viernes, 20 de septiembre de 2019

MANO PROPIA



   Lo encontraban en el Puente De Las Piedras Grandes, había dos caminos, el más largo el del colectivo y tomando la catarata, estaban en la mitad del tiempo. Se fue metiendo de a poco, porque tiraba bastante, pero seducía la transparencia y las piedras, algunas le golpeaban las piernas, pero había grandes que le sirvieron para descansar.
   Cometió la imprudencia de tirarse de cabeza en un ojo de agua, pero el ojo guardaba un remolino que lo sumergió. Entonces detuvo su omnipotencia y una rama salvadora, le sirvió de agarradera. Fue trepando hasta el borde, saltando piedras aplanadas. Se llenó de barro hasta su comida, no le importó, sintió que pudo salvar su vida. Finalmente llegó al puente que atravesaba aquel infierno de agua. Estaban los dos amigos con escopetas de cacería, le llamó la atención, porque había un acuerdo tácito entre ellos, de la paz y el amor que hablaba John Lennon, nunca jamás iban armados. Tardó un montón en subir, se sintió como abandonado, ninguno de sus amigos le dio una mano para llegar. Peter y Frank tomaron distancia, él estaba embarrado, apedreado, tajeado y con un ojo cerrado, le salía sangre por los espacios que le dejaba el barro.
   —Uy!, cómo te dejó la travesía, si el fondo es arena ¿por qué tenés tanto barro?-Dijo Peter a cara lisa-.
   Frank fue más benevolente, pero le dio bronca ser benevolente: —Te fuiste agarrando de los costados, que ahí sí tenés una barranca de barro, sabés que disfruto cómo te cagó a piedras el río, pero vos te vas a curar. En cambio lo que hiciste con las chicas, a ellas no se los cura nadie.
   Peter dejó la escopeta en el piso. —Sabés que Nela es una niña, que ni siquiera se desarrolló, yo pensaba que la querías, psicópata guardado, la metiste en la guarida que armamos entre todos, la llenaste de moretones, de tajos profundos y después la…la…yo no lo puedo decir.
   —Frank, acordate que fue por partida doble, la bestia después vino por mi hermanita, que tiene ¡ocho años! Y le pegaste, la arañaste, le ataste las manos con el yuyo que corta y arremetiste, te odio, te odio, por eso, hijo de puta, tenemos las escopetas y son de las grandes. Ponete al borde del puente con las piernas afuera, atamos las manos y los pies con este alambre de púa y después, nosotros somos la justicia. Ni te molestes en pedirle a Dios, ni él te reconoce.
   Se produjo un espacio donde le llenaron la boca con sus zoquetes embarrados y a no menos de cinco metros, le dispararon dos veces. El cuerpo cayó en el río, donde luego venía la catarata definitiva.
   Frank y Peter tiraron las escopetas, que nadaron por abajo, porque no las vieron más. Los dos amigos se abrazaron, agarraron las bicicletas y fueron al Hospital.

jueves, 19 de septiembre de 2019

LAS DOCE EN PUNTO



   Fuimos amigas de la infancia, se llamaba Flor y se fue al cielo tan joven, que por eso viene seguido a visitar mi jardín, parece que en el cielo no se habla, pero a mí no me importa. Le cuento que tengo cuatro nietos. Yo gustaba de su hermano y ella le contó inmundicias de mí, que ni pienso escribir aquí. Flor disfrutaba cuando andábamos en bicicleta, tirarla encima de mí: —No tenés equilibrio, Selena, tenés que practicar.
   —Chicos, hoy es el día, cuenten las campanadas, Flor es una sábana blanca que se traslada a curiosear, acá les doy telas transparentes, para que puedan mirar a la finada.
   Los chicos la vieron aparecer antes de la última campanada, saltaron por el alféizar y se presentaron: —Mucho gusto, Flor del cielo, nosotros somos los cuatro nietos de Selena. Perdone que hable todo yo, pero me contaron que ustedes no pueden hablar, le vamos a mostrar la casa, empecemos por lo más ordinario, que es el gallinero y está al final. Después el jardín de las hortensias azules, elévese en este sector, porque hay sapos grandes que le pueden hacer pis en los pies, aunque usted no tenga. Después de las columnas de mármol, empieza el jardín de los jazmines del cabo, debemos tener cuidado con los escuerzos que hacen pises más altos. Aquí están las magnolias, es normal tener mareos, porque entre jazmines y magnolias, parece la perfumina inmunda que tira Mamá en las alfombras.
   —¿Podemos agarrar de tu camisón y nos llevás a dar una vuelta?
   No esperamos su respuesta, nos subimos a sus telas y nos llevó a pasear por el mundo. Después nos abandonó en el suelo, con toda suavidad.
   Escuchamos a la Abuela Selena: —Flor, al cielo fuiste, porque tu viejo sobornó a todos los del portón. Para tu alegría, quería decirte que me muero en cualquier momento, el corazón me late raro, pero antes que suceda, quiero que sepas, que me voy al cielo sin sobornar a nadie.
   Pobres mis niños, me quitaron el disfraz de Flor y se encontraron conmigo, se les pusieron los pelos de punta, lloraron tanto que dejaron las sábanas mojadas y con mocos amarillos, un asco.
   Los Padres venían a buscarlos y se encontraron con esa escena. Mi hijo y ni hablar de mi nuera, lloraban por lo que iban a gastar entre el velorio, el sepelio y la misa.  

miércoles, 18 de septiembre de 2019

EL SILLÓN VERDE



   Hubo dos razones por que perdí a mis amigos de muchos años. Las separaciones se dieron por cuestiones de dinero. A mí no me interesaba ni me interesa, pero a la gente que me rodeaba, el dinero la subyugaba.
   La primera historia fue la de Kitty, vivíamos en un edificio de una sola planta, recortada con vegetación y un patio común. Ella llegaba de su trabajo en una Escuela Rural, con la desesperación que se dibuja en la cara, cuando la impotencia abruma. En aquel momento algo había que hacer, el núcleo de nuestras angustias, era que su pareja y la mía, cuando no trabajábamos cuidábamos nuestros hijos. Apenas nos alcanzaba para lo que dio en llamarse clase media baja. Kitty estudiaba Psicología, metía sus chicos en una Guardería por la mañana y a la tarde, bien tarde, los retiraba su marido.
   Hacíamos salidas internas de una casita a la otra y programábamos viajes que se fueron diluyendo. Apenas la veía, siempre estaba por dar  exámenes y tenía la costumbre de prender la televisión, como si fuera una luz que nadie miraba. Tanto Kitty como Rafa, me ayudaban un montón con mis depresiones constantes. Hacía una semana que no me bañaba, todo el día en camisón y acostada en un sillón verde. Una tarde de verano me asusté, fue culpa del Rafa, que trabajaba en un Banco y era Psicoanalista, se acercó a mi sillón reptando y dijo despacio: —¿Qué tal si te pegás un baño, te cambiás la ropa y charlamos un rato tomando un café?
    No sé si fue su voz convincente, pero seguí la ruta que dibujó. Me dio el nombre de un Psi, que después de mucho trabajo, me agarró de los pelos y me subió a la superficie. Desarrollé actividades. Terminé las Pedagógicas. Hice Teatro. Aparecieron nuevas amistades. A Kitty la veía en asados programados y hacíamos resúmenes de nuestras vidas, que de a poco se volvieron algo más que ajenas.
   Nos mudamos a otro Pueblo, donde el paisaje inundaba la vida. Kitty vino dos veces de visita, cuando murieron mis Padres y otra visita porque sí. La asustaban las arañas, los mosquitos, las culebras. Cuando se recibió, entró a laburar en un Ministerio, tan corrupto como todos.
    Amasó su dinerillo, el Rafa amasaba compulsivo. Fuimos dos o tres veces a nuestra antigua Ciudad, a la casa de los chicos y de otros amigos también. Portaban sus dineros colgando de sus cuellos, con cadenas, cadenitas, dijes, medallones, pulseras, anillos, casas suntuosas, ropa de marcas caras o importadas. El tema que se hablara, siempre centrado en el dinero.
   Nosotros quedamos afuera, no nos vestíamos, nos cubríamos. Jamás usábamos reloj, ni zapatillas suntuarias. En este Pueblo donde vivo ahora, están en lo mismo. Si vas bien vestida está todo bien, si preferís el botón sin coser o remera sin cuello, olvídate. A nuestro hijo que eligió vivir allá, no le calienta nada: —Pero Mamá tenés los años que tenés y todavía no aprendiste, cagate en los que quieran aparentar.
   Le voy a hacer caso. Un día de buen humor la llamé a Kitty, a su palacio y la respuesta que recibí fue así: —Disculpá, pero tenemos el tiempo justo para llegar a la Ópera, después te llamo.
   Kitty no llamó nunca más.

