jueves, 17 de febrero de 2022

CON OTRA PIEL

 

   El sueño me sigue como una droga, ante el miedo, el deber ser, el viaje, el espanto, la primera memoria, la Escuela.

   —Que vaya a la mañana, el día trae más concentración, es como inscribir el saber en páginas nuevas.

   Fue una agresión, la primera, despertar de noche, caminar despacio y asistir con ojos abiertos al izar la bandera, símbolo del odio a la esclavitud.

   Mi Abuela siempre supo, cuando me dejaban un mes en su casa, dormía hasta el mediodía y después del desayuno, podía seguir durmiendo.

   Mis otras Abuelas andaban en pantuflas para no alterar mi sueño. Cuando hablaban despacito me hacían cosquillas de acunar, para que siguiera durmiendo. La adolescencia, en su placer más alto, era que mis padres se ausentaran y dormir hasta las tres de la tarde. Había una Señora que trabajaba en casa, Dionisia:

   —Cuando regresen tus Padres, les diré que estudiaste hasta muy tarde y te agotó, caíste dormida en el sillón verde, yo te quité los zapatos.

   Cuando llegaba el testimonio nefasto del boletín, dijeron que era producto de dormir tanto. Los Profesores consideraban una virtud, que en lo más profundo del sueño, los mirara con ojos abiertos. Me llevaron a un Neurólogo loco, les aseguró que con un primer novio, se fugaría el sueño y permanecería diurna, despierta, bien despierta.

   —Doctor, ¿cuándo tendré novio?

   —Aparece sólo, te vas a dar cuenta, porque la adrenalina, la libido, las mariposas en la panza, el corazón que acelera sus latidos, cuando lo veas. Los primeros acercamientos, los besos, los abrazos, el placer de estar juntos, te llevarán a la cama y no para dormir, precisamente.

miércoles, 16 de febrero de 2022

CUATROCIENTOS KILÓMETROS

 

   Nosotros somos dos y tenemos un sistema de vida, pleno de ritos establecidos. Vivimos de noche y dormimos de día.

   Endogámicos por elección, carecemos de grupo de pertenencia. Yo tengo un blog y escribo un cuento por día. Los subimos a las doce de la noche.

   José es Jardinero, Piletero, Cocinero. Ambos leemos, él planta helechos, árboles. Nos fuimos de La Plata, con ánimo de huir, Tandil nos recibió con cara sin sonrisa.

   Yo leo, pero siempre fui ecléctica. A José le encanta la Navidad, el Fin de Año, lugares de la costumbre que yo aboliría.

   Llegó mi hijo con su hijo. Respeta lo que no debe respetar, soy su Madre, no su amiga. Tiene un vozarrón importante, su tema preferido es: “Yo el supremo”, su ego podría forrar todo el planeta.

   —Mamá, ponete los anteojos.

   Ni cerró el auto, ni saludó, el bolso lo fue pateando hasta el living.

   —Mirá mis últimos trabajos, son muy buenos, trabajé tres días seguidos sin dormir, pasando a otro tema, ¿qué hiciste de comer? Por tus ojos hinchados, recién te levantás. Acá todavía hay gente buena, que es mi Papá, llenó la heladera y la voy a atacar.

   Empezó a llenarse la boca como un animal, igual. Seguía contando la ruta de sus vacaciones, los borcegos fueron a parar a medio camino, entre los dormitorios y el baño. Voy corriendo para lavar mi cara, que no me encuentre tan desgreñada. Tropecé con sus borcegos y me caí de boca, de pecho, de piernas.

   —Pero Madre. ¡Qué torpe que sos!, vivís cayéndote, caminá, hacé yoga, si no estás leyendo estás escribiendo o mirando películas, después te quejás que tenés el culo chato y la panza gorda.

   Nuestra casa no es grande, pero cuando viene él, es un monoambiente. Le iba a contestar, hice un paso hacia atrás, perdí la vertical, estaba sobre su bolso, importunando, claro que me caí y golpeé con el vértice de la mesa.

   —Mirá, pendejo de mierda, si te da mala onda visitarnos, no vengas y si querés comer, preparate vos el almuerzo!

   Y el Padre, que lo quiere y me ignora cuando llega el niño:

   —Pobrecito, dejalo, ésta es su casa, él puede hacer lo que quiera.

   Pensé contestarle algunos improperios, pero el personaje de La Mala, que vengo a ser yo y el otro personaje que es un santo, no es capaz de pararle el carro y exigir que me respete. Trago el sapo.

   El hijo de mi hijo, es como un fantasma, se sienta en un rincón y su mundo es el celular. El niño viene por dos días y se trae todo su placard, deja el bolso en la cocina, las camperas tiradas donde venga, son iguales.

   Luego las peleas, costumbre insoslayable, en sus visitas. Era un niño angelado hasta los catorce. A los dieciocho, se fue de casa y ahora, a los treinta y cuatro, es lo que conté, pero yo lo quiero, más que a nadie en el mundo.

   No se queda más de cuatro días, lloro cuando se va, al mismo tiempo es un alivio. Trato de borrar sus rastros de casa, para no derrapar en la tristeza. Cuando limpio soy distraída, encontré una foto que tomó su Padre, mi hijito con ocho años, sentado entre vegetación tropical, un sombrero de alas anchas y esos ojos entornados, los brazos apoyados sobre sus rodillas como un adulto y yo en una diagonal, casi tocando el borde, con mi eterno cigarrillo, en una silla de playa, asoma mi vieja visera y nuestros ojos alineados, con un amor, de para siempre. 

martes, 15 de febrero de 2022

TEMPESTAD

 

   El invierno castigaba cada día un poco más, no podía faltar a la posibilidad de viajar y encontrar a mi hermana, por razones pertinentes que no pienso ni debo contar, ni en un cuento siquiera. Es angosto el espacio, callar congela la memoria en un momento que no.

   Fue mi primer viaje en barco, los camarotes los sentía como cárceles cerradas y agobiantes. Tenía náuseas y para estar todo el tiempo de la litera al baño, preferí salir a cubierta. No había ningún pasajero, allá en el fondo vislumbré un hombre con sombrero y orejeras de lana, a pesar de mi vergüenza, me acerqué, pedí permiso y me senté a su lado. Tenía un amplio paletó de zorros, botines de esquimal y mitones de nutria. Le pregunté:

   —¿No es demasiado mi descaro para con Ud, pasar su brazo por mi hombro?

