domingo, 11 de agosto de 2019

FUTURISMO



   No sé por qué los personajes son siempre él y la ella, sus nombres no existen. Los cuentos tienen principio, medio y final, en todas las ocasiones. Si quiero cambiar el principio por el final, el medio queda huérfano como diciendo ¿yo dónde voy?
    Mis amigos solidarios me generan algunas ficciones, reales, si abrís una canilla, sale agua, si no hay algún corte imprevisto, en las personas es igual, se corta y deja de fluir hasta que llega el sodero y les ayuda a destrabar. Ella siente un gran alivio y lo corre hasta el camión. El tipo, no quiere saber nada, ya le hizo un buen trabajo. Llegó justo el marido que estacionó atrás del sodero. La mina dudó de ella, olvidó que estaba casada con el gordo barrigón. Hacía tiempo que el gordinflón lo usaba en algún otro lado y ella quedó tapada, por más fuerza que hiciera no le salía nada. Todo mal, casi se muere, pero el hijo del Sodero tuvo piedad y con la sopapa del baño le creó un alivio inmediato.
   —No le cuentes por favor a ninguna de mis vecinas, o todas empezarán a decir que me encuentro mal servida. Yo me acostumbré a que nunca pasara nada, sobre todo con el gordinflón, un oprobio si lo hubiese permitido. Pero con vos no sé qué me pasa, si estuvieras afin, pasamos a la otra pieza. Es correcto como procedas, viste que ahora cualquier cosa está de moda y me podés reciclar. El dinero que ahorré para un viaje, me lo gasto todo en vos, ya imagino que si no pago, recibo lo que recibo. No me imagino pagando. Dejá que abandone la birome, porque de este cuento inocente, la pornografía está presente del brazo del disparate.
   Cuando era chica contaba cosas a mis Padres, Tíos, Abuelos, hablaba todo el tiempo y sólo me detenía cuando el oyente se iba, diciendo: —¡Pará por favor de hablar y decir más disparates!  
   Ahora que lo recuerdo, tenía ganas de disparar, de irme de esta familia nuclear burguesa, lo más aburrido que hay. De grande seguí hablándome todo, hasta mi primer Analista, se dormía cuando le hablaba. Cuando me daba cuenta, me iba de la sesión y no le pagaba nada.
   Cambiaba de Analista dos o tres veces por año y con todos era igual, se dormían antes del final. Después me llamaban sin disculparse, para abonar lo que debía. Yo les contestaba: —No le puedo abonar, porque me estoy durmiendo y quién sabe cuándo despertaré.
   Gasté mis energías en muchas cosas más, que no pienso relatar, porque esto no es una autobiografía. Ahora se me dio por escribir, igual tengo los diarios de mi infancia, que también fueron escritos con denuncias familiares o descripciones de los viajes o cómo robaban en casa, las chicas de la limpieza.
   No voy a empezar con el conflicto principio, medio y final. Empezar con un cuento que salió de la nada y boyando descubrí. Jamás voy a dejar de ser una niña, ni aunque tenga setenta o ciento dos. Una cosa que me olvidé de escribir, la realidad de los sin techo, eso es pornografía.

sábado, 10 de agosto de 2019

TIC



   Subió al subte la pareja, ella se adormecía en un hombro y él le besaba la boca, pero con tal discreción que nadie se daba cuenta, excepto en el fondo, en un asiento individual, Raquel no podía despegar los ojos de aquel amor silencioso.
   Los miraba con ternura, como se mira de afuera alguna escena similar. En una Estación cualquiera, la mujer de la pareja se acercó a Raquel indignada, fueron varios los momentos donde Raquel miraba al novio y le guiñaba el ojo izquierdo. —Sabés que tengo un tic en el ojo, no es que me pase siempre, me sucede solamente con las parejas ajenas, no te enojes, quedate acá y mirá lo que me pasa, tu novio, el que ahora está sin vos, lo miro y el ojo me hace un tic parecido a un guiño de avance. 
   La mujer usaba voz baja, pero no terminaba de entender. —Y no es que te lo quiera robar, no te ofendas, pero tu hombre, no me gusta para mí, aunque entre ustedes dos intuyo una pareja de excepción.
   Esta chica no es normal, pero parece sensible, lo del ojo se dio al nacer, según ella cuenta, si lo que quiere es un hombre, guiñarle un ojo no es bueno para empezar.
   Entiendo lo que dice. —Soy horrible, pero es que no me miraste bien.
   Estaba equivocada, la chica era de cara tranquila y de ojos orientales, que parecían querer ver hasta el fondo de todas las cosas, un gato, un perro, un cartel, si reparaba en ellos, algo los iluminaba. Tenía el pelo trenzado, le llegaba hasta la cintura y la rodeaba una especie de aura invisible, cuando la oscuridad de algún túnel.
   Ahora llega mi Estación, fue un gusto conocer una persona que por fin le puedo explicar. La chica llamó a una Señora, que parecía dormitar. 
—Vamos!, vamos!, María, tenemos que abrir la silla antes de llegar.
   La Señora se puso de pie y a su derecha encontró la silla de ruedas y la abrió, allí se sentó la chica. La Señora la llevaba, antes de salir, junto con la trenza se dio vuelta y les guiñó un ojito a la pareja, que apenas pudo cerrar la boca.  

viernes, 9 de agosto de 2019

DE LA VIDA DE ELLOS DOS



   —Yo a vos, no te veo igual. ¿Viste cuando te dicen que estás igualito y pasaron treinta años? 
-Quise unir su deterioro al mío para que no se sienta mal, yo me tomo algún trabajo-. Soy Profesor de gimnasia, hago pesas, yoga y corro hasta los días de lluvia. No perdí ni un solo pelo, es de familia, lo dejo blanco, las canas lo invadieron, pero con la piel tostada parezco un viejo pintón. Durante el invierno, las Baleares me dan ese curtido que les gusta a las pendejas. Los viajes los pago con la plata que junto, dando clases de Iyengar. No voy a decir más nada de mí, sino voy a empezar a besarme.
   —¿Querés saber?, vos estás más joven que cuando éramos chicos. Pero tenemos distintas profesiones, yo escribo todo el día, de la mañana hasta la madrugada, también leo y siempre sentado en la misma silla , cuando me levanto, lamento no tener una lapicera que pueda dibujarme el culo. La columna es deprimente, me inclino para escribir, para comer algún delivery que me haga resistir. Y cuando me miro en el reflejo de algún negocio, la columna es un signo de interrogación. Me dan ganas de atarme un palo de escoba en la espalda, bien apretado, pero estos carreteles si los enderezo, seguro que se me parten. ¿Te acordás cuando las minas se peleaban por mí? Se usaban los intelectuales flacos, altos y con anteojos, mínimo dos libros publicados y otro en elaboración, si era Jefe de Cátedra me tenía que esconder. Nunca quise vivir con nadie, menos con una chica sobona.
   —Me acordé de una ninfómana que nos gustaba a los dos, la mina decía que vos filmabas, eras vanidoso y soberbio. Te dejabas avanzar por viejas, que te hacían sentir pendejo. Pero igual a vos te gustaba. ¡Qué locos los dos! Morir por esa mujer, si ahora la llegás a ver, no podrás creer que alguna vez estuvo tan buena y nosotros a los pies. Vos te acordás que a la ninfa le regalé el Ser y la Nada, ¿podés creer que a las dos semanas, le pregunté su parecer? ¿Sabés qué me contestó? Que no lo había leído porque tenía tapas amarillas y le traían mala suerte.
   El atleta envidiaba al escritor, sabía que era capaz de darte vuelta la cabeza con dos páginas escritas. Cuando llegó la despedida, el amigo de músculos alados, salió corriendo como una saeta.
   El escritor lo miró y sintió envidia por no ser él.  

