jueves, 12 de diciembre de 2019

MARTITA


   Era más puta que las gallinas.
   Se la había agarrado con su nariz. Le parecía grande y antigua. En tres años se operó cuatro veces, hasta convertirla en un porotito picudo.
   Pero tan picudo, tan picudo, que en una quinta visita al cirujano le llenaron la punta con botox.
   Lo que más atormentaba a Martita era el paso del tiempo y la envidia.
   Para vencer estos demonios, enfundaba su culo enorme en unos pantalones rojos elastizados que le juntaban el desparramo y se lo ponían como enfrentando a cualquier vidente.
   Se jactaba de no usar bombacha, decía que los elásticos arruinaban la redondez (que ella imaginaba perfecta) de su trasero.
   Todo en ella era color rojo. El pelo, un pañuelo estilo Annie Okley, rojo.
   Remeras con lunares, o rayas o bordados absolutamente rojos. Las uñas, la boca y las sandalias, al tono, rojas.
   Tenía un marido fijo, un novio definitivo, un amante para siempre y veinticinco “amigos” (decía ella) que la amaban hasta la muerte y le pagaban muy bien.
   Un seis de enero,  como regalo paradojal, le pegaron cuatro tiros en la puerta de su casa, a la hora de la siesta.
   Dos dieron certeros en el pecho de un adolescente que charlaba tímidamente con Martita.
   Los otros dos le dieron a ella, en el codo derecho y el culo respectivamente.
   El joven murió a los dos días de la tragedia.
   Martita se compuso, luego de cinco intervenciones en el brazo y tres en el glúteo derecho.
   El que disparó resultó ser un amante, ex policía, que odiaba a los pendejos.
   Se hicieron arreglos para que el tipo saliera de la cana.
   Lo encerraron en Melchor Romero, en el sector de pacientes ambulantes.
  Martita sigue vistiendo riguroso rojo. Su mirada es triste, no habla con nadie y cuentan que el miedo no la deja dormir.
   Ahora le preocupan dos cosas.  El loco, que se la tiene jurada. Y que ya, no le pagan como antes.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

OTRO AGUJERO EN BOLIVIA


   Gracias a una amenaza peligrosa, me creyeron la historia y se instalaron en Berazategui. Allí terminó lo de ellos y ahora empiezo yo, la casa tenía doscientos años y tantas habitaciones que me vi obligada a suprimir algunas. Por eso se fueron de inmediato los cacos, esa propiedad no la compraron con dinero bien habido y llamaba la atención por esos lujos superfluos.
   Me encantaba vestirme diferente a los demás. Favorecían mi altura las piernas largas y por eso me decían Marlene, llevaba mis manos enguantadas en cualquier estación del año. Al Banco iba caminando para lucir un conjunto de enaguas almidonadas, heredadas de mi Abuela y puntillas asomando de las rodillas a los pies. Usaba unos coturnos que hacían sentir al más alto, petiso.
   Los sombreros eran mi debilidad, los prefería de ala ancha y uno en especial que llevaba una copa con jaula, donde un ruiseñor me acompañaba a todas partes. Al lugar donde fuera, me hacían pasar primero, imaginando una Princesa venida de otro lugar. Tenía tanta ropa que ocupó las habitaciones clausuradas. Hablaba un francés coloquial que nadie dudaba que mi lugar de origen era Francia.
   Aparecieron fotos en instagram con los distintos vestuarios que habitualmente llevaba. Tuvieron repercusión. Las firmas que me contrataron se quedaban sin nada, el mismo día que empezaban las ventas.
   Mi fama desarrolló una imaginación que contradecía la moralina de los tiempos. Contraté modelos similares a mi estampa. Me permití un vestido con una teta enyesada y la otra al aire libre. Una pollera con un tajo al medio, que descubría la intimidad de una mujer con los pelitos trenzados.
   Otras llevaban un vestido funda ceñido, con un círculo abierto por detrás donde asomaba la raya, ése era mi diseño más sencillo. En la cena de la Embajada de Francia, lucí este último diseño, con cadenas de perro, a modo de collares, pero colgando en la espalda.
   Cuando el etílico pasó a la blanchett y luego a la heroína, hubo tres entusiasmados que se tomaron de mis cadenas y me arrastraron por todo el piso, incluyendo las escaleras.
   Es obvio que fue humillante, volví al amanecer y los cacos de Berazategui, ocuparon mi casona, con Evo Morales a la cabeza. Tenían mis colecciones puestas. Abrí la puerta del dormitorio y lo que vi me llevó al psicoanalista. Evo de espaldas sobre mi cama y encima la Perra Ladrona, que le metía una rama gruesa en el orto.  

martes, 10 de diciembre de 2019

DE CONTENCIÓN


   Le dijeron que eligiera o el Convento, o la Correccional de Menores. Cuando era chica, lo miraba de afuera y le parecía un castillo, lleno de Hermanas, con sombreros blancos. Así se vivía en los Conventos, parecidos a castillos.

   Aylén lo pensó inquieta, había una tercera posibilidad, era escapar. Ésa la descartó, si la encontraban, el castigo se duplicaba. Entró con una compañera y amiga al “Convento de los Ángeles Eternos”.

   —Mirá los pisos, Aylen, brilla tanto que se nos ven los calzones.

   —A ver quiénes son las nuevas, pasen a la Sacristía, que allí les pregunto, es el protocolo. ¿Cómo es tu nombre?

   —Mi nombre es Aylén Parda.

   Puff, me va a preguntar por mi Madre, que ejercía “La profesión más vieja del mundo”. Ella lo decía así y a mí me parecía una especie de sabia titular. Si pregunta por mi Padre, no queda otra, era un ladrón muy jugado, que murió de un balazo en la frente.

   Por suerte esas cosas no se hablaron.

   —¿Y vos cómo te llamás?

