jueves, 22 de agosto de 2019

VAS A VER QUE ASÍ VA A SER



   —Señor Rolex, le traigo este reloj de péndulo, perteneció a mi Abuela. Necesito que lo repare, antes de lo posible.
   Ejem…ejem, me dice creer que ser relojero es igual a un médico.
   —El arreglo completo estará fin de mes, tiene partido el péndulo. Esto no se pega y le dará incorrecta la hora.
   Este Señor Rolex, no lo quiere arreglar y yo lo necesito para controlar huevos pasados por agua, duros. Si hoy los chicos vuelven a la hora que dijeron.
   —Cuando termine la tarea, el reloj me lo trae usted. El armatoste es muy pesado y estoy sin auto.
   ¿Por qué hay que controlar la vida de acuerdo a qué me diga el reloj? Las horas, los minutos, el minutero y las campanadas, que evitan prescindir del despertador.
   Suena el timbre, es el señor Rolex, aunque lo de señor lo podemos suprimir. Me dice que el péndulo de bronce, suizo, le atravesó los cristales y no vio dónde cayó, pero que falta, falta. Doy por sentado que no lo arregló, lo destrozó. Dejé los pedazos en el garaje.
   —Usted lo único que tiene de relojero, es su apellido Rolex. Y vuele de aquí, mentiroso.
   —Decime, Roxi, ¿no conocés un relojero que haga bien los trabajos?
   —Es el señor Omega, cuidadoso y cumplidor. No lo podés creer. Si no lo puede solucionar, toma un avión y recurre a su Abuelo que vive en París y su nombre es Patek Philippe. Lo soluciona en tres días y opina que el Omega es una lata inservible. Te lo trae él mismo en una caja forrada en matelassé de seda mullida. Le agrada quedarse una semana, en la casa del cliente, por si existe laguna falla, los repuestos no los cobra, le interesa sólo la perfección de su trabajo. Habla español, si Francia le queda al lado, viste como en 1930, con un sombrero bombín. Hace poco quedó viudo y no lo podía superar. Viste cómo son todos los hombres, es viejo pero su aparato funciona como un reloj. No seas tan remilgosa y lo invitás a tu cama. Tiene veinte años más que vos y sos tan bella que el señor Patek Philippe te lleva a vivir a París. Tené en cuenta que le gusta cambiar de mujer, para no acostumbrarse después, a extrañar. No te enamores, entregate a lo que sea, pero después la cortás. Verás que tu autoestima queda inmune, como funciona un reloj. Tu marido se va a sorprender frente a tu cara de felicidad y tus hijos no te van a conocer. Después volvés a la rutina, encargada ella sí, de romper tu autoestima.  

miércoles, 21 de agosto de 2019

BIENVENIDA PARA DOS



   —¡Sí hola Liz, me hablás justo ahora que estoy haciendo milanesas, faltó la chica y estoy hasta las manos.
   Está haciendo esas porquerías que llenan la casa de olor, no quiero salir con olor a fritanga.
   —Liz, no puedo quedarme con tus chicos hoy, me olvidé que hoy tengo que apretar con tu marido, quiero decir que tengo la agenda muy apretada y vos sabrás mejor que yo. Tincho te saca el stress, con cualquier postura de yoga. Donde trabaja él es obligación, me dijo que a los compañeros no se los banca, me invitó a hacerlo solos. Nos llevamos re bien. Si algún día querés venir, avisanos cuándo.   
   Estoy tan acostumbrada y feliz, nos vemos todas las tardes, menos sábado y domingo.
   El marido de Liz, es un amante feroz, en cada encuentro me deja marcas imposibles de esconder. A veces me hago un tatuaje, pero después de tanto tiempo, Tincho se caga de risa, dice que parezco un florero.
   El finde es una tortura, mi marido me hace el amor con un sólo empujoncito, si toma champán, son dos o tres empujones, para no sufrir de tal modo, imagino la cara del marido de Liz. Por suerte no somos un matrimonio. Eso no es algo sano, te produce indiferencia y la adrenalina no existe. Amo todo lo prohibido, pero que hagamos el amor de a cuatro, me parece un asquete, sería indigno y una falta de respeto a algún mandamiento, que no recuerdo. Pero lo que sé y de ello estoy segura, que para mí sería un duelo, la muerte del deseo, dos ya somos un montón.

martes, 20 de agosto de 2019

FRATELLO




   —Tené la soga bien fuerte, la roldana va a funcionar.

   Grande, robusto y mitómano. Sus amigos eran iguales. No pudo tener hijos y quería a sus sobrinos como si fueran suyos. Los invitaba a la quinta, pero sólo de a dos, eran nueve.

   —Prefería los dos más grandes.

   —¿A vos te parece, Pepo?, no te vayas a ofender, tu hermano, ¿será responsable para llevar a los chicos el fin de semana, no será muy peligroso?

   Cuando yo tenía ocho años, mis Padres salieron con sus amigos y a cargo de mi hermano me dejaron. Lo primero que hizo fue atarme a un árbol, yo hacía fuerza pero los nudos no se soltaban, me puso una manzana en la cabeza. —Será mejor que no te muevas, por las dudas te voy a atar el cuello, no te muevas, cobardón.

   Fue a buscar la ballesta de Papá, no el arco de juguete. Un elemento para matar, que en mi hermano era probable, no tenía puntería, me quedé como una estaca. La hacía larga: —Cuento hasta diez y disparo.

   Vi la manzana entera en el medio del jardín. Algo tibio que me caía de la cabeza a mis orejas y en la cara y en el cuello.

   —¡Te dije que no te movieras! Ahora te voy a desatar, guarda con la ballesta, no te vas a vengar.

   Hizo un rollo con las sogas y las arrojó lejos, al otro lado del muro. Tenía yuyos altos que taparon la prueba. Fue a buscar corriendo el botiquín de primeros auxilios. Sentó al hermano contra el árbol y caía de un lado o del otro, estaba con desmayo, le puso el rollo completo de gasa alrededor de la cabeza, la gasa no le alcanzó, siguió con el algodón. La sangre fluía, hasta que finalmente cesó. Escuchó los pasos de los Padres en aquel pasillo largo.

   —Padres, el enano me quiso clavar la flecha de la ballesta en el medio del pecho, no podía detenerlo, entonces me defendí, le tiré al ras de su cabeza.

   Los viejos ni lo escucharon, llamaron una ambulancia, en el Hospital le suturaron la herida que iba de la frente a la nuca, setenta puntadas recibió. Tenía dos contusiones y esa noche la Madre se quedó en el Hospital.

   Al resto de la familia, lo contaron como un juego de niños, con algo más invasisvo.

   —Yo le dije al Padre, no podemos dejarlos solos, siempre hay un riesgo.

   Le acariciaba la cabeza al culpable de aquel delito intitulado “pelea entre hermanos”. Sin tener en cuenta que el mayor no tenía un rasguño. A los quince años de aquel episodio: —Hola Pepo! ¿Cómo andan los chicos?

   Silencio de pozo. El Tío lloraba. —Tienen que ir al Hospital Italiano, urgente. Jugaban con una soga, el más chico atado al cuello y el más grande con la roldana, que subía y bajaba, qué desgracia. Dios mío, la roldana se trabó y era tan alta que no lo pude bajar. Yo estaba tomando vino y regando, cuando escuché los gritos del grande y presencié la escena, vino una ambulancia de emergencia. Ellos cortaron la soga y cayó mal, en el pasto. El Médico que lo atendió dijo que…dijo que…¿me das con mi hermano?

