo quitó, con ese silencio digno que lo ocupaba siempre. Corrió una brisa angelada y recordó el violín, solía despedir el sol con alguna sonata entrañable y dulce como el atardecer sereno.
Vivía en una Villa de Córdoba, rodeada de bosques y casitas de cuento, habitadas por músicos diversos. Pintaba al aire libre, teniendo como fondo el Pan de Azúcar, había olor a trementina y óleos de todos colores. En la Villa hacía coros con su familia y los nietos. Virgilio tocaba el violín y la abuela el piano, únicos momentos que ella se cruzaba con el bienestar. El abuelo corregía la música que hacían los nietos con sonrisas, tocando su violín a la altura de los más chicos. En una capilla abandonada ejecutó un concierto y entró dios aplaudiendo “¡Por fin el reciento sirvió para algo bello!” dijo dios y se quedó por ahí. Le habló a Virgilio, que estaba en otra cosa y no escuchó nada, porque era ateo.
Volvieron de un paseo por el monte y se sentó en su cama, los chicos, agotados, se tiraron alrededor. Todos vieron cómo le costaba quitarse un zapato, fruncía toda la cara y el zapato parecía no querer dejar su pie. Agachó la cabeza, mirando la suela y pidió que le trajeran una tenaza de inmediato. Era un clavo, que comenzaba en la suela y se introducía trecho largo y enhiesto en su propio pellejo. Lo quitó, con ese silencio digno que lo ocupaba siempre. Corrió una brisa angelada y recordó el violín, solía despedir el sol con alguna sonata entrañable y dulce como el atardecer sereno.
jueves, 17 de marzo de 2011
BERTA
Los tres golpes de la portera, durante años. Por si el despertador no despertaba.
Maestra de veinte niños, de cuarenta, de cincuenta y tres, alumnos que se multiplicaban y apenas diferenciaba. Le dio el horror de la locura y el beneficio de la licencia por psiquiatría. Berta tuvo como destino el pabellón de intermedios.
Las sesiones con el psiquiatra la fatigaban. Como siempre eran profesionales diferentes, comenzó a ser personas diferentes, con alteraciones leves. Sabía cómo tranquilizar a un psiquiatra, ponía los ojos sabios y nobles. Hacían sentir al psi. como un enfermo recurrente, injusto y tacaño.
Berta tenía ausencias que la ponían niña de seis años y hablaba y se movía como de esa edad. Creció y quiso volver a la escuela, convenció a los cinco médicos que le dieron el alta, remisión absoluta.
Cuando las dos niñas llenaban los tinteros Berta apareció de atrás y las degolló. Llenó el resto con tinta roja sangre y escribió perdón en todas las paredes.
Maestra de veinte niños, de cuarenta, de cincuenta y tres, alumnos que se multiplicaban y apenas diferenciaba. Le dio el horror de la locura y el beneficio de la licencia por psiquiatría. Berta tuvo como destino el pabellón de intermedios.
Las sesiones con el psiquiatra la fatigaban. Como siempre eran profesionales diferentes, comenzó a ser personas diferentes, con alteraciones leves. Sabía cómo tranquilizar a un psiquiatra, ponía los ojos sabios y nobles. Hacían sentir al psi. como un enfermo recurrente, injusto y tacaño.
Berta tenía ausencias que la ponían niña de seis años y hablaba y se movía como de esa edad. Creció y quiso volver a la escuela, convenció a los cinco médicos que le dieron el alta, remisión absoluta.
Cuando las dos niñas llenaban los tinteros Berta apareció de atrás y las degolló. Llenó el resto con tinta roja sangre y escribió perdón en todas las paredes.
IN NOMINE PATRIS
Le contó mirándolo a los ojos, el padre tenía la misma adicción. No por protección, sí por dinero. Le dio algo de lo comprado para él. Transcurriendo las semanas, que fueron meses, el padre y el hijo compartieron aquel desmán que tuvo tanta popularidad. Un día él pidió y el padre dijo no, no escuchó más, el viejo, además era puto y se enteró todo junto. El viejo en una granja y la visita de él con una papela.
Pudo salir, llegó caminando a su casa, abrió las puertas y miró hacia arriba, de la viga más alta, colgaba. Quiso gritar cuando vio, pero antes una espina invisible le trabó todas las arterias. Cayó a sus pies.
Una señora gorda los tapó con sábanas blancas.
Cuando llegó la policía, los cuerpos del padre y el hijo no estaban. Las sábanas sí. Nadie supo qué decir.
Pudo salir, llegó caminando a su casa, abrió las puertas y miró hacia arriba, de la viga más alta, colgaba. Quiso gritar cuando vio, pero antes una espina invisible le trabó todas las arterias. Cayó a sus pies.
Una señora gorda los tapó con sábanas blancas.
Cuando llegó la policía, los cuerpos del padre y el hijo no estaban. Las sábanas sí. Nadie supo qué decir.
martes, 15 de marzo de 2011
LA MUJER LARGA
- I -
Un camino de pueblo, arbolado con follaje generoso, como cuando no hay vecinos.
Noche abierta, pariendo luna llena. Las hojas dibujan espectros en los adoquines.
Una dama erguida, de piernas infinitas, camina sin prisa con una niña de la mano. Se pierde en una puerta en sombras.
La única luz proviene de su piel lacada y negra. La niña suelta la mano y corre al encuentro de un animal que la espera. La mujer larga camina la mañana, dos niñas de ébano juegan a la mancha, mientras una empleada, con tonada boliviana, trata de controlar la anarquía que la supera. Hay asombro de un caminante habitual, que saluda gentil y pregunta por el parentesco de las criaturas exóticas, la boliviana contesta que son hermanas. Lo dice con miedo. La mujer larga la reprende, con palabras desconocidas y mira al hombre con severo repudio.
