lunes, 15 de octubre de 2012


      La odiaba desde la confusión aquella. No le dirigía la palabra. Él estaba de vacaciones con sus amigos cuando se enteró. Había nacido con capacidades diferentes, el hermano la llamaba mongui, la otra forma encubría y era más larga. Los padres le hicieron operar la cara, para que la sociedad la aceptara. Resultó una niña inteligente y graciosa. Era tan bien tratada que su hermano llegó a pensar que la preferían. Cuando él se ausentó, ella preparó una comida para sus padres, quiso sorprenderlos, hasta juntó hongos del bosque, sabía que sus padres morían por comer hongos. Y así fue, murieron. Comieron hasta no dar más. Ella ni probó, prefirió mirar cómo le sonreían. Un vecino se encontró con aquella escena. Llamó a la policía y al hermano. El juez opinó que la chica era inimputable y hasta podía borrar con silencio la causa y su difusión, la erogación para la poli y para él fue excesiva. Le pidieron tanto que el hermano se vio obligado a vender la propiedad y el bosque. Le sobró para comprar una casita de campo, sin campo.

      Ahora la hermana pasa lentamente la escoba sobre el pequeño tumulto de hormigas. Mira hacia la ventana, sabe que el hermano la espía. Con la vieja carabina le dispara al corazón. Espera media hora y sale a mirar. Ella está tendida en la galería, abraza la escoba con una sonrisa estúpida en la boca, las hormigas le hacen un caminito por las piernas.

martes, 2 de octubre de 2012


      El muchacho gordo apareció en un recodo de los árboles. Pasó una carreta y lo levantaron en silencio. Judíos, judíos como él. De los fusilados, él se salvó, trepó entre cadáveres buscando el aire, antes escuchó la partida del enemigo. Llegó subiendo entre los cuerpos muertos y el aire lo llevó en un carro rural, de judíos ricos.

     Recalaron en Ensenada y era otra tierra, anotaron sus nombres como sonaban. Al gordo lo mandaron al comedor para que sirva guisos con carne y papas. Lloraban de emoción ante los platos. Piezas con cocinita y baño a compartir. El muchacho llevaba y traía bolsas, con dos días de trabajo, pagaba la pieza. Gordo como era, dormía en cama caliente y a las dos horas seguía su labor hasta la noche. Sentía que algo explotaba dentro de su cuerpo y caminó por la costa. Viajó de polizón en un barco carguero y llegó al mismo lugar de donde huyó. El muchacho gordo apareció en un recodo de los árboles, contento y flaco. Había olor a su aldea, la guerra había terminado.

      Dios creó las cuatro de la tarde para que mi vecino y sus amigos me interrumpan la siesta. En una hora sonará el despertador. Tengo tres horas para reponer energías y volver a mi trabajo infame de doce horas. Un día me animé y les pedí que comenzaran sus ensayos a las cinco. Les expliqué que mi laburo permitía un sueño de tres horas, sino, derramaba bandejas, rompía tazas y me lo descontaban del sueldo. El más alto, con su guitarra al mango, frunció la cara, siguió con dos cuerdas y pateando la puerta cerró sobre mi nariz prominente que sangró y manchó la camisa limpia. Golpeé con furia, no escuchaban. Tomé ímpetu y me largué con todo el peso de mi cuerpo sobre la puerta. Caí sobre el baterista, lo tiré contra la pared y se rompieron dos parches.

      El tipo tenía el doble de mi tamaño y dio un suspiro tan hondo que pensé que me llevaría al centro de la tierra. Abrió la puerta de su cadillac del cincuenta y tomando mi camisa, me sentó de prepo. El alto subió atrás con su guitarra encarnada. Eligió los parches más caros. Allí quedaron mis ahorros. Pareció un milagro, se mudaron a otra casa.

      La bendición de una siesta de silencio fue interrupta por la demolición de la casa de mi vecino. El epílogo de la tragedia continuaría con la construcción de una torre de quince pisos. Dios me privó de la siesta y del sol. Y de jugarle al cuatro, que era mi número preferido.


        Encontrarás una casa con un nombre extraño, esa no la quiere nadie, hasta le temen. Tu cabaña se encuentra justo enfrente. Tomy, incrédulo, vio la cabaña rodeada de tres pinos y sin nada alrededor. Se lo hizo saber, el anciano  explicó que nadie pudo sacar una foto porque la casa se esfumaba y no salía.

      Le señaló el rumbo y Tomy encontró la casa y enfrente su cabaña. Era como la de los siete enanitos, tenía ventanucos y un escritorio bajo una de las aberturas. Allí puso su vieja máquina de escribir, esa era la idea de su editor, rodearse de tranquilidad absoluta y entregar a fin de mes. Acomodó la primer hoja en blanco. Vino la noche. Escribía con decisión y tiraba papeles hechos un bollo. Cuando llenó el piso de escritos inútiles se acostó a dormir. Miró hacia la casa de enfrente. Estaba iluminada y las cortinas volaban como fantasmas. Se escuchaban risas y cubiertos, pero no vislumbró a nadie. Durmió todo su cansancio. Cuando empezó a teclear no pudo evitar mirar hacia la casa. No había nada. Cruzó enfrente y tocó el timbre, mientras esperaba el timbre desapareció. Se apoyó contra una columna y de pronto sintió un desmayo. Cuando se recuperó la columna había desaparecido. Tocó la superficie de la casa y la casa se iba transformando en un pastizal.

      Apareció un paisano de a caballo, Tomy le preguntó qué pasó con la casa. El paisano subió los hombros y contó que en el pueblo se decía que ahí había funcionado una casa para cobijar a nazis de altos mandos. Luego la compró un rico que se la regaló a su amante. Por problemas de infidelidad, huyó la mujer y el amante desapareció. La mesa estaba servida, se veían carozos de aceitunas en el medio del mantel pero nunca nadie volvió a esa casa. También decían que había sido un centro de detención clan… Tomy no lo dejó terminar, corrió a la cabaña y embaló sus cosas. Alguna historia se le iba a ocurrir.

      Un hombre sentado en una silla plegadiza con ruedas y motor. El hombre apretaba un botón y en el jardín iba y venía. Cuando regresaba, una mujer muy bella le ayudaba en el plegado. El hombre nos sonreía hasta que mi hermana más grande preguntó si no la podía llevar un rato. El hombre le permitió sentarse en sus rodillas y dieron una vuelta perimetral. Conmigo hizo lo mismo. Mi hermano menor bajó de la silla gritando que, el paralítico, era un degenerado. La mujer bella tenía el auto en marcha, sentó al hombre, plegó la silla y partieron a toda velocidad. 

lunes, 17 de septiembre de 2012

CONVOCATORIA A LA BARBARIE



      La Srta. del Jardín de Infantes preguntó quién quería más a Evita y Perón, todas mis compañeritas levantaron la mano, yo no. La Srta. preguntó porqué no hacía yo como las demás. Contesté que mi Mamá y mi Papá no me dejaban decir malas palabras. La Sra. Directora mandó llamar a mis padres. Les informó que debían cambiarme de escuela. Eran órdenes de la Inspectora. Fui a una escuela de Hermanas por dos años, allí también las niñas decían esas malas palabras y eso que Diosito vivía allí mismo. Mi padre trabajaba y estudiaba. Cuando Evita murió, él no usó brazal negro y lo dejaron cesante. Mamá era profesora en un colegio nocturno y tenía la obligación de informar a sus alumnos que debían afiliarse a la UES. Luego se contradijo y agregó que si no lo hacían, sería mejor para todos. Mami decía lo que pensaba, no fue el momento oportuno. Un alumno la denunció y ella también quedó sin trabajo. Viajábamos a Buenos Aires porque mi abuela nos sostuvo económicamente en esos momentos aciagos. Debíamos tomar subte para llegar a su casa. Bajando la escalera mecánica yo cantaba: -¡Perón Perón qué grande sos! Mientras revoleaba mi muñeca preferida. Mis viejos me zamarreaban para que callara, mientras yo les explicaba que por no ser peronistas el final de la escalera mecánica nos tragaría y nos convertiríamos en tallarines.

      Cuando Perón cayó mucha gente festejaba. Aún sus simpatizantes, en una especie de amnesia, tiraban abajo todas las estatuas de Evita que inundaban Escuelas y Ministerios. Una especie de horda sin freno destruía a su paso retratos y banderas con escudos peronistas. Tales excesos hicieron llorar a mi madre, mientras explicaba que aquello era un agravio innecesario. Justo personas que hablaban de lealtad al tirano. En el Colegio nos hacían recortar papel glasé  para tapar las imágenes de Eva y Perón que tenían los libros de lectura. Las de Evita yo no las tapaba porque me parecía buena y porque había sufrido mucho antes de morir. La Hermana Superiora me expulsó del Colegio. Mis viejos, que recuperaron sus respectivos trabajos, se indignaron e increparon a la Superiora por no permitir que yo eligiera. Mamá, roja de ira, le sugirió que se confesara y comulgara. Y le auguró que Dios no la perdonaría. Ambos consideraban que las personas eran tan fachistas como los que habían caído.

      Papá puso una foto de Lonardi en su escritorio y yo puse una de Evita en el mío. Estuve en penitencia tres días. Igual la pasé bárbaro, tenía como veinte revistas de La Pequeña Lulú que me había regalado mi Abuela y me las leí todas ¡Ja!

martes, 31 de julio de 2012

FRÍO



      El invierno me congela adrenalina, me levanta los hombros hasta besar las orejas. Hace doler el esternón que trata de besar los omóplatos hendiendo como estalactitas paralelas, colgadas de la nuca.
     
       Los túneles de aire congelado transitan alegremente los pasillos que el frío les señala. Sabe la cantidad exacta de los agujeros de mi superficie. Los glúteos se encuentran en un gesto inútil de guardar calor. Aunque los pasos pretenden ligereza las rodillas no responden a doblarse.

      El invierno me cierra la izquierda y la derecha como dejar de leer una novela que me aburre. Es pesado el invierno, como esa gente que me habla todo el tiempo. El único placer que yo le encuentro es poner el trasero en una estufa grande y generosa, dejar que el calor trepe por la espalda y sentar mi humanidad en el sillón del abuelo, mirar por la ventana y sentir piedad por los árboles desnudos, tan quietos como el frío. Es tan largo el invierno. Es tan largo el invierno, que dan ganas de venderlo, por monedas, a otro continente, para siempre.

sábado, 28 de julio de 2012

SOFÍA



      Si llevara dos alitas en la espalda, su elegancia levitaría en todas las baldosas. Habla en tonos bajos, modulados y prudentes. Si en medio de alguna charla, algún parroquiano solicita su presencia, acude con disposición respetuosa a su trabajo.

      Sofía terminó cu carrera, que no era servir café, tal vez algún día ocupará el lugar que le corresponde. A veces está contenta y mira el afuera con risas de niña. Otros días se le dibuja una tristeza que lastima el aire. Conoce chicos, pero no aparece el genuino que Sofi merece. Hace tres días viene un solo que pide un cortado en un castellano raro. Le tiemblan las manos cuando ella deposita la tacita. Lleva un libro que parece leer, pero no lee. La mira cuando ella no.

      Sofi no asiste al trabajo y nadie sabe nada. Pasaron los meses, hasta que llegó una tarjeta para todos.  Es una foto donde aparece el Big Ben, el Támesis y al medio está Sofía, abrazada por el solo. Él apoya una mano sobre la pancita gorda de una Sofi angelada y sonriente. No tiene nada escrito. No lo consideró necesario. Nosotros tampoco.

jueves, 26 de julio de 2012

SR. EGAÑA



      Nos sentábamos en el umbral de la esquina. Antes que apareciera se escuchaban los pasos del Sr. Engañabaldosa. Una pierna era normal, pero la otra, a cada paso, engañaba a una baldosa. Revoleaba esa pierna y caía con ruido similar al tropiezo, nunca se cayó. Ni cuando llevamos un palo de escoba para su caída, crueldad de niños. Saludó, tocando el ala de su viejo Panamá y engañó al palo.