jueves, 8 de agosto de 2019

LA PAZ



   —Si me das tus documentos yo los voy a guardar, están más seguros conmigo. Cuando te ven piel oscura con cara de boliviana, el dinero que le mandás a tu familia, lo pueden robar, dejá mejor que yo te lo deposite. Amparo, cuanto más hagas, más dinero recibirás. Días libres no podrás tener, voy a necesitarte todos los días. Acá el trajín no tiene principio ni fin. Debes estar atenta con mis hijos, cuando te vean les va a dar ganas de abusar y Uds, que no saben decir que no, permitirán lo que sea. Por favor, Amparito, no lo hagas aunque te rueguen, les podés transmitir enfermedades que seguro portás de Bolivia.
   Me mira con cara de perro faldero, la sumisión es algo que no me gusta, pero si es bueno para hacer lo que mande.
   —¿Cómo le tengo que llamar? ¿Sra Silvia, o con lo de Silvia está bien? ¿Hago sonar la campanita que me dio?
   Es muy chica, Amparo, pero así era mejor me dijeron, para amaestrarla y que no se vaya en un descuido.
   —Si no hay visitas me llamás Sra Silvia y si las hubiere, toco la campanita y venís enseguida. Yo te doy un uniforme, que debe permanecer siempre planchado y limpio, unas zapatillas blancas y te me hacés un rodete bien tirante, como una hindú en miniatura y no como una chinita que me regaló no sé quién.
   Esa noche tuve miedo, pasó el hijo más chico y casi da un paso hacia adentro. Le cerré la puerta con doble llave. Llegó el Señorito y golpeó en mi puerta: —Ya sé que estás despierta, no te preocupés, no necesito de tus servicios, siempre dudé de los bolitas y su higiene personal.
   A las cinco llegó el Señor y abrió la puerta con llaves que él tenía.
   —¿Así que vos sos la nueva? Cerrá los ojos y no mires, para mí sos como un retrete, me dan ganas y hago uso.
   Le rogué a Dios no sentir nada, pero me dolió y contuve el grito. Por suerte tenía algodón y al día siguiente lo metí entre la leña, encendí antes que nadie se levantara.
   Hacía toda la tarea que el día entero me llevaba, eran tres pisos, siete dormitorios, cuatro baños y el comedor. Yo creo que mi pueblito entero cabría en esta casa. Cuando me sentaba un minuto para tomar un poco de aire, se sentía el ring de la Sra Silvia, pidiendo un té con tetera, llegó su mejor amiga, la Srta Victoria. Yo no quería escuchar, por educación, pero ellas hablaban alto.  
   —Mirá, Silvia, me enteré por Nené, después por Pola y más tarde por Chichita, tu marido y tu hijo, el mayor, son amantes transitorios de todas ellas y sus Sirvientas. Yo te advertí que no era hombre de fiar, desde antes del casamiento.
    Escuché el llanto de la Sra Silvia, me pareció medio hipócrita, porque desde que estoy aquí duermen en piezas separadas y ni palabra se cruzan.
   —Mañana mismo lo echo, Victoria, debo salvar el nombre de esta familia.
   El Señor se fue ese mismo día. La Señora lloraba y lloraba y cada tanto decía: —Los chicos se fueron a Buenos Aires y vivo acá yo solita, con Amparo que será una pobre chica, pero además de hacer todo me acompaña y me cepilla el pelo, elogia mi entereza y me prepara diez pañuelos blancos por día, para que llore lo que yo quiera.
   —Sra Silvia, si me da usted un tiempecito, le voy a decir lo que me pasa.
   La mujer asintió con una sonrisa.
   —Estoy en estado interesante, Ud no lo notó porque su llanto no le permitió ver más que los abandonos, pero en dos meses, Señora Silvia, será Abuela, lo que llevo en mi panza es su nieto. Hijo del Señorito, que un día se confundió pensando que era su novia.
   La mujer de inmediato le dijo: —Te lo compro, Amparito, diremos que yo soy la madre, le mando dinero a los tuyos para que compren una casa y lo que se les ocurra.
   Amparito se tomó de la panza. —Pero Sra Silvia, es lo único que es mío y ya lo amo como si hubiera nacido.
   La Sra Silvia le dijo que si no le daba aquel niño, ella se suicidaba. Amparito la abrazó y le dio permiso para decirles a su gente y a todas sus amigas, que era la madre de ese bebé.
   —Le pido Señora, que me deje darle la teta y dormir en una cuna, que si usted lo permite, estará en medio de nuestras camas.
   Por primera vez la Señora Silvia, dejó de llorar y durmió como si fuera una almohada, sobre la panza de Amparo. Tal vez fue la providencia, el bebé salió blanquito y con ojitos celestes y el pelo era rojo como el sol del amanecer.