Él sigue su camino, piensa en la negrita del día anterior, piensa que no es ninguna de éstas dos.
- II -
- Mirá si va a haber tráfico de chicos en un pueblo con tanta iglesia y tanto militar protegiendo nuestra patria justa, libre y soberana – Lo dice convencida, como esposa de milico de bota y católica devota.
- Olvido el lugar cuando despierto, abro los ojos allá y es acá. Este sueño tiene comida, recupero la música de Amadou et Mariam, ellos tapan los sonidos del hambre.
La familia en la choza es una multitud de estómagos vacíos que aturden. Melodías del horror.
Elogian mis ojos, las pestañas, culito alto, dicen, columna de africana, dicen, piernas perfectas, dicen, negra de mierda, dicen.
Le dan a elegir tres y mi padre nos señala. Mamá agoniza, opaca, sólo brilla cuando nos ve partir. Abraza débil, sonríe a esa gente que nos da trabajo cruzando el océano. Tenemos miedo, el avión es grande. Hay chicos de aldeas vecinas, nos saludamos. No quieren que hablemos entre nosotros. Los destinos son Buenos Aires, La Plata y Pozo de piedra. Mis hermanas quedan en Buenos Aires. Les pagan en euros, casa y comida gratis. No saben cuál es ese trabajo. Suben a una combi.
Una pareja me da la bienvenida, a la sonrisa perdida. Viajo mirando tierras infinitas. Ellos hablan entre sí, dicen que mi francés es perfecto, lástima que sea analfabeta. Mejor, dice el hombre, mucho mejor. Ella se ríe, está de acuerdo, lo toca ahí. Voy atrás, pero la veo por el reflejo. Mis hermanas se diluyen. La mejor defensa es no preguntar, no saber.
Es parecido a mi aldea, con el agregado de sierras bajas y la ausencia del mar. Linda tierra, sin arena. Alguien pregunta por la cicatriz de mi mano, sonrío, nada más. ¿Voy a contar que fue por un choclo? Justo aquí, donde tirás una pestaña y nacen pestañas.
- III -
No entiendo el idioma, sí el desprecio. – Aspecto distinguido la negra. Chusma, ilegal, catinga.
El sonido y el volumen de esas palabras pisan el corazón.
Una pieza umbría y olor de rosas blancas trepando las rejas. Maruja, española, de sonrisa generosa, entra tres niñas tristes como la sequía. Rarezas de Senegal, pelo rubio mota, ojos azules, piel violeta. – Tía René, dice Maruja que nos bañes.- Se meten en la tina de azulejos que nunca vieron. Con la espuma de la mugre dibujan pájaros y flores. Vestiditos blancos prístinos y cintas para esos pelos rebeldes. Se ríen de nada. Los zapatos, los zoquetes, pies encerrados, serias enojadas, con suspiros.
Todos la llaman Doctora ó Juez, me llega a la cintura. Salimos, ¡Mon Dieu Quelle chaleur! El auto tiene aire acondicionado, el pueblo está cerca, dicen.
Ahora que sabés leer y escribir, podés declarar en las adopciones. Maruja habló de tu celeridad e inteligencia. Buen trabajo, la gallega. René querida, lo que viene es para beneficio de tu pueblo, nunca olvides. Debés silencio y es permanente.
Vó tá loca, René, para eyo só una negra, pior que nosotro lo peone, que somo morocho y nos dicen negro, como a vó. Andate René, si descubren algo la culpa va a ser tuya, acá nadie defiende a nadie. Lo tuyo se yama trata de niño’, nos lo dijo el boga nuestro. Somo tré para ayudarte, el boga quiere que yevemo las pibita también.
Vó por eso está flaca y triste. El boga é rico, tiene como cinco mil hetária. Herencia, nada de mafia, todo por derecha. Mirá si será bueno el hombre que se llama Ernesto, vó no sabé quién fue , pero fue el mejor. Este te paga el pasaje a vó y las piba. Te hace lo papele. Llamá a tu viejo ¿qué má queré? Dale negra, mejor morite de hambre allá y no de un balazo acá…pensá…No yoré má que me vaaser yorá a mí también.
Lo escucho, pero tengo tantas dudas. Encima están las nenas, son mi responsabilidad. Me faltan fuerzas, tengo que comer y dormir para que esto no siga.
- IV -
Ud. No tiene que volver sin nada, tengo dos ONG muy interesadas en el tema. Son muchos casos René, todo no se puede. Empecemos por Uds. Cuatro. Las tres niñas fueron extraditadas sin el consentimiento de sus padres, con identidades falsas. Así es este país, no muy distinto del suyo, René. Tendrá ud. La protección que nos asegurará su regreso sana y salva.
Le mira la cara, ya no lo escucha. Un mar azul, mi aldea, la cara de mi padre, mis queridos hermanos. No me ocupa la cabeza el no saber cómo, sino cuándo. Recibiré dinero todos los meses, tendré asesores gratuitos que ayudarán en Senegal. Tiene cara de bueno, cómo no creerle. Aparece la Jueza, baja, con dos hombres altos. Se dirige a ellos y me mira como a un mueble.
A ésta la trasladan al estudio, se encarga del maquillaje y el vestuario. Dice que va sin texto, que soy dócil y obediente. Llegan las combis sin ventanas, no entiendo porqué no está Ernesto.
El hombre más alto me empuja dentro con cierta violencia y el otro mete la mano bajo su saco, la Jueza lo mira con tensión, dice que no es necesario.