      Pasaron varios días, al Sr. Engañabaldosa no se lo veía pasar, ni entrar o salir de su vieja casa. Nos enteramos por los gatos, que morían de hambre y los perros, que ladraban sin interrupción. Un vecino llamó a la poli. El Sr. Engañabaldosa murió en su cama, con el televisor prendido. Le faltaba algo al cuerpo. A su lado, en el piso, dormía su pierna ortopédica. Por eso el sr. Egaña tenía cara de dolor cuando engañaba las baldosas.

      La ceremonia de sentarnos en el umbral de la esquina siguió. La inercia de la costumbre. Nos puso tristes la ausencia del Sr. Egaña. Sus pasos tric-traca. No se habló nunca de aquel personaje. Las únicas contentas fueron las baldosas estafadas. 

sábado, 7 de julio de 2012

INTERFERENCIAS


      Vivo solo, extraño los sonidos de mi casa paterna. Ahora escucho cosas que vienen de afuera sirenas, autos, micros, motos y una música salsera de algún boliche lejano. Estudio con ese concierto que apabulla, pero acompaña. Cuando los decibeles citadinos menguan voy a dormir. Escucho los pasos del departamento de arriba, hay unos tacos altos que martillan mi cabeza, portazos. Hay corridas con sonido de pasos masculinos. También escucho muebles que se desplazan, vajilla que se estrella en mis oídos.

      Hoy fue distinto, hubo silencio. Durante la madrugada escuché pasos marciales; a los quince minutos nada. Tomo el ascensor y la anciana, que vive sola, me pregunta si estaba enterado del cr… Abrí la puerta, le dije no tener tiempo. Con el dinero del alquiler me compré un equipo de música. Ahora estudio y duermo perfecto. En el edificio no piensan igual. Hicieron una reunión de consorcio para tratar mi caso: “música alta”. Llamé a mi padre, que está orgulloso de mis dieces en todo. Hizo forrar las paredes de mi depto. con madera, telgopor, lana de vidrio y corcho. Me visitó una semana. Cuando se fue me sentí aliviado, lo quiero mucho, pero su partida me hizo recobrar mi propio pentagrama. Puse al mango: Los sonidos del silencio, por Simon & Garfunkel, una antigüedad, me envolví en el acolchado de duvet, que me mandó mi madre y dormí un día entero. Mucho stress. 

jueves, 28 de junio de 2012

JUANA

      Estamos en la mesa y me largo una arenga acerca de terminar con estos mata personas. Formar ejércitos para destruir todo. Escucho a uno de mis hermanos decir que Juana de arco está sentada con nosotros. Odio la sopa y el ruido que hacen todos por cada mísera cucharada. Un día me levanté, fui a buscar cinta de embalar y a mi hermano más chico que no solo hace buches de sopa, sino que después nos escupe a todos, le crucé la boca con cinta, mi madre gritaba, diciendo que Juana la loca merecía la expulsión de la mesa.

      Desde mi pieza digo, para que escuchen, que Juana se va a comprar un fusil. Mi hermana, la que me sigue, me defiende, soy como Juana Azurduy para ella. La única que me dio un beso fue mi Abuela, que dijo, hasta mañana, Juana.

sábado, 9 de junio de 2012

DE PAPEL


      He conocido obras de pintores o dibujos considerados geniales, por parte de la humanidad y por mí también. Pero las más interesantes las encontré en los papelitos que viven al lado de los teléfonos fijos. Sucede cuando hablamos de cualquier cosa con algún amigo, que detiene el tiempo con palabras tranquilas; mientras tanto dibujamos sin pensar y con todos los permisos, que resultan perspectivas absurdas o casitas invertidas o palmeras despeinadas, que remiten a otras cosas y esas cosas a otras, inconclusas. Cuando dejamos el chau, adiós,  colgando el tubo y bostezando nos vamos a dormir la siesta o a seguir haciendo tareas consignadas. Un día cualquiera, el pilón de papelitos se cae del escritorio sin espacio y tiramos nuestras obras de arte, las genuinas, en el cesto donde vive lo inservible.

      La mujer de un autor, que ocupó parte de mi cabeza muchos años, contaba que su marido le pedía papelitos y biromes para la noche. Tenía el sueño liviano, se le ocurrían palabras u oraciones que escribía entre dormido y arrojaba al piso. Por la mañana su mujer los juntaba y mutaban luego en novelas sin fecha de vencimiento.

      Los aviones de papelitos ocuparon nuestra infancia, los barquitos para el cordón de la vereda cuando llovía y los sombreros de tres picos en disfraces repentinos. ¿Quién no mandó un papelito declarando su amor a la más linda de tercer grado? Ahora se guarda todo en computadoras o celulares, el papelito resulta bastante incómodo a los jóvenes. Ellos mismos parecen vivir en la supuesta comunicación que nos regala la tecnología y sus enseres. Si pudieran meter el culo en esas pantallitas lo harían con el mismo placer que dejar metidas sus cabezas digitales todo el día.

lunes, 14 de mayo de 2012

A LOS CATORCE


      No lloró nunca, ni de recién nacida, ni cuando tenía hambre. La peor alumna, siempre ensoñaba, las maestras se cansaban de su abulia y optaban por ignorarla. Desde los cinco años se tiraba sobre el pasto a mirar las estrellas y la luna. Su padre la encontraba dormida y la trasladaba a su cama. Sus diálogos eran susurros a los pájaros, las mariposas y sus siete gatos. Adela se aburría de escuchar a sus hermanas, a sus padres y a todos los sonidos que emitieran. Las pisadas con zapatos eran una tortura. Sería por eso que andaba descalza sobre la tierra, aún si llovía. Su padre le construyó un refugio. Fue su primer risa, que selló con un beso en las manos de su padre. Adela tomó como domicilio el refugio.

       Apareció un psicólogo, convocado por sus padres y le pidió una charla. Adela lo hizo pasar a un lugar exiguo, tenía libros mezclados con gatos y dibujos de pájaros e insectos hechos por Adela. Nunca vio a nadie tan feliz y completo. Informó a los padres que Adela no estaba  enferma. Había elegido su propio modo de vida, un modo poco común, pero, se la veía ubicada en tiempo y lugar. Hizo un comentario, dijo que las palabras rompían el aire. Denotaba un alma sensible. Pasado un tiempo, Adela iba a salir a buscar a su familia y cambiada, eso era seguro. El psí se fue y los padres tranquilos se abrazaron.

      En la primavera se colgó de un piñonero, para ver el lugar desde arriba, perdió pie y su bufanda atascada, entre su garganta y dos ramas. Para todos, Adela se suicidó.

LA PÁGINA EN BLANCO

      Estoy deprimida. Qué historia escribir con una birome sin ganas. Sentir que el papel te expulsa las ideas. La astenia te sienta y te olvida. Por ahora renuncio, para no contagiar a nadie. Pregunto a otros si esto pasará. Ellos, a veces, saben más cosas de uno, que uno. No contestan.

      Con la ducha matutina pretendo levantar el día, sucede al revés, el día me cae encima.  Trato de sostener para no asfixiar el intento.

      El cuerpo se junta como un libro cerrado. No encuentro palabras y menos a oscuras. Pido auxilio en idiomas raros que nadie entiende. La depre, si está cómoda, se queda y una no está en condiciones para echarla así no más.  Si el libro se abre, la depre huye. Somos amigas de chicas. Eso me preocupa, nos estamos viendo seguido.

      ¿Entendés que lo nuestro terminó hace rato?¿O te creés que estar así, triste solitaria y terminal es pasarlo bomba? Quiero que me dejes en paz, andate y buscate a alguien que no te conozca. Toda la vida juntas es demasiado, a partir de esta vida, vos, no existís.
Eso lo puedo aseverar, no existís.
¿No existís? ¿no?

viernes, 30 de marzo de 2012

MEMORIAS DE UNA PRINCESA CACHUZA

La dictadura de Mamá hizo abandono de persona en la mejor parte del cuerpo: la autoestima. Forma parte de mi estructura que se viene abajo cuando más la necesito. Siempre recurro a escalas ajenas para medir todas mis acciones. Me detesto al comenzar o concluir algo, me odio más que a todo el género humano cuando les hago coro a los prescindibles. La paradoja es pertenecer a ese tejido y encontrar maestros que rescaten lo que las hordas invalidan.

Cuando fui joven se le daba valor a la inteligencia, al desarrollo del pensamiento, al respeto del singular, al amor y a la paz. El contexto era de una perversión medieval, sostenida por asesinatos cotidianos. La princesa Cachuza, mucho amor y paz pero en una manifestación en La Plata, rompió la vidriera del supermercado Camec, con un adoquín tandilino, vamos todavía decían mis compañeros politizados. Fui solicitada para militar en agrupaciones, pero, entre mi sentido poco común y el sentido común de mi Padre, zafé. Nada mejor que hacer artesanías y viajar a dedo. Nunca me sedujo el riesgo de vida.

martes, 6 de marzo de 2012

TEODORO ENCADENADO

Llegó un momento donde no supe dónde terminaba ella y comenzaba yo. Decidía todo en mi vida. La comida, la ropa, los juegos, qué amigos. Me preguntaba y sin esperar respuesta elegía por mí. Estudiaba lo que ella estudió, debía pensar, acerca de cualquier tema, lo que ella pensaba. No recuerdo haber estado solo jamás y lo peor era creer que la vida era obedecer mandamientos similares a los de la Inglesia Carótila, abostólica y románica. Nunca me hizo papas fritas, eran malas para la salud. Compensaba esa ausencia con nombre y besitos. Téo, Teoto, Teotín. Jamás mi nombre completo, Teodoro. Es feo, ya sé, pero es mío. Aunque sea la única propiedad de mi persona.
Empecé la facultad en la ciudad de ella. Alquiló un depto, lo vistió y amuebló a su gusto, con ¿te gusta? y hasta los cuadros. Yo esperaba que se fuera de una vez. Por fin sabría cómo era estar solo. La despedí con abrazos y besos, ella creyó para ella, yo expresaba la fiesta de su partida, con esos gestos.
Mi primer cigarrillo fue un homenaje a mí liberación. Un placer, el baño sin puertas abriendo preguntando si Teíto necesitaba toallas, jabón y las sugerencias de zonas de lavado en cada apertura. Ni cierro la puerta, juego con un jabón que colabora en placeres que tuve vedados por la presencia de ella. Era una hija de su madre, parecía creer que entre mis piernas había sólo necesidades higiénicas. Mi abuela fue así con ella. Mi madre, de la cintura para abajo no existía ni para sí ni para mi padre. El verdadero yo de Teodoro nos puso al día a los dos. Ella me convenció que éramos uno, cabía pensar los mismo con respecto a todo. La cama de dos plazas para poder desperezarme y dormir con las patas sueltas, así lo expresó mamita. Yo solito descubrí que dos plazas estaban perfectas para mi cuerpo y el de alguien más. Aquí tomé conciencia de la ignorancia de mami. De a poco me voy colocando en mi vida. Da vértigo, es veloz ¡Uácala! Quiero más.
En mi primer año me llamaba por teléfono dos veces al día. En segundo año mandaba un remisse, para verme en su casa, cada quince días. Ahora zafo con inventos laborales o congresos imaginados. Le aviso por mail. Le conté que mi teléfono estaba intervenido, que las multas por insultar esta gestión te dejaban indigente. Eso la aquietó, vive en su casita, a cuatrocientos kilómetros de mí. Rodeada de arbolitos. Yo estoy fenómeno, siento que me estoy haciendo. No necesito a nadie “a nadie alrededor”, gracias Charly. Mi madre lo escucha melancólica, la remite a su juventud. Eso la mata, se quiebra y creo que me contagia. Quiero decirle que su presencia me pone flan. Para sobrevivir acá, debo estar blindado. Si me visita dos días, el primero la quiero y el segundo la detesto, hago que se vaya. Puedo ponerme a la altura de mis deseos. Se lo digo de frente march, ella me mira, Teíto querido y yo le contesto ¡dejame ir! Que se maneje. Por ahora, como papas fritas todos los días, no me baño tantas veces como antes y largué la facultad. Lo demás voy viendo ¡Qué se yo que voy a hacer mañana!

