sábado, 20 de abril de 2019

LA CLASE AUSENTE



   —Esta clase será una exposición acerca del Marqués de Catapultala, ¡quiero silencio! Si tienen ganas de gritar, vuelvan a sus casas. Se sientan derechos, vista al frente y oído atento.
   —Srta, mire! Abajo un micro pisó tres chicos, el micro se fue rajando, los pobres no se mueven, están tirados en la calle, cubiertos de sangre y nadie los socorre.
   La Maestra no puede detener una sonrisa, tres chicos menos, son tres problemas menos. 
   —Bueno, vuelvan a sus asientos, si vieron eso es que no estaban prestando atención. El Marqués de Catapultala, fue el primer científico de la Historia que descubrió, hace apenas unos días, que la Tierra es plana.
   —Disculpe que la interrumpa, Seño, pero no puedo sentarme derecho, porque el banco tiene una pata mucho más corta que el resto. ¿Qué hago?
   —Alumno Santillán, siéntese en la ventana, sin mirar hacia afuera, porque le puede dar vértigo y caer. Otra cosa, Santillán, no se dice “pata”, se dice “pierna” y no quiero que me interrumpan más. Como les decía, el Marqués de Catapultala, Dr en Física, Química, Historia, Geografía y Ganador del Premio Nabol de este año. Si él dijo que la Tierra es plana, no hay duda, es plana. Yo les propongo media hora de silencio, como duelo por nuestra querida, finada, Tierra redonda. Controlo el tiempo, si esta media hora no se cumpliere y alguno hablare, el castigo será una abeja viva, adentro de la boca, los labios permanecerán cerrados, con abrochadora, para que no la escupan.
   Se hizo un silencio tumbero. Al cabo, el niño Santillán, que era mal alumno, pero ningún boludo, dijo: —Srta, pasó más de una hora, me parece que Ud, está abusando de todos nosotros.
   —Tengo testigos, Santillán, yo no le toqué el culito a ninguno de ustedes, por eso me doy sobreseída de abuso. Sigamos, el Marqués de Catapultala, logró otros descubrimientos. El primero alertó que la fisura desembocaba en el agujero negro. En cuanto al lenguaje inclusivo, era una estupidez ofensiva, que cayó en el olvido. Espero que les haya resultado interesante mi exposición.
   —Toc, toc.
   Era la encargada del material didáctico, que nunca existió.
   —Srta, no quiero interrumpir sus pensamientos, pero hoy era un día de huelga y no asistió un solo alumno, ni Maestros. La Escuela está vacía.
   Ando mal de la cabeza, le hablé a nadie.
   Una manifestación, abajo, con carteles que decían: “La Maestra Siracusa es carnera.” “Que te echen de la escuela, gorda traidora”.
   Entre los manifestantes estaba el Marqués de Catapultala, gritando: —Que se vayan…! Que se vayan…! 
   Estaba convencido, que se encontraba frente a la Intendencia, que había robado los cuadros del Museo, único patrimonio del Tandil.

viernes, 19 de abril de 2019

FELICES LOS HUEVOS



   —Quería que llegaras de una vez, la Tía Luna es buena, día por medio. Me hizo un huevo de Pascua y me daba besos babosos, pero el sufrimiento de encontrarlo escondido, me pareció de mala y entonces le dije como decís vos: “Felices los huevos, Tía Luna”, te recordó y hasta le di pena y me preparó seis huevos más. Ella comió tres y yo tres, nos descompusimos los dos y no hubo ni almuerzo ni merienda. Los dos fruncíamos la cara y mirábamos películas de superhéroes. ¿Vos sabés, Papi, que me alegró que no tuviera marido ni hijos?, con esa Madre, habrían sufrido mucho. Te quiere, no te quiere, te quiere, no te quiere, es complicado. ¿Y vos, Papi, por qué tardaste tanto?
   —Sabés que tu Mami, quería unas vacaciones los dos solos, sentí la felicidad de cuando la conocí. Le dije que lamentaba dejarte a vos, nuestro grillito. Como se llama Bella, es bella y buena, pero se pudrió todo, hijito. Bella quiere vivir sola, me quiere, pero no me ama. La acompañé a tomar el tren y un nuevo novio la esperaba, el humo en la Estación esfumó la última foto imaginaria, que hubiera querido tener.
   —Hey, Papi, no llores, a mí me pasó lo mismo con una chica de la Escuela, mi novia, les conté a mis amigos más cercanos. En los recreos nos escondíamos y nos dábamos piquitos. Yo también fui feliz, hasta que la vi con mis amiguitos. Se hacía la bella, como Mami con tus amigos. Me dieron celos y le dije que eligiera, o ellos o yo. ¿Sabés qué me dijo?: “Vos fuiste un ensayo, la novela son ellos”. Duele al principio. Después se me fue y pensá que soy chiquito, no tengo un hijo como vos me tenés a mí. Te vas a encontrar una novia más linda que Bella. Es mi Mamá, pero siempre fue más Bella que Mamá. Tu próxima novia es un misterio y a mí los misterios me encantan. ¿A vos no?                        

jueves, 18 de abril de 2019

SIN RESPUESTAS



   Alquilaron los cuatro una cabaña, forrada en maderas térmicas. Los dormitorios tenían paredes herméticas, para las situaciones maritales de la picazón del séptimo año. Los cuatro Arquitectos, competían entre ellos, en tonos bajos, las disidencias y los niveles, que habían alcanzado. Bobby y Carola se casaron, luego Teo y Alicia. Se conocieron en la Ciudad de La Plata, cursaban juntos, estudiaban en grupo y eran reconocidos por sus logros modernosos, no asquerosos.
   Todos pensaban en casas construidas sobre la tierra, dándole importancia a la armonía entre plantas y construcciones. Odiaban los edificios altos. Los jardines colgantes de Babilonia, se involucraban en sus ideas.
   Ese verano transcurrió en una playa, rodeada de tamarindos. Hacían fogatas y quedaban dormidos hasta que el frío los calaba. Una noche etílica, Carola y Teo, durmieron en el dormitorio equivocado. Alicia y Bobby los buscaron como sonámbulos, arrastraban los pies en la arena, gritando sus nombres. Resignaron no encontrarlos y desmayaron en los sillones del living.
   No era novedad para ninguno, Teo y Carola curtían en el laburo antes de sus respectivos casorios. Igual procedieron Alicia y Bobby. La adrenalina de los cuatro tenía dimensiones de silencios no compartidos. No se nombraban los encuentros y había un goce en ignorar ambas situaciones. Estalló una tormenta inesperada, hubo sol el día entero, oscureció y el sol se fue sin despedirse. Carola y Teo trabaron las ventanas del lado de afuera, también las puertas.
   La cena estaba lista y ellos tardaron más de lo previsto. La cabaña estaba cerrada en su totalidad. Se quedaron criticando y riendo, de Profesores devotos: “Lo sé todo”, que les quemaban la cabeza. Un temor compartido, antes del amanecer, lograron a mazazos, romper la ventana de la cocina. Esta vez no gritaron, corrieron hasta el médano más alto, un faro natural. Sobre unas piedras que el mar castigaba, Carola y Teo yacían sobre y entre ellas. Tomados de las manos, Carola envolvía la espalda de Teo, con su pelo de sirena. El mar llevaba los cuerpos y los devolvía, como si se pudiera volver de una muerte convenida…  

