sábado, 5 de febrero de 2022

PROPIO

 

   —No tiene corrector.

   Onorato escribe muy bien, es meticuloso, revisa cuatro, cinco veces, si lo considera necesario.

   —La historia la cierro, que me guste a mí y al Abuelo, que publicó “Los tutores del sexo”, con seudónimo, sino las damas de aquel tiempo, lo compraban a escondidas y a él le quitaban el saludo. Fue un éxito, le siguió “Respete al meritorio”, éste resultó un fracaso, pero no le importó. Tenía éxito con el público femenino, que ni siquiera leyeron su primera publicación, lo invitaban porque era buen mozo, maniquí vivant. “Esta gente descendiente de buena estirpe”, decía, “comen tarde o no comen”. Éstos, no comían. El Abuelo, por frívolos, los alejó de su lado. Se llamaba Onorato, por el Bisabuelo, que era fanático de Honoré de Balzac.

   —Julieta, confieso que no me gusta publicar nada de lo que escribo. Te prefiero como lectora, a vos y a mi Abuelo. Son bichos, saben de qué trato lo que trato.

   No quería escuchar mi propuesta, se notaba.

   —Onorato, la bestia de mi Editor, no tiene correctores y le están bajando las ventas por sus horrores gramaticales. Al viejo, contale cuanto querés, te agradecerá pagándote más. No sé si es puto. Se dará cuenta que sos un capo corrigiendo, también, modular ciertos textos que modifiquen su sintonía.

   Onorato se tomaba del mentón, a la frente, postura de pensar.

   —Bueno, Julieta, acepto tu oferta.

   El Editor lo recibió con bombos, sin platillos, le entregó ciento veinte libros para corregir. Le dio un mes de tiempo.

   —¡El viejo está loco, ciento veinte en un mes!

   Julieta decidió, por afecto y respeto: 

   —Onorato, yo corrijo sesenta, no soy tan buena como vos, pero sí rápida. Yo no cobro nada más que me invites a tu casa en Orense.

   El viejo quedó conforme con las correcciones, pagó más que bien, mientras miraba a Onorato, como “puto no me atrevo”.

   Llegamos a Orense, la casa vacía y re-limpia.

   Su Sobrina fregona, había estado la semana anterior. Dormimos doce horas, las correcciones, joda, joda, nos dejaron extenuados. Fuimos a la playa y mirando el mar le pregunté:

   —¿Porqué la negación de publicar?

   —No sé muy bien, es como si preguntaras por qué no visito a mi viejo. No te rías. Cuando termino una historia, es mía. Y con las sucesivas, me ocurre igual. Sería como mostrar lo único que me pertenece, el diseño de mi vida, conmigo adentro.

viernes, 4 de febrero de 2022

ESTÁ EN FALTA

 

   Tiré mi mejor pullover al tacho de basura. Una confusión, estaban al lado, ambos son redondos, cuando terminó el proceso de lavado, dentro no había nada. Era tarde, habían pasado los recolectores. Laburando sin guantes, con zapatillas gastadas, ¿cómo les podía preguntar por mi mejor pullover? Cuando escuché el remisse busqué las llaves. No estaban. Cerré la puerta de casa sin llave, no puedo faltar, me dejan cesante. Regresé en un micro equivocado, pero llegué. La puerta estaba cerrada, pero sin llave. Corrí un armario sobre la puerta, no me quedaba otra opción. Estaba muerta de hambre. Le di un mordisco a la banana solitaria de mi frutera. Olvidé pelarla, le sentí un gusto raro. Pensé en arrojar la cáscara a la basura. No la encontré por ningún lado. La banana me cayó pesada.

   Abrí la ducha, fue un placer que se cortó cuando vi que no había jabón ni shampoo ni toalla. Me sequé con la toalla de mano y a la cama. No tenía sábanas ni acolchado, salí al patio, llovía. Por la mañana había puesto todo a ventilar. Después de catorce horas de trabajar derrapé en el colchón y me tapé con la alfombrita del piso.

   Por la mañana saqué un cubito para mis ojos hinchados y encontré las llaves, cubiertas de hielo. No tenía dinero para tomar un remisse, ni un micro. Desayuné lo único de la heladera, un vaso de leche cortada que escupí en un florero.  Llegué agitada, pero a tiempo. Todos miraban mis pies.  Sumergidos en pantuflas enormes con orejas de conejo y bigotes. Olvidé los zapatos. Mi jefe estaba esperando con cara de: “Otra más y fuiste”. Hice todo lo que me pidió. Sólo que los expedientes fueron dejados en reparticiones equivocadas.

   Perdí el trabajo, cuando salí no recordé dónde era mi casa. Ni tampoco supe cómo se lloraba. Un tipo me abrazó por la calle, le di una bofetada, preguntó por qué, si no había motivo. Pedí disculpas, hacía más de diez años que Jano era mi novio y no lo reconocí. Expliqué lo de mis olvidos permanentes. Me invitó a su oficina y acepté, quería descansar y sabía de la comodidad de aquel lugar. Con voz tranquila, Jano habló de nuestra relación: paciente-analista desde hacía una década. No éramos novios. Eso me alivió. Tener un novio y tan poco atractivo me parecía deprimente.

