martes, 29 de septiembre de 2015

EL GRITO


      Caminaba no sabía bien por dónde. Tenía la camisa con botones arrancados hasta la cintura, Raquel lo había echado de la casa, con gritos feroces y reproches mendaces. Los chicos dormían, eran cotidianas las noches así, ellos tomaban las repuestas murmuradas de Saulo y los últimos acordes de la guitarra, antes de pegar los párpados. –Esto es definitivo-, explicaba Pino, el hermano grande apretaba la guitarra que su padre le regaló a los doce. –Vos no tocás ni la mitad de papi, pero esta noche sí, por favor, esta noche sí ¿lo vamos a ver algún día?, mentime que sí, mentime, soy tonto, ya sé, pero lo necesito.
        Dos amigos lo seguían de lejos, estaban asustados, Saulo corría y se detenía, eran tan inciertos sus pasos.
-¿A vos te parece borracho?-. Fermín le contestó entre seguro e indignado –Jamás tomó una gota, es abstemio, Raquel es la culpable, nunca quiso que tocara cuando lo echaron del antro donde deslizaba su música, seguía en su casa, los chicos lo escuchaban extasiados. -¿Sabés lo que hizo la perra? Le cortó las cuerdas, lo saturó de improperios, por no tener dinero-. Era cierto, Saulo jamás tuvo un céntimo, llegó a Barcelona y fue admirado, aplaudido y premiado.
      Distribuía lo que ganaba entre amigos músicos que vivían en condiciones infrahumanas. También le mandaba a Raquel. Él apenas comía, sus amigos le hacían un lugar para dormir gratis. Saulo agradecía con partituras de regalo. Mandó construir una casa en Buenos Aires para su mujer y sus hijos.
      Barcelona no le parecía un lugar sano donde la familia lo tomara como lugar de pertenencia. Regresó sin plata, sólo una guitarra para Pino que amaba la música.
      Las últimas palabras de Raquel fueron –Ya que te inspira el cielo, por considerar la tierra un lugar inhóspito, andate y no vuelvas, que no se hable más-.
      Por suerte Saulo tenía la virtud de comprender la música como una casa donde el sonido viaja.

      Tranquilizó su caminata. Los amigos se mantuvieron lejos, con los ojos atentos. Sobrevino una paz que Saulo esparcía, la baranda del puente sobre el arroyo Kakamadera, los edificios tapando la pobreza, abrió su boca enorme para emitir el sonido del mundo derruído, se tomó la cabeza y quiso gritar aquel grito que nunca fue. 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Y LA LUZ SE HIZO


      No sabía si fue su relación más amada. El tiempo trajo otras con ángulos encantadores, diferentes, amables u odiosos. No es fácil recordar lo sucedido treinta o cuarenta años atrás, son madejas que se enredan, los sueños colaboran con los nudos, auxilian pero no desentrañan.
      Hace tres días ella mandó un mail proponiendo un encuentro en un bar de Buenos Aires, tan derruido como sus antiguas miradas diarias bajo distintas luces, en mesas separadas. Él jugaba al ajedrez, ella leía. Cruzaban sus ojos cada día con más intensidad, pero siempre esquivos, había puentes difíciles de cruzar. Cuando ella se levantaba él entornaba el mirar en sus caderas, con más fuego que vergüenza y ella sentía su calor incrustado, hasta el amanecer. Había días opuestos, él escuchaba arpegios de ojos húmedos y guardaba sus ganas por miedo a perder esos cables inexistentes, que los dos disfrutaban en lejanos silencios de algún día.
      Él no pudo ocultar el desafío, la vejez de ella inundada de pliegues desconocidos, ojos opacos, pelo blanco, cuerpo enjuto, andar cansino.
      Un beso que apenas rozó sus mejillas. Ella no ocultaba, aceptaba. Tenía un hablar joven, preguntas oportunas, reflexiones esperanzadas y confesiones, tributos a lo vivido de una memoria repartida entre corazón y cuerpo.
      Un cuello blanco prístino y antiguo bailaba en su garganta, donde él reposó sus ojos, tomó cuenta de lo que sabía sin saber.
      Ella fue la más amada, lamentó aquel olvido.

      Olas altas y oscuras cubrieron el nudo de luz que le tomó las manos con la dulzura de aquel amor furtivo.