miércoles, 21 de diciembre de 2011

MIÉRCOLES P/M 28 AÑOS

Triste de nacimiento, depresiva compulsiva. No podía quererme ni por una opción diferente. Detestaba mi ser, por fuera y por dentro. Esto último era tan amplio, lleno de sombras y ámbitos oscuros donde estar en paz conmigo resultaba una broma del pensamiento. El miedo de creer en la genética del suicidio, devengo de una familia muy creyente en suprimir sus vidas por propia voluntad. Cuando el deseo se me hizo insoportable pedí un turno con Bourdet. Así transcurrió una vida de todos los miércoles, a las cinco de la tarde, con alguienes que me tiraban sogas en momentos aciagos. Excelentes escuchas todos. De Jorge pasé a Flavio y de éste a Lucía. Y que viva Freud y que vivan estos tres ortodoxos. Maestros de palabras y silencios. Asistí al primer analista ignorando el tiempo y el espacio. Deliraba con voz inaudible y Bourdet supo de mi hijo recién nacido. Le pedí perdón por no saber cuidar aquella criatura desconocida y voraz, por asistir a las sesiones sucia y despeinada, por rascarme el pelo de modo continuo. Pidió que lo tuteara, contó de sus pacientes en Romero que jamás se bañaban, tenían piojos y olor a todo eso. Él los escuchaba, la falta de aseo en ellos no importaba. Lo mío no era nada - tranquila – decía, en cuanto al bebé aseguró que seríamos grandes amigos. Había que esperar y Jorge acompañó la espera, con llamados cotidianos a medianoche. Así ganó mi confianza y un día cesaron los teléfonos nocturnos. Luego de años comprendí la grandeza de Jorge, la enorme responsabilidad de su paciente loca con un bebé, recién nacido, a cargo. Después de saber cuando eran las cinco de la tarde o las diez de la noche, después de entender el espacio que existe entre la rajadura y la junta, Bourdet dejó que describiera al ineludible pa y ma de mis primeros años y los posteriores. Con él fue siempre cara a cara, no me tentaba el diván, necesitaba ver sus ojos, la expresión de su cara. Cumplimos un ciclo y nos divorciamos de común acuerdo. Aclaré locuras viejas y parí locuras nuevas.
Derrapé en Flavio. Fumaba en pipa y tenía una inmensa foto de Freud a sus espaldas. Me dio risa la Mise en escena, él preguntó porqué no le contaba así nos reíamos juntos. Él así lo quiso y yo le dí el gusto. La siguiente sesión desapareció el retrato de Sigmund y la pipa. Aparecieron los Particulares. Como Bourdet, usaba siempre el mismo pulóver, lo pensé como el hábito del oficio, el guardapolvo del trabajo. Buen analista el flaco, algo rudo como cuando dijo que me dejara de ñoñerías – tenés treinta y ocho, ya sos una señora, no jodamos – o cuando le pedí el diagnóstico y contestó: -Depresión machaza, el miércoles la seguimos.
Aquella vez que no supo qué decir de mi cuerpo que lloraba de los pies a la cabeza y se acercó y me dio un abrazo de padre, sin palabras. Luego de improviso me mudé a un pueblo lejano. Se puso como caballo indignado, decía que la gente era lo peor que podía, me daba libros de poetas platenses no valorados. Por vez primera dejó que le viera el “él” que no había imaginado. Al llegar a este pueblo llamé a una psiq-psi. La elegí por su prestigio y por su nombre de luz de agua. Ella preguntó quién me derivaba, yo le contesté que acostumbraba a derivarme sola.
Hace más de una década que Lucía trata de estabilizar mis histerias y otros carajos que no tienen nombres. Por vez primera sentí la confianza de tirarme en un diván. Lucy no es como Jorge o Flavio, ella tiene disfraces de todos los colores, atuendos inauditos, sombreros exóticos y una seguridad tan depositada que permite abrir puertas y ventanas. Echa luz donde hubo negro y agua cuando uno se mustia.
Lucy me dio permiso para mi bohardilla, mi jardín de invierno, mi estanque selvoso, me mandó de vacaciones. No es literal, son semillitas que ella tira al aire, está de uno germinar o nada.
Ella nunca muestra si su tristeza es honda o de qué tamaño es su alegría. Lucy es y quiere que uno sea. La primera vez que me advirtió de su viaje a algún lugar, le lucía un lago en la partida.

lunes, 21 de noviembre de 2011

MEMORIAS DE UNA PRINCESA CACHUZA

Mi nombre registrado casi siempre lo usaba mi madre, en La dominante. Papá prefirió cambiarlo por Princesa, Princesita, mi Princesa. Nunca entendí aquel bautismo real e infundado. Las princesas no tienden camas ni secan platos y nadie las obliga a concurrir al Instituto Británico para aprender ese idioma que me parecía odioso e ininteligible. Actualmente no he cambiado de opinión. Mi padre soliviantaba la dictadura de mamá con viajes a Buenos Aires inventando diligencias laborales. Yo lo acompañaba, casi levitando de alegría. Mirábamos dibujos animados continuados, mi padre reía hasta llorar con Tom y Jerry, el pato Donald y Charles Chaplin. Me llenaba de asombro que alguien tan grande secara sus lágrimas por aquellos dibujitos. Luego, al Richmond de Florida, donde tomábamos café, el mío cortado, con unos tostados que en la actualidad no existen. El cierre de aquella fiesta era la compra de una muñeca en Marilú. Tardó doce años en recibirse de abogado, detestaba estudiar derecho, como a mí inglés. Cuando regresábamos a casa papá decía: - De esto que vivimos ni una palabra a tu madre, Princesita y me besaba la coronilla. Un tipazo mi viejo. Cuando fui grande y casada sus visitas iban acompañadas de ramos de flores o bombones. Hacía desaparecer las cuentas de luz, gas y teléfono. Sin mediar palabra en, otra ocasión, aparecían pagadas, sobre mi escritorio.
Las visitas de Mamá eran ásperas de palabras, criticando esto y aquello. Antes de partir, dejaba su sueldo de docente en el cajón de mi ropa interior. Tenía una generosidad tan implacable como aquel carácter psicótico. Ella fue la que más perseveró para que mi viejo me comprara un departamento.
Llamaba por teléfono con gritos, pedía que no la avergonzara con mis remeras con agujeros acompañadas de zapatillas sucias. Ella sufría cuando sus amigas le contaban de mis vestuarios urbanos. Las amigas me querían y aquellas rebeldías les daban gracia. A mi madre le producían tristeza y llantos gritados a mi padre: - Ahí tenés a tu Princesa Cachuza, le damos plata y no sé qué hace, pero ropa no se compra.
Yo juntaba todo el año sus generosas dádivas y durante las vacaciones viajaba a Brasil a dedo.
Mi hermano advino cuando yo tenía nueve años. Rubio, de ojos verdes e histérico. De bebé fue un resarcimiento para mi madre, frente a su primera parición que resultó negra, mota y mujer, los tres ítems que más detestaba. Ahora tenía un príncipe que le vino con niñera ad honorem. Yo, princesa de mi padre, debía cambiar los pañales, contener sus llantos paseando su cochecito. Tenía el carácter psicótico de nuestra mami. Ella lo amaba sin fronteras y modeló una personalidad ególatra, indiferente, con ribetes sin escrúpulos. Mi padre lo aceptó porque era bueno, pero yo leía en sus ojos que su hijo nuevo fue un accidente desgraciado.
Entre mi familia nunca gozó de buen perfil. Mis abuelas opinaban que era raro, mis tías que era lindo. Fuimos amigos un par de años. Luego la nada. Más tarde un lleno de traiciones que por momentos justifiqué. En la actualidad, pasadas sus pesadas pisadas me quité el peso del mandato ancestral del hermanito y recuperé en mí una levedad desconocida y placentera. Viví lugares bellísimos y amistades con fecha de vencimiento.
Recalé en dos matrimonios de sentimientos lujosos, similares a los de papi ¡Ay! Freud, Freud, qué tipo tan ilustrativo fuiste. El primero se fue al cielo, el segundo está en la tierra. Mi propio William Wilson, propietario de una generosidad tan amplia como la del universo, padre de mi hijo. Príncipe Cachuzo de mi corazón. La cachucidad de mi principado permite que me encuentre conmigo muy de cuando en vez. Cuando sucede me abrazo, como princesa de mi padre y como cachuza de mi madre. Vivo en un pueblo de memoria, malo, injusto, perverso y hostil.
A esta edad no me importa. Un cacho de tierra y un cielo con luna me basta y sobra.
La pertenencia vive dentro de mí y sale cuando los ojos del otro guardan bondad y tristeza.
Tal vez por Princesa, tal vez por Cachuza.

viernes, 30 de septiembre de 2011

HOY RECIBE

Obra breve en un solo acto.

Escenario: Sala de recepción del Ayuntamiento. Como fondo un panorama negro, tiene dos recortes a la derecha y dos a la izquierda. Hacia el fondo una estructura simula un marco de puerta con arco de medio punto y pliegues del panorama chupados por un espacio virtual hacia el fondo. Es el despacho del Alcalde. Una luz cenital permanece apagada. Cinco personas en actitud de espera, dos mujeres sentadas en sillas medievales desvencijadas y con faltantes, respaldo ausente una, tripática otra. Tres hombres repatingados en bancos de plástico forrados en brocato con hilachas.


Remo: -Me duelen las lumbares, estos bancos parecen de niño. Es como tomar asiento en algo más ancho que un supositorio.

Toribio: -¿Porqué no le junta toda la tela que tiene desparramada y con los hilos sueltos se fabrica un almohadón?

Modesto: -No conviene mover nada, a ver si por una tontera el Dr. Habichuela no nos recibe.

Celina: -Detesto esperar. Lo hago por la jubilación de mi suegra, a ver si este tipo, perdón, a ver si el Dr. me ayuda a sacarla de la aduana. Va a hacer un año y tres meses que no la cobra. Linda es.

Toribio: -¿Su suegra es linda?

Celina: -¡No! La jubilación digo, es italiana, en euros. Si saca la cuenta ya podríamos tener la casa y un geriátrico de lujo para ella. Es buena la vieja. Pero es suegra.

Ana: -Tiene suerte, querida, la mía se murió, gracias a dios. Lo digo porque sufría mucho, pero gastamos todos nuestros ahorros en ella. Y al final para nada, o peor, nos dejó con unas deudas impagables.

Toribio: -No sé ustedes, yo solicité una entrevista con Habichuela hace cuatro años. Me operaron de urgencia en el Hospital, en vez de anestesia me inyectaron orina de perro con escherichia coli. Perdí un pulmón y un riñón. La pierna derecha se gangrenó y me la amputaron hace un mes. Digan que tengo hermanos generosos que se pusieron con el pulmón y el riñón. De la pierna dijeron que era un forúnculo, como no cerraba los médicos decidieron cortar por lo sano. Y aquí estoy, caminado con el trípode de mi mejor amigo. Fallecido él también en el Hospital del Ayuntamiento. Le dieron después de un análisis de saliva un diagnóstico de cáncer sin remisión. Él solito, con una cadena oxidada, se colgó de la columna de una luz bajo consumo. Su esposa me donó el trípode. Me costó manejarlo. Bueno no quiero ver esas caras más tristes que la mía, mejor cierro la boca.

