martes, 2 de octubre de 2012


      El muchacho gordo apareció en un recodo de los árboles. Pasó una carreta y lo levantaron en silencio. Judíos, judíos como él. De los fusilados, él se salvó, trepó entre cadáveres buscando el aire, antes escuchó la partida del enemigo. Llegó subiendo entre los cuerpos muertos y el aire lo llevó en un carro rural, de judíos ricos.

     Recalaron en Ensenada y era otra tierra, anotaron sus nombres como sonaban. Al gordo lo mandaron al comedor para que sirva guisos con carne y papas. Lloraban de emoción ante los platos. Piezas con cocinita y baño a compartir. El muchacho llevaba y traía bolsas, con dos días de trabajo, pagaba la pieza. Gordo como era, dormía en cama caliente y a las dos horas seguía su labor hasta la noche. Sentía que algo explotaba dentro de su cuerpo y caminó por la costa. Viajó de polizón en un barco carguero y llegó al mismo lugar de donde huyó. El muchacho gordo apareció en un recodo de los árboles, contento y flaco. Había olor a su aldea, la guerra había terminado.

      Dios creó las cuatro de la tarde para que mi vecino y sus amigos me interrumpan la siesta. En una hora sonará el despertador. Tengo tres horas para reponer energías y volver a mi trabajo infame de doce horas. Un día me animé y les pedí que comenzaran sus ensayos a las cinco. Les expliqué que mi laburo permitía un sueño de tres horas, sino, derramaba bandejas, rompía tazas y me lo descontaban del sueldo. El más alto, con su guitarra al mango, frunció la cara, siguió con dos cuerdas y pateando la puerta cerró sobre mi nariz prominente que sangró y manchó la camisa limpia. Golpeé con furia, no escuchaban. Tomé ímpetu y me largué con todo el peso de mi cuerpo sobre la puerta. Caí sobre el baterista, lo tiré contra la pared y se rompieron dos parches.

      El tipo tenía el doble de mi tamaño y dio un suspiro tan hondo que pensé que me llevaría al centro de la tierra. Abrió la puerta de su cadillac del cincuenta y tomando mi camisa, me sentó de prepo. El alto subió atrás con su guitarra encarnada. Eligió los parches más caros. Allí quedaron mis ahorros. Pareció un milagro, se mudaron a otra casa.

      La bendición de una siesta de silencio fue interrupta por la demolición de la casa de mi vecino. El epílogo de la tragedia continuaría con la construcción de una torre de quince pisos. Dios me privó de la siesta y del sol. Y de jugarle al cuatro, que era mi número preferido.


        Encontrarás una casa con un nombre extraño, esa no la quiere nadie, hasta le temen. Tu cabaña se encuentra justo enfrente. Tomy, incrédulo, vio la cabaña rodeada de tres pinos y sin nada alrededor. Se lo hizo saber, el anciano  explicó que nadie pudo sacar una foto porque la casa se esfumaba y no salía.

      Le señaló el rumbo y Tomy encontró la casa y enfrente su cabaña. Era como la de los siete enanitos, tenía ventanucos y un escritorio bajo una de las aberturas. Allí puso su vieja máquina de escribir, esa era la idea de su editor, rodearse de tranquilidad absoluta y entregar a fin de mes. Acomodó la primer hoja en blanco. Vino la noche. Escribía con decisión y tiraba papeles hechos un bollo. Cuando llenó el piso de escritos inútiles se acostó a dormir. Miró hacia la casa de enfrente. Estaba iluminada y las cortinas volaban como fantasmas. Se escuchaban risas y cubiertos, pero no vislumbró a nadie. Durmió todo su cansancio. Cuando empezó a teclear no pudo evitar mirar hacia la casa. No había nada. Cruzó enfrente y tocó el timbre, mientras esperaba el timbre desapareció. Se apoyó contra una columna y de pronto sintió un desmayo. Cuando se recuperó la columna había desaparecido. Tocó la superficie de la casa y la casa se iba transformando en un pastizal.

      Apareció un paisano de a caballo, Tomy le preguntó qué pasó con la casa. El paisano subió los hombros y contó que en el pueblo se decía que ahí había funcionado una casa para cobijar a nazis de altos mandos. Luego la compró un rico que se la regaló a su amante. Por problemas de infidelidad, huyó la mujer y el amante desapareció. La mesa estaba servida, se veían carozos de aceitunas en el medio del mantel pero nunca nadie volvió a esa casa. También decían que había sido un centro de detención clan… Tomy no lo dejó terminar, corrió a la cabaña y embaló sus cosas. Alguna historia se le iba a ocurrir.

      Un hombre sentado en una silla plegadiza con ruedas y motor. El hombre apretaba un botón y en el jardín iba y venía. Cuando regresaba, una mujer muy bella le ayudaba en el plegado. El hombre nos sonreía hasta que mi hermana más grande preguntó si no la podía llevar un rato. El hombre le permitió sentarse en sus rodillas y dieron una vuelta perimetral. Conmigo hizo lo mismo. Mi hermano menor bajó de la silla gritando que, el paralítico, era un degenerado. La mujer bella tenía el auto en marcha, sentó al hombre, plegó la silla y partieron a toda velocidad. 

lunes, 17 de septiembre de 2012

CONVOCATORIA A LA BARBARIE



      La Srta. del Jardín de Infantes preguntó quién quería más a Evita y Perón, todas mis compañeritas levantaron la mano, yo no. La Srta. preguntó porqué no hacía yo como las demás. Contesté que mi Mamá y mi Papá no me dejaban decir malas palabras. La Sra. Directora mandó llamar a mis padres. Les informó que debían cambiarme de escuela. Eran órdenes de la Inspectora. Fui a una escuela de Hermanas por dos años, allí también las niñas decían esas malas palabras y eso que Diosito vivía allí mismo. Mi padre trabajaba y estudiaba. Cuando Evita murió, él no usó brazal negro y lo dejaron cesante. Mamá era profesora en un colegio nocturno y tenía la obligación de informar a sus alumnos que debían afiliarse a la UES. Luego se contradijo y agregó que si no lo hacían, sería mejor para todos. Mami decía lo que pensaba, no fue el momento oportuno. Un alumno la denunció y ella también quedó sin trabajo. Viajábamos a Buenos Aires porque mi abuela nos sostuvo económicamente en esos momentos aciagos. Debíamos tomar subte para llegar a su casa. Bajando la escalera mecánica yo cantaba: -¡Perón Perón qué grande sos! Mientras revoleaba mi muñeca preferida. Mis viejos me zamarreaban para que callara, mientras yo les explicaba que por no ser peronistas el final de la escalera mecánica nos tragaría y nos convertiríamos en tallarines.

      Cuando Perón cayó mucha gente festejaba. Aún sus simpatizantes, en una especie de amnesia, tiraban abajo todas las estatuas de Evita que inundaban Escuelas y Ministerios. Una especie de horda sin freno destruía a su paso retratos y banderas con escudos peronistas. Tales excesos hicieron llorar a mi madre, mientras explicaba que aquello era un agravio innecesario. Justo personas que hablaban de lealtad al tirano. En el Colegio nos hacían recortar papel glasé  para tapar las imágenes de Eva y Perón que tenían los libros de lectura. Las de Evita yo no las tapaba porque me parecía buena y porque había sufrido mucho antes de morir. La Hermana Superiora me expulsó del Colegio. Mis viejos, que recuperaron sus respectivos trabajos, se indignaron e increparon a la Superiora por no permitir que yo eligiera. Mamá, roja de ira, le sugirió que se confesara y comulgara. Y le auguró que Dios no la perdonaría. Ambos consideraban que las personas eran tan fachistas como los que habían caído.

