El pueblo de la sonrisa prohibida.
El pelo teñido de rubio y el olvido de que eran morochas, como las argentinas, que son morochas.
No si yo fui siempre rubia, lo que pasa es que tomé sol.
El pueblo del verano treinta días y la tristeza del invierno largo, frío y aburrido. El chiste de la baldosa equivocada y el llamale H.
El Nintendente pedorro, que prohíbe el porro, la birra y la justicia.
El pueblo que creyó que aquí nunca pasó nada y el setenta, fue una novela, que no tuvo asentamiento de tortura, justo aquí, donde hubo montones.
El pueblo que niega chinos, negros, campesinos, miel, espinaca y carne, tan cara como el oro.
Los viajes de los ricos ordinarios, que nisiquiera cuentan cuentos de alegría, todo se reduce a estuve en un hotel y después nada.
El pueblo de edificios fantasmas, parecidos a los de Caracas, pero sin mar a la vuelta del valle insensato.
El pueblo con cascada sin agua, con un dique pantano, con una fuente de los vascos, parecida a una estación de servicio.
El pueblo que costó ser arbolado años de años, para convertirlo todo en casas muy modernas, de color caca, o naranja podrido.
Los jardines secos, afanados a las sierras.
El pueblo tranquilo, de miradas asesinas, por la envidia de suponer que el otro la pasa bomba.
El pueblo que responde al imprevisto, con la respuesta idiota del exigüo “¿Por?”
O el saludo “¿Todo bien?” huyendo para no escuchar, en mi caso que quiero contestar: “Para el orto” y que me escuchen.”Nos vemos” mienten.
Ese pueblo mal atendido y peor cogido, que no entiende que música es el canto de los pájaros que tiene y no la molestia de la siesta, que se apaga con un rifle.
El pueblo que no muestra su pobreza, porque hasta el pobre tiene vergüenza de no tener nada.
El pueblo enfermo de sicarios pervertidos, en muertes con residuos de sospechas evidentes.
El pueblo endogámico y pedófilo que come hostia, todos los domingos, pensando que dios existe, cuando cientos de panzas duelen de hambre callado y tienen casas donde entra el frío, el calor, el agua y el paco, que no es el tío bueno que se viola a las sobrinas, consoladas con zapatillas, que Paco compra a los canas, disfrazados de ladrones.
Este pueblo de mierda, que dice negro de mierda al habitante de su patética aldea, llena de gusanos teñidos de rubio o colorado.
El pueblo del fratacho de las caras, para tapar el tiempo de la vida.
La vergüenza de los años mal vividos, disfrazada de viejas distinguidas de ignorancia. Hipócritas genéticas, que conocieron el sexo y nadie dijo el gusto es mío.
El pueblo que cuenta de rincones bonitos, que no existen ni en el mapa de sus ojos.
El pueblo “Ciudad de Dios” y así ha de ser, porque el domingo dios descansó y siguió durmiendo, hasta hoy y sueña hasta nunca.
El pueblo que gasta agua y escobita y come lo que haiga y le tranquiliza el pasto cortadito y el vecino igualito.
Este pueblo que responde aquella obra, paradigma de “Las de Barranco”, que se llamó “Tragedia de una familia guaranga” y fue en La Plata, donde murió tanta gente, por querer cambiar el mundo, sin saber que eran mandados por Videla o por Massera, o por toda una manga de alcahuetes impotentes, que dejaron como herencia un desierto, que parece una cloaca a cielo abierto.
viernes, 19 de febrero de 2010
martes, 9 de febrero de 2010
EL HIJO QUE TUVE UN RATO
La mudanza a Bs. As. Se resolvió en siete días. Martín vino agitado, contando la mala nueva. Era nuestro vecino preferido. Apareció un día, saltando la medianera, miraba nuestra selva con un asombro alto como su inocencia. Menudo, lindo de sonrisa y estar tranquilo. Mi hijo, cuatro años más grande, lo adoptó como un hermano. Dolía su padre ausente y su madre de pocas horas. La única propiedad de Martín era una pecera redonda, con un pececito anaranjado.
Si venía por mucho rato, traía la pecera y le buscaba un lugar fresco, lejos de los gatos. Le preguntaba al pececito si le gustaba la selva de su amigo. Hacía la voz del pez, con su ronquera encantada. El pez decía que quería quedarse a vivir aquí, para siempre. Me preguntaba en el oído si él también podía.
La mamá, más que persona, era viento. Fui a convencerla, le expliqué que Bs. As. era un desatino. Ella iba y volvía con cajas apresuradas, cargadas de ropas y vajillas en absoluto desorden. En la casa vacía, casi se olvida de Martín, abrazado a su pecera. Tuvo tiempo de enojarse, con ese pedazo de cielo. Con el motor en marcha, llevó a Martín al baño, le arrebató la pecera, la volcó en el inodoro y apretó el botón indignada. Martín lloró, que nunca lloraba y la madre de viento le explicó que el agua del inodoro llegaba al mar. El pez naranja saldría por un agujero que daba a la playa donde iban todos los años, seguro lo encontraría. Hizo añicos la pecera, de nervios y de premura. Martín nos tiraba besos y apoyaba la boca contra el vidrio, como hacía el pez cuando lo buscaba.
