miércoles, 7 de octubre de 2015

EMPORIOS


       Cuando se conocieron pensaban diferente, Chaves decía que era pariente directo de Gath & Chaves, hubo un malentendido familiar y Gath se cortó solo.
       Era un negocio de varios pisos y vendían rubros diferentes en cada piso. Abarcaban desde diseños de indumentaria hasta tornillos. – Mis padres se hicieron tan ricos que si adquirían cualquier cosa ni preguntaban el precio. Fue un gran ejemplo en mi vida, no hay nada que me interese más que el dinero-. Le dio piedad, pero no sabía si era mitómano o soñador, hay gente que sueña en dólares y vive en una habitación con un anafe y un colchón. Casi todas las noches, o trasnoches, le tiraba piedritas a su ventana. Pérez le abría y lo veía con un aura tal de soledad que finalizaban en una charla con invitación a dormir. La noche de navidad del 63 Chaves le rogó que la pasaran juntos en un reducto de la vieja tienda. Gath la estaba  demoliendo, quedaba libre un tercer subsuelo donde no se  escuchaban cuetes ni fuegos artificiales.
      Los dos tenían en común detestar las navidades, los arbolitos, las luces de colores, el pan dulce y las bebidas. Pérez quedó asombrado con el lugar, sus dimensiones, mobiliario de los 50, teléfono blanco incluído (sin cable) y una lámpara con pantalla de tules oblicuos y flecos. Su amigo no mentía, allí la navidad no existía.
      Era hermético, una ex caja fuerte que la destrucción del edificio nunca encontró. Chaves preguntó solícito-¿Querés tomar algo?- Su amigo respondió –Para mí con un café y dos galletitas Express, estaría bien, si pudieras correr las cortinas sería perfecto-. Chaves le explicó que las cortinas eran virtuales, al igual que las ventanas dibujadas. –Pensá que es el único modo del aislamiento total-.
      Pérez sintió claustrofobia, sugirió un ventilador. De inmediato Chaves prendió un ventilador General Electric que giraba si-no-.
      Tomaban el café y mojaban las Express con el dedito meñique levantado, para parecer más finos.
     -¿Chaves, vos notás que el ventilador traslada aire, pero no renueva el oxígeno?-.
     -De eso se trata, Pérez, es un regalo de no navidad que te hago. Basta de cumplir horarios, de trabajar, de pagar impuestos, de casarse con novias, futuras histèricas, basta de cumplir años-.
      A esa altura de los acontecimientos, entrevió los ojos diabólicos de Chaves y entendió que uno no termina nunca de conocer a las personas. No supo si se desmayó o se durmió.
      Agradeció a dios, aunque él no era creyente, el sonido de la máquina amarilla que incrustó un diente en un ojo de Chaves y abrió la caja fuerte.

      Vió el cielo, se atragantó de aire puro, mientras Chaves preguntaba si no le podía ayudar a encontrar su ojo.

lunes, 5 de octubre de 2015

CANDELAS

No la conocí cuando escuché su voz ronca, que me nombró con un -¿Cómo estás negra? ¿Sabés quien soy?-. Miré sus ojos, las pecas y esa sonrisa todo el tiempo, nunca entendí cómo no le dolían las comisuras. La construyeron así, con una sonrisa, nunca estaba seria, ni hablando lo más terrible ocultaba la amabilidad de sus dientes. Había algo diferente en su cara, le faltaba la fuerza de su nariz judía. Se la hizo cortar y quedó como Aquiles sin talón. -¿Porqué hiciste eso, Fermina? ¿Quisiste anular tu identidad?-. Recordé que era bajita, pero sus plataformas modificaron su postura. Se casó con un goy, por eso la familia la discriminó, él no la defendió, se divorció. Su capacidad e inteligencia hizo que se recibiera en tiempo record de médica, su compañero actual vivía en Jerusalén. Los dos pertenecían a Médicos Sin Fronteras, ella era especialista en reconstrucción de tejidos y el compañero cirujano de lo que fuese. Trabajaban haciendo lo que los hombres deshacían. –Vivimos muy cerca de Palestina. No se puede tener descanso. Adoptamos tres críos con dificultades motrices, es obvio que viven en un kibutz. Tiempo, nos falta tiempo. Pero los vemos y a veces dormimos dos o tres días con ellos, son tan buenos, comprenden todo. Si los vieras, no tengo fotos, por precaución, creo que sos la primer persona que conoce la historia de estos años-. Habla Fermina, la dejo, se lo merece y más y todo. – Tenía un poco arruinado el mate, mi compañero sugirió que viniera un mes a mi tierra, ver mi familia, la única amiga, que sos vos y hace dos horas que estamos juntas. 
– Estoy en una ONG de Formosa, pero no tengo tu capacidad laboral, además acá viste cómo es, en vez de abrir puertas, cierran, tapan y ningún puto gobernante ayuda-. 
Se quedó a dormir Fermina, al tercer día empezaron mensajes extraños al teléfono, a los celulares, la maldita compu hackeada, la pura amenaza en argentino, idish, alemán y yanquis (los que más jodían).
      Cuando paseábamos por lugares diferentes notamos que nos seguían, algún auto, algún tipo disfrazado de deportista.

      Nos despedimos, las dos sabíamos que el triunfo de la identidad sobre la fuerza, produciría otro encuentro en un año o en cinco.

domingo, 4 de octubre de 2015

EMPRENDIMIENTOS INMOBILIARIOS


      Dormían plácidos, eran las once de la mañana, no se levantarían antes del mediodía. El sueño del domingo era la venganza de la semana del trabajo madrugador y cotidiano. Interrumpió el descanso un timbre, dos, tres, la vecina que tocaba el portero eléctrico con voz angustiada les pidió que bajaran de inmediato, algo terrible sucedía y se avecinaba algo peor. Él con sueño preguntó si había tiempo de vestirse, los dos estaban desnudos. –No, no hay tiempo, bajen por las escaleras, tomar el ascensor es un peligro-. Ellos tenían un año de casados y les preocupaba que lo otros advirtieran su pobreza, vivían en un departamento heredado, lujoso y austero.
      Ella misma cosía sus vestidos y los vaqueros de su marido con la marquilla incluida, en un costado, parecían recién comprados. Los sweters también los tejía la esposa, con diseños singulares que despertaban curiosidad -¿Dónde compraste esa belleza?-. Y ella contestaba sin darle importancia, -Creo que fue mi madre, lo trajo de EE UU o de algún viaje de esos que hacen ellos...-.
      El único gasto suntuario que hacían era zapatos y zapatillas. Su religión era la apariencia.
      Notaron que los cuadros se torcían y los caireles de una araña cliqueaban. Ella se cubrió con una bata hecha andrajos que perteneció a su madre y él, la musculosa con agujeros y una zunga fucsia, recuerdo de su luna de miel en Las Toninas.
      Abajo esperaban los vecinos que dejaron de temblar ante la parejita absurda. Una señora generosa dijo –Qué cosa a los jóvenes cualquier cosa les queda bien-.
      Comenzó un nuevo temblor, el edificio se derrumbó sobre sí mismo. Pasado el estupor que pone a la gente más estúpida de lo que ya es, tomaron conciencia que nadie avisó al portero y la portera del edificio.

      La única vecina religiosa practicante atenuó la culpa colectiva diciendo que él se acostaba borracho y ella, los domingos, tomaba cuatro tiras de rivotriles, para soportar los golpes que se daban mutuamente.

viernes, 2 de octubre de 2015

SIETE TORRECITAS


      Mi tía abuela Ema jamás pudo olvidar que pisé con bosta el extremo volante de su sayo verde malva. Cada visita que hacíamos miraba en el espejo de sus ojos aquella mancha imperdonable.
      Adoraba los caballos, montaba con su sayo verde al viento, se pensaba los cuatro jinetes del Apocalipsis en una sola persona, ella misma.
      Le gustaba la longevidad de toda su familia y sentía orgullo de la suya. Siempre estaba a punto de morir, pero no sucedía. Sus seres queridos lloraron tantas veces sus falsas agonías que cuando dios por fin se acordó de llevarla, a nadie le cayó una gota de los ojos. Sólo uno de sus sobrinos preferidos rompió todos los muebles de la cocina, cuidando que fueran los de fórmica. Raro su dolor y extraño el testamento.
      El piso de Buenos Aires, Chacabuco 584 quedó para mi tío, la casa de Chascomús, Quintana 78 también fue  heredada por mi tío. Las seis mil hectáreas del campo se dividieron entre papá y mi tío.
      Yo amaba sus piedras color cielo y mar, esas quedaron en los bolsillos de vaya a saber quién, el día del velatorio.
A mí me dejó su sayo verde malva con la mancha color verde bosta en el extremo.
      Quedó la casa de Montevideo, que donó a la iglesia para ganarse el cielo. Durante unas vacaciones acompañé a mi abuela a ver la casa de las siete torrecitas.
      Ella era una santa que acompañó a su hermana vanidosa hasta su muerte. Tembló de espanto al ver transformada la casa de su infancia en un prostíbulo VIP que los curas vendieron a un empresario ignoto.
      Mi abuela no tenía consuelo, la abracé fuerte.

