sábado, 6 de octubre de 2018

POLILLAS


  
   Así no se puede vivir, tenemos aguas servidas enfrente de mi casa. Llamo por teléfono para presentar la queja.
   —Si encontramo, algún camión laburando, se lo mandamo.
   Y qué le voy a decir al tipo: “andate a la concha de tu madre, puto”. No, soy una señora. Dejo las cosas así, no sé cómo detener mierda del edificio de la esquina. Voy a la compra del supermercado “El Cagarca”, como dice el gordo ¿hacen un casting de nombres? Aumentaron todo, todo, todo, el dueño es un mafioso que se caga en los empleados, los hace trabajar hasta sábado y domingo inclusive. Busco queso de rallar y del otro, prohibido comprar queso, el precio me lo impide. Me dirijo a la manteca, que parece decir: —¡No me compres que estoy cara!
   Llego a la góndola de los fideos, es una comida que con un chorrito de aceite, siguen siendo grises los fideos. Llevo un paquete y pienso ¿estará muy viejo el aceite de la jarrita? En casa hiervo agua y meto los fideos. Entran mis censores a la cocina. 
—¡Mamá! le robamos dos huevos al vecino y si hacés tortilla de fideos, para variar…?
   Los cortaría en pedacitos (a los chicos) pero recuerdo un salamín que vive en la heladera, medio salamín, una puntita de salamín, se lo agrego cortadito a la tortilla del espanto. Yo no como, tengo que adelgazar. Mi Marido no come, se va a jugar al fútbol. —Mami, si Uds son dos, que no van a comer ¿podemos invitar a dos amiguitos que no comen nunca?
   Esa noche dormí intermitente, en un inter, escuché la bisagra de la cocina y pasos. La intriga pudo más que mi cobardía, eran dos ladrones con capuchas apolilladas. La única luz era la de la heladera, estaban en cuclillas. —Tiene que haber sobrado, algo yo dejé, algo paras los viejos…
   Casi tuve miedo del hambre ajeno. —Chicos, yo sé quiénes son, tengo un paquete de arroz escondido y perejil y albahaca de mi huerta deprimida, espero que les alcance -les besé la frente y pedí sus capuchas- yo se las remiendo, quedarán nuevas. Les servirán para otra ocasión, si la cosa sigue dura.

viernes, 5 de octubre de 2018

MIÉRCOLES 17 HS, LIBRE



   —Creo que con lo que tiene en la cabeza, lo mejor es que usted se lo explique. En el contenido de sus pensamientos ninfotanáticos, a Ud le gustaría que el David de Donatello la poseyera frío y de mármol. Sucedería que moriría, reventada por el kilaje del mármol. Sólo un ciego no vería cuán testaruda es. Hay que hacer un puzzle con los pedacitos que le dejó aquella experiencia. Puede encontrar una forma de deformación congénita, siga Ud, porque me está quemando la cabeza.
   —No lo quiero presionar, pero es su oficio, ya tomó sus vacaciones. Ahora escuche, es un horror de diagnóstico que me considere ninfotanática, poseer es tener y yo me tengo a mí misma, con eso me sobra. Conozco la escultura del David y me parece un putito efebo y coquetón. Los pedacitos están unidos, no son deformaciones congénitas. Recibí golpes, palos, trompadas, submarinos de chocolate y de los otros. Ud sabe. Su delirio lo supera y mi ausencia de proyectos me supura. Su ayuda completó lo que pensaba y el tiempo que empleó en mí, le fue abonado. Hoy es mi última sesión, Ud es el mejor, por eso tiene pacientes que lo aman y otros que lo detestan, pero seguirán viniendo. 
   Nos dejamos aquí.

jueves, 4 de octubre de 2018

CACHALA! CACHALA! CACHALA!



   La billetera le asoma, no le digo nada, por ahí al que la cache, le sirve más. A mí que no tengo nada, no me importa, estoy acostumbrado.
   Me saca de las casillas esta mina de mierda. No entiendo, decidimos que la billetera la porto “io”, porque ella es compradora compulsiva y yo soy un cajero cerrado y me porto como un cajero cerrado. Hay comida siempre y hasta sé zurcir ropa. Las cuentas las paga la billetera.
   —¿Por qué llorás!? ¿Qué mierda te hice!? Y además sí, tenés razón, se me cayó del bolsillo. Sentí como cuando intentamos tener sexo y lo mío se desliza lento, hacia afuera y se achica sin remedio. Fue más o menos así, sólo que el tipo que la cachó parecía un yuta de civil y le asomaba una culata del bolsillo. Yo me hice el boludo, no voy a perder la vida por cuatro papelitos mugrientos y una cédula microcéfala. Me doy vuelta y un flaquito cagado de frío, con pelo piojero, mira que al yuta se le cae la bille ¿sabé que hizo el pobre tipo?
   —Sí presenció, te la devolvió.
   —Suponés mal, muy mal, el tipo, como si tal cosa, la pateó al buraco de la boca de tormenta, donde el cordón dobla la esquina.
   —Y vos la fuiste a buscar.
   —Tás loca!? Llovía a cántaros, el agua corría a lo pavote, ni tuve necesidá de agacharme, vi cómo se iba y ¿vos sabé que me alegró?, soy raro yo ¿no te parece?...