   —Bony Rebol y soy inocente, pero el Juez, me encontró culpable, no sé ni de qué. Necesitaban alguien como yo, vivía en la calle y nadie me iba a reclamar, chau, a la jaula.

   Sor María de la Cruz, era la mandatutti y le decíamos “Sorete”. Para ganarnos el desayuno, nos hacían levantar a las cinco y limpiar una galería de 40 metros de largo, por 10 de ancho. La dejábamos sin mácula, para ligar alguna factura.

   Terminada la tarea, nos daban mate cocido frio, sin colar y un cacho de pan duro. Luego con mangueras nos mojaban, con agua fría y vestidas, después nos leían la Biblia durante dos horas, y tres horas de Santo Tomás el Equino, donde ni las Hermanas entendían una jota.

   —Bony, a mí me parece que estas mojigatas nos tienen esclavizadas, hay que pensar algo, porque estamos cada día más flacas y no tenemos fuerzas.

   Ese mismo día, cuando llegaron al final de la galería, tiraron los trapetones y escaparon hasta la Ruta. Se vistieron de Hermanas, con rosarios y misales. Mucha gente se detenía preguntando si querían que las llevaran.

   —Muchas gracias por su gentileza, hace días hicimos una promesa de ayuno por un mes, pero estamos extenuadas, si tuvieran alguna cosilla para darnos de comer.

   Les daban dinero y les indicaban los lugares, para conseguir alimentos.

   —Que Dios los tenga en la Gloria y no los vaya a largar.

  La gente se iba contenta, por ser mejores personas, con las dulces Hermanas.

   Cuando las levantó un Mercedes Benz, Bony Rebol sacó un revólver de entre sus hábitos y le apuntó.

   —Deme toda la guita y no se resista, si nos denuncia, las dos contestaremos que nos violó. Siga nomás y no mire.

   Seguimos haciendo dedo y un buen dinero ocupaba nuestros hábitos y hacía creer que Dios existía. Teníamos los ojos delirados de espejismos y no vimos que nuestra próxima víctima, era un móvil policial. Nos metieron en el mismo lugar, la Correccional.

   —Pensalo, Aylén, aquí hay piso de cemento, nadie nos hará lustrar, ni aprender la Biblia de memoria. Además esta Correccional de Menores es mixta. Le eché el ojo a dos tipos, nos junaban con hambre de mujeres, será de Dios que hagan uso, de todo lo que tenemos.

lunes, 9 de diciembre de 2019

EL EDITOR TODO MAL


   No puedo dejar de ir porque me quedo sin lo que me debe. Apareció disfrazado de libro.
   —¿Qué la trae por aquí, Señorita frustrada? Al menos como Escritora. No me conteste, sus cuentos debieran darle vergüenza propia. Hay dos que terminan en la sílaba “ito”. Repite los personajes, escalona las personas, siempre están el bueno y el malo. ¿Por qué no la corta con los casamientos y los entierros? Las mujeres engañadas, lo soez del lenguaje de la libido, para ser más explícito: las tetas, el culo, las braguetas y lo que tienen todos adentro. Parece querer calentar al lector. Ni tiempo de eso tiene los pobres, si trabajan tanto que en vez de cojer duermen. Lo quiero cerrar aquí, porque usted me gasta la paciencia. Póngase en mi lugar, la gente no me respeta, gracias a sus cuentos. Aquí tiene el dinero que le debo y justo me pica un huevo. Encima me trae mosquitos, por vivir entre los yuyos.
   El tipo está furioso, es notable. Pero yo tengo mis artilugios, le muestro mis tetas nuevas, giro en un pas de deux y aparece mi culo parado, ése no es nuevo, lo tengo de nacimiento. Descubro mi cuerpo entero y ¿no va el tipo que se me lanza encima? Aproveché para sacarle todo el dinero de los bolsillos.
   —Usted es un degenerado, se está aprovechando, abusando de mi género, que por suerte es femenino, pero usted lo hace tan mal, eso es no servir para nada, no mi forma de escribir.  

domingo, 8 de diciembre de 2019

BICICLETAS


   Mis compañeras de Escuela, tuvieron su primer menstruación y las enorgullecía ser Señoritas. A mí me sucedió tarde y me daba aflicción, le contaba a mi Madre.
   —Pero Ruth, es mejor, un privilegio seguir siendo niña y no tener dolor de ovarios.
   También me preocupaba que todas tenían un novio y yo no. Mis delirios los vivía en sueños.
   Me venía a buscar un chico con cara de Príncipe y se hincaba para besarme la mano. El ruido de la aspiradora me cortaba la ilusión, era hora de ventilar, se abrían las ventanas, se escuchaban las cucharitas del desayuno y las peleas por el baño. Llegaba tarde al Colegio, por esperar que se fueran todos.
   —¿Vos sentís atracción por las mujeres?
   Yo nací mujer y me pareció una falta de respeto, la pregunta.
   —Primero que me vino, odio las mujeres, creen que todos los chicos son de su propiedad. Y ya que te interesa, conocí a Batu, es el chico de al lado, toca la batería y me enseña…vos lo odiás por el ruido. A mí me ocurre al revés. Vamos al Colegio en una sola bicicleta, para no gastar combustible, yo lo abrazo de atrás, para más seguridad.
   Cómo se apura Ruth, para tener un novio, éste es el primero, pero vendrán otros.
   —¿Por qué en una sola bici?
   Es entrometida, Mami. —Para no gastar combustible, el Colegio queda lejos y si se rompe la de él, tenemos la mía. Gasta pedalear tan lejos. Para tu información, a mitad de camino, nos detenemos para besarnos. Su lengua me lava los dientes, viste que me olvido porque el baño está siempre ocupado. Ayer me pidió que nos tiremos en el pasto, para descansar, si eso era descansar, no sabés cómo disfruté.
   —Decime Ruth, hace cuatro meses que me contaste lo de descansar.
   Yo estaba preocupada, porque no me venía, según él, dijo que seguro estaba embarazada.
   —Mami, me hice el examen que venden en la Farmacia y estoy. Él también está, nos vamos a vivir juntos.
   No sé qué me pasó, no me acuerdo de nada, le voy a pedir que me cuente, me desmayé y no entiendo nada de nada. A lo mejor lo imaginé.