Al año recibí un llamado de Martín, tartamudeando, me pidió que no me pusiera triste, pero en ningún agujero de la playa, estaba su pez naranja. Por suerte encontró un bañero, que aseguró haberlo visto meterse en el mar contento. Yo lloraba y se dio cuenta, era tan considerado que me inventó una historia. Los padres del pececito, lo llevaron mar adentro, a conocer su casita mucho más grande que la redonda.
Si venía por mucho rato, traía la pecera y le buscaba un lugar fresco, lejos de los gatos. Le preguntaba al pececito si le gustaba la selva de su amigo. Hacía la voz del pez, con su ronquera encantada. El pez decía que quería quedarse a vivir aquí, para siempre. Me preguntaba en el oído si él también podía.
La mamá, más que persona, era viento. Fui a convencerla, le expliqué que Bs. As. era un desatino. Ella iba y volvía con cajas apresuradas, cargadas de ropas y vajillas en absoluto desorden. En la casa vacía, casi se olvida de Martín, abrazado a su pecera. Tuvo tiempo de enojarse, con ese pedazo de cielo. Con el motor en marcha, llevó a Martín al baño, le arrebató la pecera, la volcó en el inodoro y apretó el botón indignada. Martín lloró, que nunca lloraba y la madre de viento le explicó que el agua del inodoro llegaba al mar. El pez naranja saldría por un agujero que daba a la playa donde iban todos los años, seguro lo encontraría. Hizo añicos la pecera, de nervios y de premura. Martín nos tiraba besos y apoyaba la boca contra el vidrio, como hacía el pez cuando lo buscaba.
Al año recibí un llamado de Martín, tartamudeando, me pidió que no me pusiera triste, pero en ningún agujero de la playa, estaba su pez naranja. Por suerte encontró un bañero, que aseguró haberlo visto meterse en el mar contento. Yo lloraba y se dio cuenta, era tan considerado que me inventó una historia. Los padres del pececito, lo llevaron mar adentro, a conocer su casita mucho más grande que la redonda.
viernes, 29 de enero de 2010
RESPETO
Mi querido Dr. Psi Boured:
No me atreví cuando hacíamos análisis cara a cara. Tampoco el diván me parecía apropiado para decirle cuán agradecida estoy por su contención, cuando aparecí en aquel estado. Fui sucia, de cuerpo y de ropa. Me picaba la cabeza, no eran piojos, no se usaban en aquel entonces, era mugre. Su sentido del humor, tan explícito, cuando me disculpé por mi aspecto y mal olor. Ud. dijo que no había diferencia con cualquier paciente de Melchor Romero. Me levantó la autoestima de sentirme nadie a ser un alguien mugriento, de Melchor Romero.
Era la excusa perfecta para contar, a un desconocido, mis más íntimos secretos mezquinos. No podía hacer nada por el bebé de mis entrañas. Sólo amamantarlo y porque lo depositaban en mi pecho. Pensé en arrojarme por la ventana o dejarlo sólo y tomar todas las pastillas que Ud. me dio, pero juntas. Una procesión de familiares y amigos visitaban mi locura, le hacían ajó… ajó… al bebé. Luego huyeron de uno en uno, despavoridos. Ud. me quiso ver, ni bien le resumí que hacerme cargo de esa personita, me daba vértigo, náuseas y sombras tanáticas, acosando mi cabeza todo el tiempo.
Aprendí, aceptando sin premura, que tenía un nuevo amigo, tan pequeño que debía custodiar su vida, para siempre. Finalmente nos quisimos y nos gustamos, era un hijo perfecto. Él sabía más de mí que yo de él ¿Recuerda Boured, que me llamaba todas las noches? Yo pensé que era por afecto, luego me enteré de la responsabilidad profesional, frente a una suicida, compulsiva, a cargo de un pequeñín, gustoso de haber nacido.
Pasaron seis años y todas las semanas teníamos una sesión. Yo me bañaba, me vestía y pintada como una puerta, aparecía en su consultorio. Le contaba boludeces y muy de cuando en vez, algo reflexivo. Ud. me señalaba siempre lo mismo. Parecía una grabación. Varias sesiones corrió sus ejes, con dispensa psicóticas, perdón psicoanalíticas, habló de su hartazgo de los locos de Melchor Romero, de sus hijos que ya no parecían pertenecerle y del amor de su mujer por las pastillas. Yo le sugería cosas y Ud. me miraba con ojos de “-cómo podés ser tan idiota?”. Opté por callar. Ud. comenzó a correr de horario mis sesiones. Llamaba para suspenderlas por razones domésticas. Concertaba una hora y Ud. me despedía, porque la jaqueca lo mataba.