Modesto: -Para no sentirme en deuda con ustedes, dudo que el Dr. Habichuela nos conceda audiencia el día de hoy.

Celina: [Entre desafiante e irónica.] -¿Por?

Modesto: -Presiento que la “Asesora de Conciencia”, su secretaria inmediata, le debe haber informado que somos un grupo de pedidores en exceso.

Ana: -Lo presiente, no implica seguridad al respecto. ¿Tiene alguna prueba? ¿O es presentimiento puro?

Toribio: -Conozco a Marcela Ortelani de chica. Podría asegurar que es una secretaria conciente.

Remo: -Para mí la política es el arte de ignorar lo evidente para sus propios beneficios. Mi traslado laboral es inminente, eso me aniquilará las vértebras.

Modesto: -Ahora lo entiendo, no le queda más remedio que recurrir a esta gente.

Remo: -Usted lo ha dicho, no me quedan ni remedios.

Toribio: -Disculpe, Remo, pero usted, ¿no proviene de familia anarquista? ¿No es una especie de traición a los suyos hacer pedidos al Ayuntamiento?

Remo: -Mi familia perteneció a tales grupos. Es el pasado, ya murieron todos. Quedé sólo y rompí el mandato familiar de tres generaciones.

Modesto: -Remo, querido, tengo mis dudas ¿A qué partido pertenece?

Remo: -Soy quietista, la columna vertebral de mi movimiento se encuentra destruida. Los quietistas no existimos para nadie.

[Las dos mujeres hablan entre ellas, abstraídas de la charla de los hombres, susurran como en misa y unas risitas estilo murciélago irrumpen su verba.]

Celina: -No me quedan alternativas, fui advertida por Sebastiana Mendazi, es hablar con Habichuela o nada.

Ana: -¿Pero usted conoce a Mendazi?

Celina: -Y si yo era Celina Moqueta, le seguía en la lista del colegio. No lo divulgue, pero si no fuera por dictarle en todos los exámenes, esta mujer no terminaba la secundaria.

Ana: -Con razón ese acomodo vitalicio ¡Qué mundo este! El que sabe pide y el que no sabe ejerce mandatos ajenos a su conocimiento.

Ana y Celina: [Ambas suspiran y dicen al unísono.] ¡Así estamos! ¡Pagando justos por pecadores!

Ana: -Cada vez que vengo Habichuela no está, tiene reunión con las avispas, digo los obispos, o inaugura placitas con dos hamacas, sin árboles o simplemente se encuentra indispuesto. Traslada mi entrevista, al mismo horario, para otro día.

Celina: -A lo mejor se encuentra indispuesto enserio, los ovarios duelen y a su edad las pérdidas son abundantes.

Ana: -¿Qué me dice? ¡Los hombres no se indisponen!

Celina: -Bueno, el caso del Dr. Habichuela tal vez sea diferente. Hay que tener ovarios, para llegar a ser Alcalde.

Ana: -Nunca lo había pensado, pero todo se encuentra tan subvertido que a lo mejor es así.

Celina: -No me entendió yo no dije que el Dr. Fuese invertido.

Ana: -Estoy tan nerviosa, [Acercando su voz al oído de Celina.] que me parece puto, esto entre nosotras, si trasciende voy muerta.

Celina: -[También a modo de secreto.] Yo pienso que es un hijo de puta, un bueno para nada, un ladrón, un cerdo y un puto encubierto. Total, el pensamiento no se ve.

Ana: -Vamos a tutearnos, qué tanto usted esto, usted lo otro, ¿no le parece?
Celina: -Sh sh, que estos tipos hicieron una pausa, no vaya a ser que escuchen.

[Se abre una entrada a la izquierda el panorama, aparecen el Consejero Oficial, Corrupayo y la Tesorera Arrogante, Mendazi . Sus caras están blancas, pintadas las bocas con rouge rojo bermellón, comunican en simultáneo a los pedidores.]
Corrupayo y Mendazi: -Godofredo Corrupayo y Sebastiana Mendazi oficialmente comunicamos que las arcas están vacías y el Señor Alcalde viajó a la U.N.A.S.C.A. [Cierran la abertura y desaparecen pegados como siameses, replican la sigla ambos.] U.N.A.S.C.A., U.N.A.S.C.A., U.N.A.S.C.A.

Toribio: Esto es más de lo mismo, el colmo, no tiene piedad, nos falta el respeto, quiero matarlo. Mala praxis con mi cuerpo y mala praxis con la política. ¿Esto es un alcalde? ¡No jodamos!

Modesto: -Me lo prometió, hace diez años que vivimos a la intemperie. El sabe que mis hijos nacieron porque mi mujer y yo combatíamos el frío haciendo el amor toda la noche. Diez años destapando cloacas a mano, no había maquinaria, decían.

Ana: -Usted si que vive una vida de mierda. Gracias a dios a mí me ayuda el cura con comida, a cambio de, de, bueno no vale la pena contar eso.

Modesto: -A nosotros nos colabora el rabino del pueblo de al lado. Manda una combi y alimenta mis doce hijos. No creo en los curas ni en dios que ni siquiera nació. Dijo el rabino que lo tenemos que esperar. Este Habichuela es más mierda que la que saco yo todos los días.

Remo: -No se altere, Modesto. Algo vamos a hacer. Mire, me puse de pie y no me duele nada. Debe ser la bronca.

Ana: -Piensen muchachos, nos tenemos a nosotros mismos y lo suyo, Remo me recuerda un tema de mis tiempos: “La marcha de la bronca”

[Se abre el panorama por la derecha y los secretarios de Habichuela, Marcela Ortelani, y Rafael Cocamer asoman sus cabezas peladas y sus cuatro manos de uñas larguísimas pintadas de violeta flúor sostienen la abertura, ellos también formando una sola voz.]

Ortelani y Cocamer: -El Dr. Habichuela los invita al evento Merca Para Todos. Él prefiere una audiencia con la Señora Heroína, a solas, [Se escucha la réplica de ambos.] a solas, a solas, a solas.

[Desaparecen sus cabezas y sus manos. Calla el dúo y el negro de la abertura los desaparece.]
[Los pedidores juntan cejas y el odio dibuja sus caras con la ayuda de pintura verde primavera.]

Celina: -Muchachos, somos mucho más que dos. Somos cinco. Los invito a defendernos con uñas y dientes. Vamos a comerlos vivos a todos, al Alcalde y sus secuaces. ¡Adelante, mis valientes!

[Hacia el fondo comienza a verse la puerta con arco de medio punto, prende una luz cenital que cae sobre el Alcalde, dos Secretarios y dos Conejales Delirantes. Todos los pedidores se colocan de espaldas y caminan hacia el fondo. Llevan las manos en la espalda. Ana porta un tenedor de inmensas proporciones, Celina una bigornia que le va de las cervicales a la cintura, Modesto un taladro de gran porte, Remo una hoz y Toribio una amoladora.
Se apaga la luz cenital. Todo permanece en una oscuridad cerrada.]
[Cuando prende, lenta, los pedidores rodean el proscenio, van vestidos con camisones blancos hasta el piso, manchados con rojo fluorescente. De sus comisuras brota sangre bermeja y todos mastican haciendo gestos placenteros. Se toman las manos, levantan sus brazos hacia la parrilla que afora con luces plenas. Cada pedidor suelta a su compañero y levanta del piso una calavera.]

Toribio: -¿Esto fue tu cabeza, Corrupayo? Me das risa, ¿sabés?

Celina: -Mendazi, Mendazi, cabeza de chorlito, mala, vacía, ¡Ja!

Ana: -Ortelani, perdiste la cabeza, ahora es mía. Asco das.

Remo: -Cocamer ahora no me servís ni para trasplante ¿viste? Tanto jalar ni el hueso de la frente te quedó.

Modesto: -¿Sabés Dr. Habichuela, estabas muy rico, tal vez fue por el hambre que me gustaste. Sos un cabeza seca que todavía ríe de oreja a oreja, puajj. [Modesto arroja la cabeza fuera del escenario.]

Cae el telón.
___________

domingo, 25 de septiembre de 2011

ESPERA CON PARTIDA

____________________

Obra breve en un solo acto


Personajes:

Yocasta: Menuda, austera. Rodete perfecto. Falda bordó. Blusa verde malva, abotonada hasta el cuello. Voz de mandato en si bemol sostenido. Anteojos redondos. Zapatos de Taquito militar.

Felisberto: Quijotesco, depositado estilo molicie. Pantalón beige sin planchar. Chomba blanca sin ganas. Hablar de intelectual fuera de servicio.

Desiderio: Robusto, de mejillas rosadas y bigote hirsuto. Porta bombacha de campo. Bremer rojo planchado, escote en v gastado. El cuello que asoma interrumpe un pañuelo negro. Mal hablado con empeño. Mocasines con retenciones.

Pierre: Blanco tuberculosis. Traje gris de caída triste. Su voz melindrosa y susurrante denota que toda su semana siente la melancolía: atardecer de domingo. Enormes ojeras negras denotan esperanzas ausentes.

Voces provenientes del buffet: grabadas al mango por los dueños del teatro. Actores frustrados. Dos voces masculinas y dos femeninas.

Escenario:
Sala de espera, un lugar pentagonal, amplio, cuatro puertas cerradas y un zaguán con un timbre, tiene connotaciones con una mama generosa, oprimiendo el pezón, en vez de ring dice: mami, desproporcionado en dimensiones. La luz proviene de un patio. Los vidrios son esmerilados amarillo atardecer. Los psi que atienden en sus respectivos consultorios están ausentes.



Se abre el telón.

En una de las cómodas butacas se encuentra Felisberto, el paciente más antiguo de la casa. Un retazo de su calzoncillo rojo, asoma de la bragueta cerrada con descuido. Su postura de rodillas separadas lo evidencia.
Los tres pacientes restantes ocupan asientos circundantes.

Yocasta: –Disculpe, pero tal vez usted no advirtió qué tiene entre sus piernas.

Felisberto: -¿Yo? [Juntando sus rodillas.]

Yocasta: -Sí, ahora se nota menos, pero igual está.

Felisberto: -Y claro, todos los hombres tenemos.

Yocasta: -No, claro no, no le quedó claro. Es rojo.

Felisberto: -En general es marroncito o rosa oscuro. Tal vez una transferencia de mi analista haga que le pregunte ¿Cuál es su deseo?

Yocasta: -Que se cierre la bragueta.

Felisberto: [Se mira.] –Oh disculpe, recién me doy cuenta.
[Se pone de pie y hacia la pared trata de prender aquello.] ¿Sabe que pasa?, perdí el botón.

Yocasta: -No se preocupe, en mi cartera llevo siempre hilo aguja y botones, si usted me permite se lo coso.

Felisberto: -¿Haría eso por mí?

Yocasta: -O por cualquiera en su situación. Venga, que sin luz no puedo. No, no se siente, prefiero de pie. [Le cose el botón y corta el hilo con los dientes. Los dos pacientes restantes miran, se codean y ríen con descaro.]

Yocasta: -Disculpen, olvidé mi tijerita.

Felisberto: -¿Cómo agradecer su gentileza?

Los otros pacientes: - ¡Que se besen! ¡Que se besen!

Yocasta: -Bueno, bueno. Pero un piquito nomás y sin lengua, por favor.

Felisberto: [Se acerca a Yocasta y dice a los otros pacientes.]
- ¿Podrían no mirar? Me da vergüencita.

Desiderio: -Ah, qué vivo, la idea fue nuestra, tenemos derecho.