Cuanto menos entiendo, más desconfío. Estoy en un hangar lleno de luces que focalizan, las niñas tienen las caras pintadas y ropas ambiguas. Una mujer, que parece hombre, pide que me lleven, no me necesita. Se enoja, no sabe quién soy. El alto le explica algo al oído. El otro me toma del brazo y casi en el aire salgo del hangar. Hay sol y un monte para protegerse. Bajo un pino inclinado, Maruja, tomando mate, me extiende uno. No, gracias, me duele el estómago. Es el calor, asegura, por eso prefiere el invierno, me cuenta que en Pozo de Piedra hay dos estaciones, el invierno y la del tren. Raro este verano, ¿no muchachos?, se dirige a los tres peones, que están meta pala haciendo pozo. Nadie contesta, nadie me mira. Ellos me advirtieron. Veo dos sombras recortadas en el suelo del monte, llevan las manos hacia mi espalda. Siento algo en la nuca y entre los omóplatos, pierdo pie… juego con mi papá y mi mamá, nos metemos en el mar y es azul. Ellos se quedan en la orilla, yo me alejo, nado y los veo chiquitos, saludando a mis hermanos.
Un camino de pueblo, arbolado con follaje generoso, como cuando no hay vecinos.
Noche abierta, pariendo luna llena. Las hojas dibujan espectros en los adoquines.
Una dama erguida, de piernas infinitas, camina sin prisa con una niña de la mano. Se pierde en una puerta en sombras.
La única luz proviene de su piel lacada y negra. La niña suelta la mano y corre al encuentro de un animal que la espera. La mujer larga camina la mañana, dos niñas de ébano juegan a la mancha, mientras una empleada, con tonada boliviana, trata de controlar la anarquía que la supera. Hay asombro de un caminante habitual, que saluda gentil y pregunta por el parentesco de las criaturas exóticas, la boliviana contesta que son hermanas. Lo dice con miedo. La mujer larga la reprende, con palabras desconocidas y mira al hombre con severo repudio.
Él sigue su camino, piensa en la negrita del día anterior, piensa que no es ninguna de éstas dos.
- II -
- Mirá si va a haber tráfico de chicos en un pueblo con tanta iglesia y tanto militar protegiendo nuestra patria justa, libre y soberana – Lo dice convencida, como esposa de milico de bota y católica devota.
- Olvido el lugar cuando despierto, abro los ojos allá y es acá. Este sueño tiene comida, recupero la música de Amadou et Mariam, ellos tapan los sonidos del hambre.
La familia en la choza es una multitud de estómagos vacíos que aturden. Melodías del horror.
Elogian mis ojos, las pestañas, culito alto, dicen, columna de africana, dicen, piernas perfectas, dicen, negra de mierda, dicen.
Le dan a elegir tres y mi padre nos señala. Mamá agoniza, opaca, sólo brilla cuando nos ve partir. Abraza débil, sonríe a esa gente que nos da trabajo cruzando el océano. Tenemos miedo, el avión es grande. Hay chicos de aldeas vecinas, nos saludamos. No quieren que hablemos entre nosotros. Los destinos son Buenos Aires, La Plata y Pozo de piedra. Mis hermanas quedan en Buenos Aires. Les pagan en euros, casa y comida gratis. No saben cuál es ese trabajo. Suben a una combi.
Una pareja me da la bienvenida, a la sonrisa perdida. Viajo mirando tierras infinitas. Ellos hablan entre sí, dicen que mi francés es perfecto, lástima que sea analfabeta. Mejor, dice el hombre, mucho mejor. Ella se ríe, está de acuerdo, lo toca ahí. Voy atrás, pero la veo por el reflejo. Mis hermanas se diluyen. La mejor defensa es no preguntar, no saber.
Es parecido a mi aldea, con el agregado de sierras bajas y la ausencia del mar. Linda tierra, sin arena. Alguien pregunta por la cicatriz de mi mano, sonrío, nada más. ¿Voy a contar que fue por un choclo? Justo aquí, donde tirás una pestaña y nacen pestañas.
- III -
No entiendo el idioma, sí el desprecio. – Aspecto distinguido la negra. Chusma, ilegal, catinga.
El sonido y el volumen de esas palabras pisan el corazón.
Una pieza umbría y olor de rosas blancas trepando las rejas. Maruja, española, de sonrisa generosa, entra tres niñas tristes como la sequía. Rarezas de Senegal, pelo rubio mota, ojos azules, piel violeta. – Tía René, dice Maruja que nos bañes.- Se meten en la tina de azulejos que nunca vieron. Con la espuma de la mugre dibujan pájaros y flores. Vestiditos blancos prístinos y cintas para esos pelos rebeldes. Se ríen de nada. Los zapatos, los zoquetes, pies encerrados, serias enojadas, con suspiros.
Todos la llaman Doctora ó Juez, me llega a la cintura. Salimos, ¡Mon Dieu Quelle chaleur! El auto tiene aire acondicionado, el pueblo está cerca, dicen.
Ahora que sabés leer y escribir, podés declarar en las adopciones. Maruja habló de tu celeridad e inteligencia. Buen trabajo, la gallega. René querida, lo que viene es para beneficio de tu pueblo, nunca olvides. Debés silencio y es permanente.
Vó tá loca, René, para eyo só una negra, pior que nosotro lo peone, que somo morocho y nos dicen negro, como a vó. Andate René, si descubren algo la culpa va a ser tuya, acá nadie defiende a nadie. Lo tuyo se yama trata de niño’, nos lo dijo el boga nuestro. Somo tré para ayudarte, el boga quiere que yevemo las pibita también.
Vó por eso está flaca y triste. El boga é rico, tiene como cinco mil hetária. Herencia, nada de mafia, todo por derecha. Mirá si será bueno el hombre que se llama Ernesto, vó no sabé quién fue , pero fue el mejor. Este te paga el pasaje a vó y las piba. Te hace lo papele. Llamá a tu viejo ¿qué má queré? Dale negra, mejor morite de hambre allá y no de un balazo acá…pensá…No yoré má que me vaaser yorá a mí también.