Lo que me decidió, fue algo intrascendente, común en su praxis, que comencé a juzgar. Eran las seis en punto y soy maniática, con los horarios también. Ud. tardó diez minutos en atenderme, que se hicieron quince, veinticinco, treinta, de pronto, pasó la loca que atiende el consultorio de al lado. Me miró como a un insecto abandonado y con cara de batracio mal atendido, espetó que se fijaría en la planta alta. Esperé veinte minutos, hasta que el batracio, contenta, despeinada, con la pintura corrida y la falda al revés, volvió. Me miró con sorpresa y gritó hacia arriba ”- ¡Boured te espera una paciente!”. Ud. apareció despeinado, con ojos lagañosos y la bragueta desprendida. Muy suelto de sueño pidió disculpas y con cabeza de erudito, me dio el pase para el día siguiente.
Lo perdono, Boured, debió estar cansado de la vida, me cobraba poco, sabía de mis ingresos. Así y todo, no le perdono, era mi cabeza su responsabilidad y no la sumió.
Es mi derecho, mandarlo a la puta madre que lo parió.
..........................................................................Laurita.....................
No me atreví cuando hacíamos análisis cara a cara. Tampoco el diván me parecía apropiado para decirle cuán agradecida estoy por su contención, cuando aparecí en aquel estado. Fui sucia, de cuerpo y de ropa. Me picaba la cabeza, no eran piojos, no se usaban en aquel entonces, era mugre. Su sentido del humor, tan explícito, cuando me disculpé por mi aspecto y mal olor. Ud. dijo que no había diferencia con cualquier paciente de Melchor Romero. Me levantó la autoestima de sentirme nadie a ser un alguien mugriento, de Melchor Romero.
Era la excusa perfecta para contar, a un desconocido, mis más íntimos secretos mezquinos. No podía hacer nada por el bebé de mis entrañas. Sólo amamantarlo y porque lo depositaban en mi pecho. Pensé en arrojarme por la ventana o dejarlo sólo y tomar todas las pastillas que Ud. me dio, pero juntas. Una procesión de familiares y amigos visitaban mi locura, le hacían ajó… ajó… al bebé. Luego huyeron de uno en uno, despavoridos. Ud. me quiso ver, ni bien le resumí que hacerme cargo de esa personita, me daba vértigo, náuseas y sombras tanáticas, acosando mi cabeza todo el tiempo.
Aprendí, aceptando sin premura, que tenía un nuevo amigo, tan pequeño que debía custodiar su vida, para siempre. Finalmente nos quisimos y nos gustamos, era un hijo perfecto. Él sabía más de mí que yo de él ¿Recuerda Boured, que me llamaba todas las noches? Yo pensé que era por afecto, luego me enteré de la responsabilidad profesional, frente a una suicida, compulsiva, a cargo de un pequeñín, gustoso de haber nacido.
Pasaron seis años y todas las semanas teníamos una sesión. Yo me bañaba, me vestía y pintada como una puerta, aparecía en su consultorio. Le contaba boludeces y muy de cuando en vez, algo reflexivo. Ud. me señalaba siempre lo mismo. Parecía una grabación. Varias sesiones corrió sus ejes, con dispensa psicóticas, perdón psicoanalíticas, habló de su hartazgo de los locos de Melchor Romero, de sus hijos que ya no parecían pertenecerle y del amor de su mujer por las pastillas. Yo le sugería cosas y Ud. me miraba con ojos de “-cómo podés ser tan idiota?”. Opté por callar. Ud. comenzó a correr de horario mis sesiones. Llamaba para suspenderlas por razones domésticas. Concertaba una hora y Ud. me despedía, porque la jaqueca lo mataba.
Lo que me decidió, fue algo intrascendente, común en su praxis, que comencé a juzgar. Eran las seis en punto y soy maniática, con los horarios también. Ud. tardó diez minutos en atenderme, que se hicieron quince, veinticinco, treinta, de pronto, pasó la loca que atiende el consultorio de al lado. Me miró como a un insecto abandonado y con cara de batracio mal atendido, espetó que se fijaría en la planta alta. Esperé veinte minutos, hasta que el batracio, contenta, despeinada, con la pintura corrida y la falda al revés, volvió. Me miró con sorpresa y gritó hacia arriba ”- ¡Boured te espera una paciente!”. Ud. apareció despeinado, con ojos lagañosos y la bragueta desprendida. Muy suelto de sueño pidió disculpas y con cabeza de erudito, me dio el pase para el día siguiente.
Lo perdono, Boured, debió estar cansado de la vida, me cobraba poco, sabía de mis ingresos. Así y todo, no le perdono, era mi cabeza su responsabilidad y no la sumió.
Es mi derecho, mandarlo a la puta madre que lo parió.