   Jano explicó que la sociedad actual, sumergida en un continente mafiocrático, donde las personas estaban a merced del desamparo en todos los órdenes. Un Tsunami donde la memoria era una de las pérdidas colectivas, entre otras.

   —Luego de mis reflexiones, ¿usted recuerda algo, mi querida?

   Apareció un núcleo de fuego en mi cabeza y grité que sí. Le conté que trabajaba con un analfafuncional, de cargo jerárquico, que me hacía caminar de un lado a otro con pilas de expedientes. Al terminar mi tarea, debía limpiar todos los baños. Por suerte, o por desgracia, me despidió. Jano, desde su pipa apagada, preguntó si no podía hacer el esfuerzo de recordar que yo era médica psiquiatra  y psicóloga. Hizo una pausa, donde me aseguró un trabajo, de escaso horario en el ANSES. Contesté que había perdido la memoria, que mi estado de confusión era inmenso, que tal vez hubiese perdido la razón, pero mi dignidad estaba intacta. Me fui, no sé adónde, pero me fui.

domingo, 9 de enero de 2022

 

Queridos Lectores, durante una semana  no subiré cuentos por razones personales.

                                                               Patricia.

HASTA AQUÍ

 

   Ramón encontró el bolso preparado a los pies de la cama y la ropa de viaje colgaba impecable, de mayor a menor, fuera del vestidor. Coca era la autora de organizar sus viajes mensuales al campo, ella se quedaba.

   Cuando Ramón la despidió con un beso gastado, ella alejó su mejilla y apoyó el whisky matutino en la cicatriz. Todavía pensaba el choque como un agravio personal. Le señalaba la culpa con el vaso. Ramón le recordó la cita con el cirujano, sugirió que fuera con su mejor amiga. Él no podía llegar a tiempo, había complicaciones con el encargado. Coca no dijo nada. Desde el accidente no le dirigía la palabra. En el auto Ramón recordó la infausta cosecha y aceleró. Cortó por un camino de tierra, divisó el rancho y le sonrió al espejo. Él era feliz mirando sembrados, enamorado de esta pampa tan lisa. Protegido por el cielo y amparado por el rancho que Coca diseñó respetando el estilo tradicional, con techo de paja, paredes de adobe, galería austera y ventanas de juguete.

   Ramón comía frente al espejo de la cocina. Miraba hacia sí mismo, recordó la cicatriz de Coca, sus ojos acusando, para tapar el odio de antes del episodio. Se acostó de su lado, respetaba sin querer, el lado de Coca. Una vez le apareció por sorpresa, hasta se reía con sonido. Fue un milagro para Ramón. Después, nunca más.

   Se la quiso sacar de la cabeza y cruzó a charlar con el encargado, gordo buenazo que hacía el mejor mate del país. Remigio le daba paz. Casi ni decía, pero decía. Viajaban al mundo de ver luces raras en el cielo o caminar entre el maizal. Se reía Remigio cuando lo veía andar lento, como si fuera viejo. Ramón lo saludaba con la mano en alto y se metía en el rancho. Tenía un mensaje en el contestador, era la amiga de Coca. Una voz rara, le decía que Coca había partido, por propia voluntad. Le aconsejó que viajara, despacio, total ya estaba. Ramón caminó lento hasta el auto, manejó sin prisa, lloraba con ganas.

sábado, 8 de enero de 2022

MEMORIA EMOTIVA

 

   Nos íbamos por unos días a una playa de pueblo chico y tranquilo. Mamá estaba enojada, nunca supe por qué, ni me preocupé, lo suyo era un estado permanente, la frente con gesto de disgusto. Le pedí que vinieran con nosotros, mi viejo hubiera aceptado. Ella no. Adujo que debía hacer muchas cosas. Muchas era tejer y limpiar, cambiar de lugar algún mueble. Encerar lo que a mí jamás se me hubiera ocurrido. Hacía de cuenta que era su casa, mientras papá pedía permiso para todo. Tenía cara de cansada y color pálido. Limpió su casa de Buenos Aires, luego vino al campo y limpió hasta la tranquera. Pasó por el pueblo y limpió el departamento de mi hermano y al fin mi casa. Un placer para ella. Mientras hacía criticaba mi no hacer, que era lo que más me gustaba hacer.

   El día antes de partir la invité a caminar la sierra y respirar árboles. Fue extraño ella nunca quiso ni quería salir conmigo, esta vez aceptó. Noté que se fatigaba muy rápido y decidí volver, no recuerdo mi excusa. Por la noche me dio un beso y puso su reloj en mi muñeca. Un regalo y un beso, dos acciones ajenas a nuestra no relación. Me gustó y no me gustó, como a toda histérica. Lo elaboré en análisis, mami no pudo o no supo aceptarme. Ese karma nunca se fue, lo sacaba en palabras pero las improntas de la infancia nos acompañan toda la vida. El día que partimos les hice jurar que esperarían nuestra vuelta para retornar a Buenos Aires, papá dijo que desde luego, mamá forzó una sonrisa.

   Un día de playa que el bebé disfrutó más que nosotros, rodamos por un médano hasta la casita. Había una camioneta de la policía, miraron raro, uno de ellos me apartó del resto y habló de algo que pareció ajeno, todo el aire se tiñó de negro.