      Papá puso una foto de Lonardi en su escritorio y yo puse una de Evita en el mío. Estuve en penitencia tres días. Igual la pasé bárbaro, tenía como veinte revistas de La Pequeña Lulú que me había regalado mi Abuela y me las leí todas ¡Ja!

martes, 31 de julio de 2012

FRÍO



      El invierno me congela adrenalina, me levanta los hombros hasta besar las orejas. Hace doler el esternón que trata de besar los omóplatos hendiendo como estalactitas paralelas, colgadas de la nuca.
     
       Los túneles de aire congelado transitan alegremente los pasillos que el frío les señala. Sabe la cantidad exacta de los agujeros de mi superficie. Los glúteos se encuentran en un gesto inútil de guardar calor. Aunque los pasos pretenden ligereza las rodillas no responden a doblarse.

      El invierno me cierra la izquierda y la derecha como dejar de leer una novela que me aburre. Es pesado el invierno, como esa gente que me habla todo el tiempo. El único placer que yo le encuentro es poner el trasero en una estufa grande y generosa, dejar que el calor trepe por la espalda y sentar mi humanidad en el sillón del abuelo, mirar por la ventana y sentir piedad por los árboles desnudos, tan quietos como el frío. Es tan largo el invierno. Es tan largo el invierno, que dan ganas de venderlo, por monedas, a otro continente, para siempre.

sábado, 28 de julio de 2012

SOFÍA



      Si llevara dos alitas en la espalda, su elegancia levitaría en todas las baldosas. Habla en tonos bajos, modulados y prudentes. Si en medio de alguna charla, algún parroquiano solicita su presencia, acude con disposición respetuosa a su trabajo.

      Sofía terminó cu carrera, que no era servir café, tal vez algún día ocupará el lugar que le corresponde. A veces está contenta y mira el afuera con risas de niña. Otros días se le dibuja una tristeza que lastima el aire. Conoce chicos, pero no aparece el genuino que Sofi merece. Hace tres días viene un solo que pide un cortado en un castellano raro. Le tiemblan las manos cuando ella deposita la tacita. Lleva un libro que parece leer, pero no lee. La mira cuando ella no.

      Sofi no asiste al trabajo y nadie sabe nada. Pasaron los meses, hasta que llegó una tarjeta para todos.  Es una foto donde aparece el Big Ben, el Támesis y al medio está Sofía, abrazada por el solo. Él apoya una mano sobre la pancita gorda de una Sofi angelada y sonriente. No tiene nada escrito. No lo consideró necesario. Nosotros tampoco.

jueves, 26 de julio de 2012

SR. EGAÑA



      Nos sentábamos en el umbral de la esquina. Antes que apareciera se escuchaban los pasos del Sr. Engañabaldosa. Una pierna era normal, pero la otra, a cada paso, engañaba a una baldosa. Revoleaba esa pierna y caía con ruido similar al tropiezo, nunca se cayó. Ni cuando llevamos un palo de escoba para su caída, crueldad de niños. Saludó, tocando el ala de su viejo Panamá y engañó al palo.

      Pasaron varios días, al Sr. Engañabaldosa no se lo veía pasar, ni entrar o salir de su vieja casa. Nos enteramos por los gatos, que morían de hambre y los perros, que ladraban sin interrupción. Un vecino llamó a la poli. El Sr. Engañabaldosa murió en su cama, con el televisor prendido. Le faltaba algo al cuerpo. A su lado, en el piso, dormía su pierna ortopédica. Por eso el sr. Egaña tenía cara de dolor cuando engañaba las baldosas.

      La ceremonia de sentarnos en el umbral de la esquina siguió. La inercia de la costumbre. Nos puso tristes la ausencia del Sr. Egaña. Sus pasos tric-traca. No se habló nunca de aquel personaje. Las únicas contentas fueron las baldosas estafadas. 

sábado, 7 de julio de 2012

INTERFERENCIAS


      Vivo solo, extraño los sonidos de mi casa paterna. Ahora escucho cosas que vienen de afuera sirenas, autos, micros, motos y una música salsera de algún boliche lejano. Estudio con ese concierto que apabulla, pero acompaña. Cuando los decibeles citadinos menguan voy a dormir. Escucho los pasos del departamento de arriba, hay unos tacos altos que martillan mi cabeza, portazos. Hay corridas con sonido de pasos masculinos. También escucho muebles que se desplazan, vajilla que se estrella en mis oídos.

      Hoy fue distinto, hubo silencio. Durante la madrugada escuché pasos marciales; a los quince minutos nada. Tomo el ascensor y la anciana, que vive sola, me pregunta si estaba enterado del cr… Abrí la puerta, le dije no tener tiempo. Con el dinero del alquiler me compré un equipo de música. Ahora estudio y duermo perfecto. En el edificio no piensan igual. Hicieron una reunión de consorcio para tratar mi caso: “música alta”. Llamé a mi padre, que está orgulloso de mis dieces en todo. Hizo forrar las paredes de mi depto. con madera, telgopor, lana de vidrio y corcho. Me visitó una semana. Cuando se fue me sentí aliviado, lo quiero mucho, pero su partida me hizo recobrar mi propio pentagrama. Puse al mango: Los sonidos del silencio, por Simon & Garfunkel, una antigüedad, me envolví en el acolchado de duvet, que me mandó mi madre y dormí un día entero. Mucho stress. 

jueves, 28 de junio de 2012

JUANA

      Estamos en la mesa y me largo una arenga acerca de terminar con estos mata personas. Formar ejércitos para destruir todo. Escucho a uno de mis hermanos decir que Juana de arco está sentada con nosotros. Odio la sopa y el ruido que hacen todos por cada mísera cucharada. Un día me levanté, fui a buscar cinta de embalar y a mi hermano más chico que no solo hace buches de sopa, sino que después nos escupe a todos, le crucé la boca con cinta, mi madre gritaba, diciendo que Juana la loca merecía la expulsión de la mesa.

      Desde mi pieza digo, para que escuchen, que Juana se va a comprar un fusil. Mi hermana, la que me sigue, me defiende, soy como Juana Azurduy para ella. La única que me dio un beso fue mi Abuela, que dijo, hasta mañana, Juana.

sábado, 9 de junio de 2012

DE PAPEL


      He conocido obras de pintores o dibujos considerados geniales, por parte de la humanidad y por mí también. Pero las más interesantes las encontré en los papelitos que viven al lado de los teléfonos fijos. Sucede cuando hablamos de cualquier cosa con algún amigo, que detiene el tiempo con palabras tranquilas; mientras tanto dibujamos sin pensar y con todos los permisos, que resultan perspectivas absurdas o casitas invertidas o palmeras despeinadas, que remiten a otras cosas y esas cosas a otras, inconclusas. Cuando dejamos el chau, adiós,  colgando el tubo y bostezando nos vamos a dormir la siesta o a seguir haciendo tareas consignadas. Un día cualquiera, el pilón de papelitos se cae del escritorio sin espacio y tiramos nuestras obras de arte, las genuinas, en el cesto donde vive lo inservible.