martes, 17 de septiembre de 2019

COMPARTIR



   Estaban recostadas en tres árboles, rodeadas de anémonas y marimonias. Yo miré a la primera, el movimiento de sus brazos, las manos que parecían danzar, seguro conversaban de alguna cosa que los vientos no me dejaban enterar. Se llevaba las voces justo cuando las tres tenían cara de primavera. Después de un rato me di cuenta, que la tercera me miró, yo silbaba despacio, para atraer unos carpinteros, hijos de otros pajaritos, que de antes me conocían. Hasta había uno sentado en la punta de mi zapato.
   Yo seguía mirando la primera, con discreción bien sumada. La tercera no podía dejar de apoyar su mirada, desde mis ojos hasta los pies. La segunda no se dio cuenta que estaba a tres metros de ellas. Sacó un cigarrillo armado y vino a pedir fuego. Intentó prenderlo, pero no pudo, entonces me encargué yo, di tres pitadas seguras, tosí hasta doblarme en dos y lágrimas me salieron, del efecto de aquel tabaco tan fuerte.
   —Éste es un join, regalo de mi hermano. Me dijo: “La primavera, no es primavera si entre las tres no fuman este join. Verán las marimonias y las anémonas, restellantes, con promesas para las tres”.
   Lo hizo tan gordo que alcanzó hasta el vecino próximo y sacó a bailar con la música de los pájaros, a la primera, encantada, a la segunda que con vergüenza, bailaba de lejos y en cuanto a la tercera, se lo avanzó en menos que lo que canta un gallo. Se abrazaron detrás de un seto y las amigas les miraban los pies de ella hacia afuera y los de él inquietos, adentro. 

lunes, 16 de septiembre de 2019

CONSIGNACIÓN



   Cuando llegó la muerte de mi Padre, mis hermanos al notar que Mamá estaba blanquísima por vivir en departamento y por la ausencia de Papá, optaron por llevarla a lo de su hermana.
   Era un tanto ermitaña y para llegar a su casa, el único camino tenía un severo desnivel, la vegetación era tan densa, que lo hicimos de a pie. Mamá nunca tuvo buenas relaciones con su hermana.
   —¿Por qué vienen aquí? Se parece mucho a que estuvieron conspirando.
   Hubo que convencerla mientras Mamá paseaba en el bosque y le decía a su hermana, Severa, su nombre le iba perfecto: —Qué de hermosuras se ven en este lugar.
   La vio tan blanca, que pensó que su hermana iba a morir pronto.
   —No sabés la vista nocturna, desde casa parece que las estrellas entraran por las ventanas.
   Los chicos se quedaron unos días, para practicar cacería. Severa se enojó un montón, diciendo que en ese lugar, estaba prohibido matar todo tipo de animales.
   —Es tan lindo verlos saltar, hay gacelas, ciervos, conejos y ardillas. A veces vienen de visita, les gustan mis bordados y los muy sinvergüenzas los roban para jugar. Lo mejor de vivir apartados, es no encontrar seres humanos. Me gusta estar con mi hermana, hace tanto tiempo de las peleas, disculpen mi repetición, pero la veo tan blanca, tan transparente, que en menos de un mes se nos va, ustedes pueden partir, yo me ocuparé de su Madre.
   Cuando quedaron solas, Severa le sirvió un té, con cianuro y limón.
   —Esta poción te dará más color, es un tazón enorme, tomalo despacio y no convides a los gatos, ellos no lo necesitan.
   Mientras tanto, Severa, con la pala de hacer jardín, hizo un pozo bien hondo y construyó un cajón de roble, era muy hábil en cualquier cosa.
   Cuando entró en la cocina, su hermana tenía el “rigidus mortis”. La llevó en una carretilla, la metió en el cajón, no pesaba nada la pobre y al fondo del pozo la echó. Cubrió con la tierra que estaba blanda, de cuando hizo aquel pozo. Le agregó humus y después le plantó toda clase de flores y un hibiscus al medio.
   Llamó para anoticiar a los hijos, fue triste, porque se trataba de una buena mujer, sin embargo para todos, fue un alivio y una carga menor.