sábado, 7 de diciembre de 2019

SIN MI MUJER


   —Yo no lo puedo alcanzar, Doctor Racha, soy muy petisita.
   —Ahí tenés la escalera.
   Mirá la enana, le pido tan sólo que me alcance el talón de cheques y no llega.
   —No Doctor Rocha, ni siquiera con escalera, a usted que le agrada tanto mirar la arquitectura de los otros, mi altura es un metro y medio, si me quiere de Secretaria para usted, será un gusto tenerme, para mí sería un martirio. Lo mejor para los dos, es que me pague esta semana. Yo soy Arquitecta, pero usted vio cómo es esto, el Abogado es Chofer de taxi, el Profesor trabaja de Plomero, el Ingeniero corta el pasto y la lista sería infinita.
   Le voy a pagar, no sabía que la enana es Arquitecta. Es una alternativa, mi islote en Ibiza, le dará vuelta la cabeza.
   —Aquí tiene su cheque y una consulta más, ¿cómo era su nombre? Ah, ya me acordé, Corina Ruiz Levante. Cuando la conocí me pareció muy elegante, a pesar de su altura nada común. Aprecié la distribución que le dio a los muebles y la supresión de algunos objetos que encontré guardados en cajones vacíos, le dio aire a la opresión de mi escritorio. Quiero hacerle una propuesta.
   Ahora sale con algún despropósito sexual, reconozco a mis iguales, el sexo lo desestresa y por él siente una ambición continua.
   —Compré un Islote en Ibiza, rodeado de mar. Le propongo hacer un viaje, incluida mi Mujer, que no entiende de estas cosas. Puede llevar sus elementos de trabajo y si a usted le parece, me agradaría sobremanera, que sea la Arquitecta de ese lugar. Tendrá a su disposición constructores con experiencia, que ya aceptaron mi oferta.
   Menos mal, tengo la faja que me impide que se me caiga el culo, en ocasiones como ésta.
   —Doctor Racha, no necesito pensar, cuente usted conmigo. Me gustaría antes del viaje, conocer a su Mujer, suelen ser entrometidas y eso me quitaría concentración. Ahora que lo pienso, lo esencial es el proyecto, no es preciso para nada que viaje su Mujer con nosotros.
   Es astuta la Arquitecta, tiene razón, si mi Mujer es una molestia, que debo soportar todos los días, bueno sería tomarnos una distancia del tiempo que sea necesario.
   —El Islote es perfecto y aquí, de pie, tengo la inspiración bien despierta, venga Doctor Racha, haremos una plataforma donde la cocina ocupe ahí parte del techo, en el resto de la casa, el olor a frito no existirá. Las puertas con arcos de medio punto y el aventanamiento acorde con el paisaje marino. Unas llevarán hipocampos, estrellas de mar, delfines, pez mandarín y pez luna. Del vitraux me ocupo yo, lo aprendí de mi Padre suizo, y gané varios concursos. La cama redonda, con lucarnas al cielo, a las estrellas y la luna. El calor y la luz de día, puro black out a la madera perdida.
   Cuando mueve los brazos, parecen alas de colibrí, la transparencia de su saya me cuenta un cuerpo armonioso. Trajeron la cama, tan leve, que parece de nube.
   Para mostrar un sector, apoya sus pezones en mi cuerpo, recién salida del mar, le toco la espalda y más abajo también, la empujo a la cama, porque estoy calentito.  

viernes, 6 de diciembre de 2019

SOBRAS


   Suena el maldito teléfono. —Recién lavo la ropa con un jabón que no enjabona y el lavarropas que no lava, el secarropas que no seca.
   Le doy a Jose y le pido que me la cuelgue, porque la verdu ya me cierra. Cerró. Miro el tender y Josefina tendió cada prenda hecha un bollo. Me dan ganas de matarla, pero no quiero perder tiempo, después de todo, esta chica no tiene arreglo, igual que los hermanos.
   —Me confundiste con Mona, pero soy Marga, venite y comemos un tentempié, quedó de la reunión de ayer.
   Encontré las llaves de la moto de Adela. Ella dormía. Hace dos cosas en la vida, duerme y anda en moto. Vuelve de noche, tarde. Lo del medio nadie sabe. Es grande, que se haga cargo.
   —¿Viste que tardé cuatro minutos? Me tenés que aplaudir, no me tires pálidas, no respeté ningún semáforo, ni usé el casco y ya me ves. Vamos a comer las sobras de la reunión que no me invitaste.
   Perdí mi dignidad, igual que ella, por razones que supimos y preferimos olvidar.
   —Empezá por el arrollado, así te llenás la boca y no jodés, que me deprime.
   Siguió hablando sola, Marga. Derrapando la mirada, llegué al tender, la ropa de mayor a menor y con broches que no marcan. Al costado está Dionisia, una catamarqueña buena y leal. Abre un lavarropas que cumple ambas funciones, lava y seca. Y otro más atrás, para ropa de color. Vislumbro la silueta de Dionisia y de las cosas, a través de un ligustro entreverado, que trajo Marga de Inglaterra.
   En los setenta pensábamos igual, entrar a las villas con sacos de piel, a la gente del lugar le iba a encantar. Y fue después, cuando agarraron a Marga, no voy a pensar, son como las olas, siempre vuelven y se van. No me costó perdonar, me llevó mucho más tiempo volver a quererla.
   Marga no tiene hijos y está casada con un hombre de adorno.
   —Inés, en el garaje ya no caben los autos, te regalo el Citroën, está casi nuevo a pesar de los años y como ustedes no tienen, pensé que te vendría bien.
   —Ves la mostaza Dijón?, te la paso en la cara, vas a ver que te hace juego con la camisa italiana y este Limoge, donde me pusiste la comida que sobró, lo tiro contra el espejo, de paso no ves más tu cara de traidora, el Citroën se lo regalás a Dionisia, y hacé lo que te digo, infeliz. Te voy a controlar.
   Partí en la moto y lloraba, no por Marga, sino por mí, no es cierto que la haya perdonado, ni tampoco que la quiera. Me parece que las dos, somos la misma mierda.

