martes, 10 de septiembre de 2019

LA MUDITA



   Le decían la Mudita y eso que ocupaba todo su tiempo hablando de los demás. Los vecinos eran su tema. Lo que escuchaba hablar entre ellos, cuando iba a pedir sal. Era la típica de al lado, que siempre necesitaba algo que le faltaba, un pedazo de manteca, la dirección del oculista que seguro no la perdió. Sus pretextos eran varios y en momentos inoportunos. Como cuando fue a lo de Inés, que después de cinco años la invitó su marido a un polvo rapidito. Tocó el timbre la Mudita, en mitad de la forreada. Se fue sin decir nada y de los nervios, al marido de Inés, el forro se le pegó en el techo.
   Jugaban a la canasta los jueves y mientras la Mudita barajaba, sacaba secretos de los demás, a veces se confundía, porque eran seis las familias y cada una tenía problemas, de infidelidad, exceso de odio, mentiras y las pavadas que contribuyen a hacer de la convivencia un infierno.
   La Mudita se apropiaba de los conflictos ajenos y los desparramaba sin piedad, siquiera con el paralítico que vivía solo y tenía un novio que lo visitaba con la asiduidad del enamorado. De ese se ponía Mudita, porque ella, alguna noche, se mandaba un touch y no go, “me quedo una semana”, decía el galancete y seguro que todas las noches le rompía el, el, el que todos sabemos y no entregamos con facilidad. Con ella era distinto, lo entregaba con felicidad.
   Un jueves, faltó la Mudita a la canasta, del árbol caído todos hacen leña, pero tuvieron miedo de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Esa tarde se aburrieron. El descaro de la Mudita para contar sus chismecitos, hicieron que taza taza, cada una a su casa.
   No eran diferentes a la Mudita. No hubo una sola que no la fuera a visitar. A todas les extrañó que la casa pareciera abandonada, con olor a mucho tiempo que allí, no vivía nadie. Tocaron el timbre, golpearon y sintiendo que los golpecitos podían llegar a hacer venir abajo todo. Fueron a la única Inmobiliaria del Pueblo. Les aseguraron que ese lugar, no se habitaba desde hacía ciento cincuenta años, tal vez más. Nunca vivió una mujer “La Mudita”, ni en esa casa del Pueblo, ni en otro lugar, debió ser una alucinación que se contagiaron las seis mujeres. Nadie se resignó a la ausencia inexplicable.
   Los jueves quedaron como recuerdo y algunas se lo borraron. Entre ellas, dejaron de ser amigas. No se saludaron más y si tropezaban en la calle, ni pedían perdón ni “no es nada”.
   Del Pueblo se fueron de a poco, todos. No había más trabajo, ni negocios, ni Escuela. El viento sí se quedó y los yuyos ocuparon el Pueblo vacío, las casas se derrumbaron todas, menos una, tenía un porchecito, donde se escuchaba una silla de mimbre, que se hamacaba sola, sin nadie sentado, la Mudita contaba la historia del pueblo, que alguna vez hubo allí, pero ella no estaba. Sólo su voz en el viento, que hacía doblar los yuyos y las flores, por miedo a ser criticados. Ni yo, que escribo esta historia, no sé qué es verdad o mentira, tal vez algún lector generoso me ubique en tiempo y espacio. Tengo ciento cincuenta años, después de todo, en realidad, ya no  importa.

lunes, 9 de septiembre de 2019

TIENE PODERES



   Están saltando en las camas y se tiran con almohadones, se ríen con esas risas, Juan Pedro y Griselda. Dos hijos que nacieron dentro de mi panza y están en mi corazón.
   Me estiro y me desperezo, quiero verlos desayunar, se cuentan secretos antes de ir al Colegio. Me parece que los dos tienen sus amores incipientes, o no es así, son apasionados como adultos, pero jamás se dan besitos. Hacen anillos con papeles dorados de alfajores y se prometen cosas que parecen de juguete. Yo me los imagino, al Colegio no puedo entrar. Pero hay tanto de ellos en casa, me encontré con los anillos de papel, iguales a mi infancia, con compañeros de clase.
   Ya volvieron del Colegio, Juan Pedro y Griselda tiran el té con leche y lo dejan sobre la mesa, para que nadie se dé cuenta de la infracción. Encuentran el tarro de dulce de leche y con una cuchara sopera, salen al jardín y se esconden detrás de los mismos arbustos que crecieron con ellos. Comen el dulce de leche, una cucharada para Juan Pedro y la próxima para Griselda. Hasta que llegan al cartón no paran. Siguen raspando y empalagados le dan el tarro al perro de al lado. Me da pena ese perrito, siempre lo dejan afuera y le pasa la lengua al tarro, como si estuviera lleno.
   Los chicos juegan a la escondida, Juan Pedro siempre le gana a Griselda, a veces la deja ganar y ella, de contenta, intenta darle un beso. Juan Pedro corre ligero, porque Griselda tiene dulce de leche alrededor de la boca.
   Aparece una chica que los cuida por la tarde, les hace hacer los deberes y también les cuenta cuentos. A la chica le gusta que no miren la tele, que olviden los celulares y ella misma, mientras les cuenta, patea abajo del sillón la computadora.
  Juan Pedro y Griselda, representan el cuento, con disfraces de colores y bigotes de carbonilla. Al final terminan los tres, representando el cuento terrible que escucharon. Me gusta cómo los trata, ojalá que no renuncie.
   Sin que nadie me vea le dejo algunos pesitos, adentro de su mochila. Cuando Juan Pedro y Griselda extrañan, me llaman a los gritos. Juan Pedro le dice a su hermana, que aunque griten, yo no voy a estar.
   —¿Cómo decís eso si anoche me dio un beso en la cabeza?
   Él la mira con lástima, inventa. —Tenés razón, a mí, algunas veces, me arropa antes de dormir.
   Griselda, que no la corta con las preguntas y que le encanta mentir:
—Mami está siempre con nosotros, pero tiene poderes, casi siempre se hace invisible, yo cierro bien fuerte los ojos y siento un viento calentito, que pasa a nuestro costado y es ella, te lo juro por dios, que me caiga muerta.
   Y se hace una cruz con los dedos índices, encima de la boca, después se chupa los dedos, algo de dulce de leche le quedaba.