domingo, 15 de septiembre de 2019

TIERRA PARALELA



   Había un papero al lado, pegado a nuestras parcelas. Venía todas las tardes, cuando Papi no estaba, tomaban mate en la galería.
   —Admiro su campo de girasoles, Doña Elvira. ¡Cómo me gustaría tener sus parcelas!, Me enteré en el Almacén de Ramos Generales, que van a vender y se van para Buenos Aires. Es una pena, dicen que las retenciones se prolongan cuatro años más y después quién sabe.
   Este tano ordinario, seguro que lo compra cuando estemos con la soga al cuello.
   Continuaron las visitas de Don Javier y yo las condimenté con algo que no pudieron ni imaginar. Me probé un vestido de Mami de cuando era joven, bastante ceñido. Encontré el rouge que nunca usaba y unos zapatos de taco alto, del mismo color que el rouge. Aparecí en la galería y me presenté Don Javier: —Mucho gusto, Señor Don Javier, mi nombre es Marilú, pero puede decirme Maru. Lo felicito por hacer a mi Madre, tan feliz con sus visitas, ahora me agrego yo, para que la gente no piense mal. Mi Padre hace un largo trecho de noche y el viaje lo deja exhausto.
   Mamá tenía ganas de matarme, la hice quedar como una Señora buscona. Según sus propias palabras.
   Don Javier parecía más viejo que los años que tenía. Apenas diez más que yo. Me miraba subyugado y yo un poco también. Mamá no fue más a la galería.
   —Si me permitís tutearte y llamarte Javier, te invito a tirarnos en los rollos de alfalfa. Me quiero quemar la espalda hasta arder, este vestido tiene el mismo escote que una malla, veo que vos ya estás quemado, te presto este sombrero, de alas bien anchas, como una sombrilla.
   Don Javier hizo un respingo, no estaba acostumbrado a las mujeres independientes.
   —Maru, ¿le pediste permiso a tu Madre?
   Tenía todo planificado, seguro que ella pensaba que por suerte, yo era la última de sus hijas.
   —Javier, ¿me pasás esta crema por la espalda? De verdad estoy por arder.
   Tenía una suavidad este hombre, bien curtido. Me encantó su sufrimiento por mi espalda.
   —Te propongo un pacto, Maru, ¿y si nos casamos? No es por interés agrícola, es porque pienso que en breve, tu Padre no podrá con los impuestos. Y yo a la larga tampoco. ¿Y si unimos los dos campos? A mí me abruma un poco hacerle esta proposición, más pedirle tu mano y el resto del cuerpo también.
   El 16 de Septiembre nos casamos, mi Padre me dijo adiós, esperó menos que yo para decir “sí”. El vestido que usé lo llevaron tres generaciones. El arreglo del pelo fue diferente, apliqué en toda mi cabeza, microgotas de miel. Caminé un rato por los alrededores del monte y las mariposas amarillas venían a mi cabeza como si fuera un banquete. Fue mi tocado.
   Ahora mis Padres, Javier y yo, tomamos mate todas las tardes, hablamos de nuestras vidas pasadas y las presentes, dejamos espacios de silencio para escuchar el concierto de las hojas y los pájaros y las ranas.
   Ahora vivo en la casa de Javier, es más grande que la de mis Padres, muy suntuosa y de mal gusto, los paperos son así.
   En casa de mis Padres, las risas con mis hermanas se quedaron a vivir allí. Las voces de mis Abuelas y todos los que vivieron en la “Estancia Los Girasoles”.
   Con Javier se nota que él no tuvo familia, pero ahora me tiene a mí. Cuando sugerí cambiar el nombre de su estancia, me dijo un “no” contundente y me lo tuve que bancar. Se llama: “Estancia El Puré”.

sábado, 14 de septiembre de 2019

MARIPOSAS



   Porque alguna vez fuimos nosotros y tomamos vino de la misma parra, que dejaba pasar el sol entreverado. La única sobreviviente soy yo. El Gordo que nos atendió nos trajo vino. —Para que se vayan refrescando.
    El vino estaba caliente, el Gordo dijo que era casero, “Vino de la Costa”, hecho con uva chinche. Subió las escaleras de su casa palafita, tal vez por intuición trajo alivio que se fuera. Contamos historias que vivimos juntos y salimos airosos como si Dios existiera. Terminamos los vasos y nos bañamos en el Río de la Plata, que era de ese color, no sé si por el vino o por la hora.
   —Aquí, en la Balandra, yo lo veo color caca, pero algo refresca, ¿Y si salimos por aquel trecho? Es la continuación de la Selva Misionera.
   Cuando volvimos a nuestra mesa, Nenushka dijo: —Hagan silencio, con esto sólo, guardamos el privilegio de este viaje.
   Sobre el borde de una copa, había una mariposa azul tornasolado libando. Nos quedamos extasiados como frente a algún milagro. Al cabo de unos segundos, una mano gorda la agarró de las inmensas alas. —¡Qué buen ejemplar tenemos aquí! Yo las colecciono.
   Y se fue hablando solo. Nos angustiaba ver agitarse las alas de aquella joya. Al rato apareció el Gordo con una carpeta: —Vengan que les muestro, dónde descansan hermosas las que he cazado, ésta es la última, el broche de las mariposas que todavía se debate. Yo las pincho con alfileres, sobre las alas bien abiertas.
   Nosotros nos dimos vuelta, no quisimos presenciar aquel asesino potencial. Emprendimos el viaje de regreso.
   —¡Me tienen que pagar lo que consumieron! 
-Gritaba el Gordo- Pendejos de mierda!
   Seguimos en bicicleta a toda velocidad, mientras le dábamos un adiós, haciéndole fuck you, con el dedo mayor en alto. —¡Andá a comer alfalfa, Gordo puto y dejale algo al caballo, que da lástima cómo está!
   Eso lo dijo Ernesto, que por algo se llamaba Ernesto. Algo me ardía en la nuca, tropecé con un adoquín y caí paralela a la Ruta. Los chicos ni lo advirtieron, aterricé entre los yuyos, lejos de la banquina. Un micro amarillo, que venía en sentido contrario, les cerró el paso y los hizo subir de prepo y encañonados. Cuando el micro se fue, lo pude ver al Gordo con los brazos en jarra, matándose de risa. El cerdo era soplón.
   Había escuchado nuestra conversación, cuando dijo que iba a dormir la siesta. Antes de llegar a casa, estaba mi Viejo esperando con el pasaje, la Visa y el Pasaporte. —Es para Venezuela, vas a vivir en Caracas, le mandé un dinero a tu Tío, él te va a recibir, comprate ropa.
   Le temblaban las manos y así nos despedimos.
   Mis amigos fueron los primeros desparecidos en la Balandra, donde encontraron sus cuerpos mancillados, torturados, en la casa palafita, donde todo eso ocurrió.
   Yo me armé ni bien llegué a la Argentina, encontré al Gordo asesino en el mismo lugar donde vivía. Lo llené de balas, de la cabeza a los pies. Volví en bicicleta, con una perola cruzada en mi pecho, revoleé el arma al monte. Ni siquiera con mi venganza fue suficiente. Apagar este dolor, siempre me resultó imposible.

viernes, 13 de septiembre de 2019

HISTORIA DEL ALAMBRITO



   El Continente que descubrieron, se mantuvo en secreto virtual. Sus habitantes serráticos, eran complicados, tan altos y delgados, cuando circulaban con el cuerpo y la visión, el tratar de no chocarse con un saludo y hablar con un amigo o la mujer, era un albur. Tan sólo un roce de otro serrático los hacían caer en la calle y enroscarse como nudos sin saber dónde quedaba cada cabeza y esas piernas a cuál de ellos pertenecían.
   Nunca faltaba un chino, que con paciencia cultural, lograba desatar los enroques. Los transportes también, eran el doble de largo que el de cualquier otro Continente. Los pasajeros se metían paralelos, unos sobre otros y el conductor que manejaba, dando tres vueltas sobre sí mismo, indicaba: —Vamos, vamos, traten de juntarse por que ya están llegando al techo y este vehículo, puede romperse.
   Los Hospitales estaban llenos de tantas personas quebradas, la altitud se acompañaba con flexibilidad, permitiéndoles adaptarse a posturas de descanso exóticas, un tanto ofídicas. La vejez de estos seres era ingrata, porque iban quedando rígidos, tal vez se quebraban al levantar un nieto para darle un beso. El nieto, tan blandito, se hacía un bollito, llevaba el día entero encontrar su cabecita, piecitos, manitos, era como jugar con desesperación a reformularlo, como cuando nació. Descubrirle la boca para que pueda tomar la teta y el culito para cambiarle los pañales, del tamaño de una gasa cuadrada. Las mujeres eran tan altas, que cocinaban en las terrazas de los edificios o sobre la copa de los árboles, estos últimos ideales para hacer tallarines.
   El Científico ganador del premio Serraticol, descubrió que desde la era primaria de ese lugar, usaban para cualquier tipo de reparación, el alambrito. Experimentó con seres serráticos, ponerlos en fila, pies, piernas, cabezas, unos tras otros. Hizo círculos continuos, como recurso laboral se formaron carreteles de gentes que sumaban al carretel. Si los serráticos se habían transformado en alambres, salieron de laboratorios fabriles, cientos, miles de carreteles de alambres.
  Los serráticos que quedaron sueltos y excedidos de peso, parecido a los palos de quebracho, obesos, acorralaron tierras con varillas, postes y alambres, hasta los límites que rodeaban Serraticol.
   Se dedicaron a  sembrar lo que trajeron los vientos. La división de las tierras dio trabajo a todos y poca remuneración. Los dueños de las tierras, se hicieron ricos. Se desataron conflictos de palabra y de hecho. Estaban tan ocupados en aquellas guerras, que el mar se aprovechó del estrecho Continente, lo invadió hasta hacerlo desaparecer.
   El secreto de su existencia ausente, hizo dudar que alguna vez haya existido.