miércoles, 3 de octubre de 2018

MUY CERCA DEL MAR




   Su Tía Ema agrandó la casa de las siete torrecitas, en sus cartas decía que tenía un especialista de tercera generación en escaleras. Llegó otra carta por haber encontrado un suizo que cuando vio la casa dijo: —Faltan ventanas, lucarnas y un sótano iluminado. Mi trabajo será impecable, disculpe mi modestia ausente. Mandó tantas cartas que parecía que iba a construir una ciudadela.
   Era su madrina y cuando cumplió noventa y ocho años, las últimas palabras fueron: —Es suficiente.
   Por ser su Madrina y único pariente, heredó la casa que contaba, ahora, con diez torrecitas. Fue con su mujer, Rosa y sus cuatro hijos, Coca y Sarga y dos varones, Coco y Pachi.
   —¡Chicos! Esperen que frene para salir del auto.
   Corrieron alrededor de la casa. Mi mujer lloraba pensando en la limpieza, la puse al tanto del personal que vivió y manejó siempre esta casa.  Salieron a saludar las tres, una con llaves puestas en bandolera, otra con delantal blanco y la última con su eterno batón negro, con florcitas que fueron blancas. Él creció, pero ellas se mantenían como el recuerdo que eran ágiles, trabajadoras y tan cariñosas. Sus hijos entraron a la casa, sin saludar, y comenzaron a circular por las habitaciones y a subir y bajar escaleras. Sarga y Coca se metieron en un vestidor, con infinitos trajes y espejos, se probaron la mitad. —Nos quedaremos dos meses, otro día seguimos.
   —Debemos salir de este lugar, Sarga, ¿vos sabés por dónde entramos?
   Ni idea tenía Sarga, tanto vestido, tan largos los pasillos que hacían curvas reiteradas, encontraron una puerta cerrada con llave por fuera. Escucharon pasos que se arrastraban y ruidos de cadenas. Se abrió la puerta, el ama de llaves les dijo que podían salir. Todavía era de día y subieron una escalera de caracol que llegaba a la décima torrecita, se marearon porque las escaleras estaban hechas para bajar. Parecía que caminaban con las manos y la décima vuelta tenía una puerta alta y flaca, como decían que era la Tía Ema. Entraron y había una cama de oro, con dosel de oro, acolchados tejidos en oro. De la punta de la torre cayeron Pachi y Coco, de cabeza sobre el dosel, de allí a la cama y unas cadenas oxidadas abrieron los cerrojos de memoria. La señora del eterno batón negro con florcitas desteñidas, la mucama de delantal blanco y el ama de llaves, llamaron a sus padres.
   —Señor, Señora y por qué no Niños, esta casa nos pertenece, si hubieran pasado Uds por el Abogado, tendrían la prueba, hecha ante el Juez, donde la Señora Milena Malsana de Rivera Calo, declaró que a último momento y en pleno estado de sus facultades mentales, nos dejaba la casa de las diez torrecitas.
   El Señor y Señora esposa, subieron al auto sin decir nada. Casi olvidan sus chicos. El mar quedaba cerca, se dieron un baño y al salir miraron la casa de las diez torrecitas, con todas sus arañas de cristal y oropeles, iluminadas.
   La Tía Ema, en persona, con su rodete tan alto como ella, subía y bajaba escaleras, en algunos lugares parecía caminar en posturas invertidas. El personal trifásico preparaba la comida.
   Se fueron contentos, esa casa era muy complicada de circular y les ponía la piel de pollo que la Tía Ema, hubiera sobrevivido a su propia muerte.

martes, 2 de octubre de 2018

LAS PALABRAS


   Hace quince años andaba sola por el monte, no tenía miedo de las culebras, las arañuelas ni del misterio del rancho lejano, levitando sobre una alfombra de pastos dormidos.
   Cuando se inundaron las tres parcelas donde vivíamos, mis hermanos y mis padres guardaban la esperanza que las aguas bajaran. La lluvia no cesó durante seis meses, estábamos verdes de tomar mate el día entero, un modo de combatir la angustia, junto a las comidas ingeniosas de mi madre. Las provisiones disminuían.
   Pucheros, sopas, carne, leche, debido al corte eléctrico definitivo, la heladera no prolongaba las comidas, que con todo dolor, debíamos tirar a los chanchos apostados en la galería.
   Los vientos, suaves hasta aquel momento, soplaron vertiginosos. El agua llegó al piso de la cocina, mis hermanos construyeron botes con los postigones de las ventanas. Remamos todos con varillas de alambrado y llegamos al asfalto. Pensé que debíamos pasar por el rancho misterioso. Mi hermano, el más grande le dijo a mi padre “Siempre que llovió paró”. Mi viejo contestó “Callate boludo”.
   No era momento sugerir lo del rancho y mi deseo. Un señor muy gaucho, vestido de gaucho, nos llevó hasta el pueblo. Trabó con mis padres una amistad cálida y duradera.
   Comencé mis estudios en el pueblo y luego de quince años volví a las tres parcelas. Mi hermano menor corrió para saludarme con un abrazazo que sólo un hermano puede dar. Mi otro hermano, el de “Siempre que llovió paró”, casi me parte. Eran dos tipazos, mis loquitos queridos.
   Al atardecer salí al monte, llena de miedo. Había más árboles que antes, muchos. Lo dispuso mi padre, decía que sin árboles en diez años íbamos a respirar mierda.
   Logré divisar el rancho aquel, seguía levitando. Caminé en esa dirección. Llegué muerta de frío. En la puerta, sentado en su silla desvencijada, un viejito de pelo largo, como flecos glisados, tomaba mate mirando el aire.
   “¡Buenas y santas! Me llamo Pepa y vengo a saludarlo de cerca, siempre lo vi de lejos...” “Sea bienvenida hija, lo de buenas se lo acecto, pero lo de santas me cae mal. Mire lo que son las cosas, yo siempre vi de lejos a todos los cristianos, pero verlos de cerca, ni se me ha cruzao por la cabeza.” Y el anciano me trajo un banquito y un poncho. “Cae el sereno mija, pongasé ésto y tomemo unos mates calientito.” Le agradecí y nos quedamos los dos, mirando el aire.
   Aprendí algo del anciano inefable, las palabras ensucian el aire, lo pasamos fenómeno tomando mate sin hablar.