   No sé cómo terminó, tal vez algún lector, pueda contar algo, que yo ignoro.

lunes, 19 de agosto de 2019

MÁS ES MÁS QUE MENOS



   —No vas a comparar a Kitita, que es de una familia bien.
   ¿Y qué será su marido Cesáreo, será de una familia mal?
   —Una mujer que tuvo relaciones con otro hombre, la noche de su casamiento. ¿Eso es ser de una familia bien?
   —Pero Mamá, sos una burguesita ambiciosa. Hace unos años vos me contaste que la Madre de Kitita engañaba a su marido con el socio y le daba chupones frente a él, que se hacía el oso. Y la Abuela de Kitita dio el ejemplo, todavía se sospecha que envenenó a su marido.
   Ahora tiene cara de indultar y me odia, siempre me odió, cuando tejía una verdad, que ella tapaba con tierra, como el gato cuando caga.
   Cesáreo se hizo rico cuando el Padre le dejó pozos de petróleo, en el sur y otros lugares. En cuanto mi Madre se enteró, hizo una comida en homenaje al marido de Kitita, no era por el cumpleaños o por el aniversario, era por los pozos de petróleo. Dispuso a Cesáreo entre Kitita y su mejor amiga. Nosotros éramos chicos y nos apasionaba andar bajo la mesa y ver los franeleros, tocarse con los zapatos. Las mujeres comer con una sola mano y con la otra haciendo caricias en el pantalón, que no pertenecía a su marido. Algunas, audaces, llegaban hasta la bragueta y el tipo derramaba el vino, de puro nervio o calentura, vaya a saber.
   Cesáreo ahora, con su cuantiosa fortuna, pasó a ser un tipo bien. Siguió viviendo en el campo, él araba la tierra con un caballo percherón haragán. Todos almorzaban juntos, atendidos por Kitita y dos de sus hijas mujeres.
   Nunca iban al Pueblo, porque Cesáreo decía que le daba urticaria. Todas las tardes se quedaba en la galería, en una silla hamaca, mirando sus plantas crecer. Mandó a hacer una Iglesia en el Pueblo y dos Escuelas con micro.
   Después del festín que ofreció mi Madre, Cesáreo le contó a su mujer, que una amiga de mi Madre, lo toqueteó tanto por debajo de la mesa, que no pudo comer, por extender el mantel.
   Kitita entró al galope en la casa de su amiga. Se le sentó enfrente.
   —¿Vos no te das cuenta que no podés toquetear a Cesáreo, que es de familia bien, como yo en este caso?
   Pero si nadie vio nada, qué me viene con esas cosas, si ella las ha hecho peores.
   —Te prohíbo la entrada a mi campo, pasaste a ser mi ex amiga. Tengo una razón fundamental. Después de las Elecciones, tu marido no tuvo más remedio que vender sus acciones, ahora pasaron a ser de familia mal.
   Debí decirle algo más y supe cómo, pero el cómo, lo dejo a criterio del lector.    

domingo, 18 de agosto de 2019

LA PROTESTA



   Hasta no hace mucho yo sólo escribía para tirar y romper. En la pensión, para hablar por teléfono, había que hacer cola. Había dos minas en especial, que tardaban un montón y hasta se permitían pedir disculpas con mano en alto, para que esperáramos un rato. Una limpiaba casas, la otra estudiaba y sólo hablaba para concertar horarios y preguntar cuándo era la próxima clase. Mientras ellas hablaban, yo dibujaba en papelitos de mi libreta, ángulos que recordaba de esos techos raros que construían los inmigrantes. También escribía poesía. Cuando llegaba mi turno, arrancaba los disparates de mi libreta y los dejaba tirados en el piso o hechos un bollo en el canasto de al lado. Casi siempre le hablaba a mi hermano para ver si mi viejo se había ablandado y me dejaba la pieza vacía, para ahorrarme el alquiler de esta pocilga. Nunca atendía, había salido, contestaba su mujer. —Anda buscando trabajo, sostener a su viejo nos cuesta un montón, encima vos no colaborás, así que imagínate. Bueno adiós, cuando él venga, le digo que lo llamaste.
   Pasé por un kiosco y me compré un diario, el último que quedaba. No lo hice para leerlo. Era porque hacía frío y aprendí con la bicicleta, que metiendo en el pecho un pasquín, cortaba las flechas del invierno, según mi vieja. Cuando llegué a la Pensión, estaba el baño vacío, todo un privilegio, me senté para obrar y leí el diario que tenía, se llamaba “La Protesta”, el título me gustó. Lo que me asombró, como un sueño mal entrazado, es que en la tapa tenía uno de mis dibujos, que encabezaba una diatriba anarquista. Separaba los párrafos con mis dibujos repentinos, los tirados o rotos. No dormí, me preocupó. Casi al amanecer vi la chica que estudiaba, de espaldas revolviendo el canasto, juntando hojas rotas o hechas un bollo. Le tiré de la trenza y le mostré lo del diario. —¿Qué significa todo esto?
    Se puso blanca con gesto de sorpresa. —Para vos significa basura, para mí son obras de arte, por eso vos las tirás y yo me las guardo y las uso. Debería ser un orgullo para vos estar impreso y admirado por todos mis compañeros.
   Esa tarde me convocaron a uno de los diarios más importantes. Esperé muchas horas para que me recibieran. La tardanza fue por ese aspecto de traje viejo y brillante, finitico con bolsillos descosidos, botones ausentes y camisa sin corbata. Por fin abrieron la puerta.
   —¿Es usted el ilustrador del Diario La Protesta?, si no es inconveniente, queremos que trabaje para nosotros, somos del Diario La Nación, nosotros daremos las consignas y usted trabajará de acuerdo a ellas.
   Sentí que estaba hablando con un burgués pedante y atribulado.
   —Es interesante la oferta, pero tengo compromisos adquiridos con anterioridad. En el Diario anarquista “La Protesta” y no les puedo fallar, son gente interesada más que en ganar, en pensar.
   Me di vuelta antes de despedirme y de costado le dije: —Agradezco su oferta.
   El burgués barrigón me extendió su mano, yo preferí no entregarla y la guardé en el bolsillo. No cerré la puerta, obvié el ascensor y bajé por las escaleras. Fui directo a la Dirección del Diario “La Protesta”, justo, justo me atendió la chica de la pensión. —¿Te llamaron de “La Nación”?, yo les di la dirección y el teléfono, seguro que te tomaron y vas a cobrar re-bien.
   Le miré el rodete desarmado de a pedacitos. 
—No, flaca, yo si me quieren, aquí trabajo, a cambio de mis dibujos.
   La llamaron por celular y habló con alguien que no era su novio, supuse. Me dijo que allí sí había ganancias, se repartían en partes iguales, tenían dos padrinos adinerados, hijos y nietos de anarquistas, que soliviantaban el diario. Trató de explicar cómo funcionaban sus ideas. Le dije que no era necesario, yo era del mismo palo, como la familia de mi Madre.    
    —Empezamos mañana a las 7.30, te paso a buscar.
   Volvía de la Pensión y me acordé de mi vieja y cómo se la jugaba. Terminó en un terreno a orillas del ferrocarril.
   Preferiría no tener que comenzar mi viaje aquí, en los baldíos que rodean la Estación.      