      La mujer de un autor, que ocupó parte de mi cabeza muchos años, contaba que su marido le pedía papelitos y biromes para la noche. Tenía el sueño liviano, se le ocurrían palabras u oraciones que escribía entre dormido y arrojaba al piso. Por la mañana su mujer los juntaba y mutaban luego en novelas sin fecha de vencimiento.

      Los aviones de papelitos ocuparon nuestra infancia, los barquitos para el cordón de la vereda cuando llovía y los sombreros de tres picos en disfraces repentinos. ¿Quién no mandó un papelito declarando su amor a la más linda de tercer grado? Ahora se guarda todo en computadoras o celulares, el papelito resulta bastante incómodo a los jóvenes. Ellos mismos parecen vivir en la supuesta comunicación que nos regala la tecnología y sus enseres. Si pudieran meter el culo en esas pantallitas lo harían con el mismo placer que dejar metidas sus cabezas digitales todo el día.

lunes, 14 de mayo de 2012

A LOS CATORCE


      No lloró nunca, ni de recién nacida, ni cuando tenía hambre. La peor alumna, siempre ensoñaba, las maestras se cansaban de su abulia y optaban por ignorarla. Desde los cinco años se tiraba sobre el pasto a mirar las estrellas y la luna. Su padre la encontraba dormida y la trasladaba a su cama. Sus diálogos eran susurros a los pájaros, las mariposas y sus siete gatos. Adela se aburría de escuchar a sus hermanas, a sus padres y a todos los sonidos que emitieran. Las pisadas con zapatos eran una tortura. Sería por eso que andaba descalza sobre la tierra, aún si llovía. Su padre le construyó un refugio. Fue su primer risa, que selló con un beso en las manos de su padre. Adela tomó como domicilio el refugio.

       Apareció un psicólogo, convocado por sus padres y le pidió una charla. Adela lo hizo pasar a un lugar exiguo, tenía libros mezclados con gatos y dibujos de pájaros e insectos hechos por Adela. Nunca vio a nadie tan feliz y completo. Informó a los padres que Adela no estaba  enferma. Había elegido su propio modo de vida, un modo poco común, pero, se la veía ubicada en tiempo y lugar. Hizo un comentario, dijo que las palabras rompían el aire. Denotaba un alma sensible. Pasado un tiempo, Adela iba a salir a buscar a su familia y cambiada, eso era seguro. El psí se fue y los padres tranquilos se abrazaron.

      En la primavera se colgó de un piñonero, para ver el lugar desde arriba, perdió pie y su bufanda atascada, entre su garganta y dos ramas. Para todos, Adela se suicidó.

LA PÁGINA EN BLANCO

      Estoy deprimida. Qué historia escribir con una birome sin ganas. Sentir que el papel te expulsa las ideas. La astenia te sienta y te olvida. Por ahora renuncio, para no contagiar a nadie. Pregunto a otros si esto pasará. Ellos, a veces, saben más cosas de uno, que uno. No contestan.

      Con la ducha matutina pretendo levantar el día, sucede al revés, el día me cae encima.  Trato de sostener para no asfixiar el intento.

      El cuerpo se junta como un libro cerrado. No encuentro palabras y menos a oscuras. Pido auxilio en idiomas raros que nadie entiende. La depre, si está cómoda, se queda y una no está en condiciones para echarla así no más.  Si el libro se abre, la depre huye. Somos amigas de chicas. Eso me preocupa, nos estamos viendo seguido.

      ¿Entendés que lo nuestro terminó hace rato?¿O te creés que estar así, triste solitaria y terminal es pasarlo bomba? Quiero que me dejes en paz, andate y buscate a alguien que no te conozca. Toda la vida juntas es demasiado, a partir de esta vida, vos, no existís.
Eso lo puedo aseverar, no existís.
¿No existís? ¿no?

viernes, 30 de marzo de 2012

MEMORIAS DE UNA PRINCESA CACHUZA

La dictadura de Mamá hizo abandono de persona en la mejor parte del cuerpo: la autoestima. Forma parte de mi estructura que se viene abajo cuando más la necesito. Siempre recurro a escalas ajenas para medir todas mis acciones. Me detesto al comenzar o concluir algo, me odio más que a todo el género humano cuando les hago coro a los prescindibles. La paradoja es pertenecer a ese tejido y encontrar maestros que rescaten lo que las hordas invalidan.

Cuando fui joven se le daba valor a la inteligencia, al desarrollo del pensamiento, al respeto del singular, al amor y a la paz. El contexto era de una perversión medieval, sostenida por asesinatos cotidianos. La princesa Cachuza, mucho amor y paz pero en una manifestación en La Plata, rompió la vidriera del supermercado Camec, con un adoquín tandilino, vamos todavía decían mis compañeros politizados. Fui solicitada para militar en agrupaciones, pero, entre mi sentido poco común y el sentido común de mi Padre, zafé. Nada mejor que hacer artesanías y viajar a dedo. Nunca me sedujo el riesgo de vida.

martes, 6 de marzo de 2012

TEODORO ENCADENADO

Llegó un momento donde no supe dónde terminaba ella y comenzaba yo. Decidía todo en mi vida. La comida, la ropa, los juegos, qué amigos. Me preguntaba y sin esperar respuesta elegía por mí. Estudiaba lo que ella estudió, debía pensar, acerca de cualquier tema, lo que ella pensaba. No recuerdo haber estado solo jamás y lo peor era creer que la vida era obedecer mandamientos similares a los de la Inglesia Carótila, abostólica y románica. Nunca me hizo papas fritas, eran malas para la salud. Compensaba esa ausencia con nombre y besitos. Téo, Teoto, Teotín. Jamás mi nombre completo, Teodoro. Es feo, ya sé, pero es mío. Aunque sea la única propiedad de mi persona.
Empecé la facultad en la ciudad de ella. Alquiló un depto, lo vistió y amuebló a su gusto, con ¿te gusta? y hasta los cuadros. Yo esperaba que se fuera de una vez. Por fin sabría cómo era estar solo. La despedí con abrazos y besos, ella creyó para ella, yo expresaba la fiesta de su partida, con esos gestos.
Mi primer cigarrillo fue un homenaje a mí liberación. Un placer, el baño sin puertas abriendo preguntando si Teíto necesitaba toallas, jabón y las sugerencias de zonas de lavado en cada apertura. Ni cierro la puerta, juego con un jabón que colabora en placeres que tuve vedados por la presencia de ella. Era una hija de su madre, parecía creer que entre mis piernas había sólo necesidades higiénicas. Mi abuela fue así con ella. Mi madre, de la cintura para abajo no existía ni para sí ni para mi padre. El verdadero yo de Teodoro nos puso al día a los dos. Ella me convenció que éramos uno, cabía pensar los mismo con respecto a todo. La cama de dos plazas para poder desperezarme y dormir con las patas sueltas, así lo expresó mamita. Yo solito descubrí que dos plazas estaban perfectas para mi cuerpo y el de alguien más. Aquí tomé conciencia de la ignorancia de mami. De a poco me voy colocando en mi vida. Da vértigo, es veloz ¡Uácala! Quiero más.
En mi primer año me llamaba por teléfono dos veces al día. En segundo año mandaba un remisse, para verme en su casa, cada quince días. Ahora zafo con inventos laborales o congresos imaginados. Le aviso por mail. Le conté que mi teléfono estaba intervenido, que las multas por insultar esta gestión te dejaban indigente. Eso la aquietó, vive en su casita, a cuatrocientos kilómetros de mí. Rodeada de arbolitos. Yo estoy fenómeno, siento que me estoy haciendo. No necesito a nadie “a nadie alrededor”, gracias Charly. Mi madre lo escucha melancólica, la remite a su juventud. Eso la mata, se quiebra y creo que me contagia. Quiero decirle que su presencia me pone flan. Para sobrevivir acá, debo estar blindado. Si me visita dos días, el primero la quiero y el segundo la detesto, hago que se vaya. Puedo ponerme a la altura de mis deseos. Se lo digo de frente march, ella me mira, Teíto querido y yo le contesto ¡dejame ir! Que se maneje. Por ahora, como papas fritas todos los días, no me baño tantas veces como antes y largué la facultad. Lo demás voy viendo ¡Qué se yo que voy a hacer mañana!

