Queridos lectores: Durante siete días no podré escribir
para mi blog, les pido que me dispensen y no me abandonen.
Patricia.
BLOG DE AUTORA. CUENTOS CORTOS. SE AGRADECEN COMENTARIOS (AÚN LOS ANÓNIMOS) LA OPINIÓN ES UN DERECHO DE TODOS.
Queridos lectores: Durante siete días no podré escribir
para mi blog, les pido que me dispensen y no me abandonen.
Patricia.
—Me nombraron
Canciller en Venezuela.
—Pero Quintina,
¿cómo no me avisaste? ¿Vas a venir aquí o te quedás allá?
—Voy para allá,
quiero ver a los chicos que ahora deben ser grandes. ¿Quién me nombró?, lo
ignoro. No sabés cómo me arrepiento de meterme en política. Los Cancilleres no
hacen ningún trabajo, el único privilegio es que podés subir a un avión e ir a
cualquier lado. Eso para mí, es un acto de corrupción.
—Quintina, me
estás contando todo. Sigamos esta conversación cuando nos veamos cara a
cara.—dijo Roberta.
Pensar que
estudió con mis libros y con los que yo le afanaba. Hice tres carreras y elegí
tener hijos, limpiar y preparar la comida. Lo llamaría “odio de casa”. Rolo me
ayuda, cuando retorna de su trabajo. Vuelve a las diez de la noche y a veces a
las cuatro de la mañana. Me pongo el camisón y tomo la pastilla. Cuando llega
escucho:
—Dios, qué cansado
que estoy, reventado estoy, creo que hoy no puedo hacer lo que hacemos los
viernes.
—Yo tampoco
puedo, me duele la cabeza, mucho menos sentir el olor de la Secretaria que
duerme con vos.
—¿Y cómo sabés,
Roberta?
—Me lo contaron
tiempo atrás. Viene perfecto para divorciarme. Me voy con Quintina para pasar
unos días en Venezuela.
—Te vas y me
dejás solo?
—No, con tu
Secretaria te dejo. Me compré un ajuar de ropa, vestidos largos y sandalias,
todo lo pagué con tu tarjeta. Quintina me invitó a las fiestas que hace la
Cancillería. Dijo que había un francés que te daba vuelta. Puede ser un francés
noble, haré lo posible para que me dé bola.
—Roberta, sos
una mujer vieja, lo que contás es peripatético.
—Yo no me meto
ni me importa tu vida, Rolo. Te pido que me lleves las maletas abajo, que está
Quintina con un Rolls Royce, prestado por la Cancillería.
Al francés, que
era un noble verdadero, le encantaron mis tetas caídas, mi culo inexistente, la
cara fruncida y la transparencia de mi esqueleto. El noble francés me dijo que
fue amor a primera fiesta y confesó que mi olor tanático lo volvió loco. Acá lo
llamarían cojomondongo. Allá es “Je t’aime Roberté”.
Era tersa como
una rosa. Cuando enviudó hablaba como si él existiera. El finado tenía un lugar
en la mesa, con plato y cubiertos. Ella servía la comida pero a él le dejaban
una rosa en el plato. Los muertos no comen, se dejan comer. Lo abrazaba para
caminar en el bosque, abrazaba el aire, con la forma de él. Salían a la calle y
ella hacía como que lo tomaba del brazo. Y así andaban, él llegó a parecer un
fantasma. Los hijos sufrían porque la gente decía que su Madre estaba loca. Un
día hicieron su reclamo:
—Mamá, ¿podemos
salir con Papá?
—Primero le voy
a preguntar si quiere... dijo que sí, los va a llevar al Cine.
Se sentaron en
tres butacas y dejaron al medio una butaca vacía. Vino un Señor a sentarse y le
dijeron que la butaca estaba ocupada.
—No, chicos,
está vacía, yo me siento.
—¡¡Noo!! Lo está
aplastando a nuestro Padre. Voy a buscar al Acomodador. Papá, ¿te hizo mal en
las piernas?
La Madre los
esperaba afuera, besó a su marido, lo había extrañado, siempre estaban juntos.
Los chicos rodearon a su Madre e hicieron una ronda tomados de la mano. Se
formó un círculo con un espacio al medio.
Compraron un
kilo de helados de chocolate. En el asiento vacío agregaron una copa con dos
cucharadas de helado. Cuando terminaron, la Madre lavaba las copas, había una
con el helado derretido, la lavó como a las otras. Miró la rejilla y vio como
poco a poco, el helado desaparecía.