sábado, 17 de agosto de 2019

ENTRE NUBES



   En el tren que pasaba por Chascomús, viajaba en el vagón restorán, Jorge Newbery, conocido en especial por sus dotes como piloto aeronáutico. Cuando mi Tía abuela, Ema, lo descubrió, le dio un ataque de cholulismo. Tuvo el descaro de extender su relicario, para pedirle un autógrafo.
   —Mi encantadora Señora, ¿no seré demasiado poco, para anotar mi nombre en su relicario?
   Ema, que era atea hasta los huesos, pero iba a misa, rezaba y llevaba siempre ese relicario. 
   —Señor Newbery, para mí usted es más que Dios, después de todo a él no lo he visto, a usted lo tengo enfrente. He notado que está solo. ¿Me permite que lo acompañe?
   Ema siempre fue la oveja negra de la familia y como los mantenía, a nadie humillaba su accionar. Ella pidió pechuga de pollo y él sopa de cabello de ángel. Ema le advirtió que tomar sopa en un vagón de tren, era un riesgo para su corbata y un papelón para el mantel. A él lo divertía la audacia de la Tía Abuela Ema.
   Brindaron con un vino de Mendoza, provincia donde él había nacido, bien estacionado. Newbery brindó y tomó con prudencia, Ema le dio hasta el final, pero era buena bebedora, no se le notaba el pedo que tenía, parecía haber almorzado con agua.
   A los postres, Ema, dando por sentado que Jorge aceptaría:—Yo lo llamaré Jorge y usted llámeme Ema, para aliviar el protocolo que elonga la charla y por allí no pasa el respeto.
   Lo invitó a Chascomús, donde el tren se detenía. —Mire, Jorge, tengo una casa del más puro estilo inglés, con un ala para huéspedes, donde podrá apreciar la laguna, que es tan grande como para no divisar los horizontes.
   Jorge aceptó la invitación. —Fui profesor de natación en Alemania, para mí sería un placer nadar en estas aguas. ¿En esta época son azules?
   Ema por vez primera, enmudeció, pero ante semejante invitado, tuvo que hablar con verdad. 
   —Lamento comunicarle que la laguna, se ha secado de punta a punta. Hubo una  sequía de tantos meses que se partía la tierra y los pobres pejerreyes, habitantes de este lugar, murieron al quedar sin agua. Para reemplazar le invito a realizar un recorrido con mi Ford T, recién comprado, sería un honor para mí, que usted fuera el conductor, sabrá que conducir un auto es una pavada al lado de un avión. Cruzaremos la laguna seca y seremos los primeros, nadie se ha atrevido hasta ahora.
   Esta mujer no parece argentina, cualquier cosa tonta que emprendía, parecía una gran aventura.
   Jorge se quedó una semana y lo pasó tan bien con Ema, que la invitó a viajar en un globo aerostático, a la brevedad.
   Ema lo acompañó hasta el tren para Buenos Aires. Ella le extendió la mano y Jorge la besó dos milímetros antes de llegar a la piel. Todo un Lord, por cierto, no podía ser menos, de Jorge Newbery se trataba. Ema recibió a su hermana Laura y contó paso a paso la estadía con aquel hombre.
   —Pero te digo, Laura, su invitación a pasear en un globo aerostático, ni en pedo.

viernes, 16 de agosto de 2019

EL SECRETER



   He leído los cuadernos de Cesárea. Revolviendo su pieza, el olor a humedad invadía las paredes, la mesa de luz, la cama y el ropero. Había una única ventana y entró la luz del sur con una brisa fría, afuera tanta neblina, que tapaba los árboles, la bomba y dos perros viejos y flacos, haciendo un caracol abrazado para darse calor. Un musgo rasante, crecía como enredadera, sobre todos los muebles.
   Sentía sus pasos subiendo las escaleras, con esa dificultad que hacía doler, porque sólo yo sabía el sufrimiento de Cesárea, cada vez que se le partía un hueso. Y murió así, usando una escalera muy alta, para limpiar una telaraña que llegaba al suelo.
   En vida la visitaba seguido, le llevaba placebos para el dolor de sus piernas, le cambiaba las vendas y la pobre apenas recordaba mi nombre. Me llamaba con el nombre de mi Madre. Mucho más chica que Cesárea, se llevaban veinte años o más, mi Abuelo se acordaba de anotarlas un año más tarde o cinco. En el medio del campo, no importaba.
   Dentro de su ropero, había un secreter, con una cerradura y ninguna llave, fui hasta la cocina y tomé un cuchillo de la mesada, me sentí en falta cuando lo hacía, pero le arranqué la cerradura entera. Encontré varias pilas de cartas atadas con nudos y flores de espliego. En ese lugar no había humedad, sólo a las florcitas retorcidas hacía tiempo. Cesárea mantenía relaciones epistolares que escribía con plumas y tinta violeta.
   El nombre del remitente era Felipe Oviedo y la dirección, el domicilio de su prima, la menor, cínica e histriónica. Con mi Madre no se hablaban desde chicas. La primer carta que leí decía: “Querida Cesárea, cuando nazca nuestra hija, la llamaremos María, que es el nombre de la pureza. Estaré contigo lo más que pueda y los gastos correrán de mi parte. A mi mujer, nunca le diré nada, es capaz de atravesar nuestra hija con una sevillana oxidada. No sabés cómo te amo y privarme de vos, me va matando de a poco. Te extraño, querida mía”.
   Me pareció una carta entrañable y me llenó de alegría que los amantes tuvieran una hija, producto de la pasión. Después leí la respuesta, mucho más austera y despojada que la anterior: “Querido Felipe mío, tengo que decirte que ya estoy al parir y quisiera tenerte a mi lado. Quiero que nazca en esta cama, testigo de nuestro amor. Lo digo sin culpa, porque mi hermana vive odiando a sus propias hijas, a mi Madre y a mi Padre, tal vez por equivocación, se casó contigo. De mí no te digo nada, porque vos ya lo sabés…”
   Siguieron las cartas para leer, me pareció un pecado enorme, meterme en un amor tan complicado, que ni ella, llegada la bebé, que se fue casi de inmediato, sin poder disfrutarla.
   Volví las cartas al secreter. Le arreglé la cerradura, dejé una historia detrás, que lloré como si fuera mía. Cuando llegué a la tranquera, era casi de madrugada, seguí adelante el camino para mi casa, donde yo tuve una hija que se llamaba Cesárea, eso otorgó fuerza a mi debilidad. Mañana será otro día y con suerte, un día diferente.

jueves, 15 de agosto de 2019

TRENES



   Hasta hace poco tiempo yo sólo escribía para tirar o perder. Tenía una casita en el fondo, en un tiempo fue silenciosa, hasta que pusieron las vías del tren, que le pasaba por al lado. Temblaba el piso, el techo y las paredes también. Pero, entre mi casa, con esa mujer vanidosa prendida frente al espejo o la televisión, exigiendo más que pidiendo, que le comprara un vestido haciendo juego con los zapatos, también un tapadito con piel, una bikini dorada y una vajilla nueva, para agasajar personas frívolas, sin corazón ni destino que no fuera el dinero.
   Me fui alejando de a poco. Cruzando el jardín estaba ella, en un tiempo se guardaban cosas en desuso, ropa apolillada, sillas sin una pata, libros antiguos llenos de tierra, hasta que un día decidí tirar todo lo inservible, menos los libros que limpié hoja por hoja.
   Con tres tablones resolví una biblioteca interesante. Reparé un escritorio y una silla calesita, que ni sé a quién perteneció. Pasaba el día leyendo libros viejos de mi Abuelo y los comprados por mí, desde lo quince hasta ahora. Sentí el impulso de comenzar a escribir, ya no era para tirar o perder. Ahora me daban ganas de volcar en el papel, historias inventadas de la familia que no tuve, más los padres que no conocí.
    De lugares del mundo que despertaban en mí pasiones desconocidas, los personajes se enamoraban y solían ser malvados y perversos. Las mujeres de la calle, las transformaba en mariposas puras y nobles. Personas que me hablaban despacito hasta olvidar el sonido del paso del tren, que tiraba para abajo cualquier caricia sutil, en discusiones gritadas y otro tipo de agresiones. Tenía mis historias ordenadas en carpetas, por fechas y temáticas.
   —Por favor, Nico, hoy viene gente importante. Quiero que estés a comer, bien atildado y todas esas pavadas que vos decís que yo exijo. Hay un Editor importante, yo le hablé de vos y tus ausencias de escritor.
   Le hice caso, lo conocí al importante, me pareció un tipo que hablaba de memoria. Había sustraído dos carpetas de mi escritorio. Mi mujer seguro le señaló, a lo mejor era su amante. No me importó ni me importa.
   A la semana me llamó el Editor, para mi conocimiento de publicar las dos carpetas. Le pregunté —Sin ninguna corrección y si va bien, dos ediciones?
   El tipo contestó titubeando y dijo: —Desde luego, Nico, no hace falta nada, vení por aquí y firmás los papeles. Charlamos un poco del libro y tomamos un champancito, para festejar.
   Era más idiota que mi mujer, eso es un montón.
   Armé la mochila con cuadernos en blanco y las puras biromes, uniball signo 07. Presiento el sonido, preferiría no tener que comenzar mi viaje aquí, en los baldíos que rodean la Estación.