   Se abrió el sobretodo y me dijo muy serio:

   —Yo le triplico la edad y no tenga miedo, por dios, hace demasiado frío. Venga niña, siéntese, que este abrigo cubre mejor que un iglú.

    Me puso las orejeras y a partir de ahí lo escuché salteado, él iba a ver a su hermano en Jordania, como yo. No le pude contestar nada y estaba tan protegida que me dormí de inmediato. Él tarareaba canciones de esas tierras desconocidas por mí, ancestrales. Melodías más alegres que tristes y eso me dio más valor que cobardía. En un momento sentí una bolsa de agua tibia, mojó todo nuestro interior, toqué con mis manos, cuando me miré era sangre que salía del hombre por su pecho. Me puse de pie e iba a gritar, la tempestad en el mar tapa cualquier sonido humano. Fue providencial, tenía un cuchillo en mi mano y yo misma le di tajos profundos al hombre, sin pensar.

   Lo que hice me arrastró al camarote, el dolor me impedía respirar, tenía un cuchillo filoso clavado al medio de mi espalda.

   El que limpiaba la cubierta por la mañana, encontró un arroyo de sangre desde la reposera del hombre, hasta el camarote de la mujer. Llamó al Capitán de a bordo y a dos Oficiales. No pudo hablar, les señaló con el dedo, lo que ninguno supo explicar.

lunes, 14 de febrero de 2022

GENTE BUENA

 

   Tomó por una cortada sin asfalto, le habían dicho que se ahorraba trescientos kilómetros para su destino. El camino era desparejo, piedras, pozos, charcos y novillos atravesando el camino.

   La chata no anduvo más, sacó cables y volvió a insertarlos, no tenía la menor idea de motores, midió agua, aceite, eso sí sabía. Casildo tenía fuerza, intentó empujarla, en asfalto le daba resultado, aquí sintió cómo el barro frío le trepaba a las rodillas. Su idea, hacía dos años, era matarse por propia decisión.

   Irónico, sería la primera decisión propia de su vida. Encontró un árbol, con una rama ideal, la soga que traía la ató con nudo corredizo, sacó de la camioneta el banco matero, se paró, envolvió su cuello y lo ató a la soga con cuatro nudos. Pateó el banco y sintió calor. Le salió mal, sus pies tocaron el piso. Venía una camioneta en sentido contrario:

   —¿Quiere ayuda, Don? Este camino es jodido, jodido, suba a la chata y lo empujo. No se olvide de la soga, no es útil para esta situación.

   Casildo le agradeció, al buen hombre, lo empujó hasta la ruta. Ahora eran una vaca y dos novillos, que lo miraban con bastante interés, por ser vacunos. Venían pocos autos, Casildo bajó de la chata y caminó al medio de la ruta. Quedó firme. Los autos lo esquivaban y le gritaban: “Puto”, “Boludo”, “Correte”, “Qué mierda te pasa”. Venía un Río Paraná, Casildo se tiró al medio, quedó indemne. Todos bajaron del micro para socorrerlo.

   —No tiene un rasguño el hombre, se salvó porque no tenemos paragolpes ni trasero ni delantero.

   Entre tres lo metieron en la chata.

   —Dejémoslo aquí, llamo al 101 y que lo vengan a buscar.

   Casildo gritaba:

   —¡¡Será posible que uno no pueda ni matarse tranquilo, en este país de mierda!!

   La vaca le pasaba la lengua para tranquilizarlo.

domingo, 13 de febrero de 2022

FUERA DE FOCO

 

   Los primeros autos que pasan, me despiertan el odio que acumulé durante la noche, mi yo humano antes se difuminaba, apenas se notaba, ahora se me agarra. Desayuno con el odio, no me baño porque el odio que me tengo, quiere que ande sucia. Llamo al ascensor, con un canasto de ropa sucia, la gente que sube y baja, si abren y estoy yo, prefieren las escaleras. Mi odio los remite a sus propios odios.

   No lavo la ropa, la tiendo para que tome sol, a mí también, a veces me da odio mi propio olor. Tengo atenuantes, odié a mi Madre, a mi Padre y a mi hermano. Nunca les hablé del odio que me producían. Estudiaba tanto para no verlos, siempre obtuve las calificaciones más altas, en casa lo festejaban y a mí sus sonrisas satisfechas de algo ajeno, me daba odio.

   Cuando me indispuse por primera vez, fue tanto el odio que los paños inundados, atravesaban hasta mis uniformes y yo, como la mejor, cuando alguien me avisaba, la miraba con odio color sangre.

   El chico más lindo del Colegio se enamoró de mí. El odio que me daba todo, a él le parecía revolucionario. En el Baile de Graduación, por ser los mejores alumnos, salimos a bailar al centro del salón. Le di un beso espeluznante en esa boca perfecta, lo dejé con labio leporino y un diente de menos. Él me siguió queriendo, era incondicional, es la cosa que más odio.

   Después nos casaríamos y el día de la boda me miró con orgullo, cuando me preguntaron si quería y todas esas boludeces, dije: “No”. Salí del recinto con odio, los Padrinos me corrieron, gritando que lo pensara, que él era un buen chico y que me amaba... A la Madrina le arranqué el vestido y al Padrino le desgarré el traje. Odio que me hagan dar más odio, con palabras vulgares.

   Subí al auto de mi negado novio y partí con un odio expandido, tomé todas las calles de contramano, a unos chicos que jugaban en la calle, me gustó pasarles por encima y dejarlos chatitos en el asfalto.

   Las ambulancias, se presentaron enseguida, me obligaron a salir de la Ciudad, indigestada de odio. Sin querer, me metí con el auto en la laguna, a tres metros de profundidad. Pude salir del agua y me salvé de morir ahogada. Odio no haber muerto, pero pensé en mi sepelio, con todos esos nabos llorando y casi se me escapa el odio. La furia de perderlo, hizo que lo encontrara y me lo pusiera, ahora soy feliz, tengo mi odio conmigo. Espero que no me abandone.

sábado, 12 de febrero de 2022

RARO

 

   Tenía un solo amigo, pero no se visitaban seguido.

   Desde chico era solo, pensaba que los demás eran estúpidos, aburridos y cobardes.

   —¿No querés venir al cine? ─preguntaba su único amigo.

   —Si la película es blanco y negro, de los años 50 y trabaja Bette Davis, voy. Si no, no. Y seguro que es no, ¿no?

   —Sí, pero en lugar de hablar de nada, vemos una de culto.

   Sí, lo voy a acompañar, sus argumentos son pesados y parece rogar que vaya. No me gusta que ruegue, lo iguala con los estúpidos. Nunca salgo los jueves por la noche, me preguntó por qué.

