miércoles, 8 de enero de 2020

REDITUABLE


   Entra con la frente plegada, se escucha cómo el mentón aprieta los dientes, tiene los ojos de acero gastado y la boca una sola raya seca. Cuando terminó de pasar: —Escuchame bien, de la puerta para afuera, dejaste la selva mugrienta del laburo y de la calle. De la puerta para adentro, tenemos que sonreír, inflar los cachetes y reírnos hasta que nos falte el aire, andá a lavarte las manos, la cara y los pies. Hay una sorpresa que me llevó varios días ocultar. Como te vas cansado, llegás cansado y te acostás boca arriba, como un muerto, no ves nada. Eso no importaría, ni siquiera te das cuenta de mi presencia, Roberto, ¿entendiste mi descripción?
   Pobre Virginia, tiene razón, ella siempre está contenta, toca el piano, canta sin desafinar, habla sola con cualquier personaje inventado. Y yo soy un estropajo, a veces me gustaría darle una alegría, pero cada vez que empiezo, ella me para el carro en la mitad.
   —¿Sabés qué pasa, Roberto? Ahora soy yo la que no tiene ganas. Sos aburrido en tus métodos y me quitás la alegría de pensar que tal vez, un día…quiero que veas esto.
  Abrió las ventanas de la casa circular, que daba a un jardín circular, rodeado de plantas raras, que acariciaban el suelo y la cabeza. Hizo construir una pileta de quince metros de diámetro, el fondo iba de los tres metros a los cinco metros de profundidad.
   Roberto se quitó la ropa y se tiró de cabeza, apareció del otro lado, con flequillo de niño.
   —Sos una genia, Virginia, vamos hasta el fondo y nos damos un beso sopapa, como el primero.
   Cuando llegaron a la superficie, descansaron en unas colchonetas que compró Virginia. Ella había diseñado la casa redonda, de una arquitectura talentosa, las ventanas eran redondas. El escritorio, la biblioteca, el baño, el dormitorio, todo todo tenía 360°. De pronto le llovieron proposiciones de trabajo de casas redondas.
   —Roberto, me retardé, el trabajo no me permite organizar mis horarios. Te cuento porque, hace tanto que convivimos, sos mi mejor amigo. Debo discutir algo que me viene sucediendo y sé que te va a alegrar. ¿Sabés quién es mi primer ayudante? Quiso que yo fuese su mentora, ni bien lo vi me acordé, fue mi primer novio, pero no pasamos más que de besitos, no se usaban las relaciones íntimas si no estabas casado. Él me largó por una audaz que tenía buena disposición y ejercía su sexualidad. Él, después de tantos años, trabajó en casa, en la pileta, eligió el color de las malaquitas y es tan creativo que cuando inventó una zona térmica, quiso que la probáramos juntos, dijo que así nos pondríamos al día, con el tiempo perdido, en nuestro casto noviazgo. No sabés lo que es ese hombre, entró tantas veces en mí, disfruté como nunca jamás. Te invito a que mañana, nos mires como si tomaras un curso de instrucción, digamos. Él dijo que sería una experiencia interesante, que descansemos los tres en la cama redonda y hagamos en seco, lo que hicimos en el agua. ¿Qué te parece, Roberto? ¿No es un genio?

martes, 7 de enero de 2020

SALÍ BIEN VESTIDA


             Los negocios sacaban sus insumos a la vereda, poniendo en riesgo al peatón, querían vender, te llamaban con la mano o te ponían el producto tocándote las pestañas. Los autos, apurados chocaban al de adelante y el de atrás chocaba a los dos. Viene un camión de dos plazas y sin frenar los choca a todos. Un Río de La Plata dobla con luz roja y al poner los frenos, entra en un comercio y sigue hasta el fondo, donde hay bolsones de droga. Los dueños de todos los negocios, se quedan sin un mango para pagar los sueldos de los empleados.
   Frente a tanto desbande, Fedora vio, entre dos camiones, a su amiga Isadora. —Estoy corriendo peligro de vida, Fedora, ayudame a salir, porque entre estos dos camiones Juncadella, me harán sanguchito.
   Fedora estaba gorda y no entraba para darle una mano a su amiga.
   —Vos venís de la familia Duncan, expertos en saltos inmortales, tomá impulso desde algún motor, yo te espero y te sostengo, pero apurate, porque viene un Policía desubicado, para pedirme documentos.
   Isadora cayó en los brazos de Fedora, que era fuerte porque hacía pesas desde los tres años. Subió al techo de un Juncadella alto y blindado. Por agradecer, Isadora le besó la boca un rato prudencial. Fedora quedó paralizada, no sabía que su amiga era gay. Le dio impresión. Pero siguieron sobre el techo de Juncadella, que prendió una sirena implotante y tomó por la Ruta 226. Isadora se deslizó hacia el parabrisas. —¿A dónde vamos?, por favor!
   El chofer le contestó que si no fuera por el peso de ellas, ya estarían en alguna playa. Cuando las chicas miraron para atrás, había una fila de autos, tan larga que tapaba el horizonte. Cuando dieron vuelta para adelante, había kilómetros de autos, se produjo un choque múltiple, con muertos sangrando por las ventanillas.
   Isadora y Fedora, sacaron los heridos de un todo terreno y cruzaron un campo obviando los alambrados. Cuando llegaron a Pinamar, salieron del todo terreno y zambulleron sus cuerpos en el mar.  

lunes, 6 de enero de 2020

EL SEÑOR PERFECTO


   Un reloj biológico me trata como un robot, salgo de la cama, corro al baño, abro, la canilla, mientras se caliente bajo a poner la cafetera y dos tostadas grandes. La ducha lleva 3 minutos, bajo en bata y llego justo para que el café no hierva y las tostadas no se quemen.
   4 minutos para el desayuno. Ya me sequé, la bata se encargó. Tengo la ropa preparada en el sillón de la puerta, empiezo de arriba para abajo, camisa, corbata, calzoncillo y pantalón, medias y mocasines, 5 minutos.
   El auto me espera abajo, tiene mi maletín y los expedientes para repartir. Aprieto el botón y estoy adentro. Me peino de memoria, con un peine que adhiere con un imán al costado del asiento. 6 minutos.
   Salgo del garaje, con el motor en marcha. El Ministerio queda en línea recta, desde donde salgo. Tengo todo controlado, el primer semáforo está en verde, sigo en la onda verde. En el portón del Ministerio, tengo un lugar asignado para el auto, que continúa la onda verde. Desde que salí de mi depto, 7 minutos. Le puse, de memoria, en total 25 minutos.
   Entro en mi Despacho, luego de cuatro “Buenos Días”, a esperar a los chabones que tienen que venir, cada uno, por un expediente diferente. A esta ceremonia le puse 4 minutos. Comenzar a trabajar, de la cama, hasta el Despacho, costó 29 minutos.
   Ésta es mi tarea, desde hace veinticinco años. Tengo una Secretaria, que aparece a media mañana, con un café, toma los expedientes de los chabones, que aún no los retiraron y cuando se va y miro ese culo bamboleante, me adelanto y cierro el Despacho con llave.
   —Doctor, no tengo tiempo para nada.
   Me aflojo la corbata y desprendo el primer botón.
   —Susy, ¿y si nos echamos un rapidito?
   Ella lo aceptó como una orden cotidiana, desde hacía quince años. En la mañana del día nueve de Enero, me miré en el espejo, contaba con cincuenta años de robotización. Había trabajado catorce horas por día y la cara que vi reflejada, era el retrato de un hombre esclavo, de un reloj biológico que me comió la vida de lunes a viernes y el whisky me bebió sábados y domingos.
   Miré hacia el generoso balcón y tomé la decisión más sensata de mi vida. Como cualquiera sabe, a los hombres poseedores de un reloj biológico, que los trata como un robot, la sensatez los duerme incrustados en el asfalto.