lunes, 1 de octubre de 2018

IMPRONTAS INVISIBLES


   No hacía críticas a mi madre con terceros. De mi padre no se me hubiese ocurrido, no había nada que criticar, era perfecto. Nunca hablé de mi madre con nadie, a excepción de mi analista que le encanta, como a todos los analistas, preguntar: 
—¿Y qué tal Mami?
   Con mis hermanos la veíamos con un pañuelo rojo que envolvía su cabeza. Lo acomodaba de un modo parecido a la cresta de un gallo. Sabíamos lo que se venía y temblábamos.
   Era el día que no iba la muchacha, que según Mami, limpiaba mal, como todas. Mami lustraba bajo muebles, sobre muebles, sobre sanitarios, en especial los techos de la casa chorizo, era una luchadora empedernida. Abría la escalera de pintor y pasaba un trapo empapado a los techos, con un olor que todos memorizamos en la nariz, pero ninguno de nosotros sabe qué era. Rasqueteaba los pisos y le daba dos manos de cera suiza. Luego nos ponía a todos en fila a lustrar con franelas, la última etapa. Todo lo hacía con disgusto y bajaba nuestra autoestima con reproches a cada uno, sobre todo a mí que era burra, sucia, haragana, no levantaba un papel del suelo, buena para nada, etcétera, etc.
   Era cierto, pero una madre de verdad no dice esas cosas. La denostación continua terminó por convencerme que era todo lo que Mami aseveraba.
   Durante el resto de mi vida quedó una impronta que me dejó enclenque, buscando afecto en cualquier parte.
   Luego de cincuenta y ocho años encontré en el altillo el pañuelo rojo de la limpieza.
   Usé un espejo para enrollar mi cabeza.
   La vecina daba de comer a sus gallinas, los vidrios sucios dejaron pasar la imagen de un gallo, de cresta roja. Mami nunca me dio un beso.

domingo, 30 de septiembre de 2018

ARTICULAR



   Coca dijo: —No sé por qué fui con las dos hoy, el día de la inauguración de un supertecnoshopping. 
-Ella es tan frívola, pensó Frula-.
   —¿Por qué querés ser siempre la primera? Los primeros son loser y esto que nos pasa es por eso.
   Me invitan por ser la tercera. Se abalanzan sobre las ofertas, se llevan lo mejor, dejan todo pelado y una empleada renga, me cierra la puerta sólida en la cara, con un cartel que dice grande “Cerrado” y más abajo “Mañana también porque hay Paro General y pasado, porque es el día del Empleado Púbico, traspasado domingo tan poca mercadería quedará que permanecerá Cerrado”
   —¿Vos la viste a Marimba?
   Ésta no se da cuenta que una enana en un tumulto, no existe.
   —Aquí está, guarda, no la vayas a pisar, que grita como si fuera alta.
   De repente se apagaron todas las luces y cerraron todas las puertas. Decidieron dividir semejante contubernio. Cada una por un lado diferente, un sistema de exigencia comercial se prendía con mensajes: “Siga derecho y a la derecha, doble a la derecha.” A Frula le pareció redundante, pero obedeció. A Marimba se le prendió una luz de tercera persona, su mensaje decía: “Llegó al pasillo más angosto, póngase perfil izquierdo, notará que raspa, va a provenir un aceite que la hará deslizar sin peligro de embarazo, hacia la izquierda, no pierda el equilibrio, carecemos de asistencia psiquiátrica. Déjese llevar.”
   Coca, que era la más acelerada, echó a correr, no alcanzó a ver el cartel que decía: “Me guardo las energías de mi apuro y hago los kilómetros que pueda.”
   Me mando a la izquierda, yo soy de izquierda, hay que ser leal a la ideología propia, tomo la mano izquierda, doblando a la izquierda, encontraré el pasillo izquierdo. Allí estarán las dos bobaliconas e investigaremos, alguna puertita para salir, tiene que haber.
   Llegaron las tres juntas, al mismo punto de encuentro del principio.
   No hubo puertita, el Paro General, duró cuarenta y cinco días, permanecieron cuarenta y cinco días peleando. Era la primera persona, contra la tercera. La segunda, como cobarde que era, gritaba:  ¡A vos no! ¡A vos no!         