   Mis padres, dos días antes de nuestro regreso, se fueron. La curva, alguien de contramano. Mamá te debo una charla, vos no podés. Yo te hablo mamá por todo lo que nunca. Discuto con vos aunque no estés. Fue idea tuya. Dos días antes. Por vos, por todo lo que nunca.

viernes, 7 de enero de 2022

1968

 

   El accidente ocurrió a trescientos kilómetros de Río.  Seguro que se pasaban la cachaça de uno a otro para combatir la boca seca del charuto que escondía noctilucas. Bartu conducía, era el más viejo de la tribu. Escribanos hartos del estudio compartido, decidieron visitar el mejor lugar de la tierra, cuando Buzios era una aldeíta de costas recortadas y sin nadie.

   Tenía que viajar el pariente más cercano de cada uno para el reconocimiento. De la familia fui yo mismo, el Bartaburu del medio. ¿Porqué el del medio es el que hace los mandados, hasta para ver si mi hermano muerto era el muerto? Mi primer viaje en avión. Un jet de Varig, ni cuenta me di de la experiencia. Whisky tras whisky me tranquilizaban del dolor y de la bronca. Cuando lo vi se me aflojaron las piernas y en lugar de llorar me reí a carcajadas, no lo pude creer. Le habían pintado la cara con una base marrón, mejillas rojas, los ojos cerrados, pestañas largas postizas, la boca tenía rouge colorado y dibujada una sonrisa de payaso. El pelo me mató, se lo habían teñido de azul francia, la cabeza rodeada de tules amarillos y violetas. Las manos cruzaditas en el pecho, con las uñas pintadas de rosa intenso. Así era la costumbre con los muertos allá en Brasil, el país que más amaba Bartu. Tal vez para tapar el blanco que da la parca. Salí del lugar y no podía parar aquella risa. Firmé los papeles y me vine. Bartu venía con el equipaje de los vivos. Siempre decía que cuando muriera hicieran una fiesta bien divertida, con música de Pink Floyd al mango, Janis Joplin y que no faltara Vinicius.

   Un infierno aquel velorio, había tanta gente que faltaba un pucho más y todos moriríamos de asfixia. Mi madre llevó la crema Pond’s en la cartera pero no pudo limpiar nada, la pintura parecía definitiva. Mi tía Petete compró rosas blancas para tapar un poco tanto grotesco. Pero el color de Bartu pudo más que todo. Le salió bien, murió como quería, con amigos que lo vieron y lloraban de risa hasta doblarse. Mi hermanito, el Bartaburu adolescente trajo el equipo y la música, bien fuerte, echó a todos los viejos indignados.      Cuando no dimos más, ocupamos los sillones y ahí sí lloramos todos, eso estuvo de más, diría Bartu.

   En medio de aquel momento de comunión trágica, cayó el nabo de Pushkariov y dijo humedades, como siempre. Se disculpó con todos por haber llegado tarde, le dio un beso en la frente al Bartu y salió gritando que mi hermano era de mármol, más frío todavía. Pushkariov entró en el baño de inmediato y lo escuchamos vomitar. Para tapar el asco del imbécil pusimos música de nuevo, esta vez Bob Dylan, que nos llevó soplando en el viento y pareció que Bartu estaba entre nosotros.

jueves, 6 de enero de 2022

COCA

 

   Ir por la playa, le producía malestar, por aquello de la celulitis o las várices. Se ponía una tohalla entera o una pollera hindú, hasta los tobillos. Pañuelo, sombrero y anteojos. Lograba lo que quería, nadie se daba cuenta quién iba, debajo de tanto trapo.

   Tenía fecha para operar su cara, estaba contenta y ansiosa. Un accidente de auto, sin mayores consecuencias, le dejó una enorme cicatriz, en la ceja derecha y otra en la mejilla izquierda. Con el paso del tiempo, casi parecían hilitos de seda, sus cicatrices.

   No salió nunca más de su casa, no recibía a nadie.

   Al único que le permitía verla, era a su marido. Según él para hacerlo sentir culpable sin sentido, porque Coca manejaba, aquel trágico día.

   A pesar de todo, su casa estaba tan impecable como antes del accidente o más, mucho más.

   El marido volvió a su campo y esta vez, Coca no quiso ir.

   Quedó sola, miró todas las revistas de decoración que tenía. Luego las apiló por color.

   Se vendó la cabeza, con prolijidad de cirujano. Miró el espejo y siguió aplicando capas de algodón y cintas de telas, de bordados primorosos. Le dio risa, su imagen cabezona. Para dar por terminada la historia, se forró toda la cabeza, con bolsas apretadas de nylon.

   Con mano segura, se pegó un tiro.

   Coca, no manchó con sangre, nada.

miércoles, 5 de enero de 2022

POLIZÓN

   El muchacho gordo apareció en un recodo de los árboles. Pasó una carreta y lo levantaron en silencio. Judíos, judíos como él. De los fusilados, él se salvó, trepó entre cadáveres buscando el aire, antes escuchó la partida del enemigo. Llegó subiendo entre los cuerpos muertos y el aire lo llevó en un carro rural, de judíos ricos.