Lo escucho, pero tengo tantas dudas. Encima están las nenas, son mi responsabilidad. Me faltan fuerzas, tengo que comer y dormir para que esto no siga.
- IV -
Ud. No tiene que volver sin nada, tengo dos ONG muy interesadas en el tema. Son muchos casos René, todo no se puede. Empecemos por Uds. Cuatro. Las tres niñas fueron extraditadas sin el consentimiento de sus padres, con identidades falsas. Así es este país, no muy distinto del suyo, René. Tendrá ud. La protección que nos asegurará su regreso sana y salva.
Le mira la cara, ya no lo escucha. Un mar azul, mi aldea, la cara de mi padre, mis queridos hermanos. No me ocupa la cabeza el no saber cómo, sino cuándo. Recibiré dinero todos los meses, tendré asesores gratuitos que ayudarán en Senegal. Tiene cara de bueno, cómo no creerle. Aparece la Jueza, baja, con dos hombres altos. Se dirige a ellos y me mira como a un mueble.
A ésta la trasladan al estudio, se encarga del maquillaje y el vestuario. Dice que va sin texto, que soy dócil y obediente. Llegan las combis sin ventanas, no entiendo porqué no está Ernesto.
El hombre más alto me empuja dentro con cierta violencia y el otro mete la mano bajo su saco, la Jueza lo mira con tensión, dice que no es necesario.
Cuanto menos entiendo, más desconfío. Estoy en un hangar lleno de luces que focalizan, las niñas tienen las caras pintadas y ropas ambiguas. Una mujer, que parece hombre, pide que me lleven, no me necesita. Se enoja, no sabe quién soy. El alto le explica algo al oído. El otro me toma del brazo y casi en el aire salgo del hangar. Hay sol y un monte para protegerse. Bajo un pino inclinado, Maruja, tomando mate, me extiende uno. No, gracias, me duele el estómago. Es el calor, asegura, por eso prefiere el invierno, me cuenta que en Pozo de Piedra hay dos estaciones, el invierno y la del tren. Raro este verano, ¿no muchachos?, se dirige a los tres peones, que están meta pala haciendo pozo. Nadie contesta, nadie me mira. Ellos me advirtieron. Veo dos sombras recortadas en el suelo del monte, llevan las manos hacia mi espalda. Siento algo en la nuca y entre los omóplatos, pierdo pie… juego con mi papá y mi mamá, nos metemos en el mar y es azul. Ellos se quedan en la orilla, yo me alejo, nado y los veo chiquitos, saludando a mis hermanos.
lunes, 7 de febrero de 2011
EL LUGAR
A mi hermano Alberto
Años añosos, hastíos hastiados, toneladas de aburrimiento, el método de la muerte igualito todo los días. Hay un permiso otorgado a un café, nunca exceder la media hora. Voy al mismo lugar y me siento en el mismo lugar. Deposito mis huesos, más cortos que antes, más duros que antes, más pesados que nunca. Diarios no quiero, me mienten todos en todo, por escrito es demasiado. Prefiero mirar, hay un adoquín engañoso. Es una esquina donde la gente que transita siempre es la misma, traje más, corpiño menos. Trago mi café y de cada tres, dos tragan el adoquín, no se les desliza por la garganta. Les hunde el pie y el equilibrio los abandona sin decir nada. Las caras giran para ver si fueron vistos, con más horror y miedo que el dolor personal. Me dan risa, siempre fui respetuoso, he cambiado. No quiero herir a nadie, pero me desternillo al punto de golpear la mesa endeble con ambas manos. El café se derrama, el precio de la risa. Pido otro y en el primer traguito, un idiota trastabilla.
Faltan diez minutos para mi partida y cuatro, con cara de nada, meten la pata. Las mujeres por mostrar su soberbia sin piso, son las más. El hombre derrotado, mira hacia abajo y alguna vez lo evita. Camino una cuadra y en la esquina entro en mi calabozo cotidiano, un pie, luego el otro. Inevitable el agujero, pienso en los tontos desprevenidos, en las tontas para siempre.
Alguna vez uno dice basta y hoy yo soy uno. La puerta que gira no se detiene, da la vuelta completa. Vuelvo a casa, a una plaza, o a la terminal. Dejo caer mi saco, desabrocho el primer botón, tiro la corbata en el basurín municipal. Alguien me advierte en voz alta.
Ya no escucho, estoy en el lugar soñado.
Años añosos, hastíos hastiados, toneladas de aburrimiento, el método de la muerte igualito todo los días. Hay un permiso otorgado a un café, nunca exceder la media hora. Voy al mismo lugar y me siento en el mismo lugar. Deposito mis huesos, más cortos que antes, más duros que antes, más pesados que nunca. Diarios no quiero, me mienten todos en todo, por escrito es demasiado. Prefiero mirar, hay un adoquín engañoso. Es una esquina donde la gente que transita siempre es la misma, traje más, corpiño menos. Trago mi café y de cada tres, dos tragan el adoquín, no se les desliza por la garganta. Les hunde el pie y el equilibrio los abandona sin decir nada. Las caras giran para ver si fueron vistos, con más horror y miedo que el dolor personal. Me dan risa, siempre fui respetuoso, he cambiado. No quiero herir a nadie, pero me desternillo al punto de golpear la mesa endeble con ambas manos. El café se derrama, el precio de la risa. Pido otro y en el primer traguito, un idiota trastabilla.
Faltan diez minutos para mi partida y cuatro, con cara de nada, meten la pata. Las mujeres por mostrar su soberbia sin piso, son las más. El hombre derrotado, mira hacia abajo y alguna vez lo evita. Camino una cuadra y en la esquina entro en mi calabozo cotidiano, un pie, luego el otro. Inevitable el agujero, pienso en los tontos desprevenidos, en las tontas para siempre.