miércoles, 14 de agosto de 2019

EL FOSO



   La Madre no podía con ellos, comenzaban las peleas por el baño a la mañana. Se pegaban en la escuela, en la vereda, en el patio y en los negocios, trompadas y puntapiés, se daban en cualquier parte del cuerpo y no respetaban ni las vacaciones.
   Sus Padres, muy ilustrados, los bautizaron con nombres de sus ídolos preferidos. Nikita las tenía todas, hasta cara de malandra, Woody era el más débil, pero si de peleas se trataba, se transformaba en dragón. Fedor y Seymour, los gemelos, eran los más combativos.
   Cuando se hicieron mayores, todos tenían una profesión, menos Nikita, que trabajaba, pero nadie sabía de qué. Cuando el Padre falleció, dejó un testamento a sus hijos. A la Madre la ignoró porque era divorciado y ella misma decidió olvidarlos. Cuando se dio lectura a la distribución de bienes, Woody se llevó la mejor parte, el castillo de Uruguay, reproducción de un castillo medieval, con un portón rebatible, sostenido por cadenas. Lo rodeaba una laguna mucho más ancha que un foso, llena de peces raros, vegetarianos, carnívoros, pirañas.  La laguna circulaba el diámetro de todo el castillo. Una propiedad tan valiosa, que constituía el doble de lo que tocó a sus hermanos.
   Los tres insatisfechos, considerando injusta la partición, reunieron sus ambiciones y rencores. Woody quería a sus hermanos. Siempre el portón estaba abierto, era sábado, el día donde los turistas desean conocer hasta las camas con dosel. A las tres, los tres hermanos, entraron con armas del mismo estilo con que se atacaban los castillos. Catapultas, ballestas y antorchas. Los caballos, que haciendo sentir sus cascos en la tierra, hicieron abrir el portón. No pudieron detener el impulso del avance guerrero y cayeron en la laguna, de cocodrilos, anacondas y pirañas. El dueño siempre olvidaba alimentarlos.
   Era Woody el más bueno y dormilón, abrió las pesadas ventanas para alegrar sus ojos, con el agua de la laguna, siempre azul cobalto, con los enormes pecesotes navegando. Sus ojos se llenaron de asombro, cuando vio las aguas color rojo bermellón y los peces barrigones, tomando sol en la orilla.   

martes, 13 de agosto de 2019

LA BUFANDA



   —¿Aquí hay que ser muy alta para que me atiendan cuando me toca?
   La Panadera no terminaba de entender.
   —Recién hice la cola y cuando llegó mi turno se colaron cinco señoras y un señor. Cada vez que vengo me hacen lo mismo.
   La mujer, que era medio sorda, le preguntó cuánto quería. —Tres flautas largas bien tostadas y de regalo dos tortitas negras con mucha azúcar.
   Le estaban por cobrar. —¿Cómo de regalo? ¿No las vas a pagar?
   Se veía que al marido, le gustaban los chicos, me regalaba siempre dos tortitas, en cambio la mujer era pijotera, por eso él siempre tenía cara de triste. —Disculpe, cóbreme  el pan y las tortitas no las llevo.
   Yo llevé la plata justa y me dijo que había de menos, mañana se lo pagaba. Cuando llegué a mi casa, le conté a mi Mamá, ella se enojó mucho, nunca se enojaba poco, siempre era mucho. Dijo que yo no me sabía defender y que la Panadera era una hija de puta. Ya se iba a trabajar. —Cortá el pan en rodajas y en el horno hay pastel de papas, mirá que está caliente, sacalo con agarradera. A tu hermano servile poco y decile que no coma todo el pan.
   Eso lo dijo al final, la bufanda se le quedó atrancada en la puerta. Me acordé la película de anoche, el asesinato de una mujer con una bufanda enroscada entre su cuello y la rueda del auto, le apretó tanto al salir tan rápido, que se ahorcó, la lengua le colgaba. La actriz era idéntica a mi Mamá. Se me ocurrió una idea, cuando Mamá subió al auto, con la bufanda alrededor del cuello, le até la punta que trabó al salir y la enrosqué en una rueda. Se desató del cuello, frenó el auto y la vio hecha un harapo en esa rueda maligna. Puteó en francés, pensando que yo no entendía. Se fue tan rápido que no le pude dar el beso de despedida.
   El primer intento de matarla me salió mal, pero no faltará oportunidad, como dice mi Papá, cuando Mamá se sube al techo y baja salteando un escalón roto.

lunes, 12 de agosto de 2019

LOS RICOS PUAJJ!



   Compañeros del mismo building, una vez que estos presentaron quiebra, Rodrigo Peralta y su primo, Sebastián Elguera, haciendo acopio de dineros sin honra, decidieron asociarse en el negocio de  emprendimientos inmobiliarios en cualquier lugar del mundo.
   Consultaron con sus respectivas esposas, Melania y Chichí, dónde les gustaría instalarse, las dos eligieron Cancún, cuna de las invasiones turísticas y las inversiones con réditos. Los maridos trabajaban, viajando a lugares donde invertían lo sustraído y lo que estaban sustrayendo, luego cerrado tal o cual negocio, dividían fifty fifty. Las chicas que estaban en plena menopausia, con múltiples cirugías, no superaban los veinticinco años y aprovechaban los viajes de sus maridos, para intimar con jóvenes conchetos que no precisaban salir de aquel paraíso, porque ignoraban a cuánto ascendían sus fortunas.
   —Está perfecto lo que hacemos, no te pongas paranoica, Chichí, acá no nos conoce nadie, y mirá esos cuerpos dorados.
   Chichí hasta soñaba con ellos y utilizando las distracciones de Melania, miraba al chico de exigua malla, deteniéndose justo ahí, en el paquete generoso y verdadero, sin duda alguna. El problema, es que primero lo descubrió Melania y se lo hizo saber a su amiga, con entusiasmo. Estaba dispuesta a todo, pero no a perder a su amiga, por un joven, que los había a montones, además Chichí era leal como al dinero de su marido, que es decir bastante.
   Llegaron a conocer a cada quién su cada cual. El joven de Chichí, sincero pero cruel, le dijo: —Yo sé que esa cara no es tuya y las tetas son tan livianas, que me suenan a bisturí, ese Doctor loco, que anduvo en tu cuerpo mucho mucho más que yo, ahora como tributo, lo que entregué de mi parte, para hacerte disfrutar, es una pavada, son quinientos mil dólares. Mi compañero, que está con Melania, le cobrará la misma cifra. No queremos que dejen de ser amigas y nos sepan perdonar. Éste es nuestro trabajo y es bastante agotador. Recién llegaron dos pendejas, de dieciocho y de veinte, a ellas sí no les cobramos, son ingenuas, son divinas. Juramos que vamos con ellas a otra playa, para no hacerlas sufrir.
   —Melania, nos tenemos que ir de acá, cuanto antes. Estas chicas que llegaron son la tuya y la mía.
   A Chichí le sorprendió tanto, más que lo que tuvo que pagar.
   —Y bueno, Melania, fue un sueño bien disfrutado, ahora tomamos un avión privado y vamos a visitar a los viejos chotos, después de todo, lo que roban se lo gastan en nosotras. Vamos a devolverles lo que aprendimos y más. Es lo menos, pobres viejos.