La Música
Clásica me lleva y un malvón en una maceta, también.
—¿Me entendés lo
que te digo?—dijo Clásica.
—Sí, pero a mí
me gusta bailar Salsa.—dijo Salsa. Es entretenido, podés ir al Boliche y
sacudir el cuerpo, los tipos te miran arrobados, ya sea por el culo o por las
tetas.
Dijo Clásica:
—Tengo que
decirte algo, necesito que me escuches, soy gay, pero no se lo digas a nadie.
Dijo Salsa:
—Y bueno, una
elige, no te preocupes, ya se te va a pasar.
Clásica le dijo:
—Primero le
tengo que decir a mis Padres. Me da vergüenza, además no estoy segura si soy
gay.
Hablaban en voz
baja y tomaban mate hasta que estaba lavado con palitos nadadores. Clásica era
superdotada, Salsa era tonta e ingenua. Clásica vivía otra vida que su amiga
desconocía. Sus amistades, mujeres solitarias pero acompañadas de hombres
nuevos, con actividades inquietantes, solían abrirse con Clásica y le contaban
con detalles cómo amaban. Eso le despertaba
una curiosidad morbosa, Clásica quería
vivir las experiencias de sus amigas. Era una mujer con mucha cama, los jóvenes
la llamaban “Kamasutra”. Los seducía con la lengua, las manos y les permitía
conocer el interior de su sexo, amplio y generoso. Los hombres se enamoraban.
Cuando las amigas tenían noticias de sus putadas, aparecían enojos donde
Clásica disfrutaba. Cada vez que eso pasaba, se quedaba con una amiga menos.
Salsa la
visitaba y hacía alardes de sus amantes. Su amiga quería probarlos. Los
salseros eran capaces de montarlas como caballos y pedían más y más de sus
experiencias catreras.
Salsa presentía
que Clásica la traicionaba tanto, que competían a ver quién era la mejor
amante. Salsa la seguía queriendo. En definitiva salía perdidosa. Clásica sabía
resultar imprescindible.
—¿Vos sabés,
Salsa, que me encuentro cansada de hacer el amor todos los días?
Hubo mutaciones
en su vida, comenzó por quedar embarazada.
Se encerró en su
casa los nueve meses. Hasta que parió un varón y llamó a Salsa para que lo
conociera. Fue muy doloroso, ella no podía tener hijos. Clásica, cuando vio
cómo sufría, le dijo:
—Si querés te lo
regalo.
Salsa lo aceptó
de inmediato. Clásica se quedó sola y dedicó su vida a dormir y hacer Pilates. (Bueno,
este cuento no lo puedo seguir, queda a criterio del lector encontrar sus
propios finales, estoy demasiado cansada, escribir todos los días un cuento me
deja de cama, ustedes dirán.)
Se compró un
auto viejo, él mismo lo restauró. Salió con un amigo para andar su vehículo.
—Lo dejaste como
nuevo, me alegro un montón por el producto de tu trabajo.
Anduvieron por
una calle llena de baches arreglados, como se hacen las cosas en este país, un
lenguetazo de pedregullo, alquitrán y listo.
El auto quedó
varado en el arreglo improvisado, cayó en un pozo del tamaño del auto. No
podían salir. Las puertas no se abrían por la presión de la tierra. Abrieron
las ventanillas, fue peor, se llenó el auto de pedregullo y barro. Una napa
subterránea los arrastró hasta una boca de tormenta con deshechos cloacales.
Emergieron sin el auto, pero salvaron sus vidas. Mientras tomaban un vino,
protestaban en voz alta.
—La culpa de
todo esto es por orden de llegada, primero el Intredente, segundo la marioneta
Alborto, que responde a la Perra, las distintas Cámaras peleando tiempo
completo para ver cómo nos pueden cagar. Si trabajamos nos cagan, si no
trabajamos nos vuelven a cagar. Personas honestas quedaron dos, vos y yo.
—Ché, no te
olvides de Lilita.
—Ah, sí, tenés
razón, hay algunos que no son corruptos, pero si dirigieran la batuta, se
contagiarían como el Covid.
En otro rincón
del Bar, un tipo comenzó a contestarles:
—Si no les gusta
¿por qué no se van?
—¿Qué dijiste,
pelotudo?
—Dije la verdad,
se quejan los haraganes.
Uno de ellos se
levantó, le tiró el café a la mierda y tomándolo de las solapas, lo recagó a
trompadas. Llegó la Yuta enseguida y el más agresivo, ni bien los vio:
—¿Y ustedes a
qué vienen? Si nosotros con los impuestos les pagamos las camionetas, los
uniformes y al final no sirven para nada.