      Advertí que aquella mujer permanecía en mi memoria, como la más alta de la familia. En mis brazos era bajita como una niña con frío. La invité a comer el típico chivito uruguayo. Estaba tan contenta que luego del vino confesó que su hermana Ema tenía maldad pos mortem, confundir un cura con una puta, era un colmo y le pareció perfecto que yo pisara su sayo verde malva con bosta de su propio caballo. Fuimos caminando de la mano hasta llegar al río. 
Nos metimos vestidas para que se nos fuera el jet-wine que tuvimos ambas.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

EL GRITO II

Miraba el techo desde una cama de hospital oxidada, no tenía sábanas, sólo un colchón con algunos resortes que en ocasiones lastimaban sus pies. Alguna enfermera piadosa le cortaba el pelo. Se adivinaba que era una mujer o tal vez un hombre. Los vidrios rotos le daban frío en invierno, no tenía noción del tiempo, ignoraba si el médico venía cada quince días o cada dos meses. -¿Cómo andamos Estelita? ¿Mejor? Más o menos ¿Peor?-. Ella embutía su cara en el colchón, lo detestaba. Era un psiquiatra que tenía cara de loco, por convivir con tanto piojoso olvidado por su familia. 
En las otras camas no quedaba nadie.
 La enfermera aparecía con un caldo sucio y la medicación, ni la miraba, metía las pastillas en los agujeros del colchón. Pensaba dibujos con las manchas de la humedad de las paredes. La visitaron por vez primera dos tías viejas vestidas de negro. Le dieron miedo, sus miradas inquisidoras hacían pensar en una muerte cercana. Las dos se sentaron y preguntaban algo acerca de un escribano o papel higiénico o papeles. Se levantó en camisón y corrió pasillos, atravesó patios y saltó las verjas dobladas por sus antiguos compañeros. Estela, flaca como palo de escoba, ganó la calle, escuchó el silbato del tren y lamentó no poder contestarle. Su garganta no le permitía otra cosa que llenarse de vidrios rotos que le cortaron la voz. Descubrió casas y pensó casa, casita, rancho, palacio. Escuchó voces de sus tías octogenarias, venían lejos pero la seguían. Papá palacio, rancho abuelo. Le dolió el pecho, otras voces dieron el consentimiento, firmó mamá, firmó papá. Tienes lápiz lapicera ¿tienes alguien que te quiera? Dos cuervos negros casi la tocan. 
El atardecer amarillo, el rayo verde.

      A Estela se le partió la cabeza, pensó unirla. Fue repentino, abrió la boca. No vio el precipicio, gritó ancho, largo, alto, fuerte, hondo.

martes, 29 de septiembre de 2015

EL GRITO


      Caminaba no sabía bien por dónde. Tenía la camisa con botones arrancados hasta la cintura, Raquel lo había echado de la casa, con gritos feroces y reproches mendaces. Los chicos dormían, eran cotidianas las noches así, ellos tomaban las repuestas murmuradas de Saulo y los últimos acordes de la guitarra, antes de pegar los párpados. –Esto es definitivo-, explicaba Pino, el hermano grande apretaba la guitarra que su padre le regaló a los doce. –Vos no tocás ni la mitad de papi, pero esta noche sí, por favor, esta noche sí ¿lo vamos a ver algún día?, mentime que sí, mentime, soy tonto, ya sé, pero lo necesito.
        Dos amigos lo seguían de lejos, estaban asustados, Saulo corría y se detenía, eran tan inciertos sus pasos.
-¿A vos te parece borracho?-. Fermín le contestó entre seguro e indignado –Jamás tomó una gota, es abstemio, Raquel es la culpable, nunca quiso que tocara cuando lo echaron del antro donde deslizaba su música, seguía en su casa, los chicos lo escuchaban extasiados. -¿Sabés lo que hizo la perra? Le cortó las cuerdas, lo saturó de improperios, por no tener dinero-. Era cierto, Saulo jamás tuvo un céntimo, llegó a Barcelona y fue admirado, aplaudido y premiado.
      Distribuía lo que ganaba entre amigos músicos que vivían en condiciones infrahumanas. También le mandaba a Raquel. Él apenas comía, sus amigos le hacían un lugar para dormir gratis. Saulo agradecía con partituras de regalo. Mandó construir una casa en Buenos Aires para su mujer y sus hijos.
      Barcelona no le parecía un lugar sano donde la familia lo tomara como lugar de pertenencia. Regresó sin plata, sólo una guitarra para Pino que amaba la música.
      Las últimas palabras de Raquel fueron –Ya que te inspira el cielo, por considerar la tierra un lugar inhóspito, andate y no vuelvas, que no se hable más-.
      Por suerte Saulo tenía la virtud de comprender la música como una casa donde el sonido viaja.

      Tranquilizó su caminata. Los amigos se mantuvieron lejos, con los ojos atentos. Sobrevino una paz que Saulo esparcía, la baranda del puente sobre el arroyo Kakamadera, los edificios tapando la pobreza, abrió su boca enorme para emitir el sonido del mundo derruído, se tomó la cabeza y quiso gritar aquel grito que nunca fue. 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Y LA LUZ SE HIZO


      No sabía si fue su relación más amada. El tiempo trajo otras con ángulos encantadores, diferentes, amables u odiosos. No es fácil recordar lo sucedido treinta o cuarenta años atrás, son madejas que se enredan, los sueños colaboran con los nudos, auxilian pero no desentrañan.
      Hace tres días ella mandó un mail proponiendo un encuentro en un bar de Buenos Aires, tan derruido como sus antiguas miradas diarias bajo distintas luces, en mesas separadas. Él jugaba al ajedrez, ella leía. Cruzaban sus ojos cada día con más intensidad, pero siempre esquivos, había puentes difíciles de cruzar. Cuando ella se levantaba él entornaba el mirar en sus caderas, con más fuego que vergüenza y ella sentía su calor incrustado, hasta el amanecer. Había días opuestos, él escuchaba arpegios de ojos húmedos y guardaba sus ganas por miedo a perder esos cables inexistentes, que los dos disfrutaban en lejanos silencios de algún día.
      Él no pudo ocultar el desafío, la vejez de ella inundada de pliegues desconocidos, ojos opacos, pelo blanco, cuerpo enjuto, andar cansino.
      Un beso que apenas rozó sus mejillas. Ella no ocultaba, aceptaba. Tenía un hablar joven, preguntas oportunas, reflexiones esperanzadas y confesiones, tributos a lo vivido de una memoria repartida entre corazón y cuerpo.
      Un cuello blanco prístino y antiguo bailaba en su garganta, donde él reposó sus ojos, tomó cuenta de lo que sabía sin saber.
      Ella fue la más amada, lamentó aquel olvido.

      Olas altas y oscuras cubrieron el nudo de luz que le tomó las manos con la dulzura de aquel amor furtivo.