   —Es el día que mi flia concurre a Villa Ballester, a visitar a mi hermana que vive en un psiquiátrico, no sé a qué van, ella ni los reconoce, piensa que es un congreso de doctos, para observar su comportamiento. No la visito porque me hago el cuerdo, pero estoy tan loco como ella. El jueves aprovecho para ver películas porno.

   —¿Por qué hacés eso? Sos un tipo pintón, no necesitarías internet para conocer a alguien, ¿No te aburre masturbarte? Contestame ¿Por qué? ─le pregunta su único amigo.

   Él solo con la mirada absorta, en vaya a saber qué cosa, le dice:

   —Para tener algo en la mano y me haga disfrutar de algo. Tiene mala prensa, pero todos lo hacen…espero que vos no. Te van a decir pajero, es un adjetivo deplorable. A mí no me gustan ni las minas, ni los tipos, pero yo me encanto.

viernes, 11 de febrero de 2022

SE GANÓ LA GRANDE

 

   El ascensor era un conflicto permanente cuando llovía día por medio. Ella entraba en piloto y botitas animal print, correcto, la mina era un animal. Su idioma consistía en monosílabos o tos seca bien agarrada, hasta silbaba bichofeo cuando subía él, que vivía en el mismo edificio, un piso más abajo. Éste, nublado o con sol usaba paraguas. Bajaban o subían a la misma hora todos los días, fines de semana también. Él odiaba esa vecina y ella no le hacía nada. Olvidó con los años, el tema “Let It Be”. Una mañana de Domingo, él le pidió a Dios y eso que era ateo, que no bajara la mina de arriba, madrugó.

   A las seis estaba de pie, no perpendicular al piso, oblicuo, el paraguas lo ayudaba a mantener la vertical perdida en la noche, por el vino y otras yerbas. Entró en el ascensor sin mirar, sintió el olor a perfume vencido. ¿Quién sino ella?

   Las medidas del ascensor eran inhumanas, estaba hecho con montaplatos reciclados. Bajaban o subían sólo dos personas, codo a codo y verso a verso. Es decir, Buenas Tardes, Buenos Días, Buenas Noches. No se podían agregar otras palabras, porque perdían el oxígeno del engendro. Ya dentro del ascensor, sin proponérselo, metió la punta del paraguas sobre los dedos de la vecina en ojotas, le hizo un agujero notable, la sangre brotaba como un géiser, se detuvo el microascensor entre piso y piso. Él sacó de su bolsillo pañuelitos Elite y se los alcanzaba por el hombro, ella con voz de abeja, le preguntó si no la podía chupar, se refería a la sangre. El vecino interpretó mal, logró poner una pierna de ella en la cintura de él y la otra sobre la puerta del cubículo.

   —Ud, vecina, relájese, que es una postura de película. ¿Vio que ahora los actores tienen sexo de pie?

   La mina no dijo nada, porque el oxígeno se agotaba y ella quería gritar de dolor, no por el agujero del pie, sino por el miembro del vecino, algo nunca visto.

jueves, 10 de febrero de 2022

EMPEZÓ LA FUNCIÓN

 

   Me siento tan sola, como cuando era chica y estaba rodeada de nada, tuve que inventar a Cuca.

   Era buenísima, hacía todo lo que le pidiera, viajábamos por el mundo, que para nosotras (es decir para mí), eran China, India y Mar Del Plata.

   Allí íbamos sin valijas ni nada. Llegábamos a un palacio maravilloso, que quedaba debajo de la mesa del comedor. Tomábamos el té y sobre todo charlábamos todo el tiempo.

   Las despedidas se producían, por los gritos de mi Madre. No había remedio, esas interrupciones me parecieron los primeros pasos de lo que luego sería, “la dictadura de Mamá”.

   Mientras leía el diario y tomaba café, Papá comentaba: “Qué General se perdió la Nación”.

miércoles, 9 de febrero de 2022

MARTITA

 

   Era más puta que las gallinas.

   Se la había agarrado con su nariz. Le parecía grande y antigua. En tres años se operó cuatro veces, hasta convertirla en un porotito picudo.

   Pero tan picudo, tan picudo, que en una quinta visita al cirujano le llenaron la punta con botox.

   Lo que más atormentaba a Martita era el paso del tiempo y la envidia.

   Para vencer estos demonios, enfundaba su culo enorme en unos pantalones rojos elastizados que le juntaban el desparramo y se lo ponían como enfrentando a cualquier vidente.

   Se jactaba de no usar bombacha, decía que los elásticos arruinaban la redondez (que ella imaginaba perfecta) de su trasero.

   Todo en ella era color rojo. El pelo, un pañuelo estilo Annie Okley, rojo.

   Remeras con lunares, o rayas o bordados absolutamente rojos. Las uñas, la boca y las sandalias, al tono, rojas.

   Tenía un marido fijo, un novio definitivo, un amante para siempre y veinticinco “amigos” (decía ella) que la amaban hasta la muerte y le pagaban muy bien.

   Un seis de enero,  como regalo paradojal, le pegaron cuatro tiros en la puerta de su casa, a la hora de la siesta.

   Dos dieron certeros en el pecho de un adolescente que charlaba tímidamente con Martita.

   Los otros dos le dieron a ella, en el codo derecho y el culo respectivamente.

   El joven murió a los dos días de la tragedia.

   Martita se compuso, luego de cinco intervenciones en el brazo y tres en el glúteo derecho.

   El que disparó resultó ser un amante, ex policía, que odiaba a los pendejos.

   Se hicieron arreglos para que el tipo saliera de la cana.

   Lo encerraron en Melchor Romero, en el sector de pacientes ambulantes.

  Martita sigue vistiendo riguroso rojo. Su mirada es triste, no habla con nadie y cuentan que el miedo no la deja dormir.

   Ahora le preocupan dos cosas.  El loco, que se la tiene jurada. Y que ya, no le pagan como antes.

martes, 8 de febrero de 2022

VALIOSO

 

   Cuando una pareja grita, pega y rompe, llegó la hora de separarse. Ambos se sentaron en el banco de Tribunales por última vez, esperando el juicio de divorcio. No existió el común acuerdo. Ella recordó el banco de la plaza y los besos del amor; cómo escuchaba los latidos de su corazón cuando apoyaba la cabeza en su pecho. Tenían un gato que los había elegido. Él ponía platos con leche a la entrada de la casa, al gato le pareció una oferta interesante, buen lugar, almohadones y alfombras. Le llamaban Flor. Hubo que hacer un cambio cuando advirtieron las bolitas y se llamó Tonio. En las discusiones por arañazos en las cortinas y el costo de renovarlas, él trataba de convencerla del instinto felino. Dormía con ella, parecía querer abrazar a Tonio antes que a su marido.