domingo, 8 de septiembre de 2019

POBRECITA LA GENTE



   —Si nos acostamos a las cinco ¿por qué ponés el despertador a las doce? Mañana quiero dormir, me arden los ojos de todas las fotos, los documentos, la propiedad. No me voy a levantar, andate vos sólo.
   Sentí que se acostaba sin ganas de explicar nada.
   —Mañana lo rematan, estos tipos no perdonan.
   Me dormí sin decir que yo iba a estar para defender junto con él, aquel pedazo que nos dejaron. Había que sacar el dinero del Banco y era mucho, después acusó que mucho más. Habló de lugaretes, al final lo hice callar.
   —No me dirijas la palabra a la mañana, después del despertador la voz humana me mata.
   Nos bañamos luego de cuatro mates amargos. Él preparó las cuentas, las fotocopias de propiedad, los originales de hace doscientos años y las deudas a pagar. Todo ese laburo para que cuatro descerebrados no nos obligaran a vender.
   Tardamos un montón en estacionar, yo miraba el reloj midiendo los minutos que se iban.
   —Dejá de joder con la hora y está alerta a tu cartera, me llevó dos semanas hacerle un doble fondo donde cabe la mitad. No pongas cara de vaca, el resto va en mi mochila.
   Cuando llegamos había una cola de treinta y ocho personas. Suelo contar los que tenemos delante, la gente da vuelta la cabeza, como si yo fuera una punga. Tenía el cuerpo anestesiado y no encontraba los documentos.
   Por fin llegamos a ventanilla, la mina iba sacando tocos que me hacían transpirar, yo los iba guardando sin mirar, los míos y los de él. Se enojó fiero con los ojos.
   —El asunto del reparto, dejámelo a mí, carajo.
   Había que firmar todo el tiempo, aclaración, domicilio y número de celular. Justo llegamos cuando estaba por cerrar la Escribanía y los Abogados, por rajar. El tramiterío se hizo solo.
   Me dijo, pero bajito:—Esto lo dejo en manos de dios, esta gente es de confianza, les voy a decir la verdad.
   Yo ignoraba a qué se refería: —Me dejé los anteojos en el Banco, ¿los podés ir a buscar?
   Sin querer me salió una respuesta de mi Madre: —Ay qué tipo boludo, si el Banco ha de estar cerrado.
   Me explicó como agua de estanque: —Entrá por la puerta del costado, nos encontramos de camino.
   Hacía un frío de cagarse pero yo igual transpiraba, corría de paranoica, dos tipos con pinta de “te saco todo” y eso me hacía correr más. Una chica muy amable me permitió pasar con su tarjeta. Había gente del otro lado, pero la cerradura con un cartel que decía Cerrado. Empecé a golpear con un puño, después con los dos, después daba patadas, menos la cabeza, que usé la boca para gritar.
   Hasta que apareció una boluda, que de lejos, me decía con las manos y cara de mal cogida: 
   —Tranquila, tranquilícese…hay tiempo, hay tiempo.
   Cuando abrió me dieron ganas de ahorcarla, puse cara de mable y le dije: —Me olvidé los anteojos, me atendió una cajera que tal y tal.
   Me gozaba la hija de puta: —Lo que me dice ni importa, hay una sola mujer que es Cajera, espere acá que voy a ver.
   Y no venía, y no venía y yo sabía que faltaban mis firmas, a cuatro cuadras de aquí. Apareció el gordo que cuando atendía escupía pedazos de medialuna y con gestos me decía, lejos atrás del vidrio, que los anteojos no estaban. Volví por el mismo camino, mientras casi gritaba: —Esta ladrona Kakoncha, que tendría que estar presa y devolver lo que se robó, y este boludo que no hace nada, pero roba un poco menos que la otra, qué sé yo.
   El aire ya no me daba y los morochos me seguían cada vez más cerca, hasta el Estudio, digamos. Ellos estaban haciendo trámites como nosotros, pero en este país de mierda, uno vive asustado.
   Salió él preguntando si los había encontrado.
   —¿Ya terminaste todo? ¿Nos quedó algo?
   Dijo que no recordaba dónde habíamos estacionado y nos quedaba un toquito para dos meses, o tres. Lo demás quedó en manos de la Injusticia, teníamos la jubilación…¡Ja! Estamos como queremos.
   Al día siguiente fuimos al campo, estaban los cuatro esperando. Él habló con uno sólo que subió a la camioneta y casi vuelca de lucer corrupto, reculó y escupió en la tranquera. Nosotros en la galería pusimos un rock al mango y nos fumamos un porrón, que cultivamos con nuestras manos.

sábado, 7 de septiembre de 2019

CALAMARES EN SU TINTA



   Me anoté en la Marina Mercante, cuando por primera vez aceptaron a mujeres. Pensé que íbamos a ser muchas, pero en el barco había una sola, Verinia, que era yo con doscientos cincuenta marinos. Se reían de mí cuando pasaba por sus filas para saludar a la bandera, se tocaban los codos como diciendo: “Qué hambre de hombres tienen algunas minas” y no era como diciendo, lo decían bien cerca de mis oídos, también escuché “Qué bagayo de mujer, aquí está segura, nadie le va a proponer nada, ni bailar en esas fiestas ridículas haciendo subir minas pagas para nosotros”.
   Yo nunca asistí a esos eventos, prefería vomitar tranquila en mi camarote. Durante meses, antes de llegar a los lugares de destino, Prefecturas de distintos países, no permitían desembarcar a Puerto, Allí empecé a odiar a los hombres.
    —Verinia, te invitamos a jugar al billar con nosotros.
   Me gusta ese juego y acepté ir con ellos a una inocente partida. El Comandante de a bordo, miró con desconfianza y haciendo la venia de hablar con él: —Mire, Verinia, yo tuve el honor de ser compañero de su Padre. En nombre de aquella amistad, le pido me permita asistir a su camarote, para advertirla de las dificultades que podrían presentarse. Quiero ser la persona a la que pueda recurrir.
   Cuando entré en el salón, ya habían abierto el juego. Cuando tocó mi turno, mi concentración promovió pegarle a tres bolas de direcciones complejas, hasta que pude llegar y entrar al hoyo con firuletes pensados. Alguno aplaudió, otros me silbaron y un tercero dijo: —Con ese culo me puedo divertir tres Puertos sin bajar, aunque se pueda.
   Hice que no escuché nada, pero era el mismo que una vez entró a mi camarote sin llamar y dijo con mirada torva, dando tres pasos adentro. 
   —Disculpe, me equivoqué, pensé que era el mío.
   Escuché risotadas que provenían de la borda. Otra noche para él inesperada, entré en su camarote sin llamar, pedí a sus tres compañeros que por favor tenía que hablar a solas, un tema de vital importancia.
   Trabé la puerta, el marinerito quedó asombrado cuando le arranqué los botones braguetiles y con mis propias manos, tomé su miembro respetable y bien dispuesto. Mi pantalón estaba rajado entre las piernas, hice una reforma de último momento. Lo guié hasta el lugar y él se metió tierra adentro, en este caso mar adentro. Era mi segundo día de menstruación abundante y entre una cosa y otra, quedó embadurnado con sangre desde su miembro hasta su boca.
   Antes que me vomitara en la cara, le meé y le cagué su litera. Salí con toda calma y me metí en mi camarote, con la satisfacción del deber cumplido. No habrá pasado una hora, cuando se hizo presente el Comandante de abordo. Tenía sus pretensiones y cumplí sus órdenes, como no, si era mi superior.
   Hizo todo con ojos cerrados y lo que pensó un exceso de flujo placentero, cuando terminó, tenía sangre en todo su uniforme. El viejo verde pidió detalles: —¿Entonces no era su culo?
   Lo miré con perversión de chica mala: —Eso le pertenece a mi novio y lo que usted pensó era mi propia boca.
   El viejo voló como una gaviota y se tiró al mar, las máquinas hicieron el resto, quedó hecho carne picada. Algunos dicen que fue un suicidio, yo declaré que dormía y no había escuchado nada. Pasé al lado de un marinerito sin estrenar, me miró como si fuera un hombre y no un pendejo de mierda.
   —Me dijeron que te llamás Verinia y sos una yegua pura sangre.
   Pedí la baja inmediata. Ahora vivo tranquila, esperando mi bebé, ignorando quién es el Padre. Nadie sabe dónde estoy y esta cabaña está oculta entre bosques y praderas.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Y DIOS SE AUSENTÓ