miércoles, 21 de diciembre de 2011

MIÉRCOLES P/M 28 AÑOS

Triste de nacimiento, depresiva compulsiva. No podía quererme ni por una opción diferente. Detestaba mi ser, por fuera y por dentro. Esto último era tan amplio, lleno de sombras y ámbitos oscuros donde estar en paz conmigo resultaba una broma del pensamiento. El miedo de creer en la genética del suicidio, devengo de una familia muy creyente en suprimir sus vidas por propia voluntad. Cuando el deseo se me hizo insoportable pedí un turno con Bourdet. Así transcurrió una vida de todos los miércoles, a las cinco de la tarde, con alguienes que me tiraban sogas en momentos aciagos. Excelentes escuchas todos. De Jorge pasé a Flavio y de éste a Lucía. Y que viva Freud y que vivan estos tres ortodoxos. Maestros de palabras y silencios. Asistí al primer analista ignorando el tiempo y el espacio. Deliraba con voz inaudible y Bourdet supo de mi hijo recién nacido. Le pedí perdón por no saber cuidar aquella criatura desconocida y voraz, por asistir a las sesiones sucia y despeinada, por rascarme el pelo de modo continuo. Pidió que lo tuteara, contó de sus pacientes en Romero que jamás se bañaban, tenían piojos y olor a todo eso. Él los escuchaba, la falta de aseo en ellos no importaba. Lo mío no era nada - tranquila – decía, en cuanto al bebé aseguró que seríamos grandes amigos. Había que esperar y Jorge acompañó la espera, con llamados cotidianos a medianoche. Así ganó mi confianza y un día cesaron los teléfonos nocturnos. Luego de años comprendí la grandeza de Jorge, la enorme responsabilidad de su paciente loca con un bebé, recién nacido, a cargo. Después de saber cuando eran las cinco de la tarde o las diez de la noche, después de entender el espacio que existe entre la rajadura y la junta, Bourdet dejó que describiera al ineludible pa y ma de mis primeros años y los posteriores. Con él fue siempre cara a cara, no me tentaba el diván, necesitaba ver sus ojos, la expresión de su cara. Cumplimos un ciclo y nos divorciamos de común acuerdo. Aclaré locuras viejas y parí locuras nuevas.
Derrapé en Flavio. Fumaba en pipa y tenía una inmensa foto de Freud a sus espaldas. Me dio risa la Mise en escena, él preguntó porqué no le contaba así nos reíamos juntos. Él así lo quiso y yo le dí el gusto. La siguiente sesión desapareció el retrato de Sigmund y la pipa. Aparecieron los Particulares. Como Bourdet, usaba siempre el mismo pulóver, lo pensé como el hábito del oficio, el guardapolvo del trabajo. Buen analista el flaco, algo rudo como cuando dijo que me dejara de ñoñerías – tenés treinta y ocho, ya sos una señora, no jodamos – o cuando le pedí el diagnóstico y contestó: -Depresión machaza, el miércoles la seguimos.
Aquella vez que no supo qué decir de mi cuerpo que lloraba de los pies a la cabeza y se acercó y me dio un abrazo de padre, sin palabras. Luego de improviso me mudé a un pueblo lejano. Se puso como caballo indignado, decía que la gente era lo peor que podía, me daba libros de poetas platenses no valorados. Por vez primera dejó que le viera el “él” que no había imaginado. Al llegar a este pueblo llamé a una psiq-psi. La elegí por su prestigio y por su nombre de luz de agua. Ella preguntó quién me derivaba, yo le contesté que acostumbraba a derivarme sola.
Hace más de una década que Lucía trata de estabilizar mis histerias y otros carajos que no tienen nombres. Por vez primera sentí la confianza de tirarme en un diván. Lucy no es como Jorge o Flavio, ella tiene disfraces de todos los colores, atuendos inauditos, sombreros exóticos y una seguridad tan depositada que permite abrir puertas y ventanas. Echa luz donde hubo negro y agua cuando uno se mustia.
Lucy me dio permiso para mi bohardilla, mi jardín de invierno, mi estanque selvoso, me mandó de vacaciones. No es literal, son semillitas que ella tira al aire, está de uno germinar o nada.
Ella nunca muestra si su tristeza es honda o de qué tamaño es su alegría. Lucy es y quiere que uno sea. La primera vez que me advirtió de su viaje a algún lugar, le lucía un lago en la partida.