LAS PALABRAS

      Hace quince años andaba sola por el monte, no tenía miedo de las culebras, las arañuelas ni del misterio del rancho lejano, levitando sobre una alfombra de pastos dormidos.
      Cuando se inundaron las tres parcelas donde vivíamos, mis hermanos y mis padres guardaban la esperanza que las aguas bajaran. La lluvia no cesó durante seis meses, estábamos verdes de tomar mate el día entero, un modo de combatir la angustia, junto a las comidas ingeniosas de mi madre. Las provisiones disminuían.
      Pucheros, sopas, carne, leche, debido al corte eléctrico definitivo, la heladera no prolongaba las comidas, que con todo dolor, debíamos tirar a los chanchos apostados en la galería.
      Los vientos, suaves hasta aquel momento, soplaron vertiginosos. El agua llegó al piso de la cocina, mis hermanos construyeron botes con los postigones de las ventanas. Remamos todos con varillas de alambrado y llegamos al asfalto. Pensé que debíamos pasar por el rancho misterioso. Mi hermano, el más grande le dijo a mi padre “Siempre que llovió paró”. Mi viejo contestó “Callate boludo”.
      No era momento sugerir lo del rancho y mi deseo. Un señor muy gaucho, vestido de gaucho, nos llevó hasta el pueblo. Trabó con mis padres una amistad cálida y duradera.
      Comencé mis estudios en el pueblo y luego de quince años volví a las tres parcelas. Mi hermano menor corrió para saludarme con un abrazazo que sólo un hermano puede dar. Mi otro hermano, el de “Siempre que llovió paró”, casi me parte. Eran dos tipazos, mis loquitos queridos.
       Al atardecer salí al monte, llena de miedo. Había más árboles que antes, muchos. Lo dispuso mi padre, decía que sin árboles en diez años íbamos a respirar mierda.
      Logré divisar el rancho aquel, seguía levitando. Caminé en esa dirección. Llegué muerta de frío. En la puerta, sentado en su silla desvencijada, un viejito de pelo largo, como flecos glisados, tomaba mate mirando el aire.
      “¡Buenas y santas! Me llamo Pepa y vengo a saludarlo de cerca, siempre lo vi de lejos...” “Sea bienvenida hija, lo de buenas se lo acecto, pero lo de santas me cae mal. Mire lo que son las cosas, yo siempre vi de lejos a todos los cristianos, pero verlos de cerca, ni se me ha cruzao por la cabeza.” Y el anciano me trajo un banquito y un poncho. “Cae el sereno mija, pongasé ésto y tomemo unos mates calientito.” Le agradecí y nos quedamos los dos, mirando el aire.

      Aprendí algo del anciano inefable, las palabras ensucian el aire, lo pasamos fenómeno tomando mate sin hablar.

domingo, 6 de septiembre de 2015

PERDONAME QUE TE PERDONE

Tenía algo de fiebre y bronquitis. Caminé hasta la única casa de videos del pueblo, los pasillos angostos y los cientos de películas que llegaban al techo, clase Z.
       Algo humanista, o cine de autor, era una misión que llevaba tiempo. Había un anexo de juguetes y llaveros de superhéroes. Una casi adolescente buscaba videos y daba golpes con su bolso sobre mi espalda o mis brazos. No era intencional, pero sí molesto.
      Encontré por fin dos películas, una rusa de Nikita Mijailkov, se llama “Doce” y otra “La elegancia del erizo” francesa, imperdonable, no recuerdo su directora, creo que era mujer.
      Por fin llegué a la caja, la casi adolescente buscaba con avidez llaveros con la imagen de “Linterna verde”, “Aquaman”, “El hombre elástico” y “Spiderman” –Me gustan todos no sé con cual quedarme, mostrame ése.- Le pedía al chico de la caja. –O mejor ese otro ¿puede ser el que está debajo de todo?, te la hago corta, me llevo todos, son mis superhéroes de cuando era chica-. El cajero quitaba los precios con uñas ausentes. Harta, le sugerí dejarle los precios, para que sus amigos advirtieran cuánto había gastado.
-No ¿porqué? Son todos para mí. Los quiero en bolsitas de regalo, me encanta sorprenderme con obsequios para mí misma-. Casi olvidó la peli que alquilaba, “Hierro III” una obra maestra japonesa. Me miró y dijo que era la tercera vez que la veía y siempre le encontraba algo nuevo. Pagó, se disculpó por el atropello.
 -¿Sabés lo que me sucede? Soy una niña de corazón y una vieja de la cabeza-. Salió del negocio. La casi adolescente se llevó el calor.
      Me bajó la fiebre y me levantó el deseo de vivir. 