jueves, 12 de septiembre de 2019

EL PRESAGIO



   —Mire Don Antonio, con todo respeto le digo que ser prestamista, es un oficio de alto riesgo económico. ¿Y si un prestado no le devuelve? Porque el desafío que a usted le complace es que suceda sin firma, de palabra. En este tiempo la confianza dejó de existir. Un ejemplo, antes se escribían con h, un montón de palabras. Ahora no. Antes se decía Septiembre, ahora se aprobó Setiembre. Suena mal, es necesario. Obscuro, ahora es oscuro y mil ejemplos que no vale la pena nombrar.
   Mi hija eligió un marido que no es malo, porque se la banca, pero cuando me da consejos, pienso que merece tener como esposa a la histérica de mi hija.
   Yo soy prestamista y nos soliviantamos, porque él es presagista. Cuando le presté dólares a mi propio hermano, el más ambicioso, le conté, pero se trataba de mi hermano.
   —Don Antonio, tengo el presagio que nunca le devolverá un peso.
   Y sucedió así, tenía un presagismo que le envidiaba. A mí me duele presagiar tan acertado, pero sucede.
   —Cuando me casé con su hija, era una geisha, luego una amiga, más tarde una compañera de pieza, ahora es un cocodrilo. Se lo digo sin respeto, porque considero que debió prevenirme, aunque no tenga el Don de presagiar. Usted es un simple Don Antonio.
   Yo soy nieta del prestamista, e hija del presagista. Pedí prestado a mi Abuelo, una cifra importante y él sin preguntar, dijo que era un regalo.
   Mamita querida enfureció. Justo cuando partía se metió en el Aeropuerto y de su boca a los gritos, salieron sapos y culebras, que una hija como yo no merecía. Mi Padre esperó mi partida, me abrazó y acomodó mi sombrero.
   —Patricita, anoche tuve un presagio, y vos sabés que menos con tu Madre, siempre me funcionó. Vas a encontrar un lugar en el mundo tan soñado, que te vas a pellizcar finito, para ver si es verdad. Ése será tu sitio, tendrá una casa soleada, un paisaje, un mar transparente y gente solidaria que te apreciarán por lo que seas, no por lo que tengas.
    Me puse de la nuca, cuando por la ventanilla del avión, vi cómo Mamita querida le mordió un brazo entero y se quedó con el brazo, dentro de su enorme boca de cocodrilo.
   Papá me llamó a los dos días, para decir que le pegaron el brazo, con pegamento y que tuvo el presagio que mataría a su mujer.  

miércoles, 11 de septiembre de 2019

OK



   No fue ni al sepelio de su Madre. Ahora le festeja todos los cumpleaños, con un retrato de ella, presidiendo la mesa. Brindan los invitados, por cada copa que toman, porque su Madre vuelva pronto. El hijo mira para otro lado y desea con toda su alma, que prolongue su estadía.
   —Yo no la quiero en esta casa, ocupa todo el espacio que puede y en el que no puede, contrata dobles con textos bien aprendidos, que casi no se nota que su Madre no es su Madre.
   Le cuenta a dos de sus amigos y a la prima mayor de su Madre, que con tanta cirugía parecía la menor. La prima, bien descotada, pregunta: 
   —Pero, querido Arturito, ¿dónde reside el conflicto?, vos hacés lo que querés y ahora que está bien muerta, le podés echar las dobles y con la plata que ahorrás, hacés un buen viaje a París o a Monte Grande, si te da miedo el exterior. Yo te acompaño gustosa, soy tu Madrina y por lo tanto incondicional. Si pasás un rato con otras, espero despierta en tu cama, para que esté calentita, cuando volvés cansado de tanta puta de regalo.
   Ésta, hace tiempo que me tiene ganas, pero tanta operación no le quita los años que me esperó a crecer, mundano, como era ella y todavía lo es, la pobre persevera y yo no descarto su deseo. Y se dio así, la cama estaba tibia, pero con ella adentro, destapó el acolchado y mostró su cuerpo cirugeado, de la cabeza a los piés, no soy de hierro, arremetí, cuando me tocó estar abajo, miro hacia la pared y había una foto de mi Madre cuando era joven, era igual a la que me galopaba. Me pareció una putada, coger a mi propia Madre. Una repulsión tan agraviante que me sentí como Edipo, tuve ganas de arrancarme los ojos, pero se me cruzó en la memoria, lo buena que estaba la hija de la prima de mi Madre. De mi familia materna no tenía nada, era igual a su Padre, morocha de ojos verdes, inteligente, oportuna e incapaz de traicionar.
   Cuando la Madrina se metió en el baño, llamé a la pendeja por celular, nos citamos para el jueves, me encantó su voz cantarina despidiendo nuestro futuro encuentro, con un OK.