jueves, 5 de diciembre de 2019

EL DEBATE



   —El mundo pasa por tus manos, se ponen insolentes cuando encontrás las raíces, los tallos de las flores y sus consecuencias, al despertar la envidia de Dios.
   —A mí no me importa porque no existe.
   —Y ¿qué sabés? Por ahí está dentro tuyo, ¿cuántas veces te dije que te compres anteojos?
   —Tenés razón, es un tema delicado y hay cosas más salubres, como tu hermana.
   —No te metas con mi hermana, tiene tetas de Diosa, son perfectas, sostenidas, pero le pertenecen. Por eso cuando me insultan: “¡Andá a la concha de tu hermana!”, yo les contesto: ¡Vos porque no le viste las tetas! Pero guarda con ella, nadie se acerque, a excepción del boludo de su novio.
   La hermana tenía un novio que tenía la obsesión de las tetas. Bambi no miraba una mujer, le miraba las tetas. Se reunían en el centro, sábados a la mañana, los amigos Rafa, Francis, Juancho y Bambi. Todos estaban hartos de los detalles tetíferos, de la novia de Bambi. Llegó a decir que no necesitaba almohada. Faltaban dos semanas para el casorio. El Padrino sería el hermano de Tani. Tomaron unos whiskies o dos, o cuatro, para festejar con los amigos.
   Bambi hizo un brindis por algo que ya no se encontraba, Tani era virgen.
   —Me caso para tener en mis manos, las tetas de ella para siempre.
   Muy orondo, Rafa, le dijo a los gritos: —¿Sabés, Bambi?, tenías razón, anoche me cogí a tu novia y tiene unas tetas bárbaras.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

DESCUBRIR



                                   I
   Era tan bueno que cuando me aburría de todo, él estaba jugando con un piolín y el gatito. No podía dejar de mirarlos.
   Era su filosofía de vida. Convertía en juego casi todo. Recorríamos la Ciudad de toda la vida. Descubriendo balcones, casi de principios de siglo. Había frentes que los veía de siempre, pero con él miré por primera vez.
   Teníamos una tortuga que llevábamos a pasear a la plaza.

                                 II
   Lo conocí a través de una ventana, me pareció un esperpento, nunca había visto alguien tan feo.
   Ya dentro de la casa lo pude ver de cuerpo entero. Alto y flaco como un Quijote, tenía un hombro enyesado. Se había caído del sillín de la vuelta al mundo.
   Una voz aplomada que parecía un descanso. Tomamos vino y mi primer cigarrillo. Nos depositamos en el mismo sillón y hablamos de cosas parecidas.
   Metiéndose en el aire escuchamos Pink Floyd. Los dos en silencio nos miramos y vi sus ojos despacio. Pasamos la noche como en un sueño.

                                 III
   Éramos seis en total, dando vueltas al pedo. Apareció la idea del Flaco. —Conozco un lugar dentro del Parque Pereyra. Es una inmensa laguna de donde surgen todos los sonidos de la tierra y a modo de coro…
   Llegamos y escuchamos el coro, pero no percibimos dónde estaban los cantantes.
   —Aquí. –Dijo el Flaco-.Si asomamos la cabeza colgando del borde de la tierra, han socavado todo alrededor del agua, veremos a los genios.
   Así fue. Cientos de sapitos, uno al lado del otro, inflando los cachetes, todo alrededor de la laguna.
   Fue el concierto más hermoso de mi vida, los sonidos de la tierra no se olvidan así nomás.
   Del medio de la nada aparecieron unos canas a caballo. Nos preguntaron qué hacíamos. Les contamos todo, hasta se asomaron y uno de ellos largó: —Son unos sapos de mierda y ustedes rajen ya, porque las visitas se terminaron.
   Fue una gran pálida, era la época de la Represión y mataban a cualquiera por nada. Por suerte se fueron y todos, un poco temblando, nos fuimos metiendo en el auto.
   El Flaco no decía nada. Cuando llegamos a la casa, largó algo así:
   —Pero qué concierto ¡Carajo!