domingo, 23 de agosto de 2015

CARLONCHO, 7 Y 53


      El dueño del bar lo tuvo de cliente consumidor de Ferroquina Bislery, Ginebra Llave y limón. Pasaba horas mirando la barra de punta a punta. Imaginaba la vida de  cada uno de los asistentes.
Le remataron la casa. Decidió como lugar definitivo el bar, cuando cerraban, el dueño ponía cartones superpuestos para comodidad del excliente. Una mañana fría y húmeda amaneció con un enorme perro acostado a su lado. Le puso Carloncho, de nombre. De día, sentados en el umbral del bar, tomaban sol con ojos entornados. Las gentes saludaban a los dos, llegaron a formar parte del paisaje urbano.
      El día que el bar cambió de dueño, el nuevo instaló en el lugar un cartel inmenso, que decía “Carloncho coffee”, coincidió con la muerte del hombre de la esquina, el amigo del perro que aulló durante varios días la desaparición de su dueño. A la semana, un chico de unos doce años, durmió una noche de lluvia con Carloncho, un indigente que ponía su sombrero boca arriba, para quien le arrojara monedas, le apoyó dos piedras en las alas del sombrero por si el viento y por las gentes que lo pateaban, sin querer. Una noche de tormenta, el niño se llenó de fiebre y le salía sangre de la boca. Fue llevado al hospital, el perro seguía la ambulancia y esperó en la escalinata. No se pudo hacer nada, la tuberculosis fue su vehículo al cielo, Carloncho vio cómo salían los médicos que atendieron a su joven amigo. Uno de ellos le dio la noticia, era un médico políglota, que hablaba el lenguaje de los perros. Carloncho volvió solo y desdichado a su esquina, los mozos lo convidaron con leche y un latón con tres sánguches de miga. Él aceptó que le acaricien la cabeza, por educación, pero no comió durante una semana, dormía abrazado al sombrero. “¿Y las piedras?” Vaya uno a saber lo que hace un perro con dos piedras.
      Carloncho tomó la diagonal como perro huérfano, flaco como un hilo.
      Cuando vio la tumba de su último amigo, se tiró largo a largo sobre la tierra. No sin antes depositar el sombrero, las dos piedras y rezar un perronuestro y dos perromarías.
      Al volver a su casa, el mozo de la esquina le puso un collar de “Yo, tengo dueño”.

      Llegó la hora del final de la jornada. El mozo lo invitó a vivir en su casa. Carloncho, por educación, dijo gracias, pero no se quedó, se fue a su casa y pensó que tener amigos muertos tan pronto, era demasiado sufrimiento. Esa noche durmió solo, soñó con los dos, el viejo y el niño. Lo seguían por jardines de árboles donde sombreros y piedras lo hacían tropezar a cada rato.

jueves, 6 de agosto de 2015

CASI HERMANAS

      Charo fue la primera persona que conocí cuando entré a la facultad. La recuerdo en la puerta del taller, con un vestido azul marino del tono de sus ojos y un collar de piedras turquesas, mínimas, que se enrollaban en un pelo largo color trigo. Nos hicimos amigas entrañables.
      Era plena época de vaqueros, zapatillas sucias, amor y paz. Casarse se consideraba una claudicación imperdonable.
      Tuvimos un ayudante antipático que moría por Charo y siguió muriendo hasta que nos recibimos. Se notaba una mirada derrotada cuando ella lo saludó por última vez. Me dio piedad el pobre tipo y la alenté para que le diera bolilla. Sonreía con un dejo perverso cuando descubría que el tipo desfallecía ante su cuerpo exultante.
      Mientras yo noviaba a diestra y siniestra, Charo no quería saber nada con nadie. Nunca entendí su carencia de libido, que contrastaba con una seducción permanente hacia todos sus potenciales candidatos.
       Seguimos nuestra amistad ancha y lujosa, como ella decía. Durante la dictadura militar nuestros respectivos padres, con muy buen tino, nos expatriaron. Charo vivía en Italia y yo en Venezuela. Mientras desaparecían amigos, profesores, parientes, nos escribíamos cartas dueladas de lágrimas y odio. Treinta mil, grabados para siempre en la memoria colectiva, claro, cuando había memoria y colectivos.
      Ninguna de nosotras quiso retornar a Argentina, más aun cuando el punto final, obediencia debida que mandaron a un inmenso pozo de olvido. Nos encontramos en Brasil. En el aeropuerto, durante la espera, el corazón me latía tan fuerte que la gente se preguntaba de dónde venía ese sonido.
      Yo estaba con mi compañero de toda la vida que trataba de contener mi ansiedad ansiosa.

       No cesó hasta que la vi, Charo con alguien que la llevaba del hombro: el ayudante antipático que moría por Charo.

domingo, 2 de agosto de 2015

CONTALE, CONTALE

      Entró a la sala de espera. Los lunes son días nefastos para los psicoanalistas. Cada paciente cuenta sus miserias y a la hora de pagar, sus miserias lloran mostrando billeteras vacías.
      Se repatingó en un sillón. Apareció una vieja operada o una joven gastada. Dijo buenas tardes y eligió la silla más incómoda que encontró, tenía golpes notables en la cara y una ceja partida al medio con sutura de hospital. En las salas de espera de los psi no se entablan conversaciones. Es correcto que así sea, para charlar hay bares, plazas. Sin querer y de aburrido preguntó a la mujer, cómo fue el accidente. Ella con voz cansina respondió que era un tema para hablar con su analista.
       Mi querida señora, hace veinticinco años que vengo, esto va para largo, no debemos exasperarnos, cuénteme nomás, la escucho. Todos empiezan igual, se lo garantizo yo que pasé por cinco analistas en un cuarto de siglo. La puedo ayudar. La mujer aceptó su oferta y expuso su desgracia, fue castigada por su padre, su madre, su marido y sus propios hijos. Una vecina buena y católica, esto último era un defecto de la vecina, al fin y al cabo, todos tenemos algún defecto, le dio la dirección del profesional que la rescataría de aquel desastre. Él hacía intervenciones atinentes y el calor de su contención apaciguó su dolor. La mujer sonrió por vez primera, se levantó de la silla, dijo gracias y se fue.
      Pasaron años, ninguno supo cuántos, era un detalle sin importancia para ambos.
      Ella lo reconoció de inmediato, se mostró agradecida por aquel episodio. Le pareció raro encontrar al hombre dentro de un consultorio vacío y preguntó porqué estaba allí. Él carraspeó y luego le dio tos, usó ese tiempo para elegir palabras que no angustiaran a la mujer.
      Él era el psicólogo que debió atenderla, aprovechó el sol que entraba en la sala de espera y allí se había producido la entrevista.
      Ella enfureció, dijo que no se jugaba con personas que sufren, lo tildó de estafador, irreverente, falto de respeto, gordo chanta mal nacido, le pegó una bofetada y desapareció.