domingo, 5 de enero de 2020

LOVE BY LOVE


   La quiero porque la quiero y siempre la voy a querer. Estoy en esta esquina, esperando los ruidos de sus muletas y ella caminando despacio. Los Padres no quieren que estemos juntos, tiene que ver que soy pobre como una rata, piensan que soy una bestia, que voy a sacar provecho de sus condiciones.
   Todo esto me lo imagino, a mí me saludan amables, hasta a veces concluyen en una sonrisa. Un día me invitaron a tomar un té especial, con unos scons, que preparó Julieta. Le gustaba cocinar cosas dulces para mí. En las caminatas por la tarde, sacaba de un bolsillo grande, bombones suizos muy pequeños, en una cajita de flores pintadas con sus manos hábiles.
   —A mí me gustan los bolsillos, tengo todo lo que necesito, me hice uno chico cerca de mi corazón, otro en la cintura, ése sí que es grande, como verás. El contenido no te lo muestro porque me humilla un poco. Llegué a la conclusión que las carteras son un objeto más, del cual debo hacerme cargo. Amo los bolsillos desde antes del accidente.
   Ya le tenía fichado los bolsillos y ahí descubrí su talento. Los perfiles de Julieta me hacían cosquillas en la panza.
   —¿Sabés que el Señor cubano, donde es el Centro de Rehabilitación, dijo que si aceptaba media hora más de masaje en mi pierna, me invitaba a tomar un helado? ¿No es buenísimo? Ernesto, Ernesto, ¿escuchás lo que te conté? Ya sé, te dieron celos, pero él es un viejo, tiene casi veintitrés años. Además es negro y comunista, o algo así.
   Es una chica complicada, dice que gracias al Cubano, dejó las muletas. Ahora camina apoyada en mi brazo. Todavía le cuesta. Es tan cabeza dura, que no quiere ir más al Centro de Rehabilitación.
   —Me trata tan bien que me confunde, me hace rotar las rodillas y si yo pego algún “Ay”, para distraerme, sus masajes son tan suaves, que me pone la piel de pollo. Describe unas playas de Cuba y esas palmeras que tanto me gustan, me mostró fotos de mares transparentes y arenas de seda. Vi una casa enfrente de una playa y me invitó, cuando él cumpla su práctica aquí. ¿Sabés que se llama Ernesto como vos? Me acompaña hasta la puerta y me ruega que siga yendo, ¿te acordás que yo había decidido no ir más? Pero desde que cumplí los dieciocho, no me parece tan viejo veinticuatro. Siento que me gusta como vos, pero es diferente.
   La escucho y me dan ganas de matarla, algo cambió, antes de llegar a su casa, ella empezó a darme besos y a decir que me quería. Después sale corriendo, la rehabilitación dio excelentes resultados. Julieta es imprevisible, me mostró dos pasajes a Cuba y su Pasaporte.
   —Nos vamos a Cuba, Ernesto, no le vamos a decir a mis viejos, porque son máquinas de impedir, ¿no te parece?
   Me pareció una audacia, yo tendría que renunciar a mi laburo. Pero gracias a unos ahorros y si los pasajes los compró Julieta, me alcanzaría perfecto.
   —Me encanta viajar con vos. ¿Y cuándo querés que nos vayamos?
   Se soltó de mi mano.
   —Estás confundido, o yo me expliqué mal. Voy a Cuba con Ernesto, sucedió, cuando me di cuenta que lo quiero, porque lo quiero y siempre lo voy a querer.

sábado, 4 de enero de 2020

¡DIOS EXISTÍ!


   Yo no sé si Trump es despiadado, fronterizo, pero leí que buscaban gente joven para pelear en Irak.
   —Este año terminás tu Carrera de Medicina y veo en tus ojos, la remota posibilidad que te anotes en la contienda.
   Ramón se había postulado como soldado, en la Embajada de EEUU, le interesaba trabajar como Médico y fue aceptado. Le dijeron que le pagaban en dólares, una cifra interesante.
   —No te vuelvas loco, pero me anoté como soldado en Irak.
   El Padre lo miró a Ramón y se remontó a la infancia de su hijo, le enseñó a disparar todo tipo de armas. Salían de caza y Ramón mostraba una habilidad que hacía sentir a su Padre un idiota.
   Si hubiera sabido que Ramón era capaz de meterse en el medio de una guerra, le enseñaba carpintería.
   “Querido Padre: Ya estoy aquí, no hay un árbol ni un yuyito. El verde sólo existe en el uniforme de los soldados camuflados.
   Me dieron tareas de salvamento, tengo a cargo diez carpas de soldados heridos acostados sobre lonas. Hay un equipo de venezolanos, que se ingenian para atender personas, casi agonizantes. Los sacamos con elementos inventados, cirugías rápidas y una asepsia elemental. Caen bombas a cualquier hora. Cuando se van quedan personas destrozadas. Ese momento es el más bravo, hay que elegir, no tenemos tiempo de discutir, nos ocupamos de los más enteros. A veces se trata de suturar y envolver con trapos más o menos limpios, que nos acercan las mujeres, son pocas pero excelentes trabajadoras.
   Padre, me despido, tengo que presentarme urgente. Te quiero.”
   LO QUE FUE UN DIARIO
   “Los nuestros hicieron explotar un camión de los nuestros, cuando cambian el color del camuflaje, ocurren estas cosas absurdas. Llevo arrastrando tres de las camisas, veo a mis amigos entre humos, tienen una camilla, son privilegiados, ahí amontonaron a cuatro flacos.
   Ahora miro a dónde pongo estos tres, que por suerte o por desgracia, están conscientes y vivos. Encontré una lona que fue blanca, ahora tiene mugre de toda índole. Los ubico de a uno y dejo algunos espacios, para poder trabajar.
   Viene una de las Mujeres que provee vendas blancas, de dónde sacan el agua, es un misterio, pozos naturales, dicen algunos, pero yo nunca vi ninguno. Saco de la mochila un bisturí y unas pinzas improvisadas, es canadiense, se banca los tajos, no tuve salida. La otra que me quedaba era amputarle una pierna, le di varias vueltas apretadas, con las vendas que trajeron. Tenía inyecciones de morfina y detuvieron su dolor.
   Pasé al que estaba al lado, la herida principal era en el estómago, sólo me fue posible meterle las tripas y coserlo. Le di la última ampolla de morfina que me quedaba. Ése era yanqui y me pidió que le avisara a su familia, que lo irían a buscar, el pobre tipo deliraba, yo le decía a todo que: OK.
   Me pasé al tercero, tenía pulso, pero perdió tanta sangre, que no pude hacer nada. Quiso hablar, pero murió antes.
   El campamento, era más un pedazo de tierra, con soldados muertos por todas partes y sangre, mucha sangre. Encontré a las Señoras de las vendas, acribilladas. Rescaté las vendas, pero no supe por dónde empezar. Sentí algo caliente en mi espalda y fue demasiado tarde, no sabía ni dónde estaba, todo me daba vueltas…”
   Al Padre le llegó un auto, con un Señor de Civil y una carta sellada:
   “Lamentamos comunicarle, que su hijo, Ramón Ponce de León, ha perdido la vida…”
   El Viejo salió a la calle al grito de: “Trump asesino, yanquis de mierda. ¡Ramón, mirá lo que te hicieron!”
   Tres vecinos lo llevaron a un Centro Psiquiátrico, donde hace cuatro años, que trata de reponerse.   