sábado, 29 de septiembre de 2018

NOHACÉS



   —No la encontramos, mire que buscamos, si es tan Histórica para qué viene?- Dijo el ñoqui sobreviviente-.
   Fui con mi marido que se calienta por cualquier culo, digo cosa.
   —No hay que repararle nada, está entera. –Dice el empleado-.
   —Usted me entendió mal, también vimos que no es Histórica, es Histérica.
   —Eso lo averigua en el Segundo Piso, ANSÉS  está con usted y lo que queda de su esposa.
   Subimos al Segundo y tardan dos horas en atendernos, aparece un ñoqui recién nombrado. 
   —¿De qué se trata?
   —Nos deben tres mil pesos desde hace cinco años, equivale a veinte mil pesos,
   —¿Sabe qué pasa? No tengo ni idea de equivalencias. Van a tener que subir al Quinto Piso. Hay tres oficinas, alguna los atenderá.
   Golpeamos en la Primera y estaban almorzando.
   —Disculpen nuestra ingesta, sabemos que ustedes no tienen ni para comer, ¿qué le va a hacer? Así es la vejez. Pregunten en la oficina de al lado.
   Tardaron, nos atendió una señorita con minifalda trepadora, despeinada y con un push up en la mano. El Jefe se acercó prendiéndose la bragueta y la cara llena de rouge.
   —Sí, ya sabemos a qué viene, a interrumpir nuestro espacio recreativo, falta todavía, en la oficina 3 atenderán sus plegarias.
   Golpeamos y apareció un joven bien entrazado. —¿Sería tan amable de mostrarme los papeles que ya tienen?, Bien, tomen asiento. Les averiguo el resto del trámite y vuelvo.
   No había asientos, esperamos de pie, hora y media.
   Llegó el joven sin sonrisa y disgustado. —Mire, hubo un incendio y se han quemado todos los papeles, inclusive los papeles que ya tenían, mire mi corbata, el fuego no da tregua. En fin ustedes se deben cagar en mi corbata. Escuchen con atención, van a tener que empezar absolutamente todo, desde que le dieron el numerito para comenzar hasta que la eficiencia de Noacés, perdón, de Ansés los espere. Lleven el día a día, el o los trámites a seguir. No le puedo asegurar que el pago sea inmediato, en este momento no hay un peso.
   Fuimos al Despacho del Directorio, se rieron mucho con nuestra historia. —¿Saben lo que pasa?, a todos les sucede igual, aquí el dinero sólo alcanza para pagar nuestros sueldos, cifras altas, que tenemos prohibido repartir entre Uds. De todos modos, empiecen los trámites, recuerden que eso los va entretener, de paso mueven el esqueleto, tanto subir y bajar mantendrán la agilidad que les quede. Un gusto para Uds conocernos. Adiós.
   Parecíamos los muertos vivos, bajamos como veinte pisos. Los ascensores no funcionaban, para ahorrar electricidad.
   Cuando llegamos a las puertas de salida, estaban cerradas, había terminado la jornada laboral. Nos sentamos en dos sillas.
   —Esperamos y mañana nos toca el primer número, los cagamos, vieja.
   Ella se mantenía rígida y seria, le tomé la mano, fría como el mármol. El Certificado de Defunción decía: “Muerte por trámites”.

viernes, 28 de septiembre de 2018

TRAMPAS



   —Vos tenés que cobrar ya, hablaste con el Abogado, te dijo que el Banco es enorme, vos hacete cargo, yo voy a estar como si fuera tu acompañante inválido. -Habrá entendido?-.
   Ese banco es más grande que la catedral, tiene escaleras enfrentadas y algún pintor municipal equivocó las flechas indicadoras. Es difícil encontrar la inmensa bóveda de las cajas de seguridad.
   —Tú comprendés, donde vos deberás tener tus neuronas despiertas,  es gente seria y nada piadosa. Tú me escuchás, soy uruguayo, mezclo los tuteos con los voceos, pero eso a vos no debe interesarte. Los lugares de cobro son individuales, en las puertas que deberás adivinarlas hay letras, números y algunas poesías. Se prenden a tu paso.
   Puso cara de imbécil, viene bien esa fisonomía.
   —Yo no tengo que hablar ni preguntar…?
   Es boludo. —¡¡No!! Shsh, como si fueras mudo, en cada recinto ni bien perciban tu sombra te extienden números plastificados desde una ventana de confesionario, tú debes mirar que sean euros y dólares, si son pesos, partí la tarjeta en dos.
   —¿Ellos saben sin que les diga cuánto me tiene que dar?
   Ya estamos adentro, no se nota porque hay zonas donde las paredes se abren, pasamos como si fuera una puerta y luego vuelven a ser pared. Es la misma tecnología del Pentágono, con la diferencia que esta es hexagonal.
   —Y usted me acompaña.
   —Shsh. Te dije que seré tu acompañante inválido, lejano, no me lo confirmaron pero tal vez sea transparente.
   —¿Le puedo preguntar con voz inaudible?
   —Tú cállate, esta gente tiene una habilidad para robar, como René Lavand para jugar al póker. Son ladrones de altísimo ganado.
   —¿Roban?
   —Shsh.¿Te perdiste, sabés ahora para encontrar la salida? Seguí caminando.
   Se escuchó una turbulencia que los dejó sordos. Y aparecieron en el Vapor de la Carrera, rumbo a Montevideo, estaba la Madre en una berlina. —¡Me salvé gracias a éste…a éste. ¿Pero cómo? No hay nadie.
   —Hijo, estás delirando, auriga, fustigue los corceles!! Nos espera el expresidente José Mujica, con porros medicinales.