   Hacía frío en la espera, no se explicaban cómo a aquel juicio común, llevara tanto tiempo. Para hablar se sentaron más juntos. Era más que una charla, tomaron calor. Tonio sintió alivio cuando se fueron. Por fin podía deslizarse por las cortinas, dormir en cualquier lado, atacar la mesada con carne y yogurt. Le habían dejado música de Satie. Durmió la siesta sobre un cordero del living.

   En la primera audiencia, expusieron ambos el reparto de bienes:

   ─Yo quiero el gato ─ella lo miró con desprecio.

   –Yo me quedo con el gato ─dijo él─ te dejo la casa, el auto, la moto y todo el mobiliario, lo único que quiero es mi gato.

   La audiencia fue más extensa que lo que pensaban. Llegaron juntos a la casa y las injurias iban y venían.

   Extraño, pero durmieron juntos. Ella puso a Tonio de su lado. Cuando él se tiró en la cama, le quitó a Tonio y lo puso de su lado. Se hacía la dormida, tomó el gato y lo volvió a su lugar, con ella. Cuando el marido pensó que ella dormía, le quitó el gato. Toda la noche, Tonio pasó de uno a otro lado, parecía de peluche. Llegaron al colmo de tironear a Tonio de las patas traseras y ella de las delanteras. El gato sacó todas sus uñas y les enrejó la cara con arañones. Propio del instinto felino.

lunes, 7 de febrero de 2022

EL TIEMPO DE NOSOTROS

 

   —No le digas quién soy.

   La vi en un refilón y me acerqué, nada de estás igual, dormís en el freezer, te casaste, tenés hijos.

   —¿Sabés quién es el pelado?

   No dijo, pero sus ojos tuvieron brillo joven.

   —Cómo no, fue el primero que…y yo no pude resistir. Me arrebató la vida. Salir fue una historia con precio alto. Tenía unos años más que él. Aplaudieron mis ganas de seducirlo, a un joven de pelo espeso y manos que cabían donde fuera.

   Yo no quise saberlo todo, desde fuera parecían una pareja que se querían comer. Apareció la venganza repentina, una mina que le doblaba la edad, las prefería madrazas. La conoció en un gimnasio y le enseñó que sus fuerzas provenían dentro de su cuerpo. Las pesas pertenecían a los sin alma, los invisibles…

   —Seguro que se mudó a su casa, ella tenía un hijo de catorce. Los vi por la calle, iban con un pendejo a la rastra y fue de pronto, casi nos tropezamos. A mí me salió abrazarlo y sentí que se le paró sobre mi vestido.

   Terminó su carrera al mismo tiempo que yo, en ciudades diferentes.

   —¿Y, qué hiciste?

   Me dijo:

   —Recorrí el país en bicicleta, de punta a punta.

   No me sorprendió.

   —Igualito que el Che.

   Me preguntó quién era el Che. Seguía con esa ignorancia que daba miedo. La sabiduría puesta en otro lado. La Mujer iba delante, con su hijo. No nos dio importancia. Se soltó de mi abrazo y corrió tras ella.

   Dos años después lo encontré, estaba con un amigo, muy compenetrado. El amigo se levantó y tomó asiento junto a mí.

   —Pidió que no te diga que es él.

   Me arrastré hasta su mesa, estaba pelado, arrugado, había perdido sus pestañas y cejas. Transparente, como sin sangre, encorvado, sosteniendo su cabeza con los brazos sin luz. Sin verme me reconoció:

   —Tengo cáncer y entre la quimio y la radioterapia, no me salvan, me están matando, necesito que me cuides con el amor del primer sexo.

   Confundía el amor con el sexo, las palabras “hacer el amor” le daban risa y arremetía con el privilegio de mi “sí”, para siempre. Dicen que cuando uno está por morir, se convierte en una amante insaciable, tal vez para agarrarse a la tierra, lo que los franceses llaman aterré. Tendremos la fortaleza de los débiles.

   Lo ayudé a ponerse de pie, del otro lado arrastraba un bastón doble, con una ruedita de triciclo. 

domingo, 6 de febrero de 2022

GUAU, LO MÁS

 

   Y que la comida y que las cacerolas, la ropa, los muebles, el piso y el cretino no dice ni mu. Hace doce años que nos divorciamos, ¿Qué me va a decir? Nada. Ahora salgo con tipos que conozco por internet, el martes pasado me encontré con Ceferino, suerte que era para un café. Tenía una altura anormal de pie, yo le llegaba a la bragueta, Ceferino miraba y ponía cara de pícaro. Me dio un asco.

   Quedé con la libido dormida, unos tres meses.

   Seguí con mi listado internetiano, noté que mis páginas parecían hackeadas, el celular emitía una respiración que actuaba como fondo, en mis conversaciones privadas. Sucedió lo mismo con el teléfono fijo, acá el fondo era un trac trac trac lejano, yo hablaba sobre ese sonido.

   Sentí invadida mi intimidad. Ayer arreglé para comer con Gere. Habló él solo. De su madre y qué buena y qué piola y qué inteligente y qué linda y… Le sugerí un encuentro con su madre. Esa era la mujer de su vida. Con el agravante que me pareció puto. Después de Gere seguí con mi libido funcionando. Pareció que la intervención a mis teléfonos, se detuvo. Recibí un llamado de un tal Pichi:

   —Te conozco de hace mucho y vos también, estoy abajo del edificio ¿Me abrís?

   Por curiosidad bajé y sí, lo reconocí, la misma cara de cretino, pasó y fuimos a comer pizza. Él no tenía nada para decir, yo tampoco. Con doce años uno se da cuenta que el cretino es un perfecto desconocido.

   No tenía razones para permanecer en el lugar, dejé la pizza a medio terminar.

   —No tengo para pagar ─dijo el cretino.

   Lo miré como a un coso:

   —Yo tampoco ─me fui.

   A las dos cuadras no daba más, entré a un Cine que ni sabía qué daban. Pero sí supe quién se sentó a mi lado. Dejé de mirar la peli porque me hacía mal, tanta sangre. Dediqué mi tiempo a mirar el perfil de mi vecino, me dio taquicardia, casi muero, le pregunté: 

   —¿Vos sos Ricardo Darín?