miércoles, 7 de agosto de 2019

LA GENTE YA NO VE NADA



Los de la cola del micro, los que no se sabe a dónde van, los comerciantes y los adolescentes que salían de las escuelas, los niños cuyas madres les tapaban los ojos. Los motociclistas nada, son muy duros de frenar. Mucho menos si algún colega se lleva puesto el señor de pinta distinguida con sombrero y guantes de cuero. Cruzaba con la luz verde, lo que debe ser, mientras la parejita de policías de tránsito, miraban el espectáculo fumando un pucho, tranquilos, contra la pared. De casualidad pasó un joven del Hospital, que estaba haciendo su residencia, munido de un bolso de primeros auxilios, jeringas y bisturíes, dos paquetes de algodón, regalo de sus padres de Rauch, retirado en la terminal.
   Pidió a todos que se retiraran y a los policías detener el tránsito, un celular para pedir una ambulancia de Emergencia, pero la mitad estaban rotas y las otras trabajando en situaciones similares. Salió la dueña del comercio de telas con sábanas blancas y tohallas. El Doctor suturó todo lo que pudo, pero la víctima tenía el abdomen con su interior a la intemperie. Juntó la piel de un lado y de otro, metió con sutileza, con guantes quirúrgicos, que él mismo traía. Le rodeó el abdomen con una sábana blanca. Armó cilindros de algodón y los introdujo en los buracos restantes.
   Toda esta construcción le llevó veinte minutos, mientras un señor, comedido, le daba oxígeno boca a boca y le oprimía el plexo solar. La ambulancia llegó a la media hora, era nueva y estaba munida con los equipos de emergencia. La sirena iba dejando la calle vacía. El traje del distinguido, el médico no tuvo más remedio que rajarlo con las manos. Dos veredas más adelante, huían dos chicos de la calle, con el sombrero puesto y los guantes cuero, de aquel señor que lo pasó feo.

martes, 6 de agosto de 2019

COMPLACER



   La Srta Bibi era la primera en llegar a la Fábrica. El Jefe era fanático de la puntualidad. El marido tardaba un poco más, se levantaba de mal humor y eso le prohibía el saludo tribal del “Buenos Días”.
   Al Jefe lo indignaba la tardanza, de apenas cinco minutos y que pasara a su lado sin saludar. Cuando entraba en el hangar, parecían hacer cien años que no la veía, caminaba a su encuentro, le daba un beso profundo mientras le tenía el trasero. El Jefe, desde lo alto, miraba la boca de esa mujer y cómo el descarado la tomaba del trasero. Los compañeros más acostumbrados que respetuosos, ni reparaban en la escena. Bibi le llevaba café al Jefe, para tenerlo contento y al marido también, él sumergido en el cuero, ni las gracias le daba. Ella no hacía diferencias, para que la gente no hablara de lo que hablaba.
   Los repartos los hacía el marido y en cuanto él salía, el Jefe llamaba a la Srta Bibi, para hacer un alto en el trabajo y charlar un ratito acerca de las ventas. Bajaba las cortinas y le miraba las piernas y la boca, que hablaba de números. Según sus bajos instintos, parecía pedir que la besaran.
   Cuando estaba por llegar el marido y el camión, el Jefe le decía con voz de seductor marica: 
—Vaya, vaya Srta Bibi, ha llegado su marido, salúdense como acostumbran a saludarse, con un piquito en la boca y…y…ese amor apasionado.
   Él la miraba de atrás cuando se iba, las manos se le atenazaban de las ganas de amasarla.
   —Me parece que el guarro del Jefe, te tiene ganas y lo quiere esconder, pero a mí me gustaría pegarle un cachetazo y que le dé vuelta la cabeza cinco veces por el impulso y se muera asfixiado.
   Bibi se asustó del Otelo, que ella ni cuenta se daba. Una mañana urdió un plan para que hubiera equilibrio. Se sabe que no hay cosa que caliente más que trabajar a diario, en el mismo sitio. Bibi llegó  una hora antes, el Jefe la llamó previo a que ella firmara. La tomó de una mano y la hizo pasar a la Oficina. Bajó todas las cortinas. La empujó en un sillón con dobleces y mientras le ubicó la boca dentro de la suya. Bibi estaba preparada, porque debajo no tenía nada y el Jefe la embistió con una algo sorprendente y cayeron tantos regalos, que no escucharon la llegada de la gente.
   El marido de Bibi  corrió a darle un beso profundo, mientras le tenía el trasero y lo dijo de corrido, para quien quisiera escuchar, escuchara.
   —¡Rajá de acá, perra inmunda!, tenés un olor a usado, que muestra bien a las claras que el Jefe no se baña en la puta vida.
   No quedó más nada para decir, había mucha boca abierta. 

lunes, 5 de agosto de 2019

HASTA EL FIN DESDE EL COMIENZO



   Se levantaba a las seis y le preparaba un desayuno americano, leche con copos, tostadas, un huevo frito, manteca haciendo rulos y un pomelo abierto. A las nueve entraba ella a su trabajo, trasladaba expedientes a la compu, Silvia equivalía a tres empleados, fueron suspendidos. Su velocidad adelantaba una hora y llegaba a preparar la comida. Siempre platos diferentes para amor.
   Él cumplía con la ingesta, pero su hígado no daba más del diario huevo frito y los platos sorpresa. No tenía vesícula y como sabía las consecuencias, disminuyó sus desayunos. Comía una tostada con té verde. Llevaba una manzana a la oficina y la comida de la noche dos nueces con gelatina.
   Silvia se ofendió, amor despreciaba su comida. Ella comía lo que él no, para no desperdiciar. Se puso gorda, no entraba en su ropa. No compraba nueva porque amor elogiaba cómo con poco llevaba la casa. Él adelgazó, los trajes le iban tan grandes que se compró dos para reemplazar.
   —Amor, te compraste dos trajes, tres camisas y una musculosa, si seguimos así vos hacé los mandados, yo recién cobré, en el Banco no queda nada. Pedí hacer seis horas extras, no habrá más remedio que cocines vos, faltaré el día completo.
   Amor gustó de aquella idea, no le vería sus gordos cachetes en todo el día.
   —Amor, no lavaste la ropa, levantate temprano y de paso planchás.
   Amor no decía nada, porque Silvia traía la plata que faltaba. Ahora lo llamaba “ché”, desterró lo de Amor: —Ché, tenés que lustrar los pisos, mirá cómo están, pasá la aspiradora a las alfombras, cambiá las sábanas todos los días. A la muchacha despedila, si te quitás la morriña, vos podés con todo. Nunca limpiás los goznes de las puertas y te olvidás de los vidrios. Ah, Ché, si encuentro los vidrios sin limpiar cuando vuelva, con mi sueldo no cuentes más.
   Cuando ella se fue, Che Amor, atravesó la puerta para nunca más volver.