martes, 3 de diciembre de 2019

LA OTRA TIERRA



   Lo veía casi siempre a la salida del departamento. Ese pasillo largo que llegaba hasta el centro de la manzana. Era inevitable verle, porque el ancho de la puerta, sólo daba para su increíble personaje.
   Así que sus chancletas destartaladas y su musculosa percudida, no daban cuenta de sus maravillosos ojos griegos. Al principio me divertía cómo protestaban sus vecinos.
   Decían que Cristóbal desprestigiaba la casa, “Qué se creía, esto no es un conventillo, las expensas son muy altas para tener un tipo en musculosa y chancletas, en la puerta de entrada”.  
   Como Ulises, mantenía una mirada alta, un perfil sereno. Sólo se movía un poquito, para dejar pasar de coté, a la Señora de Guaraña.
   El Viejo había sido un inmigrante griego, que con dinero traído, compró una casa chorizo en Berisso. Alquilaba cada pieza a una familia distinta. El baño y la cocina se compartían. En medio de la cocina, un samovar de la otra tierra, funcionaba para las fiestas, judías, ortodoxas, católicas, cumpleaños y fin de año.
   No sé bien cómo murió el Viejo. Cristóbal empezaba a contar algo, pero en algún momento paraba, nos miraba y rajaba a regar los malvones. Así que como esto se repetía, cada vez que recordaba al Viejo, imaginábamos que “eso” le pertenecía y que los malvones eran bálsamo del mandato paterno.
   Cristóbal trabajaba de repartidor de Quesos La Paulina.
   —Lo mejor que hay en quesos, viejo, yo que estoy en esto te lo garanto…-Decía con orgullo-.
   Viajaba en una camioneta, tan destartalada como sus chancletas. Verde oscura, con las marcas de las pinceladas, parecía un furgón del Cementerio Municipal.
   Nuestro edificio pretendía ser una construcción tipo, clase media, hacinada, pero con discreción.
   Si alguien quería ver al “otro lado”, sólo tenía que tocar el timbre en el departamento de Cristóbal. Se sentía un olor extraño a batata frita, con plancha mugrienta y un humo que parecía instalado, daba un aura a la entrada de Cristóbal.
   Nos abría la puerta con toda franqueza. Gritaba nuestros nombres como para que se enteren los muertos y nos palmeaba la espalda, hasta derrumbarnos en sus aceitadas sillas de cocina.
   En la misma cocina tomábamos mate y fumábamos como caballos. De todas maneras, el récord de tragar humo lo tenía el inefable Cristóbal. Se enroscaba contando anécdotas tristes, los ojos se le ponían transparentes. Le complacía emocionarnos. Jamás se le quebró la voz, ni siquiera cuando lo echaron de La Paulina. Con la cabeza erguida y palabras tranquilas, nos relató la más atroz de las traiciones.
   Me acuerdo que lo agarramos de las manos, fue un reflejo del corazón. Él, me ofreció un mate, lo tomé de un solo sorbo. Me quemé hasta el alma. Pero no dije nada.
   El tipo, bien valía llenarse la boca de ampollas.

lunes, 2 de diciembre de 2019

ÉL Y ELLA



                                  ÉL

   Ya ni me acuerdo qué cosas me gustaron cuando la conocí. Ahora no sé si es linda o fea.
   Creo que si se pinta de verde la cara no me daría cuenta. No la veo. No sé cómo es y lo peor, no sé quién es.
   A veces la jodo, le digo bagayo, enana, gorda, puta. Ahí se pone como loca y yo no la puedo cortar y la basureo, bien basureada.
   Me gusta cuando se enoja, es el único momento en que le brillan los ojos. Pero a mí no me alcanza, se me pone todo rojo y le pongo un bollo. No se queja la turra, es de goma.
   Y después le sigo pegando, eso es lo que tengo, no puedo parar.
   Encima, la boluda me muerde finito el cogote y se queda con un cacho. Yo agarro la tijera y se la clavo en la panza, me saca la boluda y se la vuelvo a clavar. ¡Para qué! ¿No agarra el martillo y me da con todo en los dedos del pie?
   Bueno y así, dame que te quemo el pelo y me lo quemó; y yo, dale que te rompo todos los huesos y se los rompí.
   Qué fea se puso la idiota! Y cómo me ardía la cabeza…
   Me fui a la mierda, una loca la mina. Aunque sea un bajón, tengo que hablarle por teléfono, aunque sea para ver de transar un polvo, algo.

                                  ELLA

   Ahora que te fuiste me doy cuenta. Tengo la ceja partida y esta saliva que me brota entre el mentón y la boca.
   De la muñeca quebrada, no te digo nada.
   Mientras vos disfrutabas el ruido de mis huesos, yo te martillé el dedo gordo del pie.
   El mordisco simultáneo, me dio la prueba que no sólo los animales desgarran.
   Tengo chuchos de frío cuando siento los puntazos, alrededor del ombligo.
   Hay olor a pelo quemado todavía. Y eso que ventilé todo ni bien te fuiste. Me da risa pensar que por un tiempo, vas a ser lampiño.
   Lástima que no me puedo mover.
   Justo ahora que llaman por teléfono.
   Y sos vos. Estoy segura.
   Y no deja de sonar, sos un pesado. Si sabés que te quiero! Cortá!

domingo, 1 de diciembre de 2019

LATINO



   Latino viene de latido, que late, que va y que viene, que sube y se pierde y aparece de a millones y lo siembra todo y todo lo devasta.
   Latino viene con despacio, conoce el arte de la espera y el infinito espacio del después.
   Latino es todo el amor, el odio, las palmeras, el banco de la esquina, el cuchillo matando al pedo y los ojos repletos, tristes y asombrados.
   Latino es donde las enredaderas cubrieron más que los Imperios.
   Es donde todo, absolutamente todo, crece igual y de cualquier manera.
   Latino quiere decir perdí todo y necesito todo.

sábado, 30 de noviembre de 2019

CUÁNTOS JUSTOS CUÁNDO



  —Salté y caí en las brasas. Me quemé los pies, pero no lloré. Fui a buscar al botiquín alguna cosa que me aliviara y como no encontré nada, abrí las canillas y metí mis pies, parecía que salía humito, pero era el dolor que se iba. Busqué hielo en la heladera y se lo agregué al fuentón. Apilé todas las tohallas y sin sacar mis patas del agua helada, abandoné mi cabeza en la pila y pensé en vos que no estabas. Justo cuando más te necesitaba, pateé el fuentón, me puse tu crema de cutis y zoquetes de algodón.
   Me reprocha que no salga a conocer el mundo y otros hombres y otras mujeres. Aprender los idiomas más difíciles. Es tan hermoso pensar en otra lengua y poder intercambiar ideas, una copita, pavadas. Te hacen bien, porque es así lo que es, en ese momento.
   —No te voy a pedir perdón, bien sabías que viajaría. ¿Me necesitabas porque estabas solo? Yo también estaba sola. Pude prescindir de vos que en la práctica me echaste, estabas siempre hablando con otros, palabras que a mí, nunca me interesaron. Cuando me abrazabas, con una mano me acercabas y con la otra me alejabas. Te lo digo, pero no es para vengarme. Tengo un novio que me requiere. Por si no entendiste te lo repito, este novio me requiere, que quiere decir me necesita.
   —Hubo muchas veces que vos me hiciste sentir solo. Cuando tuve la recaída en el Hospital, cuando no me perdonaste salir con ésa. Fueron muchos cuando, pero a mí me rompe el corazón, porque vos, sos mi Mamá.