Los canas
quedaron congelados. Los jóvenes aprovecharon y se robaron el móvil. Lo
entraron en el Taller Mecánico del auto que se hundió. Le cambiaron la
fisonomía, lo pintaron con cuatro colores desagradables.
Cuando
terminaron salieron a los pedos y se estrellaron con un pelotudo que venía de
contramano. La Ambulancia llegó más tarde que la Yuta y no pudieron hacer nada
por el hacinamiento de Sanatorios, Hospitales y otros miasmas más comunes,
propios de la Argentinitita.
Todos los
veranos íbamos a Chascomús con mis primos. Mis Abuelas vacacionaban allí. Era
una casa grande que tenía a María como Casera todo el año. Entrábamos gritando,
ella nos recibía siempre con el mismo batón, agrisado por el tiempo. No la
besábamos porque tenía lunares con pelo y pinchaban. El mal humor dibujado en
su cara sin dientes. Era tan flaca como un hilo. A los chicos nos hacían comer
aparte de los grandes. Tenían razón, éramos rebeldes y maleducados.
El fondo había
sido una entrada para coches de caballos. Quedaba un pedazo de tierra apisonada
con un largo cordel para la ropa, rodeada de alambre de gallinero. María tenía
media docena de pollos y un gallo copetón. Las Abuelas nos pedían que no
jugáramos allí. Lo prohibido siempre es una tentación. Mi primo Luis nos hacía
pasar por debajo del alambrado. María decía que bajo la tierra había un pozo,
sólo ella caminaba por ese lugar, le gustaba asustarnos.
Saltábamos y nos
reíamos hasta que el pozo se abrió. Primero cayeron los más grandes:
—Bajen, basta de
cobardía, no saben lo que se pierden.—Dijo Facu.
Bajamos todos y
el asombro nos sorprendió. Había una casa igual a la de arriba, la recorrimos y
llegamos a otra casa. Se escuchaban voces que nos indicaban la presencia de la
última casa.
Nos dio miedo
y subimos las escaleras hasta llegar a la superficie, mientras, María tendía la
ropa sin darnos ninguna importancia. Volvimos a la casa grande:
—Vengan chicos
que está la comida servida. —Dijeron nuestras Abuelas.
Tropezábamos
unos con otros, había frutillas con crema y tres botellas coca cola. Nos
vinieron a buscar mis Padres.
—Vayan a lavarse
las manos.
Por primera vez
les obedecimos.
La Tía Clota
transpiraba, le caían gotas de la cara, las axilas, y me encargó que comprara
una pileta de lona. La llevé a su casa.
—¡Por fin tendré
un lugar para refrescarme!
A la semana me
llamó:
—Luisito, cuando
me meto se rebalsa y después queda casi vacía, pienso que es por mi gordura.
—No te preocupes
Clota, te construyo una de hormigón armado, le agrego una escalera así podés
nadar y te olvidás del verano.
Horadé la tierra
con una pala y después con una transcavator. Era tan profunda que parecía
llegar al centro de la tierra. Le pedí que bajara de peso para no quedar
atrapada en el fondo de un agujero negro y después no poder salir.
—¿Y con la lona
qué hago?
—La usás de
limpiapiés antes de tirarte en la otra.
Tía Clota se
estaba poniendo pesada. El aguante que tuvo su marido llegó a enfermarlo, Clota
lo demandaba todo el día.
—Eulogio, me
tiene que obedecer, para eso me casé con usted.
Ella venía de
familia de cavadores, tal vez fueron un ejemplo para mí. Me regalaban una pala
por año, llegué a tener cincuenta palas. La Tía Clota era una mujer testa ruda
y ambiciones absurdas. El día más caluroso del año la fui a visitar. La pileta
se llenaba lenta, tenía cinco centímetros de agua.
—¡Tía Clota!
¿Dónde estás?
Seguí el camino
de las ojotas abandonadas, el Lavapiés con las queresas flotando. Se había
tirado de cabeza desde el trampolín, parecía una x, los brazos, las piernas y
los ojos abiertos sin mirada.
Trabajé en el
campo, repartí piedritas en la plaza y ahora esto. El tipo, no sé qué pretende.
Dijo que le construya una pileta grande y honda. Como es mi Patrón, tengo que
obedecerle, aunque no es mi especialidad hacer caso a los deseos de un tilingo
que se pinta la boca y lleva rímel en las pestañas. Le pregunté si en el
gabinete tenía una pala o algo parecido, me contestó de malas maneras:
—Quiero que haga
el pozo con sus propias manos, para eso le pago.