domingo, 11 de agosto de 2019

FUTURISMO



   No sé por qué los personajes son siempre él y la ella, sus nombres no existen. Los cuentos tienen principio, medio y final, en todas las ocasiones. Si quiero cambiar el principio por el final, el medio queda huérfano como diciendo ¿yo dónde voy?
    Mis amigos solidarios me generan algunas ficciones, reales, si abrís una canilla, sale agua, si no hay algún corte imprevisto, en las personas es igual, se corta y deja de fluir hasta que llega el sodero y les ayuda a destrabar. Ella siente un gran alivio y lo corre hasta el camión. El tipo, no quiere saber nada, ya le hizo un buen trabajo. Llegó justo el marido que estacionó atrás del sodero. La mina dudó de ella, olvidó que estaba casada con el gordo barrigón. Hacía tiempo que el gordinflón lo usaba en algún otro lado y ella quedó tapada, por más fuerza que hiciera no le salía nada. Todo mal, casi se muere, pero el hijo del Sodero tuvo piedad y con la sopapa del baño le creó un alivio inmediato.
   —No le cuentes por favor a ninguna de mis vecinas, o todas empezarán a decir que me encuentro mal servida. Yo me acostumbré a que nunca pasara nada, sobre todo con el gordinflón, un oprobio si lo hubiese permitido. Pero con vos no sé qué me pasa, si estuvieras afin, pasamos a la otra pieza. Es correcto como procedas, viste que ahora cualquier cosa está de moda y me podés reciclar. El dinero que ahorré para un viaje, me lo gasto todo en vos, ya imagino que si no pago, recibo lo que recibo. No me imagino pagando. Dejá que abandone la birome, porque de este cuento inocente, la pornografía está presente del brazo del disparate.
   Cuando era chica contaba cosas a mis Padres, Tíos, Abuelos, hablaba todo el tiempo y sólo me detenía cuando el oyente se iba, diciendo: —¡Pará por favor de hablar y decir más disparates!  
   Ahora que lo recuerdo, tenía ganas de disparar, de irme de esta familia nuclear burguesa, lo más aburrido que hay. De grande seguí hablándome todo, hasta mi primer Analista, se dormía cuando le hablaba. Cuando me daba cuenta, me iba de la sesión y no le pagaba nada.
   Cambiaba de Analista dos o tres veces por año y con todos era igual, se dormían antes del final. Después me llamaban sin disculparse, para abonar lo que debía. Yo les contestaba: —No le puedo abonar, porque me estoy durmiendo y quién sabe cuándo despertaré.
   Gasté mis energías en muchas cosas más, que no pienso relatar, porque esto no es una autobiografía. Ahora se me dio por escribir, igual tengo los diarios de mi infancia, que también fueron escritos con denuncias familiares o descripciones de los viajes o cómo robaban en casa, las chicas de la limpieza.
   No voy a empezar con el conflicto principio, medio y final. Empezar con un cuento que salió de la nada y boyando descubrí. Jamás voy a dejar de ser una niña, ni aunque tenga setenta o ciento dos. Una cosa que me olvidé de escribir, la realidad de los sin techo, eso es pornografía.

sábado, 10 de agosto de 2019

TIC



   Subió al subte la pareja, ella se adormecía en un hombro y él le besaba la boca, pero con tal discreción que nadie se daba cuenta, excepto en el fondo, en un asiento individual, Raquel no podía despegar los ojos de aquel amor silencioso.
   Los miraba con ternura, como se mira de afuera alguna escena similar. En una Estación cualquiera, la mujer de la pareja se acercó a Raquel indignada, fueron varios los momentos donde Raquel miraba al novio y le guiñaba el ojo izquierdo. —Sabés que tengo un tic en el ojo, no es que me pase siempre, me sucede solamente con las parejas ajenas, no te enojes, quedate acá y mirá lo que me pasa, tu novio, el que ahora está sin vos, lo miro y el ojo me hace un tic parecido a un guiño de avance. 
   La mujer usaba voz baja, pero no terminaba de entender. —Y no es que te lo quiera robar, no te ofendas, pero tu hombre, no me gusta para mí, aunque entre ustedes dos intuyo una pareja de excepción.
   Esta chica no es normal, pero parece sensible, lo del ojo se dio al nacer, según ella cuenta, si lo que quiere es un hombre, guiñarle un ojo no es bueno para empezar.
   Entiendo lo que dice. —Soy horrible, pero es que no me miraste bien.
   Estaba equivocada, la chica era de cara tranquila y de ojos orientales, que parecían querer ver hasta el fondo de todas las cosas, un gato, un perro, un cartel, si reparaba en ellos, algo los iluminaba. Tenía el pelo trenzado, le llegaba hasta la cintura y la rodeaba una especie de aura invisible, cuando la oscuridad de algún túnel.
   Ahora llega mi Estación, fue un gusto conocer una persona que por fin le puedo explicar. La chica llamó a una Señora, que parecía dormitar. 
—Vamos!, vamos!, María, tenemos que abrir la silla antes de llegar.
   La Señora se puso de pie y a su derecha encontró la silla de ruedas y la abrió, allí se sentó la chica. La Señora la llevaba, antes de salir, junto con la trenza se dio vuelta y les guiñó un ojito a la pareja, que apenas pudo cerrar la boca.  

viernes, 9 de agosto de 2019

DE LA VIDA DE ELLOS DOS



   —Yo a vos, no te veo igual. ¿Viste cuando te dicen que estás igualito y pasaron treinta años? 
-Quise unir su deterioro al mío para que no se sienta mal, yo me tomo algún trabajo-. Soy Profesor de gimnasia, hago pesas, yoga y corro hasta los días de lluvia. No perdí ni un solo pelo, es de familia, lo dejo blanco, las canas lo invadieron, pero con la piel tostada parezco un viejo pintón. Durante el invierno, las Baleares me dan ese curtido que les gusta a las pendejas. Los viajes los pago con la plata que junto, dando clases de Iyengar. No voy a decir más nada de mí, sino voy a empezar a besarme.
   —¿Querés saber?, vos estás más joven que cuando éramos chicos. Pero tenemos distintas profesiones, yo escribo todo el día, de la mañana hasta la madrugada, también leo y siempre sentado en la misma silla , cuando me levanto, lamento no tener una lapicera que pueda dibujarme el culo. La columna es deprimente, me inclino para escribir, para comer algún delivery que me haga resistir. Y cuando me miro en el reflejo de algún negocio, la columna es un signo de interrogación. Me dan ganas de atarme un palo de escoba en la espalda, bien apretado, pero estos carreteles si los enderezo, seguro que se me parten. ¿Te acordás cuando las minas se peleaban por mí? Se usaban los intelectuales flacos, altos y con anteojos, mínimo dos libros publicados y otro en elaboración, si era Jefe de Cátedra me tenía que esconder. Nunca quise vivir con nadie, menos con una chica sobona.
   —Me acordé de una ninfómana que nos gustaba a los dos, la mina decía que vos filmabas, eras vanidoso y soberbio. Te dejabas avanzar por viejas, que te hacían sentir pendejo. Pero igual a vos te gustaba. ¡Qué locos los dos! Morir por esa mujer, si ahora la llegás a ver, no podrás creer que alguna vez estuvo tan buena y nosotros a los pies. Vos te acordás que a la ninfa le regalé el Ser y la Nada, ¿podés creer que a las dos semanas, le pregunté su parecer? ¿Sabés qué me contestó? Que no lo había leído porque tenía tapas amarillas y le traían mala suerte.
   El atleta envidiaba al escritor, sabía que era capaz de darte vuelta la cabeza con dos páginas escritas. Cuando llegó la despedida, el amigo de músculos alados, salió corriendo como una saeta.
   El escritor lo miró y sintió envidia por no ser él.  