..........................................................................Laurita.....................
sábado, 16 de enero de 2010
ALGO AJENO, SIN PERMISO.
Sonó el timbre del recreo, yo me quedo en el salón, Georges Brassens sale al patio y dice:
"En mi pueblo, sin pretensión,
tengo mala reputación.
Haga lo que haga es igual,
todo lo consideran mal.
Yo no pienso, pues, hacer ningún daño
queriendo vivir fuera del rebaño.
No, la gente no gusta que uno tenga su propia fe.
No, la gente no gusta que uno tenga su propia fe.
Todos, todos me miran mal,
salvo los ciegos, es natural.
Cuando la Fiesta Nacional
yo me quedo en la cama igual,
que la música militar
nunca me supo levantar.
En el mundo, pues, no hay mayor pecado
que el de no seguir al abanderado.
No la gente no gusta que uno tenga su propia fe.
No la gente no gusta que uno tenga su propia fe.
Todos me muestran con el dedo,
salvo los mancos, quiero y no puedo.
Si en la calle corre un ladrón
y a la zaga va un ricachón,
zancadilla al bon bon señor
y aplastado el perseguidor.
Eso sí que sí, que será una lata,
siempre tengo yo que meter la pata.
No la gente no gusta que uno tenga su propia fe.
No la gente no gusta que uno tenga su propia fe.
Todos detrás de mi a correr,
salvo los cojos, es de creer.
No hace falta saber latín,
yo ya sé cual será mi fin.
En el pueblo se empieza a oír:
muerte, muerte al villano vil.
Yo no pienso pues armar ningún lío,
porque no va a Roma el camino mío.
No la gente no gusta que uno tenga su propia fe.
No la gente no gusta que uno tenga su propia fe.
Todos, todos me miran mal,
salvo los ciegos, es natural."
Georges Brassens Año 1954 (Gracias)
"En mi pueblo, sin pretensión,
tengo mala reputación.
Haga lo que haga es igual,
todo lo consideran mal.
Yo no pienso, pues, hacer ningún daño
queriendo vivir fuera del rebaño.
No, la gente no gusta que uno tenga su propia fe.
No, la gente no gusta que uno tenga su propia fe.
Todos, todos me miran mal,
salvo los ciegos, es natural.
Cuando la Fiesta Nacional
yo me quedo en la cama igual,
que la música militar
nunca me supo levantar.
En el mundo, pues, no hay mayor pecado
que el de no seguir al abanderado.
No la gente no gusta que uno tenga su propia fe.
No la gente no gusta que uno tenga su propia fe.
Todos me muestran con el dedo,
salvo los mancos, quiero y no puedo.
Si en la calle corre un ladrón
y a la zaga va un ricachón,
zancadilla al bon bon señor
y aplastado el perseguidor.
Eso sí que sí, que será una lata,
siempre tengo yo que meter la pata.
No la gente no gusta que uno tenga su propia fe.
No la gente no gusta que uno tenga su propia fe.
Todos detrás de mi a correr,
salvo los cojos, es de creer.
No hace falta saber latín,
yo ya sé cual será mi fin.
En el pueblo se empieza a oír:
muerte, muerte al villano vil.
Yo no pienso pues armar ningún lío,
porque no va a Roma el camino mío.
No la gente no gusta que uno tenga su propia fe.
No la gente no gusta que uno tenga su propia fe.
Todos, todos me miran mal,
salvo los ciegos, es natural."
Georges Brassens Año 1954 (Gracias)
lunes, 11 de enero de 2010
UN TURNO
No soportó más estar tan triste y encima, le había dado por llorar. Un sólo amigo lo siguió escuchando y le recomendó un psicólogo. Pidió que fuera a éste, tenía una formación excelente.
Un lunes, pidió un turno, de inmediatez imposible. Le preguntaron, quién lo había derivado y él que sólo pensaba en su tristesitud tan triste ; contestó, que lo había derivado la tristeza.
Llegó sin saber cómo y se sentó sin saber dónde, el psicólogo preguntó el motivo de su consulta.
Del paciente, provino un discurso, donde decía que vivía triste. Todo triste. Y si pensaba en lo triste que se sentía, le aumentaba la tristeza, al punto de llorar estilo diluvio.
Cuando terminó la sesión, el piso del consultorio, se encontraba inundado de charquitos. Eran los estacionamientos de su tristeza hablada.
Le preguntó al psicólogo, qué diagnóstico le daba, el licenciado, mesando su barba froidiana, respondió:
- ¡Depresión Machaza!
Un lunes, pidió un turno, de inmediatez imposible. Le preguntaron, quién lo había derivado y él que sólo pensaba en su tristesitud tan triste ; contestó, que lo había derivado la tristeza.
Llegó sin saber cómo y se sentó sin saber dónde, el psicólogo preguntó el motivo de su consulta.