domingo, 4 de agosto de 2019

VACÍO



   Pasó en el edificio, no se llevó las llaves. Era un chico con inestabilidad emocional, se encontraba entre la psicopatía y la lucidez simulada, su vida consistía en desafiar a todo. Vivía con una amigovia, que hizo hacer dos juegos de llaves, porque las horas extras del Hospital, le impedían llegar temprano, estaba advertida que él ya las había perdido, era el tercer juego, le contó al cerrajero:  —Este es el último que le hago, el cuarto ya verá cómo se las arregla.
   Se sentía invulnerable. Saltaba todos los días de la ventana del palier, que daba al pozo de aire-luz, hasta la ventana del baño que permanecía siempre abierta.
   Ese día que le salió todo mal, peleó con su mejor amigo y atravesó la vidriera de su negocio. El amigo lamentó la vidriera y le asombró que Estefán no hubiera ligado un rasguño. Entró furioso al edificio, su Padre le negó dinero, e iba atrasado dos meses en el alquiler. Saltó como siempre, pero no pudo llegar, su cuerpo quedó aplastado once pisos más abajo, sobre un patio de baldosas.
   La mujer dueña del patio, pensó que ese golpe eran ladrones, espió por las cortinas, era Estefán con una almohada de sangre.
   Corrió a buscar a la Portera, llamaron una ambulancia. La chica del primer piso lo cubrió con un acolchado y arrodillada a su lado, rezó: —Dios mío, por favor ayudalo, desde acá veo rayones de sangre, él quiere sobrevivir.
   La ambulancia se lo llevó, la gente del pozo de aire-luz, esa noche limpió con cepillo, la sangre que no salió. 

sábado, 3 de agosto de 2019

SI YO NO QUIERO ME VOY



   Ni pasaba por la Escuela. Dijo a sus Padres que no gastaran en la inscripción, no estaba en sus planes estudiar. Carmina vivía en un mundo con trazados firmes. Si era invierno tiraba el acolchado.
   —Es como dormir con un peso sobre mi cuerpo. Lo de sabanita lo acepto, para que no se pongan tristes, la termino usando de pañuelo, hecha un bollito de sonar. Igual Mami, vos preferís que me suene antes de tragarlo.
   Su hermana, Delfina, hacía de cuenta que no existía. Sentía que sus Padres la querían más a Carmina, un desastre en todo, que ella que era aplicada y prolija, obedecía cuando se le pedía una colaboración. A Carmina no la obligaban a nada, usaba artilugios. —Ma, voy a bañarme en el río, llevo jabón y tohalla, vuelvo al mediodía.
   Y volvía al atardecer. La corriente del río la fue llevando hasta donde vivía el Músico, ella estaba violeta y perdido el jabón y la tohalla. El Músico la hizo subir al puentecito, tenía los ojos cerrados y le alcanzó una bata. —¿Sos ciego?
   Lo vi que tenía ganas de mentirme. —No, pero cerré los ojos para no avergonzarte, a lo mejor no te diste cuenta, pero la corriente te quitó la malla.    
   Ella se hizo pasar sola a una sala ocupada por un piano de cola.
   —No sé cómo serás vos, pero en casa todos nos bañamos desnudos, mis Padres decían que así vinimos al mundo y la ropa fue un invento para molestar, cuando vamos al Pueblo sí nos vestimos, por la gente, para que no nos dejen afuera.
    El Músico empezó a tocar la Quinta de Beethoven. Ella la escuchó toda, luego aplaudió. 
—Yo sé que tocaste la Quinta de Beto el Joven.
   El Músico complacido le enseñó cómo se pronunciaba. Carmina le dijo que ya sabía, pero le quedaba mejor Beto el Joven. —Yo tengo diez años ¿y vos cuántos tenés?
   Él le dijo que veinte. Carmina sacó la cuenta. 
—Te autorizo a casarte conmigo, si yo tengo novecientos pesos ahorrados, vos tenés veinte más, es una buena dote que a mis Padres les vendría bien para pagar el Colegio de la estúpida de mi hermana.
   —Carmina, me encanta, pero sos muy chica y yo un viejo.
   Ella tocó unos acordes de Para Elisa y le contestó: —A mí me encantan los viejos y tengo una idea, yo te espero hasta que vos digas, no me quiero perder ese turno. Vení conmigo a mi casa, pero no les cuentes nada.
   Los dos, con viento en contra, se hicieron presentes. El Padre le desconfió y la Madre temblorosa. —Está lleno de pedófilos aquí en Valle Hermoso. ¿Cómo sé que uno de ellos no sea usted?
   El Músico explicó cuál era la situación. Les contó hasta la propuesta de la niña para después. El Padre quedó prendado del relato del Pianista.
   Y bueno, Marta pensó que le podía enseñar. Carmina sintió que el Músico la había traicionado y merecía un castigo ejemplar. Se hizo la amable con Delfina y le contó el secreto que debían compartir: el Pianista del puente abusó de su inocencia y la amenazó: “Si alguien se entera de esto, te sumerjo en el arroyo, no sin antes dejarte sin respirar”.
   Delfina dijo a su hermana, que ella se ocuparía. Un día faltó a la Escuela y se metió en la casita, el Músico estaba tocando el adagio de Albinoni. Le sorprendió ver a la púber desnuda, con un cuerpo de mujer. Hizo lo imposible para que el Músico perdiera la razón y cuando él se dispuso a penetrar aquel ángel tan dispuesto, Delfina le clavó en la espalda el cuchillo más grande que realizó su Padre en la fragua. Delfina se bañó en el río, se puso el uniforme y marchó a su casa, donde habían empezado el almuerzo.
   Carmina se levantó para besar a su hermana. Los Padres no se asombraron, porque Carmina tenía gestos imprevisibles.