jueves, 27 de septiembre de 2018

SETENTA COLCHONES



   Vestía indumentaria de diseño cara, bolsos traídos de Italia, sandalias que hablaban de comodidades económicas. Él dejó sus estudios y era repositor en un supermercado. Ahorraba todos los meses para tomar vacaciones en un lugar desértico de mar azul profundo y vegetación protectora. Había un sólo hotel, con caireles, tapices y habitaciones de techos de cristal, piscinas personales con agua tibia o fría, cuya graduación percibía las temperaturas corporales. Los cambios de agua eran constantes. Ella vivía en Milán y viajaba una vez por año, los encuentros casuales se brindaban en la cama. —Voy a quitar las cremas de mis bolsos.
   —Te lo prohíbo, el mar nos espera. ¿No escuchás que nos llama?
   Ella obedecía, lo imaginaba como un Emir exótico, caminaba cuatro pasos más atrás. —¿Y si nadamos hasta el horizonte? Veo tu yate anclado, tiene la bandera de Arabia, sugiero que tomes el lado derecho y yo el izquierdo, a ver quién llega primero.
   Parecían una sirena de Botticelli y un guerrero griego. Ella llegó y lo llamó y buscó, no había llegado aún. El mar estaba calma chicha, tomó sol después de izar las velas. Durmió tan profundo ese silencio, cuando las gotas cayeron, era él que acarició la seda de su piel, casi despellejada.
   Bajaron a la explanada que daba a sus aposentos y guardaban su intimidad. Antes se dijeron palabras, dichas por otros desde hacía siglo: “Te quiero para siempre”, “Vamos a casarnos en soledad”, “Dame un beso jurado aquí, yo lo devuelvo allá”.
   Entraron a la suite. Ella corrió al baño, se escucharon gritos, como si alguien la estuviera asesinando. —Sos un degenerado pijotero.-Le dijo a él, que ya estaba a su lado- Ordinario, salvaje, mirá eso!
   Y él miró, un jabón usado, con un pelo pegado.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

TOSTADAS



   Hoy es septiembre, te escribo bajo nuestra pérgola que me recuerda tu cara. Tengo una pollera que el viento la llena de hojas y luego ella las devuelve. Cuando el aire se detiene te hace trampa, el viento vuelve y el pelo me tapa la cara. Suena la campana de comer. No sabés lo que es tu madre, Johnny, parece un bibelot. Tiene un sentido del humor casi argentino y me trata con un afecto que no se usa en estos lares.
   Camino un césped suave como el terciopelo. Se escucha música de Brahms. Están todos alrededor de la mesa y luego de un brindis convencional, se abalanzan sobre la comida. Cuando esto ocurre pido perdón y me meto en el jardín. A los cinco minutos Bibelot está a mi lado. Respetaba tanto mi silencio que un día la abracé como a una madre. Johnny trabaja a veces tres meses seguidos. Me venía bien estar sola. Salíamos con Bibelot quien tenía la compulsión de comprarme ropa de señoritinga, hasta ella misma sabía que no la usaría.
   Un día Bibelot estaba en la cama y preguntó porqué esta vez no salía sola. Me entregó las llaves del auto. Recorrí el predio, hice detenciones en montes de árboles, arroyos de piedras. Johnny, nunca me mostraste esos lugares. Subí a una canoa, remé hasta dormir. En el sueño pensé que si Bibelot se moría, todas sus posesiones nos pertenecerían. Se me ocurrió que al destino había que darle una ayuda. Desayuné con ella, en la cocina. Preparó unas tostadas y una puntilla de su camisón rozó el fuego. Yo agarré un repasador, pero tarde, murió carbonizada. Ocurrió algo extraño, las tostadas estaban impecables.

martes, 25 de septiembre de 2018

LA INDIFERENCIA ORGANIZADA



   Es un trabajo que envuelve su gratitud al destino, por ahora eterno, como el piadoso recluta a los enfermos. Las gasas se construyen con las babas del diablo, que suelta Dios para los hombres. Son absorbentes y se resuelven en ovillos flojos.
   Médicos Sin Fronteras, cada vez menos en número, acompañan. Hace meses que caminan de país en país. No desean su presencia, todavía algunos recuerdan “Erraréis por el desierto”. Durante las noches hacen fogatas que deben apagar al menor ruido. Todos los movimientos nocturnos son una amenaza. Calientan sus manos, hay familias que les piden su descendencia, los pueblitos chicos con gente buena, sólo pueden eso, algunas madres aceptan y señalan en papeles el lugar donde dejaron sus hijos. Los lugareños consuelan diciendo que si encuentran espacios definitivos, retornen por los niños. Forman círculos cerrados en fogatas de lugares remotos.
   Médicos Sin Fronteras, arrastran las madejas de las babas del Diablo y rodean las espaldas y los pies de los que abandonaron todo y ahora no encuentran nada. Hay benditos que desde helicópteros les arrojan comida y agua. Hay valientes que piden a los Gobernantes, permanecer. Algunos acceden a otorgarles un predio, rodeado de alambrados. Construyen techadas con los ovillos de las babas de Dios, así le llaman ahora.
   Son procesiones secas, sucias y sin fuerzas para hablar. Campos de concentración errantes, que otros hombres miran por televisión, cambian de canal para ver jugar a la pelotita y usan su pasión gritando a la estupidez humana, que los involucra.

lunes, 24 de septiembre de 2018

UNA MANO AYUDA A LA OTRA...