viernes, 3 de enero de 2020

CÓMO ERA?


   —Disculpe, Vecina, con este viento se me ha volado un calzón del tender. ¿Puedo pasar a buscarlo? -Si supiera que lo inventé-.
   La Vecina la miró con descuido de ocupada y le dijo que sí, que pasara. Ella fue displicente y destendió un corpiño con puntillas y un calzón, hilo dental. Lo hizo un bollo, agradeció y se fue.
   Qué sucia que tiene su casa, con razón la limpiaba y no paraba. De esa casa venían las ratas que invadían mi jardín.
   —¿Vos sabés lo que pasó? Salí del garage con el auto, para ir al trabajo y la vieja de al lado, me sacó las llaves, previo: “¿Me permite?” y se fue en mi auto a máxima velocidad.
   —¿Y vos qué hiciste?-Preguntó su Mujer con plumero en mano-.
   —Me fui caminando al laburo y lo busqué en el centro, en los estacionamientos, en lugares Rapi-Pago, no lo encontré, ni al auto ni a la vieja. La iba a denunciar, pero después pensé que el auto no tiene papeles, con tanto ajetreo de los aumentos, me olvidé. Recurrir a la Policía, ni en pedo, tuve miedo que me hicieran una multa.
   Tocaron el timbre. —Qué suerte que estás, querido, la Mujer que tomamos, todavía trabaja de Sirvienta. Es vieja, tiene auto y limpia dejando la mugre debajo de las alfombras. Al baño le echa lavandina y un chorro del perfume importado, que me regalaste. Del dormitorio dijo: “Señora, no vale la pena tender las camas, si a la noche las van a deshacer.”
   Apareció sin avisar. —Eso no es problema, sos tan buenmozo, aunque seas pobre, que a la noche nos acostamos sobre la alfombra, tiene tanta tierra que es blandita. Dormimos cucharita y si te da para otra cosa, que sea sin estruendo, la tierra vuela y la Vieja trajo ratas, las tiene en el jardín. Pero no me gustaría despertar con una rata entre mis piernas, pensando que sos vos.
   —Mire Señora, no sé qué le pasa, usted es nuestra Vecina, se confundió de Marido, de auto y de profesión.
   —Yo pensé que era dentista. 
   Le voy a pedir que me deje explicar.  Pido por favor que no lo difunda, mi trabajo es robar autos luego se los llevo a la Policía, que los desguaza y de ése hacen dos, a mí me pagan la mitad de uno. Son unos explotadores. Perdí la memoria, hago lo que puedo, tengo tres hombres en casa, e ignoro cuál es mi Marido. Por cualquier reclamo, yo me acuesto con los tres. Son muy jóvenes y pretenden cosas de mí, que no estoy acostumbrada. El otro día, le hice el desayuno a uno y me dijo: “Vos sí que sos rápida para los mandados”. Al final les doy lástima y me regalan ropa For Sale, bien ajustada. El primero que elogió mi experiencia, me habló con sinceridad: “Usted se llama María, como todas las Sirvientas”. Me dio cólera y le contesté: “Yo no soy ninguna Sirvienta, perdí la memoria, ni sé cuántos años tengo, dónde queda mi casa y quién es mi Marido. Hay Mujeres indignadas, porque les hago el favor a sus amantes y luego ellos, no tiene ganas de nada”.
   —Mire, María, comprendo su descontento, pero usted saca provecho de todo. Yo soy Psicólogo, la puedo atender tres veces por semana, seguro lo suyo, tiene cura. Recordará dónde vive, con quién se casó, cuántos hijos tiene, ¿y sabe cuál será el resultado? La va a matar el aburrimiento. Hay una opción, puede aceptar el Alzheimer y dejarse llevar por las sorpresas que depara el olvido.