Noté en su
mirada, un dejo de perversión. Cuando yo trabajaba todo el día, bajo los rayos
del sol, me dolía la espalda y tenía los
brazos cansados. Se me salieron las uñas de tanto escarbar esa tierra dura.
Hice medio metro y me quedé dormido. Mientras, el Patrón se hamacaba en la
galería. Tenía un espejo de mujer y recomponía su maquillaje. Me dio un
puntapié para que me despertara y siguiera trabajando. Daban ganas de matarlo.
Forcé la puerta del gabinete y encontré una pala. Era más fácil así. Hice más
de un metro en dos horas.
—Quiero que la
termine para mañana, está por llegar mi Madre, se llevará una sorpresa, cuando
esté listo y si vos no la terminás estarás listo también.
Este imbécil
ignora que soy dueño de este campo.
Me considera un
ignorante. Llegó su Madre con cincuenta mil malaquitas que trajo de Grecia para
que yo solo las pegara una por una. Terminé la pileta con una profundidad de cinco
metros. Un día de calor abrazante se tiraron los dos tomados de la mano.
Ni repararon que
ninguno sabía nadar. Cada vez que lograban sacar sus cabezas, con todo el odio
que tienen los que odian, les daba golpes en la cabeza y ellos se hundían hasta
desaparecer. Me dio pena que el agua transparente se tiñera de rojo y era
imposible ver el fondo.
—Mientras
estudian no me usan y eso que soy un cenicero importado. ¿Será que me
desprecian?
—A mí me pasa lo
mismo, dejan el cigarrillo y me queman los bordes. A veces se olvidan. El otro
día casi llegan a quemarme toda.
—Se compenetran
y nos olvidan.
—Con el servicio
que les prestamos, tenemos que vengarnos, seguro que dan mal todas las
Materias. Recemos por eso. Ojalá pueda abrir mis patas y les incendio todo. Me
va a doler, pero me pongo cicatul y listo.
—No sé por qué
te preocupa tanto, sos la preferida de tu Abuela, gubeada con dibujos
originales del Marqués de dos puertas, bien barrocas.
—Ellos también
se van a incinerar y les harán trasplantes de piel que son dolorosos. Bien
merecido lo tienen. A vos te hicieron trizas, a pesar de protegerte, no pude
ayudarte y sin patas, menos.
—Les podemos
gritar.
—¿Vieron lo que
les pasó por hacernos esto? Los Padres se van a enojar, sobre todo cuando vean
que se incendia la casa completa.
—Además de
descuidarse son burros y tontos.
—Yo diría más
tontos que burros.
—Como epílogo
podés rescatar un buen pedazo del vidrio del cenicero y les arrancamos los
ojos.
Me convidó tres
pastillas vencidas, Calixto era un tipo generoso y de buen corazón. Se cansó de
nuestra amistad, comió todas las pastillas que quedaron y después lo negó. Me
trajo un sobre de alka seltzer y dijo:
—Te va a hacer
bien, vos no necesitás nada para dormir.
Compartíamos una
carpa más chica que nosotros. En medio de la noche y de la nada, apareció una
mujer.
—Me llamo Sirena
Encantada, al decir Encantada lo uso como saludo, mi nombre es Sirena. ¿No me
invitan a dormir en esta carpa con ustedes? No miren con esas caras, mañana
iremos a una Capilla para pedir perdón, por todo lo que haremos. No es ningún
pecado dormir abrazados. A mí me da mucho miedo la soledad de este lugar.
Tenía un buen
cuerpo, fue una sorpresa cuando nos mordió el cuello y otras cosas placenteras.
Cuando terminaba conmigo, seguía con Calixto. Por la mañana estábamos agotados.
Sirena partió sin despedirse.
—¿Cómo no nos
dijo que se iba? Le brindamos todo, hasta un sándwich de mortadela.
—Calixto, quiero
recomponer nuestra amistad de toda la vida. Mis mejores vacaciones fueron con
vos.
—No sé cómo lo
vas a tomar, pero a Sirena la soñamos, nunca existió.
—Tengo como
prueba, mordiscones en el cuello.
Calixto se rió mucho de las conclusiones de su
amigo. Cuando vio que le manaba sangre de su cuello, se espantó. Desarmaron la
carpa y encontraron escamas dispersas. Si fue verdad o mentira, no lo hablaron
más.
—Después de
todo, las pastillas y el alka seltzer, nos hicieron efecto. El más inolvidable.