   Él me extendió la mano:

   —¿Con quién tengo el gusto?

   Cuando terminó el pelmazo, dijo:

   —¿Querés tomar un cafecito acá nomás?

   Acepté y enmudecí:

   —¿Vos sabés que después de ver una película necesito tomar un cafecito?

   Le agradecí la invitación y simulé un apuro inexistente, él también.

   —Me voy en ese taxi porque hay dos periodistas de la Revista Chusma, de esos que te preguntan “¿Cómo te gusta el bife, término medio o bien cocido?”

sábado, 5 de febrero de 2022

PROPIO

 

   —No tiene corrector.

   Onorato escribe muy bien, es meticuloso, revisa cuatro, cinco veces, si lo considera necesario.

   —La historia la cierro, que me guste a mí y al Abuelo, que publicó “Los tutores del sexo”, con seudónimo, sino las damas de aquel tiempo, lo compraban a escondidas y a él le quitaban el saludo. Fue un éxito, le siguió “Respete al meritorio”, éste resultó un fracaso, pero no le importó. Tenía éxito con el público femenino, que ni siquiera leyeron su primera publicación, lo invitaban porque era buen mozo, maniquí vivant. “Esta gente descendiente de buena estirpe”, decía, “comen tarde o no comen”. Éstos, no comían. El Abuelo, por frívolos, los alejó de su lado. Se llamaba Onorato, por el Bisabuelo, que era fanático de Honoré de Balzac.

   —Julieta, confieso que no me gusta publicar nada de lo que escribo. Te prefiero como lectora, a vos y a mi Abuelo. Son bichos, saben de qué trato lo que trato.

   No quería escuchar mi propuesta, se notaba.

   —Onorato, la bestia de mi Editor, no tiene correctores y le están bajando las ventas por sus horrores gramaticales. Al viejo, contale cuanto querés, te agradecerá pagándote más. No sé si es puto. Se dará cuenta que sos un capo corrigiendo, también, modular ciertos textos que modifiquen su sintonía.

   Onorato se tomaba del mentón, a la frente, postura de pensar.

   —Bueno, Julieta, acepto tu oferta.

   El Editor lo recibió con bombos, sin platillos, le entregó ciento veinte libros para corregir. Le dio un mes de tiempo.

   —¡El viejo está loco, ciento veinte en un mes!

   Julieta decidió, por afecto y respeto: 

   —Onorato, yo corrijo sesenta, no soy tan buena como vos, pero sí rápida. Yo no cobro nada más que me invites a tu casa en Orense.

   El viejo quedó conforme con las correcciones, pagó más que bien, mientras miraba a Onorato, como “puto no me atrevo”.

   Llegamos a Orense, la casa vacía y re-limpia.

   Su Sobrina fregona, había estado la semana anterior. Dormimos doce horas, las correcciones, joda, joda, nos dejaron extenuados. Fuimos a la playa y mirando el mar le pregunté:

   —¿Porqué la negación de publicar?

   —No sé muy bien, es como si preguntaras por qué no visito a mi viejo. No te rías. Cuando termino una historia, es mía. Y con las sucesivas, me ocurre igual. Sería como mostrar lo único que me pertenece, el diseño de mi vida, conmigo adentro.

viernes, 4 de febrero de 2022

ESTÁ EN FALTA

 

   Tiré mi mejor pullover al tacho de basura. Una confusión, estaban al lado, ambos son redondos, cuando terminó el proceso de lavado, dentro no había nada. Era tarde, habían pasado los recolectores. Laburando sin guantes, con zapatillas gastadas, ¿cómo les podía preguntar por mi mejor pullover? Cuando escuché el remisse busqué las llaves. No estaban. Cerré la puerta de casa sin llave, no puedo faltar, me dejan cesante. Regresé en un micro equivocado, pero llegué. La puerta estaba cerrada, pero sin llave. Corrí un armario sobre la puerta, no me quedaba otra opción. Estaba muerta de hambre. Le di un mordisco a la banana solitaria de mi frutera. Olvidé pelarla, le sentí un gusto raro. Pensé en arrojar la cáscara a la basura. No la encontré por ningún lado. La banana me cayó pesada.

   Abrí la ducha, fue un placer que se cortó cuando vi que no había jabón ni shampoo ni toalla. Me sequé con la toalla de mano y a la cama. No tenía sábanas ni acolchado, salí al patio, llovía. Por la mañana había puesto todo a ventilar. Después de catorce horas de trabajar derrapé en el colchón y me tapé con la alfombrita del piso.

   Por la mañana saqué un cubito para mis ojos hinchados y encontré las llaves, cubiertas de hielo. No tenía dinero para tomar un remisse, ni un micro. Desayuné lo único de la heladera, un vaso de leche cortada que escupí en un florero.  Llegué agitada, pero a tiempo. Todos miraban mis pies.  Sumergidos en pantuflas enormes con orejas de conejo y bigotes. Olvidé los zapatos. Mi jefe estaba esperando con cara de: “Otra más y fuiste”. Hice todo lo que me pidió. Sólo que los expedientes fueron dejados en reparticiones equivocadas.

   Perdí el trabajo, cuando salí no recordé dónde era mi casa. Ni tampoco supe cómo se lloraba. Un tipo me abrazó por la calle, le di una bofetada, preguntó por qué, si no había motivo. Pedí disculpas, hacía más de diez años que Jano era mi novio y no lo reconocí. Expliqué lo de mis olvidos permanentes. Me invitó a su oficina y acepté, quería descansar y sabía de la comodidad de aquel lugar. Con voz tranquila, Jano habló de nuestra relación: paciente-analista desde hacía una década. No éramos novios. Eso me alivió. Tener un novio y tan poco atractivo me parecía deprimente.

   Jano explicó que la sociedad actual, sumergida en un continente mafiocrático, donde las personas estaban a merced del desamparo en todos los órdenes. Un Tsunami donde la memoria era una de las pérdidas colectivas, entre otras.

   —Luego de mis reflexiones, ¿usted recuerda algo, mi querida?

   Apareció un núcleo de fuego en mi cabeza y grité que sí. Le conté que trabajaba con un analfafuncional, de cargo jerárquico, que me hacía caminar de un lado a otro con pilas de expedientes. Al terminar mi tarea, debía limpiar todos los baños. Por suerte, o por desgracia, me despidió. Jano, desde su pipa apagada, preguntó si no podía hacer el esfuerzo de recordar que yo era médica psiquiatra  y psicóloga. Hizo una pausa, donde me aseguró un trabajo, de escaso horario en el ANSES. Contesté que había perdido la memoria, que mi estado de confusión era inmenso, que tal vez hubiese perdido la razón, pero mi dignidad estaba intacta. Me fui, no sé adónde, pero me fui.

domingo, 9 de enero de 2022

 

Queridos Lectores, durante una semana  no subiré cuentos por razones personales.