      El psicólogo mirando un retrato de Freud, su único interlocutor válido, le pidió perdón y gritó que los que castigaron a aquella mujer fue porque lo merecía. Salió de su letargo y la corrió una cuadra para darle un puntapié en el culo.

sábado, 25 de julio de 2015

IMPRONTAS INVISIBLES


      No hacía críticas a mi madre con terceros. De mi padre no se me hubiese ocurrido, no había nada que criticar, era perfecto. Nunca hablé de mi madre con nadie, a excepción de mi analista que le encanta, como a todos los analistas, preguntar: -¿Y qué tal Mami?-.
      Con mis hermanos la veíamos con un pañuelo rojo que envolvía su cabeza. Lo acomodaba de un modo parecido a la cresta de un gallo. Sabíamos lo que se venía y temblábamos.
      Era el día que no iba la muchacha, que según mami, limpiaba mal, como todas. Mami lustraba bajo muebles, sobre muebles, sobre sanitarios, en especial los techos de la casa chorizo, era una luchadora empedernida. Abría la escalera de pintor y pasaba un trapo empapado a los techos, con un olor que todos memorizamos en la nariz, pero ninguno de nosotros sabe qué era. Rasqueteaba los pisos y le daba dos manos de cera suiza. Luego nos ponía a todos en fila a lustrar con franelas, la ultima etapa. Todo lo hacía con disgusto y bajaba nuestra autoestima con reproches a cada uno, sobre todo a mí que era burra, sucia, haragana, no levantaba un papel del suelo, buena para nada, etcétera, etc.
      Era cierto, pero una madre de verdad no dice esas cosas. La denostación continua terminó por convencerme que era todo lo que mami aseveraba.
      Durante el resto de mi vida quedó una impronta que me dejó enclenque, buscando afecto en cualquier parte.
       Luego de cincuenta y ocho años encontré en el altillo el pañuelo rojo de la limpieza.
        Usé un espejo para enrollar mi cabeza.

        La vecina daba de comer a sus gallinas, los vidrios sucios dejaron pasar la imagen de un gallo, de cresta roja. Mami nunca me dio un beso.

miércoles, 8 de julio de 2015

SOMOS MUCHO MÁS QUE UNO

Era tan alto que sacó todas las puertas y decidió hacer arcadas en las aberturas, para trasladarse de una habitación a otra, sin bajar la cabeza.
      El problema que pensó solucionado, le permitió caminar erguido. Sus cervicales descansaron. Brígido Arribas desayunaba vino, almorzaba vino, tomaba vino tibio a la hora del té. Su andar errático al pasar las arcadas, le producía sendos chichones azules, que casi tocaban el cielo. Se vestía con túnicas largas, porque trajes para su altura no existían. Detalle que no le importaba, nunca salía de la casa. Su alimentación fue la herencia que le dejó su padre, una bodega de vinos exóticos que Brígido Arribas degustaba el día entero. Cuando el mundo producía círculos a su alrededor, caía sobre cuatro colchones, dispuestos uno a continuación del otro.
      Sus vecinos, problemáticos como todos los vecinos, juntaron firmas por que los ronquidos de Brígido Arribas,
les impedían dormir. Llamaban a su puerta en vano, porque él no tenía interés en escuchar bípedos enanos, reprochando sus sonidos nocturnos, que para Brígido Arribas, eran sinfonías de alguien tan talentoso como él mismo.
      Había un dejo de aburrimiento en su vida de ermitaño.
      Por la raja de la puerta vislumbró una mujer calada de lluvia y frío. La piedad le hizo abrir la puerta e invitó a la mujer a protegerse en su ermita. Le ofreció vino caliente con canela, aceptó gustosa, su nombre era Rita Banaperder.
      Una dama encantadora que le sugería que el dios Eros existía. Durmieron juntos con todo respeto.
      Rita Banaperder fue la primera en despertar, preparó un mate de vino y le cebó a Brígido Arribas, que por vez primera se sintió bien atendido, el mate no quemaba y la mujer sonreía.
      Hablaron de cosas interesantes, como: lo que mata es la humedad, cuándo dejará de llover, la ropa no se seca más y la libertad de los gatos para andar los techos.
      Brígido Arribas encontró que la mujer era culta y distinguida, como sabia acostumbrada.
      Al cabo del día estaban totalmente beodos.
      Ella pidió conocer la bodega. Brígido Arribas propuso dormir en dicho lugar, mientras Rita Banaperder saltaba y brincaba por la idea.
      Hacía frío en la bodega, él ofreció dormir sobre el piso y que ella tomara como colchón su cuerpo. Ignorando lo que hacían, hicieron.
      Brígido Arribas le ofreció casamiento, ella contestó que eso era una antigüedad y una cobardía.
      Fueron felices hasta que sus páncreas estallaron.