   Conoció sus zonas erógenas a temprana edad, su Padre, un hombre importante, Presidente de la Cámara de la banana importada.
   Cuando la niña cumplió cuatro años, su Padre abusó de ella, durante  su infancia. Su Madre no tenía relaciones con el marido y sus histerias aumentaban. El Chofer que la trasladaba a su trabajo, inventado con un sueldo real, se detuvo en un hotel con garaje individual y sin mediar palabra, se convirtió en el amante oficial de la Señora.
   Ella sabía lo que ocurría en su casa, pero simulaba ignorar todo, hasta que tenía una hija, para eso estaba la Niñera. A medida que pasaron los años, la hija fue abusada por los colegas de su Padre y parientes cosanguíneos, que sabían que la chica no contaba nada a nadie.
   Cuando cumplió los veinte e iba por su segundo año de Psicología, empezó con terapia, tenía tanta impotencia, tanta confusión y tantos deseos de venganza, que hasta su propio Analista horrorizado, en cómo podrían llevar todo aquello. La chica siguió con su terapia, pero su primer novio, sabiendo la historia contada por ella misma, con vergüenza de ser culpable, la llevó al mejor Abogado con especialidad en estos casos. Resultó ser una persona con bonhomía e inteligencia para proceder. La chica dijo cada nombre de todos los que hacían un contubernio a su inocencia.
   La primera demanda se hizo a su Padre, con el aval de otros Abogados honestos. Hubo que ser precavidos, cuando la corrupción pareció una moda insoluble, llegaba más rápido que la Justicia.
   A partir de que un Juez de la Nación, dictaminó la prisión definitiva para el Padre, fueron cayendo de a uno en uno, con pruebas más que eficientes, para cumplir sus condenas de hasta treinta años. La joven fue indemnizada cuantiosamente. Todos los violadores eran personajes que ignoraban cuánto dinero tenían, en blanco, negro y amarillo.
   Lo que nadie pudo restituir fue la infancia y la juventud mancillada, por tanto delincuente encubierto por su silencio y por otros caminos delictivos. Amenazas, golpizas, robos y hasta dos secuestros extorsivos, al entorno de ella.
   La joven sigue su Análisis, los estudios sorprenden por su tranquilidad para rendir materias sin descanso y con calificaciones máximas. Le contó al Analista, tiene una beca de dos años en Alemania.
   —Desde ya contás con mi anuencia, si media un Acompañante Terapéutico.
   La chica casi salta hasta el techo y por fin fue feliz, el que iba a supervisar con compañía, era su propio novio.

jueves, 5 de septiembre de 2019

YO - YO



   Él miraba cualquier cabeza y se enteraba de su pasado, del presente, si era un ser perverso o generoso. Capaz de cambiar su vida por otro. Estacionar el auto siempre en doble mano. Si tomaba vacaciones prefería viajar solo, ir con un amigo lo complicaba, porque con dos palabras se daba cuenta que con él a la playa, no iría. La cabeza del amigo era más chica que el respaldo de la butaca, se ahorraba las pastillas para dormir y hacía sonar en sus oídos: “Yo tengo una novia mal acostumbrada, dejala, dejala” Como contar ovejas, que le pareció una mentira fabricada, en cambio la otra, le cerraba los ojos y dormía completo.
   Armaba la carpa, solo, entre tamarindos. En los campamentos estaban todos locos. Él no se excluía de la locura general. Pero su deseo era no ver a ninguno. Odiaba las mujeres, sentía que eran brujas antropófagas y malas. A los hombres también los odiaba, por participar en guerras y dejar cabos sueltos y empezar una nueva y otra y otra, sin fin.
   Olvidó el queso, el pan y la leche, no quiso ir a la Proveeduría de las carpas y sin querer, darse cuenta que el hombre lo atendía y la mujer  se olvidaba de darle el vuelto. Veía el interior de sus cabezas y contenían cuencos vacíos.
   Por eso no le pareció tan mal cuando vio una fogata cerca de su carpa. Cuando la chica asomó, tenía sobre las brasas un pescado pequeño, lo sorprendió haciendo pis en un árbol. —Mi Papá y mis hermanos, también hacen de pie como vos, mientras tanto miran el cielo y si hay estrellas fugaces se las regalan a mi Mamá, que se murió con simpleza, así como era ella. Nosotras nos agachamos para hacer pis, es aburrido, a no ser que haya luciérnagas y entonces nos levantamos, tratando de cazar alguna y sentimos cómo el pis se desliza por las piernas. Corremos al mar a limpiarnos y nos esperan las noctilucas, primas de las luciérnagas. ¿Y vos quién sos?
   Él ni la miró, pero le contestó: —¿Quién voy a ser? Soy Yo.
   La niña, casi mujer, se tentó y no paraba su risa. —Tengo un pescado que ya debe estar, te doy la mitad y el resto para Yo, yo también me llamo Yo.
   La comida fue más que austera, al final la chica se durmió, se puso bien cerquita de Yo y se tapó con arena. Le miró la cabeza y debió corregir algunas cosas, que pensaba antes de las mujeres. Esta niña mujer era diferente, tenía nubes, estrellas, su hábitat el cosmos. También vio a su yo tomando la mano de Yo. Era tanto lo que tenía dentro de su cabeza, que le asombró que no fuera cabezona. Pasó sus vacaciones con Yo, que le preparaba pescados cada vez más grandes, lo acompañaban con vino que la niña grande había robado a su Padre. Esa noche cuando cayó con sueño y una sonrisa, como él no podía dormir cantó: “Yo tengo una novia mal acostumbrada, dejala, dejala”. Yo se despertó y le apretó las dos manos y cantó: “…No la dejes…no la dejes…” Y el final te lo dejo a vos, no le agregues mucho caramelo.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

CELERIDAD



   Prudencio manejaba con prudencia, Selenita le reprochaba todo el camino el uso de la máxima velocidad.
   —Y después vienen las multas, él no las paga y lo llevan ante el Juez.
   —Prudencio, muy seguro, jura que él iba muy rápido, pero que no mató ni un cuis, ni una persona. Por eso sólo tendría que ser sobreseído y liberado de las multas y liberado en general.
   Pone cara de juzgarme culpable, para que le dé esos papelitos que son su pan de cada día. ¿Por qué no la mete adentro a Selenita?, que con esa voz de abejita, dice: —Señor Juez, usted vio cómo son los hombres, que no comprenden que los queremos proteger, como hijos, no como marido, yo tengo pruebas que Prudencio no tiene intenciones conmigo, pero sí con la hija del Encargado.
   El Juez se pone estrábico, piensa que no es su función escuchar problemas personales, “los trapos sucios se lavan en casa”, eso decía su Abuela, que no era sabia, pero era vieja.
   —Señora Selenita, usted salió de testigo de un marido imprudente, al no estar divorciados, su testimonio no sirve.
   No condenó a ninguno, porque dijo que estaba cansado, se tomaría unos días y tal vez, entre ellos, solucionaran las cosas fuera de su presencia.
   —Señor Prudencio, déme las llaves de su Minicooper, los papeles no los necesito, el beneficio de ser Juez. Yo le advertí, esto que hizo cuesta un dinero y ese auto, a partir de ahora, es mío.
   Ni bien el auto arrancó, Prudencio lo corrió hasta perderse, se lo tragó el horizonte. Selenita fue considerada viuda y se casó con el Encargado, la hija salió de testigo. De la emoción a Selenita, le dio un ACV, la llevaron a un Sanatorio y quedó abandonada en un pasillo. Como a las cuatro horas apareció una Enfermera, pero Selenita sólo dejó el calor de su cuerpo. La Enfermera le contó al Médico lo sucedido en su piso.
   —¿Era pobre la enferma? ¿Alguien la conocía?
   La Enfermera, que se acostó con el Médico la noche anterior, a las dos preguntas le dijo que no. Para empezar la siguiente guardia, estaban tan cansados que fueron a tomar un café doble.
   —La gente tiene tanta indiferencia, que nadie preguntó por ella. ¿Te diste cuenta?
   La Enfermera preguntó de qué hablaba: —De nada, voy a dormir un par de horas, si no venís vos, mandame la tetona que es tan eficaz, siempre está dispuesta a todo.  