   —Tenemos que presentarle un amigo.
   —Dos.-Dijo ella-.
   —Probemos con uno. -Dijo Olivio-.
   —Con dos ella elige.
   —Martina, ellos decidirán, tal vez, una comida bien conversada, será suficiente.
   Ella llegó primero, para ayudar en lo necesario, nadie le dijo que por fin tendría nuevas personas para conocer. El primero tocó timbre y atendió la invitada, casi cae cuando el Editor le tendió la mano.
   —No hace falta que nos presentemos. Todavía espero tu última historia.
   El segundo tocó un timbre breve. Virginia abrió y le pareció como mucho. Era su Analista al que concurría hacía veinte años. Algo produjo incomodidad en ambos. A ella le resultó un bochorno, al conocedor de su vida neurótica-psicótica-histérica. Toda su vida que el analista escuchó y transformó ayudando a unir sus pedacitos, que siguen faltando. Para él no fue grato encontrar a una paciente, es como socializar con un pedazo de tu trabajo, cuando te vas del consultorio.
   Virginia asistía una vez por semana y hablaba mucho, contracturado, siempre esperaba una respuesta que proviniera de él. El matrimonio que urdió el encuentro, percibió que no era una situación cómoda y su primera acción fue servirles un whisky doble a cada uno. Por suerte cedieron los elásticos y el whisky les permitió reírse de Martina y Olivio, no imaginaban las relaciones de su amiga con sus amigos más preciados. La comida era un salmón con sushi y wasabi. Tomaron sake y ardieron las voces. 
   El Editor consideró innecesario que faltando una historia, le pagara. Virginia recurrió a otro que antes de recibir el material le pagó e iban por la segunda edición. Martina y Olivio desconocían el perfil: Escritora, de su amiga, que lo tenía como posesión privada y cambió su nombre para circular de incógnito. En cuanto al Analista, con su ortodoxia impecable, actuó como un desconocido para Virginia, a sus amigos. Se agarraron todos un pedo importante y aparecieron secretos etílicos, Martina había transado con el Editor y el Analista en oportunidades varias. Olivio sedujo al Editor, decía que ese culito lo podía todo. Cuando llegó el amanecer se cagaron a trompadas como camaradas militantes de la decadencia afectiva, marital. Y rincones que no se hablaron con palabras, sino con puntapiés.
   Cuando bajó la marea, el Analista ofreció llevar a Virginia a su casa. El clásico: “Bajá a tomar un café”. Y chuponaso freudiano en el marco de la puerta, un polvo veinte años postergado, de pié como en las películas. Se pusieron al día, fueron veinte polvaredas, cerradas con las palabras del Analista.
   —Esto es entre vos y yo.
   Virginia corrigió: —Entre yo y vos, por supuesto, a nuestros amigos, olvidar esta comida. No puedo continuar siendo tu paciente, pero sí empezar de nuevo. ¿Me daría un turno para el miércoles a las diecisiete horas?, mi nombre es Romina Lucha.
   —Desde luego que sí, hable con mi Secretaria ante cualquier eventualidad y deje claro que es una paciente nueva. Cambie el look, por favor.

domingo, 23 de septiembre de 2018

CAMBIEN EL VERSO



   Voy de carnada, el Príncipe debe salir primero en las votaciones del mes que viene. Tengo un color negroideo, diariamente me sumergen en cincuenta litros de lavandina pura, hasta que se me arruguen los dedos. Debo estar espléndida, seré la mujer del Príncipe.
   Un mes de baños hicieron que mi piel cayera y apareció una blanca con bastantes magullones. Una criada francesa compró el corset más chico que encontró y con empeño real, transformó mi cuerpo en un ocho. Los muslos fueron envueltos en corsets musleros. Mis tetas llegaron al mentón.
   Recomendaron un perfume oriental, que me llegaría al ombligo. Mi pelo iba envuelto en rosas rojas, cual ruleros floridos. Yo misma miraba al espejo y no podía creer mi esplendor refulgente.
   —Estimada y nunca bien ponderada Señorita Del Catré, es usted más de lo que yo esperaba. Bajo mi estómago prominente de mujer unpregnant de nueve meses, yace un león con hambre de carnada, que ruge, ruge y ruge…creo prudente adelantar nuestra boda, tal vez alivie el león que necesita ablandarse, para dar algo de color a mis mejillas. Veo que sus labios son finos, pienso morderlos hasta transformarlos en manzanas rojas. Ya verá cómo el Príncipe Idiota, sale segundo y yo primero a la cabeza.
   —Su Majestad, ¿será posible quitarme los arneses corseteros hasta la boda?
   El Príncipe dio una vuelta amanerada: 
—Mi querida, a ver si se me asfixia después del enlace, quítese todo y descanse sus gracias chancheras, con las cuales haremos toda clase de chanchadas.
   El Príncipe, que era dado a diplomacias ganadoras, invitó al castillo a su oponente y su Señora esposa, Abada Del Diario. Grande fue su asombro, cuando notó que el Príncipe Idiota, se había estirado la cara y su mujer también. —Pasen, mis queridos invitados opositores.
   Llevó aparte al Príncipe Idiota. —No prometas cosas, en tu discurso, que no cumplirás, porque el Principado anterior, se llevó hasta mi pitillera, vos en el molde. ¿Entendés? Yo al pueblo le prometeré, casa, comida y trabajo, considero que es más de lo que merecen y cerrando nuestra charla, quédate piola, que si no te vas a arrugar todo.
   El Príncipe Idiota, le metió una trompada en la papada, su contrincante, más democrático, por cierto, le contestó con un rodillazo en la cara, haciendo caer su cirugía. Lo benefició, parecía más inteligente el Idiota. Llegaron a los comicios y el ganador fue…vamos, vamos, como siempre, el que gobernará es y será, también en los segundos comicios, el Príncipe Idiota.

sábado, 22 de septiembre de 2018

STAND BY ME



  Uno acumula tantas historias en una vida prolongada, que dan ganas que un tsunami se lleve todo, lo bueno también, ya pasó. Hinchan, encorvan, pesan, se mezclan. Un cuaderno nuevo con páginas en blanco y lapiceras que deslicen al ritmo del pensamiento, que a esta altura haga interlocutar con una taza. —¿Por qué no tenés asa y te rajaste? Yo te usaba y te quería, vos perdías manchando manteles hasta hacerte trizas peleando con una baldosa.
   —Yo te voy a contestar porque soy mucho más vieja que vos, tu Madre y tu Abuela, me tratabas mal, me golpeabas cada vez que te enojabas, quise suicidarme con una rajadura, infringida por mí misma, no lo permitiste, me operaste la nariz de un sólo golpe, perdí mucha porcelana, mi fragilidad me hizo trizas, ya está, ya fue. ¿De qué vamos a charlar?
   —¿Ves? Ni las tazas me quedaron, cuatro juegos de finados y dos míos de casados, uno se casa con los objetos, ésa es otra, le tenés confianza a la charola blanca y un día descubrís, algún amigo la robó y cuando iba de visita, la escondía, porque se enamoró de la charola y no de mí, que a eso iba. Voy a charlar con la cama, siempre dispuesta a recibirme y no quería largarme hasta pasado el mediodía.
   Los objetos no se sufren, se usan, las personas te hacen sufrir, te usan.