      Antes de morir se tomaron una copita de Licor de Las Hermanas. Los vecinos extrañaron las sinfonías de ronquidos y tenían insomnio con culpa, mucha culpa, muchísima.            

sábado, 4 de julio de 2015

GAJOS DE OFICIO

      De día no se me ocurre nada, le doy de comer al gato, miro qué pájaros hay en el jardín, si crecieron los tomates, los cebollines y el orégano. Es mi alimento básico. Tomo un café negro y fumo un pucho rubio. El cuento que terminé anoche me pareció genial y dormí contento. Ahora lo releo, es un mamarracho, tiene faltas de ortografía, tachaduras mil. Parece un tobogán. El principio es inquietante, en la mitad se corta el hilo y lo recupero con un final pura verdura.
       Se hizo de noche. Hay un material que me gustaría desarrollar para un cuento nuevo. Comienzo con alguna dificultad, luego el personaje me atrapa y es quien decide lo que viene, el tipo es un escritor que duerme de día y escribe de noche.
       Fue premiado en incontables concursos locales e internacionales, se pagaba los viajes para asistir a recibir sus premios. Casi siempre eran estatuillas de yeso pintado, lapiceras sin tinta, escuditos. Él pensaba que los premios eran un bodrio. Un día decidió no presentarse más a ningún concurso, para gente chata ya se tenía a sí mismo. Bueno el cuento, muy bueno.
      Me transformé en escritor y escribía casi doce horas por día. Dejé el baño diario, me hacía perder tiempo. Eran notables mis uñas largas y negras, el alicate lleva su tiempo. Tiré al basurín el peine, para que los pelos se me pararan y oxigenaran mi cerebro.

      Visité una editorial prestigiosa. Las secretarias, asustadas, llamaron al editor. Me miró de arriba abajo y dijo que me fuera a bañar. En el camino se me ocurrió un cuento, se trata de un editor prestigioso con cara de pit-bull, un viejo puto, bah...

viernes, 26 de junio de 2015

SIN PAN, SIN TODO

      -Traje la mitad de verdura que acostumbro. No me alcanzó la guita. Te lo juro. Cualquier banana pasada cuesta como un pulóver de angora, traído de Angora-.
Él tomaba mate y leía el diario. Sin mirarla –sentáte alguna vez y leé el diario, así entendés y no te preocupás más por los tomates, los precios se duplican, triplican, cuadriplican y no sigo porque me cansa.
      Qué tipo éste, los diarios son como las revistas Boba y se publican para que la gente, tenga con qué limpiarse el trasero.
      El marido, con gestos leoninos, dijo que esperaba que se fueran los que roban, los que dicen que vivimos fenómeno gracias a ellos, los chorros de nuestros ingresos. Tengamos esperanza, que en el lenguaje actual significa  esperá sentado.
      Cuando lo escucho mientras pelo cebollas, aprovecho para llorar y me retrotraigo a nuestros primeros años de casados, me llevaba el desayuno a la cama, nos dábamos besitos y decía él, “contigo pan y cebolla”.
      No le pagan la indemnización por despido y la plata de la venta del auto no la vimos nunca. Nos hartamos de comer pan y cebolla. Igual se terminó hasta eso. Nos acostamos abrazados cucharita, le propuse una noche de luna de miel.

      Fue sincero, dijo a mi oído que toda esta horfandad le producía estrés fálico. –Si querés hay miel en la cocina y luna en el jardín-, dijo. El tarro de miel estaba vacío. Mientras le pasaba la lengua al tarro, afuera llovía, luna no había.