jueves, 2 de enero de 2020

COMÚN Y SILVESTRE


   Durante las fiestas, mi amigo Alberto y yo escapábamos de nuestras casas. Recorríamos iglesias vacías de cultos diferentes. Nadie se percataba de nuestra ausencia, las familias tomaban hasta el año que viene, se peleaban, se abrazaban y hablaban en lenguaje etílico.
   Sentíamos que los bancos largos, bendecían nuestra presencia. Allí nos íbamos, queríamos estar con nosotros, un silencio propio que sólo compartía con mi amigo Alberto.
   Tenía otros amigos, que después pretendían cumplir funciones de novios. Traicionar la amistad. Con Alberto jamás sucedió, era mi amigo. Hacíamos Teatro juntos. Admiraba sus trabajos y sus críticas. La adolescencia es traidora, empecé a preguntarme por qué no me avanzaba, para él soy fea, el Teatro no es lo mío. No tenía tetas, mil razones.
   Esperé un tiempo prudencial, fijado por mí misma. Toqué la aldaba, no había timbre, me hizo pasar su hermana al dormitorio. Estaba tirado en una cama, leyendo sus libros que me importaban un bledo, hasta que él me enseñó los significados de Marx, Engels, Trotsky. Acosté mis huesos sobre él, besaba raro, en cuanto a lo otro, tenía faltantes importantes. Él me decía “Talón de fuego” y me anunció que mis tetitas habían crecido.
   Le dije que ya era mi hora de volver, no sé adónde, pero ya se me ocurriría. Fui a lo de su amigo Miguel. Vivía en un entrepiso sin baño, iba a mear al Bar de la esquina. Lo hicimos de una, el primero es siempre raro, después se aceitan las bisagras y es casi una fiesta. Acá se suspendió, aparecí al día siguiente.
   —Sería prudente que fueras al Gineco, tenés hongos, herpes o algo más importante. Anoche me miré y mi pito parecía un tomate, con minigusanos. Avisale a Alberto, vos debiste ser su primera relación.
   Tomé un taxi, le dije lo de Miguel.
   —A mí no me importa, igual quiero que sigas conmigo, él acostumbra el touch and go.
   No me dieron ganas ni de besarlo, prometí que la otra semana le contestaba. Estaba obsesionada con Miguel y dije que a Alberto no lo quería ver más. Le conté lo de la semana que viene.
   —¡No! ¿Sabés por qué? Le dejaste una lucecita de esperanza. Es un tipo impecable, no sé cómo pudiste, le creaste falsas expectativas. Acá no vengas más.
   Me atendió nuestro Médico de cabecera. Lloraba, me dio vergüenza.
   —Mostrame, yo no le diré una sola palabra a tu Padre, lo juro.
   Puso cara de preocupación.
   —Tenés una infección que ocupa todo el útero, te voy a dar una inyección y estos óvulos. Guardá cama y decile a tus Padres, que te duelen los ovarios. Venite dentro de ocho días.
   Me curé, aparecieron otros tipos, pero ya eran relaciones de un mes, seis meses, cuatro años. Ahora tengo setenta, quise anotar en un cuaderno, los nombres de mis amigovios y cuando parecía que estaban todos, entraba en mi memoria, que faltaban unos cuantos.

miércoles, 1 de enero de 2020

RECUPERACIÓN


   “¿Por qué festejan en el campo? Usaron las cuatro galerías, las rodearon de cortinas de liencillo, para que el sol no se siente en nuestras cabezas. Las mujeres no tenían problema, sus sombreros de pomposas alas anchas, con plumas y cintas para moños bajo el mentón, las protegían de las brisas. No opinaba porque los niños no podían opinar.
   Doña Encarnación es dueña de todo el predio, hasta el horizonte y más. A nosotros nos invitó porque Juan Manuel fue con su hija a Londres.
   —Vos, Margarita, tenés miedo, no me soltás el brazo, nos dijeron que a las doce, habrá explosiones de fuegos de Bagdad, a los animales los asusta y pretenden ocupar todos los graneros. Pero vos no sos un animal, Marga, escapale al miedo.
   Ella se ofuscó quitó el brazo de Honorato y una cortina oportuna, tapó su figura, que luego apareció de espalda, con ese rodete distinguido, sobre su cuello de cisne. Ahora tenía el ceño relajado y miraba los bosques con sus niños jugando al gallo ciego.”

—¡Corten aquí, por favor! Hay errores garrafales, es la época de Rosas, eso está bien. Cuando huyó a Inglaterra, fue de cagón, porque lo iban a matar. Yo sé que éste es un lugar para que ustedes se expresen. Ayuda contra las adicciones a las drogas, al alcohol y todas esas porquerías. Tienen aspiraciones de cineastas, quisieron hacer su película y les dieron un presupuesto. Me da bronca que lo desaprovechen. Es un disparate pretencioso, hasta ahora lo que han hecho. Pero no todo es un desastre, hay hallazgos, como las cortinas que cubren y descubren los sombreros de las mujeres, los menores, que no tenían derecho a opinar, eso está muy bien. Buena iluminación, la idea del campo fotochopeado da en el clavo. Pero no se pueden meter con un tiempo que no conocen, los a veces mal llamados próceres. ¿Alguno sabe de Historia?, nadie, y se les nota. Están desperdiciando material. Les propongo una tarea, rescatar alguna cosa que sirva, la trasladan a una época más cercana a ustedes, la década del setenta, por ejemplo. Se pueden informar leyendo, no por internet, por libros, hay testigos vivos. Rescaten, discutan y aprendan a podar todo lo que puedan. En Cine, opino, que siempre es mejor que falte a que sobre. Les doy una semana. Esto no es un largo metraje, es un medio, o para ser sinceros, un corto. Lo importante es lo que no se dice, abre puertas para ustedes y para los espectadores. No quiero que me pregunten nada, hagan.  

martes, 31 de diciembre de 2019

BALANCE


   La madrugada llega pronto en el Fin de Año y si hace calor, hierven nuestros poros, los muchachos llegaron con el vino puesto, se quedaron cortos y vinieron para acá, ellos saben que los quiero desde que nacieron. A veces sus Madres me los dejaban, porque en la metalúrgicas no había guardería, esos inventos modernos, que son para la comodidad del esclavo, o del laburante que hoy por hoy es igual.
   Se sentaron en la mesa del pasillo, donde corría cierto fresquito.
   —Tito querido, como siempre, en esta fecha, venimos a completar lo que no alcanzó en nuestras casas. Traé vino tinto del mejor, por ahora dos botellas es suficiente.
   —Boby, te acordás de esas dos minas que no nos daban bola? Y a nosotros nos gustaban más, porque no nos daban bola…y mirá después en qué terminó.
   Fito pensaba en Raquel y su maravillosa inteligencia, que la hacía hermosa a pesar de ser un esperpento. Decía cosas raras, absurdas, pero que acertaban en nuestras neuronas y dibujaban una realidad que desconocíamos.
   Silvia estaba buena, era vanidosa y superficial, bailaba como una Diosa, la gente decía que se acostaba con todos. Boby le contó, eran amigos, Silvia dijo que para todos no le daban los tiempos.
   —Yo creo que nos equivocamos de mujeres, perdoná que te confiese, estoy en pedo. Es sano quitarse la máscara, justo el último día del año. Yo me casé con Silvia porque sabía que a vos te gustaba y mirá después lo que pasó. Sabés que aunque quiera, no me lo perdono.
   —Bueno, ya que estamos, la elegí a Raquel, porque pensé mal, imaginé que te gustaba, siempre competimos, desde los triciclos hasta en las conversaciones con otra gente. Fue un garrón, en la fiesta de Artemio, fumamos, tomamos y algunos desmayaron, ahí aproveché y me cojí a tu Mujer.
   Fito no quiso escuchar, Silvia quedó embarazada de su mejor amigo. Nunca le dijo nada, hasta que en una discusión de romper todo, ella le murmuró al oído: “Nuestro hijo es de…no te hagas el boludo, vos aceptaste porque no podías tener”.
   Boby lo miró y dijo sarcástico: —¿Sabés que Raquel se enamoró de vos y pasó igual? Mintió un hijo que es tuyo, o era. Raquel tenía  códigos, después de lo sucedido, vive en Puerto Rico y estudia no sé qué. Eso le impide ver a nuestro hijo. Raquel es un freezer. Ni pregunta por el hijo cuando llama. Me pregunta por vos y cómo estás viviendo lo de Silvia. Mirá si será zorra, ella sabe lo que pasó con su mejor amiga.
   —Chicos, voy a cerrar, les traigo dos copitas de grapa española. Quiero que sepan, que no conozco jóvenes tan amigos como ustedes dos. Debiera contarles algo, pero, mejor lo dejamos así. Ya es Año Nuevo, no vamos a empezar amargados.   

