domingo, 28 de febrero de 2016

NI LOCO


  Controlaba los alambrados día por medio, el estado de las tranqueras, contaba sus veinte vacas con los dedos, dos peones golondrina le ayudaban, con el tractor de su abuelo.
   Eran gauchitos y comedidos, inventaban tareas que mejoraban el rendimiento del viejo tractor.
   Eulogio, el patrón, sentado al borde de un arado oxidado, despedía al sol. Pensaba en sus treinta, era hora de buscar mujer. Ni allí, ni en los alrededores, había mujeres y él, ni loco iba al pueblo a buscar alguien. Por el camino vislumbró una chica, caminando no muy segura hacia dónde. Pasó tan cerca que Eulogio le preguntó la hora. Ella inventó una, no tenía reloj. Los zapatos le sonreían con todos los dedos afuera y su ropa, pura hilacha, fueron blancas hacía mucho.
   Eulogio dijo -¿Cuál es su gracia?-. Ella lo miró y balbuceó –Lulú, la revista que más le gustaba a mi vieja, era La Pequeña Lulú, por eso me lo puso y en esta valijita llevo toda la colección-.
   Eulogio quiso saber su edad y hacia dónde se dirigía. Ella  venía de una historia triste, padres que murieron hacía unos tres meses y rancho tapera.
   Lulú tenía trece años y no sabía adonde iría a parar.
   El Patrón le propuso trabajo de hacer comida, limpiar algo y una pieza para ella sola. Lulú subió con destreza, cerca del arado y dijo sí, con ojos de luz. Parecía de diez años, Eulogio sintió que estaba mal nutrida. Las novias de los peones, ni bien supieron, mandaron ropa, zapatos y dos ejemplares nuevos de La Pequeña Lulú.
   Antes de amanecer se escuchaban los golpes a la puerta del dormitorio de Eulogio, sentada en una silla matera, le acercaba un cimarrón. Esos pequeños gestos fueron creciendo.
   En un cumpleaños el Patrón se excedió en vino, parecía irlandés, nadie notó su estado. Lo que sí notaron todos fue la panza de Lulú que creció hasta parir un hijo. Eulogio, sorprendido le preguntó quién era el padre. Ella contestó que él era el padre –Tal vez usted no recuerde, pero la noche, con perdón, que se emborrachó me agarró una vez y otra vez y otra-. Eulogio se puso de rodillas y le pidió que se casaran. Lulú dijo sí y confesó 
-¿Sabe que usted me gusta de la primera vez allá en el camino?-. Tuvieron cuatro hijos.
   Las bebés se llamaron Guita y Plata, a los varones les pusieron Dinero y Morlaco. En el registro se les negó el nombre Dinero, decían que Dinero no estaba permitido.
-¿Ah, no?-. Dijo el Patrón. Sacó un fajo de Euros y se los extendió al empleado, quien temblando contestó –Tiene razón Patrón Eulogio, Señor, tiene razón, el nombre Dinero existe-.  

sábado, 27 de febrero de 2016

MÁS NO PUDIERON


   El fenómeno de ruborizarse, o que se te pongan los cachetes colorados, para los bizarros, se debe a que la sangre recorre todo el cuerpo y aterriza en las mejillas.
   Las razones son variables, puede que alguien elogie tu tarea y te ponés colorado o que se burlen por tu ignorancia, una propuesta amorosa, tu padre te descubre haciendo algo indebido. Cientos de razones válidas o inválidas. Te podés poner colorado en una silla de ruedas.
   Las personas malas, jamás se ruborizan o lo reemplazan por maquillaje que hace que lleguen a destino ya ruborizados.
   Por ejemplo, obispos, conductores beodos, asesinos seriales, políticos, pederastas, carniceros, ñoquis. Son seres grises y por más rojo que le agreguen, siguen siendo grises.
   -Habría que meterlos presos a todos-. Dice mi padre.
   El tío Alberto piensa que hay que matarlos a todos y eso que es pacifista. Berta, su mujer, grita -¡Chorros, devuelvan la guita!-
   Para llegar al deseo de Berta, deberían pasar los dos estadíos anteriores. El resultado sería atroz, los malos se escaparían en aviones, con toda la guita que nos robaron.
   De los chanchullos de estos sátrapas no sé nada, es una era confusional. Sí sé lo que es llegar al quince sin ropas, para los finos y en pelotas para los ordinarios.
   Tengo una parcela de buena tierra, siembro papas de toda la vida, hice mis negocios con honra.
   Llegó la hora de compartir y yo reparto.

   Se sabe que el que reparte se queda con la peor parte. Así fue, estoy tirado boca arriba, mirando el cielo, la luna y las estrellas, mi mujer prepara papas fritas, yo descanso sobre el pasto mullido. Me quedé con la mejor parte, mi orgullo es que todavía se me pongan los cachetes colorados. A los grises no les tengo piedad, me dan náuseas. Más hijos de puta no pudieron ser. 

jueves, 25 de febrero de 2016

SORROSTRADA


   Me conozco, sé cómo soy por dentro. Mentira.
   Fabriqué un personaje que responde a los cánones sociales vigentes. Quiero pasar desapercibida. Hablo en voz baja, no digo malas palabras y camino con una semisonrisa que sirve para mirar niños y saludar cuando no tengo ganas. Hoy es miércoles veinticuatro.
   No pude ir. La llamé al celu para avisarle.
   Es como faltar a misa para un católico obsesivo. Hace mal no ir. Necesito escuchar cómo miento y ella cruza mi señal revirtiendo todo, dice que me castigo.
   Sabe más de mí que yo.
   La tierra está seca, el calor parte la cabeza.
   Se larga! Se larga! Llueve el mundo, caen piedras, relámpagos y truenos. Luego de tres horas, cesa. Sale vapor. Hay niebla, entra en la casa. No logro cubrir los cuentos sin antes acomodar la silla.
   Excusas para no escribir. Hago cierres rápidos, un vicio adquirido.
   Mientras escribía se corrió el cierre de la depresión y mil fantasmas se reunieron para engrosarla, oprimen el alma con su insolencia y descaro.