lunes, 21 de noviembre de 2011

MEMORIAS DE UNA PRINCESA CACHUZA

Mi nombre registrado casi siempre lo usaba mi madre, en La dominante. Papá prefirió cambiarlo por Princesa, Princesita, mi Princesa. Nunca entendí aquel bautismo real e infundado. Las princesas no tienden camas ni secan platos y nadie las obliga a concurrir al Instituto Británico para aprender ese idioma que me parecía odioso e ininteligible. Actualmente no he cambiado de opinión. Mi padre soliviantaba la dictadura de mamá con viajes a Buenos Aires inventando diligencias laborales. Yo lo acompañaba, casi levitando de alegría. Mirábamos dibujos animados continuados, mi padre reía hasta llorar con Tom y Jerry, el pato Donald y Charles Chaplin. Me llenaba de asombro que alguien tan grande secara sus lágrimas por aquellos dibujitos. Luego, al Richmond de Florida, donde tomábamos café, el mío cortado, con unos tostados que en la actualidad no existen. El cierre de aquella fiesta era la compra de una muñeca en Marilú. Tardó doce años en recibirse de abogado, detestaba estudiar derecho, como a mí inglés. Cuando regresábamos a casa papá decía: - De esto que vivimos ni una palabra a tu madre, Princesita y me besaba la coronilla. Un tipazo mi viejo. Cuando fui grande y casada sus visitas iban acompañadas de ramos de flores o bombones. Hacía desaparecer las cuentas de luz, gas y teléfono. Sin mediar palabra en, otra ocasión, aparecían pagadas, sobre mi escritorio.
Las visitas de Mamá eran ásperas de palabras, criticando esto y aquello. Antes de partir, dejaba su sueldo de docente en el cajón de mi ropa interior. Tenía una generosidad tan implacable como aquel carácter psicótico. Ella fue la que más perseveró para que mi viejo me comprara un departamento.
Llamaba por teléfono con gritos, pedía que no la avergonzara con mis remeras con agujeros acompañadas de zapatillas sucias. Ella sufría cuando sus amigas le contaban de mis vestuarios urbanos. Las amigas me querían y aquellas rebeldías les daban gracia. A mi madre le producían tristeza y llantos gritados a mi padre: - Ahí tenés a tu Princesa Cachuza, le damos plata y no sé qué hace, pero ropa no se compra.
Yo juntaba todo el año sus generosas dádivas y durante las vacaciones viajaba a Brasil a dedo.
Mi hermano advino cuando yo tenía nueve años. Rubio, de ojos verdes e histérico. De bebé fue un resarcimiento para mi madre, frente a su primera parición que resultó negra, mota y mujer, los tres ítems que más detestaba. Ahora tenía un príncipe que le vino con niñera ad honorem. Yo, princesa de mi padre, debía cambiar los pañales, contener sus llantos paseando su cochecito. Tenía el carácter psicótico de nuestra mami. Ella lo amaba sin fronteras y modeló una personalidad ególatra, indiferente, con ribetes sin escrúpulos. Mi padre lo aceptó porque era bueno, pero yo leía en sus ojos que su hijo nuevo fue un accidente desgraciado.
Entre mi familia nunca gozó de buen perfil. Mis abuelas opinaban que era raro, mis tías que era lindo. Fuimos amigos un par de años. Luego la nada. Más tarde un lleno de traiciones que por momentos justifiqué. En la actualidad, pasadas sus pesadas pisadas me quité el peso del mandato ancestral del hermanito y recuperé en mí una levedad desconocida y placentera. Viví lugares bellísimos y amistades con fecha de vencimiento.
Recalé en dos matrimonios de sentimientos lujosos, similares a los de papi ¡Ay! Freud, Freud, qué tipo tan ilustrativo fuiste. El primero se fue al cielo, el segundo está en la tierra. Mi propio William Wilson, propietario de una generosidad tan amplia como la del universo, padre de mi hijo. Príncipe Cachuzo de mi corazón. La cachucidad de mi principado permite que me encuentre conmigo muy de cuando en vez. Cuando sucede me abrazo, como princesa de mi padre y como cachuza de mi madre. Vivo en un pueblo de memoria, malo, injusto, perverso y hostil.
A esta edad no me importa. Un cacho de tierra y un cielo con luna me basta y sobra.
La pertenencia vive dentro de mí y sale cuando los ojos del otro guardan bondad y tristeza.
Tal vez por Princesa, tal vez por Cachuza.

viernes, 30 de septiembre de 2011

HOY RECIBE

Obra breve en un solo acto.

Escenario: Sala de recepción del Ayuntamiento. Como fondo un panorama negro, tiene dos recortes a la derecha y dos a la izquierda. Hacia el fondo una estructura simula un marco de puerta con arco de medio punto y pliegues del panorama chupados por un espacio virtual hacia el fondo. Es el despacho del Alcalde. Una luz cenital permanece apagada. Cinco personas en actitud de espera, dos mujeres sentadas en sillas medievales desvencijadas y con faltantes, respaldo ausente una, tripática otra. Tres hombres repatingados en bancos de plástico forrados en brocato con hilachas.


Remo: -Me duelen las lumbares, estos bancos parecen de niño. Es como tomar asiento en algo más ancho que un supositorio.

Toribio: -¿Porqué no le junta toda la tela que tiene desparramada y con los hilos sueltos se fabrica un almohadón?

Modesto: -No conviene mover nada, a ver si por una tontera el Dr. Habichuela no nos recibe.

Celina: -Detesto esperar. Lo hago por la jubilación de mi suegra, a ver si este tipo, perdón, a ver si el Dr. me ayuda a sacarla de la aduana. Va a hacer un año y tres meses que no la cobra. Linda es.

Toribio: -¿Su suegra es linda?

Celina: -¡No! La jubilación digo, es italiana, en euros. Si saca la cuenta ya podríamos tener la casa y un geriátrico de lujo para ella. Es buena la vieja. Pero es suegra.

Ana: -Tiene suerte, querida, la mía se murió, gracias a dios. Lo digo porque sufría mucho, pero gastamos todos nuestros ahorros en ella. Y al final para nada, o peor, nos dejó con unas deudas impagables.

Toribio: -No sé ustedes, yo solicité una entrevista con Habichuela hace cuatro años. Me operaron de urgencia en el Hospital, en vez de anestesia me inyectaron orina de perro con escherichia coli. Perdí un pulmón y un riñón. La pierna derecha se gangrenó y me la amputaron hace un mes. Digan que tengo hermanos generosos que se pusieron con el pulmón y el riñón. De la pierna dijeron que era un forúnculo, como no cerraba los médicos decidieron cortar por lo sano. Y aquí estoy, caminado con el trípode de mi mejor amigo. Fallecido él también en el Hospital del Ayuntamiento. Le dieron después de un análisis de saliva un diagnóstico de cáncer sin remisión. Él solito, con una cadena oxidada, se colgó de la columna de una luz bajo consumo. Su esposa me donó el trípode. Me costó manejarlo. Bueno no quiero ver esas caras más tristes que la mía, mejor cierro la boca.

Modesto: -Para no sentirme en deuda con ustedes, dudo que el Dr. Habichuela nos conceda audiencia el día de hoy.

Celina: [Entre desafiante e irónica.] -¿Por?

Modesto: -Presiento que la “Asesora de Conciencia”, su secretaria inmediata, le debe haber informado que somos un grupo de pedidores en exceso.

Ana: -Lo presiente, no implica seguridad al respecto. ¿Tiene alguna prueba? ¿O es presentimiento puro?

Toribio: -Conozco a Marcela Ortelani de chica. Podría asegurar que es una secretaria conciente.

Remo: -Para mí la política es el arte de ignorar lo evidente para sus propios beneficios. Mi traslado laboral es inminente, eso me aniquilará las vértebras.

Modesto: -Ahora lo entiendo, no le queda más remedio que recurrir a esta gente.

Remo: -Usted lo ha dicho, no me quedan ni remedios.

Toribio: -Disculpe, Remo, pero usted, ¿no proviene de familia anarquista? ¿No es una especie de traición a los suyos hacer pedidos al Ayuntamiento?

Remo: -Mi familia perteneció a tales grupos. Es el pasado, ya murieron todos. Quedé sólo y rompí el mandato familiar de tres generaciones.

Modesto: -Remo, querido, tengo mis dudas ¿A qué partido pertenece?

Remo: -Soy quietista, la columna vertebral de mi movimiento se encuentra destruida. Los quietistas no existimos para nadie.

[Las dos mujeres hablan entre ellas, abstraídas de la charla de los hombres, susurran como en misa y unas risitas estilo murciélago irrumpen su verba.]

Celina: -No me quedan alternativas, fui advertida por Sebastiana Mendazi, es hablar con Habichuela o nada.