LAS PALABRAS

      Hace quince años andaba sola por el monte, no tenía miedo de las culebras, las arañuelas ni del misterio del rancho lejano, levitando sobre una alfombra de pastos dormidos.
      Cuando se inundaron las tres parcelas donde vivíamos, mis hermanos y mis padres guardaban la esperanza que las aguas bajaran. La lluvia no cesó durante seis meses, estábamos verdes de tomar mate el día entero, un modo de combatir la angustia, junto a las comidas ingeniosas de mi madre. Las provisiones disminuían.
      Pucheros, sopas, carne, leche, debido al corte eléctrico definitivo, la heladera no prolongaba las comidas, que con todo dolor, debíamos tirar a los chanchos apostados en la galería.
      Los vientos, suaves hasta aquel momento, soplaron vertiginosos. El agua llegó al piso de la cocina, mis hermanos construyeron botes con los postigones de las ventanas. Remamos todos con varillas de alambrado y llegamos al asfalto. Pensé que debíamos pasar por el rancho misterioso. Mi hermano, el más grande le dijo a mi padre “Siempre que llovió paró”. Mi viejo contestó “Callate boludo”.
      No era momento sugerir lo del rancho y mi deseo. Un señor muy gaucho, vestido de gaucho, nos llevó hasta el pueblo. Trabó con mis padres una amistad cálida y duradera.
      Comencé mis estudios en el pueblo y luego de quince años volví a las tres parcelas. Mi hermano menor corrió para saludarme con un abrazazo que sólo un hermano puede dar. Mi otro hermano, el de “Siempre que llovió paró”, casi me parte. Eran dos tipazos, mis loquitos queridos.
       Al atardecer salí al monte, llena de miedo. Había más árboles que antes, muchos. Lo dispuso mi padre, decía que sin árboles en diez años íbamos a respirar mierda.
      Logré divisar el rancho aquel, seguía levitando. Caminé en esa dirección. Llegué muerta de frío. En la puerta, sentado en su silla desvencijada, un viejito de pelo largo, como flecos glisados, tomaba mate mirando el aire.
      “¡Buenas y santas! Me llamo Pepa y vengo a saludarlo de cerca, siempre lo vi de lejos...” “Sea bienvenida hija, lo de buenas se lo acecto, pero lo de santas me cae mal. Mire lo que son las cosas, yo siempre vi de lejos a todos los cristianos, pero verlos de cerca, ni se me ha cruzao por la cabeza.” Y el anciano me trajo un banquito y un poncho. “Cae el sereno mija, pongasé ésto y tomemo unos mates calientito.” Le agradecí y nos quedamos los dos, mirando el aire.

      Aprendí algo del anciano inefable, las palabras ensucian el aire, lo pasamos fenómeno tomando mate sin hablar.

domingo, 6 de septiembre de 2015

PERDONAME QUE TE PERDONE

Tenía algo de fiebre y bronquitis. Caminé hasta la única casa de videos del pueblo, los pasillos angostos y los cientos de películas que llegaban al techo, clase Z.
       Algo humanista, o cine de autor, era una misión que llevaba tiempo. Había un anexo de juguetes y llaveros de superhéroes. Una casi adolescente buscaba videos y daba golpes con su bolso sobre mi espalda o mis brazos. No era intencional, pero sí molesto.
      Encontré por fin dos películas, una rusa de Nikita Mijailkov, se llama “Doce” y otra “La elegancia del erizo” francesa, imperdonable, no recuerdo su directora, creo que era mujer.
      Por fin llegué a la caja, la casi adolescente buscaba con avidez llaveros con la imagen de “Linterna verde”, “Aquaman”, “El hombre elástico” y “Spiderman” –Me gustan todos no sé con cual quedarme, mostrame ése.- Le pedía al chico de la caja. –O mejor ese otro ¿puede ser el que está debajo de todo?, te la hago corta, me llevo todos, son mis superhéroes de cuando era chica-. El cajero quitaba los precios con uñas ausentes. Harta, le sugerí dejarle los precios, para que sus amigos advirtieran cuánto había gastado.
-No ¿porqué? Son todos para mí. Los quiero en bolsitas de regalo, me encanta sorprenderme con obsequios para mí misma-. Casi olvidó la peli que alquilaba, “Hierro III” una obra maestra japonesa. Me miró y dijo que era la tercera vez que la veía y siempre le encontraba algo nuevo. Pagó, se disculpó por el atropello.
 -¿Sabés lo que me sucede? Soy una niña de corazón y una vieja de la cabeza-. Salió del negocio. La casi adolescente se llevó el calor.
      Me bajó la fiebre y me levantó el deseo de vivir. 

domingo, 23 de agosto de 2015

CARLONCHO, 7 Y 53


      El dueño del bar lo tuvo de cliente consumidor de Ferroquina Bislery, Ginebra Llave y limón. Pasaba horas mirando la barra de punta a punta. Imaginaba la vida de  cada uno de los asistentes.
Le remataron la casa. Decidió como lugar definitivo el bar, cuando cerraban, el dueño ponía cartones superpuestos para comodidad del excliente. Una mañana fría y húmeda amaneció con un enorme perro acostado a su lado. Le puso Carloncho, de nombre. De día, sentados en el umbral del bar, tomaban sol con ojos entornados. Las gentes saludaban a los dos, llegaron a formar parte del paisaje urbano.
      El día que el bar cambió de dueño, el nuevo instaló en el lugar un cartel inmenso, que decía “Carloncho coffee”, coincidió con la muerte del hombre de la esquina, el amigo del perro que aulló durante varios días la desaparición de su dueño. A la semana, un chico de unos doce años, durmió una noche de lluvia con Carloncho, un indigente que ponía su sombrero boca arriba, para quien le arrojara monedas, le apoyó dos piedras en las alas del sombrero por si el viento y por las gentes que lo pateaban, sin querer. Una noche de tormenta, el niño se llenó de fiebre y le salía sangre de la boca. Fue llevado al hospital, el perro seguía la ambulancia y esperó en la escalinata. No se pudo hacer nada, la tuberculosis fue su vehículo al cielo, Carloncho vio cómo salían los médicos que atendieron a su joven amigo. Uno de ellos le dio la noticia, era un médico políglota, que hablaba el lenguaje de los perros. Carloncho volvió solo y desdichado a su esquina, los mozos lo convidaron con leche y un latón con tres sánguches de miga. Él aceptó que le acaricien la cabeza, por educación, pero no comió durante una semana, dormía abrazado al sombrero. “¿Y las piedras?” Vaya uno a saber lo que hace un perro con dos piedras.
      Carloncho tomó la diagonal como perro huérfano, flaco como un hilo.
      Cuando vio la tumba de su último amigo, se tiró largo a largo sobre la tierra. No sin antes depositar el sombrero, las dos piedras y rezar un perronuestro y dos perromarías.
      Al volver a su casa, el mozo de la esquina le puso un collar de “Yo, tengo dueño”.

      Llegó la hora del final de la jornada. El mozo lo invitó a vivir en su casa. Carloncho, por educación, dijo gracias, pero no se quedó, se fue a su casa y pensó que tener amigos muertos tan pronto, era demasiado sufrimiento. Esa noche durmió solo, soñó con los dos, el viejo y el niño. Lo seguían por jardines de árboles donde sombreros y piedras lo hacían tropezar a cada rato.

jueves, 6 de agosto de 2015

CASI HERMANAS

      Charo fue la primera persona que conocí cuando entré a la facultad. La recuerdo en la puerta del taller, con un vestido azul marino del tono de sus ojos y un collar de piedras turquesas, mínimas, que se enrollaban en un pelo largo color trigo. Nos hicimos amigas entrañables.
      Era plena época de vaqueros, zapatillas sucias, amor y paz. Casarse se consideraba una claudicación imperdonable.
      Tuvimos un ayudante antipático que moría por Charo y siguió muriendo hasta que nos recibimos. Se notaba una mirada derrotada cuando ella lo saludó por última vez. Me dio piedad el pobre tipo y la alenté para que le diera bolilla. Sonreía con un dejo perverso cuando descubría que el tipo desfallecía ante su cuerpo exultante.
      Mientras yo noviaba a diestra y siniestra, Charo no quería saber nada con nadie. Nunca entendí su carencia de libido, que contrastaba con una seducción permanente hacia todos sus potenciales candidatos.
       Seguimos nuestra amistad ancha y lujosa, como ella decía. Durante la dictadura militar nuestros respectivos padres, con muy buen tino, nos expatriaron. Charo vivía en Italia y yo en Venezuela. Mientras desaparecían amigos, profesores, parientes, nos escribíamos cartas dueladas de lágrimas y odio. Treinta mil, grabados para siempre en la memoria colectiva, claro, cuando había memoria y colectivos.
      Ninguna de nosotras quiso retornar a Argentina, más aun cuando el punto final, obediencia debida que mandaron a un inmenso pozo de olvido. Nos encontramos en Brasil. En el aeropuerto, durante la espera, el corazón me latía tan fuerte que la gente se preguntaba de dónde venía ese sonido.
      Yo estaba con mi compañero de toda la vida que trataba de contener mi ansiedad ansiosa.

