Cuando Perón cayó mucha gente festejaba.
Aún sus simpatizantes, en una especie de amnesia, tiraban abajo todas las
estatuas de Evita que inundaban Escuelas y Ministerios. Una especie de horda
sin freno destruía a su paso retratos y banderas con escudos peronistas. Tales
excesos hicieron llorar a mi madre, mientras explicaba que aquello era un
agravio innecesario. Justo personas que hablaban de lealtad al tirano. En el
Colegio nos hacían recortar papel glasé
para tapar las imágenes de Eva y Perón que tenían los libros de lectura.
Las de Evita yo no las tapaba porque me parecía buena y porque había sufrido
mucho antes de morir. La Hermana Superiora
me expulsó del Colegio. Mis viejos, que recuperaron sus respectivos trabajos,
se indignaron e increparon a la
Superiora por no permitir que yo eligiera. Mamá, roja de ira,
le sugirió que se confesara y comulgara. Y le auguró que Dios no la perdonaría.
Ambos consideraban que las personas eran tan fachistas como los que habían
caído.
Papá puso una foto de Lonardi en su
escritorio y yo puse una de Evita en el mío. Estuve en penitencia tres días.
Igual la pasé bárbaro, tenía como veinte revistas de La Pequeña Lulú que me había
regalado mi Abuela y me las leí todas ¡Ja!