Pierre: -Se ve tan poco amor en estos tiempos, sólo en las películas. No sean egoístas.

Yocasta: -Es atinente lo que piden. Concedido. Venga Felisberto, anímese. [Cierra los ojos frunciendo los labios a modo de corneta. Felisberto se acerca, titubeando y le da un beso. Vuelve a su butaca y suspira mirando al techo.]

Pierre: -Tal vez no necesitemos un analista, tal vez una caricia, una mirada, un beso…
[Por un instante todos callan, como pensando.]

Desiderio: -¡Qué lo parió! ¿Hace cuánto que estamos esperando?

Felisberto: -Y… estos tipos son así, te arrancan la cabeza y te atienden cuando quieren. A veces ni están con un paciente. Se meten en el buffet a tomar café y a hablar boludeces. O de nosotros. Quién sabe.

Yocasta: -No me asuste Felisberto, es mi primera vez. Según me dijeron lo que usted cuenta no sería ortodoxo.

Desiderio: -Me sacó la palabra de la boca, para mí hablan del orto cuando están juntos. Lo de doxo, perdón por mi ignorancia. ¿Qué viene a ser doxo?

Felisberto: -Usted hace poco que viene ¿no?

Desiderio: -Yo no soy de los que una vez por semana. Vengo cuando tengo algún kilombo. Ahora porque me echó la turra de mi jermu.

Pierre: -Yo por suerte vivo sólo, pero, al atardecer ¡Me da una tristeza!

Desiderio: -¿Sólo? ¿Cuántas piezas tiene?

Pierre: -Tres.

Desiderio: -Entonces hay dos que no usa, bien puede alquilarme una. Yo a la tardecita lo acompaño, le cebo unos mates y hasta le puedo dar una alegría. Total, a mí me da lo mismo.

Pierre: -Le aclaro que yo no soy gay, pero una pieza le puedo prestar.

Desiderio: -Acepto, por lo demás no se preocupe, todo lo estrecho finalmente se dilata. Ya va a ver.

Yocasta: -Ustedes perdonen mi indiscreción, pero, ¿a qué hora tenían su sesión? De a uno por favor. Es un tic que me quedó de la docencia, disculpen.

Felisberto: -Querida costurerita, que seguro no dio aquel gran paso. Perdone, es un tic que me quedó de la indecencia. Mi sesión es a las cinco de la tarde, desde hace la sinrazón que me trae aquí todos los miércoles.

Yocasta: -Son las seis menos cuarto. Su psi es retardado, un lapsus, Felisberto, su psi se encuentra retardado.

Felisberto: -No fue un lapsus, coincido con usted, el tipo es retardado. Pero él lo ignora y a mí me viene bien, amo dormir siesta y esto me permite llegar tarde y atardezco dos veces.

Pierre: -¡Qué triste es el atardecer y dos veces! Me mata lo que dijo. Mi turno es a las diecisiete cuarenta, mi terapeuta es puntual, es raro, ya tendría que aparecer con sus manos cruzadas y esa sonrisa de ángel señalando el diván.

Felisberto: -¡Qué antigüedad Pierre! Ahora se dice futón.

Desiderio: -Futón, diván, es lo mismo. Uno se acuesta y el tipo o la mina capaz que se saca los mocos a nuestras espaldas mientras contamos el drama que nos trae. A mí me tenía que atender a las cuatro, capaz que tenía demasiados mocos para una sola sesión.

[De pronto bajan las luces en la sala de espera, los pacientes callan. Ruido de copas, risitas ahogadas provienen del buffet de los psi, hay uno que habla gritando, tiene la voz gangosa y arrastra palabras ininteligibles.]

Felisberto: -Me lo imaginaba, están de copas, con su licencia, Yocasta, para mí están con un pedo mormoso.

Pierre: -Morboso digamos, es más el lenguaje que usan ellos, digo.

[Se escucha un in crescendo de voces superpuestas hay portazos y ruidos de vidrios rotos.]
[Yocasta saca su crochet y teje.]

Yocasta: -Voy a aprovechar el tiempo. Pienso que es gente que sabe tanto de la cabeza, tal vez no les quepa todo y hoy la perdieron.
Desiderio: -¡Ah sí! La joda loca. Me parece Yocasta que se fueron al cara… bueno usted sabe. No fui a la escuela, soy grosero sin querer.

Yocasta: -Lo único que dijo y no está mal, es carajo, todos sabemos que es desde donde los marineros avistan la costa. Además no terminó la última sílaba. En cuanto a la joda loca pienso igual, todos lo pensamos, ¿no?

Felisberto: -Y otras cosas más, que mejor callar, para no llenarnos de ira.

[Ahora hay música de salsa. El sonido crece. Se escuchan saltos y tumbos acompañando el desfasaje. Una voz femenina chillona grita, Felisberto reconoce la voz quebrada, casi afeminada de su terapeuta.]

Voz femenina: -¡Por favor déjenme la bombacha, aunque sea!
Voz terapeuta de Felisberto: -El calzón me queda mucho mejor a mí que a ella, no se lo devuelvo ni en pedo.

Felisberto: -Es la voz inconfundible de mi terapeuta. Lo imaginaba, es puto. Sus propias acciones, lo que acabo de escuchar, lo prueban. Ahora comprendo su insistencia acerca de si mi elección sexual era la correcta. Hacía su transferencia en mi sesión y lo que es peor aún, en mi persona. ¿Pensaba que me lo iba a avanzar el idiota?

Pierre: -Me impresiona cómo los terapeutas se parecen a los seres humanos.

[Continúa la orgía del buffet, se oyen risotadas, palabrotas, golpes de puño sobre una mesa, gemidos de sexo. Todos arrastran objetos y palabras. Hay un espacio de desmayo general, precedido de la puerta que se entorna hacia la sala de espera. Ninguno de los pacientes se atreve a mirar.]

Yocasta: -Sería oportuno que todos nos fuéramos. El zaguán está abierto. De pie, salgan. Perdón me quedó de la docencia.

Desiderio: -¿Y si nos vamos a comer unas pizzas?

Felisberto: -Y a tomar unas birras, no vendría nada mal.

Pierre: -Éste es el ocaso del psicoanálisis, vayamos.

Yocasta: -Salgan, en dos minutos estoy con ustedes, debo concluir un algo que no vale la pena decir.

Felisberto: -Sí, claro, cómo no, por supuesto, haga usted Yocasta, venga pronto que me pone triste su ausencia.

[Yocasta entra al buffet. Permanece unos instantes, sale con premura. Los pacientes la esperan en el zaguán.]

Yocasta: - Salgamos chicos, prontito, sshh, en silencio por favor, todos duermen. De menor a mayor.

Pierre: - ¿Notó Yocasta, qué olor a gas proviene de allá? [Señalando el buffet.]

Felisberto: -Es verdad, qué intenso ¿no?

Desiderio: -Vamos muchachos, vamos de una vez ¿Quién cierra?

Yocasta: -Yo, que soy la última, cierro con llave.

Pierre: -¿Y la llave Yocasta?

Yocasta: -A la alcantarilla de afuera, es lo más seguro, para ellos y para nosotros.


____________Telón___________

domingo, 14 de agosto de 2011

SORÉT

Piérre escupía cuando hablaba, luego me decía que tenía los lentes sucios de gotitas. Sí, de tu saliva, pensaba. No le decía nada por su constitución descerebrada y su condición humana. Cuando se acercaba, me sacaba los anteojos e igual mantenía una cierta distancia, que él hacía lo posible por sortear. En eso estábamos cuando caí por una escalera de piedra. Infinitos golpes quedaron a lo largo y ancho de mi persona. Ya en el piso lo vi en la mitad de la escalera, pidiendo ayuda para mí, a los gritos y a nadie, porque no había ningún cristiano en el lugar. Cuando llegó la ambulancia, Piérre permanecía en la mitad de la escalera, comiéndose las uñas al grito de -¡Qué impresión!,
¡Qué impresión! - . Casi desmayada me llevaron, alcancé a decirle con un hilo de voz – imbécil, retardado-.

Reintegrada al trabajo, encuentro que mi compañero inmediato es Piérre, en persona. A esa altura de los acontecimientos no tenía dudas, era un tipo insalubre. Yo trabajaba a destajo mientras Piérre me miraba con el codo apoyado en mi escritorio, tomando una gaseosa. Hacía un ruido chupóptero alto y repugnante mientras tomaba. Trataba de no eructar, nunca pudo. En algún descanso, Piérre, escrutando mi mandíbula inferior, me tocó con un dedo diciendo - ¡Eureka! Veo una incipiente prominencia que devendrá en futura papada, esto es el comienzo. Yo tenía veinticinco años y Piérre me sacó de quicio o su comentario o ambos, enganché su silla con mi pie libre y lo tiré al piso con el placer del odio. Piérre me arrojó lo que quedaba de su vaso que estalló. Mil astillas cubrieron mis manos y mi cuello. – Fue sin querer, fue sin querer- clamaba el idiota. Tres compañeras necesité para quitar los vidrios incrustados de modos tan absurdos como Piérre mismo. Nadie pudo explicar el fenómeno de los vidriecitos clavados. Llevé durante una semana apósitos en las heridas. Él pidió una semana de licencia. Temió mis últimas palabras, amenacé con destrozarlo a mano.
Dentro del trabajo, gozaba del privilegio de media hora libre. Paseaba bajo los palo-borrachos y un exquisito aguaribay que llovía ramas tranquilas, me tiraba boca arriba sobre el césped cortado y tupido. Esa era mi libertad, aseguraba soledad, desde aquellos tiempos las gentes preferían las baldosas y la salchicha en sus respectivos descansos. Tenía los ojos entornados y la brisa se cortó en mi entresueño. Piérre, el invasor miraba como si yo fuera un yuyo interesante. Tenía los anteojos de ver de cerca unidos con cinta engomada y desde un metro de distancia habló acerca de mis lamentables lunares con pelos que, tan joven, se insinuaban en mi mentón. Todo dicho con aliento a caca de gallina. Le pregunté si le gustaba comer pollo, no sin antes girar sobre mí misma dos veces para incorporarme lejos de su hedor. Dijo que era su comida predilecta, junto con los menudos que su anciana madre cocinaba aparte, del pollo su familia aprovechaba todo.
No pude resistir informarle que me daba cuenta por el olor a deposición de ave cuando abría la boca. No se le movió un pelo, la mugre se lo impedía.

Con ojos de pasar por alto mi reflexión recordó que su madre era francesa, en su casa todos se comunicaban en ese idioma. Eran once hermanos y la casa chorizo que los cobijaba, según Piérre, era una sucursal de París. Eran los cuentos de esa familia tan similar a los “Buendía” lo único que me complacía de sus relatos. Lo entusiasmé para que siguiera con sus descripciones mientras nos dirigíamos a la cárcel del trabajo. Hubo un momento donde señaló la fuente que debíamos bordear diciendo que en el fondo de su casamata había una igual a ésa. Escuché hasta ahí porque con su bastón doblado me golpeó la espalda, como para indicar y caí dentro del agua estancada. Piérre era tonto y gentilhombre, extendió su bastón para que pudiera sostenerme y salir del pantano. Dos nenúfares colgaban de mi pelo. Piérre aplaudía cuando emergí y con voz de puto decía que La Primavera de Boticelli había reencarnado en mí, gracias a él.
Trabajé de ese modo, ropa mojada y flores en el pelo. Eficiente y digna, es lo mejor para que nadie se atreva a interrogar.

Subí a mi Citroën viejo y esperé la salida de Piérre.
Venía haciendo ademanes al aire. Arranqué, más convencida que peronista fanático, di marcha atrás en el momento preciso, el golpe que recibió Piérre fue precioso.
Todos mis emprendimientos son un fracaso, Piérre no murió.

domingo, 19 de junio de 2011

¿UN ESPEJO SÓLO?