       No cesó hasta que la vi, Charo con alguien que la llevaba del hombro: el ayudante antipático que moría por Charo.

domingo, 2 de agosto de 2015

CONTALE, CONTALE

      Entró a la sala de espera. Los lunes son días nefastos para los psicoanalistas. Cada paciente cuenta sus miserias y a la hora de pagar, sus miserias lloran mostrando billeteras vacías.
      Se repatingó en un sillón. Apareció una vieja operada o una joven gastada. Dijo buenas tardes y eligió la silla más incómoda que encontró, tenía golpes notables en la cara y una ceja partida al medio con sutura de hospital. En las salas de espera de los psi no se entablan conversaciones. Es correcto que así sea, para charlar hay bares, plazas. Sin querer y de aburrido preguntó a la mujer, cómo fue el accidente. Ella con voz cansina respondió que era un tema para hablar con su analista.
       Mi querida señora, hace veinticinco años que vengo, esto va para largo, no debemos exasperarnos, cuénteme nomás, la escucho. Todos empiezan igual, se lo garantizo yo que pasé por cinco analistas en un cuarto de siglo. La puedo ayudar. La mujer aceptó su oferta y expuso su desgracia, fue castigada por su padre, su madre, su marido y sus propios hijos. Una vecina buena y católica, esto último era un defecto de la vecina, al fin y al cabo, todos tenemos algún defecto, le dio la dirección del profesional que la rescataría de aquel desastre. Él hacía intervenciones atinentes y el calor de su contención apaciguó su dolor. La mujer sonrió por vez primera, se levantó de la silla, dijo gracias y se fue.
      Pasaron años, ninguno supo cuántos, era un detalle sin importancia para ambos.
      Ella lo reconoció de inmediato, se mostró agradecida por aquel episodio. Le pareció raro encontrar al hombre dentro de un consultorio vacío y preguntó porqué estaba allí. Él carraspeó y luego le dio tos, usó ese tiempo para elegir palabras que no angustiaran a la mujer.
      Él era el psicólogo que debió atenderla, aprovechó el sol que entraba en la sala de espera y allí se había producido la entrevista.
      Ella enfureció, dijo que no se jugaba con personas que sufren, lo tildó de estafador, irreverente, falto de respeto, gordo chanta mal nacido, le pegó una bofetada y desapareció.

      El psicólogo mirando un retrato de Freud, su único interlocutor válido, le pidió perdón y gritó que los que castigaron a aquella mujer fue porque lo merecía. Salió de su letargo y la corrió una cuadra para darle un puntapié en el culo.

sábado, 25 de julio de 2015

IMPRONTAS INVISIBLES


      No hacía críticas a mi madre con terceros. De mi padre no se me hubiese ocurrido, no había nada que criticar, era perfecto. Nunca hablé de mi madre con nadie, a excepción de mi analista que le encanta, como a todos los analistas, preguntar: -¿Y qué tal Mami?-.
      Con mis hermanos la veíamos con un pañuelo rojo que envolvía su cabeza. Lo acomodaba de un modo parecido a la cresta de un gallo. Sabíamos lo que se venía y temblábamos.
      Era el día que no iba la muchacha, que según mami, limpiaba mal, como todas. Mami lustraba bajo muebles, sobre muebles, sobre sanitarios, en especial los techos de la casa chorizo, era una luchadora empedernida. Abría la escalera de pintor y pasaba un trapo empapado a los techos, con un olor que todos memorizamos en la nariz, pero ninguno de nosotros sabe qué era. Rasqueteaba los pisos y le daba dos manos de cera suiza. Luego nos ponía a todos en fila a lustrar con franelas, la ultima etapa. Todo lo hacía con disgusto y bajaba nuestra autoestima con reproches a cada uno, sobre todo a mí que era burra, sucia, haragana, no levantaba un papel del suelo, buena para nada, etcétera, etc.
      Era cierto, pero una madre de verdad no dice esas cosas. La denostación continua terminó por convencerme que era todo lo que mami aseveraba.
      Durante el resto de mi vida quedó una impronta que me dejó enclenque, buscando afecto en cualquier parte.
       Luego de cincuenta y ocho años encontré en el altillo el pañuelo rojo de la limpieza.
        Usé un espejo para enrollar mi cabeza.

        La vecina daba de comer a sus gallinas, los vidrios sucios dejaron pasar la imagen de un gallo, de cresta roja. Mami nunca me dio un beso.

miércoles, 8 de julio de 2015

SOMOS MUCHO MÁS QUE UNO

Era tan alto que sacó todas las puertas y decidió hacer arcadas en las aberturas, para trasladarse de una habitación a otra, sin bajar la cabeza.
      El problema que pensó solucionado, le permitió caminar erguido. Sus cervicales descansaron. Brígido Arribas desayunaba vino, almorzaba vino, tomaba vino tibio a la hora del té. Su andar errático al pasar las arcadas, le producía sendos chichones azules, que casi tocaban el cielo. Se vestía con túnicas largas, porque trajes para su altura no existían. Detalle que no le importaba, nunca salía de la casa. Su alimentación fue la herencia que le dejó su padre, una bodega de vinos exóticos que Brígido Arribas degustaba el día entero. Cuando el mundo producía círculos a su alrededor, caía sobre cuatro colchones, dispuestos uno a continuación del otro.
      Sus vecinos, problemáticos como todos los vecinos, juntaron firmas por que los ronquidos de Brígido Arribas,
les impedían dormir. Llamaban a su puerta en vano, porque él no tenía interés en escuchar bípedos enanos, reprochando sus sonidos nocturnos, que para Brígido Arribas, eran sinfonías de alguien tan talentoso como él mismo.
      Había un dejo de aburrimiento en su vida de ermitaño.
      Por la raja de la puerta vislumbró una mujer calada de lluvia y frío. La piedad le hizo abrir la puerta e invitó a la mujer a protegerse en su ermita. Le ofreció vino caliente con canela, aceptó gustosa, su nombre era Rita Banaperder.
      Una dama encantadora que le sugería que el dios Eros existía. Durmieron juntos con todo respeto.
      Rita Banaperder fue la primera en despertar, preparó un mate de vino y le cebó a Brígido Arribas, que por vez primera se sintió bien atendido, el mate no quemaba y la mujer sonreía.
      Hablaron de cosas interesantes, como: lo que mata es la humedad, cuándo dejará de llover, la ropa no se seca más y la libertad de los gatos para andar los techos.
      Brígido Arribas encontró que la mujer era culta y distinguida, como sabia acostumbrada.
      Al cabo del día estaban totalmente beodos.
      Ella pidió conocer la bodega. Brígido Arribas propuso dormir en dicho lugar, mientras Rita Banaperder saltaba y brincaba por la idea.
      Hacía frío en la bodega, él ofreció dormir sobre el piso y que ella tomara como colchón su cuerpo. Ignorando lo que hacían, hicieron.
      Brígido Arribas le ofreció casamiento, ella contestó que eso era una antigüedad y una cobardía.
      Fueron felices hasta que sus páncreas estallaron.

      Antes de morir se tomaron una copita de Licor de Las Hermanas. Los vecinos extrañaron las sinfonías de ronquidos y tenían insomnio con culpa, mucha culpa, muchísima.            

sábado, 4 de julio de 2015

GAJOS DE OFICIO

      De día no se me ocurre nada, le doy de comer al gato, miro qué pájaros hay en el jardín, si crecieron los tomates, los cebollines y el orégano. Es mi alimento básico. Tomo un café negro y fumo un pucho rubio. El cuento que terminé anoche me pareció genial y dormí contento. Ahora lo releo, es un mamarracho, tiene faltas de ortografía, tachaduras mil. Parece un tobogán. El principio es inquietante, en la mitad se corta el hilo y lo recupero con un final pura verdura.
       Se hizo de noche. Hay un material que me gustaría desarrollar para un cuento nuevo. Comienzo con alguna dificultad, luego el personaje me atrapa y es quien decide lo que viene, el tipo es un escritor que duerme de día y escribe de noche.
       Fue premiado en incontables concursos locales e internacionales, se pagaba los viajes para asistir a recibir sus premios. Casi siempre eran estatuillas de yeso pintado, lapiceras sin tinta, escuditos. Él pensaba que los premios eran un bodrio. Un día decidió no presentarse más a ningún concurso, para gente chata ya se tenía a sí mismo. Bueno el cuento, muy bueno.
      Me transformé en escritor y escribía casi doce horas por día. Dejé el baño diario, me hacía perder tiempo. Eran notables mis uñas largas y negras, el alicate lleva su tiempo. Tiré al basurín el peine, para que los pelos se me pararan y oxigenaran mi cerebro.