miércoles, 17 de abril de 2019

BUEN LABURO



   —Cesantes, setenta, así como andate. Hace seis meses que buscamos laburo, Toto se humilla, para mí, toca timbre casa por casa, si lo atienden, ahora la gente espía, no te conoce, no te abre. “Buenos días, señor, vea, yo hago laburo de electricidad, soy gasista, trabajo de albañilería, corto pasto, lo que usted necesite, yo se lo hago.” Y siempre le dicen que no, porque se encuentran en las mismas condiciones que él. O le cierran la puerta con un “No” seco. Dejate de joder, yo tengo mis hijos, mi mujer, que trabaja de sirvienta, por horas, todo el día. Juani, vos me conocés, soy incapaz de robar nada a nadie, bueno eso era antes. Ahora voy a salir a afanar ¿te prendés o no?
    No supo qué contestar, pensó que era una joda, pero le tiró del hilito.
   —Yo me prendo, Corcho, pero que se venga Toto, Moncho, Seba, Rolo y el Colorado. Hago unas hamburguesas a la parrilla y lo charlamos, que sea de hombres, las familias en casa.
   Tengo cuatro casas caladas, paso por ahí y ni me imagino que esa gente pueda ser rica, pero son. Me estudié los horarios, cuándo salen, cuándo entran. Cuatro matrimonios solos. Hay uno que tiene una vieja postrada, que es sordomuda y ciega. Otra está a la vuelta, es una pareja que no están nunca, esos viven en un country. Yo me preguntaba para qué carajo tienen esa casa, el tipo vivo, pone música, tiene grabados ladridos de perro y se llama por teléfono a sí mismo. Hay veces que caen a dormir, tarde más bien. Y los miércoles va mi jermu, les desmugra la casa y ella fue la que me contó que tienen una caja fuerte, detrás de la ropa de un placard y un lugar en el jardín, donde todas las semanas remueven la tierra y después le echan pasto seco. La Tana, que es bicha, me dijo que esconden guita, en paquetes impermeables, sellados. Eso les tengo que decir a los chochamu, ni una palabra ni a sus esposas.
   Después hay una que me llevó más tiempo por la seguridad, alarma, un rollo de alambre de púa que la circunda. No me preocupa, Moncho desactiva cualquier alarma, él trabajo tres años en una casa de alarmas.
   Ahí vamos a tener que estar todos. Es complicado. La última, es una papa, tienen toda guita afanada al Estado, son más hijos de puta que los otros hijos de puta. Es una casa que se viene abajo y el dinero lo guardan en cajas de electrodomésticos, en la mesa de luz, el ropero, arriba de la heladera. Uuy, cómo me puedo olvidar, el Colorado sabe abrir cajafuertes, le apoya la oreja y tiene mano de relojero. En veinte minutos, como mucho, lo resuelve.
   Bueno, voy a casa, si no la Tana me mata. Esta moto que no arranca…carajo…bueno, por fin!
   —¿Qué hacés hijo de puta, me vas a…?  
   —¿Tiene algo?
   —Pará, pará, no tiene nada. Dame el chumbo, a éste, le quemo la cabeza, por decirle puta a mi vieja y sin un mango en la mochila, el viejo choto.

martes, 16 de abril de 2019

ART DECÓ



   Llegó él primero, tenía reservada una mesa, a los quince minutos apareció ella, con una seriedad al borde del enojo fingido. Se conocieron en la calle, ambos sorprendidos sin saber, pero con los ojos alineados y rictus sonrientes. Los ojos no podían despegarse. La invitó a comer a ese lugar Art Decó, casi sin clientes, pero tuvo que reservar.
   Ni bien conectaron sus miradas, fueron interrumpidos por un mozo almidonado, que cortó la zona imantada, con una carta de comidas.
   —Cuando hayan elegido, el Señor me llama, a su derecha oprima el botón rojo.
   Apoyaron sus servilletas con forma de cisnes y lamentaron romper el diseño de la puesta en escena. Sin mirar la carta, eligieron sus platos favoritos, idénticos, identificaron el mismo vino. Una vez servidos, conectaron sus miradas, luego que el mozo concluyera cernir el cabernet, al Señor, claro, que probó y asintió. El humo de las comidas despareció con el tiempo de las miradas permanentes. No tocaron los cubiertos ni tomaron las copas. Ella oprimió el botón rojo. —La cuenta, por favor.
    Apoyó la tarjeta en una bandeja oval y absurda. En unos segundos le fue devuelta, con un dinero más que cuantioso, para propina. El mozo tocó la bandeja con inflexión exagerada. Pasaron por alto que no comieron ni tomaron. 
   Él preguntó: —¿Vamos a mi casa?
   Ella asintió. Cemento y vidrio, camino serpenteante, de palmeras antiguas. Se abrió una puerta automática, sin que dejaran sus ojos brillantes, unos sobre otros.
   —Corten, por favor! Corten! Me sorprendieron... Augusto, María, Alex y nuestro viejo y sabio Iluminador.
   —Cine de culto.-Dijo alguien-.
   —Sin duda,-Respondió el Director- es una lástima que haya pocas personas, y como está todo, el Cine es considerado suntuario.

lunes, 15 de abril de 2019

DOXA



   —Hay una nueva Carrera, que se llama “Espantología.” ¿No querés anotarte conmigo, Toribio?
   —¿Y te cura, ché?
   —Te aseguro que no hay curas, se piantaron a Cuba. La cura es estudiar cómo poder rajar del espanto, dentro de aulas académico endogámicas. Las Clases se toman en una nueva Universidad de última generación, se llama: Doxa. Antes te evalúan psíquicamente, si sos paranoico, panicoso, esquizo, fronterizo, psicótico, heroinómano, mentiroso, constipado, cagador, libresco, dogmático, ateo, creyente u oyente.
   —No me contestaste, ¿te cura el miedo aterrador que te da un milico con ametralladora, pidiéndote documentos?
   —Toribio, de eso se trata, de espantar la lógica donde abreva el disparate, me refiero a evitar dispararte en la cabeza.
   —Me interesa suprimir la ideas tanáticas frecuentes, que ya son plaga.
   —Es muy claro lo que decís, lo sublime es que no tenés que estudiar, como no hay fondos, no tendremos Profesores. Lo mejor es que no se aceptan mujeres. Si te ponés a pensar, van a la Facu para enganchar algún gil. Hablan todo el tiempo y según ellas descubrieron la cuestión de género. Que abran un negocio de telas. Solos, vamos a poder andar en bolas los días de calor. ¿Qué me decís, Toribio?
   —Todo fenómeno, pero vamos a tener que cuidarnos el culo.