lunes, 30 de diciembre de 2019

BROCA


   —La Sra Mecha, vino a visitarla, ¿la hago pasar?
   Amparo me habla, no escucho lo que dice, hago un esfuerzo y ella dice, me doy cuenta porque mueve la boca y hace gestos absurdos para despertarme.
   Presto atención, no escucho nada, entra Manucho con cara preocupado, habla a los gritos, tira mis libros apilados. Pero no hay caso, no escucho nada, ni los sonidos potentes de la calle, ni la vecina que habla a los gritos.
   —Decime Amparo, ¿podés ir a la Farmacia? Pediles algo para abrir mis oídos.
   Trajo gotas que no me hicieron nada. Entró Mecha y me hablaba, o me parecía o no sé. Me subieron al auto de Mecha y me llevaron a una Guardia. Manucho me abrazaba, sentí algo placentero, un inmenso espacio de silencio.
   El Médico entró como un ciclón, seguro por nuestro apellido, sin un mango pero con un prestigio, que nadie sabe cómo empezó. Me levantó Mecha y me acostó en un sillón de respaldo de muchas posiciones. Vi al Doc, acercarse con sus instrumentos y le señalé papeles y una lapicera, donde escribí: “Doc por favor, escriba lo que Ud ve, porque el dolor me está matando.”
   Me revisó ambos oídos y contestó con inmediatez, con esa letra infame de Médico, pero me alegré, porque con esfuerzo entendí lo que escribió: “Sra, le pido que tenga paciencia, pero no le voy a andar con vueltas, sus oídos tienen el tímpano perforado, el oído medio y el interno, se encuentran lastimados, como si fuera con intención, tienen un sangrado importante. Le colocaré estos tapones”.
   Manucho y  Mecha, querían explicaciones mientras el Doc cerraba los labios apretado. Noté que les pidió que se retiraran.
   “Ud toma psicofármacos, ¿son recetados?”
   —Me los prepara un amigo, el único que tengo que es de fiar, cuando la tristeza me come el alma, se nota que siempre tiene hambre, recurro a las pastillas, me quedo en estado Alfa y mirando desde el sillón, comprendo que tomé casi un blíster.
   “Sra, yo pienso que su sordera es absoluta y no tendrá solución, le voy a dar el nombre de dos eminencias, tal vez ellos…pero tal vez”.
   Todo lo que hablamos y las tarjetas eminenciales, las escondí dentro de la cartera. Cuando salí del consultorio, Mecha parecía darle consuelo a Manucho, sosteniendo sus manos agitadas.
   Fui al Sanatorio, donde atendían los prestigiosos, estaban ambos esperando. La historia de mi apellido, otorgaba privilegios, además de la información del Médico de Guardia, que había tenido una charla previa.
   Con una tecnología complicada, me realizaron varios estudios. Mis dos tímpanos habían sido penetrados por un taladro de brocas muy delgadas. Fue una práctica realizada sobre mi persona anestesiada.
   Todo lo acontecido fue explicado y dibujado en una pantalla, también el diagnóstico y los medicamentos para calmar mis oídos. Me dieron un turno para la semana siguiente. Adelantaron que no existía ningún tipo de operación, para reparar el daño que fue absoluto.
   Llegué a casa, a paso lento, buscando lugares con los ojos. En el hall de entrada encontré a Manucho y Mecha, en situación de besos plenos. Fui a buscar, de inmediato, el taladro al garage, le puse la mecha más gorda que encontré. Quité los zapatos para que no me escucharan, qué ironía, les taladré las espaldas y me dio risa verlos como dos coladores. No lloré mi estúpida ignorancia.

domingo, 29 de diciembre de 2019

DOBLETE GENEROSO


   No sé si podré escribir con esta birome de mierda. Me olvidé de comprar y tengo una historia para escribir, cuando se termine la tinta voy a tener que abandonar:

   Era la madrugada y Gabriel no estaba, se fue en puntas de pie, para desayunar con Piera. La había conocido por la calle de su trabajo. Ella era pálida como la nieve, pero tenía una sonrisa que invitaba a la charla desprolija.
   —No podré desayunar con vos, se pasó la hora, tengo que ir si no pierdo mi turno.
   A Gabriel le disgustó, por excederse de tiempo, escuchando a Piera. A él lo contaban como ausente y entraba en la lista de los próximos diez echados. Su Mujer trabajaba todo el día y no le quedaba tiempo para preocuparse del despido de Gabriel.
   El tercer lugar fue para Piera, como no asistió sería atendida mañana. Se sentó en la puerta, esperando que la nieve calmara su oficio de nevar y pudiera caminar.
   Gabriel la encontró de nuevo: —Te veo mucho más pálida y la boca la tenés azul, sería un placebo invitarte a tomar un capuchino, un café o lo que quieras.
   Este tipo es comedido, merece mi respuesta: 
—Cualquier cosa que ingiera, la vomito a los tres minutos, mi única esperanza es llegar a tiempo para la quimio. Me alivia estos dolores, aunque sea hasta mañana.
   Salió corriendo una senda, con sus patines, él la vio entrar y esperó ver cómo desaparecía entre tantos pasillos cruzados. Fue hasta la Recepción.
   —Quisiera saber el lugar de una paciente llamada Piera. Sé que se hace quimio. ¿Tiene cáncer?
   La mujer lo miró como a un bicho raro. —Mire señor, aquí no brindamos ese tipo de información, guardamos la privacidad de todos los pacientes. Piera es una entre un montón, que lucha hace más de diez años y éste es su último recurso. No tiene dinero para que la puedan operar de un tumor, que no crece, pero está. Le alivia venir acá, escuchando otras historias. Gabriel quedó pegado con la noticia que Piera podía operarse. Corrió al Banco y sacó sus ahorros de veinte años de trabajo.
   El Médico que le asignaron a Piera apareció una mañana y le contó que alguien anónimo, había donado el dinero para la operación. Ella, refulgente preguntó quién había tenido ese gesto inesperado y generoso, se dirigió a la Recepción.
   —Lo único que puedo decirte, por haber recibido yo el cheque en mano, es que vestía una parca verde, era alto, con un sombrero que le cubría los ojos.
   Al ser primera en la lista, le fue otorgada la operación gratuita. Salvó su vida y la festejó por dentro. No quiso que otros enfermos cayeran en estados depresivos. Alguien le alcanzó la dirección de Gabriel. Pudo prescindir del cheque, lo puso dentro de un sobre que en su portada firmaba: Piera.