viernes, 29 de noviembre de 2019

TURCA EN LA NEBLINA



   —Malena?, soy yo, tengo mucha angustia, ¿me podés ayudar?
   Malena tenía la casa, con todos de vacaciones, no había nadie que se interpusiera en el dilema de Sara.
   —Venite tranquila que estamos solas y me contás.
   Apareció en piyama, con zapatillas de training, tenía los pelos parados.
   —Pasá y sentate cómoda, te traigo un café recién hecho y una rodaja de tarta. Primero el desayuno, después vos dirás.
   Le dijo que cumplió 49 y se sentía tan sola, como turca en la neblina.
   —Me humilla, Male, pero no tenés a nadie para presentarme? Alguien grande, que no tenga pretensiones de persona joven, ustedes tienen tantos amigos, buscar en internet me humilla más que pedirte a vos.
   Male se quedó pensando y trajo la agenda: 
—Mirá, Sara, éste es el último libre que me quedó.
   Habla como si las personas fueran objetos suyos. Lo conozco, pobre Martín, tiene 86 y está muy enfermo, le queda un mes de vida, tal vez dos. Dije que lo iba a pensar.
   —Male, me pareció raro que todos se fueran de vacaciones, ¿y a tu Marido no le inquietó que te quedaras sola? ¿Mandar a tus hijos sin vos? Me parece que ahora me tenés que contar vos de tu angustia.
   —Es complicado, ¿sabés? Tolo se fue de casa y nunca explicó nada. Los chicos viven con su Abuela, vienen a veces a saludar, pero de Tolo hacen algún comentario, que a mí no me aclara nada. Por suerte tomo unas pastillas, que compré por internet, puedo dormir, me hacen olvidar que mi memoria se ausenta por momentos y luego vuelve.
   ¿Por qué le confieso lo que me pasa?, si hasta sonríe escondido.
   —Esta situación me pone nerviosa, pero te lo tengo que decir. Hace dos años que me acuesto con tu Marido. Ninguno tuvo la culpa, fue algo tácito entre los dos. Lo más extraño es que nos acostumbramos y lo quiero tanto como el primer día que pasó lo que pasó. Vengo a pedirte perdón. Se me fue de las manos, no lo pude controlar.
   —Lo bueno de estas pastillas, es que tengo momentos de lucidez. Mi querida y fiel Sara, Sariña, Sarita. Por eso quise honrar tu amistad, con ese café recién hecho, con apenas siete gotas de cianuro y una tarta galesa, batida con arsénico antiguo. Ves?! Ves?!, vino lo que te conté, mis pastillas me ausentan la memoria y duermo como un garrote. Después me seguís contando.

jueves, 28 de noviembre de 2019

ENSAYO, NOVELA



   Trabajadores arreglando la casa de enfrente. Por fin me sentí protegida, trabajaban y dormían ahí. Les llevaba pastafrola, o sánguches de salame. Un día me dijeron que no era necesario, ellos todavía guardaban la costumbre del asadito. Ese olorcito me daba ganas de pedirles, pero no quise enterarlos de mi pobreza.
   Una noche se presentaron tres con capuchas negras, me amenazaron, buscaban dinero…
   —No tiene nada, para el pan de mañana. Habíamos acordado que esto era un ensayo, le pegamos unas trompadas, podemos darle a una várice, con la sangre se va a impresionar. Es una vieja cobarde.
   Otro dijo: —El plan era la casa de la esquina, vuelven de noche, hay de todos los viajes que se mandaron, fueron para comprar enormes conteiners. Tiene hasta una caja de seguridad, con el puro billete. Marcelo la abre, no tiene códigos, con un alambre y una cucharita de café, listo, la guita es nuestra. Ahora viene la novela, tenemos el camión de mudanzas que afanamos la semana pasada. Por acá sólo transitan hojas secas. No olviden que la plana mayor de la yuta, son mis mejores amigos, con media docena de pizzas y varias botellas de vino, los tipos quedan hechos.
   Ni bien estacionaron el camión apareció la familia. Un matrimonio y cuatro hijas, que eran una papa.
   Tincho dijo: —¿Vieron que el ensayo nos sirvió? Vamos a cagar a palos a los viejos, tenemos dormitorios para trincarnos las cuatro. Seguro que son virgo, nosotros somos maestros, les enseñamos. Traé la cinta de embalar, Marcelo, para que no armen quilombo y quién te dice, por ahí lo disfrutan, no sabemos.
  Cargaron el camión con todo, hasta las botellas de Whisky Ye Monks del Viejo y dos cajas medianas con heroína.
   —¿Qué hacemos con las chicas?
   —Gil de cuarta, las metemos en el camión, por si nos dan ganas. Si gritan las zorras, las arrojamos a los cocodrilos de la reserva y nos vamos al carajo.
   —¿Y después?
   Tincho le contestó: —Listo, Viejo, la Novela terminó.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

