Le dio pena que las vacas durmieran afuera, pensó usar el trianón como refugio, pero no. Eran muchas, formaban pilas hasta la cúpula y los vidrios se empañaban. Ahora que estaba solo, las hizo dormir en la casona. Aposentos sobraban, sanitarios, cocinas, escaleritas y escalinatas. Aquella noche durmió con un ternero guacho, hasta una bolsa de agua caliente le apoyó en el lomo.
Al día siguiente
lo despertó un olor a mierda irrespirable. Abrió los portales y las ventanas,
las vacas se asustaron como ajenas, se arrastraron a los bebederos y los rollos
de pastura. Eran vacas que tenían buena leche, todas lo saludaron con muchos
mumues. Limpió la casona con varias hidrolavadoras, sopleteó todo con alcohol
70%. Estrenó un perfume francés en aerosol, regalo de María, comprado con
dinero de Catalina Chanchorena. Dando los trámites por cumplidos, les construyó
una cabaña lejos de la casona. Cubrió el piso con heno mullido.
Las vacas,
agradecidas le dijeron mu mu, que en el lenguaje de las vacas, quiere decir
“muchas gracias”. Al ternero lo adoptó como hijo, rodeó su cuello una cinta de
terciopelo, con un diamante colgante. Le ponía pañalines para que durmiera con
él. Lo bautizó “Catalino”, en honor a su Tía.
A los 103 años,
Gerineldo expiró. Lo heredaron sus sobrinos, que en vez de cuidar las vacas, se
las comieron una por una. Al ternero también se lo comieron, el más joven de
los sobrinos, se atragantó con el diamante. Nadie lo pudo quitar y el sobrino
pasó a mejor vida.
Aparecieron las
mujeres de Gerineldo, que propusieron que la casona se transformara en un bulín
mistongo. Las mujeres les doblaban la
edad a los sobrinos. Con excelentes cirugías laser, volvieron a ser jóvenes.
Hicieron una fiesta negra para inaugurar el bulín mistongo. Se pusieron al día,
las jóvenes viejas. Los sobrinos dejaron su celibato y arremetieron con todas.
La casona se derrumbó con ellos adentro. Quedó todo lisito y un pesado olor a
sexo.
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