viernes, 2 de agosto de 2019

SIEMPRE HAY UNA SALIDA



   Se escucha ese timbre con tres notas musicales, el lavarropas tiene cuatro, pero sabés que cuando lo abrís hay ropa. Recién salgo del baño, no tengo la bata, pero la tohalla es grande. Voy a ver quién es, para eso está la pantalla. Me parece conocerlo de la cola del Teatro, es buenmocísimo y tiene cara de santo. Hay que jugarse, tanta alarma y tanto miedo, para no disfrutar de nada.
   Lo dejo pasar, le pido perdón por mi aspecto, ni pregunté su nombre ni a qué debía su visita. 
   —Sentate en el couch, que es yanqui y verás lo cómodo. Si me das un minuto, me visto y hablamos después.
   Tiene una sonrisa que le entorna los ojos, divino total. Tengo que disimular, sino va a creer que soy cualquier cosa. El vestido me ajusta donde debe y me deja respirar, el pelo lo dejo así, aunque lo peinase hace lo que quiere. En tres minutos estaba sentada frente a él. Olvidé ponerme zapatos. 
   —Bueno, contame de vos y a qué viniste, me intriga.
   Él miraba el cuadro que tenía enfrente y parecía suspendido.
   —Debí haber llamado antes, pero no pude resistir, tu amigo de la cola del Teatro me dio la dirección. Pensaba mirar el río desde la plaza redonda, daba tanto sol en tu ventana, que me dejó ciego.
   Le serví un café y otro para mí. —Lo hacés mejor que en el Bar más concheto de esta zona, merci Mademoiselle.
   Le contesté con un gesto seductor, pero no de putita alzada, no quise que pensara y por pensar por el otro, siempre me quedo stand by. Mientras el sol me daba en la espalda, de pronto se puso de pie, le calculé 1,90, me gustan los tipos altos. Con mucha ligereza tomó el cuadro de Petorutti, me guiñó un ojo y se fue. Lo esperaba una rubia en un auto descapotado, el tipo subió corriendo con el cuadrito en la mano.
   Le grité que estaba firmado y dedicado, le iban a dar dos mangos por una obra de arte. No sé para qué me molesté, si no me escuchó más nada, le metieron acelerador a fondo.
   Llamé a la Policía, diciendo que un tipo forzó la puerta con cara de delincuente y robó un cuadro valioso como para comprar un Maxi Cooper. A los cinco minutos se presentó un Oficial tan buenmozo, que me fui a poner tacos altos y un touch de pintura en la boca. Todo delante de él, que desviaba los ojos de mis piernas y parecía temerle al trasero. Le preparé un bloody mary y le inventé hasta lastimaduras que no tenía mi cuerpo. El uniforme lo hacía pintón. Me senté en el couch junto a él y le agradecí su llegada inmediata.
   Cuando se fue y le firmé mi declaración, le di un beso ambiguo, de esos que son medio en la mejilla y la otra mitad en la boca.

jueves, 1 de agosto de 2019

ME OLVIDO LA CARTERA



   Me tortura en el sueño, hasta de eso dudo, ¿no seré yo?
   Apareció la mujer, para mí casi una niña, yo quería saber de él, durante todo este tiempo. Ella se reía, decía que era feliz, bailaba mejor que en un boliche cualquiera, tenía el pelo muy largo y eso la hacía parecer más joven todavía, me lo enrostraba y me odiaba, se fue y dejó todo oscuro. La llamé para irme y no aparecía, se había ido. Me arrastré hasta el ascensor, tenía paralizadas las piernas y justo cuando entré, salía él, que me levantó del piso, de las axilas, no de la cintura, mejor, yo estaba vieja y gorda de panza, no era un filamento como él me conoció.
   Pareció no darle importancia, pero tenía ganas que yo supiera de la mujer, entonces fue que le dije: —Te está chupando la vida, no seas tonto, dejala, dejala como hiciste conmigo.
   Él contestó con un “no”, quería él contar, se recibió de Abogado, le ocupaban otras cosas la cabeza, ir al Sur en bicicleta y boludeces así. Apareció la pendeja con un pendejito que le nació antes de conocerlo y pensaba tener otro con él. A ella le aviso: —¿No te das cuenta el monstruo que encierra ese ser, con el adentro vacío?
   Salió caminando cabeza abajo y cantaba sin escuchar. Yo lo saqué de algún cuento y lo tomé como un amante ignorante, recuerdo con la memoria, no tengo ni fotos viejas. Pero cuando sueño, siempre caigo en ese tiempo, antes no había una mujer.
   Ahora es un nuevo castigo, que yo misma me inventé. Asaltan las pesadillas y permiten que duerma despierta, tienen varios capítulos, como en las series de Netflix, pueden aparecer en mis cuentos, donde existe el mismo núcleo para el final, igual en todas las pesadillas me olvido la cartera, no sé dónde la dejé y cuando despierto encuentro que lo único seguro es que perdí la cartera.  

miércoles, 31 de julio de 2019

JUGARSE CON LO MEJOR



   —Yo opino que debemos apuntar más alto. Aquí, más que un apéndice, un parto, algún aguijón de abeja, mucho no vamos a crecer. Lo nuestro fue cirugía y tenemos que aprender más, vayamos a la Ciudad y apliquemos lo que sabemos.
   Era mi único intercambio, el Dr Sarkini Loreal, los demás eran buena gente, pero Médicos sólo nosotros dos. Y nos fuimos para Rumania, el sitio de más experiencia en cirugía facial. Abrimos un consultorio con una placa de bronce: Dr Sarkini Loreal – Dr Vaca Narvaja.
   —Nos debemos una Secretaria, que se ocupe de los turnos, discreta, austera y fiel a nosotros en cualquier inconveniente que se presente.
   A la semana teníamos cuatro turnos, dos cuarentonas en buen estado, pero sus caras eran para esconder. Luego una de sesenta que había que desfruncir y una melliza de otra, con ganas de no parecerse a su hermana. Nos repartimos la hacienda, yo operé una cuarentona, Vaca Narvaja la otra. De acuerdo a las expectativas de las pacientes, quedaron ampliamente satisfechas. Se miraban al espejo y no se reconocían. Los ojos almendrados, la nariz un porotito picudito y tallado, los labios de Angelina Jolie, los pómulos altos y redondeados. Lograron su cometido, parecerse a todas las hermosas. Éstas atrajeron pacientes y la Secretaria tenía los pelos empezando a ponerse de punta.
   La de sesenta la hizo Sarkini Loreal, tenía dotes este Doctor, con un solo disparo de láser, inventado en Rumania, le dejó el rostro liso como papel Romaní, la mujer quedó prendada de Sarkini Loreal. Le regaló dos corbatas de seda pura y dos botellas de Ye Monks. Ésa armó tanto alboroto por doquier que fueron tantos los turnos para concertar, que los pelos de la Secretaria llegaron casi hasta el techo. Aunque no era su métier, los médicos le recetaron pastillas para el stress. Los Laboratorios de Rumania no tenían precedente. Las píldoras le dejaron el pelo lacio hasta la cintura.
   Sarkini Loreal y su socio, Vaca Narvaja, decidieron experimentar con la melliza, hacer la derecha uno y en simultáneo la izquierda el otro. Se coparon con el trabajo, les dio un ataque entre Cubismo y Barroco. Un ojo quedó cerca del nacimiento del pelo y el otro cayendo del borde de la nariz, una ceja pelada y la otra formando rositas etruscas, media boca finita y la otra mitad puro diente con el labio superior desplazado. Terminado el trabajo le acercaron un espejo, la paciente lloraba convulsionada, pero como le escondieron los lagrimales hacia adentro, las lágrimas quedaron imperceptibles.
   Después de la primera impresión, volvió a los espejos y se encontró re cool, no se parecía a nadie que conociese, eso incluía a la hermana que detestaba. Los cirujanos hicieron una muestra con las pacientes en vivo, el trabajo más ovacionado fue el de la melliza, entre cubista y etrusco.
   Su cara se publicitó en todos los medios gráficos y redes sociales, del mundo. La Secretaria tuvo que dar turnos para cuatro años después. Todas las adolescentes querían una cirugía exacta a la ovacionada.
   Los Dres Sarkini Loreal y Vaca Narvaja, fueron a agradecer a la plana mayor del Gobierno de Rumania. Volando a su patria, para visitar parientes y amigos, el aeropuerto tenía más carteles que una manifestación y gritaban: ¡Al Colón! ¡Al Colón!