EL EFEBIESCO

      Me molesta que por estar unos días juntos, se sientan con derecho a preguntar mi nombre, mi apellido, qué tareas desempeño, hacia dónde me dirijo. Parecen del f.b.i. y visten como ellos, igual que en las películas. Pasé por algo terrible, fui al baño de a bordo y entraron los efebiescos.
      Me violaron y no dije nada. Uno de los efebiescos  resultó ser un amante excelente, tanto tiempo encerrados, un record. Su compañero desapareció entre el gentío. El mío se quedó en postura de descanso, cuando vio a su compañero, armaron una escena de pugilato, donde ambos, ya cadáveres, flotaban en la pileta con sobretodo y sombrero.
      Viajé el resto del tiempo con náuseas, tan persistentes que nadie se acercó más.
       Me hice un test de embarazo y dio positivo. Todos se pusieron contentos en el barco por la buena nueva. Nadie pensó en mí, ni siquiera el efebiesco. Pedí una entrevista con el Capitán, le conté todo como a un sacerdote se le acude en desesperación. Con la pipa apagada en la mano dijo que tenía dos opciones: legrado o lo que yo quisiera.
      Al llegar al puerto el Capitán dejó a un subalterno y me llevó hasta la granja. Le gustó tanto que preguntó si podía pasar a saludarme el año que viene.

      Ahora me hamaco en el jardín y tengo la panza en mis manos, veo en el horizonte un tipo con uniforme blanco y gorra marina. Tuve dos opciones: espejismo o Capitán, ganó la segunda.       

¿QUIÉN SON?

      Cesáreo era peón de campo, huérfano y casi no había escuchado voces humanas.
      Sus parientes más cercanos eran sus dos perros. Parece que venía gente de Buenos Aires y necesitaban la casa limpia y el césped prolijo. Hacía veinte años que nadie visitaba el lugar.
       Igual, Cesáreo, dejaba la casa como en espejos y el jardín florido rodeaba un predio de césped inglés, que siguió siendo inglés.
       Cesáreo se puso el traje del último mayordomo.
       Arribó un auto largo y negro, descendieron dos personas, con trajes oscuros y unas valijitas chatitas negras.
        Cesáreo les mató el punto a todos, camisa a rayitas blanco y negro, un moño de charol y un jaquet raído.
        Parecía invisible, nadie lo miraba, se trasladaban por la casa de a dos o tres. Él estaba asombrado de las valijitas abiertas echando luces sobre las caras de los asistentes. Incansables con su trabajo, para resistir tomaban sobrecitos de azúcar molida. Le pidieron a Cesáreo, una pajita de la cocina. No encontró, les llevó la bombilla del mate, la pava caliente y la yerba. Vio cómo el más gordo desenroscaba la punta de la bombilla, se la metió en la nariz y tragó aire. Cesáreo escuchó con su tísico oído de campo: - Lo llevamos a éste, nadie lo conoce, no tiene familia, dos perros, que por suerte no hablan. Lo dormimos, tengo lo necesario. Bueno nos vemos mañana-.
      Cesáreo se preparó de inmediato, cuando se apagó la última luz, reptó hasta el auto largo, quitó el combustible desde abajo. Con una manguera llenó un bidón y lo hizo llover a lo largo del auto negro. Cesáreo prendió la mecha y rodó sobre sí mismo por un barranco.
     A la explosión le siguieron otros explosivos que llevaban dentro del auto, los raros.

     Luego del humo no quedó ni la gente ni la casa. Don Cesáreo heredó el campo, de tres leguas de lado. No se asombró, se puso el mameluco de trabajo. Las valijitas negras fueron lo único intacto y Cesáreo las mató con una viga de mármol. Sangraban negro.

sábado, 6 de junio de 2015

LA ROSITA

      Estrella se levanta a las cuatro y se duerme a las veintidós, ella es tambera desde casi niña, hasta sus cuarenta años. Yo, esa mañana, apurada por cobrar, pagar, desesperar. Hice la clásica cola: estilo campo de concentración. Cae de la nada a mi lado, una mujer joven que cuando sonreía le faltaba un incisivo, pero su rostro irradiaba sol y le brillaban los ojos como el día más feliz en la vida de alguien. -¡Ay señora, no sabe lo que me pasó anoche!
      –Me sobresaltó que hablara, pero quise saber, no sólo por gentileza-.
      La noche que escuchó ruidos en el techo, no estaban ni su marido ni los chicos. Subió por una escalera tembleque y no había nada. Cuando volvió a cerrar sus ojos, los mugidos partían el aire. Llamó a la familia porque la Rosita estaba por parir. Siguieron durmiendo y no hubo modo ni mano que la ayudara.
      Los hombres habían trabajado casi catorce horas.
      Se trasladó hasta el pastito seco que Estrella preparó para la parición de la Rosita, decía: -Primero salió el primero, ayudé, como lo vi hacer al patrón, después salió el segundo. Me quedé horas esperando la placenta. No salía y no salió, porque a un tercer ternerito faltaba nacer. El pobre cargó con los pesos de sus hermanos y quedó con una pata rara y una especie de giba camellera.