LA LIBIDO


   Habiendo tanto desocupado, prefería ir en bicicleta. Los autos largos con Chofer, eran una pretensión de mi Viejo. Para que nos dejara en la puerta de nuestras respectivas  actividades. Mis hermanas, encantadas, bajaron en la puerta de sus Facultades, les hacía tener pretendientes, para tirar para arriba, o para abajo también.
   Usaban la misma estrategia con los Profesores, que les ponían las notas más altas, por nuestros apellidos. Para ellas un orgullo, para mí, vergonzante.
   Un día lluvioso decidí tomar el micro, salí más que temprano, porque sabía que el micro daba vueltas a toda la Ciudad, antes de llegar a mi trabajo. Un chico, que estaba buenísimo, se sentó en el asiento de enfrente, para él se notaba que yo no existía, miraba por su ventanilla. Cuando tuve que bajar, él siguió y me dejó con la intriga.
   Al día siguiente tomé el mismo bondi, pero con minifalda elastizada y remera sin corpiño, desde que me operaron no lo necesito. El pelo, lacio planchita. Estaba tan ansiosa que la libido aceleró y olvidé ponerme los calzones. El tipo me registró, entonces abrí mis piernas, como una adolescente, miró al centro con ganas. No descendí, él tampoco, hicimos el trayecto cuatro veces. Él me hablaba sin hablar, con ojos cachondos. Por fin la Terminal, bajó el Chofer sólo y apagó todas las luces. El tipo apoyó carpetas en su montañosa erección.
   —¿Me mostrás qué dicen esas carpetas?
   Se ruborizó. —Son todos dibujos de gatos, amo los gatos.
   En lugar de mi pedido, metió su mano y me acarició. —Tu gato es lo más, es tan tibio y rizado, que me dan ganas, ¿puedo?
   Es una gata alzada, grita y me aturde. Pobre mina se lo merece, la voy a llevar al asiento del fondo.
   —Tenés un miembro más gordo que tus piernas. ¿Entrará?
   Ésta no sabe que trabajo de eso, se la ensarté hasta el fondo, la quise besar en el mientras tanto, le había llegado a la boca, por primera vez me besé la punta. Ahora me explico por qué Mamá lloraba tanto, se divorciaron. Yo heredé.  
   —Bueno, niña, me parece que esto ya terminó, es mi Profesión, me pagan en dólares, pero en general son viejas. Sos una bebé, para vos fue gratis.

martes, 26 de noviembre de 2019

SE VENDE


   El esplendor de aquella casa por fuera, donde el sol regalaba amaneceres, se contraponía al interior, que era frío, oscuro y si algunas veces hubo voces, ahora eran incipientes corrientes de brisas congeladas. La compró una inmobiliaria y dividió sus habitaciones, para hijos de familias de estirpe adinerada.
   Los lugares sospechosos tenían camas pegadas a las paredes de madera. Se apretaba un botón, que era el ojo mitológico de algún ciego, pintado con óleos macerados. Ovidio dormía allí, lentamente caía una litera, cubierta con sábanas de seda y almohadas de duvet, allí reposaban los becados, seres prodigiosos a la hora de enseñar alguna idiotez que no servía para nada. Era obligación rendir esa materia, bastaba con no asistir y se aprobaba.
 Roberto Caseneve tenía una habitación con varias ventanas cerradas. Fue su deseo que así quedaran. Dispuso su cama en el centro, gustaba tener aire en todo su contorno y ni la decoración de un almanaque, en las paredes desnudas. Era alumno de un sabio oriental, que dictaba con erudición de sabio, claro, la vida de los fantasmas. Hacía reír mucho a Roberto Caseneve la existencia de esos seres indiferentes, que en ocasiones eran mujeres, podían dormir a su lado sin él percibir nada.
   Cuando Roberto daba examen, iban los Asistentes de otras materias inútiles. Cuando concluía su exposición, Ovidio aplaudía de pie. Las demás clases eran incoloras, inodoras e insípidas. No había Profesores expositores. Para cortar lo inasible, los alumnos tomaban asiento en una mesa larga, tendida con platos vacíos, llegaban fuentes vacías. Profesores y alumnos apoyaban servilletas de hilo bordadas sobre sus bocas, sin una mácula de residuo.
   Roberto Caseneve y Ovidio Rodillo, caminaron sin hablar, por un pasillo largo, que se cubrió de una oscuridad negro infinito.
   La Inmobiliaria encontró una pareja tan blanca, que parecían carecer de torrente sanguíneo, mostraban un entusiasmo secular, por la casa que el sol ponía refulgente. Pasaron al interior, el Contador de la Inmobiliaria, comenzó la apertura de ventanas. La mujer compradora, con voz grave, le tomó las manos con tanto ímpetu, que le quebró una muñeca.
   —¡Ni se le ocurra!
   El marido, con caninos draculeanos y sonriendo, le hizo entrega de un cheque ennegrecido, le cerró la vieja y pesada puerta en la cara, le partió el tabique en tres. El Contador, luego de pasar por el Hospital, fue atendido por Profesionales rigurosos, de Honorarios rigurosos.
   Se dirigió a la casa de sus nuevos habitantes, para el cobro de los daños ocasionados por sus compradores. Puertas y ventanas se encontraban cementadas. Los vecinos la llamaban “La casa amontillada”.
   En una madrugada de febrero, salió la gente a emprender sus trabajos, los ojos pegados son lagañas olvidadas para dormir, hasta definir el sol de la mañana. Hubo tres señoritas, con los ojos sin ningún impedimento, las que vieron el terreno sin ninguna construcción y un largo pasillo, descendiendo hasta la Catedral.