   Recalaron en Ensenada y era otra tierra, anotaron sus nombres como sonaban. Al gordo lo mandaron al comedor para que sirva guisos con carne y papas. Lloraban de emoción ante los platos. Piezas con cocinita y baño a compartir. El muchacho llevaba y traía bolsas, con dos días de trabajo, pagaba la pieza. Gordo como era, dormía en cama caliente y a las dos horas seguía su labor hasta la noche. Sentía que algo explotaba dentro de su cuerpo y caminó por la costa. Viajó de polizón en un barco carguero y llegó al mismo lugar de donde huyó. El muchacho gordo apareció en un recodo de los árboles, contento y flaco. Había olor a su aldea, la guerra había terminado.


martes, 4 de enero de 2022

PLATA EN MANO CULO EN TIERRA

   Este invierno tuvo frío. Él no tenía calefacción ni salamandra. Se calentaba con una sola hornalla de la cocina, para gastar lo menos posible. Pero este invierno fue distinto, no podía entrar en calor y andaba con dos piyamas superpuestos, guantes rotos, sobretodo y sombrero enjaretado.

   Le tentaba la caja de palo de rosa, regalos de su Madre cuando era chico.

   ─Mamá!, esta caja está vacía.

   ─Bueno, de eso se trata, andá ahorrando desde ahora y la ponés adentro.

   Tomó la decisión de comprar una estufa eléctrica. Abrió su caja y retiró lo que había ahorrado durante toda su vida. Encontró un lugar conocido y se compró la estufa. Todo un fraude resultó. Era grande, del tamaño de un televisor, el frente era una placa roja. Le enseñaron en el negocio, cómo se manejaban los controles.

   ─Si vive lejos se lo llevamos nosotros.

   ─Sí, vivo lejos, pero quiero llevarla caminando. 

   Le gustaba caminar y portar semejante aparato bajo el brazo. Ni bien llegó a su casa, prendió la nueva estufa, pensando que por fin estaría calentito. No había caso, apenas entibiaba.

   Al día siguiente llegó al Negocio. Lo atendió el que se la vendió.

   ─Vea Sr, esta estufa tiene algo roto, se la cambiamos por otra, pero la va a tener que pagar de nuevo, en esta casa no aceptamos cambios.

   Le dieron otra estufa nueva, cuando se retiraba, un Custodio lo tomó del brazo y lo condujo a la Caja.

   ─Acá le confecciono la boleta, a ver...a ver..., tiene que pagar las dos.

   ─Pero, ¿si la compré ayer?, ustedes mismo reconocieron que estaba rota. ¿por qué la tengo que pagar de nuevo?

   ─Señor, ya le expliqué, la Casa no admite devoluciones, por si no le quedó claro, el que rompe paga y se lleva una nueva. aunque es posible que deba pagar las tres estufas.

   ─¿Cuál es la tercera?

   ─La tercera es por las dudas.

   ─Pero no tengo más plata.

   ─Vea, acá tampoco se fía, como todo el mundo sabe: plata en mano, culo en tierra.

   Ni bien llegó a su casa la prendió. ¡Daba calor a todo! Nadie lo hubiera dicho, se partió la pantalla en cuatro y por no tomar la distancia que corresponde, se sentó en la estufa y se quemó ahí,  (donde nos quemamos todos los que nos gusta sentarnos en la estufa.)

   Él, tomó la estufa y caminó hasta el negocio, la arrojó en la vidriera, la hizo añicos.

   Se sentó en una escalera del banco, con su caja de palo de rosa, abierto a su lado y decía:

   ─¿No me daría una monedita por favor?

   Cuando se cansó volvió a su casa y mientras se untaba los glúteos con Cicatul, miraba la caja vacía.


lunes, 3 de enero de 2022

GENTE BUENA

 

   Tomó por una cortada sin asfalto, le habían dicho que se ahorraba trescientos kilómetros para su destino. El camino era desparejo, piedras, pozos, charcos y novillos atravesando el camino.

   La chata no anduvo más, sacó cables y volvió a insertarlos, no tenía la menor idea de motores, midió agua, aceite, eso sí sabía. Casildo tenía fuerza, intentó empujarla, en asfalto le daba resultado, aquí sintió cómo el barro frío le trepaba a las rodillas. Su idea, hacía dos años, era matarse por propia decisión.

   Irónico, sería la primera decisión propia de su vida. Encontró un árbol, con una rama ideal, la soga que traía la ató con nudo corredizo, sacó de la camioneta el banco matero, se paró, envolvió su cuello y lo ató a la soga con cuatro nudos. Pateó el banco y sintió calor. Le salió mal, sus pies tocaron el piso. Venía una camioneta en sentido contrario:

   —¿Quiere ayuda, Don? Este camino es jodido, jodido, suba a la chata y lo empujo. No se olvide de la soga, no es útil para esta situación.

   Casildo le agradeció, al buen hombre, lo empujó hasta la ruta. Ahora eran una vaca y dos novillos, que lo miraban con bastante interés, por ser vacunos. Venían pocos autos, Casildo bajó de la chata y caminó al medio de la ruta. Quedó firme. Los autos lo esquivaban y le gritaban: “Puto”, “Boludo”, “Correte”, “Qué mierda te pasa”. Venía un Río Paraná, Casildo se tiró al medio, quedó indemne. Todos bajaron del micro para socorrerlo.

   —No tiene un rasguño el hombre, se salvó porque no tenemos paragolpes ni trasero ni delantero.