Alguna vez uno dice basta y hoy yo soy uno. La puerta que gira no se detiene, da la vuelta completa. Vuelvo a casa, a una plaza, o a la terminal. Dejo caer mi saco, desabrocho el primer botón, tiro la corbata en el basurín municipal. Alguien me advierte en voz alta.
Ya no escucho, estoy en el lugar soñado.
lunes, 13 de diciembre de 2010
ROUGE
Tomaba vino para encontrar algo de algo en este mundo indecente. Sus padres no sintieron la piedad que aparece en estos casos. Boris, sin un techo, olvidaba la intemperie con un trago de sangre. Tenía uno que otro amigo y lo querían. Él decía que sus copas rojas eran transfusiones para seguir viviendo en las calles, los bares y algunos despertares baldíos.
Vulgar la historia, lo dejó una novia. Hermosa, virgen, que desató el engaño con su mejor amigo. Tomó la primera copa y la segunda. La tercera se miró en el espejo. Desprendió el primer botón de la camisa, la corbata de seda roja fue a parar a manos del dueño del boliche. Con ojos de baldosa le regaló una botella e indicó la salida. A los troncos de los árboles, Boris los pensaba como el talle de su novia, lloraba abrazando la memoria de los cuerpos juntos. Pasado el amanecer desmayó su cansancio triste en una esquina fría. Alcanzó a vislumbrar que detuvieron sus pasos unos tacos altos y unos mocasines que resultaron familiares. De pronto un saco grueso depositado en su espalda. Escuchó la retirada y los suspiros. En sus últimos pensamientos coherentes, se le hizo náusea el horrible parecido que el amor y la traición suponen abrigar la inminencia de la muerte.
Vulgar la historia, lo dejó una novia. Hermosa, virgen, que desató el engaño con su mejor amigo. Tomó la primera copa y la segunda. La tercera se miró en el espejo. Desprendió el primer botón de la camisa, la corbata de seda roja fue a parar a manos del dueño del boliche. Con ojos de baldosa le regaló una botella e indicó la salida. A los troncos de los árboles, Boris los pensaba como el talle de su novia, lloraba abrazando la memoria de los cuerpos juntos. Pasado el amanecer desmayó su cansancio triste en una esquina fría. Alcanzó a vislumbrar que detuvieron sus pasos unos tacos altos y unos mocasines que resultaron familiares. De pronto un saco grueso depositado en su espalda. Escuchó la retirada y los suspiros. En sus últimos pensamientos coherentes, se le hizo náusea el horrible parecido que el amor y la traición suponen abrigar la inminencia de la muerte.
martes, 30 de noviembre de 2010
TRES CADA TREINTA
Vino anoche, estaba tan lindo, tan joven, esa sonrisa abierta de dientes prolijos, esos ojos firmes de saber más que sus años. Trajo el bolso con una muda limpia y catorce para lavar. Me trajo un perfume de regalo, el olor es como de flor que se fue hace un rato y olvidó algo de limón y mandarina. Abraza firme, seguro de haber llegado a un puerto protegido. Comemos y hablamos entre tenedores suspendidos y copas inconclusas. Fue el momento de la novia, que lo quiere sin pedir cambio, está contento, le deja oxígeno y le otorga descansos generosos. Trabaja a destajo, como es ahora, lo que gana los gasta, como es ahora. Cada tanto me escucha, pero mis palabras no son su idioma, a veces grita que él sabe, que no hable de lo que no sé. Es cruel, como los jóvenes en confianza y sé que mi deber es dejar pasar, sino lo mato.
Tanto me costó aceptar su ser dependiente.
Tanto me costó aceptar su ser independiente. Esta vida, si algo tiene sentido, es lo inoportuno, el destiempo, la comprensión tardía, el amor que necesita, el que no tanto. Soliviantar los deseos propios con los ajenos para que no caiga ni uno ni otro. Aceptar con la puerta abierta para que pase y se haga lo que sea. Se va mañana, hace mucho que es sin mí. Juego a que me necesita, soy la madre.
Tanto me costó aceptar su ser dependiente.
Tanto me costó aceptar su ser independiente. Esta vida, si algo tiene sentido, es lo inoportuno, el destiempo, la comprensión tardía, el amor que necesita, el que no tanto. Soliviantar los deseos propios con los ajenos para que no caiga ni uno ni otro. Aceptar con la puerta abierta para que pase y se haga lo que sea. Se va mañana, hace mucho que es sin mí. Juego a que me necesita, soy la madre.
martes, 23 de noviembre de 2010
MADAME – I
La depresión económica hizo que en el sector fumadores, de varias mesas, había sólo dos ocupadas. Yo leyendo un pasquín. La persona en la otra mesa cercana, con un café desde hacía media hora, flaca con la ropa pegada a los huesos, había entrado en la edad donde el color de los ojos se diluye. Ella me habló con voz tranquila, de nacida y criada. Dijo conocerme, desde su casa veía mi caminata diaria de seis kilómetros y el día que dejé mi traste al aire para hacer reír a mi marido, ella también se rió. Le gustaba el sentido del humor, comentó de sí misma. A mi no me pareció que fuera una persona con sentido y menos aún del humor. No le creí ni jota. Patética y mentirosa, lo señalaba su amplia soledad, elegida o no. Después del comentario, puso su cabeza en la ventana de dos posibilidades: autos estacionados o cielo con nubes móviles. Seguí con mi lectura del pasquín y sin mirarla hablé de las casas de su sierra: tenían jardines sin nadie, nunca. Ella negó todo: la gente amaba la naturaleza y jugaba con sus niños en sus parques arbolados, decía con seriedad testimonial. En dieciséis años, jamás ví las situaciones que describió, no amaban la naturaleza, asesinaban árboles, tapaban la tierra con piedritas. Odiaban a los niños, los encerraban en colegios privados con comederos incluídos. No quise contradecirla, cada cual atiende su juego y algunos perciben cosas que no existen. Tenía superficie corporal de cáncer terminal. Cuando partió saludó triste.