martes, 30 de julio de 2019

LA HISTORIA CUENTA AL REVÉS



   No sé si los pozos se secaron, pero no hay más aljibes con agua. La gente los deja de adorno y les hace trepar madreselvas. A las bombas de agua, que antes tenían agua fresca y transparente, ahora por más que bombeen, no sale ni una gotita. Dicen que fueron las napas, que se secaron. En las afueras de Chascomús vivían dos viejecillas que amaban los tiempos coloniales. Las baldosas eran rojas y brillaban solas con un trapetón, contaban con Aurorita, que limpiaba toda la casa con el agua del aljibe para los pisos y de bomba para tomar.
   También era muy vieja, Aurora, pero nunca se sentaba, siempre había algo que hacer. El Jardinero era un negrito sobreviviente, criado de la Madre de Rosas, ella se los vendió por una jarra de plata. Doña Encarnación era generosa, parecía mentira que tuviera ese hijo, gordito, cachetón y de rulitos. Las viejitas no lo querían, pero tenían su retrato en la sala para cuando Doña Encarnación, venía de visita a tomar un licor de menta. Hablaban de los finados, algunos muy elogiados y otros, tontos y soberbios, que engañaban a sus mujeres. Para esa charla convocaban a Aurorita y al Jardinero, ellos tenían más memoria para recordar las degeneradeces que se permitía aquella gente, además de cruzar a Europa, mínimo cuatro veces y hasta se llevaban una vaca, para ordeñar en el barco.
   Aurorita paró la mano con la limpieza y empezaron las arañitas por las ventanas, para hacer sus frágiles tejidos, llegaron a todas partes, tejieron la mesa para agasajar, las sillas ni entre todas las podían levantar de tanta araña que se movía de aquí para allá, buscando más.
   Cuando llegaron a la cocina, nunca más pudieron usar vajillas, ni las sartenes de cobre, ni las soperas inglesas. Se tomaron toda el agua del aljibe y la rellenaron con telas impenetrables inutilizaron la bomba y las arañas crecieron tan grandes, que dejó la vida en suspenso de Doña Encarnación. Una araña se le metió en la garganta y por más que todos ayudaron, tuvieron que abandonar, porque aparecieron cuatro arañas más, que por un agujero o por otro, dejaron a todas finadas.
   Las arañas siguieron su voracidad implacable. De la casa no quedó casi nada. Luego de un emprendimiento inmobiliario, se aprovechó aquel terreno, levantando un edificio. No se vendió ningún piso, la primera razón es que no había dinero, la otra, que nadie decía, era el miedo a los fantasmas que seguro sobreviven.  

lunes, 29 de julio de 2019

¡VIVAN MIS VIEJOS LOCOS!



   Me avisó que mañana sale para Montevideo, dice que está hecho pelota por la fiesta que tuvo ayer, fue un casamiento que empezó a la mañana y a la mañana siguiente se terminó.
   —Me llevé tres tías a dormir a casa y dos abuelos que no curtieron nada y ahora se están poniendo al día, son como Uds, que gracias a su salud y el miedo a la muerte, la cortaron.
   No le iba a preguntar pero me salió de la boca: 
—Decime, nene, ¿Vos fumás, tomás pastillas, le das a la merca y esos ácidos nuevos?
   Se escuchó un suspiro “no te soporto”. —Pero Mamá, ¿qué te pensás que soy? Todavía me acuerdo de Uds, las cosas que se mandaban y encima me pedían que no le contara a nadie, se bañaban en bolas y yo los acompañaba y me metía en bermudas. Por suerte era en Europa, pero no existía hacer eso. ¿Y vos tan luego, Mamita, me preguntás si me reviento?
   Me asustó cómo se puso. —Tranquilo, hijito, tranquilo, nosotros fumábamos porro, tomábamos merca, un ácido de vez en cuando, narguiles con cócteles que yo a veces te miraba y no sabía ni quién eras. En realidad debería contarte qué es lo que no hicimos, que es más corto que lo que hicimos. Pero me pone de la cabeza que te metas en esas cosas. Vos sos un tipo decente, a pesar de tus amigos.
   Se escuchó casi un sapukay. —Mis amigos son geniales y diferentes a todos. Pipi, que es el custodio principal del Gobernador, anda siempre armado, por las dudas no tiene balas en sus armas, por su mujer y las nenas. Después tengo al Tano Piñoti, campeón en box de gigantes, está todo dibujado por mí, sale en todos los medios y me nombra, es un tipazo. Después tengo dos amigas raritas, pero son buenas y leales. No sigo porque la lista es muy larga. Hay gente en distintos lugares del mundo, que me invitan a tatuar, pero viste cómo es mi novia, celosa como vos con Papi, bueno, Mami, quiero que sepas que te quiero mucho. Me voy para Canelones, que allí no existe la gente concheta y después no sé qué elegir, pero me llevo a mi novia, que me cuida y no permite que engorde, ni que sea como fueron Uds, ella también los quiere un montón. Ayer llovió, aproveché y saqué el auto del garaje, quedó impecable. Mejor que mandarlo a lavar y no me salió un mango. Hablando de todo un poco, el Frula Domínguez, va para el pueblo, les dejará cuatro bolsones de ropa sucia, porque en los lavaderos de acá me hacen mierda todo. Y si no es mucha molestia, planchala. ¿Dale que sí?, Decile a Papá que le mando un abrazo, con olor a chivo, no uso más desodorante, dicen que trae cáncer, Uds hagan lo mismo.  Bueno, te dejo Mamita, ya llegó la pizza, me voy a comer, no doy más y te quiero, nos vemos dentro de un mes, o seis, yo después te hablo y te digo. Clac.