domingo, 14 de abril de 2019

VIRALIZANTE



   —Se podría cuidar, no te digo que se tiña de rubio rojizo o que deje el bastón, no tiene equilibrio, pero nos ve a nosotras, que estamos hechas unas regias. Es una inversión, pero se obtienen unos resultados, que te sacan años, nacés de nuevo, qué sé yo.
   —Vos, Amalita, no sabés respetar las decisiones ajenas, si ella quiere andar con su viejo vestido gris y los zapatos chancleteando, dejala, que tenga nuestra edad no quiere decir que haga lo mismo que nosotras.
   René, sensata, Abogada Jubilada, Defensora de Pobres y Ausentes, en este caso debiera decir de Ricos y Presentes, les dice: —Sé que en la casa de Ema la maltratan, con palabras hirientes, no respetan sus años. Ella los albergó cuando no tenían dónde caerse muertos, es hora que se vayan y la dejen en paz bien merecida. Mi hijo aseguró que él se encargaría de sacar esa gente de la casa. Ema es la Madrina y Pitico la adora.  
  Amalita, que no mueve un músculo de la cara: 
—Yo la voy a llevar a este Dermatólogo, Cirujano y responsable, les pido que alguien me acompañe para darle contención.
   René quería estar presente, luego que supo el nombre del Doctor, Arregli Bagalli. Tenía target alto, un capo. Ema aceptó, ¨son locas pero divertidas¨. Eligió entrar sola al Consultorio, el Dr Arregli Bagalli, la recibió con una amabilidad carismática.
   —A ver…a ver…, Ema, tenés una piel bárbara, gruesa, sin manchitas ni lunares. Te voy a dar unas inyeccioncitas que no duelen nada, vamos al entrecejo, estas patitas de gallo, mínimas, el código de barras, entre la nariz y el labio superior. ¿Te duele?
   Ema, con voz de santa: —Le pido Dr, que haga lo que tiene hacer y no me cuente, me pone nerviosa. -No le voy a decir que me duele como la puta madre-.
   Fue una alegría para todas, ver lo fantástico del cambio de Ema. Le hicieron un corte de pelo, a la altura de la mandíbula. Invirtieron un dinero y le compraron dos Chanel, clásicos, un abrigo de autor, amplio y cómodo y zapatos de badana, artesanales, a medida.
   A mí, maquillaje no me van a poner, bastante con las cremitas, están contentas porque voy a sumarme al grupo de las viejas locas.
   Combinaron un encuentro en un lugar paquete de Buenos Aires. Las amigas llegaron primero. A la media hora apareció Ema, con su viejo vestido gris y sus zapatos de chancletear, por supuesto el bastón, por el problemita del equilibrio, colgaba de su brazo la bolsa del Supermercado, con yogures y una botella de whisky. Se le transparentaba el monedero. Juntó todo su pelo con mil horquillas, en un rodete pinchudo.
   —Las saludo en general, porque con esos menjunjes que se ponen, quedaría pringosa, les agradezco lo que hicieron, pero yo estoy acostumbrada a estar cómoda con mi ropita añosa, Pitico dijo que a mi edad, haga lo que quiera y desea de todo corazón, que los globitos de la cara, se pinchen cuánto antes. A mis nietos les dijeron, que por unos medicamentos, se me hinchó toda la cara.

sábado, 13 de abril de 2019

PRONÓSTICO



   Empiezo con llueve y no se me ocurre nada, ¡ah, sí!
   Llueve y se moja el pelo, se pega a la cara y su hartante jogging gris, siempre el mismo. Lo lava de noche y se lo pone de día. Me llamo Generoso y lo casual intervino para ser un tipo generoso. Bajo la ventanilla. —Ey! José, creo que ése es tu nombre, subí que te llevo.
   No se hizo esperar, con la última sílaba ya estaba adentro.
   —¿Tiene calefacción este auto?
   Lo miré, para mi hermana que es rara, se ha formado una pareja o una amistad o nada. —Sí!, la prendo, tenés frio, estás calado hasta los huesos. ¿Dónde te dejo?
   Llueve y llueve. —En mi casa.
   Este Generoso, habla todo el tiempo y los limpiaparabrisas hacen ruido. No tengo ganas de ver a mi familia, seguro que están todos mirando Cuevana, es su paraguas de la lluvia. —Yo vivo al lado de tu casa, ¿puedo ir?
   Generoso dijo que sí, sería una buena oportunidad para presentarle a su hermana. José conoció a Soledad, jugaba al ajedrez sola y él le propuso una partida. Estuvieron hasta la madrugada y Soledad lo destrozó. Se fue sin saludar, Generoso lo acompañó a la puerta.
   —¿A qué se debió la llegada de este tipo a casa?
   Le dije que era una buena persona, llueve, caminaba empapado, quiso ir a su casa y luego prefirió esta, le comenté que hace tres años fuiste campeona de ajedrez y flasheó.
   —¿Qué te parece Soledad?
   Miró la copa de los árboles, comenzaba el olor de los aromos…
   —A decir verdad, me parece un bagayo, estoy acostumbrado, son las únicas minas que me dan pelota. Disculpá lo de bagayo, igual la salvan las tetas, el culo y que no hable.
   Me pareció una piña su sinceridad, pero mi hermana, a veces, me daba vergüenza, usaba polleras chingadas, remeras rotas y no se peinaba. Carne de diván, pero nadie quiso, ella tampoco.
   José y Soledad se hicieron amigos, como maniáticos del ajedrez iban al club de ajedrez, con frecuencia. Ella cambió su look, comenzó por peinarse, mi vieja le compró ropa cool, bajó de peso. Usaba un apenas de maquillaje, que destacaban el color inefable de sus ojos.
   —Sole, contame. ¿Todo bien con José?
   Ella se probaba zapatos y usaba espejo para mirarse, por vez primera que recuerde.
   —Sí, buen tipo, nos intercambiamos discos de vinilo, juntamos semillas de árboles y estamos haciendo bonsái. De plantas sabe un tocaso.
   Me puse contento, por fin mi hermana tenía un novio.
   —Estás loco, jamás tendría un novio con olor a vegano, a chivo y ese jogging gris es su única ropa, cada uno con su mambo. No inventes, mi secreto es que hay un Profe, que está buenísimo y me mira con ojos de “te espero”. Ya me ves, yo también lo espero. Cuando nos enganchemos te aviso. Y basta. Ché, Generoso, ¿viste la hermana de José, cómo te conchetea? Es alta, rubia, de ojos celestes, medio estúpida como todas las rubias, pero un polvito no te vendría nada mal.

viernes, 12 de abril de 2019

CALLE TRECE



   Mis cuñadas tenían un Jardín de Infantes. Era amiga de las tres, con ellas aprendí que a un chico no se le habla como a un estúpido, ni poner la voz finita, ni agacharse para que el chico se sienta enano. A los de cuatro, dejarlos hablar, es como comer chocolate  y si se logra una conversación entre ellos, sería una lástima que perdieran ese conocimiento del disparate, irracional, sin embargo coherente.
   Había cuatro niños tímidos, el de cinco me miraba y se ponía colorado, bajaba la cabeza al piso. Seguro que le gustaban las trenzas, el flequillo y que le armara rulos rubios. Se quedaba quieto y me decía: —Gracias, a mi Mami no la dejo, pero a vos sí.
    Se llamaba Maximiliano, su Madre pidió que no le redujeran el nombre a Maxi o Max. También nos pidió que no le elogiáramos el pelo rubio, los ojos celestes y la boca Mick Jagger. Decía que a los chicos no había que elogiarlos mucho, porque se ponían tontos.
   Él se enamoró de mí y yo me enamoré de él. Se festejó el 25 de Mayo y apareció Maximiliano con un traje de terciopelo azul, jabot y puños con puntillas. Lo más parecido a un principito. Me oculté detrás de una casuarina, para espiar tanta lindura. Cuando terminó el Acto, corrí lo abracé y le besé los cachetes.
   —¿Vos cuántos años tenés?
   Me hubiera gustado decirle cuatro, pero un Principito merecía la verdad: —Yo tengo dieciocho años.
   Se pisaba la punta de los pies. —Mami me dijo que había una diferencia de edad enorme, para casarnos, que yo tenía que esperar muchííísimo tiempo.  
   La Madre me contó y se reía y no paraba, hice lo mismo para acompañarla.
   El divino Maximiliano se agarró una peste maligna, perversa y desubicada. A la semana subió al cielo.
   No se lo cuento a nadie, porque van a decir que estoy loca, pero el amor más grande que tuve en la vida, fue el angelito Maximiliano.
   Mi Marido tiene pelo rubio ensortijado y ojos celestes. Tuvimos un hijo que lo bautizamos: Maximiliano. Va al mismo Pre-Jardín, de aquel querubín, cuando lo voy a buscar, la casuarina, aunque no haya viento, me regala una brisa cálida. Son los pasillos de un amor imposible.