martes, 10 de septiembre de 2019

LA MUDITA



   Le decían la Mudita y eso que ocupaba todo su tiempo hablando de los demás. Los vecinos eran su tema. Lo que escuchaba hablar entre ellos, cuando iba a pedir sal. Era la típica de al lado, que siempre necesitaba algo que le faltaba, un pedazo de manteca, la dirección del oculista que seguro no la perdió. Sus pretextos eran varios y en momentos inoportunos. Como cuando fue a lo de Inés, que después de cinco años la invitó su marido a un polvo rapidito. Tocó el timbre la Mudita, en mitad de la forreada. Se fue sin decir nada y de los nervios, al marido de Inés, el forro se le pegó en el techo.
   Jugaban a la canasta los jueves y mientras la Mudita barajaba, sacaba secretos de los demás, a veces se confundía, porque eran seis las familias y cada una tenía problemas, de infidelidad, exceso de odio, mentiras y las pavadas que contribuyen a hacer de la convivencia un infierno.
   La Mudita se apropiaba de los conflictos ajenos y los desparramaba sin piedad, siquiera con el paralítico que vivía solo y tenía un novio que lo visitaba con la asiduidad del enamorado. De ese se ponía Mudita, porque ella, alguna noche, se mandaba un touch y no go, “me quedo una semana”, decía el galancete y seguro que todas las noches le rompía el, el, el que todos sabemos y no entregamos con facilidad. Con ella era distinto, lo entregaba con felicidad.
   Un jueves, faltó la Mudita a la canasta, del árbol caído todos hacen leña, pero tuvieron miedo de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Esa tarde se aburrieron. El descaro de la Mudita para contar sus chismecitos, hicieron que taza taza, cada una a su casa.
   No eran diferentes a la Mudita. No hubo una sola que no la fuera a visitar. A todas les extrañó que la casa pareciera abandonada, con olor a mucho tiempo que allí, no vivía nadie. Tocaron el timbre, golpearon y sintiendo que los golpecitos podían llegar a hacer venir abajo todo. Fueron a la única Inmobiliaria del Pueblo. Les aseguraron que ese lugar, no se habitaba desde hacía ciento cincuenta años, tal vez más. Nunca vivió una mujer “La Mudita”, ni en esa casa del Pueblo, ni en otro lugar, debió ser una alucinación que se contagiaron las seis mujeres. Nadie se resignó a la ausencia inexplicable.
   Los jueves quedaron como recuerdo y algunas se lo borraron. Entre ellas, dejaron de ser amigas. No se saludaron más y si tropezaban en la calle, ni pedían perdón ni “no es nada”.
   Del Pueblo se fueron de a poco, todos. No había más trabajo, ni negocios, ni Escuela. El viento sí se quedó y los yuyos ocuparon el Pueblo vacío, las casas se derrumbaron todas, menos una, tenía un porchecito, donde se escuchaba una silla de mimbre, que se hamacaba sola, sin nadie sentado, la Mudita contaba la historia del pueblo, que alguna vez hubo allí, pero ella no estaba. Sólo su voz en el viento, que hacía doblar los yuyos y las flores, por miedo a ser criticados. Ni yo, que escribo esta historia, no sé qué es verdad o mentira, tal vez algún lector generoso me ubique en tiempo y espacio. Tengo ciento cincuenta años, después de todo, en realidad, ya no  importa.

lunes, 9 de septiembre de 2019

TIENE PODERES



   Están saltando en las camas y se tiran con almohadones, se ríen con esas risas, Juan Pedro y Griselda. Dos hijos que nacieron dentro de mi panza y están en mi corazón.
   Me estiro y me desperezo, quiero verlos desayunar, se cuentan secretos antes de ir al Colegio. Me parece que los dos tienen sus amores incipientes, o no es así, son apasionados como adultos, pero jamás se dan besitos. Hacen anillos con papeles dorados de alfajores y se prometen cosas que parecen de juguete. Yo me los imagino, al Colegio no puedo entrar. Pero hay tanto de ellos en casa, me encontré con los anillos de papel, iguales a mi infancia, con compañeros de clase.
   Ya volvieron del Colegio, Juan Pedro y Griselda tiran el té con leche y lo dejan sobre la mesa, para que nadie se dé cuenta de la infracción. Encuentran el tarro de dulce de leche y con una cuchara sopera, salen al jardín y se esconden detrás de los mismos arbustos que crecieron con ellos. Comen el dulce de leche, una cucharada para Juan Pedro y la próxima para Griselda. Hasta que llegan al cartón no paran. Siguen raspando y empalagados le dan el tarro al perro de al lado. Me da pena ese perrito, siempre lo dejan afuera y le pasa la lengua al tarro, como si estuviera lleno.
   Los chicos juegan a la escondida, Juan Pedro siempre le gana a Griselda, a veces la deja ganar y ella, de contenta, intenta darle un beso. Juan Pedro corre ligero, porque Griselda tiene dulce de leche alrededor de la boca.
   Aparece una chica que los cuida por la tarde, les hace hacer los deberes y también les cuenta cuentos. A la chica le gusta que no miren la tele, que olviden los celulares y ella misma, mientras les cuenta, patea abajo del sillón la computadora.
  Juan Pedro y Griselda, representan el cuento, con disfraces de colores y bigotes de carbonilla. Al final terminan los tres, representando el cuento terrible que escucharon. Me gusta cómo los trata, ojalá que no renuncie.
   Sin que nadie me vea le dejo algunos pesitos, adentro de su mochila. Cuando Juan Pedro y Griselda extrañan, me llaman a los gritos. Juan Pedro le dice a su hermana, que aunque griten, yo no voy a estar.
   —¿Cómo decís eso si anoche me dio un beso en la cabeza?
   Él la mira con lástima, inventa. —Tenés razón, a mí, algunas veces, me arropa antes de dormir.
   Griselda, que no la corta con las preguntas y que le encanta mentir:
—Mami está siempre con nosotros, pero tiene poderes, casi siempre se hace invisible, yo cierro bien fuerte los ojos y siento un viento calentito, que pasa a nuestro costado y es ella, te lo juro por dios, que me caiga muerta.
   Y se hace una cruz con los dedos índices, encima de la boca, después se chupa los dedos, algo de dulce de leche le quedaba.

domingo, 8 de septiembre de 2019

POBRECITA LA GENTE



   —Si nos acostamos a las cinco ¿por qué ponés el despertador a las doce? Mañana quiero dormir, me arden los ojos de todas las fotos, los documentos, la propiedad. No me voy a levantar, andate vos sólo.
   Sentí que se acostaba sin ganas de explicar nada.
   —Mañana lo rematan, estos tipos no perdonan.
   Me dormí sin decir que yo iba a estar para defender junto con él, aquel pedazo que nos dejaron. Había que sacar el dinero del Banco y era mucho, después acusó que mucho más. Habló de lugaretes, al final lo hice callar.
   —No me dirijas la palabra a la mañana, después del despertador la voz humana me mata.
   Nos bañamos luego de cuatro mates amargos. Él preparó las cuentas, las fotocopias de propiedad, los originales de hace doscientos años y las deudas a pagar. Todo ese laburo para que cuatro descerebrados no nos obligaran a vender.
   Tardamos un montón en estacionar, yo miraba el reloj midiendo los minutos que se iban.
   —Dejá de joder con la hora y está alerta a tu cartera, me llevó dos semanas hacerle un doble fondo donde cabe la mitad. No pongas cara de vaca, el resto va en mi mochila.
   Cuando llegamos había una cola de treinta y ocho personas. Suelo contar los que tenemos delante, la gente da vuelta la cabeza, como si yo fuera una punga. Tenía el cuerpo anestesiado y no encontraba los documentos.
   Por fin llegamos a ventanilla, la mina iba sacando tocos que me hacían transpirar, yo los iba guardando sin mirar, los míos y los de él. Se enojó fiero con los ojos.
   —El asunto del reparto, dejámelo a mí, carajo.
   Había que firmar todo el tiempo, aclaración, domicilio y número de celular. Justo llegamos cuando estaba por cerrar la Escribanía y los Abogados, por rajar. El tramiterío se hizo solo.
   Me dijo, pero bajito:—Esto lo dejo en manos de dios, esta gente es de confianza, les voy a decir la verdad.
   Yo ignoraba a qué se refería: —Me dejé los anteojos en el Banco, ¿los podés ir a buscar?
   Sin querer me salió una respuesta de mi Madre: —Ay qué tipo boludo, si el Banco ha de estar cerrado.
   Me explicó como agua de estanque: —Entrá por la puerta del costado, nos encontramos de camino.
   Hacía un frío de cagarse pero yo igual transpiraba, corría de paranoica, dos tipos con pinta de “te saco todo” y eso me hacía correr más. Una chica muy amable me permitió pasar con su tarjeta. Había gente del otro lado, pero la cerradura con un cartel que decía Cerrado. Empecé a golpear con un puño, después con los dos, después daba patadas, menos la cabeza, que usé la boca para gritar.
   Hasta que apareció una boluda, que de lejos, me decía con las manos y cara de mal cogida: 
   —Tranquila, tranquilícese…hay tiempo, hay tiempo.
   Cuando abrió me dieron ganas de ahorcarla, puse cara de mable y le dije: —Me olvidé los anteojos, me atendió una cajera que tal y tal.
   Me gozaba la hija de puta: —Lo que me dice ni importa, hay una sola mujer que es Cajera, espere acá que voy a ver.
   Y no venía, y no venía y yo sabía que faltaban mis firmas, a cuatro cuadras de aquí. Apareció el gordo que cuando atendía escupía pedazos de medialuna y con gestos me decía, lejos atrás del vidrio, que los anteojos no estaban. Volví por el mismo camino, mientras casi gritaba: —Esta ladrona Kakoncha, que tendría que estar presa y devolver lo que se robó, y este boludo que no hace nada, pero roba un poco menos que la otra, qué sé yo.
   El aire ya no me daba y los morochos me seguían cada vez más cerca, hasta el Estudio, digamos. Ellos estaban haciendo trámites como nosotros, pero en este país de mierda, uno vive asustado.
   Salió él preguntando si los había encontrado.
   —¿Ya terminaste todo? ¿Nos quedó algo?
   Dijo que no recordaba dónde habíamos estacionado y nos quedaba un toquito para dos meses, o tres. Lo demás quedó en manos de la Injusticia, teníamos la jubilación…¡Ja! Estamos como queremos.
   Al día siguiente fuimos al campo, estaban los cuatro esperando. Él habló con uno sólo que subió a la camioneta y casi vuelca de lucer corrupto, reculó y escupió en la tranquera. Nosotros en la galería pusimos un rock al mango y nos fumamos un porrón, que cultivamos con nuestras manos.