   Cuando se rompa el cierre vas a huir, maldita cortamambo. Voy a escribir un cuento sobre tu costumbre de meterte en mis pensamientos con una frecuencia de las cuatro estaciones del año. Serás declarada persona no grata. Tendrás vedado invadir a nadie. Sorrostrada.

SOCIEDAD DE HECHO

   Globopobre tenía moscas en las pestañas. En su familia todo era precario y nómade.
   Concurrió a la escuela gracias a una autoridad que se hizo presente para becar al “niño de las moscas”.
   Sabía tantas cosas de la calle y de la vida, que para sus compañeros era un profesor. El que más lo quería era Perirrico, el padre se asombró de cómo Globopobre resolvía cualquier cosa inventando reemplazos o desinventando, otra forma de inventar. El señor Perirrico le pagó hasta los estudios universitarios, consideraba que era excelente influencia para su hijo.
   Fueron amigos entrañables, pusieron un estudio juntos. Globopobre no lograba quitar las moscas de sus ojos, pensó que nunca olvidaría su lugar de proveniencia. Ganaba todos los juicios y los de su amigo también. Quería ser rico, muy rico, para socorrer a su familia. Un día, Perirrico le echó raid en las moscas, casi lo deja ciego. Ellas se quedaron a vivir en sus pestañas, a pasar de aquella agresión. Eran tan arqueadas, que podían dormir como en coy, sin molestar a nadie.
   Perirrico tuvo que soportar a los clientes que preferían al Doctor Mosca. Discutieron los objetivos de cada uno. Resultaron disímiles.

   Se despidieron con afecto y la sociedad quedó sin efecto. Pasaron unos años y el estudio de Globopobre quintuplicó sus ganancias. Mientras, Perirrico empobrecía. Oyó que su ex socio amigo construyó viviendas para sus parientes pobres de toda pobreza, mientras él vivía en la más absoluta austeridad. Perirrico le pidió ayuda, su amigo le ofreció volver a formar una sociedad, con la condición de no molestar a sus moscas.

miércoles, 24 de febrero de 2016

TODAVÍA NO ES EL FIN


   Fui a comprar alimentos para ese día. No me alcanzó, dejé varios productos.
   No digan que no es para putear, o protestar, o tirarse de los pelos. Nadie dice nada, como ovejas obedientes. Llego a casa y escucho -¿Qué hay de comer?-. Él recostado con los ojos rojos de mirar televisión, el Buey sólo, bien se cocina.
   Otra noche en el piringundín, trabajando de puta con viejos desagradables. Un agotamiento que tapaba con anfetaminas y así iba a dar clase a la escuela, por la mañana.
   El Buey no sabe, piensa que soy inspectora de la Biblioteca Nacional, lugar donde se trabaja por las noches. Hace mucho que dejé de importarle. A mí me parece que él no me importa desde antes de conocerlo. Lo dejaron cesante y fue traumático, los chichones se curan, el Buey parecía cesante del mundo. Es extraña la mutación de las personas, la falta de dinero para cosas elementales, hace que uno tenga la cabeza ocupada con números. No quiero caer en ese pozo, sin futuro ni presente, ni marido. Hay personas resistentes, admirable.
   Me queda cero pila, o me voy o me mato.
   Elijo lo primero, conocer lugares nuevos, personas diferentes, que todavía sueñen con saltar lejos. Cuatro baldosas flojas me mojaron zapatillas y medias. Entro en casa y huelo cazuela, la mesa tendida con los platos de salir y un candelabro al medio. El Buey me quitó el abrigo, secó mis pies y dio la gran noticia, consiguió trabajo.    
   Abandoné mi proyecto de  partir.
   El Buey es bueno, aunque lo del laburo sea mentira.                                                                                       

domingo, 21 de febrero de 2016

CUENTO MINIFALDA Y CORONA


   La reina Madre le cortó la cabeza a su hija con un hacha. No quería velatorio, ni asistir al entierro. Florinda, ama de llaves del castillo, cocinera, lavandera, cumplía todos los servicios.
   Cuando entró al dormitorio encontró a la niña moribunda y la cabeza de lado. La cosió como pudo y la cuidó durante su convalecencia.
   La reina pasaba sus noches de fiesta en fiesta, de día dormía. Ignoraba si su hija estaba viva o muerta. Florinda hizo la parodia del entierro, que dejó tranquilos a los allegados. La Reina conoció al Príncipe más buen mozo de la comarca, quedo prendada o prendida. El día que lo tomó del brazo, no lo soltó más. Él se dejó, como todos los príncipes, era tonto e ingenuo. Durante una ceremonia simulada, se casaron. La niña criada por Florinda cumplió catorce años, hacía de ayudante de Florinda todo servicio.
   En la habitación de su madre sólo estaba el Príncipe dormido. Lo miró de pies a cabeza, parecía una escultura de guerrero viviente.
   Se recostó a su lado, no sin antes apoyar su boca en la del Príncipe, que despertó y la miró para siempre.

   Cuando la Reina encontró a su Príncipe en adquisición, con la joven todo servicio, lo acusó de infidelidad, mientras el Príncipe semi-dormido pedía, rogaba que le cortaran la cabeza a la vieja bruja. Florinda procedió, haciendo que el Príncipe y la niña se casaran, antes que la Reina, por capricho, despertara. 
-¿Qué te parece?-. Preguntó al editor. –No es para niños, tal vez le gustaría a cualquier grande, pero no sé-.  

sábado, 20 de febrero de 2016

PENÉLOPE


   La piel de la cara tenía un tajo que iba de la frente al mentón. Trabajaron tres médicos y cinco enfermeras, juntar las pieles tenía algo de orfebrería. Debieron estirar tanto la media cara, que se produjo una estética instantánea, ese lado quedó suave y joven, con un ojo verde amplio. El otro perfil, el verdadero, era un nido de arrugas y patas gallináceas.
   Ese lado no se lo hicieron, la piel no alcanzaba, la mutual tampoco.
   Penélope sentía más y más rencor por el tipo que la tajeó. Cuando curó y pudo salir, recorrió calles desconocidas, a pesar de haberlas caminado hacía seis meses, con litros de ginebra encima.
   Un hombre alto la llevó en brazos hasta la casa de ella, a pesar de ignorar dónde quedaba.
   Ella recordó niebla, llovizna y después todo negro.
   Cuando despertó le parecía extraño el lugar, no era su casa, sin duda, se puso de pie.
   Antes de llegar a la puerta, sintió una mano pesada en el hombro. Penélope, tomada del picaporte, pudo ver en la sombra de la pared una mano que se levantaba con una navaja y le producía el corte. Ella salió a llamar un taxi, cuando veían tanta sangre, todos pensaban en el tapizado, nadie quiso llevarla. La portera del edificio pidió una ambulancia, era chusma, fue una suerte porque vio al hombre y la sangre. Cuando ingresó a Emergencias, tardaron tanto en atenderla, puso en su bolso un bisturí que asomaba de un estante.