martes, 3 de septiembre de 2019

¡QUÉ ME CONTÁS!



   La espiaba por la cerradura, y salía sin olvidarme las llaves, pero sí las carpetas. Mientras ella llamaba al ascensor, yo ya estaba a su lado, me intrigaba su vestimenta, toda gris y si hacía frío, agregaba un chaleco negro, llevaba una vincha oscura y una cola de pelo triste.
   —¿Usted trabaja en un Colegio religioso?
   Se quedó de perfil y con voz de aburrida y sola, contestó: —Mi nombre es Marina, vivo enfrente de Ud. Pertenezco a la Congregación de Monjas, con voto pero sin hábito. Entrego mi vida a Dios, que me salvó la vida, por eso mi pensamiento reza y reza sin cesar. Hay de mi congregación que se casan, pero no quieren tener hijos. Está vedado a nuestro Protocolo bíblico, por respeto a los niños que andan la vida sin padres, según dios y algunos hombres buenos, sin dios, eligen adoptar. Le llené la cabeza con mi vida y creencias. Le pido que me perdone, hablo sólo con dios, pero él tiene la costumbre de hablar con todo el mundo a la vez. Se desencuentran los pedidos con los agradecimientos. Hay una mezcla que hasta el propio Dios, tiene mareos y otitis o le sangra la garganta, de tanto hablar y hablar. Está grande y bastante cansado de repetir siempre lo mismo, que es racional, divino y las personas preguntan, piden, ruegan, exigen. Yo en su lugar los mandaría a la mierda, pero su paciencia es infinita.
   Me quedé pensando en cuánto hablaba, pero cuando le vi esa cara de armonía, de generosa y de loca, me dieron ganas de decirle:
   —¿Y si hoy faltás al Convento? Te invito a ver cuatro películas cortas de Charles Chaplin y dos de mi querido Buster Keaton.
   Se le puso el contorno de todo el cuerpo brillante. No me di cuenta que íbamos por la plaza, el sol del atardecer la iluminaba de atrás.
   —Podemos ir ahora y comprar pochoclos que son muy entretenidos para ver películas.
   Me encantó la monja, el hábito, el voto, todo eso no tenía importancia, su núcleo pasaba por una ruta distinta. En el Cine fui atrevido y le toqué una mano y le pasé la mano por el hombro. No dijo nada, sólo masticaba y se reía, como por primera vez una niña.
   Cuando salimos tenía una sonrisa con todos los dientes saludando.
   —No te creas que no me di cuenta, no me molestó, igual prefiero que me pidan permiso.Ahora te vas a sorprender, yo no soy una monja, soy atea convencida. Estoy ensayando una obra de Teatro, que se llama: “Golpes a mi puerta”. Hay dos personajes que son dos religiosas, o monjas, como más te guste. Hay una de ellas, la mía, que me cuesta incorporar y me comporto como mi personaje, hace un mes que decidí este método. Y vos me ayudás, ¿vos sabés lo que hago?, te espío por la cerradura y salgo cuando vos salís. Mi personaje tiene que simular, subyacente y callada, que está enamorada de un joven que ellas esconden en su casa, de una persecución.
   Allí Marina no dijo más nada.
   —No sabés cuánto te debo, mi monja se está enamorando de vos, pero no yo, la actriz. ¡Qué me contás!
   Flasheé unos segundos: —Marina, a mí me pasa lo mismo con vos, pero no como actor, como hombre. ¡Qué me contás!

lunes, 2 de septiembre de 2019

ENTRAÑABLE



   Nos mintieron, los hombres no bailaban con hombres. Para eso estaban las mujeres, que llegaban en alpargatas y las cambiaban por zapatos, de taco alto infinito.
   Se bailaba en esquinas sin ochava, con un bar pleno de alcohol, grapa que ya venía mezclada con escupitajos españoles. Vino de uva mosqueta, cabernet para los debiluchos y tinto borgoña para los ricachones. También vino suelto para los ricoteros.
   —Muchachos y chicas, adentro se toma, afuera se baila, hay que ponerle los pies a los adoquines, es más difícil para las damas, pero tienen que aprender a levantar la pata, es más cómodo para el hombre.
   Así habló “Don Javier” la noche que inauguró aquel boliche entrañable. Hilda, concubina de Don Javier, era una artista para revolear la pata y no decía jamás que no a una inclinación de cabeza, apenas leve.
   Cuando Don Javier se dormía sobre un barril que le hacía de mesa y de almohada. Salían todos los tipos a pedir a la Hilda, de bailar un tango modernoso, la agarraban los mejores, le metían la pierna de él, adentro de las de Hilda, que sabía manejar el tajo del vestidito negro, algún voyer se daba cuenta. Los más hábiles se la metían y ella se doblaba hacia atrás, para hacerle un lugarcito más y tapar con la melena, aquel placer.
   Uno fue a alcagüetear a Don Javier. Ella entró a la pieza en alpargatas y dada vuelta del pedo que se agarró.
   —Tengo que hablar con vos.
   Este viejo choto, si ahora me voy a dormir la mona.
   —Quiero que te mandés mudar, me hacés quedar como un cornudo.
   Ella se fue sin contestar, con las crenchas para cualquier lado, agarró para cualquier lado. Se puso el traje de laburar y fue al Puerto. Todos la vieron mareada, pero nadie dijo nada.
   Avisó que iba hasta el baño y a partir de ahí o después, desapareció de todas partes. Ya van a cumplirse cinco años, que nadie sabe dónde fue. La Hilda lo quería a Don Javier, como quieren las putas, pero lo quería.
   Por eso nadie se explica lo que pasó. Don Javier cerró el boliche, se fue a recorrer el mundo, caminando de día y llorando de noche. Ya estaba viejo Don Javier, pero todavía sigue buscando.