lunes, 25 de noviembre de 2019

CORTAR


   Tenía el odio acumulado en el corazón, cuando me pesaba metía con cuidado, todo en una bolsa de basura. Era más aséptico que gritar o rodear su cuello y apretar, por haber sido tan cruel, escribirme un papelito, con faltas de ortografía y birome corrida, como al pasar me lo puso en el hueco de la mano, hecho un bollo: “No sabés cómo me gustás, te quiero ver, llamá, estoy en guía, creo que ya te quiero.”
   Me escondí en el baño y lo leí, casi me estalla el cuerpo, nos mirábamos y sus ojos me hacían volar, tiré el papelito y apreté el botón. La primera vez me dio impresión, tenía tanto semen acumulado, que casi pinta la pared.
   La segunda vez fue adentro de mi boca: 
—Por favor, tragate todo, hace bien al cutis y al estómago. No te puedo ver tan seguido como quisiera, vivo con otra chica y no quiero hacerle una putada.
   Fue una sorpresa, entonces yo era una puta, para él. —Yo no soy puta, ¿qué tenés en la cabeza?
   Quiere saber: —Te voy a resarcir el martes que viene, te pido que no le cuentes a nadie, eso me pone cachondo, me olvido de ella por completo y a vos te completo, tengo que hacerte más cosas, ¿podrás arrodillarte? ¿alguna vez te puedo atar?
   Esto último se lo permití. Después  que me ató una mano, le tuve miedo y con una gillette, que asomaba de mi cartera, le tajeé la cara y le escribí mi sobrenombre en medio del pecho. Sangró, le gustó y acabó. Era un psicópata y no me di cuenta, o no quise. También la perversión atraía mis sentidos.
   El último encuentro, dijo que no quería verme más, se iba a vivir a Montreal. Lo seguí, tardé dos años en averiguar su dirección, encontré la casa, estaba escrito mi sobrenombre en la puerta. Toqué el timbre y me atendió su mujer, rubia aburrida.
   —¿Acá vive Set?
   —Es mi Marido, ¿querés que lo llame?
   Asentí haciendo ruido con unas carpetas, como si no me importara. Apareció con un chico de dos años en sus brazos.
   Puso cara de alegría. Subí a mi bicicleta, corrí y entré a mi subalquilada vivienda. Me arranqué el corazón con mis propias uñas, no dolía, la bolsa de residuos estaba ahí. Alcancé a meterlo con cuidado, uno no se muere enseguida, de la bolsa salían dos hilos de sangre, que pasaron por debajo de la puerta, bajaron la escalera, escuché el sonido hasta ahí.

domingo, 24 de noviembre de 2019

UN ESTABLO


   Compró esas escenas con que algunos creyentes decoran la Navidad. Era un tinglado de ovejas, en el medio en una cuna, estaba el Niño Dios con ojos abiertos desesperados. La Virgen María, del tamaño de una mujer, con el rostro descansado, los ojos pintados, ojitos de Jerusalén y un rimel exagerado para una virgen que se precie como tal. Ella miraba al Niño y parecía interrogarse: ¿Quién lo habrá parido?, pensaba preguntar al Espíritu Santo, pero lo vio tan alto y soberano, que le dio mucha vergüenza.
   Del otro lado del pesebre, estaba José, dando los últimos toques de un buen carpintero, porque el pesebre, tenía que durar. Tenía fama de cornudo, pero si nunca tuvo mujer, salvo la Virgen María, que no quiso dejar de ser virgen, habrá tenido sus razones. Había un figurón del Dios Padre todo omnipotente, creador del Bing Bang.
   Figuras de los Reyes Magos, que venían en camellos y transportaban muy bien los regalos para el Poder Judicial y otros andamios, de dineros mal habidos.  
   Los Reyes, difuminados, portaban falsas identidades, Melchor, Gaspar y Baltazar. Todo esto lo compró mi profesora de yoga, en Salta, encargó el envío emocionada y cruzó a la vereda de enfrente, a tomar merca y conchetear, con algún hombre o mujer. Le daba igual. Basta que tuviera algún ladrillo, para comprar y regalar o vender, en “Lugar Soñado”, su domicilio constituido.
   No aguanté más tanta hipocresía: — Las chatarrofilias como vos, que sos adicta a las cirugías con pelapapas y cuter,  para ahorrar te las hace la Cholita, que trajiste del Norte, gratis. No creo que nadie te diga de frente, tu realidad inexistente. Me encantó encontrarte en internet imitando a Tinelli. Saltando con un micrófono, al grito de: Alegría! Alegría! Que todos seamos alegres, partiendo del piso, felices felices.
   Como decía mi Tía Ema: —¡Ah, qué chica tonta!   

sábado, 23 de noviembre de 2019

CEREMONIA SECRETA



   —La petaca que traés en el bolsillo es alcohol, te veo llegar seria, oscura, te encerrás en el baño y salís diferente, con las bisagras aceitadas.
   No sé para qué le digo, lo va a negar, por eso se surte de chicles de menta después.
   —Soy prudente y en el ensayo…, bueno que digan los otros. Sos tan débil que a mí ni pena me das.-Decía la zorra, Beatriz-.
   Ama hacer las dos cosas, antagonista y protagonista, en esta Obra nos está cagando a todos. Encima me manda su gordo Marido, con zapatos Timberland nuevos y olor a chivo viejo, para que llegue temprano al teatro. Pretende ser generosa y el tiempo que el Gordo tarde en llegar, ella se hecha un polvo con el Director repugnante, no porque le guste, sino para que la contrate en la próxima Obra, que ella misma escribirá.
   —¿Sabés lo que dicen los otros?, que “te pasás de lista”. La típica borracha ninfómana, que por no saber el texto, lo llenamos nosotros, con palabras ocurrentes, donde el público pueda reír, en el medio de un drama. En tu última salida, que fue la de saludar, estabas tan mamada, que vomitaste a toda la primera fila, justo donde estaba tu familia, que asistieron vestidos como gala en el Colón. Y ahora, después de cuarenta años, me entero, por un espacio de Internet, seguro lo pagó tu Viejo, que sos Dramaturga y con honores, premios y viajes. Cuando te entrevistan arrastrás las palabras de tanto que chupaste. En tu vida hubo dos formas para llegar, no sé dónde hay que llegar, pero ése era tu mantra. Chupaste alcohol y de lo otro también. Advertí que tus labios finitos, los inflaste con botox, para llenarte la boca, con cualquiera que se presentara con bragueta abierta y un próximo contrato.