Del paciente, provino un discurso, donde decía que vivía triste. Todo triste. Y si pensaba en lo triste que se sentía, le aumentaba la tristeza, al punto de llorar estilo diluvio.
Cuando terminó la sesión, el piso del consultorio, se encontraba inundado de charquitos. Eran los estacionamientos de su tristeza hablada.
Le preguntó al psicólogo, qué diagnóstico le daba, el licenciado, mesando su barba froidiana, respondió:
- ¡Depresión Machaza!
TRABAJOS
Es buena la señora. La vez que rompí el vaso juntó los vidrios, ni llamó al mozo. Dijo que me quedara tranquilo, podía pasarle a cualquiera. Otra vez me faltaban treinta centavos, ella los dejó al lado de mi café, sin decir nada, siguió leyendo el diario, como si nada. Se parece a alguien de otro tiempo, cuando yo trabajaba por joven y fuerte, pagaban bien, les gustaba mi obediencia. Mejor que en una fábrica estaba.
Los traslados me agotaban un poco, prefería lo otro. Había muchos que no querían. Yo sí, para eso era hábil y decidido, jamás le hice asco a nada. Era lo que correspondía. Me asombraba la resistencia de algunos, pero yo los podía. Hasta con una mano, cuando la otra se me dormía.
Me admiraban, tenía un sobrenombre que, no me acuerdo. Mucho mejor que mi apellido de nacimiento, más importante. Había chicas lindas, con cara de susto eran más lindas. El jefe decía que le diera para adelante, trabajar contento a ellos les rendía más. Tampoco recuerdo cuantos años fueron, llegué a Jefe, buena plata, eso sí me acuerdo. Aparecieron otros y entonces me pasaron a traslados. No me gustó. Pedí la baja y me la negaron. Terminé por ocuparme de tres, dos tipos y una mina, les daba de comer. La mina decía que me perdonaba, porque yo no sabía lo que hacía. Yo sí sabía, trabajaba. Era una tilinga zurdita, que la iba de monja. Esta señora me la recuerda, se parece a aquella, pero en vieja. Esta señora es diferente, me aprecia de verdad, no como aquella que yo le daba lástima. Pobre infeliz.
Hoy compré una rosa y se la dejé en la mesa, no le hablé, porque mi enfermedad no tiene remisión, escupo amarillo si abro la boca, me daría vergüenza. La señora me miró y me sonrió. Es muy educada, dio las gracias dos veces. Hay gente buena, poca pero hay.
Los traslados me agotaban un poco, prefería lo otro. Había muchos que no querían. Yo sí, para eso era hábil y decidido, jamás le hice asco a nada. Era lo que correspondía. Me asombraba la resistencia de algunos, pero yo los podía. Hasta con una mano, cuando la otra se me dormía.
Me admiraban, tenía un sobrenombre que, no me acuerdo. Mucho mejor que mi apellido de nacimiento, más importante. Había chicas lindas, con cara de susto eran más lindas. El jefe decía que le diera para adelante, trabajar contento a ellos les rendía más. Tampoco recuerdo cuantos años fueron, llegué a Jefe, buena plata, eso sí me acuerdo. Aparecieron otros y entonces me pasaron a traslados. No me gustó. Pedí la baja y me la negaron. Terminé por ocuparme de tres, dos tipos y una mina, les daba de comer. La mina decía que me perdonaba, porque yo no sabía lo que hacía. Yo sí sabía, trabajaba. Era una tilinga zurdita, que la iba de monja. Esta señora me la recuerda, se parece a aquella, pero en vieja. Esta señora es diferente, me aprecia de verdad, no como aquella que yo le daba lástima. Pobre infeliz.
Hoy compré una rosa y se la dejé en la mesa, no le hablé, porque mi enfermedad no tiene remisión, escupo amarillo si abro la boca, me daría vergüenza. La señora me miró y me sonrió. Es muy educada, dio las gracias dos veces. Hay gente buena, poca pero hay.
jueves, 7 de enero de 2010
HACER
Los mejores alumnos, los de muchos dieces, eran seres que detestaba, tal vez la idiota competencia de trilladora con sus iguales, tal vez la perfección dibujada. Se me instaló la idea, los mejores eran los peores.
Con ella fue distinto. Era diferente, nunca sonreía, pero cuando eso pasaba a mí me daban cosquillas y la quería entraña, no novia. Nobles sus ideas, nos divertía a todos por igual. Se ponía roja porque era humilde como los grandes. La mañana de la lluvia, tres horas libres de charlas y risas. Ella, en un rincón, dibujaba cruces en la humedad de la ventana. Le miré las pestañas que le llovían en silencio. Le pregunté, le preguntó su amiga, todos le preguntamos. Sonrió a todos y abrazó a tres al mismo tiempo. Habló con bronca, tapando su historia gritada, pidiendo perdón, por la infamia, la impotencia.