Guardaron aquel
secreto para siempre.
Hacía dos
temporadas que no pintábamos la pileta. La última vez había musgo en los
rincones y el fondo resbaloso, daba para nadar o nadar. Lo llamamos a Martín,
especialista en pintar piletas.
Con una
amoladora eléctrica la lijó. Luego le pasó tres manos de celeste cielo.
Extendió una media sombra para protegerla de semillas de palmera, hojas y los
malignos algodones de los chopos.
Todos los días
sacudíamos la media sombra y la volvíamos a colocar. La llenamos y parecía
vasito. Le decíamos vasito cuando estaba transparente.
—El agua está
vasito pero no nos metamos, todavía hace frío y nos podemos agarrar cualquier
peste.
No pudimos
esperar y saltamos a la media sombra. Con nuestro peso llegamos al fondo. No
podíamos subir, nos envolvió la media sombra y quedamos atrapados en el fondo.
Encontramos dos pajitas de Martín y por allí respiramos.
Era imposible
subir juntos.
Los vecinos le
contaron al pintor.
—¡Pero cómo
hicieron eso! Las pajitas tienen ácido puro.
Nos asustamos
porque el ácido perforó los pulmones.
Cuando Martín se
dio cuenta que no tenía solución, nos empujó por la cañería de desagote y
salimos junto con el agua a la calle. Los que pasaban miraban los dos cadáveres.
La corriente se encargó de dejarnos en un pantano de tierra movediza. Fuimos
succionados hasta no quedar nada.
Martín fue hasta
el pantano. Escuchó una conversación lodosa y profunda:
—Yo te dije que
no le pagaras adelantado. Mirá cómo nos dejó!
—Me parece que
estamos muertos. Qué vamos a discutir, te invito a bucear por el barro, tal vez
encontremos una salida.
Vendían una casa
de campo que decía en su frontón 1932. La casa era más chica que el frontón, la
habían pintado de blanco refulgente por fuera y amarillo huevo por dentro. Me
dijeron que no tenía ninguna ventana, por tanto el sol no entraba, el amarillo
le recordaba a la casa que el sol existía.
Ni bien apoyé el
único baúl que traía apareció una rata pequeña de ojos luminosos, le siguió
otra y otra y otra. Me resultaron muy útiles, ya que carecía de luz. Caminaba
entre ellas que iluminaban mis pasos y las más grandes subían a la mesa, para
que yo viera más. Adorables criaturas, detestadas por el universo de los
hombres. Fui a buscar a mi novia en sulky, para mostrarle la propiedad dónde
viviríamos. Cuando vio cuanta luz provenía del interior de la casa, entró dando
saltitos felices, antes de mi posterior entrada. Escuché alaridos de mi novia,
no distinguí dónde estaba. Abrazada a un tirante del techo:
—¡Por favor
sacame de aquí me dan miedo y asco!
La ayudé y
salimos a la intemperie. Le expliqué que me prestaban un servicio gratuito y
una pena infinita porque las pobres carecían de vivienda y por mi parte, podía
compartir el techo con ellas. Ella lloraba y me empujaba con bronca, pensé que
nunca nos casaríamos.
Para mi asombro,
pasado su ataque:
—Te ruego que me
perdones, no podría vivir sin vos.
Todas las
mujeres hacen depender su vida de nosotros y encima lo dicen. Ésta también,
pero yo quise casarme igual. La noche de bodas se mostró contenta, durmiendo
sobre las ratas y más ratas sobre el acolchado, tantas que no pudimos consumar
el sagrado matrimonio.
Por la mañana
salí a trabajar, temprano, le prometí que volvería antes del anochecer:
—No te
preocupes, las ratas te harán compañía y te protegerán.
Ella quedó
blanco nube. Ni bien partí, salió ella con el sulky, me pasó, se dio vuelta y
dijo en voz alta que iba de compras. No había nada en la alacena, dijo.
Después del
trabajo llegué agotado al frontón 1932. Busqué mi esposa y no la encontraba, ni
siquiera las ratas alumbraban el interior. Me acosté en el piso, dormí todo el
cansancio de la tierra, me restregué los ojos y la llamé. No estaba ella y no
estaban las ratas. Salí al sol y al verde, había cientos de gatos comiendo con
fruición de las que ya no quedaba nada. Lo que no pude, ni puedo entender, es
porqué de mi mujer, tampoco quedaba nada.