viernes, 21 de septiembre de 2018

DIRECCIÓN DESCONOCIDA



   Le voy a poner una carnada, tengo que eliminar o aceptar mis dudas, contraté a Mercedes, no le gustó mucho la idea, le pareció un buen pretexto para salir de su casa.
   Termina sus trabajos a las 21 horas, la idea de Juana era que lo siguiera, sin que él lo notara, iba sin auto para ventilar la vida de tanto expediente. La rutina de su trayecto incluía una calle cortada, con ventanas de postigos abiertos, cortinas de voile, que andaban por el aire y retornaban a las ventanas. Mercedes esperó oculta que saliera. Pasó media hora y asomó la cabeza, de la calle cortada no volvió a salir. Se caló los lentes negros, el sombrero enjaretado y las solapas altas. Miró todas las casas con detenimiento. En una planta baja, ventaneando a la calle, vio al marido de su amiga, quitarse la ropa con luz tenue, tras cortinado semitransparente y luego su cuerpo cayó en cerrar las persianas y se apagó la luz. Mercedes llegó agitada, Juana la esperaba con la puerta entornada. —No sé, el final me inquietó, no sé si es o parece.
   —Contame, él tendría que haber estado acá hace tres horas.
   — Salió en el horario de siempre, hizo su camino de rutina, según me contaste vos, pero algo se salió de cuadro, dobló en una calle cortada, se metió en una casa, quitó su ropa y no sé más porque cerró los postigos, no te vuelvas loca, Juana, ya hubo una en la historia de la humanidad, a lo mejor tu marido fue a visitar un compañero y si cada día tarda más, necesitará caminar. Vos me contrataste, no sé a cambio de qué. Lo esperamos, no queda otra opción, yo te acompaño.
   Diez minutos después lo escucharon silbar y entró al living. Saludó a Juana con desgano y a Mercedes con entusiasmo.
   —Yo creo que llegó el momento, conozco bien a Juana y sé que fui su carnada. Inventé la calle cortada, hasta cobrar vida. Ahora te toca a vos, contale a tu mujer nuestros encuentros de todos los días, felices y patéticos. Fueron días, meses. Rogale a Juana, que no quiero más ser su carnada.

jueves, 20 de septiembre de 2018

LOS FEUDOS SON ETERNOS



   Fray Luna se castigó a sí mismo, por el carácter malhumorado con que nació cuando llegó al mundo. Lo superó lento haciendo el Seminario. Levantarse temprano le daba luna y los frailes que limpiaban con la alegría puesta, le daban envidia.
   Cuando se dio cuenta que él sí pertenecía a Dios, se vio huérfano y despojado. Fray Luna luchó para no caer en ese destino agorero. Y rogó a su Madre que lo ocultara en su seno, por un breve tiempo. Después, cuando todos hubieran olvidado su existencia, buscaría un trabajo de labriego. Como el cuento que narraba su Abuelo. Cuando su luna despertaba toda la casa, ni Dios podía descansar tranquilo en la bóveda celeste.
   Su Madre, con afecto y austeridad le pidió que abandonara su seno, porque en poco tiempo, la esperaba una cirugía cruenta, de nódulos, podrían herirlo con un escalpelo.
   Fray Luna, que amaba a su Madre más que a Dios, al verlo tan pequeño al lado de su Madre, soliviantó sus amores, se hizo ateo y su nombre fue Mateo.
   El mismo labrador que se levantó a la hija del feudo, la puso en alerta a la niña, él era portador de tierra, con el transcurrir del tiempo serían dos rebozados de los hijos feudados de su Padre, únicos herederos, sólo había que matar al viejo, él podría, un pecado más le haría cosquillas, la hija (no hagamos lío), la hija del Feudo le pidió a Mateo que fuera mientras ella dormía. Éste aceptó. En mitad de la noche, su hipotético suegro, recibió cuatro brochettes a la altura del corazón, llegando a los omóplatos, dependía del punto de vista.
   Él mismo le dio sepultura, en el agua que rodeaba el castillo, no tenía ganas de hacer pozo. La despertó: —Misión cumplida.
   Ella lo abrazó y le agradeció la tarea. Cuando Mateo calculó que el cadáver estaría podrido y deshecho, el campanario repiqueteó para anunciar la boda Real.
   Se hicieron todo tipo de manjares, chancho con manzana en la boca, cerezas al más vino, pasta frola, fideos con salsa de anchoas. Un asco que el pueblo entero, invitado, llevó para sus hogares. A la pareja le obsequiaron la manzana del chancho.
   Se escuchó una voz de militante entusiasmado: —¡Mateooo! Acordate que mañana dividirás, en partes iguales, las riquezas del viejo pijotero. La mina, dejala en el castillo, bajo siete llaves, por si algún violento hambreado quiera tomar venganza…