jueves, 11 de abril de 2019

LAS CUÑADAS



   Al primero lo anotó Crisanto, al segundo Tenerife, el tercero se llamó Macondo. —Es de creer que sus amigos les llamaran Cris, Tener, Moco, ¿o no?
   Pensó en su cuñada, mala como los gobiernos, no les dejó opción a los pobrecitos. —Yo los llamo como los nombré y si se duda de mi sanidad, que viaje a Tenerife, que conozca el Calvario de Cristo en Tandil y haya leído Cien Años de Soledad. Es lo más que una Madre, pueda aspirar, igual que la cocaína. Tenerife tiene un laboratorio grande, oculto, sólo lo saben los gringos enriquecidos, la yuta y los que multan vehículos. A mi hijo lo protegen: la yuta, los abogados y los jueces, que son los que más consumen. Al Intredente, le cocina el marido de la Mucama, dicen que es un material especial.
   Pensó en su cuñada, mala con ganas y encima adicta a las drogas, el pobre de mi hermano aceptaba para no pagar alquiler, préstamos y tarjetas. Su hijo Macondo, del que nadie sospechaba, le guardaba la guita.
   —Macondo quería hacer un viaje con su Padre, al pueblo macondiano, para estar en familia, no querían preguntar a mi cuñada, que les daría suspensiones por no respetar su trabajo. Así debía ser.
   Si alguna vez guardó belleza, se le abrieron los roperos y no quedó nada. Llevaba la contabilidad con certezas perversas y perfectas. Empleado que le robaba un escarbadientes, lo dejaba cesante de inmediato. Le hacían manifestaciones a la perra, ella los detenía con metadona en aerosol. Paraban la mano tres meses y después seguían, la cuñada decía: los negros son microcéfalos por naturaleza.
   —Tener una cuñada nazi, discriminadora y asesina, soñando con ser el Führer, no necesitaba juicio legal, ¿existe la Ley? Pero sí el pecado mortal. En una esquina de la capital, la vi cruzar y le tiré el auto encima, una y otra vez, hasta que el asfalto quedó rosado. Su cuerpo nunca fue encontrado. Los chicos formaron una Banda: “Mamá se fue de Casa”, largaron los vicios, mi hermano, producía los conciertos, se mudaron a Los Ángeles, que casi no pertenece a Estados Unidos.   

miércoles, 10 de abril de 2019

ATENDIDO POR SUS DUEÑOS



   —Odio el lunes, postergué lo de cobros para mañana martes, que también lo odio. El miércoles, en general es un día de miércoles, el jueves falta poco para el viernes, que no me alegra para nada, porque tengo que estudiar un compilado de libros, que no entiendo nada. Sábado textos, los domingos escribo cuentos y aparece el lunes, donde la culpa y el orden, me obligan a limpiar. Ud me comprende o no. Si es no, me voy ya mismo, no me gratifica escuchar que no entienden nada y ponen cara de pensar.
   —Le pido Sra...                                                  Ella tuvo ganas de llamarlo miércoles.
   —Soy Srta, no Sra. Tenga cuidado cuando se dirige a una Srta, me extraña un psicólogo que no lo sepa.
   —Bueno, Srta, ¿no le parece demasiada la carga que se ha impuesto?
   —Me lo recordó, encima están los impuestos, antes teníamos la K-chorra que aumentaba el mundo, ahora sigue el Príncipe Feliz que no entiende nada y…bueno, no quiero hablar de mentirosos. Una que debía tener perpetua y allí anda haciendo sonrisitas…bueno, no quiero hablar.
   —Y lo bien que hace, Srta, estamos aquí para que Ud deponga los por qué de sus maniáticas negaciones.
   —Con todo respeto, Dr, yo depongo en el inodoro y que yo sepa uno no accede al Psi, para contarle cómo caga. Ahora, si se refiere a las cagadas que me he mandado, podemos hablar. Ud, va a saber de mí, cosas que yo desconozco y yo de Ud, aunque no sea ortodoxo, alguna fuga personal se va a mandar…y nos vamos a querer, si no, no podríamos hacer análisis…
   —Cuando le dije maniáticas, fue como sinónimo de reiteradas, circulares, enojadas con sus propios destinos cotidianos. ¿Srta, ejem, la pareja no le inte…?
   —Doc, no necesito, no preciso y detestaría pasar mi vida, con un alguien que supiera y fuese testigo de las formas del odio, generadas por una rutina, que como bien señaló Ud, circular.
   —Le propongo Srta, que para la próxima sesión, se fume un porro, lo conseguirá en cualquier verdulería, atendida por jóvenes. Ud pregunta: “¿tenés puerro?” y guiña un ojo, se lo regalan, querida. Hablará con tonos serenos y sacará de adentro lo que necesite. Tengo una escucha de privilegio, eso opina mi Mamá. Nos vemos el miércoles a las 17 hs.
   —Dr, ¿cuánto le debo?
   —Nada, Srta, la primera es gratis.

martes, 9 de abril de 2019

SALVAJE




   Entre unos amigos y mi Papá, hicieron una casa sobre pilotes, frente al mar. Una playa larga y ancha, dos crecientes destruyeron parte de la casa. Papá tenía objetivos fijos, iba construyendo solo, ahora sin amigos, pero ayudábamos mi hermano Yepo, el más grande, Ramón, el del medio y Felipa, que soy yo, la menor, tenía cinco años. Esta vez la diseñó de madera, era arquitecto disidente, con ideas prácticas.
   Nuestra Madre tomaba vino en el desayuno, vino en el almuerzo y vino en la noche. Se metía en el agua sólo por una perla que lucía su anular. Una perla salvaje de mar, al sumergirla se ponía blanca, como la espuma que le dio forma. Un Joyero torpe, le hizo un agujerito para atornillarla a un anillo de platino. Fue la única pieza que Papá rescató de su Madre. Lo demás se lo llevaron los hermanos  y otros deudos, con la avidez de buitres. Uno de ellos le entregó la perla: —Tomá esto, que si no tuviera este agujero, su valor sería óptimo. Total a vos, no te interesa el dinero, ¿no?
   Cuenta Papá que le escupió la cara. —Me interesa menos que ser tu hermano.
   Se fue besando la piedra, no sé cómo hizo eso, a mí la perla me daba miedo. Mirábamos los cuatro, asombrados por la luna y la bufanda blanca de la costa. Llegó Mamá con su clásica copa en la mano y otra para Papi que aceptó. Yo me quedé dormida en la playa, el resto entró en la casa.
   Desperté, soñaba con la perla, sobretodo porque era salvaje. Grité, grité alto, vinieron corriendo Papá y mis hermanos. Mamá detrás, haciendo ochos. Al poco tiempo se divorciaron, vivíamos semana por medio, con cada uno. Cuando era el turno con mi Madre, daba miedo, parecía más vino que Madre y me hacía mimos, apoyando la perla sobre mis mejillas, parecía tener vida propia. Propuse a mis hermanos ir a vivir a la casa de la playa, pretextamos estudiar. Me dio alegría no ver más la perla salvaje, cerca.
   Ramón y Yepo no se recibieron de nada y vivían en Barcelona. Cuando quedé sola, recibí la noticia, que Mamá estaba internada, por su alcoholismo, el páncreas no quería funcionar, Papá pidió que no fuera. Según él, Mamá decía que quería que su perla, viviera en mis manos. Siempre fue tétrica, mi vieja.
   —Papi, por favor, no me la mandes, me recuerda…me recuerda…algo que me asustó, no olvides que vivo sola.
   Hice proyectos para no irme al carajo, me levantaba temprano, nadaba hasta quedar exhausta, dormía siestongas y salía a caminar, otear el horizonte y juntar caracoles, musgo, líquenes. Una ola imprevista rozó mis pies, revolví la arena y allí estaba. Juro que miró salvaje, vino sola del mar, la conocí por el agujero atornillado. Tomé las llaves del jeep y con lo que tenía puesto, llegué a mi depto. de Buenos Aires. Cerré la puerta y exhalé, abrí la canilla de la bañadera y la rejilla estaba tapada, eché el limpiacañerías, hizo glo glo y listo. ¡Salió la perla salvaje!  Huí desesperada, subí al ascensor, apreté el botón de planta baja y en vez de botón estaba la perla, con toda su salvajitud, para deglutirme.  