   Entre tres lo metieron en la chata.

   —Dejémoslo aquí, llamo al 101 y que lo vengan a buscar.

   Casildo gritaba:

   —¡¡Será posible que uno no pueda ni matarse tranquilo, en este país de mierda!!

   La vaca le pasaba la lengua para tranquilizarlo.

domingo, 2 de enero de 2022

UN PASEO CON MI CHAPLIN PREFERIDO

 

   Papá me llevó al Circo, acción que llevó a cabo con el desconocimiento de la dictadura de Mamá. Ella decía que los circos eran tristes, que maltrataban a los animales, que la viruta del piso tenía piojos y los payasos, patéticos. Todos mis amiguitos habían ido:

   —Papá, llévame. ─le pedía llorando─ todos los chicos ya fueron, menos yo.

   Él jamás me dijo que no a nada. Usó una estrategia que convenció a Mamita querida.

   Después de sacar las entradas, me compró uno de esos algodones dulces, gigantes, que se enroscan en un palo. Papá se reía a carcajadas con los payasos. Yo me reía de las risas de Papá, los payasos nunca me parecieron cómicos. Esperaba ansiosa las aguas danzantes, resultaron ser chorros de agua iluminados con luces de colores.

   Yo me había imaginado personas de agua, que danzaban, con formas de humanos transparentes. Se ve que el algodón gigante, más la desilusión hizo que me hiciera caca encima. No dije nada, venían los equilibristas, ésos sí me gustaban. Mi Padre, que tenía una nariz importante, preguntó:

   —¿Patricita, vos no sentís olor feo, muy feo?

   —Disculpá Papá pero me hice encima.

   —¿Te cagaste? Vinimos a divertirnos y ¿vos te cagás encima?, vamos a casa ya.

   —No, Papi, falta para que termine.

   —Levantate y salgamos.

   Caminamos hasta la parada de Taxis.

   —¿No me llevás de la mano?

   —¡¡¡Nooo!!! agarrate de mi dedo, ¿cómo voy a llevar de la mano una nena cagada?

   Nos detuvimos en un Quiosco y compró un diario. Lo desplegó dentro del Taxi:

   —Subí de este lado.

   Cerró la puerta. Pensé que me dejaba sola, pero dio la vuelta y subió por la otra:

   —Chofer, vamos a 48, nro 975.

   Cuando llegamos, pagó, descendió del auto, dio toda la vuelta y dijo:

   —Saltá y andá para casa.

   Al Sr del Taxi, le salían sapos y culebras de la boca.

   —No escuches, hija, el Chofer está loco, ahora metete en el baño, te prendo el agua bien caliente y te enjabonás vos y tu ropa. Después de vos, sigo yo.

   —¿Por qué Papi, vos también te cagaste?

   —No!!, me quiero bañar porque la caca es tan contagiosa como la varicela ─ahora sí que cabe lo de mocosa de mierda, como le dice su Madre.

sábado, 1 de enero de 2022

ENTREVISTA

 

   ─¿Lo puedo llamar Federico? ─me pareció uno que se paga a sí mismo, o bien un pagado de sí mismo. Entonces lo empecé a llamar Director.

   ─La primera pregunta que debo hacerle es cuántas películas filmó.

   ─Recuerdo las que me gustaron, es difícil gustarse a sí mismo. La última película me dejó satisfecho, descubrí cosas que no había pensado antes. Un mar hecho con nylon negro que se movía como las olas.

   ─¿Y cuál era el objetivo de su última película?

   ─Carezco de objetivos, filmo lo que me interesa filmar. Los objetivos te llevan a un sólo lugar.

   ─¿Y qué le interesa de sus películas?

   ─Me complacen los finales que guardan esperanza.

   ─¿Y a usted le parece que en este momento existe la esperanza?

   ─Para mí sí, para los demás no sé. Tengo una mujer que se llama Giulietta, me ayuda y me perdona todo, hasta que le meta los cuernos por largos tiempos. Giulietta me espera, tiene la rara cualidad de saber esperar.

   ─¿Y cuando le presenta sus amantes?

   ─Hace como que no existieran. No quiero hablar de mi vida personal. En más de la mitad de lo que filmé, tenía entre mis colaboradores uno que no le gustaron mis finales. Y como era el hijo del hijo de cualquier empresario, logró filmar lo que quería. Discutimos demasiado y preferí retirarme. De todos modos mis auspiciantes, dejaron de aportar para mi película.

   ─¿Y usted qué hizo frente a tal oposición?

   ─Le pregunté a Giulietta, a ver qué pensaba y dijo: “Yo pienso que tendrías que mandarlos a la mierda”.

viernes, 31 de diciembre de 2021

QUE SE CALLE, YA ESTÁ

 

   Es como esas cosas que no queremos desprendernos. Vaya a saber qué mandatos me obligan a tenerlo aquí, entre nosotros.

   O tal vez, las campanadas de la Iglesia, en lo de mi Abuela, sea un recuerdo entrañable de mi infancia.

   Había una ceremonia que nos encantaba a los chicos. La hora de darle cuerda con esa llavecita minúscula, el poder de los ojos de mi Abuelo sobre las agujas. El grandioso privilegio de dos vueltas y media.