   Buscó la calle del boliche, era más factible que estuviera ahí. Tenía la espalda contra la pared y el resto dormido. Penélope, ya que estaba a unos centímetros del corazón, insertó el bisturí, hasta tener el corazón en sus manos. Salió del boliche y se lo tiró a unos perros hambrientos.

jueves, 18 de febrero de 2016

VERANO


   Fueron los Garrinton a una cabaña palafita, al borde del mar de “Las Sequoias”, llevaron los hijos Garrinton y las hijas Everest, dos divorcios, cuatro hijos propios y ajenos.
Habían decidido no hablar para que los bichos raros del lugar pudieran ser vistos, dentro de la cabaña tenían lagartijas, hisopondrios y vertilugios.
   -¡Emily, vení a mirar!!-. Eduard era fabricante de malas noticias. Ella igual salió a la galería. Un atardecer calma chicha, magenta, naranja, el mar quieto. El horizonte era grisáceo, podía ser una tormenta en cierne.
   Los primeros en desaparecer fueron las lagartijas, los hisopondrios y vertilugios.
   Por temor a un tsunami, Eduard ató con alambres la cabaña a los árboles.
   Emily  y los chicos corrieron los muebles contra todas las aberturas. Cuando empezó el viento se amucharon. Nadie se dio cuenta que Eduard quedó afuera. Llovía con furia y el mar pareció taparlos.
   Cuando vinieron los primeros rayos del sol, corrieron los muebles con desesperación.
   Los chicos salieron a la galería, no fue tsunami, fueron olas grandes que apenas llegaron al primer escalón de la cabaña.
   -¿Y Eduard?-. Preguntó Emily. Estaba atado con ciento veinte metros de alambre a uno de los sostenes de la cabaña. Difícil desatarlo, mucho nudo, pero lo liberaron.
   Desayunaron con Eduard, ofendido.

martes, 16 de febrero de 2016

¡CUIDADO!

   -Me pusieron una pierna ortopédica, no había mi número, quedaba sólo talle S. Camino renga, ni uso bastón-. Su amiga no dudó un segundo. –Yo por suerte conseguí talle L y me entró a la misma altura que la sana-.
   -Tantos años que nos conocemos y nunca te pregunté cómo fue-. La amiga acarició su pierna y le contó el episodio, una camioneta de la policía pasó por encima de su pierna y se dieron a la fuga, no sin antes gritarle –Te queda la otra, nosotros siempre dejamos propina-. Ella se asombró, porque le sucedió igual, un patrullero le destrozó la pierna y se dio a la fuga. –A esta gente hay que matarla, subirlos a una máquina recolectora y que los compacten. Total no sirven para nada y encima te van quitando pedazos-. La talle S pensaba que matar era feo, talvez lo mejor sería darles el traslado a Medio Oriente, munidos de armas plásticas. ¿Sabés lo que hago cuando veo un cana? Le pregunto cualquier verdura, hago que me mareo y le vomito encima, cerca de la cara-.

   La talle L, con la talle S, iban a pagar el plus que dispuso la Municipalidad para la policía local. Se brotaron las dos cuando vieron la cifra, la cuarta parte de sus jubilaciones. Fueron a ver al Intendente y el nabo les dijo que no estaba enterado. Tenía cicatrices en las muñecas de tanto meter la mano en la lata. Talle L y talle S quitaron sus piernas ortopédicas y le pegaron en todo el cuerpo, sobre todo en la cabeza. Siguieron, no  sin antes descansar los brazos, le pegaron, le pegaron, le pegaron, lo mataron.

sábado, 13 de febrero de 2016

UN CUENTO


   Encontré la casa ideal, la gente del pueblo decía que estaba engualichada. La entrada tenía su impronta “El Gualicho”, con letras góticas.
   Algún frentista importado. Me gustó el silencio para escribir el cuento, yo decía que estaba terminado, no podía entregarlo, faltaban detalles. Mentí. Faltaban ideas, me sentía en blanco. La city llenaba el depto de bocinas, sirenas y protestas.
   La casa fue una panacea, sucia como si desde 1930 nadie se hubiera ocupado. Busqué alguien que me ayudara en la limpieza, nadie quiso.
   Cuando sucedió la negativa del jardinero, del electricista, pedí que me contaran la historia de la casa. Hubo un incendio donde la casa se convirtió en cenizas. A medida que transcurría el tiempo la casa iba creciendo, sin la intervención de nadie. Parecía tener un comportamiento vegetal. Un día se terminó a sí misma.
    Pasé un trapetón haciendo un camino hasta el escritorio, otros caminos para sanitario y cocina. Era todo más grande que mis posibilidades. Preparé el escritorio, papeles, lapiceras, silla cómoda. Difícil tomar asiento, la hoja blanca, sin letras para cubrirla de palabras y una historia. Sabía que había un sótano, quise conocerlo. En el último escalón me caí, la estearina de la vela caía en las manos y se apagó. Algo invisible me puso de pie. En lo alto una candela iluminó el camino de vuelta. Corrí al dormitorio y me acosté entre unas sábanas blancas prístinas, con olor a espliego. Inexplicable. ¿Habrá un alguien visible además del algo invisible? Puede ser una pareja que vive en el sótano y ella es tan sutil que parece invisible. Hasta ahora fueron tan amables y serviles, estaba protegida. En todo caso la intrusa era yo. Dormí hasta el mediodía, pasé por el escritorio y una taza de café con tostadas me esperaba, la sorpresa derramó el café sobre la hoja blanca y las tostadas corrían en fila india a la cocina. Empecé a gritar
-¿Quién vive aquí?¡¿Cuántos son?!¿Qué quieren? Me van a matar a sustos, tengo que escribir una historia, dejen que la termine y luego parto-.
   Me senté esperando la fotofobia que me da el blanco, pero no sucedió, alguien escribió un cuento mágico, redondo perfecto. El cuento estaba terminado. Bajé al sótano para despedirme y agradecer, así conviene tratar a los raros. Estaba tan lleno de telarañas que me fui para no quedar enredada. Sentí mis propios pasos saliendo de la casa, antes de cerrar escuché una voz ronca y baja.
 –Vení cuando quieras y lo que tengas que escribir dejalo por nuestra cuenta, cerrá bien la puerta, por favor-.