   Y al final me quedé sin tinta, si no llueve mañana voy al pueblo, compro una, podré seguir esta historia y lo que pasó entre…qué lo parió, no escribe más.     

sábado, 28 de diciembre de 2019

CUATROCIENTOS KILÓMETROS


   Nosotros somos dos y tenemos un sistema de vida, pleno de ritos establecidos. Vivimos de noche y dormimos de día.
   Endogámicos por elección, carecemos de grupo de pertenencia. Yo tengo un blog y escribo un cuento por día. Los subimos a las doce de la noche.
   José es Jardinero, Piletero, Cocinero. Ambos leemos, él plantas, helechos, árboles. Nos fuimos de La Plata, con ánimo de huir, Tandil nos recibió con cara sin sonrisa.
   Yo leo, pero siempre fui ecléctica. A José le encanta la Navidad, el Fin de Año, lugares de la costumbre que yo aboliría.
   Llegó mi hijo con su hijo. Respeta lo que no debe respetar, soy su Madre, no su amiga. Tiene un vozarrón importante, su tema preferido es: “Yo el supremo”, su ego podría forrar todo el planeta.
   —Mamá, ponete los anteojos.
   Ni cerró el auto, ni saludó, el bolso lo fue pateando hasta el living.
   —Mirá mis últimos trabajos, son muy buenos, trabajé tres días seguidos sin dormir, pasando a otro tema, ¿qué hiciste de comer? Por tus ojos hinchados, recién te levantás. Acá todavía hay gente buena, que es mi Papá, llenó la heladera y la voy a atacar.
   Empezó a llenarse la boca como un animal, igual. Seguía contando la ruta de sus vacaciones, los borcegos fueron a parar a medio camino, entre los dormitorios y el baño. Voy corriendo para lavar mi cara, que no me encuentre tan desgreñada. Tropecé con sus borcegos y me caí de boca, de pecho, de piernas.
   —Pero Madre. ¡Qué torpe que sos!, vivís cayéndote, caminá, hacé yoga, si no estás leyendo estás escribiendo o mirando películas, después te quejás que tenés el culo chato y la panza gorda.
   Nuestra casa no es grande, pero cuando viene él, es un monoambiente. Le iba a contestar, hice un paso hacia atrás, perdí la vertical, estaba sobre su bolso, importunando, claro que me caí y golpeé con el vértice de la mesa.
   —Mirá, pendejo de mierda, si te da mala onda visitarnos, no vengas y si querés comer, preparate vos el almuerzo!
   Y el Padre, que lo quiere y me ignora cuando llega el niño:
   —Pobrecito, dejalo, ésta es su casa, él puede hacer lo que quiera.
   Pensé contestarle algunos improperios, pero el personaje de La Mala, que vengo a ser yo y el otro personaje que es un santo, no es capaz de pararle el carro y exigir que me respete. Trago el sapo.
   El hijo de mi hijo, es como un fantasma, se sienta en un rincón y su mundo es el celular. El niño viene por dos días y se trae todo su placard, deja el bolso en la cocina, las camperas tiradas donde venga, son iguales.
   Luego las peleas, costumbre insoslayable, en sus visitas. Era un niño angelado hasta los catorce. A los dieciocho, se fue de casa y ahora, a los treinta y cuatro, es lo que conté, pero yo lo quiero, más que a nadie en el mundo.
   No se queda más de cuatro días, lloro cuando se va, al mismo tiempo es un alivio. Trato de borrar sus rastros de casa, para no derrapar en la tristeza. Cuando limpio soy distraída, encontré una foto que tomó su Padre, mi hijito con ocho años, sentado entre vegetación tropical, un sombrero de alas anchas y esos ojos entornados, los brazos apoyados sobre sus rodillas como un adulto y yo en una diagonal, casi tocando el borde, con mi eterno cigarrillo, en una silla de playa, asoma mi vieja visera y nuestros ojos alineados, con un amor, de para siempre.  

viernes, 27 de diciembre de 2019

DESAYUNO


   Jugamos a levantar la mañana, con dos café con leche, mirando la ventana. El gato, atiborrándose de leche tibia.
   Simulada indiferencia del perro por la miga.
    Las cuentas desparramadas,
en la mesa donde se come.
                        Se conversa,
                        se lee,
                        se discute, se recuerda.
   ¿Cuál es el precio del “plan”, que pagamos nosotros?
   Esto es ponerse muy solemne.
   Haremos un bollo con las cuentas,
cagándonos de risa del sistema.

jueves, 26 de diciembre de 2019

EL SILENCIO DEL CAMPO


   Para acompañar a mis Padres, que es la relación más lejos que tengo, no me dejaron llevar mis dos amigas o mi novio incipiente.
   Entrar, si no llovió antes, te envuelve la polvareda, para abrir las tranqueras yo les hago de peón, ellos quedan dentro de la camioneta y yo me encargo de una, dos, tres, cuatro y después cerrarlas.
   Cuando estamos dentro, mi Madre se pone a putear los Caseros, porque desde que se fue, no limpiaron nada. Entonces se pone un pañuelo y un guardapolvo que le quedó de la escuela. No habla, no contesta, hasta que termina el último rincón.
   Trae las ovejas para que corten el pasto. Empieza a llover, las ovejas se apiñan debajo de la galería. Yo me acuesto a dormir. Da tristeza vivir en el campo, la supresión de sonidos durante la noche, el motor de la heladera me despierta sobresaltada.
   Es un disparate, pero el silencio absoluto deprime. Las estufas que no funcionan, porque las palomas hicieron nido en las chimeneas. Nadie las va a quemar. Al día siguiente, con palos largos, logramos sacarlas. Pero esa noche nos congelamos.
   Por suerte está lleno de libros y alguno bueno me sacaba un rato del lugar. No tengo mi caballo, se murió el año pasado y nadie me avisó.
   —Para no ponerte triste.-Dijo mi Padre, pero no le creí-.
   Mi Madre cocina para los tres y me acaricia el pelo, yo no le creo ninguna de sus caricias. Si se mienten entre ellos, ¿por qué me van a decir cosas verdaderas a mí?
   Papá se hace el langa, tiene una novia en el trabajo, otra en el campo, la Mujer del Tractorista y en Chascomús la Señorita Belgrano, que yo no me explico ni cómo se deja tocar la mano. También anda con mi Madre, parecen un matrimonio que funciona.
   Mamá, que no es ninguna boluda, anda con el Obispo de Chascomús, el Director de su Escuela, el vecino de al lado y allí tampoco falta mi Papá, es su Esposa y le responde los sábados a la noche.
   Son un ejemplo deplorable, pero trato que sus conductas mendaces, no arruinen estos años, de dos amigas leales y un novio incipiente, que creo, será el definitivo.
   Él, cuando se entera de algunas cosas, dice que lo más inteligente será que cuando nos casemos, nos digamos la verdad. Tomaremos distintas rutas y después, Dios dirá.
   —Igual, no lo nombres a Dios, porque trae mala suerte.