domingo, 28 de julio de 2019

DE ROTAS CADENAS



   El tercer fustazo lo dejó de pie y sin dolor. Tenía la piel gruesa como los negros de antes, de tanto castigo en la espalda. Era el nuevo Patrón, admiraba tanto las fotos de su Bisabuelo, que trataba a los peones como cuadrúpedos de pie, el mismo látigo del caballo le hacía descargar su furia enferma en los lomos, tal cual vio en las fotos que tapaban las paredes y hacían llorar a los niños. Daba risa que el Patrón fuera más negro que los negros y que él llamaba negros, con desprecio. Tenía buena maquinaria, el perverso Don Juan Saravia Escondite, no necesitaba treinta peones, con cinco se arreglaba, pero era un hambriento de castigar, los tenía con pulseras de hierro y las llaves oxidadas, él las colgaba del cinto. Sólo usaba una sola, cuando alguno moría de viejo o por irse al carajo en el castigo. Y vayan las ironías, la Mujer se le fue con el más negro de todos, que ahora camina del brazo con el negro de traje de lino blanco y sombrero panamá. Así y todo, el negro no se olvidaba, muy pintón pero descalzo. La Mujer, de noche, le chupaba los dedos de los pies, uno por uno, para compensarle al negrazo, los castigos de Don Juan Saravia Escondite. Él moría de placer y de odio. Nunca pudo separar.
   El Patrón castigador, murió un amanecer de Septiembre. La Mujer de Don Juan Saravia Escondite, no quiso darle ni bóveda ni sepultura. Había un árbol seco y duro, en el medio de aquel campo. Allí fue a parar el cuerpo sostenido con pulseras de hierro, fue devorado de a poco, por las aves de rapiña, que se pasaron la voz y a los dos días no quedó nada.

sábado, 27 de julio de 2019

LA FACULTAD DE BELLAS ARTES Y LO QUE VINO DESPUÉS


  
   Saulo, Jefe de Cátedra, pagaba de su bolsillo a Reina Diez para enseñarnos Historia del Teatro, clases imperdibles, lecturas comparadas, fluía lo que sabía, pero nunca apabulló. Se cubría, no se vestía, un zapato de un color y otro diferente, con las medias era igual, equivocaba el cierre de los botones y su eterno tapado negro hacía una diagonal.
   Saulo también le pagaba a un tal Profesor Daughet, nos enseñaba a pintar bocetos o alguna obra a entregar. Era un personaje singular, un año fumaba puchos y al siguiente, semillas de girasol, un mago para quitar las cáscaras, con dos uñas entrenadas resolvía la situación.
   Saulo lo sacaba del taller y le decía en voz alta que nos hacía hacer trabajos realistas. —Tras que son medio dormidos, les enseñás mariconadas.
   Y el otro le contestaba: —Si no te gusta mi trabajo, mejor me voy.
   Saulo lo convencía que se quedara, era el único dinero que recibía, para una pieza de pensión y la comida. —Y después de todo, los chicos practican.
   Eran tiempos de esplendor, los Profesores, todos, sabían de qué hablaban y daban ganas de investigar. No había tecnología. Sólo máquinas de escribir. A medida que cursaba, mi viejo me compraba todos los libros. Y así se dieron las lecturas en grupos, las discrepancias y coincidencias. En aquel tiempo no tenía conciencia que me nutría de un tesoro para siempre. Por el contrario lo denostaba.
   Ahora que ya soy vieja, me acuerdo de todos ellos. Años después fue mi hijo, yo me la vi venir. Él eligió Dibujo, tenía talento desde la época del garabato. Sus trabajos dejaban a los Docentes sin palabras y encima lo criticaban, con mala leche y envidia. Dejó la Carrera y dibujaba con otros, en un galpón alquilado. Del Dibujo pasó al Tatuaje, aprendió con gente de Buenos Aires, distintos modos de trabajar y medios. Como las máquinas, que lúmpenes genios le fueron vendiendo. Hizo cursos de Asepsia y Bioseguridad. Con el tiempo fue un grosso y muchos pendejitos de Bellas Artes, querían tomar clases con él. Hizo la propuesta al Decano de la Facultad, dar clase dos veces por semana.
   El tipo pareció convencido y dejó que diera una clase, a sala llena, donde habló de cosas elementales, muy buenas para no hacer carnicerías con el oficio. Se hizo un pedido al Ministerio, adujeron que el tatuaje no era un Arte, ni estaban dispuestos a dar un presupuesto para mamarrachos en los cuerpos.
   Ahora él se caga de risa, porque vive de eso y le pagan bien. Un día me dijo: —No sabés Mamá, cómo late el corazón, cuando veo pasar un cliente con un tattoo hecho por mí, soy una obra rodante, no necesito exponer, la gente lleva en la piel las cosas que yo imagino. 

viernes, 26 de julio de 2019

MOLINOS DE VIENTO



   Se sentía insegura montando un caballo alto, prefería un matungo que vio nacer a campo abierto, lo montó en pelo al principio, era panzón y petiso. Dulcinea, por coincidencia de su nombre y el Quijote, decidió llamarlo Sancho, lo de panza era obvio. El Padre le fabricó una montura liviana, con estribos como juguetes y bridas fuertes. Dulcinea lo quería tanto, que lo sacaba a pasear dos veces por día o tres, de acuerdo a qué debía estudiar.
   Sancho se entristecía, si ella no estaba y merodeaba en los pastizales  procurando sólo los yuyos que más le gustaban.
   Dulcinea lloró mucho cuando se fue a estudiar a Buenos Aires, venía los meses de verano. Sancho, por el movimiento que había en la casa, se daba cuenta de la llegada de ella y pastaba en la tranquera, para recibirla primero. Los encuentros eran frente con frente, como besan los caballos, a veces le dejaba baba en el cuello, pero a ella no le importaba.
   Pasaron dos años y Dulcinea no aparecía, Sancho bajó de peso y casi no comía, pasaba tiempo echado y si estaba de pie y había luna llena, se la quedaba mirando, como pidiendo que Dulcinea volviera. Así lo interpretó el Veterinario, que era músico y poeta, pidió permiso a los dueños y lo llevó a sus parcelas. Allí tenía una yegua para que Sancho la sirviera, tenían las mismas dimensiones y no hubo que esperar demasiado.
   Nacieron dos potrillitos igualitos a ellos. Un verano llegó Dulcinea de visita, con un Marido y dos chicos.
   Lo primero que hizo fue ir al predio donde ahora viven Sancho y su familia. Ni bien Sancho la vio, torció la cabeza y se fue trotando para otro lado.