   En la Editorial me felicitaron por el cuento, mentí, dije que era mío. Recordé la casa y sus habitantes, los extraño, voy a dar una pasadita para saludarlos, agradecerles y pedirles otro cuento que sea como ellos, que son el misterio más misterioso que haya conocido.

ANOMIA


   Pidió dos limas exprimidas. Al barman le dio alegría que no pidiera vodka, whisky u otros alcoholes. Lo conocía del tiempo donde su espíritu etílico divertido atraía clientes.
 -Desde que usted abandonó el alcohol parece un bar sin vida, no se ofenda señor Dolby, fue un comentario con buenas intenciones-. El señor Dolby encontró al señor Petersin, el festejo del reencuentro fue servido en dos medidas de whisky, para ambos. Después hubo otras, hasta que se fueron.
   Dolby se sentó en un banco de plaza, Petersin encontró el hombro de su amigo y dormitaba, mientras Dolby decía que de la vida no le interesaba nada, ni las plantas, ni su sillón más cómodo, ni leer, hasta aquel encuentro le produjo desgano.
   -¿Entonces porqué no te matás? ¿A que seguir con vida si no te gusta nada?-. Lo había escuchado, aún dormido. A Dolby le aburría pensar en suicidarse, no quería dejar ese recuerdo para sus hijos. Igual lo tentó la sugerencia de su amigo. Tuvo miedo de llevarlo a cabo. Le dolía el hombro, la cabeza de su amigo pesaba una tonelada. Lo acomodó a lo largo del banco y cruzó al bar. Pidió dos limas exprimidas, mientras le lloraba al barman todas sus desgracias. -¿Qué tendría que lamentar yo entonces? Mi mujer me espera y le pego con el odio que tengo acumulado. Después salgo a la calle y noto que mis vecinos me miran mal, temo que tomen represalias-. Cuando Dolby notó que lo había tomado de oreja, bostezó ostensiblemente.

   Al día siguiente aparecieron en los diarios, el suicidio de Petersin con una foto sonriente, el suicidio del barman y su foto media sonrisa, el suicidio de Dolby, en el retrato tenía cara de aburrido.  

martes, 9 de febrero de 2016

PERIPETUA


   Sin importar que fuera invierno o verano, el hombre de baja estatura usaba un sobretodo negro, largo hasta sus supuestos gemelos.
   Tenía un andar de bull-dog enojado mal, con la impotencia del petiso.
   Perdió a su mujer y el disgusto le produjo atermia. Vivían en un edificio alto en un piso alto. Se los veía como si tuvieran una relación marital secular, cuando abrían la puerta del depto, para salir o llegar, provenía de adentro la sensación que hacía años que allí no se hablaba, remedaba un pasillo de viento atrapado. Salieron de compras domésticas como hacían todos los viernes de su vida.
   -¿Vos llevás el carrito?-. Preguntó ella agitada. –No. Estoy acá en el ascensor con la puerta abierta esperándote, traé el carrito por lo menos-.
   Ella salió como un remolino, primero el carrito, luego las llaves, olvidaba la cartera, le faltaron los anteojos, pero esta vez no regresó, cerró la puerta y corrió  hacia donde sonaban las moneditas cada vez más impacientes. Él bajó el belfo de su mentón y le cedió el paso. Ella abrió el labio superior mitad encía, mitad dientes y subió.
   En realidad bajó, el ascensor no estaba. Él no lo advirtió y quedó fijo.
   Un policía le pidió que lo acompañara. Su mujer estaba veinticinco pisos abajo. Él no quiso mirar.
   Hubo juicio, el veredicto final fue “Accidente seguido de muerte.”
   A partir de ahí fue que el enano se abrigó para siempre. El abogado defensor era su mejor amigo y eficiente profesional, pero no transparente.
   Lo del ascensor que no estaba, sonó desafinado, que él estaba al lado, él apretó el botón pero no se dio cuenta que no tenía piso, por lo tanto no había ascensor. Tal vez el Juez se mareó, tanto subir y bajar.
   El enano fue el autor intelectual del hecho.
   Habla por la calle con un celular que no tiene a nadie del otro lado. 