jueves, 8 de agosto de 2019

LA PAZ



   —Si me das tus documentos yo los voy a guardar, están más seguros conmigo. Cuando te ven piel oscura con cara de boliviana, el dinero que le mandás a tu familia, lo pueden robar, dejá mejor que yo te lo deposite. Amparo, cuanto más hagas, más dinero recibirás. Días libres no podrás tener, voy a necesitarte todos los días. Acá el trajín no tiene principio ni fin. Debes estar atenta con mis hijos, cuando te vean les va a dar ganas de abusar y Uds, que no saben decir que no, permitirán lo que sea. Por favor, Amparito, no lo hagas aunque te rueguen, les podés transmitir enfermedades que seguro portás de Bolivia.
   Me mira con cara de perro faldero, la sumisión es algo que no me gusta, pero si es bueno para hacer lo que mande.
   —¿Cómo le tengo que llamar? ¿Sra Silvia, o con lo de Silvia está bien? ¿Hago sonar la campanita que me dio?
   Es muy chica, Amparo, pero así era mejor me dijeron, para amaestrarla y que no se vaya en un descuido.
   —Si no hay visitas me llamás Sra Silvia y si las hubiere, toco la campanita y venís enseguida. Yo te doy un uniforme, que debe permanecer siempre planchado y limpio, unas zapatillas blancas y te me hacés un rodete bien tirante, como una hindú en miniatura y no como una chinita que me regaló no sé quién.
   Esa noche tuve miedo, pasó el hijo más chico y casi da un paso hacia adentro. Le cerré la puerta con doble llave. Llegó el Señorito y golpeó en mi puerta: —Ya sé que estás despierta, no te preocupés, no necesito de tus servicios, siempre dudé de los bolitas y su higiene personal.
   A las cinco llegó el Señor y abrió la puerta con llaves que él tenía.
   —¿Así que vos sos la nueva? Cerrá los ojos y no mires, para mí sos como un retrete, me dan ganas y hago uso.
   Le rogué a Dios no sentir nada, pero me dolió y contuve el grito. Por suerte tenía algodón y al día siguiente lo metí entre la leña, encendí antes que nadie se levantara.
   Hacía toda la tarea que el día entero me llevaba, eran tres pisos, siete dormitorios, cuatro baños y el comedor. Yo creo que mi pueblito entero cabría en esta casa. Cuando me sentaba un minuto para tomar un poco de aire, se sentía el ring de la Sra Silvia, pidiendo un té con tetera, llegó su mejor amiga, la Srta Victoria. Yo no quería escuchar, por educación, pero ellas hablaban alto.  
   —Mirá, Silvia, me enteré por Nené, después por Pola y más tarde por Chichita, tu marido y tu hijo, el mayor, son amantes transitorios de todas ellas y sus Sirvientas. Yo te advertí que no era hombre de fiar, desde antes del casamiento.
    Escuché el llanto de la Sra Silvia, me pareció medio hipócrita, porque desde que estoy aquí duermen en piezas separadas y ni palabra se cruzan.
   —Mañana mismo lo echo, Victoria, debo salvar el nombre de esta familia.
   El Señor se fue ese mismo día. La Señora lloraba y lloraba y cada tanto decía: —Los chicos se fueron a Buenos Aires y vivo acá yo solita, con Amparo que será una pobre chica, pero además de hacer todo me acompaña y me cepilla el pelo, elogia mi entereza y me prepara diez pañuelos blancos por día, para que llore lo que yo quiera.
   —Sra Silvia, si me da usted un tiempecito, le voy a decir lo que me pasa.
   La mujer asintió con una sonrisa.
   —Estoy en estado interesante, Ud no lo notó porque su llanto no le permitió ver más que los abandonos, pero en dos meses, Señora Silvia, será Abuela, lo que llevo en mi panza es su nieto. Hijo del Señorito, que un día se confundió pensando que era su novia.
   La mujer de inmediato le dijo: —Te lo compro, Amparito, diremos que yo soy la madre, le mando dinero a los tuyos para que compren una casa y lo que se les ocurra.
   Amparito se tomó de la panza. —Pero Sra Silvia, es lo único que es mío y ya lo amo como si hubiera nacido.
   La Sra Silvia le dijo que si no le daba aquel niño, ella se suicidaba. Amparito la abrazó y le dio permiso para decirles a su gente y a todas sus amigas, que era la madre de ese bebé.
   —Le pido Señora, que me deje darle la teta y dormir en una cuna, que si usted lo permite, estará en medio de nuestras camas.
   Por primera vez la Señora Silvia, dejó de llorar y durmió como si fuera una almohada, sobre la panza de Amparo. Tal vez fue la providencia, el bebé salió blanquito y con ojitos celestes y el pelo era rojo como el sol del amanecer.

miércoles, 7 de agosto de 2019

LA GENTE YA NO VE NADA



Los de la cola del micro, los que no se sabe a dónde van, los comerciantes y los adolescentes que salían de las escuelas, los niños cuyas madres les tapaban los ojos. Los motociclistas nada, son muy duros de frenar. Mucho menos si algún colega se lleva puesto el señor de pinta distinguida con sombrero y guantes de cuero. Cruzaba con la luz verde, lo que debe ser, mientras la parejita de policías de tránsito, miraban el espectáculo fumando un pucho, tranquilos, contra la pared. De casualidad pasó un joven del Hospital, que estaba haciendo su residencia, munido de un bolso de primeros auxilios, jeringas y bisturíes, dos paquetes de algodón, regalo de sus padres de Rauch, retirado en la terminal.
   Pidió a todos que se retiraran y a los policías detener el tránsito, un celular para pedir una ambulancia de Emergencia, pero la mitad estaban rotas y las otras trabajando en situaciones similares. Salió la dueña del comercio de telas con sábanas blancas y tohallas. El Doctor suturó todo lo que pudo, pero la víctima tenía el abdomen con su interior a la intemperie. Juntó la piel de un lado y de otro, metió con sutileza, con guantes quirúrgicos, que él mismo traía. Le rodeó el abdomen con una sábana blanca. Armó cilindros de algodón y los introdujo en los buracos restantes.
   Toda esta construcción le llevó veinte minutos, mientras un señor, comedido, le daba oxígeno boca a boca y le oprimía el plexo solar. La ambulancia llegó a la media hora, era nueva y estaba munida con los equipos de emergencia. La sirena iba dejando la calle vacía. El traje del distinguido, el médico no tuvo más remedio que rajarlo con las manos. Dos veredas más adelante, huían dos chicos de la calle, con el sombrero puesto y los guantes cuero, de aquel señor que lo pasó feo.