—Hoy vienen unos
amigos a comer. Me propusieron un ascenso. Ya estoy nombrado. Por favor, te
pido Tavita, que no me hagas quedar mal. Si te preguntan acerca de lo que más
te gusta hacer, no digas “cojer”. Cuando fue la comida del ascenso anterior, se
sintieron abrumados y me miraban con lástima. Hiciste tu Carrera en Inglaterra,
te recibiste con honores, sos una chica culta e ingeniosa, tan hermosa como era
tu Madre. Quiero que te vistas bien, nada de apoyar tus pies en medio de las
piernas de algún comensal. O por lo menos sacate el zapato. No traigas a tu
Novio, mal entrazado y peor hablado.
—Me gusta decir
esas cosas, pensá que mi libido se encuentra en su mayor extensión. Esta vez te
prometo un control absoluto, mientras no me aburra mucho.
—Acordate
Tavita, que cuando habla algún grande, los menores permanecen en silencio.
Le tocó el turno
a ella, apareció en el Comedor, en pijama y descalza. Se sentó en la cabecera.
Y con miradas divertidas le preguntaron:
—¿Vos que pensás
de los que nos están gobernando?
—Que se están
robando todo, que devuelvan la guita los muy degenerados y sería interesante
también que se murieran y cayeran para siempre en las llamas del Infierno. Esta
mañana me desperté con muchas, muchas ganas de acostarme a dormir. No quiero
comer, subo y me abrazo a la almohada. Tengan ustedes muy buenas noches, ha
sido un placer conocer a los amigos que le darán un ascenso corrupto a mi Papá,
que no entiende nada.
—A Tavita, lo
que más le gusta de la vida es coger, ¿y yo qué le voy a decir?, si a mí
también es lo que más me gusta.
El zaino lo dejó
tirado ahí, cuando tropezó con una vizcachera. Los compañeros trataron de
ayudarlo, pero él quedó mormoso para siempre. Igual terminó sus estudios,
gracias a Profesores que lo felicitaron en su última exposición. Era tartamudo
y llevaba su tiempo esperar que terminaba.
Los compañeros
formaron un buffet y lo invitaron a trabajar con ellos. El Doctor Ludovico
Escurre aceptó. Le asignaron un escritorito con una máquina de escribir Royal.
Se pasaba el día
tropezando al que viniera. Decidieron mandarlo a juntar papeles del suelo,
cambiar el rollo de papel higiénico y atender a los clientes cantando, para
hablar de corrido.
El Doctor
Ludovico Escurre se cansó del trabajo y de sus compañeros. Tenía capacidades
diferentes, se autonombró responsable de sanitarios. Hizo el curso de limpiar
sanitarios de mujeres. Ellas encantadas porque después de hacer, les pasaba el
papel, con tal entusiasmo que las dejaba como nuevas. Les destapaba las
cañerías, para comprobar si quedaba todo como correspondía. Para eso probaba
con su propio miembro.
—Doctor Ludovico
Escurre, usted limpia como nadie.
En otra
oportunidad, también para asegurarse, empezó a usar los palos de las escobillas
y salían limpitos, como nuevos.
—A mí me gustaba
como lo hacía antes. Disfrutaba mucho.
Dis…dis…fru..fru…ta…ta…ba…ba…mu…mu…cho…cho.
Sí…sí…mu…mu…cho…co…co…mo…mo…na…na…die.
Los dos eran
tartamudos.
—¿Y…y…si…trae
un…un…ca…ca…ballo, pin…pin…to pa…pa…para que…que…me…me…ha…ha…ga
el…el…mis…mis…mo, tra…tra…ba…jo…que…que…usted?
—Es que sa…sabe
se…se…seño…rita…que…cuan…cuando e…era más jo…jo…joven me…me…caí de…de… un
ca…ca…ballo, pa…pa…ra su…su con…con…suelo me…me…pa…pa…rece
que…que…la…la…qui…quiero.
—Yo…yo…yo
tam…tam…bién, lo…lo…lo…quiero.
Fueron conocidos
como “los amantes del baño”, porque cuando entraban no salían nunca.
Llevaba a la
esquina, la bolsa de residuos.
Alguien tiró una
piedra y quedé tirada al borde del camino. Venían algunos autos, rodé unos
metros, me detuve cuando llegué adentro de un pajonal.
Rocé mi cabeza y
noté que tenía una protuberancia con el formato de un huevo. Casi me desmayo,
todo me daba vueltas. Me tomé de una rama para ponerme de pie. Quedé colgada
ahí y tuve pesadillas. Soñé que me trepaban por la espalda, lombrices de la
tierra.