domingo, 7 de febrero de 2016

BURN-OUT


   Había llegado a estudiar materias disímiles.
   Asistía como oyente a todas las humanísticas, incursionó en medicina y ciencias sociales.
   Ante el asombro de los profesores, se recibió en todas las carreras que comenzó. Daba las materias juntas en los fines de año.
   Él fue el primer pope que se pronunció acerca de la tecnología informática, aseveraba que contribuía a la degradación del género humano y su inminente extinción.
   Sus teorías fueron apoyadas por su hermano y un primo segundo.
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Espacio del Escritor: Comí una salchicha y media de Granja del Desencuentro y Cerveza Imperio Rojo, ahora voy a fumar un pucho con Bruno y mañana sigo.
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   Lo contrataron en EEUU, Alemania y Francia, para exponer ante un público calificado.
   Las compañías internetianas dejaron sin señal al mundo entero. Las personas se hicieron adeptas a la nueva ideología Noternet.
   Gracias a esta gestión, la gente dejó de matar personas. Los Isis fueron los más perjudicados, se trasladaron al Vaticano para rogar al papa Pancho Villa que los dejara seguir matando personas. Iban primeros en el rating expansionista. El Papa les contestó -¡Fuera del Vaticano!-. Los Isis le preguntaban -¿Porqué?¿Porqué?¿Porqué?-. No dijo nada pero eran órdenes de dios, que siempre prefirió a las personas muertas de muertes naturales y no deshechas a balazos.
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Espacio del Escritor: Me llaman a comer, no escuché y comí frío. Lo mismo de anoche, pero sin cerveza. Después hice mutis por el foro y Bruno lavó la cocina. Sentía su respiración sobre mi hombro, espiaba lo que escribía. Tiene condiciones de espía, podría pertenecer a la Cía o al FBI. Ganaría mejor, seguro.
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   El inventor de Noternet fue amenazado de muerte.
   Su mujer también. Esto último no le importó mucho. Lo que le preocupó fue su hermano y su primo segundo. Ya habían sufrido un atentado pero salieron ilesos.
   Pidió custodia para todos, les mandaron unos chicos de trajes grandes, revólveres menudos y sin balas, estaban en falta. Los patrulleros estacionados donde se guardan los patrulleros. No había combustible de ninguna índole, seguiría en falta hasta el 2.020.
   El inventor, su hermano y su primo segundo se fueron a vivir a un país ignoto. Interhueva los resarció con billones de dólares para que desaparecieran de la historia. Dejó su mujer a cuidar la casa.
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Espacio del Escritor: Bruno me escondió el cuaderno. Todas las hojas blancas y las biromes. Encontré una lapicera vieja, en un rincón de la biblioteca. Traté de escribir en papel higiénico, pero se rompe todo.

martes, 2 de febrero de 2016

BUBA ARESTINGA Y VOS


   Nos dimos cuenta que ninguno sabía su nombre.
   Le decíamos vos esto, vos lo otro. Llegamos a despedirlo con un chau vos. Era el ordenanza de la sección – Ché ¿Qué le pasa al triste Vos?-. El tipo era un senegalés alto puro hueso. Esperaba a su familia desde hacía un año. No le conocíamos la sonrisa, pero sí el café que nos servía, con gesto educado y triste. Invité a Vos  a comer a casa, junto con el recepcionista, también senegalés. Mi mujer los atendía mientras los llenaba de preguntas. Ellos por cortesía le contestaban con la boca llena, corrían lo ingerido al cachete derecho, formando una bola, se les entendía perfecto. En la tercera copa hablaban en francés, mezclado con su dulce idioma original.
   Mi mujer, que es prosaica genética dijo –Estos negros son divinos, invitalos cuando quieras-.
   Obviamente los senegaleses la ponían cachonda.
   Por fin llegó la familia de Vos. La mujer tenía una figura alta y distinguida, sonreía a todos, hablaba un castellano impecable y Vos sonreía con un montón de dientes, es cuestión de raza, los blanquitos somos de pocos dientes.
   Les hicimos un agasajo de bienvenida. Allí nos pusieron al tanto, comenzó la mujer –Mi nombre es Buba Arestinga y a partir del lunes seré su nueva jefa, soy especialista en economía empresarial. Necesito tres ayudantes, elegí a Emanuelle, al que ustedes bautizaron Vos, tiene títulos de pos grado imprescindibles para la gestión. Luego viene Zazá, el recepcionista, amigo y compañero de estudios y usted-. Me señaló a mí –Por ser la persona que hizo sentir a mis compatriotas como hermanos-. Me caí de la silla y ella me levantó con una sola mano, sin perder su elegancia.
   Un día me encontraba compenetrado con un trabajo, pasó Vos y con sonrisa de sandía me dijo al oído –Es la primera vez que te veo trabajar desde que te conozco-.
No le contesté, para no perder la compenetración.
   Se produjo un efecto multiplicador, junto con la nuestra crecieron todas las secciones.

   Uno de los secretos de Buba era el afecto que tenía por todos. No nos conoció por computadora. Hablaba cara a cara con cada uno. Mi hija llegó a casarse con un hijo de Vos y Buba. Somos parientes y mi próximo nieto de buena cepa. Seguro. Que viene de Senegal.

domingo, 31 de enero de 2016

CUENTOS PARA LEER SIN GANAS


        Lea compró el libro mientras esperaba el retardo de tres horas del micro que la llevaría a Playa Escondida. Era liviano, se titulaba Cuentos Para Leer Sin Ganas. Ni miró su autor, por lo menos no era para leer con rimel.
      Bajó del micro en la zona, para llegar a la cabaña prestada, debió hacer 6 km a pie en subida, en bajada, saltando charcos y al atardecer vislumbró una construcción semi derruida. La amiga que se la prestó le indicó cómo llegar y describió la casa.
      Por fuera, un desastre, al pasar se encontró con un nido de troncos, encendió una candela y le pareció volver a la infancia y al miedo de la infancia. Se produjeron ruidos y ella preguntó -¿Qué pasa?-. Dijo con fastidio -¿Quién es? ¿Y qué quiere?-. Unos pasos sigilosos en la galería y la silueta recortada de una mujer –Soy Frida, su acompañante terapéutica, a mí me mandan sus padres, su marido, sus hijos y el Dr.NN -. Lea la miró con desgano –Ja ja ja, entre ellos me arruinaron la vida. No quiero saber más nada con ninguno, en cuanto a usted no la elegí como acompañante, esto se trata de una falta de respeto sin perdón-. Frida le rogó que la aceptara o se quedaría sin trabajo, prometió dejarla sola y hacer comidas diarias, sin su presencia.
      Lea asintió con la cabeza y corrió al mar. Nadó tres balnearios sin gente y volvió a la cabaña.
      En la galería tenía una mesa con un plato de milanesas con puré. Sintió que debía agradecer, pero eso abriría la posibilidad de un diálogo no querido.
      Luego de quince días, Frida pidió autorización para hablar –Mire Lea, encontré en la biblioteca este libro, que se llama Cuentos Para Leer Sin Ganas. Me acordé de usted, que nunca tiene ganas de nada, esto tal vez sería una compañía para leer en la playa...-. Ella la invitó a la playa y dejaron el libro. Sin que nadie lo pidiera, Frida contaba su vida solitaria, paliada con sus tres gatos y pacientes de cuando en cuando, que la sacaban de su letargo.
      Lea sintió que estaba con alguien de alma parecida a la suya, “solitaria”. Las calesitas que rodeaban sus vidas tristes, fueron distintas, pero la dimensión del desamparo, idéntica.
      Parece que el humano tiene la perversión de construir para destruir. La voz de Frida se escuchaba por las cañerías, hablaba con el Dr. NN, el tono era intimista, hablaban de Lea, tenían planes, se despidieron con besitos.
      Volvió a su casa huyendo de Frida y sus tramoyas.
      En el micro abrió el libro y no tenía letras ni palabras, ni oraciones, hojas blancas.
      Se dirigió al lugar donde lo compró y pidió explicaciones. La atendió una persona muy joven. Le dijo:

-¿Sabe qué pasa, señora? Son las nuevas técnicas de lectura, es para que todos podamos leer, aunque no sepamos ni las vocales-. 

jueves, 28 de enero de 2016

OTTO ADOLF GUTENBERG

              1892 -1945

      -Vamos a la casa del árbol, el piso está firme, Juan se encargó-. Necesitaba un lugar alto y alejado para contar el documento que encontré en el fondo del lavarropas. Cuando el calor secó las hojas se vio bien clara la foto de un viejo nazi, con la misma cara de mi marido. No pude esperar, llamé a su oficina. Una voz que parecía grabada dijo que el Sr. Gutenberg hacía una semana que no concurría.
      Apareció tarde, justificó su ausencia por un encargo laboral de último momento. Le dije que hacía una semana que no concurría a la oficina. Él quedó mustio –Es un trabajo ultrasecreto, no lo comentes ni con vos misma-.
-¿De qué se trata el secreto?- le pregunté-. –Se trata de un secreto, eso es todo-.
       Mi amiga preguntó -¿Y porqué soy yo la depositaria de tu historia?-. –Te elegí porque nos llevamos mal durante todos nuestros estudios. Me quitaste dos novios. Mentías a las otras acerca de mi vida. Me odiabas. Sé que no tendrás escrúpulos en aconsejarme qué hacer-.
      Otto estaba sentado en su escritorio cuando entré y le arrojé los documentos. –Son de mi bisabuelo. ¿Dónde los encontraste?-. Él hacía un trabajo de investigación junto a otros compañeros, con bisabuelos nazis, habían logrado tres hallazgos de criminales judíos.
       Otto era el encargado de las ejecuciones. No pude decir nada –Por eso te invité a la casa del árbol, ¿qué harías en mi lugar?-. Parece que Juan no resultó buen carpintero, el piso de la casita se derrumbó en el momento de las sugerencias.
      Primero cayó mi amiga, luego yo. El tablón más grande planchó a mi amiga para siempre.
      Juan se encargó de la “limpieza”.
      Nos invitaron a una cena con el General Maltempi en el Ministerio de Guerra.
      Enyesada y magullada, asistí. Me emocioné, hasta las lágrimas, cuando fuimos anunciados igual que reyes:
–Señor Otto Gutenberg y su Señora esposa, Sara Flijman-.

        

domingo, 17 de enero de 2016

EL USO DE LA NOCHE


       Hay un pendejo boludo que sale con su moto, haciendo ruido a cuetes o balas. Rodea la plaza y la única diagonal chica que conozco en Tandil, donde vivo. Los viejos o no están o le dan permiso. Los sábados. Todos los sábados.
      A mí me parte la inspiración nocturna de escribir con el beneficio del silencio. Tengo pensadas venganzas, como tirarle bolitas en la calle, o atar tanzas de árbol a árbol, para que al pasar lo decapite. Y no lo perdono, arruinó mis mejores cuentos, como éste que lo tiene a él como protagonista.
      Cuando era chico su madre lo llenaba de comida y su padre de perfume.
       Resultó ser un alumno aplicado, que se desaplicó por la era de la moto sin casco. Lo veía en el supermercado, típico chico de los mandados. Cortaba el césped de su predio, blanqueaba la casa todos los años y lavaba los autos una vez por semana.
       Se reveló a la esclavitud, compró por monedas una moto robada. Lo salvó de la delincuencia ignorar que era robada.
       La íntima posibilidad de terminar mi cuento fue ese sábado. Hablé con el pibe para que suspenda esa noche motoquera, cumplió con su palabra. Yo nunca pude dejar de cumplir con mi palabra, instalé las tanzas. Al sábado siguiente, a las dos de la mañana fueron decapitados cinco motoqueros, él estaba entre ellos. Pude terminar mi cuento, no era tan mal pibe.

      Lamenté los otros cuatro, ya se encargará la policía de encontrar al culpable.

miércoles, 13 de enero de 2016

LA VEREDA

      Todos tomaban café en una especie de terraza angosta, no era una terraza, diez tablones, escalón y rambla para discapacitados. Único lugar donde se podía fumar. La terraza apoyaba sobre el ventanal que daba a los sanitos, sin humo, con perfume y hablar sonidos bajos.
      Los del tablado preferíamos la calle, mirar pasar la gente, leer el diario y tomar un café solo o cortado con lagaña. Fue un año por debajo de la crisis del 30, nadie tenía un céntimo.
      Siempre algún acomodado del gobierno anterior convidaba mesas con café batido. La máquina de café se había roto y no se conseguían los repuestos.
      Con la heladera pasó lo mismo.
       Hubo que clausurar los sanitarios y precintarlos, nadie se atrevió a limpiarlos por dentro. Se filtraba agua servida cayendo en cascadas por los escalones. Cerraron la llave general.
      Un día sucedió algo, gracias a no se quién, las cosas suceden. Siempre suceden.
      La máquina de hacer café se arregló sola.
      Bastante grosera, por cierto. Echaba café a diestra y siniestra. Cuando se inundó el bar los asistentes tomaban sus cafecitos en cuatro patas. Cruzaron los empleados de Fraverga y los de tiendas La Capitul. Dejaron el piso seco, quedó un charquito que dos trapitos aprovecharon. Hasta los perros de la calle se ocuparon de pasar la lengua. Volví caminando porque no supe dónde había dejado el auto. Humillado, porque yo también me arrodillé y tomé.