Nunca encontré su casa, desde donde dijo observar mis caminatas. La ví otro día sentada en la misma mesa, me acerqué a saludar y le di un beso. No le pregunté cómo estaba porque su piel era gris y su cutis evanescente. Por vez primera sonrió con dientes amarillos y encías expuestas. Me dio frío.
Nunca encontré su casa, desde donde dijo observar mis caminatas. La ví otro día sentada en la misma mesa, me acerqué a saludar y le di un beso. No le pregunté cómo estaba porque su piel era gris y su cutis evanescente. Por vez primera sonrió con dientes amarillos y encías expuestas. Me dio frío.
MADEMOISELLE - II
No sé porqué vine. Para salir del encierro y ver gente, no hay nadie. Por suerte hay una mesa con alguien que reconozco. Es la que pasa por la sierra cuando busco leña, me escondo para verla. Un día se bajó el jogging, pensando que estaban solos, el tipo se reía y ella le hacía burla. No es decente, qué va a ser. Si fuera decente, no mostraría el trasero así. Me dio bronca, yo juntando palitos para calentar agua y la tipa caminando. Le voy a contar que la ví, a ver qué me dice. Es amable, pero se queja del lugar que es hermoso, la idiota. Critica a la gente con un desparpajo. No es de acá, se nota. Nosotros no tenemos que permitir que venga gente así. Una cosa es la libertad y otra el libertinaje. Dice: “mi marido”, pero no tiene anillo. Ni casada está con el tipo. Para mí son judíos. Ahora me trae leña el chico del diario.
No la veo más, mejor.
Hoy voy a tomar café y estaba la tipa, leyendo el diario. Ya se va, me descubrió, se acerca y me saluda con un beso, yo le sonrío, qué le voy a hacer, por educación.
Hay gente que no tendría que existir.
No la veo más, mejor.
Hoy voy a tomar café y estaba la tipa, leyendo el diario. Ya se va, me descubrió, se acerca y me saluda con un beso, yo le sonrío, qué le voy a hacer, por educación.
Hay gente que no tendría que existir.
viernes, 12 de noviembre de 2010
SEC-BORDER
Había una secretaria nueva con cara de ardilla y dientes roedores expuestos. Atendía tres consultorios psiquiátricos. Teléfonos, cambios de horarios y pedidos, confección de recetas y complicaciones menores del oficio. Un miércoles Vane amaneció con poderosas anginas, expresión de hondas angustias. Somas impotentes que le impedían asistir a su sesión semanal. Pidió hablar con la Sec y dejar el mensaje de no concurrencia a su Psi. Le respondió una voz de pausas infinitas, vocablos mínimos, confusos y los buenosdías y hastaluego, gracias, se los debió. Vane quedó entre estúpida y en falta. Así se siente un paciente que va a consulta con la estima en baja, como Vane y su idea pendular: “¿Vivo, o mejor no?”.
La actitud fría y lapidaria de la empleada, la consultó con su Psi. Ésta la tranquilizó con gesto de no tener importancia, por la juventud de la ardilla, casi una niña, adujo. Vane, que pensaba hablado, contestó que acordaba con su juventud, pero la boludez no tiene edad, hay niños boludos, jóvenes boludos y viejos boludos. La ardilla era boluda. La Psi y Vane, dejaron el tema ahí. Pasado un tiempo, Vane quedó sin medicación y un tubazo a la sec-ardilla para confección de receta y firma de la profesional. En la tarde fue a retirar la receta y la Secardilla (como optó por llamarle) la miró con ojos de volver de nada y muy suelta de dientes contó que se le había traspapelado y no había nadie en consultorio para sortear el problema.
Vane apretó los puños, los dientes y se le perló la frente, tomó la manito de la ardilla indiferente y una ligera torsión hizo que el animal pusiera dientes de horror, los ojos se le fueron redondos. Vane sintió alivio, pero no el suficiente. Juntó moco de su angina anterior y lo arrojó a la pantalla de la computadora, pasó la manito en torsión por el salivado y le gritó “perra” al oído. Vane salió a la calle y paseó su tristeza por los naranjos. Algo le decía que su tratamiento necesitaría más tiempo que el estimado. Volvió sobre sus pasos, tomó una naranja del piso y la arrojó a la ventana del Psi más antipático que atendía en el lugar. “Ya que estoy la hago completa.” pensó Vane, que era reflexiva por demás y juntó los vidrios, para que no se lastimaran los perritos sin zapatos.
La actitud fría y lapidaria de la empleada, la consultó con su Psi. Ésta la tranquilizó con gesto de no tener importancia, por la juventud de la ardilla, casi una niña, adujo. Vane, que pensaba hablado, contestó que acordaba con su juventud, pero la boludez no tiene edad, hay niños boludos, jóvenes boludos y viejos boludos. La ardilla era boluda. La Psi y Vane, dejaron el tema ahí. Pasado un tiempo, Vane quedó sin medicación y un tubazo a la sec-ardilla para confección de receta y firma de la profesional. En la tarde fue a retirar la receta y la Secardilla (como optó por llamarle) la miró con ojos de volver de nada y muy suelta de dientes contó que se le había traspapelado y no había nadie en consultorio para sortear el problema.