lunes, 8 de abril de 2019

SÍ, LO DEMÁS



   Late fuerte el corazón, se hace cierto ¡Casi se me sale el corazón! Pasaba todos los días, pensé que iba a la Facu, después supe que era para verme de lejos. Gonnet es chico y soy casada, pero él me empezó a gustar, de a poco, la infidelidad estaba prohibida. “Prohibido prohibir”, decían en la Francia del 68 y ese gusto, me lo debía.
   En la Estación de trenes de Gonnet, nos encontrábamos, en una punta él miraba a la izquierda y en la otra yo miraba a la derecha, ninguno de los dos tomaba el tren. Mi casa quedaba frente a la placita de juegos y árboles, cubierta de gramilla blanca, por los chicos y el barro. La ventana de mi escritorio estaba casi al ras de la tierra, era el lugar excusa para no hacer nada. Sentada en el alféizar, el sol me adormecía. Mi mano recibió un papelito doblado en diez… “Quiero verte, si podés a las 15 horas, tengo ganas de abrazarte y después por tus miradas, o el cruce de los dos, no te niegues.” Y luego venían palabras de loco ansioso desprolijo, ni con lupa entendía sus últimas tres oraciones. Cursi, torpe, joven, hermoso.
   Me nació un amante que se vio que nunca, pero conmigo todo. Un día dijo: —No quiero verte más, sos más grande que yo, de chica seguro estabas buenísima, la gente no es tonta, se dan cuenta y no me gusta. No me late el corazón cuando te espero. Yo no te quise nunca, sí lo demás, lo demás sí. Vos decías “te amo” y me parecía superfluo y mentiroso.
   Tiré el celular al piso y lo deshice a taconazos. En nuestra cuarta mudanza, después de aquellos episodios prohibidos y olvidados, encontré un sweter azul, me dio impresión, no pertenecía a nadie, no sé por qué, a veces la memoria del cuerpo, trae sorpresas tristes. Doblé el sweter para regalarlo, rápido. En eso estaba y en el entretejido, como encarnado, encontré un pelo del mismo color, la misma textura, tiré de él, era largo y rubio. Abrí la salamandra, miré cómo las llamas lo desaparecieron.
   La tristeza entra en mi cabeza, con la facilidad de las puertas abiertas y por allí pasó, toda aquella historia, con su final patético y humillante.      

   Pasó el tiempo.
   —Rita, te prometo que es la última vez, perdóname, fui torpe.
   Rita preparaba un omelet. —Sí, perdono, pero ésta es la última vez.
   Al mes entró con cara de zorro: —Tengo que confesarte, Rita, soy infiel, pero te pido por los chicos, es mi última vez. ¿Me perdonás?
   Ella siguió con el alicate y sus uñas. —La última vez, prometiste tu última vez y sí, te perdoné. ¿Hasta cuando querés jugar a ser lo que no sos?, yo voy por el séptimo y jamás se me ocurrió romperte las bolas, con “Perdoname, es la última vez” y lo jurás. No seas pesado, pará.

domingo, 7 de abril de 2019

COMO SI SUPIERA



   Pregunté si le gustó. Contestó que no, era antiguo, no era mi estilo.
   —Por qué antiguo?
   Sigue con su diario gallego, ni bola.
   —Tenés un estilo, por ahí parecés Don Juan Manuel del Año 1300.
   Ya agarra la azucarera para tirármela en la cara, era de mi Abuela, qué turra.
   —No te la voy a romper, era de tu Abuela, antigua como mi cuento, según vos…
   No tengo a quién leerle, por eso no lo mando a la mierda. Además él los tipea, para mi blog, yo no tengo la menor…cuando empecé a escribir me dije que nunca publicaría nada, un blog es suficiente. Pero con el tiempo, hasta me escondo para leer y escribir. Una cosa sin la otra, no existe. Hay refugios, la casa es grande, tengo ganas de no perder esta costumbre, la única que me da más alegría que disgustos, pero es lindo pelearle al disgusto. Siempre me gustó pelear…justo se me ocurrió. Voy al campo, que ninguno de la familia aparece, hay unos viejos fieles, con un hijo hacker. Le dejo una nota, que vuelvo en unos días, si le gusta bien y si no le gusta, bien. Entre nosotros está todo bien, como rezan las hipócritas escrituras. Total dice que escribo guarra, que soy lineal, tengo que crecer, ahora también escribo antiguo.
   Me instalé acá, no queda nada sembrado, ni ganado, van vendiendo de a poco, la verdad, me nefrega. Creo que el lunes me fui al carajo, escribí 28 horas y en mitad del sueño se me ocurrió un cierre, lo escribí en la pared, de fiaca, para que no se me piante el sueño.

sábado, 6 de abril de 2019

MACOCO



   —Se tragó el vaso, está internado.
   Escuché mal.
   —Un vasito de pisco, alguien le dijo hasta el fondo, él ya venía borracho y pensó que le decían, el vasito también.
   —Macoco era ingenuo y vivía en pedo, eso lo mató.
   —No! No murió, está en terapia Intensiva, a la tarde lo operan, para extraer el vasito.
    Apareció la mujer, también beoda: —¿Y dónde se alojó el vasito?
    Le contestó un Médico que lo quería a Macoco, cayó en la bebida, cuando cayó en la obra donde trabajaba, para olvidar la pérdida de su pierna. 
—Señora de Macoco, el vasito se encuentra en el bazo.
   La mujer tenía los ojos llenos de venitas rojas y nariz con rosácea, de tanto tomar, ella era borracha en su casa. Macoco era un personaje del pueblo, que saludaba a todo el mundo, aún a los que no conocía.
   —Yo lo conozco a mi marido, con tantos vasos adentro, debe estar feliz, él ama la felicidad. El otro día me dijo que yo lo hacía sentir infeliz. Pobrecito Omar Khayyam, era nadie al lado de Macoco. Doctor, le pido que sea benigno con el bisturí, sáquele el vasito de vidrio, no le extraiga el alcohol, porque sentiría un vacío, que a lo mejor…bueno, usted me entiende.
   Al pueblo le faltaría un mito, que forma parte del paisaje, hasta el banco de la calle peatonal, que no es peatonal, es su cama.
   La operación fue un éxito, el vaso salió limpio como el cristal, se lo puede ver en el Bar Tito, sobre un pedestal, que a sus pies dice: “Este vasito fue de visita al interior de Macoco.” Ahora se encuentra entre nosotros, el vasito en el pedestal.
   Macoco saludando a la gente que le pide autógrafos, no permite fotos. Dice que esas maquinitas forman parte de una tecnología que sirvió para que el hombre, olvide que el vino y los demás alcoholes, son lo más grande que hay. Cambió Macoco, ahora su mujer le da felicidad. Ella lo sigue dos pasos por detrás, con un carrito de bebé y toda clase de bebidas. Toma del pico y duerme con ella, en un somier, de Tiendas La Capital, cerró sus puertas sin llaves y olvidó vender la cama cómoda y abrigada.
   A Macoco, tiempo después, nadie lo vio más. Alguno dice que le pareció verlo en la Terminal, otros lo vieron asomado al balcón de la Puticipalidad, lo cierto es que nadie sabe. Lo bueno, es que todos le inventan algún lugar.