martes, 6 de agosto de 2019

COMPLACER



   La Srta Bibi era la primera en llegar a la Fábrica. El Jefe era fanático de la puntualidad. El marido tardaba un poco más, se levantaba de mal humor y eso le prohibía el saludo tribal del “Buenos Días”.
   Al Jefe lo indignaba la tardanza, de apenas cinco minutos y que pasara a su lado sin saludar. Cuando entraba en el hangar, parecían hacer cien años que no la veía, caminaba a su encuentro, le daba un beso profundo mientras le tenía el trasero. El Jefe, desde lo alto, miraba la boca de esa mujer y cómo el descarado la tomaba del trasero. Los compañeros más acostumbrados que respetuosos, ni reparaban en la escena. Bibi le llevaba café al Jefe, para tenerlo contento y al marido también, él sumergido en el cuero, ni las gracias le daba. Ella no hacía diferencias, para que la gente no hablara de lo que hablaba.
   Los repartos los hacía el marido y en cuanto él salía, el Jefe llamaba a la Srta Bibi, para hacer un alto en el trabajo y charlar un ratito acerca de las ventas. Bajaba las cortinas y le miraba las piernas y la boca, que hablaba de números. Según sus bajos instintos, parecía pedir que la besaran.
   Cuando estaba por llegar el marido y el camión, el Jefe le decía con voz de seductor marica: 
—Vaya, vaya Srta Bibi, ha llegado su marido, salúdense como acostumbran a saludarse, con un piquito en la boca y…y…ese amor apasionado.
   Él la miraba de atrás cuando se iba, las manos se le atenazaban de las ganas de amasarla.
   —Me parece que el guarro del Jefe, te tiene ganas y lo quiere esconder, pero a mí me gustaría pegarle un cachetazo y que le dé vuelta la cabeza cinco veces por el impulso y se muera asfixiado.
   Bibi se asustó del Otelo, que ella ni cuenta se daba. Una mañana urdió un plan para que hubiera equilibrio. Se sabe que no hay cosa que caliente más que trabajar a diario, en el mismo sitio. Bibi llegó  una hora antes, el Jefe la llamó previo a que ella firmara. La tomó de una mano y la hizo pasar a la Oficina. Bajó todas las cortinas. La empujó en un sillón con dobleces y mientras le ubicó la boca dentro de la suya. Bibi estaba preparada, porque debajo no tenía nada y el Jefe la embistió con una algo sorprendente y cayeron tantos regalos, que no escucharon la llegada de la gente.
   El marido de Bibi  corrió a darle un beso profundo, mientras le tenía el trasero y lo dijo de corrido, para quien quisiera escuchar, escuchara.
   —¡Rajá de acá, perra inmunda!, tenés un olor a usado, que muestra bien a las claras que el Jefe no se baña en la puta vida.
   No quedó más nada para decir, había mucha boca abierta. 

lunes, 5 de agosto de 2019

HASTA EL FIN DESDE EL COMIENZO



   Se levantaba a las seis y le preparaba un desayuno americano, leche con copos, tostadas, un huevo frito, manteca haciendo rulos y un pomelo abierto. A las nueve entraba ella a su trabajo, trasladaba expedientes a la compu, Silvia equivalía a tres empleados, fueron suspendidos. Su velocidad adelantaba una hora y llegaba a preparar la comida. Siempre platos diferentes para amor.
   Él cumplía con la ingesta, pero su hígado no daba más del diario huevo frito y los platos sorpresa. No tenía vesícula y como sabía las consecuencias, disminuyó sus desayunos. Comía una tostada con té verde. Llevaba una manzana a la oficina y la comida de la noche dos nueces con gelatina.
   Silvia se ofendió, amor despreciaba su comida. Ella comía lo que él no, para no desperdiciar. Se puso gorda, no entraba en su ropa. No compraba nueva porque amor elogiaba cómo con poco llevaba la casa. Él adelgazó, los trajes le iban tan grandes que se compró dos para reemplazar.
   —Amor, te compraste dos trajes, tres camisas y una musculosa, si seguimos así vos hacé los mandados, yo recién cobré, en el Banco no queda nada. Pedí hacer seis horas extras, no habrá más remedio que cocines vos, faltaré el día completo.
   Amor gustó de aquella idea, no le vería sus gordos cachetes en todo el día.
   —Amor, no lavaste la ropa, levantate temprano y de paso planchás.
   Amor no decía nada, porque Silvia traía la plata que faltaba. Ahora lo llamaba “ché”, desterró lo de Amor: —Ché, tenés que lustrar los pisos, mirá cómo están, pasá la aspiradora a las alfombras, cambiá las sábanas todos los días. A la muchacha despedila, si te quitás la morriña, vos podés con todo. Nunca limpiás los goznes de las puertas y te olvidás de los vidrios. Ah, Ché, si encuentro los vidrios sin limpiar cuando vuelva, con mi sueldo no cuentes más.
   Cuando ella se fue, Che Amor, atravesó la puerta para nunca más volver.

domingo, 4 de agosto de 2019

VACÍO



   Pasó en el edificio, no se llevó las llaves. Era un chico con inestabilidad emocional, se encontraba entre la psicopatía y la lucidez simulada, su vida consistía en desafiar a todo. Vivía con una amigovia, que hizo hacer dos juegos de llaves, porque las horas extras del Hospital, le impedían llegar temprano, estaba advertida que él ya las había perdido, era el tercer juego, le contó al cerrajero:  —Este es el último que le hago, el cuarto ya verá cómo se las arregla.
   Se sentía invulnerable. Saltaba todos los días de la ventana del palier, que daba al pozo de aire-luz, hasta la ventana del baño que permanecía siempre abierta.
   Ese día que le salió todo mal, peleó con su mejor amigo y atravesó la vidriera de su negocio. El amigo lamentó la vidriera y le asombró que Estefán no hubiera ligado un rasguño. Entró furioso al edificio, su Padre le negó dinero, e iba atrasado dos meses en el alquiler. Saltó como siempre, pero no pudo llegar, su cuerpo quedó aplastado once pisos más abajo, sobre un patio de baldosas.
   La mujer dueña del patio, pensó que ese golpe eran ladrones, espió por las cortinas, era Estefán con una almohada de sangre.
   Corrió a buscar a la Portera, llamaron una ambulancia. La chica del primer piso lo cubrió con un acolchado y arrodillada a su lado, rezó: —Dios mío, por favor ayudalo, desde acá veo rayones de sangre, él quiere sobrevivir.
   La ambulancia se lo llevó, la gente del pozo de aire-luz, esa noche limpió con cepillo, la sangre que no salió. 