   Con el paso del tiempo y las muertes sucesivas, el reloj, vino a vivir a mi cocina. A veces el tic tac me parecía alto y las campanadas llegaron a taladrar mis oídos.

   Se rompió en dos oportunidades. La última vez nos dijeron que el reloj no iba más. Si preferíamos cambiarle su máquina.

   —No, gracias.

   El reloj se fue al living. No molesta que haya callado. Su silencio me recuerda esos viejos solos, de algunas plazas.

   Se mantienen ahí, no necesitan correr más… Sólo esperar.

jueves, 30 de diciembre de 2021

POSITIVO

 

   Siempre me mira con ojos que ya saben. Me quito el corpiño y las tetas de cabra me llegan hasta las ingles, a mí me molesta pero no le digo. La enorme bombacha cae hasta los pies, pobre culo, alguna vez te han usado y ahora son dos globos desinflados. Me sigue mirando con la indiferencia del pasado. Yo no le digo nada, hace mucho tiempo que sabe, que ya no pasa. Y no es con él, ni nunca fue. Igual me mira, el gesto eterno de amargura, de odio, sin ningún arrepentimiento.

   Le grito que se tape la cara, no soporto más esa contemplación de perro castigado. Da la vuelta y me mira por el espejo. Quito el maquillaje grotesco para saber dónde están mis ojos, se juntan con las ojeras operadas, tarde y en vano. Una piel bajo otra piel y las papadas superpuestas. El resto es papel crepe. A él no lo miro nunca, ni cuando era joven.

   Tengo el recuerdo del otro, lo pienso todos los días. Me trataba bien al principio, no estaba enamorado, fue puro sexo, pero del bueno y después nada. Doloroso el nada. El único, el principal. Hace cincuenta años que estamos juntos y me sigue mirando. El deterioro de la traidora, lo disfruta, lo acompaña.

   Salgo a regar las plantas, canto desafinado sin alegría, lavo alguna ropa y me distrae. Abre la puerta del dormitorio y me grita:

   ─Ya tenés cama, salió positivo, te van a venir a buscar.

   Parece contento el desgraciado, pero no puede dejar de mirarme. 

miércoles, 29 de diciembre de 2021

DOBLETE GENEROSO

 

   No sé si podré escribir con esta birome de mierda. Me olvidé de comprar y tengo una historia para escribir, cuando se termine la tinta voy a tener que abandonar:

   Era la madrugada y Gabriel no estaba, se fue en puntas de pie, para desayunar con Piera. La había conocido por la calle de su trabajo. Ella era pálida como la nieve, pero tenía una sonrisa que invitaba a la charla desprolija.

   —No podré desayunar con vos, se pasó la hora, tengo que ir si no pierdo mi turno.

   A Gabriel le disgustó, por excederse de tiempo, escuchando a Piera. A él lo contaban como ausente y entraba en la lista de los próximos diez echados. Su Mujer trabajaba todo el día y no le quedaba tiempo para preocuparse del despido de Gabriel.

   El tercer lugar fue para Piera, como no asistió sería atendida mañana. Se sentó en la puerta, esperando que la nieve calmara su oficio de nevar y pudiera caminar.

   Gabriel la encontró de nuevo:

   —Te veo mucho más pálida y la boca la tenés azul, sería un placebo invitarte a tomar un capuchino, un café o lo que quieras.

   Este tipo es comedido, merece mi respuesta:

   —Cualquier cosa que ingiera, la vomito a los tres minutos, mi única esperanza es llegar a tiempo para la quimio. Me alivia estos dolores, aunque sea hasta mañana.

   Salió corriendo una senda, con sus patines, él la vio entrar y esperó ver cómo desaparecía entre tantos pasillos cruzados. Fue hasta la Recepción.

   —Quisiera saber el lugar de una paciente llamada Piera. Sé que se hace quimio. ¿Tiene cáncer?

   La mujer lo miró como a un bicho raro:

   —Mire señor, aquí no brindamos ese tipo de información, guardamos la privacidad de todos los pacientes. Piera es una entre un montón, que lucha hace más de diez años y éste es su último recurso. No tiene dinero para que la puedan operar de un tumor, que no crece, pero está. Le alivia venir acá, escuchando otras historias. Gabriel quedó pegado con la noticia que Piera podía operarse. Corrió al Banco y sacó sus ahorros de veinte años de trabajo.

   El Médico que le asignaron a Piera apareció una mañana y le contó que alguien anónimo, había donado el dinero para la operación. Ella, refulgente preguntó quién había tenido ese gesto inesperado y generoso, se dirigió a la Recepción.

   —Lo único que puedo decirte, por haber recibido yo el cheque en mano, es que vestía una parca verde, era alto, con un sombrero que le cubría los ojos.

   Al ser primera en la lista, le fue otorgada la operación gratuita. Salvó su vida y la festejó por dentro. No quiso que otros enfermos cayeran en estados depresivos. Alguien le alcanzó la dirección de Gabriel. Pudo prescindir del cheque, lo puso dentro de un sobre que en su portada firmaba: Piera.

   Y al final me quedé sin tinta, si no llueve mañana voy al pueblo, compro una, podré seguir esta historia y lo que pasó entre…qué lo parió, no escribe más.   

martes, 28 de diciembre de 2021

ABSTÉN

 

   Isolina largó el pucho, las piernas se le dormían, los brazos. Aire le faltaba. Pecho con tos circonvulsa. Latido galope. Ataques de locura, ningún pucho puede reemplazar un pucho.