viernes, 5 de abril de 2019

INOFENSIVA



   Piola buscó en internet “Bar completo, copas, mujeres, precios acomodados, frente al mar, cama-arena.”
   Tenía 25 años y era casto, estaba repleto de ganas y miedo. Fue al lugar. Un minón le ensartó dos copas y con una cercanía descarada, le chupó el cogote, la boca, las orejas y la nuca. Lo llevó de las solapas a la arena, Piola se le tiró encima, le mordió dos mapamundis, sus manos llegaban hasta la cintura. La mina se le dio vuelta y él siguió el viaje manual, hasta llegar al bulto de la entrepierna, le llamó la atención el bulto, era un chabón la mina.
   Se sintió humillado, primera vez, primera y última, siguió casto, Piola, pero tranquilo.
   Lo contrataron en Australia, Sidney. Era cultural, de la salida del laburo, al pub, saliendo con tres jarras de cerveza puestas. Un compañero lo invitó a su casa. Cena familiar, con la hermana de la mujer de Tuky. Piola se hizo presente, con un postre de chocolate, un detalle. La cuñada de Tuky parecía Caperucita Roja, tenía ojos tiernos como la ternura y se ruborizaba, cada vez que abría la boca, tenía pecas de niña, flequillo de niña y pelo de muñeca, sus manos entrelazadas y sus hombros tímidos, frunciendo la blusita, para que no se le viera el principio de nada, porque no tenía nada. Tuky le dijo en la cocina, que Maggie, era una chica grande y tímida, si quería algún encuentro, la debía invitar con delicadeza y con sol. Ella, de noche no salía, su madre le había inculcado que las chicas buenas, de noche se quedaban en casa.
   —Tenés suerte, Piola, mi suegra crepó el año pasado, te advierto que es virgo, Maggie.
   Para que nadie escuche, Piola le contó que era casto. Tuky lo miró socarrón. —Qué lindo! Encontrarse despojados de recuerdos anteriores.
   Se enamoraron y se casaron, tuvieron dos hijos y vinieron a visitar a la Madre de Piola, que vivía con un Tío loco, llamado Fray Luna. Convencido de su sacerdocio, bautizó a los niños en la pileta de la cocina. Piola, era amigo de mi marido. Se hablaron con afecto y quedamos, (yo estaba incluida en el menú), en visitarnos esa noche. Yo me senté al lado de Maggie, me inspiró ternura y simpatía. Se empeñó en hablar español, mestizado con inglés, llevaba sus manos cruzadas en la falda y no se soltaba nunca. Cuando brindamos, le vi la mano derecha, estaba mareada por el vino, pero comprobé más tarde, que tenía cinco dedos y uno chiquito supernumerario. Entendí por qué cruzaba tanto sus manos, llevar seis dedos, era una historia.
   —Yo sé que me descubriste, ¿sabés qué hice?, me rompí el huesito a propósito y a veces logro ocultarlo, bajo el meñique. Perdoná mi sinceridad, vos no sos una persona buena, me miraste con intensidad diabólica, igual dejemos que ellos charlen, son amigos de años. Nosotras no.
   Me dio miedo. Esa noche tuve pesadillas y algo tan ínfimo como aquel dedito suplementario, no lo pude hablar ni con mi analista.    

jueves, 4 de abril de 2019

UN PÉTALO



   Faltaban tres meses para su cumpleaños. Marlene Müller, volvió de Alemania, hecha una pordiosera, vivió tres años de mentiras argentinas ingeniosas, que le ofrecieron casa y comida. Era una mujer entretenedora, culta, sagaz, irónica, enredista y simuladora. Hablaba tras idiomas y no se bañaba nunca.
   Los invitadores la metían de prepo en bañaderas espumantes y vestidos prestados, muy cool.
   —Marlene, hoy no tomes mucho alcohol, porque viene el Embajador de Catapultala.
   Ella sonreía amable. Displicente contestaba: —A Uds debo este techo provisorio y a sus protocolos obedezco.
   Con un cheque en blanco, firmado por el Embajador de Catapultala, que la sintió como su nieta, volvió a esta tierra olvidando imperdonables traiciones, recuperó sus tierras, herramientas y una pareja de peones sin hijos.
   —Mis queridos, no quiero sembrar ni cosechar nada, mi mejor rinde es ser feliz, no teman, habrá dinero para Impuestos y sus Salarios. Traje de Holanda, semillas de margaritas y quisiera todas las parcelas, plenas de estas flores. Los festejos tendrán invitados que detesto y uno sólo que me hizo la vida imposible y no me importó y lo quise. Las margaritas son un rito personal.
   Los sembradores pensaron que para ese tiempo, las flores estarían marchitando, pero conociendo a Marlene de pequeña, algún sentido tendría.
   Llegó el día del cumpleaños, de las margaritas que regalaban horizontes de botones amarillos y pétalos blancos iluminados, marchitaron todas. Marlene vestía como una Princesa de cuento y sus manos volaban retocando lugares que había acomodado días anteriores. Toda su cabeza, ocupada en aquel hombre que le hizo la vida imposible y no le importó y lo quiso. Caminó la tierra de flores mustias hasta que encontró una que parecía decir: “¡Aquí estoy! Aquí estoy!” Marlene la tomó del tallo leve, con mano leve y comenzó su amorosa e ingenua tarea. Quitaba los pétalos de uno en uno: —Me quiere mucho, poquito, nada.
   Y daba otra suelta de pétalos: —Me quiere mucho, poquito, nada.
   El último pétalo dijo “Mucho”.
   Llegaban los invitados, ocupando lugares, señalados con sus nombres, cual era de quién. Marlene puso a su lado el hombre imposible, que dijo: “Mucho.” Comenzó la comida a la hora estipulada, la silla de él permanecía vacía. Torta con una sola vela, rodeada de margaritas verdaderas. Brindaron y luego de tres copas, Marlene escuchó los cascos de un caballo.
    Entró como si fuera su casa, con botas embarradas, bombachas de campo gastadas, camisa abierta hasta la cintura, transpirado y sucio, secaba su cara con un pañuelo que fue blanco. La encontró enseguida y sus ojos negros la abarcaron, la abrazaron. No la reconoció el imposible: —¿Vos quién sos?
   Ella no esperaba esa pregunta. —Soy Marlene Müller.-Murmuró- ¿No me conocés y te me pegás así?
   Él le besó la cara. —Ya nos sos Marlene, ahora sos mi Margarita, en ese vestido de burguesa ridícula, te dejé mi sello que es el barro. Una noche ideal para dejar a estos invitados que detesto. Cabalguemos la misma yegua, lleguemos al arroyo y olvídate que alguna vez te dije: “yegua nazi” y te dejé esa cicatriz en la cara, no se nota igual,…

miércoles, 3 de abril de 2019

EL FUEGO Y ALGO MÁS



   —Lo conoció después que a su marido.-Era típico en algunas parejas, pero ella defendía su condición de esposa ejemplar-.
   —Sí, conozco la historia, se conocieron en un curso donde se hablaba de la felicidad caduca o permanente, ninguna de ambas cosas ciertas. Era para vender.
   El aburrimiento los llevó a conocerse en el mismo día y a la misma hora. No vale la pena que yo le cuente que asistí al curso, igual que ellos. 
   —Se hicieron amigos y ni bola le daban a los entrenadores mentirosos. Seguían hablando a la salida, segregaban la presencia de sus compañeros creyentes.
   —Si vos supieras la envidia que me daba, verlos tan acordes, siempre con sonrisas dispuestas.
   Pensé que a medida que me contaba, los quería unidos, como las películas que terminan en una felicidad redonda. —Ellos decidirán, mucho mejor que nosotras.
   La nueva pareja no advirtió que la amistad, pasó al amor de las ideas y al imparable deseo del cuerpo. Vivían sus encuentros en el mismo horario del curso. Ella evitaba que su marido tuviese la más mínima sospecha. Se encontraban huyendo de las palabras. Cuando la pasión los invitó al estreno de una obra, estaba su marido en un palco avancé, sosteniendo la mano de Nina, amiga de ambos. A ella le tomó un deseo repentino de estar en su casa, besó interminable al amante y partió en un taxi. Entró como talón de fuego, frente al hogar prendido, estaba su marido, leyendo un libro de Agatha Christie. Le dio un beso. —Ya te traigo un café y hablamos.
   Él estaba concentrado en su novela policial, dijo un sí áspero. Cuando salió de la cocina, él tenía el libro en el apoyabrazos.
   —¿De qué querías hablar?-Hizo caer la azucarera-. Yo junto el azúcar y vos me contás.
   Ella se sintió atrapada en la azucarera rota. 
   —¿Vos sabés que con este disgusto de mi torpeza?, ni recuerdo qué tenía que decirte.