domingo, 1 de septiembre de 2019

NO HAY NADA QUE DECIR



   Se me cierran los ojos, este camino tan recto, ninguna cosa que exista, no hay nadie, ni algún auto atrás de otro, de adelante, que me quiera pasar, el paisaje a los costados es yermo, dicen que alguna vez hubo una selva gigante, que se llamaba Amazonia o Mato Grosso, ahora es casi un desierto. Tengo dos curvas ¡Por fin! Miro hacia abajo y las piedras, producto de árboles antiguos, caen en pozos sin final.
   ¿Será por eso que tenemos que andar con tubos de oxígeno, inhalando por la nariz plastificada y exhalando por un canuto en el culo? Si uno se pone a pensar, es incómodo para manejar, para caminar, para cojer ni digamos, para cagar se hace por el ombligo.
   Hay un tipo haciendo dedo, pobre tipo, debe hacer horas que está, se le cae la piel en cintas, los labios, partido profundo y derretido el tubo de oxígeno. Le pegué la piel con poxivegetarius y los labios partidos con células vivas de androide. Por precaución siempre llevo un tubo de oxígeno adicional. Él mismo lo colocó, se había quedado sin aire, lo agradeció en un idioma que desconocía, a pocos kms, abrió la puerta del auto y se tiró en un agujero negro. Aseguré todas las puertas, no pensé más en el extraño que decidió.
   Tomé el camino largo y mi soledad me apabulló, antes no la sentía, siempre anduve solo. Por fin dos curvas seguidas, en la primera había un tipo haciendo dedo. Quise detenerme, pero los frenos no respondieron. Abrí la puerta y salté a otro agujero negro, que me liberó del tubo de oxígeno y los implantes mangueriles. Mi vida entera la recorrió el pensamiento. Y se detuvo y levitó. ¿Qué habrá pasado después?

sábado, 31 de agosto de 2019

LA CRIADA



   Qué linda pinta para sirvienta, lindos ojos, boca grande, bien vestida, con traje de ocasión y zapatos, no los miré, porque no me dio tiempo. Nos quedamos tan sorprendidas de nada, Elena observaba la casa por encima de mi hombro. Nos presentamos con distancia, ella estaba contratada para ser una Sirvienta, me dijo su nombre sin apellido y yo le dije el mío, Solita De Las Mercedes Elisondo Del Cerco.
   —Debe estar muy bien acompañada, con todos los nombres que tiene, pero se la ve muy solita.
   La paré en seco, opinaba y las sirvientas no opinan, limpian.
   —Paremos con esta charla, el uniforme cuelga del perchero, se lo compré gris oscuro y es de hule, para las manchas. Elena, empiece por el baño, tiene que estar impecable y los objetos en fila, el cepillo de pelo, el peine, el shampoo, el vaso de plata para el dentífrico y el cepillo de dientes vertical, con las cerdas mirando hacia la pared. Ah, me olvidaba de su salario, lo hablamos cuando termine la tarea, de acuerdo a su rendimiento, será la devolución, no sé si está claro, yo le pago primero y enseguida me lo devuelve. Es lo que le voy a cobrar, por ser mi mejor amiga, iremos al Cine, al Teatro, a comer afuera, me refiero a comer en el patio. Al día siguiente me trabaja de siete a diecinueve y empieza a ser mi amiga. Yo la voy a llamar Helen y Ud me dirá Alón, allí nos tutearemos siempre, en su trabajo se cae de maduro que no. De a ratos daré una vuelta para controlar su tarea y señalar lo que está mal. En cuanto a los elogios, de mi parte no los espere, no es mi costumbre.
   Lo que no me dice esta mujer es que los fines de semana, cerca de las tres de la mañana, entra un hombre por su ventana, logré verlo con la luz de la calle, es joven, de melena tomada con una gomita. Se escucha un ruido como de chupar. Le encontré en su pieza, bajo la cama, botellas de whisky y ninguna copa. Imaginé que se pasaban la botella, prescindían de la copas. Después venía un sniff, sniff, las mañanas siguientes, había restos de polvillo blanco en su mesa de luz redonda, el polvillo era molido y dispuesto en filas paralelas perfectas, una Gillette acompañaba el conjunto. Quedan exhaustos, duermen hasta la medianoche del domingo, el joven salía por donde había entrado.
   Dijo: — Elena, este fin de semana no voy a estar, debo salir ya mismo, mi Padre agoniza.
   Le deseé lo mejor y ella contestó: —Lo mismo digo, para vos lo mismo digo.
   La estadía se extendió un mes. El dolor de su Padre la hizo olvidar los placeres del fin de semana. Su olvido me resultó encantador, el joven se quedaba la semana completa, hacíamos el amor chancho o poético. Usamos la casa completa, la bañadera de hidromasajes hacía de nosotros un Adonis y una Venus. Las invenciones nos brotaban sin límites. Nos tomamos todo el whisky que había. Una noche me convidó con las rayitas blancas que se dejó Solita, me salió sangre del a nariz y lo azucé con tanto ímpetu, que llamó a un amigo para reemplazarlo. Y así las cosas, Solita se quedó a vivir en casa de su Padre, el día que llamó dijo “Cuidate, querida mía, me parece que mi estancia aquí, es vitalicia.” Casi le doy un abrazo telefónico. Cabalgué toda la casa, con un desenfreno tal, hasta que descifré cómo podía sobrevivir sin dinero. Empecé a vender, de la buena. Venían jóvenes a comprar y los que estaban Guauu!, se quedaban y les asombraban mis energías.
   Consulté con un Médico, y diagnosticó Fiebre Uterina Permanente. Preguntó si alguna tarde podía visitarme. No me pude negar. Me resultaba imposible decir “no”.

viernes, 30 de agosto de 2019

EL DESAMPARO



No vive en una casa, no come en una mesa, tiene un Padre que se fue y una Madre que ni puede imaginar. Ningún amigo para caminar, ni hermano. Hay un basural a cielo abierto, allí procura su alimento, hay cada vez menos comida. Uno que lo llamó: —Amigo, esto te lo regalo.
   Después de escuchar a muchos decir “Amigo”, era una forma de atender alguien desconocido. 
—¿Cómo me vas a regalar un chorizo crudo con gusanos? ¿Qué te pensás que soy?
   El Amigo se revolcó en la basura. —Sos un tipo igual que yo. ¿Vos te pensabas que eras mejor? Andá! Andá, antes que me arrepienta, de algo que se me ocurrió.
   Él siguió caminando hasta que terminó la basura, en un límite de alambre de púa, donde colgaban estampitas, trapos atados, gatos muertos hacía mucho, un rosario por la mitad y tres chimangos vivos que volaban y volvían, más feos que el chorizo con gusanos.
   Cuando pudo pasar una tranquera que decía “Prohibido Pasar”, lo rodeaban pinturas que decían “Puto”, “andá a la mierda y cómela” y cosas, por escribir alguna pelotudez. Aprendió a leer en la calle y a escribir viendo a otros en casa, se notaba, tenían aerosoles y se reían de sus dibujos porno y los nombres que dibujaban.
   La noche del basural se le durmieron las piernas y cayó bajo unos fresnos hojudos y soñó que era su casa y el techo eran las hojas.
   Escuchó un motor que se acercaba, por suerte no era la yuta, era un auto hecho pelota y una pareja que salió y se dedicaron a coger, eran más chicos que él. En el momento más álgido de la pareja encontrada, él sacó su revólver grandote, que le habían regalado en el basural, hacía unos días, fue un regalo que en algún momento iba a usar.
   Entonces le disparó al tipo y después a la mujer, los remató por si vivían. Les buscó en los bolsillos, tenían 250 pesos y un celular nuevo, que él mismo atravesó con una bala. —¡Uy dios, lo que me perdí!
   Subió al auto hecho pelota y anduvo derecho cuando agarró la Avenida. No había nadie en la calle. En una esquina hubo dos yutas que le tiraron una mochila adentro del auto inservible. Y jugaron a ver cuántas balas necesitaban para matar al pendejo, con una era suficiente. —Te dije boludo, las demás son laburo, hay que juntar los casquillos, son cinco. Rápido, vamos, antes que algún forro nos vea. Tengo hambre de pizza a esta hora y con nuestras pilchas, no tenemos que pagar…qué cosa rara me pasa, cada vez que matamos un pendejo, después me dan ganas de festejar, con una empanada y un vino…terminamos nuestro turno.