      Visité una editorial prestigiosa. Las secretarias, asustadas, llamaron al editor. Me miró de arriba abajo y dijo que me fuera a bañar. En el camino se me ocurrió un cuento, se trata de un editor prestigioso con cara de pit-bull, un viejo puto, bah...

viernes, 26 de junio de 2015

SIN PAN, SIN TODO

      -Traje la mitad de verdura que acostumbro. No me alcanzó la guita. Te lo juro. Cualquier banana pasada cuesta como un pulóver de angora, traído de Angora-.
Él tomaba mate y leía el diario. Sin mirarla –sentáte alguna vez y leé el diario, así entendés y no te preocupás más por los tomates, los precios se duplican, triplican, cuadriplican y no sigo porque me cansa.
      Qué tipo éste, los diarios son como las revistas Boba y se publican para que la gente, tenga con qué limpiarse el trasero.
      El marido, con gestos leoninos, dijo que esperaba que se fueran los que roban, los que dicen que vivimos fenómeno gracias a ellos, los chorros de nuestros ingresos. Tengamos esperanza, que en el lenguaje actual significa  esperá sentado.
      Cuando lo escucho mientras pelo cebollas, aprovecho para llorar y me retrotraigo a nuestros primeros años de casados, me llevaba el desayuno a la cama, nos dábamos besitos y decía él, “contigo pan y cebolla”.
      No le pagan la indemnización por despido y la plata de la venta del auto no la vimos nunca. Nos hartamos de comer pan y cebolla. Igual se terminó hasta eso. Nos acostamos abrazados cucharita, le propuse una noche de luna de miel.

      Fue sincero, dijo a mi oído que toda esta horfandad le producía estrés fálico. –Si querés hay miel en la cocina y luna en el jardín-, dijo. El tarro de miel estaba vacío. Mientras le pasaba la lengua al tarro, afuera llovía, luna no había.

EL EFEBIESCO

      Me molesta que por estar unos días juntos, se sientan con derecho a preguntar mi nombre, mi apellido, qué tareas desempeño, hacia dónde me dirijo. Parecen del f.b.i. y visten como ellos, igual que en las películas. Pasé por algo terrible, fui al baño de a bordo y entraron los efebiescos.
      Me violaron y no dije nada. Uno de los efebiescos  resultó ser un amante excelente, tanto tiempo encerrados, un record. Su compañero desapareció entre el gentío. El mío se quedó en postura de descanso, cuando vio a su compañero, armaron una escena de pugilato, donde ambos, ya cadáveres, flotaban en la pileta con sobretodo y sombrero.
      Viajé el resto del tiempo con náuseas, tan persistentes que nadie se acercó más.
       Me hice un test de embarazo y dio positivo. Todos se pusieron contentos en el barco por la buena nueva. Nadie pensó en mí, ni siquiera el efebiesco. Pedí una entrevista con el Capitán, le conté todo como a un sacerdote se le acude en desesperación. Con la pipa apagada en la mano dijo que tenía dos opciones: legrado o lo que yo quisiera.
      Al llegar al puerto el Capitán dejó a un subalterno y me llevó hasta la granja. Le gustó tanto que preguntó si podía pasar a saludarme el año que viene.

      Ahora me hamaco en el jardín y tengo la panza en mis manos, veo en el horizonte un tipo con uniforme blanco y gorra marina. Tuve dos opciones: espejismo o Capitán, ganó la segunda.       

¿QUIÉN SON?

      Cesáreo era peón de campo, huérfano y casi no había escuchado voces humanas.
      Sus parientes más cercanos eran sus dos perros. Parece que venía gente de Buenos Aires y necesitaban la casa limpia y el césped prolijo. Hacía veinte años que nadie visitaba el lugar.
       Igual, Cesáreo, dejaba la casa como en espejos y el jardín florido rodeaba un predio de césped inglés, que siguió siendo inglés.
       Cesáreo se puso el traje del último mayordomo.
       Arribó un auto largo y negro, descendieron dos personas, con trajes oscuros y unas valijitas chatitas negras.
        Cesáreo les mató el punto a todos, camisa a rayitas blanco y negro, un moño de charol y un jaquet raído.
        Parecía invisible, nadie lo miraba, se trasladaban por la casa de a dos o tres. Él estaba asombrado de las valijitas abiertas echando luces sobre las caras de los asistentes. Incansables con su trabajo, para resistir tomaban sobrecitos de azúcar molida. Le pidieron a Cesáreo, una pajita de la cocina. No encontró, les llevó la bombilla del mate, la pava caliente y la yerba. Vio cómo el más gordo desenroscaba la punta de la bombilla, se la metió en la nariz y tragó aire. Cesáreo escuchó con su tísico oído de campo: - Lo llevamos a éste, nadie lo conoce, no tiene familia, dos perros, que por suerte no hablan. Lo dormimos, tengo lo necesario. Bueno nos vemos mañana-.
      Cesáreo se preparó de inmediato, cuando se apagó la última luz, reptó hasta el auto largo, quitó el combustible desde abajo. Con una manguera llenó un bidón y lo hizo llover a lo largo del auto negro. Cesáreo prendió la mecha y rodó sobre sí mismo por un barranco.
     A la explosión le siguieron otros explosivos que llevaban dentro del auto, los raros.

     Luego del humo no quedó ni la gente ni la casa. Don Cesáreo heredó el campo, de tres leguas de lado. No se asombró, se puso el mameluco de trabajo. Las valijitas negras fueron lo único intacto y Cesáreo las mató con una viga de mármol. Sangraban negro.

sábado, 6 de junio de 2015

LA ROSITA

      Estrella se levanta a las cuatro y se duerme a las veintidós, ella es tambera desde casi niña, hasta sus cuarenta años. Yo, esa mañana, apurada por cobrar, pagar, desesperar. Hice la clásica cola: estilo campo de concentración. Cae de la nada a mi lado, una mujer joven que cuando sonreía le faltaba un incisivo, pero su rostro irradiaba sol y le brillaban los ojos como el día más feliz en la vida de alguien. -¡Ay señora, no sabe lo que me pasó anoche!
      –Me sobresaltó que hablara, pero quise saber, no sólo por gentileza-.
      La noche que escuchó ruidos en el techo, no estaban ni su marido ni los chicos. Subió por una escalera tembleque y no había nada. Cuando volvió a cerrar sus ojos, los mugidos partían el aire. Llamó a la familia porque la Rosita estaba por parir. Siguieron durmiendo y no hubo modo ni mano que la ayudara.
      Los hombres habían trabajado casi catorce horas.
      Se trasladó hasta el pastito seco que Estrella preparó para la parición de la Rosita, decía: -Primero salió el primero, ayudé, como lo vi hacer al patrón, después salió el segundo. Me quedé horas esperando la placenta. No salía y no salió, porque a un tercer ternerito faltaba nacer. El pobre cargó con los pesos de sus hermanos y quedó con una pata rara y una especie de giba camellera.

       La historia me interesaba más que cobrar, pagar y viajar en escritorio la mañana. Cuando Estrella me mostraba las fotos de la parición, desde el celular colgando de su trenza, parecía mostrar el mundo. Tenía que ir a verlos, dijo que no podía pagar el Banco, por eso fue a avisar. Pero la chata la esperaba. Volvía a cuidar su nueva familia y a charlar un rato con la Rosita, para tranquilizarla por lo del más chico y preguntarle si el parto le dolió mucho.

miércoles, 13 de mayo de 2015

DANS LA TASSE

      El café cotidiano es genético, mi padre, mi abuelo y mi bisabuelo tomaban un cafecito en algún bar.     
      Ahora no me lo cobran, dicen que tengo las llaves del lugar, es porque estoy viejo, fui de los primeros clientes. Entró la mujer-hombre de la sonrisa eterna. Es mujer, a mí me pareció un mitad y mitad. La cirugía de las comisuras de la boca le hizo una sonrisa eterna, apenas podía mover su cara. Tenía tantos elásticos internos, con flejes reciclados. Se acercaba a pedir el diario y mientras le explicaba que lo estaba leyendo, ella lo tomaba de la mesa y daba las gracias.
      Norberto tiene una mesa asignada, es el primero que viene y el último que se va. No quiere hablar, prefiere mirar la calle y si es adentro se pone el diario encima de sus anteojos. Hay una señora que se le sienta en la mesa y lee la parte de atrás del diario de Norberto. A medida que la señora intenta leer, se acerca al diario. Tiene calzas y se le ve el principio de la raya. Los de la barra dejaron el tema de la pelotita y se dedicaron a mirar la raya de la señora sentada con Norberto, que nunca le dirigió la palabra ni la mirada. Se me cansa el cuello y miro pasar gente y ejemplares. Pasó una madre con orejas de conejo y su hija vestida de reina color fucsia con alas violetas.
      Entre tantos grises pasó el gerente del banco, vestido de banco, un tipo que robó y lo echaron. Ahora volvió a ser nombrado gerente.
      Por fuera vinieron el Gordo, el Flaco y el Puercoespín. Se sentaron al lado de mi mesa, rezaban, no a dios sino al dinero. La palabra que más escuché fue guita, euros, dólares.