martes, 2 de abril de 2019

TOMATELAS



   Hasta cuando la familia dormía, ensayaba, las teclas necesitaban la presencia de sus manos, el temperamento furioso, romántico, suave, lento, variaciones de músicas creadas por su alma talentosa ancha y lujosa.
   Los insomnios de Cleo. —¿Querés un margarita?, ¿un bloody mary?, ¿whisky?, ¿Mocoretá?, elegí y vengo de inmediato.
   Luis arrastró los dedos por el teclado. —Prefiero un licor 8 Hermanos y que te esfumes en nuestra cama. Te quiero y te necesito, pero ahora me llama él, hay algo inconcluso, miré mis dedos, buscan las teclas, no puedo dejar de atender este llamado. Es un bajo que te acuna, sin alcohol ni rivotril.
    La casa tenía complejo de palacio, escalinatas que conducían a las habitaciones de los hijos. En el dormitorio de Cleo y Luis, las puertas eran de dos hojas, no de pentagrama, eran de madera acústica. Durante un desayuno, Luis los miró, por primera vez no se le reflejaban notas musicales en los ojos. —Esto sólo va para todos, Cleo, tenés ojeras violáceas, Augusto, Josefina y Sol, también tienen. Creo que tanto piano, les produce insomnio. Todo tiene solución, si yo diera, por fin, mi primer concierto, hasta llegar a una gira, recibir ovaciones y que me duelan las lumbares de tanto inclinarme para agradecer, rosas y flores inundarán el escenario. Cleo, vos juntá los claveles rojos con un coqueto canasto de jardín, Augusto, vos encárgate de las rosas blancas, Josefina de las amarillas y Sol, de los cabos sueltos.  Es un pago más a mi talento creativo, recuerden que las flores, están carísimas.
   A Luis se le cumplieron sus deseos y llegó a tocar en El Cairo, haciendo uso de las instalaciones donde se filmó: “Casablanca”, película de culto e incultos, con la actuación de Humphrey Bogart, Ingrid Bergman y el trompetista Louis Armstrong. En homenaje a ellos, ejecutó temas de la película. Le obsequiaron una pipa de agua, con hachís del bueno.
   Llegaron al palacio de las escalinatas, arrastrando pies, maletas y flores. Ahora, el de más ojeras era Luis, que pidió: —Quiero silencio absoluto, vayamos todos a dormir, yo, por lo menos, me lo merezco. La fama me mató.
   Dejaron todos sus petates en el hall del primer piso. Se acostaron con ropa y calzado. Luis, tomó un vaso de agua de su mesa de caireles y escuchó ruido en las puertas. Abrió ambas con brazos de winner y el piano Steinway, lo buscaba para seguir la zaga de las teclas y sus manos. A Luis le pareció un gesto desafinado y lo arrojó del tercer piso al primero, el piano iba perdiendo sus dientes, sus cuerdas, su cola. —Y no te quiero ver más por aquí, te di mi vida, Stein go aWay.  

lunes, 1 de abril de 2019

VISITA INESPERADA



   Me bañaban en un fuentón con agua que juntaba mi Abuela en un barril, cuando llovía. Parecía una ingeniera hidráulica, esparcía el agua en baldes comunes, la colaba con tela y broches. Luego los destapaba y dejaba que el sol del mediodía y parte de la tarde, calentara el agua. Me sumergía en el fuentón y recibía tres jarras para mojar. Me enjabonaba con decisión.
   —Ahora viene la mejor parte, agua para enjuagarte, que vino del cielo. El sol se encargó de calentarla.
   Yo me sentía un ángel, ella me envolvía en el tohallón más grande de su casa y me secaba en la antecocina, sobre una mesa de madera alta, me envolvía como un matambre y pedía que no me moviera, sino me daría frío, había 39 grados y ella siempre pensaba que tendría frío.  
   Yo era un modelo de niña, después se revirtió todo, pero eso es otra historia. A través de una ventanita, veía la cabeza de mi Abuela, que aparecía y desparecía, llevando los cacharros a un galpón.
   Escuché: —Clara!...Clarita! ¿Dónde estás?
   Una voz gruesa, de hombre malo. Eran épocas, donde las puertas se dejaban abiertas, para que el aire corriera. La Tía Clotilde, hermana de mi Abuelo: —Miren quién está acá, la preciosa…!
   Y yo gritaba: —Abuela!! Abuela!!, hay un mostro, tiene una mano que me quiere arrancar mi patita.
   —Querida, soy la Tía Clota…ahí viene Clara.
   Mi Abuela llegó, me levantó en brazos y me dijo al oído que me callara la boca, por favor. Yo no podía detenerme.
   —Es una vieja bruja, tiene rayas en toda la careta y una lombriz enroscada pintada con sangre y los ojos son dos agujeros negros…que se vaya, sacala con la escoba…
   La Tía Clotilde quedó muda.
   —Bueno preciosa, ya me voy…ya me voy. Clara, vengo la semana que viene, la nena vuelve a La Plata.
   —Disculpá Clota, por favor…
   —Qué suerte que la echaste, mirá si me comía o me mordía, es un mostro!, mostro! Me salvaste la vida, gracias Abuelita.   

domingo, 31 de marzo de 2019

MOLESTIA



   La Facultad de Bellas Artes, tenía un teatro en semicírculo, donde los Profesores de Historia del Arte, en una pantalla, explicaban las etapas que iban desde la Prehistoria, pasando por Egipto, Grecia, Persia y a este tiempo no llegaban, no sé si por falta de tiempo o de conocimiento. Delante de mí se sentaba el compañero Espósito, le había prestado el Hauser III, Historia Social de la Literatura y el Arte, frente a reclamos de devolución, el gordito se hacía el sota, mintiendo que lo había entregado a una compañera tímida e inteligente. Nunca me atreví a contarle a ella la desaparición del Hauser, que la hacía quedar como mentirosa. Era tan insegura, capaz de dudar de sí misma.
   En una Clase pura diapositiva, observé al gordo Espósito. Se olvidaba de cortarse las uñas y tenía olor a transpireta concentrada. Entre luces y sombras, el índice retorcía un agujero de su nariz, hasta parir un moco, al que le colaboraba el pulgar. Entre ambos quitaban el excedente húmedo y amasaban un volumen de lenteja, que rotaba, rotaba, como dicen del mundo, sobre su eje y alrededores. Allí estaba yo, con mi concentración más en el moco, que en los atenienses que la iban de superdotados. El gordo ladrón, potencial corrupto, pegaba su moco listo en el apoyabrazos que lindaba con mis piernas. Cuando prendían las luces, vi que sus mocos eran muchos. Iban en mi dirección, como hormigas congeladas. Ése era mi lugar y no estaba dispuesta a soportar tanta inmundicia, la Clase siguiente. Llevé bencina, la expandí a su alrededor, sonriendo a diestra y siniestra, cuando apagaron las luces, prendí el pucho, que envolvió en fuego al gordo inescrupuloso.