jueves, 29 de agosto de 2019

SALITA VERDE



   —Mi hermano preguntó por vos, dijo “Mirá cómo las chicas crecen, antes era una tablita, me parece que en primavera, esos brotes le van a explotar y la voy a atrapar, no sé cómo, pero si no sos estómago resfriado, te contaré después mi estrategia”.
   Mirá si no le voy a contar a Rosita, que le gusta desde el Jardín y cuando creció un poco confesó que lo quería, pero Paco ni cinco de bola le daba.
   —Rosita, estoy casi segura, a mi hermano le gustás, si dice que buscará estrategias, más que algo le interesás. Empezá a usar ropa más ajustada, ponete push up, aunque no necesitás, si las embandejás quedará sorprendido y mostrá el culo con calzas sugerentes, que se vea que en ese culo se puede tomar un café y con el codo apoyado.
   ¿Y cómo salgo de casa así?, mis viejos me matan o me secuestran el celular o me dejan una semana sin salir. Yo le pido a Cata, que me deje cambiar en su casa. Ella duerme en un altillo y la fiesta se hace abajo.
   —Te pido que me dejes cambiar en tu casa, de paso vos me pintás.
   Espero que no se entere mi hermano, se va a ir a los bifes y Rosita es frágil, virgen y sus límites no existen. La bestia de Paco, no se va a conformar con un beso. Tenía razón, tengo el estómago resfriado, si yo no le hubiera contado nada…se me fue de las manos, es hora que Rosita aprenda por su cuenta.
   —Cata, me estoy dando una ducha, además de ropa cool, quiero estar limpia, no golpées, entrá nomás.
   Y entró, era Paco, ella se envolvió en una bata y su compañero de la Salita Verde, la tiró en la cama y entre violencia y torpeza, le tapaba la boca, Rosita lloraba con ojos cerrados, cuando por fin él, se fue con cara de winner. Ella miró la cama, había sangre. Entró en la ducha sin alegría, las sábanas y Rosita, mataron con jabón la desgracia. Se vistió con lo que tenía, se pintó como un mapache los ojos y la boca roja hasta la nariz y la pera.
   Cata corrió a abrazarla. —¡Tenía novia! Y yo no sabía nada, me tenés que perdonar, por favor!
   Rosita, con toda su fuerza, como los locos, se tiró encima de Paco, le arrancó toda la ropa y lo dejó en pelotas, frente a sus Padres, su Novia y toda la fiesta. Cata puso en marcha el auto de sus viejos y la buscó por todas partes y no estaba. La buscó hasta que se le cerraron los ojos y chocó contra un camión, se la llevaron y sobrevivió un par de horas.
   A Rosita la siguieron buscando, pero nunca más se supo de ella…

miércoles, 28 de agosto de 2019

HAY PANTALLAS EN LA CALLE


    

   —Falleció hace una semana, no esperó que el cuerpo se enfriara, ahí la tenés, del brazo de su Cuñado, creyendo que al Teatro Colón hay que ir vestida con oropeles. Entre el rodete de tres pisos y las plumas de pavo real, no va a dejar ver a nadie.
   —Mirá, Finita, tiene un palco avancé, el Cuñado lleva un jaquet del finado y la pobre mujer del cuñado, con su vestidito gris demodé y una mantilla de misa, además lleva un rosario en la mano.
   Pina dice todo eso, porque me lo escuchó a mí. Se enteró que hoy toca Macata Perujín, con el Maestro de Orquesta Berimbau.
   —¡Gracias, Finita, por invitarme, sos tan culta que te diste cuenta que yo también. Después vamos a tomar unas copas cocteleras, al Edelvis. Hay un chico que los prepara, que salís caminando por el techo, tenés que tener mucho cuidado con los caireles.
   —Pina, ¿qué te pareció el Concierto de la Perujín, decime la verdad.
   —Lo que escuchaste fue la verdad, Perujín salteó algunas notas, se odia con Berimbau. Y sus pelos parados merecen un shampoo, un baño de crema, encima de loca es mugrienta y no me hagas hablar más. Podemos ir caminando, queda aquí nomás, en Edelvis no nos van a cobrar, me vengo a poner en pedo y a la cuarta copa me derrumbo en un sillón. Viene el Dueño a levantarme y el Mozo, como si fuera un Lord (es un negro de mierda que no conoció a su Vieja), me ayuda a ir al toilette, nos encerramos y le echamos doble llave, él coge tan bien, que doble también es el polvo. A veces una cuatrifecta, ahí le dejo una propina que excede sin darme cuenta, que en el bolso no quedó nada.  
    —Pina, ¿vos la viste a la desgraciada overdress? Apoyada en el brazo de su Cuñado y no se sentó ni en el palco, cuando la Perujín subía las notas, a él se le subía el braguetón, ¿vos sabes que la pobre mujer le desabrochó los botones? Se fueron detrás del cortinado, que se movía todo el tiempo. Yo me di cuenta porque la pobre mujer, se balanceaba, hasta que les cayó el cortinado encima, allí dejaron, era evidente, la pobre mujer casi se ahoga debajo de aquellos trapos. La gente de la platea miraba con binoculares, esa escena inolvidable, para olvidar el Concierto, que no terminaba nunca. Su Cuñado levantó a la pobre mujer, dejándole al descubierto los cuatro pelos que le quedaban. Ella siguió a su cuñado, colgado del brazo y exhausto, para ayudarlo llevó a la pobre mujer alzada. Todos reían a su paso, su Cuñado dejó afuera sus dotes, casi sin uso. Le dio tanto odio que arrojó a la pobre mujer en un conteiner. Ella seguía colgada, pero esta vez no era del brazo, se metieron en un callejón. Allí estaba todo negro, así que lo que pude ver fue a ella arrodillada, tomando una mema, mientras él la acercaba un tiempito, hasta un provechito final.
   —Finita, me encantó lo que observaste y quiero saber mucho más.
   —Hagamos como en Netflix, en el próximo capítulo sigo con la historia, “Pina escucha, Finita dignifica”.    