   Isolina fumaba de la mañana a la noche. Como para ella la noche se unía con el día, fumaba la vida. Prender y no necesitar ni un amigo, ni un novio, ni, ni, ni siquiera nada. La mejor compañía, mirar algo con él y sentirse uno sólo con el humo inhalado y luego exhalado. Es el punto G del fumador. El pucho es que si son las tres, querés fumar y no tenés, agarrás la bici y vas a la otra punta y volvés con uno prendido y viento en contra. Cuando llegás uno para festejar, otro para el café y después muchos, porque charlan los amigos y fuman.

   Isolina los fue odiando de a uno. Primero lo permitió y no pudo desdecirse. Pero sí puede odiar. Eso no se ve, ni se dice. Sale sólo, pocos no creen. La mayoría sabe. Isolina no les quiere explicar, se enteró que todos la odian.

lunes, 27 de diciembre de 2021

BROCA

 

   —La Sra Mecha, vino a visitarla, ¿la hago pasar?

   Amparo me habla, no escucho lo que dice, hago un esfuerzo y ella dice, me doy cuenta porque mueve la boca y hace gestos absurdos para despertarme.

   Presto atención, no escucho nada, entra Manucho con cara preocupado, habla a los gritos, tira mis libros apilados. Pero no hay caso, no escucho nada, ni los sonidos potentes de la calle, ni la vecina que habla a los gritos.

   —Decime Amparo, ¿podés ir a la Farmacia? Pediles algo para abrir mis oídos.

   Trajo gotas que no me hicieron nada. Entró Mecha y me hablaba, o me parecía o no sé. Me subieron al auto de Mecha y me llevaron a una Guardia. Manucho me abrazaba, sentí algo placentero, un inmenso espacio de silencio.

   El Médico entró como un ciclón, seguro por nuestro apellido, sin un mango pero con un prestigio, que nadie sabe cómo empezó. Me levantó Mecha y me acostó en un sillón de respaldo de muchas posiciones. Vi al Doc, acercarse con sus instrumentos y le señalé papeles y una lapicera, donde escribí: “Doc por favor, escriba lo que Ud ve, porque el dolor me está matando.”

   Me revisó ambos oídos y contestó con inmediatez, con esa letra infame de Médico, pero me alegré, porque con esfuerzo entendí lo que escribió: “Sra, le pido que tenga paciencia, pero no le voy a andar con vueltas, sus oídos tienen el tímpano perforado, el oído medio y el interno, se encuentran lastimados, como si fuera con intención, tienen un sangrado importante. Le colocaré estos tapones”.

   Manucho y  Mecha, querían explicaciones mientras el Doc cerraba los labios apretado. Noté que les pidió que se retiraran.

   “Ud toma psicofármacos, ¿son recetados?”

   —Me los prepara un amigo, el único que tengo que es de fiar, cuando la tristeza me come el alma, se nota que siempre tiene hambre, recurro a las pastillas, me quedo en estado Alfa y mirando desde el sillón, comprendo que tomé casi un blíster.

   “Sra, yo pienso que su sordera es absoluta y no tendrá solución, le voy a dar el nombre de dos eminencias, tal vez ellos…pero tal vez”.

   Todo lo que hablamos y las tarjetas eminenciales, las escondí dentro de la cartera. Cuando salí del consultorio, Mecha parecía darle consuelo a Manucho, sosteniendo sus manos agitadas.

   Fui al Sanatorio, donde atendían los prestigiosos, estaban ambos esperando. La historia de mi apellido, otorgaba privilegios, además de la información del Médico de Guardia, que había tenido una charla previa.

   Con una tecnología complicada, me realizaron varios estudios. Mis dos tímpanos habían sido penetrados por un taladro de brocas muy delgadas. Fue una práctica realizada sobre mi persona anestesiada.

   Todo lo acontecido fue explicado y dibujado en una pantalla, también el diagnóstico y los medicamentos para calmar mis oídos. Me dieron un turno para la semana siguiente. Adelantaron que no existía ningún tipo de operación, para reparar el daño que fue absoluto.

   Llegué a casa, a paso lento, buscando lugares con los ojos. En el hall de entrada encontré a Manucho y Mecha, en situación de besos plenos. Fui a buscar, de inmediato, el taladro al garage, le puse la mecha más gorda que encontré. Quité los zapatos para que no me escucharan, qué ironía, les taladré las espaldas y me dio risa verlos como dos coladores. No lloré, después de todo, cualquiera puede equivocarse.

domingo, 26 de diciembre de 2021

¡A LOS 70 CARAJO!

 

   Hace un frío que no tiene piedad, amanece todo helado y está para patinar, en el terreno de enfrente, tengo una pista natural. Y entre llenar la heladera, salir a comprar sin auto y en bicicleta, me calcé los patines y aquí estoy yo solita. También un joven, no lo vi, el chico se me acercó y dijo:

   —Qué bueno que somos dos! ─Me tomó de la manopla asegurando velocidad y sin darme cuenta y él tampoco, quedó con la manopla en su mano.