      Me partió el hígado jodido. La ingesta de dos litros de café no es gratis.

lunes, 11 de enero de 2016

CONVENCIONES DEL TIEMPO

      Estudiar con 40 grados y escuchar splash, splash, las gotas de sudor caían en los apuntes.
      Bajó corriendo y se tiró en el agua fría de la pileta. Pasó quince días saliendo y entrando hasta que la piel se le hizo papel crèpe, otitis en ambos oídos, sinusitis, dolor de pecho. Por usar aire acondicionado, pescó neumonía. La tía Ivana lo obligó a meterse en la cama, tomaba una medicación para cada rubro, ella se encargó de su restablecimiento. Era el ahijado, por eso lo llamaron Iván. Tenía cinco o seis novias. “El amor libre es una comodidad que otorga un descanso alado. Siento que la muerte de mi mujer y mis dos hijos me trajeron a esta casa. En algún lado tenía que curtir el duelo. Fue hace cuatro años, cruzaron a la plaza y nunca regresaron. Yo los busco, tengo dos amigos que me ayudan. Es un secreto para los tíos y las novias.
      Tenemos carpetas con sospechosos, recortes de diarios, entrevistas barriales y mapas aéreos.
      En el medio de la plaza había un monumento a la bandera, en la base una puerta que sólo abría el jardinero municipal.
      Se presentó una mañana con ropa de mi mujer ordenada, llena de polvo y la mochila de la niña envuelta en telas de araña. Me comuniqué con mis amigos, ninguno mostró asombro por el descubrimiento.
      Un quince de Enero, de calor agobiante, llego a casa y encuentro a mis hijos jugando en el jardín.

      Había olor a milanesas recién hechas, mi mujer me dio un beso cotidiano. –Pero hace cuatro años que pienso que habían muerto y vos te aparecés así, como si te hubiese despedido hoy temprano y ahora no entiendo, me confundo, ¿qué día fue? ¿Un quince de Enero?-. Ella miró con piedad
–Hoy es quince de Enero del 2016, recostate y cerrá los ojos-. Mi hijo más grande llamó a la clínica. Me vinieron a buscar, yo me dejé llevar. Recuerdo voces lejanas, el diagnóstico decía que confundía los tiempos. Reducía un año a un día, o pensaba que la semana que se avecinaba era la pasada. Me presentaba a trabajar los domingos. Es todo cierto, pero en este lugar implementan los baños fríos y los electroshock. Todo esto me vuelve loco.”

miércoles, 30 de diciembre de 2015

EL CHURRO ENAMORADO

      El viaje se hizo corto gracias a un señor con aspecto de peón de campo. Hacía dedo, nadie lo levantaba. El sol caía perpendicular a su cabeza con boina, los cuarenta grados no lo afectaban, vestía una camisa prístina y bombacha de campo recién planchada.
       -Gracias por el aventón, voy hasta Las Armas y luego a San Bernardo. Me pueden dejar donde quieran, si es otro su destino-.
      Cuando subió al auto se mezcló el olor de Agua Florida, con leche de ordeñe, tierra seca y mate cocido. –A mí me gusta trabajar. Soy viejo y donde haiga trabajo, allí me quedo. A los siete años ya era peón de albañil, vendí diarios, recolecté zapallos, me fui a la Capital y manejé taxis una punta de años, son triste los porteños, donde le subía uno alegre era una fiesta-.
      Tenía voz ronca y la usaba como contando secretos.
      Los sentí como una canción de cuna, me dormí. Andrés lo escuchaba, porque el tipo era un personaje de libro.
      -¿Sabe Don? lo mejor y lo peor que me pasó fue enamorarme. Linda la china, usté viera. Fuimos novios dos años y vio cómo son las mujeres, con perdón de la señora que duerme, se desenamoró. Ella sí, pero yo la seguí queriendo. Largué el taxi, me fui de Bs As cuando ya era todo puro edificio y basura.
       Volví a mi rancho y respiré lindo. Lo arreglé todo mientras hacía quinta. Cada vez que necesitaba un descanso la recordaba. Volvía a los tomates y las lechugas pa que se me fuera el dolor del pecho, vió cómo es. Ahora voy para San Bernardo, tres meses me quedo, tres-. Quedó callado el hombre, hasta que le dije –Qué bueno, tiene tres meses de vacaciones-. Él pensaba, era como si se fuera un ratito. Luego arremetía –Voy a trabajar, hace como veinte años que vendo churros en la playa. Me conocen todos ya y al carro, que dice bien grande “EL CHURRO ENAMORADO”, los churros que hago son perfetos, perdón por mandarme la parte, salen escurridos, azucarados, hecho en aceite nuevo, todo produto noble. A vece paro el carro y miro el mar, el horizonte, no escucho a nadie ni aunque gritonee. Es ella, no me puedo olvidar. Ni quiero. Nadie sabe porqué el nombre que elegí para mi carro, pero la gente me dice “el churro enamorado”. Yo no me muevo, esas ausencias son para ella. Aquí me queda bien-. Se bajó, nos dio su mano callosa, junto con un “Que dios los proteja”. Nos miró partir, como si algo de él hubiera quedado en el auto. Tenía razón.

      