                                                               Patricia.

HASTA AQUÍ

 

   Ramón encontró el bolso preparado a los pies de la cama y la ropa de viaje colgaba impecable, de mayor a menor, fuera del vestidor. Coca era la autora de organizar sus viajes mensuales al campo, ella se quedaba.

   Cuando Ramón la despidió con un beso gastado, ella alejó su mejilla y apoyó el whisky matutino en la cicatriz. Todavía pensaba el choque como un agravio personal. Le señalaba la culpa con el vaso. Ramón le recordó la cita con el cirujano, sugirió que fuera con su mejor amiga. Él no podía llegar a tiempo, había complicaciones con el encargado. Coca no dijo nada. Desde el accidente no le dirigía la palabra. En el auto Ramón recordó la infausta cosecha y aceleró. Cortó por un camino de tierra, divisó el rancho y le sonrió al espejo. Él era feliz mirando sembrados, enamorado de esta pampa tan lisa. Protegido por el cielo y amparado por el rancho que Coca diseñó respetando el estilo tradicional, con techo de paja, paredes de adobe, galería austera y ventanas de juguete.

   Ramón comía frente al espejo de la cocina. Miraba hacia sí mismo, recordó la cicatriz de Coca, sus ojos acusando, para tapar el odio de antes del episodio. Se acostó de su lado, respetaba sin querer, el lado de Coca. Una vez le apareció por sorpresa, hasta se reía con sonido. Fue un milagro para Ramón. Después, nunca más.

   Se la quiso sacar de la cabeza y cruzó a charlar con el encargado, gordo buenazo que hacía el mejor mate del país. Remigio le daba paz. Casi ni decía, pero decía. Viajaban al mundo de ver luces raras en el cielo o caminar entre el maizal. Se reía Remigio cuando lo veía andar lento, como si fuera viejo. Ramón lo saludaba con la mano en alto y se metía en el rancho. Tenía un mensaje en el contestador, era la amiga de Coca. Una voz rara, le decía que Coca había partido, por propia voluntad. Le aconsejó que viajara, despacio, total ya estaba. Ramón caminó lento hasta el auto, manejó sin prisa, lloraba con ganas.

sábado, 8 de enero de 2022

MEMORIA EMOTIVA

 

   Nos íbamos por unos días a una playa de pueblo chico y tranquilo. Mamá estaba enojada, nunca supe por qué, ni me preocupé, lo suyo era un estado permanente, la frente con gesto de disgusto. Le pedí que vinieran con nosotros, mi viejo hubiera aceptado. Ella no. Adujo que debía hacer muchas cosas. Muchas era tejer y limpiar, cambiar de lugar algún mueble. Encerar lo que a mí jamás se me hubiera ocurrido. Hacía de cuenta que era su casa, mientras papá pedía permiso para todo. Tenía cara de cansada y color pálido. Limpió su casa de Buenos Aires, luego vino al campo y limpió hasta la tranquera. Pasó por el pueblo y limpió el departamento de mi hermano y al fin mi casa. Un placer para ella. Mientras hacía criticaba mi no hacer, que era lo que más me gustaba hacer.

   El día antes de partir la invité a caminar la sierra y respirar árboles. Fue extraño ella nunca quiso ni quería salir conmigo, esta vez aceptó. Noté que se fatigaba muy rápido y decidí volver, no recuerdo mi excusa. Por la noche me dio un beso y puso su reloj en mi muñeca. Un regalo y un beso, dos acciones ajenas a nuestra no relación. Me gustó y no me gustó, como a toda histérica. Lo elaboré en análisis, mami no pudo o no supo aceptarme. Ese karma nunca se fue, lo sacaba en palabras pero las improntas de la infancia nos acompañan toda la vida. El día que partimos les hice jurar que esperarían nuestra vuelta para retornar a Buenos Aires, papá dijo que desde luego, mamá forzó una sonrisa.

   Un día de playa que el bebé disfrutó más que nosotros, rodamos por un médano hasta la casita. Había una camioneta de la policía, miraron raro, uno de ellos me apartó del resto y habló de algo que pareció ajeno, todo el aire se tiñó de negro.

   Mis padres, dos días antes de nuestro regreso, se fueron. La curva, alguien de contramano. Mamá te debo una charla, vos no podés. Yo te hablo mamá por todo lo que nunca. Discuto con vos aunque no estés. Fue idea tuya. Dos días antes. Por vos, por todo lo que nunca.

viernes, 7 de enero de 2022

1968

 

   El accidente ocurrió a trescientos kilómetros de Río.  Seguro que se pasaban la cachaça de uno a otro para combatir la boca seca del charuto que escondía noctilucas. Bartu conducía, era el más viejo de la tribu. Escribanos hartos del estudio compartido, decidieron visitar el mejor lugar de la tierra, cuando Buzios era una aldeíta de costas recortadas y sin nadie.

   Tenía que viajar el pariente más cercano de cada uno para el reconocimiento. De la familia fui yo mismo, el Bartaburu del medio. ¿Porqué el del medio es el que hace los mandados, hasta para ver si mi hermano muerto era el muerto? Mi primer viaje en avión. Un jet de Varig, ni cuenta me di de la experiencia. Whisky tras whisky me tranquilizaban del dolor y de la bronca. Cuando lo vi se me aflojaron las piernas y en lugar de llorar me reí a carcajadas, no lo pude creer. Le habían pintado la cara con una base marrón, mejillas rojas, los ojos cerrados, pestañas largas postizas, la boca tenía rouge colorado y dibujada una sonrisa de payaso. El pelo me mató, se lo habían teñido de azul francia, la cabeza rodeada de tules amarillos y violetas. Las manos cruzaditas en el pecho, con las uñas pintadas de rosa intenso. Así era la costumbre con los muertos allá en Brasil, el país que más amaba Bartu. Tal vez para tapar el blanco que da la parca. Salí del lugar y no podía parar aquella risa. Firmé los papeles y me vine. Bartu venía con el equipaje de los vivos. Siempre decía que cuando muriera hicieran una fiesta bien divertida, con música de Pink Floyd al mango, Janis Joplin y que no faltara Vinicius.