      Llamé a mi querido mesero, Joasch y extendí mi mano a su hombro. Él me tocó la mano. Era un saludo tribal que creamos entre ambos, reza así: Hoy estamos, mañana estaremos tomando café en La Vereda, o en el cielo. 

jueves, 23 de abril de 2015

MISS ROSE


      Les dieron las mejores habitaciones del castillo. Se usaba para rentar, las madres eran amigas, recibió al matrimonio gratuitamente. Vivía sola con dos argentinos, eran el personal de limpieza.
       Les dijo que ella vivía en dos habitaciones del castillo, pero era aislado del resto. Nadie los molestaría.
       Raquel y Augusto pasaron la noche recorriendo el castillo, iluminados por un candelabro, descubrieron pasillos ocultos, había puertas trampa que daban a la biblioteca de Alejandría. Cómodos sillones rodeados de libros apilados.
         Miss Rose amaba leer policiales. Tenía hojas del diario del suplemento crímenes y el modus operandi era el mismo. No salía nunca y eso preocupaba a Raquel, crimen no había cometido, andaba de cuerpo presente por todo el castillo. En cada encuentro, Miss Rose elogiaba su aspecto distinguido. Mientras, Augusto notó cómo la anciana merodeaba sus ojos.
         Por la mañana Augusto entró al baño, Raquel tenía los pies atados a la cadena y la cabeza sumergida en el sanitario, ahogada. No fue Miss Rose, porque no tenía fuerza. Sospechó del argentino, por el método de asesinar.
      Pidió un auto e hizo la denuncia en la policía. Le dijeron que si las cosas fueron como su relato, el único sospechoso era Augusto.
      Miss Rose se fue a Brasil. Los argentinos a Argentina.
      Al llegar a aquí, dijeron que el cajón lo retiraba la casa fúnebre. Fueron acusados de asesinato en sanitario bañado en oro, Miss Rose les hizo el encargo.
      Llamó a su amiga para darle la funesta noticia. Le agradeció su estadía de dos años en el castillo y se alegraba que Augusto heredara.

       Los argentinos fueron juzgados por homicidio con premeditación y alevosía. Siempre haciéndonos quedar mal, estos argentinos de mierda.  

IN NOMINE PATRIS

      No había modo de entrar a ninguno de los lugares turísticos, vientos arrafagados, cielo de ovejas grises, algún rayo de sol de cuando en vez, regalos de dios para los fieles  que pasan semana santa siempre en este lugar. Hubo dimes y diretes entre dios y el servicio meteorológico. Una pena, tanta gente rodeada de neblina. Terminaron todos juntos en el mirador del Independencia, se vislumbraba el horizonte pampeano. Mucha cabeza baja, ojos tristes.
      Señalé con el dedo - ¡Uuuuy! ¡Se ve el mar! - Se vio que eran creyentes porque me creyeron. Tomaron sus vehículos. Alguno decía – Menos mal que traje malla-.
       Un niño quería llegar pronto, para hacer castillos de arena. Una señora sin malla dijo que se bañaría igual, preguntó si se permitía la falta de ese adminículo para meterse al agua. Otra le contestó que con este clima dos por tres llueve, convenía llevar paraguas.
        Las cabezas bajas se irguieron, los ojos se iluminaron, parecía una resucitación colectiva. Sentí orgullo de ser un líder encubierto, fui la autora de aquel milagro. Para vos Mami, que siempre dijiste que no sirvo para nada.

         El mar queda donde a mi se me ocurre, no cualquiera.

viernes, 3 de abril de 2015

TOO MUCH

      Un anciano con muletas, no podía salir de la puerta giratoria, hasta trabar con una muleta y entrar.
      Caminaba con dificultad, el chico de la ventanilla no le entendía, al anciano le faltaban todos los dientes, cuando hablaba parecía tener polenta en la boca. El ventanillero pidió sus documentos y el certificado de supervivencia, faltaba la tarjeta verde, la azul, la roja y la blanca.
      El anciano juntó sus papeles, una señora le explicó dónde se hacía la verde, a mitad de cuadra. Salió del banco desorientado. Encontró un kiosco donde le hicieron la verde, para la azul  debía dar vuelta la manzana y justo en la esquina le entregaron la azul.
      Haciendo dos cuadras leyó un cartel de circo con luces y payasos. Ellos entregaban la roja y la blanca.
      Se puso el automático, el anciano, todo le pareció una ignominia, arrastrando piernas doloridas y muletas centenarias. Hizo una cola de tres horas. Cuando llegó a la ventanilla puso su billetera deshecha y los papeles. Mientras el empleado le señaló que le faltaban la roja y la blanca. El anciano adquirió color blanco y cayó sobre sí mismo. Antes de expirar le gritó al ventanillero, con voz joven: -¡La roja y la blanca las tengo en la mano y te las podés meter en el culo!

      Llegó la ambulancia del Hospital: “Que Dios te ayude”. No tenía pariente alguno, la cochería municipal lo sepultó en una fosa común.

jueves, 26 de marzo de 2015

COMPAÑÍA

      Pienso el tema y lo escribo, él me mira. Necesita estar cerca de mí y que lo bese sin dejar de escribir. Es amigo de la adolescencia, no pude negarme. Justo el cuento se trata de él mismo. No se daría cuenta porque no sabe leer. Escribo que es indolente, exigente y no desaparece de mí, entre el paisaje y yo está él. Ahora viene con amenazas que dan miedo, yo las creo, pero no me importa.
      ¿Quién me acompaña sin hablar, con lealtad? No nos podemos dejar, aunque te aumenten, yo te voy a comprar igual.

      No puedo vivir sin vos, aunque hagas olor a pucho y me hagas mal, tus humos dibujan el aire de la noche como nadie.

sábado, 7 de marzo de 2015

UNA,DOS, TRES

No son tiempos estos para la alegría.
      Hay un contexto sin texto que deja ríos de catatónicos perdidos. Miro una señora caraperdida, la sigo, me pongo tan cerca – Decime una cosa, ¿vos me estás siguiendo?- Le contesto con inmediatez – Es tan igual a mi madre, no me pude negar la posibilidad de tener dos madres.- La señora de ojos ausentes da pasos circulares a mi alrededor y pregunta donde vivo, me apresuré, llegamos a la puerta de mi casa. Mami abrió. A mí no me da llaves porque las pierdo.
        Se miraron cerca y se abrazaron como de toda la vida. Eran gemelas, fueron separadas a los diez años. Se encuentran treinta años después. No dijeron ni quisieron hablar al respecto. Ambas eran viudas, mi madre la invitó a vivir con nosotros y su gemela le advirtió de su enorme casa, con pileta, pérgolas de glicinas, dormitorios individuales. Cuando llegamos nos shockeó.
      Nos mudamos en una semana. Dormí en una mullida cama con dosel, faltaba el príncipe y estaba todo listo. Pasé a tener dos madres. Mami prohibía y mi otra madre compensaba con regalos absurdos de ositos o muñecas. Siempre decía – Por los años que no te conocí-. Salíamos a caminar, ellas se reían de todo como dos grandes recuperando su niñez. Cuando pasábamos por un lugar, siempre el mismo, las dos ponían caraperdida. Pregunté porqué y ninguna me contestó. Un día fui sola hasta aquel lugar, era un garage de puertas oxidadas, con una chapa, saltada, que decía: “CENT O  DE  D TE CION CL NDE TINA”  Y luego otro nombre, tan desgastado que no se leía nada. Llegué tan agitada a casa, me preguntaron de dónde venía, dije – De ningún lugar -. Mami sorprendida le recordó a su gemela que ellas usaban de niñas “De ningún lugar” significaba que eso era secreto.
       Yo había entrado en la edad de los secretos y ellas festejaban la vida riéndose de mi crecimiento.

      Cuando me fui a dormir, casi lloro. Pero no, no lloré.  

lunes, 19 de enero de 2015

SOIS UNAS BESTIAS


      Cosmovisión? Es lo único que no veo.
      Un tiro, dos tiros, una bomba, una guerra. Líderes, cuanto más boludos mejor, la gente se deja llevar igual que ovejas sin pastor, se anotan en la muerte sin pensar la sangre. Sin pensar. Alimentan al monstruo que crece en nombre de codicias perversas. Levanta su metralleta como una escoba.