El huevo de mi
cabeza empezó a resquebrajarse. Emergió un pichón de colibrí. Eso me alivió y
descubrí que la madre pájara sacaba de mi espalda una lombriz chica y le daba
de comer en el piquito. Cuando hice los primeros pasos, me rodeaban colibríes colgando
de la nada. Levitaban cerca de mis ojos y metían sus picos dentro de mis
orejas, tal vez les gustaba el zapallo.
Volví a casa
acompañada de tanta sutileza, de tanta joya transparente. Cuando me senté a
desayunar me preguntaron:
—¿Cómo volvés
tan tarde y con tantos pájaros?
Mi Padre
contestó:
—Esta chica
siempre tuvo pajaritos en la cabeza, fíjate que se olvidó de tirar la bolsa de
residuos, ¿dónde pasó la noche?
—No le cuenten a
su Madre que salimos a comer con una Señora y ustedes…, me caso de nuevo.
Renuncié a mi trabajo, a comer arroz todos los días, a fumar y a tomar vino.
—Si Mamá se
enoja, enojada, te va a pegar una trompada o un cuchillazo.
—Es que me
gustan las dos, no sé con cuál quedarme.
—Elegí la señora
nueva, está sin estrenar, no como Mamá que está usada por vos y por tus amigos.
Mientras ella hace el arroz, aparece un amigo, se encierran en el dormitorio.
Según Mamá es para charlar. Y los demás hacen lo mismo mientras vos estás en la
oficina. Muchas veces se le quema el arroz. Lo da vuelta y dice: “hoy comemos
tarta de arroz”.
La otra Señora,
tenía una casa pequeña, con una pileta olímpica. Había caviar y palmitos en la
heladera y en el freezer helados de todos los gustos. Nos invitó a vivir con
ellos.
—Para mí es un
hada. —dijo uno de los chicos.
—Para mí es una
pileta olímpica. —dijo otro.
La Madre se fue
a vivir en comunidad con gente hiponga, mucho más jóvenes que ella. Engañó a
todos diciendo que era virgen. Por las noches paseaba los montes y se encargaba
de estrenarlos a todos.
Terminaron
pensando que la mujer era una atorranta encubierta, por el FBI.
El Proctólogo
encontró la punta de un hilo sisal.
—Afloje, le va a
tirar un poco, con esta pinza lo saco enseguida.
Pasaron tres
horas y el Proctólogo continuaba, era hilo sisal y no terminaba nunca.
—Señor ¿por qué
no fabrica ovillos? Tomaré un descanso.
El Paciente
sentía un gran alivio en todos los órganos del cuerpo. Lo que él pensaba exceso
de cerveza en su estómago, era hilo sisal. Con paciencia Zen, logró realizar
1500 ovillos. Los vendió en el mercado blanco a precios descomunales. Prestaba
un gran servicio, para desinfectar el interior del organismo.
Los amigos del
Paciente, sabían que lo que entraba por la boca, tarde o temprano, salía por el
culo. El Proctólogo recibió pacientes nuevos que le contaban cómo habían
procedido. Coincidían las cifras, 1500 y en el mercado blanco aplaudían.
Tuvo ganas de
hacer lo mismo. Y así lo hizo, pero sin introducirlo por la boca, juntó un
montonazo y lo entró en la zona anal. La suerte no estuvo de su lado y cuando
salió, resultó que el hilo salió todo junto.
Pasó un año
resolviendo los ovillos. Le hicieron un monumento “El ovillo más grande del
mundo”. Recibió el Premio Nobel, el Martín Fierro, Medallas de Oro del Ejército
Argentino.
Lo nombraron
Profesor de Proctología.
Nos casábamos a
la semana siguiente, Estaba preparada la Iglesia, las Invitaciones y comenzaron
a llegar los regalos. El vestido de boda de mi Abuela, que después fue de mi
Madre y ahora me miraba al espejo y todos elogiaban el parecido con mi Madre, sin
oropeles.
El día que
llegué a la Iglesia, mi Novio se retardó. Cuando después apareció, vislumbré
sus ojos indecisos. Estando frente al altar, el Sacerdote habló las clásicas
preguntas que se daban en ese momento. En cuanto llegó su respuesta, dijo un
“no” cerrado. Se retiró despacio y me saludaba con tristeza.
—Esto no termina
aquí, Elena…a lo mejor…
Y desapareció.