Ella dice, que frente al hombre que se le impone, dirige sus ojos a los ojos de él. Fuerte, lo mira, hondo, para que el tipo sienta que ella es alguien más que cualquier otra. Yo la miro, no veo esos ojos profundos que dice tener. Son oscuros, tienen brillos, pero les falta cosmogonía. Conocí ojos, de pupilas negras, donde caí como Alicia, en tirabuzón y sin garantía de retorno. En el país de las maravillas hubo miradas que me llevaron a lugares desconocidos, abrieron puertas y ventanas. Salieron soles, corrieron nubes, para ellos y para mí. Vi llover con arco iris levantando el telón de todos los colores.

Tenía endorfinas, adrenalina, neuronas perfectas, la demencia sin excesos. Los ojos de los demás me importaban porque tenían fortaleza, generosidad y sentimientos piadosos. Algo se dividió, se fragmentó, hasta extravió la memoria y junto con todo, la mirada.

Ahora hay ojos perdidos en cualquier persona. Terminan ahí, justo en la forma, no tienen adentro ni fondo, ni dicen, ni quieren. Pobres las miradas de hoy, tanto deterioro por ambiciones ciegas. Recién levanté la vista de mi cuaderno y encontré unos ojos que miraban genuino.
Me quise por primera vez, gracias al espejo que tengo enfrente. Tienen que existir otros, que no sean tan tristes y añosos.

viernes, 17 de junio de 2011

LLAMÓ ALFREDO

Sabía que era Alfredo. A esta altura del año, a esta altura del mes. A esa incertidumbre que obliga a la vejez a seguir al palo. Y uno quiere saber si cobra, si no cobra, si va a poder, si será peor. Jamás Alfredo pregunta si va a ser mejor. A mí me sucede. No lo llamo porque hay demasiadas cosas para decir, pensar, recordar, proyectar un teatro de sombras o reír hasta que el aire pueda virar a suspiro.

Sabés, Alfredo. Encima sabés y eso me da alegría, sin vértigo, a esta altura de las alturas. La nostalgia, el asombro de la tristeza mirando más atrás de la nuca, adelante uno mismo, con un hombro más alto que otro. Esperando que siga camino el camino, que como dijo aquel uruguayo del Tristán Narvaja “sigue y sigue; al final llega y si no, sigue un poco más. No es tanto.”

Hoy el cielo está blanco de nubes y negro de cenizas. Parecen las vísperas y lo de luego.

¿O sí te preguntás si va a ser mejor? Aquí va mi patética: me pregunto lo mismo. Es la zanahoria y uno que es un nabo, sigue.

lunes, 6 de junio de 2011

LA PATRIA ES UNO

Miraban con descaro, mandíbulas caídas y ojos de escarabajo. El bar frente a la plaza, con mesas de bar, sillas de bar y ese café traído por mozos afables y viejos como los cimientos del lugar. Los ventanales que subían según las estaciones y lo vientos. El olor a bosta que trepaba de la calle, las risas abiertas y francas de los parroquianos. Quintina recordaba venir al pueblo con su padre y tomar cortaditos con medialunas. Los saludos de la gente, tan saludados, como festejando encuentros inesperados.

Ahora el bar era un agobio híbrido, con olor a aceite viejo y barato, casado con el repulsivo olor de caños de escape nublando los nogales de la plaza. No quiso entrar a aquel reducto sin identidad. Caminó buscando un alguien de antes que no aparecía ni bajo los teñidos tapacanas. Sólo caras operadas de hombres y mujeres. Gente de su edad, tan deformada como aquellos frentes soñados de todas las casas.

Llegó al Bar Tito, Tito mudado a España y otro par de pobres borrachos o ricos en copas, dejó de ser.

Tomó un taxi hasta el campito de sus padres. Les contó alegrías inventadas y encuentros no ocurridos. El viejo, por las sombras en los gestos de su hija, advirtió que mentía. La madre quiso saber de su vida en Italia, más que de sus impresiones del pueblo. Compartiendo el almuerzo, Quintina los hizo reír con anécdotas tranquilas, desopilantes e irónicas. En un silencio de ángeles Quintina puso las manos de sus padres en sus manos y lloró con hipos. Les dijo que los tanos eran más de lo mismo. El mundo cargaba con más mierda de la que pudiera imaginarse. Volvió para curarse un poco de ese filocapital que cubría Europa y encontró una sucursal perversa de aquello que dejó. Un pueblo rodeado de soja y disfrazado de ciudad con edificios equívocos con olor a lavadero. Árboles talados, sierras alambradas y casa pretenciosas en sus cumbres, desafinando el antiguo paisaje. Lo padres la abrazaron con la sabiduría que legaron a su hija, no encontraron palabras.

Quintina los sorprendió con la compra de mil doscientas hectáreas vecinas al pedacito de sus padres. Ellos no quisieron aceptar, la hija no debía invertir veinte años de ausencia y el esfuerzo de sus ganancias. No les pareció justo. Ella dijo que si no aceptaban iba a llorar el resto de su vida y volvería al lugar donde era una sudaca que instruía europeos tan burros como las vacas o los políticos.

Dijo tener planes creíbles y posibles. Ése era su lugar. Los padres no le creyeron tanto entusiasmo. Caer de tan alto duele.

Al amanecer recuperó la cordura y el mantra de la patria guaranga: “hacer algo acá es al pedo…” se impuso antes del primer canto de gallo. Armó su austera mochila. Redactó una carta para sus padres, contenciosa y administrativa: amor y euros. Hizo dedo en la segunda tranquera, no eran tiempos para viajar de ese modo, pero pensó que el miedo roba tiempo y ganas. El destino no importó. Lo que más hizo en su vida Quintina fue perderse. Es así como de cuando en vez uno se la cruza, es inevitable, como que redondo es el mundo.

viernes, 15 de abril de 2011

PRIMER VIOLÍN

Mi compañero desde hace más de treinta años tuvo un abuelo que no conocí. Fueron siempre tan sutiles y cálidos los recuerdos de su nieto. Lo quiero más que a cualquier componente de su familia. Siento que sí lo conozco y me hace ensoñar lindo, tanto como mi padre. Cuando huelo el tabaco de una pipa presiento que el abuelo está presente en ese humo. Virgilio se apropió de mi cabeza. Él vive en el pentagrama que define su nieto. Si tenía buen humor, le dejaba meter las tostadas en su taza de café bien oscuro, no como el de los chicos, clarito y con leche.

Vivía en una Villa de Córdoba, rodeada de bosques y casitas de cuento, habitadas por músicos diversos. Pintaba al aire libre, teniendo como fondo el Pan de Azúcar, había olor a trementina y óleos de todos colores. En la Villa hacía coros con su familia y los nietos. Virgilio tocaba el violín y la abuela el piano, únicos momentos que ella se cruzaba con el bienestar. El abuelo corregía la música que hacían los nietos con sonrisas, tocando su violín a la altura de los más chicos. En una capilla abandonada ejecutó un concierto y entró dios aplaudiendo “¡Por fin el reciento sirvió para algo bello!” dijo dios y se quedó por ahí. Le habló a Virgilio, que estaba en otra cosa y no escuchó nada, porque era ateo.

Volvieron de un paseo por el monte y se sentó en su cama, los chicos, agotados, se tiraron alrededor. Todos vieron cómo le costaba quitarse un zapato, fruncía toda la cara y el zapato parecía no querer dejar su pie. Agachó la cabeza, mirando la suela y pidió que le trajeran una tenaza de inmediato. Era un clavo, que comenzaba en la suela y se introducía trecho largo y enhiesto en su propio pellejo. Lo quitó, con ese silencio digno que lo ocupaba siempre. Corrió una brisa angelada y recordó el violín, solía despedir el sol con alguna sonata entrañable y dulce como el atardecer sereno.

jueves, 17 de marzo de 2011

BERTA

Los tres golpes de la portera, durante años. Por si el despertador no despertaba.
Maestra de veinte niños, de cuarenta, de cincuenta y tres, alumnos que se multiplicaban y apenas diferenciaba. Le dio el horror de la locura y el beneficio de la licencia por psiquiatría. Berta tuvo como destino el pabellón de intermedios.
Las sesiones con el psiquiatra la fatigaban. Como siempre eran profesionales diferentes, comenzó a ser personas diferentes, con alteraciones leves. Sabía cómo tranquilizar a un psiquiatra, ponía los ojos sabios y nobles. Hacían sentir al psi. como un enfermo recurrente, injusto y tacaño.
Berta tenía ausencias que la ponían niña de seis años y hablaba y se movía como de esa edad. Creció y quiso volver a la escuela, convenció a los cinco médicos que le dieron el alta, remisión absoluta.
Cuando las dos niñas llenaban los tinteros Berta apareció de atrás y las degolló. Llenó el resto con tinta roja sangre y escribió perdón en todas las paredes.

IN NOMINE PATRIS

Le contó mirándolo a los ojos, el padre tenía la misma adicción. No por protección, sí por dinero. Le dio algo de lo comprado para él. Transcurriendo las semanas, que fueron meses, el padre y el hijo compartieron aquel desmán que tuvo tanta popularidad. Un día él pidió y el padre dijo no, no escuchó más, el viejo, además era puto y se enteró todo junto. El viejo en una granja y la visita de él con una papela.
Pudo salir, llegó caminando a su casa, abrió las puertas y miró hacia arriba, de la viga más alta, colgaba. Quiso gritar cuando vio, pero antes una espina invisible le trabó todas las arterias. Cayó a sus pies.
Una señora gorda los tapó con sábanas blancas.
Cuando llegó la policía, los cuerpos del padre y el hijo no estaban. Las sábanas sí. Nadie supo qué decir.

martes, 15 de marzo de 2011

LA MUJER LARGA

- I -

Un camino de pueblo, arbolado con follaje generoso, como cuando no hay vecinos.

Noche abierta, pariendo luna llena. Las hojas dibujan espectros en los adoquines.
Una dama erguida, de piernas infinitas, camina sin prisa con una niña de la mano. Se pierde en una puerta en sombras.
La única luz proviene de su piel lacada y negra. La niña suelta la mano y corre al encuentro de un animal que la espera. La mujer larga camina la mañana, dos niñas de ébano juegan a la mancha, mientras una empleada, con tonada boliviana, trata de controlar la anarquía que la supera. Hay asombro de un caminante habitual, que saluda gentil y pregunta por el parentesco de las criaturas exóticas, la boliviana contesta que son hermanas. Lo dice con miedo. La mujer larga la reprende, con palabras desconocidas y mira al hombre con severo repudio.
Él sigue su camino, piensa en la negrita del día anterior, piensa que no es ninguna de éstas dos.


- II -

- Mirá si va a haber tráfico de chicos en un pueblo con tanta iglesia y tanto militar protegiendo nuestra patria justa, libre y soberana – Lo dice convencida, como esposa de milico de bota y católica devota.

- Olvido el lugar cuando despierto, abro los ojos allá y es acá. Este sueño tiene comida, recupero la música de Amadou et Mariam, ellos tapan los sonidos del hambre.
La familia en la choza es una multitud de estómagos vacíos que aturden. Melodías del horror.


Elogian mis ojos, las pestañas, culito alto, dicen, columna de africana, dicen, piernas perfectas, dicen, negra de mierda, dicen.