sábado, 30 de marzo de 2019

NO ME DI CUENTA



   Las miradas de nadie llegaban a ese lugar. Una biblioteca con cientos de libros, de piso a techo, un escritorio oscuro, con un sillón maravilloso, con el olor que juntan tres generaciones, algunas se encargaron de retapizarlo y el último decidió extenderle una piel de oveja grande y calentita. Mis sobrinos nietos, me sacaron del geriátrico, podía valerme por mí misma, era un gasto innecesario. Vivía en una habitación pequeña, que antes se le decía la pieza del opa. Se tenían muchos hijos, siempre alguno salía opa y las familias ocultaban lo que llamaban escarnio, o vergüenza, en los fondos de las casas.
   Mi pieza de ahora, fue de alguien de mi familia, pero nadie sabía de quién. Me volví vieja sin darme cuenta, le atribuí a mis dolencias y desgastes, a que dormía poco, no tenía marido ni hijos. La manía de recluirme, fue de siempre. Al escritorio no iba nadie y el sillón guardaba la forma de mi cuerpo marioneta, faltaban leer los dos últimos estantes. Los libros más apasionantes, provinieron de esos estantes.
   Dejé de comer, para poder terminar antes, no sé por qué, pero antes. Comencé a notar algo redondo y pequeño arriba del último estante, de la sorpresa pasé al miedo, que era más grande que aquella cosa redondita.
   Daba vuelta las páginas, y siempre estaba, lo peor era que me miraba. Una noche terminé un libro y entró el sol. Fui a buscar la última novela y un brillo mínimo me invalidó el ojo derecho, la escalera no alcanzaba y estiré mis brazos, tomé el libro como un tesoro desarmado y cuando la escalera con ruedas, recibió el segundo paso, resbalé y caí al piso, boca arriba. Las hojas volaban sobre mí y cubrían el piso.
   El brillo pasó, tuve la seguridad de que el ojo ya no estaba, palpé el piso y había algo duro, como una bolita de naftalina. Lo levanté, lo vi de cerca, era el ojo de un osito que fue de mi hermana más grande y en nuestras peleas cotidianas, le arranqué el ojo al oso. Ella no estaba, lo escondí donde no pudiera encontrarlo.
   Estoy vieja final, ahora soy consciente. Aquel episodio que se nubla, yo con ocho años, subiendo los escalones y colocando el ojito en medio del estante de libros, el que rozaba el techo, el que ahora me mira y parece contento, que no me pueda incorporar, todos mis huesos quebrados y siento que lo único vivo es ese ojo, que me deja ciega.

viernes, 29 de marzo de 2019

TOLDO



   Mi Abuela vivía en una casa vieja, con recortes extraños, si no hubiera sido por eso, no entraba luz. Así tuve el gusto de conocer a Lela, mi primo Guillermo, mis Tías Mimí y Alex y una procesión de parientes cercanos, que me levantaban la autoestima que Mami destruía sistemáticamente. Elogiaban mis pestañas, los rulos del pelo que yo detestaba, qué linda figura para hacerme vestiditos.
   Después de una siesta breve, se reunían en una galería cubierta, con un sector rectangular abierto, al que habían colocado alambres y una tela naranja con rayas grises y negras, se llamaba toldo. Y se corría de día, para que pasara el sol o mirar la lluvia. Tenía cuatro años y me sentaba en la falda de mi Abuela, mejor que un sillón, cómoda y mullida, tenía la ventaja que era vaivén y me proporcionaba sentido de protección. Miraba el toldo arrinconado, era un velero descansando, formaba tablas cerradas. Yo dormitaba y lo que hablaban era un arrullo. A las tres de la tarde corrían el toldo.
   —¡Me van a matar! Se me viene encima y me va a comer como el lobo a los chanchitos…¡Ay, quiero que me salven, me duelen los oídos…!
   Bajaba de la falda de Lela y corría a mi escondite, me envolvía en una manta y lloraba como una perra. Ni mi Tía Mimí, ni mi Papá, me podían encontrar. Me preguntaban si Guille me pellizcó, si el gato me arañó…
    Yo no quería decir nada, si el toldo se enteraba que lo había denunciado, la próxima vez, a lo mejor, me entregaba al viejo de la bolsa.

jueves, 28 de marzo de 2019

LOS BUENOS MODALES



   —¿Hola?, Buenos días, ¿Ud es la Señora de Pascual?
   —Qué suerte que la encuentro, necesito hablar con su marido urgente. Se me rompió la canilla de la batea y quiero que la arregle cuanto antes.
   —¿Cómo quién soy? Ah, él no le ha dicho, yo soy Camila, la amante, pero no entiendo, Pascual me aseguró que entre Uds no había secretos y que estaba contenta conmigo, porque le permitía levantarse a desayunar, sin hacer el amor antes. Si Ud presentaba jaquecas, ante sus pedidos maritales, él le preparaba un tecito con aspirina…¿cómo que no es cierto? Duda de Pascual, que nunca miente, incluso me trajo un conjunto de ropa interior, con corpiño con puntillas rojas y push up, aunque yo no necesito. Y un calzón etéreo, al tono, con hilo atrás, de strass. Dijo que fue de parte suya el regalo, por mi cumpleaños. Yo le quise hablar para agradecerle, dijo que no porque Ud no tenía tiempo para recibir ningún llamado. Incluso me contó de su sordera…
   —¿Por qué se va a desmayar?...ya sé, de alegría, está emocionada porque se lo atiendo de diez. Él viene todos los días y me agarra una vez y otra vez y otra vez, a veces me asusta y entonces me pega.
   —¿Cómo, qué le digo? Que me encanta! Le pido más porque me recuerda la infancia. Y él se pone al rojo vivo y me exige el de la despedida completo. Cansa un poco, no se lo voy a negar, pero frente a semejante dotación, soy re-feliz.
   —Hola, hola, ¿qué me dice? Ay, qué vocabulario, Sra. ¿Cómo me va a decir hija de puta!?, Bueno, si le gusta insultar, a mí Pascual también me parece degenerado, pero los degenerados me encantan. Además los masajes, me roba las manos el pillo, no me diga que no le hago un fav…¿holá?, ¡holá!
   Me cortó, pobre Pascual, con esa mujer que encima se hace la estrecha.

miércoles, 27 de marzo de 2019

AUSENCIA DE MEMORIA



   Nos dan miedo todas las improntas que dejaron las guerras. Cubiertas de nubes y de olvido, para comenzar otra y otra y más.
   La locura de los humanos, deformando cualquier certeza del afecto, promoviendo el odio, para nada. Los niños que nos miran con desprecio por vernos tan cobardes, por la caca que nos ofrecen de regalo y nosotros sin entender, morimos por el asco. Recordar las cicatrices dejadas en mi estima, por las trompadas que Mamá pegaba en su panza, por mi llegada inoportuna. Volver a la misma casa de la infancia, entrar, la puerta está abierta, bajaron el sótano que ahora es de mosaicos rojos, lo que antes fue techo, ahora es entrepiso, no existe más el olor de los jazmines. El jardín está cubierto de baldosas.
   En el fondo la diviso a Severina, debe tener doscientos años, es un alambre, cuando me vio se ocultó entre dos tapices. Llegaron ruidos de la calle, eran los nuevos dueños, todos peruanos bien vestidos. Los atravesé como una sombra inexplicable, cuando había sol y el cielo era celeste.
   Hoy me dan miedo los setenta y los gritos de compañeros llevados de los pelos. El futuro que presiento, triste y apagado, con ausencia de ideas, tapado, resignado.