Vane apretó los puños, los dientes y se le perló la frente, tomó la manito de la ardilla indiferente y una ligera torsión hizo que el animal pusiera dientes de horror, los ojos se le fueron redondos. Vane sintió alivio, pero no el suficiente. Juntó moco de su angina anterior y lo arrojó a la pantalla de la computadora, pasó la manito en torsión por el salivado y le gritó “perra” al oído. Vane salió a la calle y paseó su tristeza por los naranjos. Algo le decía que su tratamiento necesitaría más tiempo que el estimado. Volvió sobre sus pasos, tomó una naranja del piso y la arrojó a la ventana del Psi más antipático que atendía en el lugar. “Ya que estoy la hago completa.” pensó Vane, que era reflexiva por demás y juntó los vidrios, para que no se lastimaran los perritos sin zapatos.
domingo, 24 de octubre de 2010
META MATAR NOMÁS
Así que hay procederes ejemplares, vos que sos del Partido Obrero y no sos obrero. Vos que pensás que el mundo va a ser mejor, basado en tu futuro sin frontera y el amor de tus padres comunistas.
Te mataron. Un arma con mano pagada, le gustó más la guita que tu persona de veintiséis años. La guita lo hace más feliz que tu vida. Alguno habría sabido, otro ha fabulado, alguien te señaló y estaba cerca cuando disparó. Reflexionaba el asesino: - Un zurdito menos es un zurdito menos.
Ningún partido es ningún partido. Las dificultades las resuelve una bala. Las felicidades del dinero: el dinero, sólo el dinero. El dinero compra la muerte. El dinero paga la vida del rico. Y mata la del pobre.
Te mataron. Un arma con mano pagada, le gustó más la guita que tu persona de veintiséis años. La guita lo hace más feliz que tu vida. Alguno habría sabido, otro ha fabulado, alguien te señaló y estaba cerca cuando disparó. Reflexionaba el asesino: - Un zurdito menos es un zurdito menos.
Ningún partido es ningún partido. Las dificultades las resuelve una bala. Las felicidades del dinero: el dinero, sólo el dinero. El dinero compra la muerte. El dinero paga la vida del rico. Y mata la del pobre.
domingo, 17 de octubre de 2010
EL OMBLIGO DE INÉS
Inés tenía cara de yo me sé todo y una corte de boludos que le creían.
Puede que su forma de trabajo no la practicara como una forma de dominación, pero sus creyentes la seguían, escuchaban sus evaluaciones y hasta las ponían en práctica. Hubo una obra conjunta de diez esperanzas. Inés se encargó de evanescerla casi al hacerse cargo. Ella dijo que debía practicarse un aborto. No estaba en condiciones y excusas, excusas ¿Y para qué hacer creer tanto? Hay muchas Ineses y son parecidas, el aspecto de orfandad, el desaliño sincero, el estoy por, o cuando vaya a…
Inés quedó sola y no le importó una nada. Toda su vida fue solitaria, casi no sentía a los otros. Percibía latidos diferentes, colores ajenos, risas en otro idioma. Podía ser reina de repente o reclusa permanente. Robaba novios ajenos sin mediar intención alguna. Los hombres quedaban perdidos por Inés. Algunos dejaba pasar, por ejemplo los candidatos de dos o tres amigas. El resto era para amarlos y luego Inés les cobraba. Este método le capitalizó la vida con un piso alto, con terraza, árbol y pileta, en plena 9 de Julio. Una cabaña de maderas chinas, en una playa sola, de una isla sola, del Delta y su lugar de vida, una casa de piedra, incrustada en Sierra de La Ventana. En el techo de pasto se hamacaba a la hora de la siesta. Sola Inés.
Puede que su forma de trabajo no la practicara como una forma de dominación, pero sus creyentes la seguían, escuchaban sus evaluaciones y hasta las ponían en práctica. Hubo una obra conjunta de diez esperanzas. Inés se encargó de evanescerla casi al hacerse cargo. Ella dijo que debía practicarse un aborto. No estaba en condiciones y excusas, excusas ¿Y para qué hacer creer tanto? Hay muchas Ineses y son parecidas, el aspecto de orfandad, el desaliño sincero, el estoy por, o cuando vaya a…
Inés quedó sola y no le importó una nada. Toda su vida fue solitaria, casi no sentía a los otros. Percibía latidos diferentes, colores ajenos, risas en otro idioma. Podía ser reina de repente o reclusa permanente. Robaba novios ajenos sin mediar intención alguna. Los hombres quedaban perdidos por Inés. Algunos dejaba pasar, por ejemplo los candidatos de dos o tres amigas. El resto era para amarlos y luego Inés les cobraba. Este método le capitalizó la vida con un piso alto, con terraza, árbol y pileta, en plena 9 de Julio. Una cabaña de maderas chinas, en una playa sola, de una isla sola, del Delta y su lugar de vida, una casa de piedra, incrustada en Sierra de La Ventana. En el techo de pasto se hamacaba a la hora de la siesta. Sola Inés.
domingo, 10 de octubre de 2010
ABSTEN
Isolina largó el pucho, las piernas se le dormían, los brazos. Aire le faltaba. Pecho con tos circonvulsa. Latido galope. Ataques de locura, ningún pucho puede reemplazar un pucho.
Isolina fumaba de la mañana a la noche. Como para ella la noche se unía con el día, fumaba la vida. Prender y no necesitar ni un amigo, ni un novio, ni, ni, ni siquiera nada. La mejor compañía, mirar algo con él y sentirse uno sólo con el humo inhalado y luego exhalado. Es el punto G del fumador. El pucho es que si son las tres, querés fumar y no tenés, agarras la bici y vas a la otra punta y volvés con uno prendido y viento en contra. Cuando llegás uno para festejar, otro para el café y después muchos, porque charlan los amigos y fuman.
Isolina los fue odiando de a uno. Primero lo permitió y no pudo desdecirse. Pero sí puede odiar. Eso no se ve, ni se dice. Sale sólo, pocos no creen. La mayoría sabe. Isolina no les quiere explicar, se enteró que todos la odian.