Ana: -¿Pero usted conoce a Mendazi?

Celina: -Y si yo era Celina Moqueta, le seguía en la lista del colegio. No lo divulgue, pero si no fuera por dictarle en todos los exámenes, esta mujer no terminaba la secundaria.

Ana: -Con razón ese acomodo vitalicio ¡Qué mundo este! El que sabe pide y el que no sabe ejerce mandatos ajenos a su conocimiento.

Ana y Celina: [Ambas suspiran y dicen al unísono.] ¡Así estamos! ¡Pagando justos por pecadores!

Ana: -Cada vez que vengo Habichuela no está, tiene reunión con las avispas, digo los obispos, o inaugura placitas con dos hamacas, sin árboles o simplemente se encuentra indispuesto. Traslada mi entrevista, al mismo horario, para otro día.

Celina: -A lo mejor se encuentra indispuesto enserio, los ovarios duelen y a su edad las pérdidas son abundantes.

Ana: -¿Qué me dice? ¡Los hombres no se indisponen!

Celina: -Bueno, el caso del Dr. Habichuela tal vez sea diferente. Hay que tener ovarios, para llegar a ser Alcalde.

Ana: -Nunca lo había pensado, pero todo se encuentra tan subvertido que a lo mejor es así.

Celina: -No me entendió yo no dije que el Dr. Fuese invertido.

Ana: -Estoy tan nerviosa, [Acercando su voz al oído de Celina.] que me parece puto, esto entre nosotras, si trasciende voy muerta.

Celina: -[También a modo de secreto.] Yo pienso que es un hijo de puta, un bueno para nada, un ladrón, un cerdo y un puto encubierto. Total, el pensamiento no se ve.

Ana: -Vamos a tutearnos, qué tanto usted esto, usted lo otro, ¿no le parece?
Celina: -Sh sh, que estos tipos hicieron una pausa, no vaya a ser que escuchen.

[Se abre una entrada a la izquierda el panorama, aparecen el Consejero Oficial, Corrupayo y la Tesorera Arrogante, Mendazi . Sus caras están blancas, pintadas las bocas con rouge rojo bermellón, comunican en simultáneo a los pedidores.]
Corrupayo y Mendazi: -Godofredo Corrupayo y Sebastiana Mendazi oficialmente comunicamos que las arcas están vacías y el Señor Alcalde viajó a la U.N.A.S.C.A. [Cierran la abertura y desaparecen pegados como siameses, replican la sigla ambos.] U.N.A.S.C.A., U.N.A.S.C.A., U.N.A.S.C.A.

Toribio: Esto es más de lo mismo, el colmo, no tiene piedad, nos falta el respeto, quiero matarlo. Mala praxis con mi cuerpo y mala praxis con la política. ¿Esto es un alcalde? ¡No jodamos!

Modesto: -Me lo prometió, hace diez años que vivimos a la intemperie. El sabe que mis hijos nacieron porque mi mujer y yo combatíamos el frío haciendo el amor toda la noche. Diez años destapando cloacas a mano, no había maquinaria, decían.

Ana: -Usted si que vive una vida de mierda. Gracias a dios a mí me ayuda el cura con comida, a cambio de, de, bueno no vale la pena contar eso.

Modesto: -A nosotros nos colabora el rabino del pueblo de al lado. Manda una combi y alimenta mis doce hijos. No creo en los curas ni en dios que ni siquiera nació. Dijo el rabino que lo tenemos que esperar. Este Habichuela es más mierda que la que saco yo todos los días.

Remo: -No se altere, Modesto. Algo vamos a hacer. Mire, me puse de pie y no me duele nada. Debe ser la bronca.

Ana: -Piensen muchachos, nos tenemos a nosotros mismos y lo suyo, Remo me recuerda un tema de mis tiempos: “La marcha de la bronca”

[Se abre el panorama por la derecha y los secretarios de Habichuela, Marcela Ortelani, y Rafael Cocamer asoman sus cabezas peladas y sus cuatro manos de uñas larguísimas pintadas de violeta flúor sostienen la abertura, ellos también formando una sola voz.]

Ortelani y Cocamer: -El Dr. Habichuela los invita al evento Merca Para Todos. Él prefiere una audiencia con la Señora Heroína, a solas, [Se escucha la réplica de ambos.] a solas, a solas, a solas.

[Desaparecen sus cabezas y sus manos. Calla el dúo y el negro de la abertura los desaparece.]
[Los pedidores juntan cejas y el odio dibuja sus caras con la ayuda de pintura verde primavera.]

Celina: -Muchachos, somos mucho más que dos. Somos cinco. Los invito a defendernos con uñas y dientes. Vamos a comerlos vivos a todos, al Alcalde y sus secuaces. ¡Adelante, mis valientes!

[Hacia el fondo comienza a verse la puerta con arco de medio punto, prende una luz cenital que cae sobre el Alcalde, dos Secretarios y dos Conejales Delirantes. Todos los pedidores se colocan de espaldas y caminan hacia el fondo. Llevan las manos en la espalda. Ana porta un tenedor de inmensas proporciones, Celina una bigornia que le va de las cervicales a la cintura, Modesto un taladro de gran porte, Remo una hoz y Toribio una amoladora.
Se apaga la luz cenital. Todo permanece en una oscuridad cerrada.]
[Cuando prende, lenta, los pedidores rodean el proscenio, van vestidos con camisones blancos hasta el piso, manchados con rojo fluorescente. De sus comisuras brota sangre bermeja y todos mastican haciendo gestos placenteros. Se toman las manos, levantan sus brazos hacia la parrilla que afora con luces plenas. Cada pedidor suelta a su compañero y levanta del piso una calavera.]

Toribio: -¿Esto fue tu cabeza, Corrupayo? Me das risa, ¿sabés?

Celina: -Mendazi, Mendazi, cabeza de chorlito, mala, vacía, ¡Ja!

Ana: -Ortelani, perdiste la cabeza, ahora es mía. Asco das.

Remo: -Cocamer ahora no me servís ni para trasplante ¿viste? Tanto jalar ni el hueso de la frente te quedó.

Modesto: -¿Sabés Dr. Habichuela, estabas muy rico, tal vez fue por el hambre que me gustaste. Sos un cabeza seca que todavía ríe de oreja a oreja, puajj. [Modesto arroja la cabeza fuera del escenario.]

Cae el telón.
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domingo, 25 de septiembre de 2011

ESPERA CON PARTIDA

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Obra breve en un solo acto


Personajes:

Yocasta: Menuda, austera. Rodete perfecto. Falda bordó. Blusa verde malva, abotonada hasta el cuello. Voz de mandato en si bemol sostenido. Anteojos redondos. Zapatos de Taquito militar.

Felisberto: Quijotesco, depositado estilo molicie. Pantalón beige sin planchar. Chomba blanca sin ganas. Hablar de intelectual fuera de servicio.

Desiderio: Robusto, de mejillas rosadas y bigote hirsuto. Porta bombacha de campo. Bremer rojo planchado, escote en v gastado. El cuello que asoma interrumpe un pañuelo negro. Mal hablado con empeño. Mocasines con retenciones.

Pierre: Blanco tuberculosis. Traje gris de caída triste. Su voz melindrosa y susurrante denota que toda su semana siente la melancolía: atardecer de domingo. Enormes ojeras negras denotan esperanzas ausentes.