sábado, 7 de septiembre de 2019

CALAMARES EN SU TINTA



   Me anoté en la Marina Mercante, cuando por primera vez aceptaron a mujeres. Pensé que íbamos a ser muchas, pero en el barco había una sola, Verinia, que era yo con doscientos cincuenta marinos. Se reían de mí cuando pasaba por sus filas para saludar a la bandera, se tocaban los codos como diciendo: “Qué hambre de hombres tienen algunas minas” y no era como diciendo, lo decían bien cerca de mis oídos, también escuché “Qué bagayo de mujer, aquí está segura, nadie le va a proponer nada, ni bailar en esas fiestas ridículas haciendo subir minas pagas para nosotros”.
   Yo nunca asistí a esos eventos, prefería vomitar tranquila en mi camarote. Durante meses, antes de llegar a los lugares de destino, Prefecturas de distintos países, no permitían desembarcar a Puerto, Allí empecé a odiar a los hombres.
    —Verinia, te invitamos a jugar al billar con nosotros.
   Me gusta ese juego y acepté ir con ellos a una inocente partida. El Comandante de a bordo, miró con desconfianza y haciendo la venia de hablar con él: —Mire, Verinia, yo tuve el honor de ser compañero de su Padre. En nombre de aquella amistad, le pido me permita asistir a su camarote, para advertirla de las dificultades que podrían presentarse. Quiero ser la persona a la que pueda recurrir.
   Cuando entré en el salón, ya habían abierto el juego. Cuando tocó mi turno, mi concentración promovió pegarle a tres bolas de direcciones complejas, hasta que pude llegar y entrar al hoyo con firuletes pensados. Alguno aplaudió, otros me silbaron y un tercero dijo: —Con ese culo me puedo divertir tres Puertos sin bajar, aunque se pueda.
   Hice que no escuché nada, pero era el mismo que una vez entró a mi camarote sin llamar y dijo con mirada torva, dando tres pasos adentro. 
   —Disculpe, me equivoqué, pensé que era el mío.
   Escuché risotadas que provenían de la borda. Otra noche para él inesperada, entré en su camarote sin llamar, pedí a sus tres compañeros que por favor tenía que hablar a solas, un tema de vital importancia.
   Trabé la puerta, el marinerito quedó asombrado cuando le arranqué los botones braguetiles y con mis propias manos, tomé su miembro respetable y bien dispuesto. Mi pantalón estaba rajado entre las piernas, hice una reforma de último momento. Lo guié hasta el lugar y él se metió tierra adentro, en este caso mar adentro. Era mi segundo día de menstruación abundante y entre una cosa y otra, quedó embadurnado con sangre desde su miembro hasta su boca.
   Antes que me vomitara en la cara, le meé y le cagué su litera. Salí con toda calma y me metí en mi camarote, con la satisfacción del deber cumplido. No habrá pasado una hora, cuando se hizo presente el Comandante de abordo. Tenía sus pretensiones y cumplí sus órdenes, como no, si era mi superior.
   Hizo todo con ojos cerrados y lo que pensó un exceso de flujo placentero, cuando terminó, tenía sangre en todo su uniforme. El viejo verde pidió detalles: —¿Entonces no era su culo?
   Lo miré con perversión de chica mala: —Eso le pertenece a mi novio y lo que usted pensó era mi propia boca.
   El viejo voló como una gaviota y se tiró al mar, las máquinas hicieron el resto, quedó hecho carne picada. Algunos dicen que fue un suicidio, yo declaré que dormía y no había escuchado nada. Pasé al lado de un marinerito sin estrenar, me miró como si fuera un hombre y no un pendejo de mierda.
   —Me dijeron que te llamás Verinia y sos una yegua pura sangre.
   Pedí la baja inmediata. Ahora vivo tranquila, esperando mi bebé, ignorando quién es el Padre. Nadie sabe dónde estoy y esta cabaña está oculta entre bosques y praderas.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Y DIOS SE AUSENTÓ