miércoles, 19 de septiembre de 2018

LA COPA



   —¿Por qué esa manía de hablar de vos mismo todo el tiempo? Aunque yo, que soy tu amigo, que te quiero y te respeto, vengo a contarte mi derrota, hay pormenores que estoy cansado de hablar conmigo mismo, y no es menuda mi desgracia, hay puntas filosas que amenazan mi vida, e indiferencias que taladran la poca autoestima que me queda. ¿Podés facilitar dinero a préstamo, parte de lo que debo a tantos?
   Él, petulante, desgarbado y de limpieza sospechosa: —Yo sólo tengo mis libros, mis poesías, alguna prosa que hizo llorar a algún inteligente perdido en el acaso. Y eso está adentro mío, es mi riqueza. Un don que no se mide en dinero, de eso no tengo nada. Sólo un don pródigo e imposible de compartir, porque vive dentro mío. Terminé mi copa y por lo que veo el vino se ha esfumado, como haré yo ahora.
   El hombre derrotado mira su copa nublada y recuerda al amigo mal entrazado, jugando con él al gallo ciego. Se decían cosas al oído, referidas a señoritingas, disfrazadas de nobleza, casadas con hombres ignorantes de sus mujeres que engañaban sin prudencia.
   Tocan a la puerta, debe ser el Cocinero, tendré que pedirle que se vaya, no tengo un céntimo.
   —¿Qué va a comer el Señor?
   Se contagió mi hipocresía, no queda nada en la alacena.
   —Ya que es tan amable de venir a preguntar, le digo que con una daga me conformo.

martes, 18 de septiembre de 2018

ALGO QUEDÓ



   Tenía diez gatos siameses, de distintas nacionalidades, algunos indocumentados y otros con pasaporte. China, Japón, Polonia, Bolivia, Países desconocidos.
   Una noche me levanté a tomar agua y el juego francés enano, que formaba un círculo en el jardín de invierno, con sillas materas de más de cien años, estaban ocupadas por un gato en cada silla, departiendo con seis gatos de la calle.
   Volví a dormir, con sigilo, para no sacar de su eje al grupete. Mi casa tiene ratas en el entretecho. Para ellos era un manjar prohibido, por ser un lugar inaccesible y la velocidad que tomaban cuando salían.
   Creo recordar que fue en septiembre. Me senté a desayunar té verde, lo único que quedaba en la casa. En medio del círculo, para festejar la llegada de la primavera, percibí que comenzaron a rodearme, buscando mimos, rozaban mi cuerpo, algunos apoyaban sus hocicos fríos en manos y mejillas, los de la calle, con aprendizajes de ese lugar, mordisqueaban mis tobillos. No pude creer lo que veía y sentía que me arrancaban la piel con voracidad. Colocaban en todos los rincones pedazos de mí, para atraer ratones. Pude agarrar el celu y llamar a mis vecinos. Cuando llegaron, ya no hablaba. Llamaron a la policía y pidieron una ambulancia. La policía dijo no poder denunciar que encontraron un ojo y les dieron miedo los gatos que me usaron de carnada, para atraer las ratas.
   La ambulancia sacó una inmensa camilla, donde depositaron un ojo, dos dedos y una oreja, con ella escuché que harían lo posible.  

lunes, 17 de septiembre de 2018

PETIMETRE



   La materia se llamaba Educación Democrática. Mi vieja trabajaba en la misma Escuela. Caminaban juntos a la salida. Mamá se reía de cualquier boludez que dijera Dietrich, mostraba todos los dientes, tomaba sol hasta en invierno y su escote permitía ver el principio de sus gracias. Cuando murió Papá, el Profesor asistió al sepelio y le dio a mi Madre, un abrazo generoso, que ella devolvió con el mismo énfasis. La plenitud del peronismo. El peronista indagó: —¿Vos sos?
   Ella, con el ceño fruncido, respondió: —¡Para nada!
   —Te hago una propuesta, cuando pase el tiempo del duelo, ¿aceptás casarte conmigo?
   Mami se cavó la fosa. Ese mismo día la Policía Peroniana, le dio cárcel definitiva, tenía prohibidas las visitas, fueron años, se perdió mi crecimiento.
   Dietrich pidió mi tenencia, se la otorgaron de inmediato, le servía para hacer de carnada. —Vos le preguntás a quien se te cruce, si es peronista. Si te dice que no, se lo señalás a un Cadillac negro, que te seguirá despacio, al tipo o a la mina antiperoniana. De acá salís a las siete y volvés a las diecinueve.
   Me miró amenazante. —¿Y con el Colegio qué hago?
   Sonrió perverso: —No vayas, tendrás diez en todo, yo les doy miedo y respetan mis mandatos. Tengo alumnas, como vos, de otras Escuelas, que me sirven de carnada, los Padres no dicen nada. Les doy unos mangos y son capaces de hacer trabajar a sus hijas en prostíbulos. Cuando cumplas dieciséis, te casás conmigo. No quiero prostituirte, sos demasiado linda para esos negros de mierda. Vas a conocer al General, que dirá: “¿A ver pichona?, meté tu manito en este bolsillo, encontrarás cadenas de oro y anillos dorados. Cuando los encuentres, tócame todo lo que puedas y te llevás el oro que hayas encontrado ahí. Después vendrán las otras chicas, que procederán igual, o mejor”.
   Yo me hice a un lado y el General dijo: —Ésta,-Mirando a Dietrich-me la prestás una  vez por semana.
   —No hay problema, mi General, yo la tengo todos los días.
   Cuando cayeron los peronchos, me metieron en cana, junto a Mamá, que quedó admirada de mi crecimiento y me preguntó, claro la pobre se había olvidado. —¿Quién carga mejor, Dietrich o el viejo?
   Le contesté enseguida porque hasta los extrañaba. —Son dos estilos distintos, una vez me acosté con los dos juntos, el viejo tenía…experiencia.