   Un infierno aquel velorio, había tanta gente que faltaba un pucho más y todos moriríamos de asfixia. Mi madre llevó la crema Pond’s en la cartera pero no pudo limpiar nada, la pintura parecía definitiva. Mi tía Petete compró rosas blancas para tapar un poco tanto grotesco. Pero el color de Bartu pudo más que todo. Le salió bien, murió como quería, con amigos que lo vieron y lloraban de risa hasta doblarse. Mi hermanito, el Bartaburu adolescente trajo el equipo y la música, bien fuerte, echó a todos los viejos indignados.      Cuando no dimos más, ocupamos los sillones y ahí sí lloramos todos, eso estuvo de más, diría Bartu.

   En medio de aquel momento de comunión trágica, cayó el nabo de Pushkariov y dijo humedades, como siempre. Se disculpó con todos por haber llegado tarde, le dio un beso en la frente al Bartu y salió gritando que mi hermano era de mármol, más frío todavía. Pushkariov entró en el baño de inmediato y lo escuchamos vomitar. Para tapar el asco del imbécil pusimos música de nuevo, esta vez Bob Dylan, que nos llevó soplando en el viento y pareció que Bartu estaba entre nosotros.

jueves, 6 de enero de 2022

COCA

 

   Ir por la playa, le producía malestar, por aquello de la celulitis o las várices. Se ponía una tohalla entera o una pollera hindú, hasta los tobillos. Pañuelo, sombrero y anteojos. Lograba lo que quería, nadie se daba cuenta quién iba, debajo de tanto trapo.

   Tenía fecha para operar su cara, estaba contenta y ansiosa. Un accidente de auto, sin mayores consecuencias, le dejó una enorme cicatriz, en la ceja derecha y otra en la mejilla izquierda. Con el paso del tiempo, casi parecían hilitos de seda, sus cicatrices.

   No salió nunca más de su casa, no recibía a nadie.

   Al único que le permitía verla, era a su marido. Según él para hacerlo sentir culpable sin sentido, porque Coca manejaba, aquel trágico día.

   A pesar de todo, su casa estaba tan impecable como antes del accidente o más, mucho más.

   El marido volvió a su campo y esta vez, Coca no quiso ir.

   Quedó sola, miró todas las revistas de decoración que tenía. Luego las apiló por color.

   Se vendó la cabeza, con prolijidad de cirujano. Miró el espejo y siguió aplicando capas de algodón y cintas de telas, de bordados primorosos. Le dio risa, su imagen cabezona. Para dar por terminada la historia, se forró toda la cabeza, con bolsas apretadas de nylon.

   Con mano segura, se pegó un tiro.

   Coca, no manchó con sangre, nada.

miércoles, 5 de enero de 2022

POLIZÓN

   El muchacho gordo apareció en un recodo de los árboles. Pasó una carreta y lo levantaron en silencio. Judíos, judíos como él. De los fusilados, él se salvó, trepó entre cadáveres buscando el aire, antes escuchó la partida del enemigo. Llegó subiendo entre los cuerpos muertos y el aire lo llevó en un carro rural, de judíos ricos.

   Recalaron en Ensenada y era otra tierra, anotaron sus nombres como sonaban. Al gordo lo mandaron al comedor para que sirva guisos con carne y papas. Lloraban de emoción ante los platos. Piezas con cocinita y baño a compartir. El muchacho llevaba y traía bolsas, con dos días de trabajo, pagaba la pieza. Gordo como era, dormía en cama caliente y a las dos horas seguía su labor hasta la noche. Sentía que algo explotaba dentro de su cuerpo y caminó por la costa. Viajó de polizón en un barco carguero y llegó al mismo lugar de donde huyó. El muchacho gordo apareció en un recodo de los árboles, contento y flaco. Había olor a su aldea, la guerra había terminado.


martes, 4 de enero de 2022

PLATA EN MANO CULO EN TIERRA

   Este invierno tuvo frío. Él no tenía calefacción ni salamandra. Se calentaba con una sola hornalla de la cocina, para gastar lo menos posible. Pero este invierno fue distinto, no podía entrar en calor y andaba con dos piyamas superpuestos, guantes rotos, sobretodo y sombrero enjaretado.

   Le tentaba la caja de palo de rosa, regalos de su Madre cuando era chico.

   ─Mamá!, esta caja está vacía.

   ─Bueno, de eso se trata, andá ahorrando desde ahora y la ponés adentro.

   Tomó la decisión de comprar una estufa eléctrica. Abrió su caja y retiró lo que había ahorrado durante toda su vida. Encontró un lugar conocido y se compró la estufa. Todo un fraude resultó. Era grande, del tamaño de un televisor, el frente era una placa roja. Le enseñaron en el negocio, cómo se manejaban los controles.

   ─Si vive lejos se lo llevamos nosotros.

   ─Sí, vivo lejos, pero quiero llevarla caminando. 

   Le gustaba caminar y portar semejante aparato bajo el brazo. Ni bien llegó a su casa, prendió la nueva estufa, pensando que por fin estaría calentito. No había caso, apenas entibiaba.

   Al día siguiente llegó al Negocio. Lo atendió el que se la vendió.

   ─Vea Sr, esta estufa tiene algo roto, se la cambiamos por otra, pero la va a tener que pagar de nuevo, en esta casa no aceptamos cambios.

   Le dieron otra estufa nueva, cuando se retiraba, un Custodio lo tomó del brazo y lo condujo a la Caja.

   ─Acá le confecciono la boleta, a ver...a ver..., tiene que pagar las dos.

   ─Pero, ¿si la compré ayer?, ustedes mismo reconocieron que estaba rota. ¿por qué la tengo que pagar de nuevo?

   ─Señor, ya le expliqué, la Casa no admite devoluciones, por si no le quedó claro, el que rompe paga y se lleva una nueva. aunque es posible que deba pagar las tres estufas.

   ─¿Cuál es la tercera?

   ─La tercera es por las dudas.

   ─Pero no tengo más plata.

   ─Vea, acá tampoco se fía, como todo el mundo sabe: plata en mano, culo en tierra.

   Ni bien llegó a su casa la prendió. ¡Daba calor a todo! Nadie lo hubiera dicho, se partió la pantalla en cuatro y por no tomar la distancia que corresponde, se sentó en la estufa y se quemó ahí,  (donde nos quemamos todos los que nos gusta sentarnos en la estufa.)

   Él, tomó la estufa y caminó hasta el negocio, la arrojó en la vidriera, la hizo añicos.

   Se sentó en una escalera del banco, con su caja de palo de rosa, abierto a su lado y decía:

   ─¿No me daría una monedita por favor?