Entre el dolor y
la vergüenza, fui a vivir al campo de mis Padres. Ellos decidieron mudarse y yo
los acompañé. Seguí con mi fracaso a cuestas, estaba desolada. No podía
despertar de aquella pesadilla. Un mediodía me pidieron que fuera a llevar las
cartas de mi Madre, a sus amigas de la infancia.
—Señorita, aquí
hay un montón de correspondencia, ¿por qué no busca? Muchas fueron devueltas,
por no encontrar el domicilio.
Todas se
dirigían a nombre de mi familia. Una en particular me llamó la atención.
Llevaba una letra que reconocí enseguida: “Queridísima Elena: en tiempo de esta
ausencia, me dieron muchas ganas de verte. Te pido perdón y me arrodillo a tus
pies…etc. etc.”
Sentí como si
hubiera escrito aquel petimetre, por el que sufrí tanto. Un hombre de verdad,
se casó conmigo, tengo cinco hijos.
Por fin
comprendí que el matrimonio, es un algo totalmente prescindible, realizado por
la vieja cobardía de no saber vivir en soledad. Y la conclusión es que con mis
hijos me divierto mucho y con mi Marido me aburro demasiado.
Lo lamento por
las Tías Abuelas, que murieron hace un tiempo. Me dejaron su casita con dos
dormitorios y un living grande. Había ventanas donde el sol daba media vuelta y
después la vuelta entera. Había jardineras de madera, con geranios y malvones.
Un sauce llorón en el fondo y una hamaca con cadenas. Cuando era chica, las
Tías la instalaron para mí. Quedaba casi en el campo, todo un beneficio, no
tenía vecinos.
Llegué temprano
el primer día y limpié gozosa hasta el último rincón. Fui a dormir sin comer y
desvestirme y con las zapatillas puestas. Dormí en la cama de la Tía Juana, que
tenía olor a violetas y sábanas con almidón. No pasaban autos ni personas.
El silencio de
la noche hacía olvidar el estrépito de las capitales, donde viví mucho tiempo
en un departamento compartido. Me desvelo fácilmente. Desde hace unos instantes
oigo un ruido, pienso que se va a detener, pero no. Recorro las canillas para
ver si alguna pierde, pero no. Me atreví a subir a la bohardilla, estaba
encerado, impecable, como lo dejaron las Tías. No se escuchaban ratas ni
mosquitos silbadores. En un ataque de cobardía volví a la cama. Por la mañana
me desperté con la cara cubierta de aserrín. Abrí la ventana y descubrí la
proveniencia, era un bicho taladro trabajando. Le llené su agujero con veneno
F-100.
La noche
siguiente, algo me hizo abrir los ojos. Desde hace unos instantes oigo un ruido
que me asusta. Y al final eso no es vida. Vuelvo a la mugre de las Capitales,
donde todo hace ruido, si hay uno, no se nota.
—Mamá, ¿podemos
hacer un pocito aquí?
—Si les divierte
sí. Cuando entren se sacan las zapatillas.
El pocito ya
estaba. Palearon los tres, competían con la tierra que sacaban. Llegaron al
tamaño de una pileta media. Prendieron la manguera y cuando llegó al borde, se
tiraron a bañar. Emergieron, esperaron al más chico, tardaba en salir,
demasiado. Tardó tanto que los vecinos lo esperaron alrededor. Siempre hay
alguno que dice lo que piensa:
—Hace horas que
estamos y no pasa nada.
Todos se fueron
dándoles a los Padres un anticipo de pésame. Empezaron a cavar más hondo, toda
la noche. Tan profundo que después no podían salir. Olvidaron un pequeño
detalle. ¿Cómo iban a subir, si la tierra comenzó a desmoronarse sobre ellos?
Los hermanos llamaron una transcavator. Nadie se animó a decirles nada.
—Miren, nuestra
máquina se está hundiendo, el hoyo se agranda, es un agujero negro.
Lo hermanos
lloraban y se abrazaban. Por un costado del jardín apareció el que faltaba.
—¿Cómo saliste?
¿Cómo no avisaste? Te dábamos por muerto.
El chico miró el
hoyo. Lo habían cubierto de tierra y después lo apisonaron.
—¡Qué
desperdicio de trabajo! Les voy a avisar a nuestros Padres.
—No te molestes,
porque ya no están, murieron en el derrumbe.
—¿En serio están
muertos?
—Bien muertos,
no dieron señales de vida.
El más chico
dijo:
—Hay que pensar
en el sepelio y en este caso, no pagamos nada. Están enterrados, les plantamos
flores, para no levantar la perdiz y es una alegría tener mi cama, pared por
medio, bien cerca de mis Padres, como me gusta a mí.