      Todos callan con él al medio, para la foto del diario. Internet se encarga del resto. Los jóvenes no saben, no quieren. Se enteran en la esquina de un boliche, hay humo, ni se preguntan porqué. Saben que es un túnel sin salida. 

COMO EN MI VIDA

Ester me hizo pasar a la cocina, sirvió dos vasos de vino. Sus hijos tenían mi edad. Mientras relataba la película que vio anoche, donde todavía se conservaban valores humanos, afecto. Era la misma que yo había visto, “Les Enfants du paradise” de Michel Carné, con textos de Jacques Prévert.
      Le conté a Ester, tomaba su copa mientras decía que la gente que no es capaz de tomar vino tinto, le parecía débil y tonta. Apresuré mi copa y llegué al final. Ella leía Cortázar y yo también. Me hubiera gustado ser amiga de Ester, pero las circunstancias y el tiempo nos separaban.
      Habían matado en un día a sus tres hijos.
      Diez años después la encontré en el bar de la Facultad de Bellas Artes. Sentada en un rincón, con una boina roja, el sol recortaba su perfil. Empujé alumnos hasta aterrizar a su lado. Vivía en Francia. Tiene una hija que se llama Rosario, le puso el nombre de su origen, Rosario. Se quedaba en Argentina hasta que los represores de sus hijos fueran castigados. Cuando salió lo de obediencia debida y punto final volvió a Francia. Mandaba tarjetas donde contaba qué hacía y preguntaba: -¿Qué tal ese país genocida?

      Yo le escribía largas cartas, le informaba de mis últimos hallazgos fílmicos. Ester contestaba que allá hacía mucho frío. Epilogaba, como en mi vida, ¿viste?

domingo, 9 de noviembre de 2014

LUCER


      Quise ver el afuera del jardín pero no pude. Hacía más de un año que los vidrios no recibían limpieza, parecían esmerilados con la impronta de las lluvias y sus gotas que eligieron instalarse unas sobre otras.
      Mis días transcurrían escribiendo o leyendo.
      Cuando miré la primavera todas las flores y los árboles se adivinaban. Los tules del abandono me despegaron del escritorio, mi madre se jactaba de no limpiar los vidrios hasta que no se pudiera mirar a través de ellos. Es genético pensé, fui a buscar el aerosol y lenta, pero segura, procedí hasta llegar a la transparencia absoluta. Seguí con otras ventanas de la casa, como un auto a 120 km por hora, quité las telas de araña, cambié sábanas, limpié el baño, la cocina y pasé la aspiradora. Ordené todo como loca fóbica. Me quedé sin nafta, el auto se detuvo, abrí la ducha y permanecí hasta que el agua no quiso saber más nada con salir caliente. El auto quedó K.O. me desplomé en la cama, envuelta en tohallas. Dormí el sueño de los ángeles. Cuando desperté, con el auto lleno de nafta, enfilé al escritorio, que generoso me murmuraba un cuento.

      Se trata de alguien que mira a su alrededor y no reconoce el orden. Pregunta quien fue el cerdo que asesinó las telas de araña, buenas tejedoras y dejó pasar toda la luz, olvidando la penumbra que da luz al pensamiento. Quise escribir, pero no pude. 

miércoles, 22 de octubre de 2014

BELLAS ARTES 1978



      No quiero ser un escultor común, necesito ser el mejor. Que mis compañeros admiren mis trabajos, que no tengan palabras para el elogio fácil. Dejarlos mudos frente a la obra terminada. El trabajo realizado en bronce, a la cera perdida. Hay cosas que no comprendo, se burlan de mi aspecto de gordo enano y rengo. No tienen piedad, hasta mis bocetos carecen de interés para ellos. Se ríen con descaro cuando los profesores quedan boquiabiertos frente a mil ideas vanguardistas fluyendo de mis manos.

      Paso días sin comer ni dormir hasta quedar conforme con cada proyecto. Voy a la facultad, prefiero trabajar en sus talleres, hay materiales que obtengo gratis, mi situación económica impide comprar lo necesario. Al amanecer lloro, presiento las burlas de los compañeros. Me lavo los ojos con agua helada para no hacer notable el dolor de no ser nadie para ellos. Hoy llegué más temprano y allí estaba, se llama Paloma. Daba vueltas alrededor de una estructura que empecé ayer. Me dio un beso en la mejilla. – Éste trabajo es excelente. Hace tiempo que miro tus trabajos y no me explico porqué estos boludos te denostan-. Era tan linda y dulce, casi desmayo. Nadie me habló así nunca.

      - Te llamás Eric, ya sé, vamos al bar y tomamos un cafecito y fumamos un pucho ¿querés?-. Me dio vértigo la invitación, era como estar cerca de un ángel. Dijo que tenía oro en mis manos y con el tiempo, seguramente, sería millonario. Nos reímos al unísono.

     Invité a Paloma a mi casa para ver obras concluidas. Le dio un ataque de asombro y alegría. Pregunté los nombres de mis compañeros burlones, por saber nomás. Con la ingenuidad de lo no contaminado me contó de Omar que era más bolche que artista. De Viviana, con esa cara de nomeolvides captaba gente para ir a pelear a Bolivia. De Celita, cuyo mantra era “Acción, acción por la revolución”. Las gemelas, que trabajaban captando compañeros para un grupo que suponían que los cambios provendrían de acopio de armas

      -¿Y vos Paloma, adónde pertenecés?-. Ella me miró con ojos de triunfo y con voz de paloma relató acerca de sus ancestros anarquistas, algo genético que la mantenía despierta para “hacer mierda a éstos genocidas hijos de puta”. Le brillaban los ojos con todas las estrellas del mundo y más. La abracé y le dí un beso que ella aceptó como si no fuera petiso rengo y gordo.

      Traté de dejar a Paloma última.
       Dí parte de Omar, de Viviana, de Celita, de las gemelas. Con Paloma fue distinto, en un bar de Buenos Aires, ella estaba con una amiga, me acerqué despacio, se sorprendió.

        Le pedí que me siguiera, subimos al auto que nos esperaba. Le puse una píldora en la mano, nadie del auto se dio cuenta. Yo me volví a La Plata. Solo.

domingo, 12 de octubre de 2014

NOS, LOS REPRESENTANTES


      Me trasladé hasta la proveniencia del sonido. Era una campana oxidada sin badajo. Encontré el gorro de Pili entre juncos y totoras. – No te preocupes, ya ves, yo no pienso en tánatos, pienso en algún viaje cuentapropista. Y risas de la mano o juntando sapitos mari-mari – Dijo Chari. Yolanda tenía tres hijos molestos que trabaron amistad con los otros chicos del barrio cerrado. Habían formado una logia infantil y consiguieron un entrenador que los acompañaba a recorrer lugares, fuera de su encierro.

      La tarde del cinco de agosto ninguno volvió a su casa. Las madres fueron a la casa del entrenador. Contó que los chicos habían decidido algo. No sabía cómo definirlo. Tenían ojos de fuga y nervios que preceden a los cambios sin destino. Cansado de seguirlos se echó a dormir cerca del arroyo. Pensó que volvieron a sus casas, se rascaba la cabeza. Chari que se los vio. Lo acusó de contagiar a los chicos con eso. Todos tenían piojos, por él.
     El marido de Yolanda fue a la comisaría, estaba tapera. Llegó a la segunda y no había nadie. En la tercera encontró un cartel: cerrado por deudas salariales. El papá de Pili llegó a una abierta, al finalizar el relato un gordo con olor a pizza fría, le dijo que pasa todos los días, no tenían tiempo de ocuparse de este caso. Bastante trabajo con las manifestaciones, los empresarios que los mandaban a repartir drogas a domicilio. Lo sacó de la comisaría con palmadas en la espalda, un tanto agresivas. Hicieron una reunión de padres para decidir qué hacer. Las madres abandonaron sus pañuelos mojados de lágrimas, para opinar. Chari se superpuso al descontrol del marido, que quería matar al entrenador. Dijo que ella tenía cuatro hijos más, dos menos era un gran alivio. Siguió Yolanda, al lado estaba su marido, casi raquítico. – Yo creo en dios, él nunca me deseó hijos. Menos tres. Me hacían la vida imposible-. – Ahora estamos como queremos,- dijo el raquítico convencido-. Quedé atontada con lo que decían aquellas bestias y apreté el gorro de Pili. Sentí un ruido a papel dentro del gorro, una nota dirigida a mí: “Mami, volveré y seré millones.”
      A la semana el barrio cerrado fue invadido por encapuchados enanos y de colores. Portaban metralletas.
      Rodearon todas las casas y se llevaron elementos de computación, dólares, euros, papelitos y juguetes de última generación.