Nosotros éramos sus únicos afectos, dijo. Eso nos hizo responsables. De los abrazos, a la estrategia natural. Como es a los trece. Para cambiar el aire toqué mi guitarra, alguno cantó conmigo. Ella escuchaba con gesto triste, su cuerpo descansaba entre guardapolvos queridos que daban besos en la frente, la mecían como una bebé gigante, lastimada de por vida.
Esta vez nadie se atropelló a la salida. Los varones adelante, con la serenidad de la justicia para lo que no tiene perdón. Las chicas atrás como coreutas protectoras. Un falcon verde la esperaba, el mismo de siempre, quién sabe…usado en otros tiempos. Un hombre viejo, de pelo blanco, le abrió la puerta, ella subió mirando hacia el suelo, abrazándose a sí misma. El viejo arrancó, nosotros lo rodeamos. Varones y mujeres lo rodeamos, por delante, por atrás, por todos los costados. Nos cruzamos de brazos con las piernas separadas y no pudo avanzar, eran muchos los ojos sobre él. Sin decir nada nos fuimos retirando, en círculo. Yo me quedé delante, un rato más, siempre fui medio retardado.
El viejo estaba tan blanco como su pelo.
Nunca más, nunca más, nunca más le puso una mano encima.
Andando por Buenos Aires la encontré, quedamos en vernos esta noche, vive en Canadá. Vuelve mañana.
Con ella fue distinto. Era diferente, nunca sonreía, pero cuando eso pasaba a mí me daban cosquillas y la quería entraña, no novia. Nobles sus ideas, nos divertía a todos por igual. Se ponía roja porque era humilde como los grandes. La mañana de la lluvia, tres horas libres de charlas y risas. Ella, en un rincón, dibujaba cruces en la humedad de la ventana. Le miré las pestañas que le llovían en silencio. Le pregunté, le preguntó su amiga, todos le preguntamos. Sonrió a todos y abrazó a tres al mismo tiempo. Habló con bronca, tapando su historia gritada, pidiendo perdón, por la infamia, la impotencia.
Nosotros éramos sus únicos afectos, dijo. Eso nos hizo responsables. De los abrazos, a la estrategia natural. Como es a los trece. Para cambiar el aire toqué mi guitarra, alguno cantó conmigo. Ella escuchaba con gesto triste, su cuerpo descansaba entre guardapolvos queridos que daban besos en la frente, la mecían como una bebé gigante, lastimada de por vida.
Esta vez nadie se atropelló a la salida. Los varones adelante, con la serenidad de la justicia para lo que no tiene perdón. Las chicas atrás como coreutas protectoras. Un falcon verde la esperaba, el mismo de siempre, quién sabe…usado en otros tiempos. Un hombre viejo, de pelo blanco, le abrió la puerta, ella subió mirando hacia el suelo, abrazándose a sí misma. El viejo arrancó, nosotros lo rodeamos. Varones y mujeres lo rodeamos, por delante, por atrás, por todos los costados. Nos cruzamos de brazos con las piernas separadas y no pudo avanzar, eran muchos los ojos sobre él. Sin decir nada nos fuimos retirando, en círculo. Yo me quedé delante, un rato más, siempre fui medio retardado.
El viejo estaba tan blanco como su pelo.
Nunca más, nunca más, nunca más le puso una mano encima.
Andando por Buenos Aires la encontré, quedamos en vernos esta noche, vive en Canadá. Vuelve mañana.
jueves, 31 de diciembre de 2009
TAMAÑO
Cuando toda la tarde la niebla en la ventana,
es cuando la memoria se pone a hacer su oficio.
Si te agarra despierto, te pone triste.
Si te agarra dormido, te pone loco.
Y cuando la memoria, es más grande que la tarde,
te pone en la ventana, te llena de neblina.
Hace su oficio la memoria.
Su oficio triste, su oficio loco. Te agarra.
Te agarra.
es cuando la memoria se pone a hacer su oficio.
Si te agarra despierto, te pone triste.
Si te agarra dormido, te pone loco.
Y cuando la memoria, es más grande que la tarde,
te pone en la ventana, te llena de neblina.
Hace su oficio la memoria.
Su oficio triste, su oficio loco. Te agarra.
Te agarra.
jueves, 3 de diciembre de 2009
CAMILO
El colectivo, lo tomo en la puerta de mi casa y me deja en el café. Siempre iba con chomba, pantalón y zapatos.
Un día decidí ir en pantuflas, tenía los pies hinchados y era todo tan inmediato, que nadie diría nada. Otro día, quise ir con mi pantalón piyama y pantuflas, pero seguí conservando mi chomba.
Finalmente, encontré el atuendo más cómodo, para mi café de la mañana, un buen piyama, una bata de pirineo, último regalo de mi abuela. Nadie dijo nada, luego recordé que nunca dicen nada.