   Conoció sus zonas erógenas a temprana edad, su Padre, un hombre importante, Presidente de la Cámara de la banana importada.
   Cuando la niña cumplió cuatro años, su Padre abusó de ella, durante  su infancia. Su Madre no tenía relaciones con el marido y sus histerias aumentaban. El Chofer que la trasladaba a su trabajo, inventado con un sueldo real, se detuvo en un hotel con garaje individual y sin mediar palabra, se convirtió en el amante oficial de la Señora.
   Ella sabía lo que ocurría en su casa, pero simulaba ignorar todo, hasta que tenía una hija, para eso estaba la Niñera. A medida que pasaron los años, la hija fue abusada por los colegas de su Padre y parientes cosanguíneos, que sabían que la chica no contaba nada a nadie.
   Cuando cumplió los veinte e iba por su segundo año de Psicología, empezó con terapia, tenía tanta impotencia, tanta confusión y tantos deseos de venganza, que hasta su propio Analista horrorizado, en cómo podrían llevar todo aquello. La chica siguió con su terapia, pero su primer novio, sabiendo la historia contada por ella misma, con vergüenza de ser culpable, la llevó al mejor Abogado con especialidad en estos casos. Resultó ser una persona con bonhomía e inteligencia para proceder. La chica dijo cada nombre de todos los que hacían un contubernio a su inocencia.
   La primera demanda se hizo a su Padre, con el aval de otros Abogados honestos. Hubo que ser precavidos, cuando la corrupción pareció una moda insoluble, llegaba más rápido que la Justicia.
   A partir de que un Juez de la Nación, dictaminó la prisión definitiva para el Padre, fueron cayendo de a uno en uno, con pruebas más que eficientes, para cumplir sus condenas de hasta treinta años. La joven fue indemnizada cuantiosamente. Todos los violadores eran personajes que ignoraban cuánto dinero tenían, en blanco, negro y amarillo.
   Lo que nadie pudo restituir fue la infancia y la juventud mancillada, por tanto delincuente encubierto por su silencio y por otros caminos delictivos. Amenazas, golpizas, robos y hasta dos secuestros extorsivos, al entorno de ella.
   La joven sigue su Análisis, los estudios sorprenden por su tranquilidad para rendir materias sin descanso y con calificaciones máximas. Le contó al Analista, tiene una beca de dos años en Alemania.
   —Desde ya contás con mi anuencia, si media un Acompañante Terapéutico.
   La chica casi salta hasta el techo y por fin fue feliz, el que iba a supervisar con compañía, era su propio novio.

jueves, 5 de septiembre de 2019

YO - YO



   Él miraba cualquier cabeza y se enteraba de su pasado, del presente, si era un ser perverso o generoso. Capaz de cambiar su vida por otro. Estacionar el auto siempre en doble mano. Si tomaba vacaciones prefería viajar solo, ir con un amigo lo complicaba, porque con dos palabras se daba cuenta que con él a la playa, no iría. La cabeza del amigo era más chica que el respaldo de la butaca, se ahorraba las pastillas para dormir y hacía sonar en sus oídos: “Yo tengo una novia mal acostumbrada, dejala, dejala” Como contar ovejas, que le pareció una mentira fabricada, en cambio la otra, le cerraba los ojos y dormía completo.
   Armaba la carpa, solo, entre tamarindos. En los campamentos estaban todos locos. Él no se excluía de la locura general. Pero su deseo era no ver a ninguno. Odiaba las mujeres, sentía que eran brujas antropófagas y malas. A los hombres también los odiaba, por participar en guerras y dejar cabos sueltos y empezar una nueva y otra y otra, sin fin.
   Olvidó el queso, el pan y la leche, no quiso ir a la Proveeduría de las carpas y sin querer, darse cuenta que el hombre lo atendía y la mujer  se olvidaba de darle el vuelto. Veía el interior de sus cabezas y contenían cuencos vacíos.
   Por eso no le pareció tan mal cuando vio una fogata cerca de su carpa. Cuando la chica asomó, tenía sobre las brasas un pescado pequeño, lo sorprendió haciendo pis en un árbol. —Mi Papá y mis hermanos, también hacen de pie como vos, mientras tanto miran el cielo y si hay estrellas fugaces se las regalan a mi Mamá, que se murió con simpleza, así como era ella. Nosotras nos agachamos para hacer pis, es aburrido, a no ser que haya luciérnagas y entonces nos levantamos, tratando de cazar alguna y sentimos cómo el pis se desliza por las piernas. Corremos al mar a limpiarnos y nos esperan las noctilucas, primas de las luciérnagas. ¿Y vos quién sos?
   Él ni la miró, pero le contestó: —¿Quién voy a ser? Soy Yo.
   La niña, casi mujer, se tentó y no paraba su risa. —Tengo un pescado que ya debe estar, te doy la mitad y el resto para Yo, yo también me llamo Yo.
   La comida fue más que austera, al final la chica se durmió, se puso bien cerquita de Yo y se tapó con arena. Le miró la cabeza y debió corregir algunas cosas, que pensaba antes de las mujeres. Esta niña mujer era diferente, tenía nubes, estrellas, su hábitat el cosmos. También vio a su yo tomando la mano de Yo. Era tanto lo que tenía dentro de su cabeza, que le asombró que no fuera cabezona. Pasó sus vacaciones con Yo, que le preparaba pescados cada vez más grandes, lo acompañaban con vino que la niña grande había robado a su Padre. Esa noche cuando cayó con sueño y una sonrisa, como él no podía dormir cantó: “Yo tengo una novia mal acostumbrada, dejala, dejala”. Yo se despertó y le apretó las dos manos y cantó: “…No la dejes…no la dejes…” Y el final te lo dejo a vos, no le agregues mucho caramelo.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

CELERIDAD



   Prudencio manejaba con prudencia, Selenita le reprochaba todo el camino el uso de la máxima velocidad.
   —Y después vienen las multas, él no las paga y lo llevan ante el Juez.
   —Prudencio, muy seguro, jura que él iba muy rápido, pero que no mató ni un cuis, ni una persona. Por eso sólo tendría que ser sobreseído y liberado de las multas y liberado en general.
   Pone cara de juzgarme culpable, para que le dé esos papelitos que son su pan de cada día. ¿Por qué no la mete adentro a Selenita?, que con esa voz de abejita, dice: —Señor Juez, usted vio cómo son los hombres, que no comprenden que los queremos proteger, como hijos, no como marido, yo tengo pruebas que Prudencio no tiene intenciones conmigo, pero sí con la hija del Encargado.
   El Juez se pone estrábico, piensa que no es su función escuchar problemas personales, “los trapos sucios se lavan en casa”, eso decía su Abuela, que no era sabia, pero era vieja.
   —Señora Selenita, usted salió de testigo de un marido imprudente, al no estar divorciados, su testimonio no sirve.
   No condenó a ninguno, porque dijo que estaba cansado, se tomaría unos días y tal vez, entre ellos, solucionaran las cosas fuera de su presencia.
   —Señor Prudencio, déme las llaves de su Minicooper, los papeles no los necesito, el beneficio de ser Juez. Yo le advertí, esto que hizo cuesta un dinero y ese auto, a partir de ahora, es mío.
   Ni bien el auto arrancó, Prudencio lo corrió hasta perderse, se lo tragó el horizonte. Selenita fue considerada viuda y se casó con el Encargado, la hija salió de testigo. De la emoción a Selenita, le dio un ACV, la llevaron a un Sanatorio y quedó abandonada en un pasillo. Como a las cuatro horas apareció una Enfermera, pero Selenita sólo dejó el calor de su cuerpo. La Enfermera le contó al Médico lo sucedido en su piso.
   —¿Era pobre la enferma? ¿Alguien la conocía?
   La Enfermera, que se acostó con el Médico la noche anterior, a las dos preguntas le dijo que no. Para empezar la siguiente guardia, estaban tan cansados que fueron a tomar un café doble.
   —La gente tiene tanta indiferencia, que nadie preguntó por ella. ¿Te diste cuenta?
   La Enfermera preguntó de qué hablaba: —De nada, voy a dormir un par de horas, si no venís vos, mandame la tetona que es tan eficaz, siempre está dispuesta a todo.  

martes, 3 de septiembre de 2019

¡QUÉ ME CONTÁS!