martes, 27 de agosto de 2019

LOS LOBOS



   —La chica Veriver vive sola, tiene una casa Ex Embajada de Catapultala, le dan ataques de gritar las noches de media luna.
   Hacía tiempo que vivía a una cuadra de las Carmelitas. Me sentía segura y como no leía diarios, ni escuchaba, ni miraba, no supe de las valijitas y las valijas, de la complicidad de las monjas con el poder. Mis sobrinos me contaron y yo les decía que sí con la cabeza. Igual me daban seguridad y a lo mejor lo que decían eran mentiras.
   —Yo también escucho sus gritos, Miss Mary, pero como Veriver quedó sola cuando los Padres se fugaron a Catapultala. Antes hablaba, decía que volverían por ella cuando las aguas calmaran. Sería mejor consultar con la Srtas Wilson, su Padre también era Embajador, pero enemigo acérrimo de Catapultala. Es más, decía que ese país ya no existía, como era una islita, con tres bombas lo desparecieron.
   —Me parece necesario salvar a la Srta Veriver, vamos las dos Miss Wilson y Mrs Benethon, que soy yo. Nos reunimos tres horas antes  y a la chica catapultanesca le avisamos por el muro alto que la encerraba, cuando hayamos acordado todo tres horas después.
   Ella no quiso salir, tenía más miedo que ganas de escuchar. Nosotras le gritábamos, —Tenemos tu solución! Y hacenos pasar, mi querida Veriver.
   Cuando entramos a la sala de recepción parecía una selva con senderos. De cada baldosón roto, salían especies extrañas de flores rojonaranja y palmeras tan altas, que habían hecho un enorme agujero con luz. Para nosotros fue como estar de vacaciones. En el patio de la casa, había una alberca y toda clase de reposeras de bambú y sedas añosas. Después de recorrer el paisaje, miraron a Vetiver, cruzada con varios vestidos de andrajos y un cuerpo tan bien repartido que parecía una cariátide de gláciles movimientos.
   Agradeció que diéramos cuenta de su existencia. Pidió perdón por los gritos, pero llegaban los veinte y no daba más de ganas…de ganas de ser feliz.
   Su Madre se lo decía: —Esperá la media luna y gritá con toda tu voz.
   Tal vez, por olfato, los primeros que aparecieron fueron dos lobos violentos, con tantas ganas de amar que le mordieron el cuerpo y le pasaban sus lenguas ásperas para curar las heridas.
   Una vez saciados, los lobos se retiraron. Muchos dicen que fueron a las Carmelitas, donde fueron recibidos como novios que se perdieron.
   Luego de aquella pesadilla, aparecieron hombres de edades disímiles, pero viejos ninguno. Ella contaba: —Una vez curada seguí con mis gritos, tan altos, que aparecieron siete hombres con sungas de distintas Embajadas aledañas.
   Y entendían aquellos pedidos de la Srta muy distinguida. No esperaron la media luna, arremetieron como si de una batalla se tratara, el que llegaba primero, obtendría media hora con la Princesa insaciable. Uno de pelos trigosos, de postura “déjalo ser”, casi igual a Miss Mary, se presentó vestido y tomándole la mano le pidió que le contara cómo fue su vida y esos gritos dando pena, ¿por qué encerraban tanta soledad? Ella le relató con voz de niña, después le contó de él. —Mi Madre es Miss Mary, todos la ayudaron a esconder ¿viste cuánta hipocresía, manipular familias tan normales? Quiero que durmamos aquí los dos solos, pedir que se vayan todos. Mañana se amarán nuestros cuerpos. Y por favor, no cuentes más lo de los lobos, vos sabés que es puro cuento.   

lunes, 26 de agosto de 2019

LÍDER DIFERENTE



   Varias aulas tenían horas de clase, con el Profesor más alegre, histriónico, creativo y además con talento. No existía faltar al Colegio, a los que le dolía la cabeza, los agarraba de los tobillos y los tenía tres minutos perpendicular al piso y chau dolor. Al principio era un mareo placentero y después nos curábamos. Hacíamos quinta y los frutos y las hojas sustentaban un almuerzo nutricio.
   Teníamos turnos para limpiar la cocina y otros se encargaban de los pisos. Prescindíamos de Portera. El Ministerio de Educación lo premió con una medalla por su invención del libre albedrío pedagógico. Abolió las notas, todo teníamos siete.
   Los fines de semana lo extrañábamos, eran sus días libres, para estar con su novia. —¿Vieron los ojos del Maestro Tupac los lunes?, los trae entornados, la novia debe ser más jodona que él.
   Habla por celular en el recreo y es ella, porque se escucha: “Sí amor…, te lo juro, amor.” Todos dedujimos que la novia de Tupac, se llamaba “amor”.
   Hace tres años, él empezaba las clases llorando y no se podía detener. Todos estábamos tristes. Tupac no comía ni dormía, dedicaba el día entero a llorar. Fue la Directora y le preguntó qué le había sucedido. —Mi novia me dejó y este dolor me hace llorar día y noche.
   A esa altura no podía contestar, sólo lloraba. Como no dictaba clases, el Ministerio de Educación hizo saber que ese año lo dábamos por perdido, eso decía el Protocolo.
   Nosotros íbamos igual al Colegio, leíamos nuestros libros, unos a otros, dábamos exámenes frente al escritorio vacío y nos poníamos siete a todos.
   Un día de sol nos sorprendió, entramos a las aulas y el agua nos llegaba a las rodillas. Tardamos en darnos cuenta que no era una cañería rota como todos supusimos. Con el agua a la cintura, estaba Tupac, de sus ojos provenían lágrimas, con la fuerza de dos cataratas, quisimos sacarlo de allí.
   De a poco las lágrimas mermaron, Tupac se puso de pie.
   —Ahora les doy la primer Clase, necesitamos todos los secadores que tengan en cada casa. Nos van a quedar las columnas y los brazos, hechos pel…digo cansados.
   Mientras él pasaba el secador como un campeón de secado, hablaba solo, era natural después de tanto silencio.
   —Esa zorra de mierda, las cosas que me hizo pasar y yo le decía amor, a la traidora que se fue sin avisar y me hizo quedar como un boludo. Lloré hasta que me sequé y ahora quiero tomar toda el agua del mundo, para poder olvidar y a la turra putarraca, que se vaya a recagar.