El café tiene doce cubitos de azúcar, que sumerjo de a uno, como un orfebre. Lo único desagradable, es que el café desborda la taza, el plato, la mesa y finalmente aterriza en mi bata de pirineo. No me importa, con la cucharita, tomo jugo de azúcar con café. Soy feliz. El médico me dijo que me voy a morir, yo le dije que él también.
Un día decidí ir en pantuflas, tenía los pies hinchados y era todo tan inmediato, que nadie diría nada. Otro día, quise ir con mi pantalón piyama y pantuflas, pero seguí conservando mi chomba.
Finalmente, encontré el atuendo más cómodo, para mi café de la mañana, un buen piyama, una bata de pirineo, último regalo de mi abuela. Nadie dijo nada, luego recordé que nunca dicen nada.
El café tiene doce cubitos de azúcar, que sumerjo de a uno, como un orfebre. Lo único desagradable, es que el café desborda la taza, el plato, la mesa y finalmente aterriza en mi bata de pirineo. No me importa, con la cucharita, tomo jugo de azúcar con café. Soy feliz. El médico me dijo que me voy a morir, yo le dije que él también.
jueves, 8 de octubre de 2009
JOSÉ FELIPE
Mi padre poco hablaba del abuelo y cuando lo hacía era en algún puerto, mirando barcos y diciendo que navegar el Río de La Plata, hacía muy feliz a su padre. Mi madre, aseguraba que su suegro, era lo mejor y más bueno, de la familia de papá. Y cuando el abuelo partió, vió llorar por primera vez a un hombre, mi padre. Esa fue toda la información oral, que obtuve sobre el abuelo.
En su escritorio, donde los libros forraban las paredes, de piso a techo y de lado a lado, menos la ventana y la puerta, un sillón cómodo y mullido, servía para esconderme
de la siesta obligada y leer, casi sin entender, lo que mi abuelo leyó. Recuerdo un libro de filosofía, de un tal Schopenhauer, mi abuelo tenía subrayado “…las mujeres son como las vacas, sólo sirven para dar leche…”
Yo quería saber porqué alguien considerado un excepcional, era rodeado de tanto silencio. Quise saber quién era y porqué lo que leía él, era triste, las fotos que tomaba tenían melancolía. Mi padre y su hermano, siempre con trajes marineros, en barcos varados, a veces aparece una sombra larga, en las fotos. Es mi abuelo. Todas tenían su sombra. Estaba quebrado económicamente y deprimido para siempre.
Los días del abuelo José Felipe, eran un culto a la depresión permanente. Y empiezan las preguntas sin respuesta ¿Quería a mi abuela? ¿Por qué, viajaba tanto? ¿Quiénes eran los amigos, que reían tanto y él no, en la cubierta del Vapor de La Carrera? ¿Por qué discutió con mi padre el día anterior?
Tuve testigos vivos, que no contaron. Y me armé un collage con lo que pude. Los testigos murieron y me dejaron hilachas de José Felipe. Me da bronca cuando se formula que la depresión no es genética. Todos los descendientes, fuimos maníaco-depresivos, por tres generaciones. En esta última caterva de familia, nos salvan el psicoanálisis y los chalecos químicos.
Tres suicidios por generación.
¿No es mucho?
En su escritorio, donde los libros forraban las paredes, de piso a techo y de lado a lado, menos la ventana y la puerta, un sillón cómodo y mullido, servía para esconderme
de la siesta obligada y leer, casi sin entender, lo que mi abuelo leyó. Recuerdo un libro de filosofía, de un tal Schopenhauer, mi abuelo tenía subrayado “…las mujeres son como las vacas, sólo sirven para dar leche…”
Yo quería saber porqué alguien considerado un excepcional, era rodeado de tanto silencio. Quise saber quién era y porqué lo que leía él, era triste, las fotos que tomaba tenían melancolía. Mi padre y su hermano, siempre con trajes marineros, en barcos varados, a veces aparece una sombra larga, en las fotos. Es mi abuelo. Todas tenían su sombra. Estaba quebrado económicamente y deprimido para siempre.
Los días del abuelo José Felipe, eran un culto a la depresión permanente. Y empiezan las preguntas sin respuesta ¿Quería a mi abuela? ¿Por qué, viajaba tanto? ¿Quiénes eran los amigos, que reían tanto y él no, en la cubierta del Vapor de La Carrera? ¿Por qué discutió con mi padre el día anterior?
Tuve testigos vivos, que no contaron. Y me armé un collage con lo que pude. Los testigos murieron y me dejaron hilachas de José Felipe. Me da bronca cuando se formula que la depresión no es genética. Todos los descendientes, fuimos maníaco-depresivos, por tres generaciones. En esta última caterva de familia, nos salvan el psicoanálisis y los chalecos químicos.
Tres suicidios por generación.
¿No es mucho?