       La historia me interesaba más que cobrar, pagar y viajar en escritorio la mañana. Cuando Estrella me mostraba las fotos de la parición, desde el celular colgando de su trenza, parecía mostrar el mundo. Tenía que ir a verlos, dijo que no podía pagar el Banco, por eso fue a avisar. Pero la chata la esperaba. Volvía a cuidar su nueva familia y a charlar un rato con la Rosita, para tranquilizarla por lo del más chico y preguntarle si el parto le dolió mucho.

miércoles, 13 de mayo de 2015

DANS LA TASSE

      El café cotidiano es genético, mi padre, mi abuelo y mi bisabuelo tomaban un cafecito en algún bar.     
      Ahora no me lo cobran, dicen que tengo las llaves del lugar, es porque estoy viejo, fui de los primeros clientes. Entró la mujer-hombre de la sonrisa eterna. Es mujer, a mí me pareció un mitad y mitad. La cirugía de las comisuras de la boca le hizo una sonrisa eterna, apenas podía mover su cara. Tenía tantos elásticos internos, con flejes reciclados. Se acercaba a pedir el diario y mientras le explicaba que lo estaba leyendo, ella lo tomaba de la mesa y daba las gracias.
      Norberto tiene una mesa asignada, es el primero que viene y el último que se va. No quiere hablar, prefiere mirar la calle y si es adentro se pone el diario encima de sus anteojos. Hay una señora que se le sienta en la mesa y lee la parte de atrás del diario de Norberto. A medida que la señora intenta leer, se acerca al diario. Tiene calzas y se le ve el principio de la raya. Los de la barra dejaron el tema de la pelotita y se dedicaron a mirar la raya de la señora sentada con Norberto, que nunca le dirigió la palabra ni la mirada. Se me cansa el cuello y miro pasar gente y ejemplares. Pasó una madre con orejas de conejo y su hija vestida de reina color fucsia con alas violetas.
      Entre tantos grises pasó el gerente del banco, vestido de banco, un tipo que robó y lo echaron. Ahora volvió a ser nombrado gerente.
      Por fuera vinieron el Gordo, el Flaco y el Puercoespín. Se sentaron al lado de mi mesa, rezaban, no a dios sino al dinero. La palabra que más escuché fue guita, euros, dólares.

      Llamé a mi querido mesero, Joasch y extendí mi mano a su hombro. Él me tocó la mano. Era un saludo tribal que creamos entre ambos, reza así: Hoy estamos, mañana estaremos tomando café en La Vereda, o en el cielo. 

jueves, 23 de abril de 2015

MISS ROSE


      Les dieron las mejores habitaciones del castillo. Se usaba para rentar, las madres eran amigas, recibió al matrimonio gratuitamente. Vivía sola con dos argentinos, eran el personal de limpieza.
       Les dijo que ella vivía en dos habitaciones del castillo, pero era aislado del resto. Nadie los molestaría.
       Raquel y Augusto pasaron la noche recorriendo el castillo, iluminados por un candelabro, descubrieron pasillos ocultos, había puertas trampa que daban a la biblioteca de Alejandría. Cómodos sillones rodeados de libros apilados.
         Miss Rose amaba leer policiales. Tenía hojas del diario del suplemento crímenes y el modus operandi era el mismo. No salía nunca y eso preocupaba a Raquel, crimen no había cometido, andaba de cuerpo presente por todo el castillo. En cada encuentro, Miss Rose elogiaba su aspecto distinguido. Mientras, Augusto notó cómo la anciana merodeaba sus ojos.
         Por la mañana Augusto entró al baño, Raquel tenía los pies atados a la cadena y la cabeza sumergida en el sanitario, ahogada. No fue Miss Rose, porque no tenía fuerza. Sospechó del argentino, por el método de asesinar.
      Pidió un auto e hizo la denuncia en la policía. Le dijeron que si las cosas fueron como su relato, el único sospechoso era Augusto.
      Miss Rose se fue a Brasil. Los argentinos a Argentina.
      Al llegar a aquí, dijeron que el cajón lo retiraba la casa fúnebre. Fueron acusados de asesinato en sanitario bañado en oro, Miss Rose les hizo el encargo.
      Llamó a su amiga para darle la funesta noticia. Le agradeció su estadía de dos años en el castillo y se alegraba que Augusto heredara.

       Los argentinos fueron juzgados por homicidio con premeditación y alevosía. Siempre haciéndonos quedar mal, estos argentinos de mierda.  

IN NOMINE PATRIS

      No había modo de entrar a ninguno de los lugares turísticos, vientos arrafagados, cielo de ovejas grises, algún rayo de sol de cuando en vez, regalos de dios para los fieles  que pasan semana santa siempre en este lugar. Hubo dimes y diretes entre dios y el servicio meteorológico. Una pena, tanta gente rodeada de neblina. Terminaron todos juntos en el mirador del Independencia, se vislumbraba el horizonte pampeano. Mucha cabeza baja, ojos tristes.
      Señalé con el dedo - ¡Uuuuy! ¡Se ve el mar! - Se vio que eran creyentes porque me creyeron. Tomaron sus vehículos. Alguno decía – Menos mal que traje malla-.
       Un niño quería llegar pronto, para hacer castillos de arena. Una señora sin malla dijo que se bañaría igual, preguntó si se permitía la falta de ese adminículo para meterse al agua. Otra le contestó que con este clima dos por tres llueve, convenía llevar paraguas.
        Las cabezas bajas se irguieron, los ojos se iluminaron, parecía una resucitación colectiva. Sentí orgullo de ser un líder encubierto, fui la autora de aquel milagro. Para vos Mami, que siempre dijiste que no sirvo para nada.