Le dan a elegir tres y mi padre nos señala. Mamá agoniza, opaca, sólo brilla cuando nos ve partir. Abraza débil, sonríe a esa gente que nos da trabajo cruzando el océano. Tenemos miedo, el avión es grande. Hay chicos de aldeas vecinas, nos saludamos. No quieren que hablemos entre nosotros. Los destinos son Buenos Aires, La Plata y Pozo de piedra. Mis hermanas quedan en Buenos Aires. Les pagan en euros, casa y comida gratis. No saben cuál es ese trabajo. Suben a una combi.
Una pareja me da la bienvenida, a la sonrisa perdida. Viajo mirando tierras infinitas. Ellos hablan entre sí, dicen que mi francés es perfecto, lástima que sea analfabeta. Mejor, dice el hombre, mucho mejor. Ella se ríe, está de acuerdo, lo toca ahí. Voy atrás, pero la veo por el reflejo. Mis hermanas se diluyen. La mejor defensa es no preguntar, no saber.
Es parecido a mi aldea, con el agregado de sierras bajas y la ausencia del mar. Linda tierra, sin arena. Alguien pregunta por la cicatriz de mi mano, sonrío, nada más. ¿Voy a contar que fue por un choclo? Justo aquí, donde tirás una pestaña y nacen pestañas.

- III -

No entiendo el idioma, sí el desprecio. – Aspecto distinguido la negra. Chusma, ilegal, catinga.
El sonido y el volumen de esas palabras pisan el corazón.
Una pieza umbría y olor de rosas blancas trepando las rejas. Maruja, española, de sonrisa generosa, entra tres niñas tristes como la sequía. Rarezas de Senegal, pelo rubio mota, ojos azules, piel violeta. – Tía René, dice Maruja que nos bañes.- Se meten en la tina de azulejos que nunca vieron. Con la espuma de la mugre dibujan pájaros y flores. Vestiditos blancos prístinos y cintas para esos pelos rebeldes. Se ríen de nada. Los zapatos, los zoquetes, pies encerrados, serias enojadas, con suspiros.
Todos la llaman Doctora ó Juez, me llega a la cintura. Salimos, ¡Mon Dieu Quelle chaleur! El auto tiene aire acondicionado, el pueblo está cerca, dicen.
Ahora que sabés leer y escribir, podés declarar en las adopciones. Maruja habló de tu celeridad e inteligencia. Buen trabajo, la gallega. René querida, lo que viene es para beneficio de tu pueblo, nunca olvides. Debés silencio y es permanente.
Vó tá loca, René, para eyo só una negra, pior que nosotro lo peone, que somo morocho y nos dicen negro, como a vó. Andate René, si descubren algo la culpa va a ser tuya, acá nadie defiende a nadie. Lo tuyo se yama trata de niño’, nos lo dijo el boga nuestro. Somo tré para ayudarte, el boga quiere que yevemo las pibita también.
Vó por eso está flaca y triste. El boga é rico, tiene como cinco mil hetária. Herencia, nada de mafia, todo por derecha. Mirá si será bueno el hombre que se llama Ernesto, vó no sabé quién fue , pero fue el mejor. Este te paga el pasaje a vó y las piba. Te hace lo papele. Llamá a tu viejo ¿qué má queré? Dale negra, mejor morite de hambre allá y no de un balazo acá…pensá…No yoré má que me vaaser yorá a mí también.
Lo escucho, pero tengo tantas dudas. Encima están las nenas, son mi responsabilidad. Me faltan fuerzas, tengo que comer y dormir para que esto no siga.

- IV -

Ud. No tiene que volver sin nada, tengo dos ONG muy interesadas en el tema. Son muchos casos René, todo no se puede. Empecemos por Uds. Cuatro. Las tres niñas fueron extraditadas sin el consentimiento de sus padres, con identidades falsas. Así es este país, no muy distinto del suyo, René. Tendrá ud. La protección que nos asegurará su regreso sana y salva.
Le mira la cara, ya no lo escucha. Un mar azul, mi aldea, la cara de mi padre, mis queridos hermanos. No me ocupa la cabeza el no saber cómo, sino cuándo. Recibiré dinero todos los meses, tendré asesores gratuitos que ayudarán en Senegal. Tiene cara de bueno, cómo no creerle. Aparece la Jueza, baja, con dos hombres altos. Se dirige a ellos y me mira como a un mueble.
A ésta la trasladan al estudio, se encarga del maquillaje y el vestuario. Dice que va sin texto, que soy dócil y obediente. Llegan las combis sin ventanas, no entiendo porqué no está Ernesto.
El hombre más alto me empuja dentro con cierta violencia y el otro mete la mano bajo su saco, la Jueza lo mira con tensión, dice que no es necesario.

Cuanto menos entiendo, más desconfío. Estoy en un hangar lleno de luces que focalizan, las niñas tienen las caras pintadas y ropas ambiguas. Una mujer, que parece hombre, pide que me lleven, no me necesita. Se enoja, no sabe quién soy. El alto le explica algo al oído. El otro me toma del brazo y casi en el aire salgo del hangar. Hay sol y un monte para protegerse. Bajo un pino inclinado, Maruja, tomando mate, me extiende uno. No, gracias, me duele el estómago. Es el calor, asegura, por eso prefiere el invierno, me cuenta que en Pozo de Piedra hay dos estaciones, el invierno y la del tren. Raro este verano, ¿no muchachos?, se dirige a los tres peones, que están meta pala haciendo pozo. Nadie contesta, nadie me mira. Ellos me advirtieron. Veo dos sombras recortadas en el suelo del monte, llevan las manos hacia mi espalda. Siento algo en la nuca y entre los omóplatos, pierdo pie… juego con mi papá y mi mamá, nos metemos en el mar y es azul. Ellos se quedan en la orilla, yo me alejo, nado y los veo chiquitos, saludando a mis hermanos.

lunes, 7 de febrero de 2011

EL LUGAR

A mi hermano Alberto

Años añosos, hastíos hastiados, toneladas de aburrimiento, el método de la muerte igualito todo los días. Hay un permiso otorgado a un café, nunca exceder la media hora. Voy al mismo lugar y me siento en el mismo lugar. Deposito mis huesos, más cortos que antes, más duros que antes, más pesados que nunca. Diarios no quiero, me mienten todos en todo, por escrito es demasiado. Prefiero mirar, hay un adoquín engañoso. Es una esquina donde la gente que transita siempre es la misma, traje más, corpiño menos. Trago mi café y de cada tres, dos tragan el adoquín, no se les desliza por la garganta. Les hunde el pie y el equilibrio los abandona sin decir nada. Las caras giran para ver si fueron vistos, con más horror y miedo que el dolor personal. Me dan risa, siempre fui respetuoso, he cambiado. No quiero herir a nadie, pero me desternillo al punto de golpear la mesa endeble con ambas manos. El café se derrama, el precio de la risa. Pido otro y en el primer traguito, un idiota trastabilla.

Faltan diez minutos para mi partida y cuatro, con cara de nada, meten la pata. Las mujeres por mostrar su soberbia sin piso, son las más. El hombre derrotado, mira hacia abajo y alguna vez lo evita. Camino una cuadra y en la esquina entro en mi calabozo cotidiano, un pie, luego el otro. Inevitable el agujero, pienso en los tontos desprevenidos, en las tontas para siempre.

Alguna vez uno dice basta y hoy yo soy uno. La puerta que gira no se detiene, da la vuelta completa. Vuelvo a casa, a una plaza, o a la terminal. Dejo caer mi saco, desabrocho el primer botón, tiro la corbata en el basurín municipal. Alguien me advierte en voz alta.

Ya no escucho, estoy en el lugar soñado.

lunes, 13 de diciembre de 2010

ROUGE

Tomaba vino para encontrar algo de algo en este mundo indecente. Sus padres no sintieron la piedad que aparece en estos casos. Boris, sin un techo, olvidaba la intemperie con un trago de sangre. Tenía uno que otro amigo y lo querían. Él decía que sus copas rojas eran transfusiones para seguir viviendo en las calles, los bares y algunos despertares baldíos.

Vulgar la historia, lo dejó una novia. Hermosa, virgen, que desató el engaño con su mejor amigo. Tomó la primera copa y la segunda. La tercera se miró en el espejo. Desprendió el primer botón de la camisa, la corbata de seda roja fue a parar a manos del dueño del boliche. Con ojos de baldosa le regaló una botella e indicó la salida. A los troncos de los árboles, Boris los pensaba como el talle de su novia, lloraba abrazando la memoria de los cuerpos juntos. Pasado el amanecer desmayó su cansancio triste en una esquina fría. Alcanzó a vislumbrar que detuvieron sus pasos unos tacos altos y unos mocasines que resultaron familiares. De pronto un saco grueso depositado en su espalda. Escuchó la retirada y los suspiros. En sus últimos pensamientos coherentes, se le hizo náusea el horrible parecido que el amor y la traición suponen abrigar la inminencia de la muerte.

martes, 30 de noviembre de 2010

TRES CADA TREINTA

Vino anoche, estaba tan lindo, tan joven, esa sonrisa abierta de dientes prolijos, esos ojos firmes de saber más que sus años. Trajo el bolso con una muda limpia y catorce para lavar. Me trajo un perfume de regalo, el olor es como de flor que se fue hace un rato y olvidó algo de limón y mandarina. Abraza firme, seguro de haber llegado a un puerto protegido. Comemos y hablamos entre tenedores suspendidos y copas inconclusas. Fue el momento de la novia, que lo quiere sin pedir cambio, está contento, le deja oxígeno y le otorga descansos generosos. Trabaja a destajo, como es ahora, lo que gana los gasta, como es ahora. Cada tanto me escucha, pero mis palabras no son su idioma, a veces grita que él sabe, que no hable de lo que no sé. Es cruel, como los jóvenes en confianza y sé que mi deber es dejar pasar, sino lo mato.

Tanto me costó aceptar su ser dependiente.
Tanto me costó aceptar su ser independiente. Esta vida, si algo tiene sentido, es lo inoportuno, el destiempo, la comprensión tardía, el amor que necesita, el que no tanto. Soliviantar los deseos propios con los ajenos para que no caiga ni uno ni otro. Aceptar con la puerta abierta para que pase y se haga lo que sea. Se va mañana, hace mucho que es sin mí. Juego a que me necesita, soy la madre.

martes, 23 de noviembre de 2010

MADAME – I

La depresión económica hizo que en el sector fumadores, de varias mesas, había sólo dos ocupadas. Yo leyendo un pasquín. La persona en la otra mesa cercana, con un café desde hacía media hora, flaca con la ropa pegada a los huesos, había entrado en la edad donde el color de los ojos se diluye. Ella me habló con voz tranquila, de nacida y criada. Dijo conocerme, desde su casa veía mi caminata diaria de seis kilómetros y el día que dejé mi traste al aire para hacer reír a mi marido, ella también se rió. Le gustaba el sentido del humor, comentó de sí misma. A mi no me pareció que fuera una persona con sentido y menos aún del humor. No le creí ni jota. Patética y mentirosa, lo señalaba su amplia soledad, elegida o no. Después del comentario, puso su cabeza en la ventana de dos posibilidades: autos estacionados o cielo con nubes móviles. Seguí con mi lectura del pasquín y sin mirarla hablé de las casas de su sierra: tenían jardines sin nadie, nunca. Ella negó todo: la gente amaba la naturaleza y jugaba con sus niños en sus parques arbolados, decía con seriedad testimonial. En dieciséis años, jamás ví las situaciones que describió, no amaban la naturaleza, asesinaban árboles, tapaban la tierra con piedritas. Odiaban a los niños, los encerraban en colegios privados con comederos incluídos. No quise contradecirla, cada cual atiende su juego y algunos perciben cosas que no existen. Tenía superficie corporal de cáncer terminal. Cuando partió saludó triste.

Nunca encontré su casa, desde donde dijo observar mis caminatas. La ví otro día sentada en la misma mesa, me acerqué a saludar y le di un beso. No le pregunté cómo estaba porque su piel era gris y su cutis evanescente. Por vez primera sonrió con dientes amarillos y encías expuestas. Me dio frío.