Voces provenientes del buffet: grabadas al mango por los dueños del teatro. Actores frustrados. Dos voces masculinas y dos femeninas.

Escenario:
Sala de espera, un lugar pentagonal, amplio, cuatro puertas cerradas y un zaguán con un timbre, tiene connotaciones con una mama generosa, oprimiendo el pezón, en vez de ring dice: mami, desproporcionado en dimensiones. La luz proviene de un patio. Los vidrios son esmerilados amarillo atardecer. Los psi que atienden en sus respectivos consultorios están ausentes.



Se abre el telón.

En una de las cómodas butacas se encuentra Felisberto, el paciente más antiguo de la casa. Un retazo de su calzoncillo rojo, asoma de la bragueta cerrada con descuido. Su postura de rodillas separadas lo evidencia.
Los tres pacientes restantes ocupan asientos circundantes.

Yocasta: –Disculpe, pero tal vez usted no advirtió qué tiene entre sus piernas.

Felisberto: -¿Yo? [Juntando sus rodillas.]

Yocasta: -Sí, ahora se nota menos, pero igual está.

Felisberto: -Y claro, todos los hombres tenemos.

Yocasta: -No, claro no, no le quedó claro. Es rojo.

Felisberto: -En general es marroncito o rosa oscuro. Tal vez una transferencia de mi analista haga que le pregunte ¿Cuál es su deseo?

Yocasta: -Que se cierre la bragueta.

Felisberto: [Se mira.] –Oh disculpe, recién me doy cuenta.
[Se pone de pie y hacia la pared trata de prender aquello.] ¿Sabe que pasa?, perdí el botón.

Yocasta: -No se preocupe, en mi cartera llevo siempre hilo aguja y botones, si usted me permite se lo coso.

Felisberto: -¿Haría eso por mí?

Yocasta: -O por cualquiera en su situación. Venga, que sin luz no puedo. No, no se siente, prefiero de pie. [Le cose el botón y corta el hilo con los dientes. Los dos pacientes restantes miran, se codean y ríen con descaro.]

Yocasta: -Disculpen, olvidé mi tijerita.

Felisberto: -¿Cómo agradecer su gentileza?

Los otros pacientes: - ¡Que se besen! ¡Que se besen!

Yocasta: -Bueno, bueno. Pero un piquito nomás y sin lengua, por favor.

Felisberto: [Se acerca a Yocasta y dice a los otros pacientes.]
- ¿Podrían no mirar? Me da vergüencita.

Desiderio: -Ah, qué vivo, la idea fue nuestra, tenemos derecho.

Pierre: -Se ve tan poco amor en estos tiempos, sólo en las películas. No sean egoístas.

Yocasta: -Es atinente lo que piden. Concedido. Venga Felisberto, anímese. [Cierra los ojos frunciendo los labios a modo de corneta. Felisberto se acerca, titubeando y le da un beso. Vuelve a su butaca y suspira mirando al techo.]

Pierre: -Tal vez no necesitemos un analista, tal vez una caricia, una mirada, un beso…
[Por un instante todos callan, como pensando.]

Desiderio: -¡Qué lo parió! ¿Hace cuánto que estamos esperando?

Felisberto: -Y… estos tipos son así, te arrancan la cabeza y te atienden cuando quieren. A veces ni están con un paciente. Se meten en el buffet a tomar café y a hablar boludeces. O de nosotros. Quién sabe.

Yocasta: -No me asuste Felisberto, es mi primera vez. Según me dijeron lo que usted cuenta no sería ortodoxo.

Desiderio: -Me sacó la palabra de la boca, para mí hablan del orto cuando están juntos. Lo de doxo, perdón por mi ignorancia. ¿Qué viene a ser doxo?

Felisberto: -Usted hace poco que viene ¿no?

Desiderio: -Yo no soy de los que una vez por semana. Vengo cuando tengo algún kilombo. Ahora porque me echó la turra de mi jermu.

Pierre: -Yo por suerte vivo sólo, pero, al atardecer ¡Me da una tristeza!

Desiderio: -¿Sólo? ¿Cuántas piezas tiene?

Pierre: -Tres.

Desiderio: -Entonces hay dos que no usa, bien puede alquilarme una. Yo a la tardecita lo acompaño, le cebo unos mates y hasta le puedo dar una alegría. Total, a mí me da lo mismo.

Pierre: -Le aclaro que yo no soy gay, pero una pieza le puedo prestar.

Desiderio: -Acepto, por lo demás no se preocupe, todo lo estrecho finalmente se dilata. Ya va a ver.

Yocasta: -Ustedes perdonen mi indiscreción, pero, ¿a qué hora tenían su sesión? De a uno por favor. Es un tic que me quedó de la docencia, disculpen.

Felisberto: -Querida costurerita, que seguro no dio aquel gran paso. Perdone, es un tic que me quedó de la indecencia. Mi sesión es a las cinco de la tarde, desde hace la sinrazón que me trae aquí todos los miércoles.

Yocasta: -Son las seis menos cuarto. Su psi es retardado, un lapsus, Felisberto, su psi se encuentra retardado.

Felisberto: -No fue un lapsus, coincido con usted, el tipo es retardado. Pero él lo ignora y a mí me viene bien, amo dormir siesta y esto me permite llegar tarde y atardezco dos veces.

Pierre: -¡Qué triste es el atardecer y dos veces! Me mata lo que dijo. Mi turno es a las diecisiete cuarenta, mi terapeuta es puntual, es raro, ya tendría que aparecer con sus manos cruzadas y esa sonrisa de ángel señalando el diván.

Felisberto: -¡Qué antigüedad Pierre! Ahora se dice futón.

Desiderio: -Futón, diván, es lo mismo. Uno se acuesta y el tipo o la mina capaz que se saca los mocos a nuestras espaldas mientras contamos el drama que nos trae. A mí me tenía que atender a las cuatro, capaz que tenía demasiados mocos para una sola sesión.

[De pronto bajan las luces en la sala de espera, los pacientes callan. Ruido de copas, risitas ahogadas provienen del buffet de los psi, hay uno que habla gritando, tiene la voz gangosa y arrastra palabras ininteligibles.]

Felisberto: -Me lo imaginaba, están de copas, con su licencia, Yocasta, para mí están con un pedo mormoso.

Pierre: -Morboso digamos, es más el lenguaje que usan ellos, digo.

[Se escucha un in crescendo de voces superpuestas hay portazos y ruidos de vidrios rotos.]
[Yocasta saca su crochet y teje.]

Yocasta: -Voy a aprovechar el tiempo. Pienso que es gente que sabe tanto de la cabeza, tal vez no les quepa todo y hoy la perdieron.
Desiderio: -¡Ah sí! La joda loca. Me parece Yocasta que se fueron al cara… bueno usted sabe. No fui a la escuela, soy grosero sin querer.

Yocasta: -Lo único que dijo y no está mal, es carajo, todos sabemos que es desde donde los marineros avistan la costa. Además no terminó la última sílaba. En cuanto a la joda loca pienso igual, todos lo pensamos, ¿no?

Felisberto: -Y otras cosas más, que mejor callar, para no llenarnos de ira.