   El frío cayó en mi espalda y le tuve que decir:

   —Yo vivo acá enfrente y necesito calor. Si querés acompañame, parecés la bandera, tenés la cara blanca y azul, te invito a casa a tomar un capucchino, de paso te calentás. Lo dejé solo en el living, habrán sido diez minutos, más de eso no fue. De veras entró en calor, me violó por sorpresa, con ropa y todo nomás y no fue una sola vez, fueron cuatro y las conté. No era ninguna novedad, decían que aquí en el barrio, había un joven que violaba lo que viniera.

   Cuando se fue comprobé que había robado mi billetera y la nueva compu también. Salí en forma desesperada, con un revólver muy viejo, le pegué un tiro en la nuca y otro en el corazón. Lo dejé rematado.

   Recuperé la billetera y la compu nueva también. No hice denuncia alguna, para que no se caguen de risa y me llenen de humillación. 

sábado, 25 de diciembre de 2021

SALVAN VIDAS Y DIVIERTEN

 

   Estaba bajando, tiraba para adentro, parecía que me quería llevar. Soy buena nadadora, pero el mar estaba indignado, daba cachetazos, no me dejaba respirar, quería mi rendición y llegué al knock out. Vinieron tres bañeros, a ellos también los quería tragar, pero tienen unos brazos que parecen remos. Uno me agarró del cuello y los otros no sé de dónde pero me salvaron la vida. En la última rompiente, uno dijo:

   —Además de quedarte sin oxígeno, el mar te arrancó la malla.

   —Y, entre los tres la cubrimos, hay mucha gente.

   Yo no podía ni hablar pero la vergüenza me hizo rogar.

   —Aunque sea usen las manos, no quiero salir desnuda.

   Se peleaban por cubrirme, uno me abrazaba las tetas, otro me tapó el pubis angelical y depilado, el tercero usó las dos manos para mis glúteos redondos, altos de nacimiento. Recordé que para mis quince, les pedí a mis viejos de regalo, que me dejaran operar las tetas, no dijeron nada, pero me obsequiaron un curso de dos años de idioma chino. Cuando llegamos a la playa me desmayé. Uno me mandaba aire por la boca, otro me apretaba el pecho con las manos cruzadas y el tercero cubrió el resto con una lona que él sostenía y el viento la levantaba. Puso la cabeza entre mis piernas, apoyado en la lona.

   Largué un chorro por la boca, como una ballena. Calcularon que mi cuerpo guardaba cinco litros de agua. El envión de aquel chorro, dejó a los tres sobre la arena.

   La gente que miraba arrobada mi desnudez, tapaba los ojos de los niños, hasta que por fin les grité:

   —¡¡Váyanse todos, voyeristas degenerados!!

   No sé si fueron mis ganas de matarlos, pero no quedó nadie en la playa. Los tres bañeros sí, claro. A mí con uno me bastaba, con dos, mar dudoso, con tres, mar peligroso. Pero a mí me gusta el peligro. Después hicimos una fogata nocturna. Se nos fue la hipotermia, por tanta degustación.

   Antes de dormir, juramos que esta aventura, quedaría en el rincón de los secretos.

viernes, 24 de diciembre de 2021

TEMPESTAD

   El invierno castigaba cada día un poco más, no podía faltar a la posibilidad de viajar y encontrar a mi hermana, por razones pertinentes que no pienso ni debo contar, ni en un cuento siquiera. Es angosto el espacio, callar congela la memoria en un momento que no.

   Fue mi primer viaje en barco, los camarotes los sentía como cárceles cerradas y agobiantes. Tenía náuseas y para estar todo el tiempo de la litera al baño, preferí salir a cubierta. No había ningún pasajero, allá en el fondo vislumbré un hombre con sombrero y orejeras de lana, a pesar de mi vergüenza, me acerqué, pedí permiso y me senté a su lado. Tenía un amplio paletó de zorros, botines de esquimal y mitones de nutria. Le pregunté:

   —¿No es demasiado mi descaro para con Ud, pasar su brazo por mi hombro?

   Se abrió el sobretodo y me dijo muy serio:

   —Yo le triplico la edad y no tenga miedo, por dios, hace demasiado frío. Venga niña, siéntese, que este abrigo cubre mejor que un iglú.

    Me puso las orejeras y a partir de ahí lo escuché salteado, él iba a ver a su hermano en Jordania, como yo. No le pude contestar nada y estaba tan protegida que me dormí de inmediato. Él tarareaba canciones de esas tierras desconocidas por mí, ancestrales. Melodías más alegres que tristes y eso me dio más valor que cobardía. En un momento sentí una bolsa de agua tibia, mojó todo nuestro interior, toqué con mis manos, cuando me miré era sangre que salía del hombre por su pecho. Me puse de pie e iba a gritar, la tempestad en el mar tapa cualquier sonido humano. Fue providencial, tenía un cuchillo en mi mano y yo misma le di tajos profundos al hombre, sin pensar.

   Lo que hice me arrastró al camarote, el dolor me impedía respirar, tenía un cuchillo filoso clavado al medio de mi espalda.

   El que limpiaba la cubierta por la mañana, encontró un arroyo de sangre desde la reposera del hombre, hasta el camarote de la mujer. Llamó al Capitán de a bordo y a dos Oficiales. No pudo hablar, les señaló con el dedo, lo que ninguno supo explicar.