miércoles, 25 de diciembre de 2019

UNA COLABORACIÓN



   Era el lugar más escondido, con vegetación sorprendente, muy difícil de encontrar. La aldea que Quintina me dijo:
   —Te separan cuatro mil kilómetros, si vas sola a dedo te lleva cuatro días. Vas a encontrar casitas perdidas de pescadores, pero vos andá a la “Posada de la Luna”, les decís que sos mi amiga y de inmediato te dan un lugar.
   Los únicos huéspedes éramos una alemana y yo. Teníamos la misma edad y cuerpos disímiles. Medía uno ochenta y yo, uno sesenta y tres. Era rubia, de ojos nazis y yo era morocha, argentina y como odiaba mi cara, ni pienso describirla.
   —¿Qué te parece si hoy vamos a caminar?, hacemos una costa serena y después vienen los pozos de piedra, que no llegás a ver el fondo, es negro y el mar brioso, que parece decir, aquí estoy. Te avisa de su existir, le siguen otros pozos, con escaleras naturales de piedra, que te dan sensación de vértigo, me gusta desafiarlos.
   Tenía un equipo de correr, destacando sus líneas deportistas y unas zapatillas que te hacían volar. Me regaló un par de su hermana, nunca corrí así, como levitando. Los primeros días trotábamos juntas y yo era de detenerme en algún helecho, alguna flor, raras salamandras de múltiples colores. Greta no paraba jamás, llegaba antes que yo.
   —Si vos parás de correr, no sos una deportista, a mí me molesta un poco, veo pocas ambiciones en todas tus conductas.
   No merecía respuesta, levanté mi mano diciendo: “Heil Hitler” y hasta puso cara de orgullo, después dejamos de hablarnos. Igual todas las mañanas salíamos a correr.
   Notaba que Greta prefería los lugares más peligrosos, se metía hasta que no podía verla. Una mañana la seguí hasta su pozo preferido. La miraba desde arriba, las piedras tenían musgo y a cada rato resbalaba, tenía manos prensiles y tomada de las piedras, seguía sin alterar su ritmo.
   Me hacía maldades, la loca. Metió una araña en mi cama. Cerraba la llave del agua, en mis duchas matutinas. Les contó a las dueñas de la Posada, dos viejitas deliciosas, que yo era una persona de cuidado, capaz de cualquier cosa.
   Las viejitas se reían, mientras me informaron, les parecía feíto que ella les fuera con cuentos. Además no le creían, por ser yo una persona buena y considerada.
   Mientras nos atábamos las zapatillas: —Cuánto tiempo que no nos hablamos, Greta, te pido perdón si en algo te ofendí, sobre todo cuando vi la cruz gamada, tatuada en el medio de tu pecho.
   Ella no contestó, pero yo la invité a correr, era la salida del sol. Íbamos a la par y como siempre, se adelantó. Me llamó la atención, se detuvo para ver la salida del sol.
   Sentí que tenía adrenalina concentrada, cuando advertí que estaba a orillas del tercer pozo, levanté una piedra, se la tiré con todo, en el medio de la espalda. Perdió pie y se cayó, me asomé, pero el fondo negro, la espuma y Greta, no la vi más.
   Me preguntaron las viejitas por la germana.
   —No tengo la más pálida idea.

martes, 24 de diciembre de 2019

TODO TRANQUILO


   —Rompí bolsa!
   En la cola del Banco, todos miraban los numeritos y la pantalla. Tenían hambre, sed y ganas de hacer pis. La bolsa que rompió la mujer, no pertenecía al advenimiento de nadie, era una bolsa de lona, se le descosió de abajo, salió toda la plata que afanó amenazando a viejos jubilados. Metía lo sustraído en el bolso y al toque cambiaba de peluca.
   Como nadie sacaba los ojos de la pantalla, juntó lo del piso y hasta un Guardia Policial, le ayudó a recolectar el faltante. Así, con la bolsa rota, fue a comprar otra y puso la vieja dentro de la nueva.
   La gente caminaba como fila de hormigas, se chocaban, el “disculpame” no existió ni de un lado ni del otro. Había un hombre tirado en la vereda, muerto, resultaba un estorbo a los caminantes con prisa y lo fueron pateando hasta la boca de tormenta, que se lo llevó.
   Obturó otras bocas y las calles se inundaron. Arrastró autos y personas. Los negocios perdieron toda su mercadería. Sólo flotaban las bolas de Navidad. La ladrona encontró un gomón de niño con un remo. Llegó al Banco, al primer piso, donde estaba el Gerente. Le dio con un remo en la testa y le sacó bolsones de dinero robado, para enriquecer el Gobierno de turno, con nuestro dinero.
   Cuando los inútiles secaron las calles, con un camión fuera de servicio, que perdía, atrás iba un municipal, con un trapo de piso.
   Ella subió a un Uber, la llevó por un lugar intrincado. Le dijo al chofer que la dejara ahí. 
   —La espero, Señora.
   —No le voy a pagar nada, lo que me cobra es un robo. Y retírese o lo denuncio por acoso.
   Y se metió en el monte, arrastrando los bolsos. Le abrió la puerta, el Guardia Policial del Banco.
   —¿Cómo fue tu día?, ¿lo pasaste bien?
   —Sí, todo tranquilo, como siempre.