[Ahora hay música de salsa. El sonido crece. Se escuchan saltos y tumbos acompañando el desfasaje. Una voz femenina chillona grita, Felisberto reconoce la voz quebrada, casi afeminada de su terapeuta.]

Voz femenina: -¡Por favor déjenme la bombacha, aunque sea!
Voz terapeuta de Felisberto: -El calzón me queda mucho mejor a mí que a ella, no se lo devuelvo ni en pedo.

Felisberto: -Es la voz inconfundible de mi terapeuta. Lo imaginaba, es puto. Sus propias acciones, lo que acabo de escuchar, lo prueban. Ahora comprendo su insistencia acerca de si mi elección sexual era la correcta. Hacía su transferencia en mi sesión y lo que es peor aún, en mi persona. ¿Pensaba que me lo iba a avanzar el idiota?

Pierre: -Me impresiona cómo los terapeutas se parecen a los seres humanos.

[Continúa la orgía del buffet, se oyen risotadas, palabrotas, golpes de puño sobre una mesa, gemidos de sexo. Todos arrastran objetos y palabras. Hay un espacio de desmayo general, precedido de la puerta que se entorna hacia la sala de espera. Ninguno de los pacientes se atreve a mirar.]

Yocasta: -Sería oportuno que todos nos fuéramos. El zaguán está abierto. De pie, salgan. Perdón me quedó de la docencia.

Desiderio: -¿Y si nos vamos a comer unas pizzas?

Felisberto: -Y a tomar unas birras, no vendría nada mal.

Pierre: -Éste es el ocaso del psicoanálisis, vayamos.

Yocasta: -Salgan, en dos minutos estoy con ustedes, debo concluir un algo que no vale la pena decir.

Felisberto: -Sí, claro, cómo no, por supuesto, haga usted Yocasta, venga pronto que me pone triste su ausencia.

[Yocasta entra al buffet. Permanece unos instantes, sale con premura. Los pacientes la esperan en el zaguán.]

Yocasta: - Salgamos chicos, prontito, sshh, en silencio por favor, todos duermen. De menor a mayor.

Pierre: - ¿Notó Yocasta, qué olor a gas proviene de allá? [Señalando el buffet.]

Felisberto: -Es verdad, qué intenso ¿no?

Desiderio: -Vamos muchachos, vamos de una vez ¿Quién cierra?

Yocasta: -Yo, que soy la última, cierro con llave.

Pierre: -¿Y la llave Yocasta?

Yocasta: -A la alcantarilla de afuera, es lo más seguro, para ellos y para nosotros.


____________Telón___________

domingo, 14 de agosto de 2011

SORÉT

Piérre escupía cuando hablaba, luego me decía que tenía los lentes sucios de gotitas. Sí, de tu saliva, pensaba. No le decía nada por su constitución descerebrada y su condición humana. Cuando se acercaba, me sacaba los anteojos e igual mantenía una cierta distancia, que él hacía lo posible por sortear. En eso estábamos cuando caí por una escalera de piedra. Infinitos golpes quedaron a lo largo y ancho de mi persona. Ya en el piso lo vi en la mitad de la escalera, pidiendo ayuda para mí, a los gritos y a nadie, porque no había ningún cristiano en el lugar. Cuando llegó la ambulancia, Piérre permanecía en la mitad de la escalera, comiéndose las uñas al grito de -¡Qué impresión!,
¡Qué impresión! - . Casi desmayada me llevaron, alcancé a decirle con un hilo de voz – imbécil, retardado-.

Reintegrada al trabajo, encuentro que mi compañero inmediato es Piérre, en persona. A esa altura de los acontecimientos no tenía dudas, era un tipo insalubre. Yo trabajaba a destajo mientras Piérre me miraba con el codo apoyado en mi escritorio, tomando una gaseosa. Hacía un ruido chupóptero alto y repugnante mientras tomaba. Trataba de no eructar, nunca pudo. En algún descanso, Piérre, escrutando mi mandíbula inferior, me tocó con un dedo diciendo - ¡Eureka! Veo una incipiente prominencia que devendrá en futura papada, esto es el comienzo. Yo tenía veinticinco años y Piérre me sacó de quicio o su comentario o ambos, enganché su silla con mi pie libre y lo tiré al piso con el placer del odio. Piérre me arrojó lo que quedaba de su vaso que estalló. Mil astillas cubrieron mis manos y mi cuello. – Fue sin querer, fue sin querer- clamaba el idiota. Tres compañeras necesité para quitar los vidrios incrustados de modos tan absurdos como Piérre mismo. Nadie pudo explicar el fenómeno de los vidriecitos clavados. Llevé durante una semana apósitos en las heridas. Él pidió una semana de licencia. Temió mis últimas palabras, amenacé con destrozarlo a mano.
Dentro del trabajo, gozaba del privilegio de media hora libre. Paseaba bajo los palo-borrachos y un exquisito aguaribay que llovía ramas tranquilas, me tiraba boca arriba sobre el césped cortado y tupido. Esa era mi libertad, aseguraba soledad, desde aquellos tiempos las gentes preferían las baldosas y la salchicha en sus respectivos descansos. Tenía los ojos entornados y la brisa se cortó en mi entresueño. Piérre, el invasor miraba como si yo fuera un yuyo interesante. Tenía los anteojos de ver de cerca unidos con cinta engomada y desde un metro de distancia habló acerca de mis lamentables lunares con pelos que, tan joven, se insinuaban en mi mentón. Todo dicho con aliento a caca de gallina. Le pregunté si le gustaba comer pollo, no sin antes girar sobre mí misma dos veces para incorporarme lejos de su hedor. Dijo que era su comida predilecta, junto con los menudos que su anciana madre cocinaba aparte, del pollo su familia aprovechaba todo.
No pude resistir informarle que me daba cuenta por el olor a deposición de ave cuando abría la boca. No se le movió un pelo, la mugre se lo impedía.

Con ojos de pasar por alto mi reflexión recordó que su madre era francesa, en su casa todos se comunicaban en ese idioma. Eran once hermanos y la casa chorizo que los cobijaba, según Piérre, era una sucursal de París. Eran los cuentos de esa familia tan similar a los “Buendía” lo único que me complacía de sus relatos. Lo entusiasmé para que siguiera con sus descripciones mientras nos dirigíamos a la cárcel del trabajo. Hubo un momento donde señaló la fuente que debíamos bordear diciendo que en el fondo de su casamata había una igual a ésa. Escuché hasta ahí porque con su bastón doblado me golpeó la espalda, como para indicar y caí dentro del agua estancada. Piérre era tonto y gentilhombre, extendió su bastón para que pudiera sostenerme y salir del pantano. Dos nenúfares colgaban de mi pelo. Piérre aplaudía cuando emergí y con voz de puto decía que La Primavera de Boticelli había reencarnado en mí, gracias a él.
Trabajé de ese modo, ropa mojada y flores en el pelo. Eficiente y digna, es lo mejor para que nadie se atreva a interrogar.

Subí a mi Citroën viejo y esperé la salida de Piérre.
Venía haciendo ademanes al aire. Arranqué, más convencida que peronista fanático, di marcha atrás en el momento preciso, el golpe que recibió Piérre fue precioso.
Todos mis emprendimientos son un fracaso, Piérre no murió.