Isolina fumaba de la mañana a la noche. Como para ella la noche se unía con el día, fumaba la vida. Prender y no necesitar ni un amigo, ni un novio, ni, ni, ni siquiera nada. La mejor compañía, mirar algo con él y sentirse uno sólo con el humo inhalado y luego exhalado. Es el punto G del fumador. El pucho es que si son las tres, querés fumar y no tenés, agarras la bici y vas a la otra punta y volvés con uno prendido y viento en contra. Cuando llegás uno para festejar, otro para el café y después muchos, porque charlan los amigos y fuman.
Isolina los fue odiando de a uno. Primero lo permitió y no pudo desdecirse. Pero sí puede odiar. Eso no se ve, ni se dice. Sale sólo, pocos no creen. La mayoría sabe. Isolina no les quiere explicar, se enteró que todos la odian.
sábado, 11 de septiembre de 2010
COROLARIO
Tengo sensaciones que coinciden con las acciones dadas en llamarse vejez. Mientras miro un equipo de dvd sigo caminando hacia otro lugar y el ángulo de dos paredes golpea un costado de la nariz. Duele, está hinchada. Hace unos meses resbalé con semillas de una pinácea, caí largo a largo con la cara metida entre la piedra y el yuyo. Se rompieron los dientes de adelante formando una v corta con el vértice hacia arriba. Consecutivos golpes en rodillas, codos, hombros, me han creado un ritmo de caminar azombizado. Dos veces me descosí en la bañadera.
Veo borroso, escucho lejano, cuando alguien cuenta algo olvido de inmediato lo que dijo y lo invito a juntar margaritas. Hasta dejé de recordar que vivo sola y treinta y dos gatos es una cifra elevada. La casa es grande y el jardín con veinte años sin jardinero es el mato amazónico. Recorro la selva noche y día buscando feroces animales que finalmente duermen largas siestas conmigo.
Piensan que son seres exóticos y extraños las viejas solas con muchos gatos. Les resulta nauseabundo el olor a pis y temen enfermedades virósicas expandidas en toda la manzana.
Yo dejo la casa a los gatos y me voy a la mierda. Le tengo miedo a esta gente. Intuyo.
Veo borroso, escucho lejano, cuando alguien cuenta algo olvido de inmediato lo que dijo y lo invito a juntar margaritas. Hasta dejé de recordar que vivo sola y treinta y dos gatos es una cifra elevada. La casa es grande y el jardín con veinte años sin jardinero es el mato amazónico. Recorro la selva noche y día buscando feroces animales que finalmente duermen largas siestas conmigo.
Piensan que son seres exóticos y extraños las viejas solas con muchos gatos. Les resulta nauseabundo el olor a pis y temen enfermedades virósicas expandidas en toda la manzana.
Yo dejo la casa a los gatos y me voy a la mierda. Le tengo miedo a esta gente. Intuyo.
lunes, 6 de septiembre de 2010
ANTISÓCIAL DESPORTING CLUB REFULGENSE
Se fundó en el interespacio un club Desporting, por carecer de todo tipo de pelotas. Disfruto esa ausencia de derrotar a un grupo de infelices con un elemento redondo como la histeria. La pelea, con guantes o sin ellos, donde no existe conflicto, para que dos nabos se transen a luchar. Las carreras, sobre ruedas o sobre piernas, para llegar primero a una cinta de papel plástico, que encima la rompen en señal de triunfo.
El primer nombre es Antisócial, con acento en la o, enfatizando lo más enfermizo del hábitat: los humanos socializados. Nada más virósico que el “todo bien” y el “nos vemos”, hipocresía del “todo para la mierda” y el “a vos, mejor perderte que encontrarte”. El hombre social ajusta sus gustos y deseos a los ajenos. Seres tan idénticos entre sí que escaran el imaginario de los antisociales, que somos pocos, pero los mejores.
Ni nosotros lo dudamos. El nombre Refulgense cierra el del club. Re, porque es una sílaba fuerte. No es lo mismo puto que reputo o que te parió a que te reparió.
O te quiero a te requiero, Fulg, por la calle Fugl, pocos saben que es Fugl. Por eso. Y pensé, porque el club tiene personas con genes que son. Escuchamos ofertas, por los medios que cada miembro prefiera. Hoy que resulta una incógnita solitaria, no lo digo por inspirar, me sale RESPETO, RESPETO, RESPETO, RESPETO, Reppeto, Requieto, Reinoso, Reinquieto, Relejos, Rejucilo, Resma, Roma, Rusia, Sucia, Respeto, Re lejos.
El primer nombre es Antisócial, con acento en la o, enfatizando lo más enfermizo del hábitat: los humanos socializados. Nada más virósico que el “todo bien” y el “nos vemos”, hipocresía del “todo para la mierda” y el “a vos, mejor perderte que encontrarte”. El hombre social ajusta sus gustos y deseos a los ajenos. Seres tan idénticos entre sí que escaran el imaginario de los antisociales, que somos pocos, pero los mejores.
Ni nosotros lo dudamos. El nombre Refulgense cierra el del club. Re, porque es una sílaba fuerte. No es lo mismo puto que reputo o que te parió a que te reparió.
O te quiero a te requiero, Fulg, por la calle Fugl, pocos saben que es Fugl. Por eso. Y pensé, porque el club tiene personas con genes que son. Escuchamos ofertas, por los medios que cada miembro prefiera. Hoy que resulta una incógnita solitaria, no lo digo por inspirar, me sale RESPETO, RESPETO, RESPETO, RESPETO, Reppeto, Requieto, Reinoso, Reinquieto, Relejos, Rejucilo, Resma, Roma, Rusia, Sucia, Respeto, Re lejos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