      Realizaron disparos al aire con silenciador. Los esperaba un camión blanco. Ya cargados, partieron. A Chari le pareció que el entrenador conducía. Nadie la escuchó, se fueron a dormir y le pidieron a Chari que se tomara un Valium.

viernes, 29 de agosto de 2014

TESTIGOS

“Los vi con mis propios ojos, están a la vuelta de aquí, por favor hagan algo ya.” El policía, con cara de sueño llamó a otro que llamó a otro. ¡Qué suerte que son tres! Dije con inocencia. Casi sin aire les conté que había un camión negro y una doble fila de gente armada mal vestida. Por el medio pasaban jóvenes y los tipos les pegaban patadas en cualquier parte y culatazos para que subieran al vehículo. Había tres más chicos, eran arrastrados de los pelos.

      Ellos ni escuchaban, me pidieron documentos, se comunicaron con alguien, les decían mi número de DNI. Yo les gritaba que no perdieran tiempo, porque se iban a ir. Apareció un gordo panzón con aspecto de jefe. Dijo que me fuera a mi casa, mientras a los otros los tildaba de boludos. Decía que yo tenía doce años y que era una pendeja estúpida. Cuando salí estaban mis amigos en el fitito que manejaba mi novio. Nos temblaban las piernas a todos. En la estación de servicio de 7 y 46 cinco patrulleros rodearon el auto,” ¡Manos atrás de la nuca!” Un flaco tanteó nuestros cuerpos. A mí me preguntaron porqué no llevaba cartera, yo les dije que no me gustaba, para eso estaban los bolsillos del vaquero. Abrieron la puerta de una patrulla y nos trasladaron a la comisaría primera. Los chicos ligaron unos cachetazos, a mí no me hicieron nada. Le pedí al policía más petiso que llamara a mis padres porque me iban a matar. El tipo preguntó “¿Quiénes, nosotros?” Miré mis zapatos y le dije que no, que de eso se encargarían mis padres.

      Entró mi madre, por la puerta que tenía dos policías a derecha e izquierda, con armas largas cruzadas. Mamá les dijo que sacaran esas porquerías porque me tenía que retirar. Luego entró papá, tarjeteando que era abogado, Director de sumarios en la Legislatura. Llegó el padre de mi novio, con su falcon verde, dijo que era el Doctor S. Los polis respetaron más el falcon verde que su oficio de médico.

      Nuestros dos amigos quedaron allí para averiguación de antecedentes. Ellos eran lúmpenes. Al día siguiente sus padres pusieron un dinero, bastante por cierto y salieron.

Festejamos en la Plaza Moreno, con una botella de cachaça y todos se reían de mi vieja entrando a la comisaría en camisón, tapado de piel y ruleros. Yo recordé que en casa, mi viejo, cada vez que mami se rayaba, que era todos los días, me guiñaba un ojo y decía ¡Qué general se perdió la Nación!

¡QUE VIVA LA LIBERTAD!

      Mami dice que cuando nací pensó que me habían cambiado, no me parecía a nadie. Considera que soy inútil para todo servicio. Tengo nombre, pero para mami soy che. Che estudiá, che alcanzame. Che lavate las manos. Cuando vienen visitas me llama hija esto o hijita lo otro. Delante de sus amigas cuenta que soy inteligente, buena, obediente y estudiosa, una bendición de dios. En privado, se toma la cabeza y dice que soy una maldición de dios. Así comprendí que dios es contradictorio.

      Compró un sillón mullido siesta, para el escritorio de papá. Cuando me quise sentar, ambos me tomaron de las orejas para gritar que ni se me ocurra, con esos vaqueros tan sospechosos como mi higiene personal. En eso les doy un poco la razón. Mami también compró la banqueta más incómoda que encontró, para la secretaria de papá.

      El otro día entré con sigilo al escritorio, salí de la escuela tres horas antes. La secretaria estaba tirada en el sillón nuevo, con ambas piernas en alto y papá sobre ella, tal vez probando el sillón. Cuando llegó mami de jugar al bridge, su única ocupación además de la canasta, le conté que papá y su secretaria dedicaron ese día a probar el sillón nuevo, haciendo cabriolas de toda índole. Agregué que estaban sin ropas, tal vez para cuidar el tapizado.

      No me explico las razones, pero se divorciaron, no sin antes romper toda la vajilla y demás enseres, a saber, el sillón nuevo rasgado con un cuchillo grande, junto con los colchones, el mío inclusive. Mami tenía mucha fuerza, le rompió cuatro costillas a la secretaria y le partió una pierna, con el atizador de la salamandra. Mami se fue a Europa con su mejor amiga y papá se casó de inmediato con la secretaria. Ninguno quiso quedarse conmigo.


      Me mandaron a vivir con mis abuelas a Tras La Sierra, eran locas y divertidas. Jamás me mandaron a la escuela. Daba finales en Buenos Aires y me enseñaban ellas. Aprendí a montar caballos rebeldes y me hice amiga de dos vacas macanudas, que dormían bajo la ventana de mi dormitorio.

sábado, 9 de agosto de 2014

DIARIO PERSONAL

2 de Enero
      Por fin me invita a la casita de Miramar. Contaba maravillas del vivero y un lugar oculto donde apareció la bici, el padre de su mejor amiga, se esfumó.
      Hace un calor de la hostia en La Plata, me divierte Ceci. Mi espera desespera.

8 de Enero
       Me llamó para avisar que me lleve la malla. Es imperdonable olvidar ese detalle. No sé si poner en el bolso ropa crota o careta. Se complica,  los hermanos de Ceci son crotos y los viejos caretas. Llevo las dos.

9 de Enero
      En casa jamás van de vacaciones a lugar alguno, que no sea la pileta del jardín.
      Es mi mejor amiga desde la infancia, pero nunca surgió ir con ella. Me parecía pijotero de su parte. Nunca le dije, hubiera sido feito.

10 de Enero
      Maneja Ceci, pone la pata en el acelerador y no lo suelta jamás. Encima me hace comentarios, chismes y me mira. Le tengo que cebar mate todo el viaje. No quiere gastar en ningún parador. La odio, por eso está de color verde, de tanto mate. Todo sea porque me meo, que vaya a velocidad muerte si quiere.

12 de Enero
      Ayer fuimos al vivero, me mostró el lugar de la bici donde vieron por última vez al papá de Chani. Nos bañamos desnudas en un lugar estanque, con nenúfares y agua tibia. Comimos tomates con huevo duro y queso de máquina. Un oprobio, fue nuestro almuerzo. Morimos de sed, estoy harta de verla tan amarreta, compré Coca Cola. La tomó casi toda ella.

14 de Enero
      Hoy almorzamos en la casa. La vieja preparó un pecheto, cortado en rodajas finiticas, sin acompañamiento, bebida = agua. Hicimos playa con malla entera; al viejo de Ceci no le gusta que usemos bikinis, a pesar de que todo el tiempo mira culitos de bikinis ajenas.

16 de Enero
      Volvimos al vivero, jugamos a perdernos. Encontré una zapatilla de hombre en el fondo del estanque. Le quité el barro y la escondí en mi canasta. Seguro que era del papá de Chani. No le conté a nadie.

18 de Enero
      Por sorpresa vino mi padre a buscarme. Yo no quería volver, pero cuando me miró a los ojos con esos ojos santos que tiene, subí a su auto. Todos me abrazaron mucho, raro pareció. Ceci me dio un paquete a escondidas. Durante el regreso papá dijo que el tío Horacio ya estaba en Venezuela, mi pasaporte estaba listo para viajar allá y quedarme un tiempo.

19 de Enero
      Hoy fui a lo de Chani, tenía ojos de haber llorado. Le entregué las dos zapatillas. Dije que una la encontró Ceci y la otra, dijo shsh. Agregó que su padre, mi profe predilecto, me quería mucho. Había tres compañeros de esa promoción que tampoco se sabía dónde estaban. Rogó que me fuera.

19 de Agosto

      Ahora que volví para terminar mi tesis, papá me lleva y me trae a todos los lugares donde vaya. No se habla. No se habla. No se habla. No se habla. Duele. Duele. Duele. Duele.