jueves, 25 de julio de 2019

VIRAZÓN



   Voy todos los años, es un lugar tranquilo, hay un rancho cuadrado y chiquito, tiene dos mesas, en una me siento yo, escribo sedada por esa gente tan virtuosa, que resuelve el almuerzo con un pescado recién pescado, a la plancha, media papa y un café.
   La otra mesa la ocupa una chica siempre de vestido blanco, jamás se mete en el mar, saca fotos todo el tiempo, pidió permiso para lograr un retrato de mí escribiendo, pero en un banco deshecho de la playa. Le di mi dirección, no lo mandó.
   Se fue antes que yo, a mí me gusta que en ese lugar nadie me habla, se mezclan con mis mundos. Aunque no quiero me hacen cambiar el sentido de mis cuentos. El Bañero, que dormía en su casilla, me contó que la luna desaparecía pasando los dos médanos más altos de ese lugar.
   Le mentí que prefería ver cómo el sol se despedía en el horizonte del mar. —Vos te estás perdiendo la luna, hace todo un recorrido donde primero se pone enorme, de un blanco amarillento, no necesitás lentes oscuros porque no agrede como el sol.
   Quedé mirando todo lo bello de su aparición, la seguí la noche entera, pero los pies se metían en la arena y me costaba seguirla, aparecieron dos chicos que corrían a más velocidad, delante de mí, la luna alborotada, ya se quería escapar, aumenté mi ritmo como si en ello me fuera la vida. Los chicos que iban delante me tiraban, por sus pasos, tanta arena en mis ojos que no me pude despedir. Llegué a la casilla del Bañero y le pedí gotas oculares, después de contarle mi aventura, me invitó a dormir, ya lo había imaginado y un triángulo de luz iluminó la cama, había tres personas, los niños de los médanos y su Mamá, todo igualitos. Eran su familia.
   Me sentí tan culpable, que le dejé un papel ensobrado, donde le pedía perdón por ser tan desconfiada. Él me dejó otro papel, pegado dentro de mi carpa: “Hoy se van mi hermana y mis sobrinos, si querés venir conmigo a dormir, viste el tamaño de mi cama, nos podemos divertir y salir luego en mi todo terreno, a ver la luna y su escondite”. 

miércoles, 24 de julio de 2019

LA LUNA Y LA PALMERA



   Atrás del Cementerio en La Plata, había una enorme superficie, que hasta no trazar las horizontales era posible no ver ninguna construcción, ni casita ni casilla. Era un planeta liso, donde justo en el medio crecía una palmera, ancha y alta, de esas que el tronco, parece cubierto de bolsillitos. La conocí de chica, paseando en bicicleta. Por lo menos una vez por año, la visitaba, a medida que los bolsillitos se multiplicaban, la palmera crecía, era su columna vertebral. En las noches de invierno, su soledad tan absoluta a mí me despertaban ganas de ponerle un sobretodo.
   Federico consiguió el auto del viejo, dijo tener una noticia para mí en especial. Mis amigos queridos conocieron esa palmera a través de mi descripción, pero pocos se molestaron en ir hasta allí a saludarla. Era un regalo que dio la tierra. Una tarde de verano, plena década infame, nos siguieron dos autos con milicos y armas largas. Con nosotros éramos tres vehículos dispuestos paralelos, alguien debe recordar, buscaban un tal Sallustro, escondido en alguna parte. Nos hicieron bajar: “Documentos, por favor”. El “por favor” no se usaba, fue raro, pero revisaban el Citroën 2cv, por el piso, por detrás, por abajo y no se convencían. Yo que era metiche e ignoraba todavía la magnitud de aquellas bestias, les dije: —En este auto cabemos apenas, no tiene ni baúl, ¿es muy enanito Sallustro?
   Me salió bien, uno de los milicos se cagó de risa. —Tiene razón la chica, pusieron a toda la Provincia para buscar este tipo. Bueno, chicos, suban nomás al autito, a propósito ¿qué estaban haciendo acá si no hay nada?
   Federico, que era un delirante, les contó que veníamos a ver los días de luna llena, cómo la palmera se mantenía enhiesta y parecían darse un beso de bienvenida, la palmera recortada en la luna.
   Los milicos salieron de los autos a fumar un cigarrillo y miraban con asombro de personas normales. Igual nos resultó agradable su partida. Nos quedamos hasta que la luna, de a poco, se separó de la palmera. Se puso más chica y subió al cielo, iluminando y dijo, “mañana nos vemos”.     

martes, 23 de julio de 2019

POR SUERTE DESPUÉS CRECÍ


   Íbamos a Buenos Aires en un —Viaje peronista.
-Decía mi viejo que era gorila-.
   A mí me pasaban por una ventanilla, para reservar los asientos, dos maletas y un bolso. Ponía uno en cada asiento y después me sentaba yo. Tardaron mucho en subir, cada señora rubia con tapado de nutria, pensaba que era mi vieja, o los señores con bigotes, a lo mejor era mi Papi. Me dio impaciencia estar sentada y empecé a recorrer vagones. En el segundo apareció mi vieja, me di cuenta por el ruedo de piel igual al de ella, me agarré bien fuerte, mientras le decía: —Mami, están atrás los asientos!
   Y ella no contestaba, hasta que en el último vagón se dio vuelta: —¿Por qué me tirás del tapado, niñita?
   Me puse a llorar y con hipos le decía que pensaba que era mi Mamá. La Señora habló con el Guarda: —Me parece que esta criatura se ha perdido. ¿Podrá Ud hacer algo?
   El Guarda me tomó de la mano y subimos a un piso con un micrófono. Dijeron mi nombre, mi edad y cómo iba vestida. La gente del tren protestaba porque retrasaron el horario de partida.
   A los cinco minutos estaban allí, a mí me parecieron cinco horas. Tocaron el silbato y subimos de inmediato. Encontré los asientos, pero había tres ocupados y en el cuarto dos maletas apiladas, con el bolso en la punta, no había más asientos, así que viajamos de pie hasta Plátanos, donde una familia bajó.
   Mamita querida se sentó y cerró los ojos, Papá también. Un Señor perfumado, se llevó una de nuestras maletas, yo no le dije nada, le iba bien con el perfume.
   En Avellaneda, les conté lo del Señor. —¿Y no te diste cuenta que era un ladrón? ¡Ah qué chica tan tonta! No se le puede encargar nada, siempre con la boca abierta mirando la luna. Ya tiene cinco años, podría ser más despierta.
   Mientras, mi Papá me acomodaba el sombrerito y decía: —Bueno, ya pasó. Ni bien lleguemos a lo de la Abuela, vamos a verte alguna ropita nueva en Harrods, que hay de todo, hasta juguetería.
   Mamá estaba furiosa y no paraba, bueno, ella jamás paraba sus odios: —Yo no le compraría nada, pensá que la azul era la suya y dejó que se la lleven como si tal, se perdió en la estación y mirá la mugre de las manos, ponele los guantes, Jorge, porque es una desgracia esta chica.