   Cuando se cansó volvió a su casa y mientras se untaba los glúteos con Cicatul, miraba la caja vacía.


lunes, 3 de enero de 2022

GENTE BUENA

 

   Tomó por una cortada sin asfalto, le habían dicho que se ahorraba trescientos kilómetros para su destino. El camino era desparejo, piedras, pozos, charcos y novillos atravesando el camino.

   La chata no anduvo más, sacó cables y volvió a insertarlos, no tenía la menor idea de motores, midió agua, aceite, eso sí sabía. Casildo tenía fuerza, intentó empujarla, en asfalto le daba resultado, aquí sintió cómo el barro frío le trepaba a las rodillas. Su idea, hacía dos años, era matarse por propia decisión.

   Irónico, sería la primera decisión propia de su vida. Encontró un árbol, con una rama ideal, la soga que traía la ató con nudo corredizo, sacó de la camioneta el banco matero, se paró, envolvió su cuello y lo ató a la soga con cuatro nudos. Pateó el banco y sintió calor. Le salió mal, sus pies tocaron el piso. Venía una camioneta en sentido contrario:

   —¿Quiere ayuda, Don? Este camino es jodido, jodido, suba a la chata y lo empujo. No se olvide de la soga, no es útil para esta situación.

   Casildo le agradeció, al buen hombre, lo empujó hasta la ruta. Ahora eran una vaca y dos novillos, que lo miraban con bastante interés, por ser vacunos. Venían pocos autos, Casildo bajó de la chata y caminó al medio de la ruta. Quedó firme. Los autos lo esquivaban y le gritaban: “Puto”, “Boludo”, “Correte”, “Qué mierda te pasa”. Venía un Río Paraná, Casildo se tiró al medio, quedó indemne. Todos bajaron del micro para socorrerlo.

   —No tiene un rasguño el hombre, se salvó porque no tenemos paragolpes ni trasero ni delantero.

   Entre tres lo metieron en la chata.

   —Dejémoslo aquí, llamo al 101 y que lo vengan a buscar.

   Casildo gritaba:

   —¡¡Será posible que uno no pueda ni matarse tranquilo, en este país de mierda!!

   La vaca le pasaba la lengua para tranquilizarlo.

domingo, 2 de enero de 2022

UN PASEO CON MI CHAPLIN PREFERIDO

 

   Papá me llevó al Circo, acción que llevó a cabo con el desconocimiento de la dictadura de Mamá. Ella decía que los circos eran tristes, que maltrataban a los animales, que la viruta del piso tenía piojos y los payasos, patéticos. Todos mis amiguitos habían ido:

   —Papá, llévame. ─le pedía llorando─ todos los chicos ya fueron, menos yo.

   Él jamás me dijo que no a nada. Usó una estrategia que convenció a Mamita querida.

   Después de sacar las entradas, me compró uno de esos algodones dulces, gigantes, que se enroscan en un palo. Papá se reía a carcajadas con los payasos. Yo me reía de las risas de Papá, los payasos nunca me parecieron cómicos. Esperaba ansiosa las aguas danzantes, resultaron ser chorros de agua iluminados con luces de colores.

   Yo me había imaginado personas de agua, que danzaban, con formas de humanos transparentes. Se ve que el algodón gigante, más la desilusión hizo que me hiciera caca encima. No dije nada, venían los equilibristas, ésos sí me gustaban. Mi Padre, que tenía una nariz importante, preguntó:

   —¿Patricita, vos no sentís olor feo, muy feo?

   —Disculpá Papá pero me hice encima.

   —¿Te cagaste? Vinimos a divertirnos y ¿vos te cagás encima?, vamos a casa ya.

   —No, Papi, falta para que termine.

   —Levantate y salgamos.

   Caminamos hasta la parada de Taxis.

   —¿No me llevás de la mano?

   —¡¡¡Nooo!!! agarrate de mi dedo, ¿cómo voy a llevar de la mano una nena cagada?

   Nos detuvimos en un Quiosco y compró un diario. Lo desplegó dentro del Taxi:

   —Subí de este lado.

   Cerró la puerta. Pensé que me dejaba sola, pero dio la vuelta y subió por la otra:

   —Chofer, vamos a 48, nro 975.

   Cuando llegamos, pagó, descendió del auto, dio toda la vuelta y dijo:

   —Saltá y andá para casa.

   Al Sr del Taxi, le salían sapos y culebras de la boca.

   —No escuches, hija, el Chofer está loco, ahora metete en el baño, te prendo el agua bien caliente y te enjabonás vos y tu ropa. Después de vos, sigo yo.

   —¿Por qué Papi, vos también te cagaste?

   —No!!, me quiero bañar porque la caca es tan contagiosa como la varicela ─ahora sí que cabe lo de mocosa de mierda, como le dice su Madre.

sábado, 1 de enero de 2022

ENTREVISTA

 

   ─¿Lo puedo llamar Federico? ─me pareció uno que se paga a sí mismo, o bien un pagado de sí mismo. Entonces lo empecé a llamar Director.

   ─La primera pregunta que debo hacerle es cuántas películas filmó.

   ─Recuerdo las que me gustaron, es difícil gustarse a sí mismo. La última película me dejó satisfecho, descubrí cosas que no había pensado antes. Un mar hecho con nylon negro que se movía como las olas.

   ─¿Y cuál era el objetivo de su última película?

   ─Carezco de objetivos, filmo lo que me interesa filmar. Los objetivos te llevan a un sólo lugar.

   ─¿Y qué le interesa de sus películas?

   ─Me complacen los finales que guardan esperanza.

   ─¿Y a usted le parece que en este momento existe la esperanza?

   ─Para mí sí, para los demás no sé. Tengo una mujer que se llama Giulietta, me ayuda y me perdona todo, hasta que le meta los cuernos por largos tiempos. Giulietta me espera, tiene la rara cualidad de saber esperar.

   ─¿Y cuando le presenta sus amantes?

   ─Hace como que no existieran. No quiero hablar de mi vida personal. En más de la mitad de lo que filmé, tenía entre mis colaboradores uno que no le gustaron mis finales. Y como era el hijo del hijo de cualquier empresario, logró filmar lo que quería. Discutimos demasiado y preferí retirarme. De todos modos mis auspiciantes, dejaron de aportar para mi película.

   ─¿Y usted qué hizo frente a tal oposición?

   ─Le pregunté a Giulietta, a ver qué pensaba y dijo: “Yo pienso que tendrías que mandarlos a la mierda”.