domingo, 25 de agosto de 2019

SANS HONTE


  Fui contratada de acompañante por su sobrino.
   Mi trabajo consistía en contarle cuentos diferentes, todas las noches, antes de dormir. La mujer era adinerada, tenía una mujer para rascarle todo el cuerpo, por su cansancio de movimientos y un tropel de servidores para mantener el lugar y vigilar cualquier movimiento extraño. Ni bien me hicieron pasar, se puso ansiosa por saber de qué cuento se trataba. —Los cuentos son sorpresa, si no, no vale la pena leer, mi estilo es poco suntuoso y ecléctico.
   Me pidió que me sentara en una butaca de almohadones almidonados, ella tenía un camisón almidonado y luego de mirar cualquier detalle, tenía almidón. Hasta la que le rascaba, vestía una funda blanca y almidonada.
   —Sé que su nombre es Lola Mora, la escultura preferida de su Señora Madre, según contó su sobrino, le gustaba que la llamaran Lola. Mi nombre es Juana Azurduy, igual prefiero sólo Juana.
   Usaba una cinta negra de terciopelo, con una camelia blanca y el pelo todo junto con dos horquillas, que le daban aspecto de pirámide.
   —Lola, ¿cuántos años tiene usted?
   Se rió con el pecho que subía y bajaba. —Los que usted quiera, Juana, la verdad, que ya me olvidé.
   Esta mujer tan distinguida, alejó a todos los hombres, por su voz de mandato imperial y sus pedidos absurdos, como el que contó su sobrino:  "Un día tocó la aldaba  a su casa Monsieur No Sé, un maniquí vivant, con todo el savoir faire mundano. Luego de presentarse, le ofreció qué podría otorgarle, que no fuera un lugar común y Lola le contestó: —¿Puede usted quitarse la ropa de la cintura hacia abajo?, no tema, no le haré nada, es sólo para ver qué cosa tienen entre las piernas los hombres, que a las mujeres las vuelven locas y a otras desilusión.
   El francés comenzó de inmediato a quitarse la ropa, con mucho respeto y sigilo. Lola quedó prendada de la camisa que caía de sus hombros, con olor a déjà vu y el exquisito fular, que le rozaba la frente cada vez, intentando mirar lo que no podía con sus lentes, usó el monóculo de cristal, que siempre colgaba del cuello, le pidió al Señor No Sé, sin mostrar ningún rubor, que levantara su camisa y se corriera el fular, y dijo Lola: —Qué maravilla esas circunferencias de un color tanto más claro, que esa especie de picaporte que cuelga.
   Cuando Lola lo rozó con un dedo, se levantó como exigiendo algo más. Todos estábamos de espaldas y no queríamos ofender a Monsieur No Sé. —Por favor, Juana, alcánceme el alicate, quiero tener un recuerdo.
   Nadie imaginó que Lola cortara tres milímetros del prepucio.
   —Por favor, Juana, alcánceme un frasquito de formol, que tengo en mi mesa redonda. Será un recuerdo hasta mi muerte.
   Monsieur No Sé, quedó pasmado y no pudo bajar aquél picaporte sangrante, que tuve el honor de vendar con gasas blancas almidonadas. Se fue sin saludar a nadie, apenas podía caminar.
   —Mirá, el franchute cobarde por un apenas de menos. Bueno, al menos se fue mi intriga, la diferencia entre un hombre y una mujer, es que ellos tienen un pedacito más.  
   La anécdota corrió por toda la alta sociedad. Ningún hombre, ni el Jardinero, dirigió la palabra a Lola, mucho menos para pedir su mano.”
   —La Señorita se ha quedado dormida, tiene los ojos cerrados.
   —Pero estoy despierta y bien despierta.
   —Le pagaré más que a mi sobrino, su cuento fue una obra de culto, por favor, venga mañana, si le es posible más temprano. Traiga otro de sus cuentos, plenos de malas palabras, le será fácil, lo que más tiene este mundo, además de las guerras y hambrunas, son las malas palabras.

sábado, 24 de agosto de 2019

LA INVASIÓN DE LAS PALABRAS



   He leído los cuadernos de Cesárea.
   En horas no adecuadas, no comía, no almorzaba, me buscaban, pero me diluía. Iba a dormir con una candela encendida toda la noche.
   Desde que encontré los cuadernos de Cesárea, en el fondo de un sillón, molesto por lo rígido, nadie lo usaba. Semi oculto en un cortinado empolvado. Cuando los descubrí, pensé que había encontrado los secretos de la vida. No los de Cesárea, los míos. Era ella la que escribía y yo le contestaba con palabras pobres, gastadas, imitando poetas olvidados. Cesárea resucitaba en mis cartas. Buen susto me llevé cuando vi su perfil dibujado en un cuaderno de Cesárea. Cuando escribí mi siguiente página, le devolví mi perfil casi idéntico al suyo, pero yo llevaba peluca de hombre.
   Escribió que de niña, trabajó de esclava en mi casa, cuando se iban los hombres, que algún aprecio le tenían, le daban unas sandungas, porque en su cuerpo moraba el diablo, que era capaz de matar a todos juntos, o si no, de a poco a todos.
   —No es posible que creas en semejantes falacias, sos un buen chico, inteligente. ¿Por qué, Guillón haríamos eso?, si Cesárea era la alegría de nuestra casa, la dejó su propia Madre, que se fue con un hombre que no quería tener un hijo y encima mujer.
   Cesárea inventaba cosas ensoñadas y absurdas, consultado el mejor Galeno de la comarca, sugirió aquel regalo, un cuaderno con un lápiz, para escribir lo que le diera en gana inventar.
   Los cuadernos de Cesárea, numéricamente, crecían con su edad.
   En una última carta le preguntó a Guillón, si no quería acompañarla, en ese trayecto, que presintió como final. Guillón le contestó que la seguiría hasta que ella quisiera, y él se atreviese.
   Él bordeaba el río por las mañanas, su cabeza repleta de Cesárea, podía descansar, desayunar con su Madre, que siempre respetó sus ausencias.
   Un atardecer, de ver cosas que no existen, la vio a Cesárea caminar por el río y con el cuerpo agotado, sentarse en una tumba cualquiera.
   Guillón le tuvo miedo a la imagen, la propia Cesárea era él arrastrando un bolso imprudente, hasta donde divisó a la mujer. En cuanto él se apuraba, Cesárea se iba en neblinas sedosas, que tapaban de a poco su imagen. Guillón se sentó en el mismo lugar que Cesárea, abrió el bolso esperando los cuadernos de Cesárea, pero en realidad, allí no había nada. De pronto Guillón sintió un gran alivio. Mañana será otro día y con suerte, un día diferente.  

viernes, 23 de agosto de 2019

¿CÓMO?



   Nosotros queríamos conocer el mundo ¿cómo nos van a hacer parir a los trece años?
   Las dos Madres, exóticas, vanidosas, como los nombres que nos pusieron. Ambas viudas por accidentes en ruta. Se pusieron de acuerdo ni bien desarrollados, el mismo día, a la misma hora y en el mismo lugar. Un Médico, amigo y jodón, les dijo la forma que daría resultado, o no, era la fecundación in vitro. El jodón se reía porque no lo podía creer. Se necesitaba un óvulo de Gotera y un esperma de Buster, en el otro caso un óvulo de Kit y un esperma de Sapringo.
   Las fecundaciones se realizaron en la Clínica De La Luna, a las doce de la noche, el mismo día, el 12 de Noviembre. El deseo de las Madres les fue otorgado. La Clínica quedó asombrada, parecía un milagro. Tanto Kit, como Gotera, quedaron tristes y no entendían lo que había sucedido. Seguían jugando con sus muñecas y las Madres entregaban los bebés a la hora de mamar. Las niñas aprendieron algo más, les daban teta a sus muñecas preferidas.
   Cuando cumplieron dieciséis se les brindó una gran fiesta, con los maridos incluidos y perplejos. Las Abuelas les decían que disfrutaran sus hijos y brindaron por ellas y los Padres de aquellos, casi niños, que las miraban con odio, por haber elegido a ellos. En un entrechocar de las copas, una gritaba: ¡Cómo no las internaron! Esa locura que arruinó nuestras vidas, nos privaron de juegos, de amores, de viajes y muchas, muchas, cosas más. Como no completar nuestros estudios, porque en el Colegio nos señalaban, quedamos solas de amigas, mientras mentían historias de nuestras vidas. Pero ustedes son Madres crueles y perversas, tienen veintiséis años y pasean los cochecitos jactándose que los bebés eran de ustedes. Nosotros íbamos detrás. Cuando nos abandonaron nuestros maridos, demandamos a nuestras Madres y los niños nos fueron entregados. Jugábamos con ellos como si hubiéramos crecido juntos y seguro que así fue.
   A nuestras Madres las mutilamos para siempre. De los Padres niños, sabemos que viven en Australia, ambos casados, con hijos. Cambiaron sus nombres y apellidos.
   Olvidaron aquellos pedacitos de amor.