sábado, 3 de agosto de 2019

SI YO NO QUIERO ME VOY



   Ni pasaba por la Escuela. Dijo a sus Padres que no gastaran en la inscripción, no estaba en sus planes estudiar. Carmina vivía en un mundo con trazados firmes. Si era invierno tiraba el acolchado.
   —Es como dormir con un peso sobre mi cuerpo. Lo de sabanita lo acepto, para que no se pongan tristes, la termino usando de pañuelo, hecha un bollito de sonar. Igual Mami, vos preferís que me suene antes de tragarlo.
   Su hermana, Delfina, hacía de cuenta que no existía. Sentía que sus Padres la querían más a Carmina, un desastre en todo, que ella que era aplicada y prolija, obedecía cuando se le pedía una colaboración. A Carmina no la obligaban a nada, usaba artilugios. —Ma, voy a bañarme en el río, llevo jabón y tohalla, vuelvo al mediodía.
   Y volvía al atardecer. La corriente del río la fue llevando hasta donde vivía el Músico, ella estaba violeta y perdido el jabón y la tohalla. El Músico la hizo subir al puentecito, tenía los ojos cerrados y le alcanzó una bata. —¿Sos ciego?
   Lo vi que tenía ganas de mentirme. —No, pero cerré los ojos para no avergonzarte, a lo mejor no te diste cuenta, pero la corriente te quitó la malla.    
   Ella se hizo pasar sola a una sala ocupada por un piano de cola.
   —No sé cómo serás vos, pero en casa todos nos bañamos desnudos, mis Padres decían que así vinimos al mundo y la ropa fue un invento para molestar, cuando vamos al Pueblo sí nos vestimos, por la gente, para que no nos dejen afuera.
    El Músico empezó a tocar la Quinta de Beethoven. Ella la escuchó toda, luego aplaudió. 
—Yo sé que tocaste la Quinta de Beto el Joven.
   El Músico complacido le enseñó cómo se pronunciaba. Carmina le dijo que ya sabía, pero le quedaba mejor Beto el Joven. —Yo tengo diez años ¿y vos cuántos tenés?
   Él le dijo que veinte. Carmina sacó la cuenta. 
—Te autorizo a casarte conmigo, si yo tengo novecientos pesos ahorrados, vos tenés veinte más, es una buena dote que a mis Padres les vendría bien para pagar el Colegio de la estúpida de mi hermana.
   —Carmina, me encanta, pero sos muy chica y yo un viejo.
   Ella tocó unos acordes de Para Elisa y le contestó: —A mí me encantan los viejos y tengo una idea, yo te espero hasta que vos digas, no me quiero perder ese turno. Vení conmigo a mi casa, pero no les cuentes nada.
   Los dos, con viento en contra, se hicieron presentes. El Padre le desconfió y la Madre temblorosa. —Está lleno de pedófilos aquí en Valle Hermoso. ¿Cómo sé que uno de ellos no sea usted?
   El Músico explicó cuál era la situación. Les contó hasta la propuesta de la niña para después. El Padre quedó prendado del relato del Pianista.
   Y bueno, Marta pensó que le podía enseñar. Carmina sintió que el Músico la había traicionado y merecía un castigo ejemplar. Se hizo la amable con Delfina y le contó el secreto que debían compartir: el Pianista del puente abusó de su inocencia y la amenazó: “Si alguien se entera de esto, te sumerjo en el arroyo, no sin antes dejarte sin respirar”.
   Delfina dijo a su hermana, que ella se ocuparía. Un día faltó a la Escuela y se metió en la casita, el Músico estaba tocando el adagio de Albinoni. Le sorprendió ver a la púber desnuda, con un cuerpo de mujer. Hizo lo imposible para que el Músico perdiera la razón y cuando él se dispuso a penetrar aquel ángel tan dispuesto, Delfina le clavó en la espalda el cuchillo más grande que realizó su Padre en la fragua. Delfina se bañó en el río, se puso el uniforme y marchó a su casa, donde habían empezado el almuerzo.
   Carmina se levantó para besar a su hermana. Los Padres no se asombraron, porque Carmina tenía gestos imprevisibles.

viernes, 2 de agosto de 2019

SIEMPRE HAY UNA SALIDA



   Se escucha ese timbre con tres notas musicales, el lavarropas tiene cuatro, pero sabés que cuando lo abrís hay ropa. Recién salgo del baño, no tengo la bata, pero la tohalla es grande. Voy a ver quién es, para eso está la pantalla. Me parece conocerlo de la cola del Teatro, es buenmocísimo y tiene cara de santo. Hay que jugarse, tanta alarma y tanto miedo, para no disfrutar de nada.
   Lo dejo pasar, le pido perdón por mi aspecto, ni pregunté su nombre ni a qué debía su visita. 
   —Sentate en el couch, que es yanqui y verás lo cómodo. Si me das un minuto, me visto y hablamos después.
   Tiene una sonrisa que le entorna los ojos, divino total. Tengo que disimular, sino va a creer que soy cualquier cosa. El vestido me ajusta donde debe y me deja respirar, el pelo lo dejo así, aunque lo peinase hace lo que quiere. En tres minutos estaba sentada frente a él. Olvidé ponerme zapatos. 
   —Bueno, contame de vos y a qué viniste, me intriga.
   Él miraba el cuadro que tenía enfrente y parecía suspendido.
   —Debí haber llamado antes, pero no pude resistir, tu amigo de la cola del Teatro me dio la dirección. Pensaba mirar el río desde la plaza redonda, daba tanto sol en tu ventana, que me dejó ciego.
   Le serví un café y otro para mí. —Lo hacés mejor que en el Bar más concheto de esta zona, merci Mademoiselle.
   Le contesté con un gesto seductor, pero no de putita alzada, no quise que pensara y por pensar por el otro, siempre me quedo stand by. Mientras el sol me daba en la espalda, de pronto se puso de pie, le calculé 1,90, me gustan los tipos altos. Con mucha ligereza tomó el cuadro de Petorutti, me guiñó un ojo y se fue. Lo esperaba una rubia en un auto descapotado, el tipo subió corriendo con el cuadrito en la mano.
   Le grité que estaba firmado y dedicado, le iban a dar dos mangos por una obra de arte. No sé para qué me molesté, si no me escuchó más nada, le metieron acelerador a fondo.
   Llamé a la Policía, diciendo que un tipo forzó la puerta con cara de delincuente y robó un cuadro valioso como para comprar un Maxi Cooper. A los cinco minutos se presentó un Oficial tan buenmozo, que me fui a poner tacos altos y un touch de pintura en la boca. Todo delante de él, que desviaba los ojos de mis piernas y parecía temerle al trasero. Le preparé un bloody mary y le inventé hasta lastimaduras que no tenía mi cuerpo. El uniforme lo hacía pintón. Me senté en el couch junto a él y le agradecí su llegada inmediata.
   Cuando se fue y le firmé mi declaración, le di un beso ambiguo, de esos que son medio en la mejilla y la otra mitad en la boca.

jueves, 1 de agosto de 2019

ME OLVIDO LA CARTERA



   Me tortura en el sueño, hasta de eso dudo, ¿no seré yo?
   Apareció la mujer, para mí casi una niña, yo quería saber de él, durante todo este tiempo. Ella se reía, decía que era feliz, bailaba mejor que en un boliche cualquiera, tenía el pelo muy largo y eso la hacía parecer más joven todavía, me lo enrostraba y me odiaba, se fue y dejó todo oscuro. La llamé para irme y no aparecía, se había ido. Me arrastré hasta el ascensor, tenía paralizadas las piernas y justo cuando entré, salía él, que me levantó del piso, de las axilas, no de la cintura, mejor, yo estaba vieja y gorda de panza, no era un filamento como él me conoció.
   Pareció no darle importancia, pero tenía ganas que yo supiera de la mujer, entonces fue que le dije: —Te está chupando la vida, no seas tonto, dejala, dejala como hiciste conmigo.
   Él contestó con un “no”, quería él contar, se recibió de Abogado, le ocupaban otras cosas la cabeza, ir al Sur en bicicleta y boludeces así. Apareció la pendeja con un pendejito que le nació antes de conocerlo y pensaba tener otro con él. A ella le aviso: —¿No te das cuenta el monstruo que encierra ese ser, con el adentro vacío?
   Salió caminando cabeza abajo y cantaba sin escuchar. Yo lo saqué de algún cuento y lo tomé como un amante ignorante, recuerdo con la memoria, no tengo ni fotos viejas. Pero cuando sueño, siempre caigo en ese tiempo, antes no había una mujer.
   Ahora es un nuevo castigo, que yo misma me inventé. Asaltan las pesadillas y permiten que duerma despierta, tienen varios capítulos, como en las series de Netflix, pueden aparecer en mis cuentos, donde existe el mismo núcleo para el final, igual en todas las pesadillas me olvido la cartera, no sé dónde la dejé y cuando despierto encuentro que lo único seguro es que perdí la cartera.