   La espiaba por la cerradura, y salía sin olvidarme las llaves, pero sí las carpetas. Mientras ella llamaba al ascensor, yo ya estaba a su lado, me intrigaba su vestimenta, toda gris y si hacía frío, agregaba un chaleco negro, llevaba una vincha oscura y una cola de pelo triste.
   —¿Usted trabaja en un Colegio religioso?
   Se quedó de perfil y con voz de aburrida y sola, contestó: —Mi nombre es Marina, vivo enfrente de Ud. Pertenezco a la Congregación de Monjas, con voto pero sin hábito. Entrego mi vida a Dios, que me salvó la vida, por eso mi pensamiento reza y reza sin cesar. Hay de mi congregación que se casan, pero no quieren tener hijos. Está vedado a nuestro Protocolo bíblico, por respeto a los niños que andan la vida sin padres, según dios y algunos hombres buenos, sin dios, eligen adoptar. Le llené la cabeza con mi vida y creencias. Le pido que me perdone, hablo sólo con dios, pero él tiene la costumbre de hablar con todo el mundo a la vez. Se desencuentran los pedidos con los agradecimientos. Hay una mezcla que hasta el propio Dios, tiene mareos y otitis o le sangra la garganta, de tanto hablar y hablar. Está grande y bastante cansado de repetir siempre lo mismo, que es racional, divino y las personas preguntan, piden, ruegan, exigen. Yo en su lugar los mandaría a la mierda, pero su paciencia es infinita.
   Me quedé pensando en cuánto hablaba, pero cuando le vi esa cara de armonía, de generosa y de loca, me dieron ganas de decirle:
   —¿Y si hoy faltás al Convento? Te invito a ver cuatro películas cortas de Charles Chaplin y dos de mi querido Buster Keaton.
   Se le puso el contorno de todo el cuerpo brillante. No me di cuenta que íbamos por la plaza, el sol del atardecer la iluminaba de atrás.
   —Podemos ir ahora y comprar pochoclos que son muy entretenidos para ver películas.
   Me encantó la monja, el hábito, el voto, todo eso no tenía importancia, su núcleo pasaba por una ruta distinta. En el Cine fui atrevido y le toqué una mano y le pasé la mano por el hombro. No dijo nada, sólo masticaba y se reía, como por primera vez una niña.
   Cuando salimos tenía una sonrisa con todos los dientes saludando.
   —No te creas que no me di cuenta, no me molestó, igual prefiero que me pidan permiso.Ahora te vas a sorprender, yo no soy una monja, soy atea convencida. Estoy ensayando una obra de Teatro, que se llama: “Golpes a mi puerta”. Hay dos personajes que son dos religiosas, o monjas, como más te guste. Hay una de ellas, la mía, que me cuesta incorporar y me comporto como mi personaje, hace un mes que decidí este método. Y vos me ayudás, ¿vos sabés lo que hago?, te espío por la cerradura y salgo cuando vos salís. Mi personaje tiene que simular, subyacente y callada, que está enamorada de un joven que ellas esconden en su casa, de una persecución.
   Allí Marina no dijo más nada.
   —No sabés cuánto te debo, mi monja se está enamorando de vos, pero no yo, la actriz. ¡Qué me contás!
   Flasheé unos segundos: —Marina, a mí me pasa lo mismo con vos, pero no como actor, como hombre. ¡Qué me contás!

lunes, 2 de septiembre de 2019

ENTRAÑABLE



   Nos mintieron, los hombres no bailaban con hombres. Para eso estaban las mujeres, que llegaban en alpargatas y las cambiaban por zapatos, de taco alto infinito.
   Se bailaba en esquinas sin ochava, con un bar pleno de alcohol, grapa que ya venía mezclada con escupitajos españoles. Vino de uva mosqueta, cabernet para los debiluchos y tinto borgoña para los ricachones. También vino suelto para los ricoteros.
   —Muchachos y chicas, adentro se toma, afuera se baila, hay que ponerle los pies a los adoquines, es más difícil para las damas, pero tienen que aprender a levantar la pata, es más cómodo para el hombre.
   Así habló “Don Javier” la noche que inauguró aquel boliche entrañable. Hilda, concubina de Don Javier, era una artista para revolear la pata y no decía jamás que no a una inclinación de cabeza, apenas leve.
   Cuando Don Javier se dormía sobre un barril que le hacía de mesa y de almohada. Salían todos los tipos a pedir a la Hilda, de bailar un tango modernoso, la agarraban los mejores, le metían la pierna de él, adentro de las de Hilda, que sabía manejar el tajo del vestidito negro, algún voyer se daba cuenta. Los más hábiles se la metían y ella se doblaba hacia atrás, para hacerle un lugarcito más y tapar con la melena, aquel placer.
   Uno fue a alcagüetear a Don Javier. Ella entró a la pieza en alpargatas y dada vuelta del pedo que se agarró.
   —Tengo que hablar con vos.
   Este viejo choto, si ahora me voy a dormir la mona.
   —Quiero que te mandés mudar, me hacés quedar como un cornudo.
   Ella se fue sin contestar, con las crenchas para cualquier lado, agarró para cualquier lado. Se puso el traje de laburar y fue al Puerto. Todos la vieron mareada, pero nadie dijo nada.
   Avisó que iba hasta el baño y a partir de ahí o después, desapareció de todas partes. Ya van a cumplirse cinco años, que nadie sabe dónde fue. La Hilda lo quería a Don Javier, como quieren las putas, pero lo quería.
   Por eso nadie se explica lo que pasó. Don Javier cerró el boliche, se fue a recorrer el mundo, caminando de día y llorando de noche. Ya estaba viejo Don Javier, pero todavía sigue buscando.

domingo, 1 de septiembre de 2019

NO HAY NADA QUE DECIR



   Se me cierran los ojos, este camino tan recto, ninguna cosa que exista, no hay nadie, ni algún auto atrás de otro, de adelante, que me quiera pasar, el paisaje a los costados es yermo, dicen que alguna vez hubo una selva gigante, que se llamaba Amazonia o Mato Grosso, ahora es casi un desierto. Tengo dos curvas ¡Por fin! Miro hacia abajo y las piedras, producto de árboles antiguos, caen en pozos sin final.
   ¿Será por eso que tenemos que andar con tubos de oxígeno, inhalando por la nariz plastificada y exhalando por un canuto en el culo? Si uno se pone a pensar, es incómodo para manejar, para caminar, para cojer ni digamos, para cagar se hace por el ombligo.
   Hay un tipo haciendo dedo, pobre tipo, debe hacer horas que está, se le cae la piel en cintas, los labios, partido profundo y derretido el tubo de oxígeno. Le pegué la piel con poxivegetarius y los labios partidos con células vivas de androide. Por precaución siempre llevo un tubo de oxígeno adicional. Él mismo lo colocó, se había quedado sin aire, lo agradeció en un idioma que desconocía, a pocos kms, abrió la puerta del auto y se tiró en un agujero negro. Aseguré todas las puertas, no pensé más en el extraño que decidió.
   Tomé el camino largo y mi soledad me apabulló, antes no la sentía, siempre anduve solo. Por fin dos curvas seguidas, en la primera había un tipo haciendo dedo. Quise detenerme, pero los frenos no respondieron. Abrí la puerta y salté a otro agujero negro, que me liberó del tubo de oxígeno y los implantes mangueriles. Mi vida entera la recorrió el pensamiento. Y se detuvo y levitó. ¿Qué habrá pasado después?