GENIO O MALVADO
Evaristo, en el recreo, que era casi todo el tiempo, me contó. Me lo mostró, era un pocito del tamaño de una manguera gorda, le metió una caña flaca y larga, que desapareció en el agujero. –“¿Qué tiene? Un pozo hondo” le dije. Evaristo, con voz de brujo agorero, aseguró que el Diablo, tenía su habitación allí abajo y que seguro nos espiaba, cuando jugábamos. –“A lo mejor, quiere llevarse algún nene, ¿No?” Le miraba ese flequillito de mentira y esos anteojos de doctor enano, que no me dieron ganas de contestarle. No fue un episodio así nomás, lo conté a mi Mamá y a mi Papá, a Tata, a Florencia y a casi todos mis amigos. Durante todos estos años, los que saben que Evaristo es o fue el autor del agujero del Diablo, sueñan o han soñado alguna vez con el puto, como que tortura nuestro descanso. Evaristo ahora, es un tipo macanudo que estudia medicina y se acuerda de todos sus compañeros de Jardín, con nombre y apellido, cualidades también. Memoria prodigiosa. Tal vez, es un influyente asesor del Diablo, por eso reconoció el agujero.
miércoles, 7 de octubre de 2009
ESTA DRA. ME LLEVA BIEN
Estoy en la etapa depresiva, donde la gente te aconseja que tejas crochet, que escribas, que te anotes en cursos de cualquier cosa.
Que:-“ Vamos, que no es necesario sufrir y llorar tanto, pensá en toda la gente que está peor que uno y sin embargo se ríe.” Cosas dichas como para achicar la pálida.
Y justamente ése es el problema, a la Sra. Depresión, le da tanta molicie, que apenas puede higienizarse.
La Sra. Depresión, de las mantas al crochet para los pobres, opina que es absolutamente al pedo, teniendo en cuenta, la existencia del acolchado, ya hecho.
No puede escribir la Sra. Depresión, está sumergida, no llega ni al escritorio. ¿Curso de qué va a hacer, la Sra. Depresión? Es más, la Sra. detesta los cursos, en lo que fuera.
Para la Sra. Depresión, sufrir es fundamental y llorar le anestesia la derrota interna.
Cuando la Sra. Depresión se instala, pone su ego en el ombligo, difícil que pueda pensar en desgracias ajenas.
Gracias por los consejos, pero son al pedo.
Que:-“ Vamos, que no es necesario sufrir y llorar tanto, pensá en toda la gente que está peor que uno y sin embargo se ríe.” Cosas dichas como para achicar la pálida.
Y justamente ése es el problema, a la Sra. Depresión, le da tanta molicie, que apenas puede higienizarse.
La Sra. Depresión, de las mantas al crochet para los pobres, opina que es absolutamente al pedo, teniendo en cuenta, la existencia del acolchado, ya hecho.
No puede escribir la Sra. Depresión, está sumergida, no llega ni al escritorio. ¿Curso de qué va a hacer, la Sra. Depresión? Es más, la Sra. detesta los cursos, en lo que fuera.
Para la Sra. Depresión, sufrir es fundamental y llorar le anestesia la derrota interna.
Cuando la Sra. Depresión se instala, pone su ego en el ombligo, difícil que pueda pensar en desgracias ajenas.
Gracias por los consejos, pero son al pedo.
DE TODA LA VIDA
Salía todos los días, a las cinco de la tarde.
Vivía casa por medio de la mía.
Se sentaba en su umbral y yo en el mío.
Cuando él miraba a otro lado, yo lo miraba y cuando yo miraba a otro lugar, él me miraba. Nos daba vergüenza y mirábamos hacia enfrente, como buzones quietos.
El mismo día que me aburrí yo, se aburrió él. Igual nos sentamos, como siempre.
Se acercó y me preguntó, si no podíamos jugar al denenti. Después vinieron las figuritas a la marchanta, las revistas mejicanas, el patrón de la vereda.
Aparecieron nuevos vecinos, amigos y nuestro dúo se disolvió en los demás.
Cuando me di cuenta yo, se dio cuenta él. Y la recurrencia hizo, que estemos sentados, con más de medio siglo de vida, tomando café en cualquier bar, o en el mismo de siempre.
Vivía casa por medio de la mía.
Se sentaba en su umbral y yo en el mío.
Cuando él miraba a otro lado, yo lo miraba y cuando yo miraba a otro lugar, él me miraba. Nos daba vergüenza y mirábamos hacia enfrente, como buzones quietos.
El mismo día que me aburrí yo, se aburrió él. Igual nos sentamos, como siempre.
Se acercó y me preguntó, si no podíamos jugar al denenti. Después vinieron las figuritas a la marchanta, las revistas mejicanas, el patrón de la vereda.
Aparecieron nuevos vecinos, amigos y nuestro dúo se disolvió en los demás.
Cuando me di cuenta yo, se dio cuenta él. Y la recurrencia hizo, que estemos sentados, con más de medio siglo de vida, tomando café en cualquier bar, o en el mismo de siempre.
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