         El mar queda donde a mi se me ocurre, no cualquiera.

viernes, 3 de abril de 2015

TOO MUCH

      Un anciano con muletas, no podía salir de la puerta giratoria, hasta trabar con una muleta y entrar.
      Caminaba con dificultad, el chico de la ventanilla no le entendía, al anciano le faltaban todos los dientes, cuando hablaba parecía tener polenta en la boca. El ventanillero pidió sus documentos y el certificado de supervivencia, faltaba la tarjeta verde, la azul, la roja y la blanca.
      El anciano juntó sus papeles, una señora le explicó dónde se hacía la verde, a mitad de cuadra. Salió del banco desorientado. Encontró un kiosco donde le hicieron la verde, para la azul  debía dar vuelta la manzana y justo en la esquina le entregaron la azul.
      Haciendo dos cuadras leyó un cartel de circo con luces y payasos. Ellos entregaban la roja y la blanca.
      Se puso el automático, el anciano, todo le pareció una ignominia, arrastrando piernas doloridas y muletas centenarias. Hizo una cola de tres horas. Cuando llegó a la ventanilla puso su billetera deshecha y los papeles. Mientras el empleado le señaló que le faltaban la roja y la blanca. El anciano adquirió color blanco y cayó sobre sí mismo. Antes de expirar le gritó al ventanillero, con voz joven: -¡La roja y la blanca las tengo en la mano y te las podés meter en el culo!

      Llegó la ambulancia del Hospital: “Que Dios te ayude”. No tenía pariente alguno, la cochería municipal lo sepultó en una fosa común.

jueves, 26 de marzo de 2015

COMPAÑÍA

      Pienso el tema y lo escribo, él me mira. Necesita estar cerca de mí y que lo bese sin dejar de escribir. Es amigo de la adolescencia, no pude negarme. Justo el cuento se trata de él mismo. No se daría cuenta porque no sabe leer. Escribo que es indolente, exigente y no desaparece de mí, entre el paisaje y yo está él. Ahora viene con amenazas que dan miedo, yo las creo, pero no me importa.
      ¿Quién me acompaña sin hablar, con lealtad? No nos podemos dejar, aunque te aumenten, yo te voy a comprar igual.

      No puedo vivir sin vos, aunque hagas olor a pucho y me hagas mal, tus humos dibujan el aire de la noche como nadie.

sábado, 7 de marzo de 2015

UNA,DOS, TRES

No son tiempos estos para la alegría.
      Hay un contexto sin texto que deja ríos de catatónicos perdidos. Miro una señora caraperdida, la sigo, me pongo tan cerca – Decime una cosa, ¿vos me estás siguiendo?- Le contesto con inmediatez – Es tan igual a mi madre, no me pude negar la posibilidad de tener dos madres.- La señora de ojos ausentes da pasos circulares a mi alrededor y pregunta donde vivo, me apresuré, llegamos a la puerta de mi casa. Mami abrió. A mí no me da llaves porque las pierdo.
        Se miraron cerca y se abrazaron como de toda la vida. Eran gemelas, fueron separadas a los diez años. Se encuentran treinta años después. No dijeron ni quisieron hablar al respecto. Ambas eran viudas, mi madre la invitó a vivir con nosotros y su gemela le advirtió de su enorme casa, con pileta, pérgolas de glicinas, dormitorios individuales. Cuando llegamos nos shockeó.
      Nos mudamos en una semana. Dormí en una mullida cama con dosel, faltaba el príncipe y estaba todo listo. Pasé a tener dos madres. Mami prohibía y mi otra madre compensaba con regalos absurdos de ositos o muñecas. Siempre decía – Por los años que no te conocí-. Salíamos a caminar, ellas se reían de todo como dos grandes recuperando su niñez. Cuando pasábamos por un lugar, siempre el mismo, las dos ponían caraperdida. Pregunté porqué y ninguna me contestó. Un día fui sola hasta aquel lugar, era un garage de puertas oxidadas, con una chapa, saltada, que decía: “CENT O  DE  D TE CION CL NDE TINA”  Y luego otro nombre, tan desgastado que no se leía nada. Llegué tan agitada a casa, me preguntaron de dónde venía, dije – De ningún lugar -. Mami sorprendida le recordó a su gemela que ellas usaban de niñas “De ningún lugar” significaba que eso era secreto.
       Yo había entrado en la edad de los secretos y ellas festejaban la vida riéndose de mi crecimiento.

      Cuando me fui a dormir, casi lloro. Pero no, no lloré.