MADEMOISELLE - II

No sé porqué vine. Para salir del encierro y ver gente, no hay nadie. Por suerte hay una mesa con alguien que reconozco. Es la que pasa por la sierra cuando busco leña, me escondo para verla. Un día se bajó el jogging, pensando que estaban solos, el tipo se reía y ella le hacía burla. No es decente, qué va a ser. Si fuera decente, no mostraría el trasero así. Me dio bronca, yo juntando palitos para calentar agua y la tipa caminando. Le voy a contar que la ví, a ver qué me dice. Es amable, pero se queja del lugar que es hermoso, la idiota. Critica a la gente con un desparpajo. No es de acá, se nota. Nosotros no tenemos que permitir que venga gente así. Una cosa es la libertad y otra el libertinaje. Dice: “mi marido”, pero no tiene anillo. Ni casada está con el tipo. Para mí son judíos. Ahora me trae leña el chico del diario.
No la veo más, mejor.

Hoy voy a tomar café y estaba la tipa, leyendo el diario. Ya se va, me descubrió, se acerca y me saluda con un beso, yo le sonrío, qué le voy a hacer, por educación.

Hay gente que no tendría que existir.

viernes, 12 de noviembre de 2010

SEC-BORDER

Había una secretaria nueva con cara de ardilla y dientes roedores expuestos. Atendía tres consultorios psiquiátricos. Teléfonos, cambios de horarios y pedidos, confección de recetas y complicaciones menores del oficio. Un miércoles Vane amaneció con poderosas anginas, expresión de hondas angustias. Somas impotentes que le impedían asistir a su sesión semanal. Pidió hablar con la Sec y dejar el mensaje de no concurrencia a su Psi. Le respondió una voz de pausas infinitas, vocablos mínimos, confusos y los buenosdías y hastaluego, gracias, se los debió. Vane quedó entre estúpida y en falta. Así se siente un paciente que va a consulta con la estima en baja, como Vane y su idea pendular: “¿Vivo, o mejor no?”.

La actitud fría y lapidaria de la empleada, la consultó con su Psi. Ésta la tranquilizó con gesto de no tener importancia, por la juventud de la ardilla, casi una niña, adujo. Vane, que pensaba hablado, contestó que acordaba con su juventud, pero la boludez no tiene edad, hay niños boludos, jóvenes boludos y viejos boludos. La ardilla era boluda. La Psi y Vane, dejaron el tema ahí. Pasado un tiempo, Vane quedó sin medicación y un tubazo a la sec-ardilla para confección de receta y firma de la profesional. En la tarde fue a retirar la receta y la Secardilla (como optó por llamarle) la miró con ojos de volver de nada y muy suelta de dientes contó que se le había traspapelado y no había nadie en consultorio para sortear el problema.

Vane apretó los puños, los dientes y se le perló la frente, tomó la manito de la ardilla indiferente y una ligera torsión hizo que el animal pusiera dientes de horror, los ojos se le fueron redondos. Vane sintió alivio, pero no el suficiente. Juntó moco de su angina anterior y lo arrojó a la pantalla de la computadora, pasó la manito en torsión por el salivado y le gritó “perra” al oído. Vane salió a la calle y paseó su tristeza por los naranjos. Algo le decía que su tratamiento necesitaría más tiempo que el estimado. Volvió sobre sus pasos, tomó una naranja del piso y la arrojó a la ventana del Psi más antipático que atendía en el lugar. “Ya que estoy la hago completa.” pensó Vane, que era reflexiva por demás y juntó los vidrios, para que no se lastimaran los perritos sin zapatos.

domingo, 24 de octubre de 2010

META MATAR NOMÁS

Así que hay procederes ejemplares, vos que sos del Partido Obrero y no sos obrero. Vos que pensás que el mundo va a ser mejor, basado en tu futuro sin frontera y el amor de tus padres comunistas.

Te mataron. Un arma con mano pagada, le gustó más la guita que tu persona de veintiséis años. La guita lo hace más feliz que tu vida. Alguno habría sabido, otro ha fabulado, alguien te señaló y estaba cerca cuando disparó. Reflexionaba el asesino: - Un zurdito menos es un zurdito menos.

Ningún partido es ningún partido. Las dificultades las resuelve una bala. Las felicidades del dinero: el dinero, sólo el dinero. El dinero compra la muerte. El dinero paga la vida del rico. Y mata la del pobre.

domingo, 17 de octubre de 2010

EL OMBLIGO DE INÉS

Inés tenía cara de yo me sé todo y una corte de boludos que le creían.
Puede que su forma de trabajo no la practicara como una forma de dominación, pero sus creyentes la seguían, escuchaban sus evaluaciones y hasta las ponían en práctica. Hubo una obra conjunta de diez esperanzas. Inés se encargó de evanescerla casi al hacerse cargo. Ella dijo que debía practicarse un aborto. No estaba en condiciones y excusas, excusas ¿Y para qué hacer creer tanto? Hay muchas Ineses y son parecidas, el aspecto de orfandad, el desaliño sincero, el estoy por, o cuando vaya a…

Inés quedó sola y no le importó una nada. Toda su vida fue solitaria, casi no sentía a los otros. Percibía latidos diferentes, colores ajenos, risas en otro idioma. Podía ser reina de repente o reclusa permanente. Robaba novios ajenos sin mediar intención alguna. Los hombres quedaban perdidos por Inés. Algunos dejaba pasar, por ejemplo los candidatos de dos o tres amigas. El resto era para amarlos y luego Inés les cobraba. Este método le capitalizó la vida con un piso alto, con terraza, árbol y pileta, en plena 9 de Julio. Una cabaña de maderas chinas, en una playa sola, de una isla sola, del Delta y su lugar de vida, una casa de piedra, incrustada en Sierra de La Ventana. En el techo de pasto se hamacaba a la hora de la siesta. Sola Inés.

domingo, 10 de octubre de 2010

ABSTEN

Isolina largó el pucho, las piernas se le dormían, los brazos. Aire le faltaba. Pecho con tos circonvulsa. Latido galope. Ataques de locura, ningún pucho puede reemplazar un pucho.

Isolina fumaba de la mañana a la noche. Como para ella la noche se unía con el día, fumaba la vida. Prender y no necesitar ni un amigo, ni un novio, ni, ni, ni siquiera nada. La mejor compañía, mirar algo con él y sentirse uno sólo con el humo inhalado y luego exhalado. Es el punto G del fumador. El pucho es que si son las tres, querés fumar y no tenés, agarras la bici y vas a la otra punta y volvés con uno prendido y viento en contra. Cuando llegás uno para festejar, otro para el café y después muchos, porque charlan los amigos y fuman.

Isolina los fue odiando de a uno. Primero lo permitió y no pudo desdecirse. Pero sí puede odiar. Eso no se ve, ni se dice. Sale sólo, pocos no creen. La mayoría sabe. Isolina no les quiere explicar, se enteró que todos la odian.

sábado, 11 de septiembre de 2010

COROLARIO

Tengo sensaciones que coinciden con las acciones dadas en llamarse vejez. Mientras miro un equipo de dvd sigo caminando hacia otro lugar y el ángulo de dos paredes golpea un costado de la nariz. Duele, está hinchada. Hace unos meses resbalé con semillas de una pinácea, caí largo a largo con la cara metida entre la piedra y el yuyo. Se rompieron los dientes de adelante formando una v corta con el vértice hacia arriba. Consecutivos golpes en rodillas, codos, hombros, me han creado un ritmo de caminar azombizado. Dos veces me descosí en la bañadera.

Veo borroso, escucho lejano, cuando alguien cuenta algo olvido de inmediato lo que dijo y lo invito a juntar margaritas. Hasta dejé de recordar que vivo sola y treinta y dos gatos es una cifra elevada. La casa es grande y el jardín con veinte años sin jardinero es el mato amazónico. Recorro la selva noche y día buscando feroces animales que finalmente duermen largas siestas conmigo.

Piensan que son seres exóticos y extraños las viejas solas con muchos gatos. Les resulta nauseabundo el olor a pis y temen enfermedades virósicas expandidas en toda la manzana.

Yo dejo la casa a los gatos y me voy a la mierda. Le tengo miedo a esta gente. Intuyo.

lunes, 6 de septiembre de 2010

ANTISÓCIAL DESPORTING CLUB REFULGENSE

Se fundó en el interespacio un club Desporting, por carecer de todo tipo de pelotas. Disfruto esa ausencia de derrotar a un grupo de infelices con un elemento redondo como la histeria. La pelea, con guantes o sin ellos, donde no existe conflicto, para que dos nabos se transen a luchar. Las carreras, sobre ruedas o sobre piernas, para llegar primero a una cinta de papel plástico, que encima la rompen en señal de triunfo.
El primer nombre es Antisócial, con acento en la o, enfatizando lo más enfermizo del hábitat: los humanos socializados. Nada más virósico que el “todo bien” y el “nos vemos”, hipocresía del “todo para la mierda” y el “a vos, mejor perderte que encontrarte”. El hombre social ajusta sus gustos y deseos a los ajenos. Seres tan idénticos entre sí que escaran el imaginario de los antisociales, que somos pocos, pero los mejores.
Ni nosotros lo dudamos. El nombre Refulgense cierra el del club. Re, porque es una sílaba fuerte. No es lo mismo puto que reputo o que te parió a que te reparió.
O te quiero a te requiero, Fulg, por la calle Fugl, pocos saben que es Fugl. Por eso. Y pensé, porque el club tiene personas con genes que son. Escuchamos ofertas, por los medios que cada miembro prefiera. Hoy que resulta una incógnita solitaria, no lo digo por inspirar, me sale RESPETO, RESPETO, RESPETO, RESPETO, Reppeto, Requieto, Reinoso, Reinquieto, Relejos, Rejucilo, Resma, Roma, Rusia, Sucia, Respeto, Re lejos.

jueves, 2 de septiembre de 2010

¡CÓMO TE BORRÁS, DIOSITO!

La voz se escuchaba, pero él estaba en otra parte. Cuando está triste de sapos tragados en la facultad o en el trabajo, me doy cuenta y pregunto poco. Sé que prefiere el discurso en solitario. Mis palabras interfieren el orden que quiere dar a su pensamiento raspado, dolorido o cansado. Pasados los relatos grises aparecen colores de alguna anécdota que hace reír primero despacio. Después los cuentos se enciman y los nutrientes del joven cantan rodadas a carcajadas.

Hoy no. Varios días atrás fue un chico más joven que él, con su máquina nueva y sus agujas. Todas las tardes mirando y preguntando y él le enseñaba sobre el trabajo, acerca del diseño, de la asepsia, de todo lo que al oficio se refiere. La última tarde le calibró la máquina y le regaló una bandejita, él lo miró como a un maestro, con los ojos brillantes y contentos. Empezaba a trabajar en unos días. Apretaba sus ganas en la motito que andaba seda y prudente. Mientras cruzaba, un tachero con luz roja siguió su odio en rojo y partió una moto y una vida. Y tardó esa vidita en irse, tal vez dios quiso que sufriera un poco más.
Me preguntó porqué lloraba, si yo no lo conocía. De veras, qué tonta soy, qué importa que un imbécil apurado termine aplastando una promesa, total, yo no sabía quién era el chico y accidentes hay todos los días.
Soy una estúpida sin remedio, cómo cargar con tanto dolor por un episodio sin retorno. A mí qué me importa la tristeza de esa voz en otra parte, si seré boluda, qué me importa la muerte de un desconocido joven. Tonta soy ¿Cómo lamentar una semilla que me es ajena? No tengo porqué cargar en la mochila con la máquina calibrada, las agujas y aquel duelo ajeno que me es propio. Ocurrió el jueves, por eso escribo lo que me contó el tragasapos castigado. Qué boluda soy, me robo la moto rota, la mochila destruida y no sé quien más, que lloro y lloro en una bandejita regalada.