lunes, 23 de diciembre de 2019

CHUPA LA MIEL



   —Leo esos libritos tuyos, que se besan y les tiemblan los labios y él la agarra de la cintura, Mamá, esas lecturas son tan obvias que lastiman. A mí no me inspiran, me deprimen y la amenaza del cuaderno y la birome, ¿para qué?, si no se me ocurre nada.
   Es chico, tan paranoico que un día se desmayó en el Banco. No salió más de esta casa.
   —Si te asomás por la ventana, ves la chica de enfrente, está armando el arbolito. La Nochebuena, come sola con el gato, que ella sube a la mesa, único comensal. Ahí tenés una historia. ¿Por qué la chica vive sola? ¿Para qué el arbolito? ¿Qué habrá pasado con su Marido que le llevó el hijo? Bueno, es un principio, después seguilo vos. Pero mirá, no te quedes con cara de tonto, como si el mundo fuera una pared.
  “Cuando se casaron, nada más que por Civil, era judío y ella cuyo nombre era Elisa (Le voy a poner Elisa, porque rima con brisa) era goy, la familia, ortodoxa, nunca la aceptó, ni entrar a la casa podía y a su Marido le decían traidor. Ellos mostraron su dignidad, pensando que eran unos boludos. (Uy, me olvidé que boludos es una mala palabra, lo cambio por indiferentes)
   La luna de miel la pasaron en la bañera, untaron con miel sus zonas erógenas y se pasaron la lengua por los cuerpos enteros y no quedar enmelados les llevó toda la noche. Recién ahí, él, un hombre sin prepucio, la pudo penetrar. Cuando quedó preñada (Uy, no, eso es para los animales, retomo) quedó embarazada, que viene de pregnant. Tuvieron un hijo narigón, no podía tomar la teta, él se encargó de plegarle la nariz hacia la derecha. Le salía tanta leche que él ponía lo sobrante en una lechera.  Después le plegaba la nariz a la izquierda y de ahí salía más leche, llenó un recipiente grande, con leche materna, es lo mejor para no enfermarse y no gastaban un peso. Él tomaba café con leche y ella leche con café. Al bebé le quedó la nariz tan blanda, que parecía una puerta rebatible. Resultó un niño con buena leche, nunca pensaba mal de nadie y les hacía los deberes a los burros, les imitaba la letra. Tenía tanta buena leche, que regaló toda su ropa, hasta los zapatos a cualquier niño desabrigado.
   El Marido, como buen judío, lo insultó en ídish. La miró a Elisa con furia, metió el niño en su auto oxidado, que había pertenecido a su Abuelo y se lo robó. Elisa se presentó en la casa de los Padres del Marido. Le pidieron que se fuera mientras ella escuchó: —¡¡¡Mamá, salvame, me están cortando el pitito!!!
   Se asomó el Padre, vestido de Rabino y le entregó el prepucio.
—Usalo de anillo, goy ignorante.
   Elisa pensó en su amado bebé y se lo puso en el dedo mayor de la mano izquierda, mano que usó nunca, para no deteriorar la ablación a su bebé.
   Para la Nochebuena, tocaron el timbre y un muchachito le dijo:
   —Yo soy tu hijo, Papá murió en Palestina y vengo a vivir con vos.”

domingo, 22 de diciembre de 2019

QUE SE CALLE, YA ESTÁ


   Es como esas cosas que no queremos desprendernos. Vaya a saber qué mandatos me obligan a tenerlo aquí, entre nosotros.
   O tal vez, las campanadas de la Iglesia, en lo de mi Abuela, sea un recuerdo entrañable de mi infancia.
   Había una ceremonia que nos encantaba a los chicos. La hora de darle cuerda con esa llavecita minúscula, el poder de los ojos de mi Abuelo sobre las agujas. El grandioso privilegio de dos vueltas y media.
   Con el paso del tiempo y las muertes sucesivas, el reloj, vino a vivir a mi cocina. A veces el tic tac me parecía alto y las campanadas llegaron a taladrar mis oídos.
   Se rompió en dos oportunidades. La última vez nos dijeron que el reloj no iba más. Si preferíamos cambiarle su máquina.
   —No, gracias.
   El reloj se fue al living. No molesta que haya callado. Su silencio me recuerda esos viejos solos, de algunas plazas.
   Se mantienen ahí, no necesitan correr más… Sólo esperar.

sábado, 21 de diciembre de 2019

INVASIÓN



   Cuando Rita perdió a su hermana, por un cáncer terminal, nunca pensó que su cuñado, los iba a necesitar. Empezó el primer domingo, que lo invitaron a comer. Él mismo, hacia el final, levantó la mesa cuando Aroldo se disponía a que Rita le sirviera otro plato de ravioles. Él le arrancó la fuente, platos, cubiertos y copas. Se puso a lavar dejando todo brillante.
   —Disculpen mi actitud, pero después del trabajo de Rita, creí oportuno dejar la fuente por la mitad, para que tengan esta noche, si me invitan no me negaré.
   Siguió limpiando los aparadores, detrás de la cocina, le pasó betún a la mesada.
   —Esto viene después del detergente, queda olor a limpio similar a un piso lustrado. Les aviso que mudé las cacerolas al aparador de arriba y los platos los metí en el secador para tenerlos a mano. Falta el piso, que si tienen cera suiza, me hacen un favor. Me alcanzan la enceradora y después haré una siesta en mi casa, ahora me quedó la cama grande, sólo para mí, me desparramo y me envuelvo, ya no tengo que compartir con tu hermana.
   Los dos pensábamos que él sufría su viudez, pero pasó al revés, parecía que disfrutaba. De a poco fue despojando su casa, prescindiendo de cosas necesarias. El ropero de los pulóveres de invierno, las sillas del comedor y vendió todo. Disfrutó la venta, haciendo un viaje a Córdoba de cuatro días.
   Regresó directo a la casa de sus cuñados, llegar a una casa vacía lo hacía extrañar a su mujer.
   —Estoy cansado, voy a dormir en el sillón del living, no es abuso, no doy más.
   Rita y Aroldo, como todos los domingos, fueron al cementerio a llevar flores, para la hermana. Volvieron caminando un trecho largo, hasta llegar a la casa.
   Cuando Aroldo entró al escritorio, su cuñado lo había transformado en living.
   —Estos lugares necesitan sol, por eso lo mudé.
   La habitación de ellos, la trasladó al tendedero cubierto.
   —Esto tiene la ventaja, que pueden lavar, secar y tender, sin levantarse de la cama. Sé que ustedes no duermen siesta y estoy demolido, dormiré en la cama de ustedes. Cuando despierte sigo. Faltan muchos detalles, pero soy de solucionar con rapidez.
   Ellos se fueron al Cine y vieron dos películas, no por gusto, sino porque a esa altura, tenían ganas de matarlo.
   —Pobre mi hermana.-Decía Rita compungida.-  Yo ni sabía que un tipo tan silencioso, guardara esa personalidad de mierda, le cortaría la cabeza.
   Dijo Aroldo: —Yo sigo por las pelotas y las manos, vos viste que podó todas las ramas del aguaribay?
   A media noche regresaron, con la secreta esperanza de no encontrarlo. Había una luz prendida en el jardín diezmado, no dejó ni un gajo de nada.
   Lo vieron de espaldas, en el sillón de mimbre, con traje y sombrero, mirando alguna estrella. Rita y Aroldo se acercaron con la misma idea, matarlo. Llegaron al sillón y no hubo necesidad. Él estaba muerto, con los ojos abiertos y media sonrisa…
   Aroldo le tocó el hombro y el cuñado cayó al suelo, mirándolos a los dos, con los ojos abiertos y media sonrisa, el sombrero rodaba y el viento se lo llevó.