domingo, 13 de diciembre de 2015

MI AMIGO, CASI HERMANO


      -¿Sabés qué me pasa? Imagino los alemanes con bigote angosto y haciendo ¡Heil!, no lo nombro-. Yo sabía que Alemania le iba a abrir la cabeza, más allá de su xenofobia que había bajado decibeles viviendo en Berlín. Era la máxima autoridad en un centro de literatura latinoamericana.
      Rubio, muy alto y se vestía como un alemán perfecto. Cuando nos conocimos encontramos nuestros escritorios demasiado angostos y sacamos los pasajes. Quisimos huir de la miseria, de un país que se hundía a otro donde techo y comida se pagaban con trabajo. Me sorprendió cuando lo escuché hablar en un alemán perfecto. Yo sólo hablaba castellano imperfecto. Aprendí en un curso de seis meses a hablar el idioma, donde recibí honores al finalizar el ciclo.
      Vivíamos en la misma casa, hasta que apareció su novia embarazada. Reclamaron mi cuarto para el bebé. La propuesta era a elegir entre el living ó el garage, ambos lugares para armar mi dormitorio.
     Estuve de acuerdo. Los intercambios con mi amigo cubrían la distancia de nuestra tierra.
     Solía compartir nuestras veladas, la embarazada. Nos venía muy bien para la práctica del idioma. Cuando se ponía pesada, la mandábamos a dormir y seguíamos hablando de nuestras películas predilectas o cualquier otra lechuga. Sentí que era mi hermano, tal vez por ser único hijo. Fui padrino del bebé, le pusieron mi nombre y mi apellido. Esto no lo entendí, pero viniendo de mi casi hermano tuve plena confianza.
       Fue repentino, volví a Bs As. Extrañaba mi almohada, el bar de abajo, charlar con mis viejos amigos, que estaban más viejos que amigos. Los miraba y se veían lejos y borrosos. No había un pensamiento colectivo de esperanzas bien distribuidas.
      Me cansaron las diatribas de ciencia ficción, saqué un pasaje a Alemania y volví a mi antiguo domicilio. Mi amigo jugaba con sus cuatro hijos, todos iguales a él en miniatura, menos uno, que parecía yo cuando era chico.
      Del abrazo pasamos al costo de la casa, él decía haber puesto más que yo. No era cierto, pero no le contesté. Acomodé mi dormitorio en mi dormitorio, a los chicos les armé una cama gigante con todos los almohadones que encontré en el living. Rediseñé el interior de la casa, redecoré el dormitorio de mi amigo. A la alemana se le notaba de qué lado dormía, porque allí estaba hundido y tenía olor a salchicha.
       Ese olor me trajo a la memoria que una noche, de terrible borrachera la gorda me violó sin yo darme cuenta. Salimos a la terraza y preparé a mi amigo, casi hermano, le conté del episodio y el olvido.
      Se mostró afable y perdonavidas. Me saqué un peso de encima, ellos a cambio pusieron al hijo igual a mí, bajo mi custodia. Le vi ojos de perro desamparado y vino a vivir conmigo, a otra casa cercana, para que no perdiera contacto con sus hermanitos cara de chancho con olor a chucrut y su madre, la gorda salchichonga. Con mi amigo, retornamos a nuestras charlas sobre libros, películas, cosas de Argentina y el café de la cortada Tres Sargentos.
      Nos despedimos con un abrazo, me llevaba el niño que tenía hasta mi apellido. Fuimos al Machu-Pichu.

      Desde aquí arriba pienso en mi amigo, casi hermano. La voz de un niño, me reclama.

PRUDENCIO


      Al nuevo lo pusieron enfrente de mi escritorio.
      El tipo resultó ser un dechado de rapidez, inteligencia y eficiencia. Mientras él en tres horas resolvía treinta y dos expedientes, antes de concluir su trabajo, silbaba bajito algún tema conocido que terminaba en ¡¡¡Terminé!!!
      Yo apenas hacía doce expedientes y de seguro estarían cargados de errores. Antes de su llegada dedicaba mi tiempo a leer el diario, tomar cafecitos y dar unas vueltas por el edificio, mirando culitos nuevos. Cuando apareció el dechado no tuve más remedio que trabajar. Aún así, no le podía seguir el tren.
      Los jefes pasaban por su escritorio, lo saludaban con bonhomía, a mí me ignoraban, o algún capotoste me decía con los ojos “No te hagás el piola porque con tu compañero solo, de vos podemos prescindir.
      Yo odiaba las premoniciones, porque tuve ese don, un gran premonizador. No podía quedar sin trabajo. Invité a Prudencio, así era su nombre, a tomar unas cervezas a la salida. Frente a frente, contra la ventana le pedía que me enseñara esa rapidez frenética para resolver una cantidad inusitada de carpetas. Prudencio desplegó sus dotes de maestro, por ejemplo, cómo resolver tres casos en simultáneo y artilugios que eran herramientas de trabajo imprescindibles.
      Comencé con ahínco y logré superar al maestro, resolvía cincuenta expedientes en dos horas y media. Llegó a mis oídos que iban a despedir a uno de nosotros. Sabía que era a mí, por mis malditas premoniciones y por mi currículum de no hacer nada o casi.
      Nos mandaron llamar. Una mesa ovalada y larga, la escenografía era un building de película. En un extremo Prudencio y yo, en la otra cabecera lejana, tres flacos de traje negro y corbatas de seda. Uno de ellos explicó que el “Ministerio de las Ideas” debía reducir el personal. Decidieron por unanimidad que yo ocupara el puesto de Prudencio. Él fue despedido. Hablé con el “Ministro de las Ideas” logré que prescindieran de mis servicios y volvieran a nombrar a Prudencio.
      Salí contento de la reunión, me compré un helado de chocolate, fui al hipódromo, perdí todo, como siempre. Volvía para casa cuando un auto me frena encima, se asoma la cabezota de Prudencio que grita -¡Te conseguí un trabajo, empezás mañana-.
      Le agradecí, nos dimos un abrazo.

      Jamás me gustó laburar. Ahora que tenía la oportunidad de hacer cualquiera, me regala un nombramiento. Yo mañana no me despierto. Voy pasado e invento que se murió mi sobrino, viene bien, es un sobrino que detesto.

sábado, 12 de diciembre de 2015

CENICIENTA


      Las amigas tenían su misma edad, pero con atributos de adolescentes en desarrollo. Pety carecía del formato de las otras, era una tabla por delante y por detrás.
      En las fiestas de quince se agudizaba su malestar. Los padres la vestían como para asistir a misa, traje color azul marino, con un cuello blanco insulso, zoquetes blancos y zapatos chatos. Las amigas vestían con escote, cinturas marcadas, medias transparentes y tacos altos. Los lugares se decoraban con mesas redondas, el sector de baile en medio del salón. Cuando la música comenzaba, los chicos sacaban a bailar a sus amigas, menos a Pety, que planchaba en todos los eventos. Una noche de luna llena un chico la miraba con timidez inmerecida, pensaba Pety. El chico cruzó la pista en una recta perfecta, inclinó su cabeza y preguntó -¿Bailás?-. Ella dijo un sí, inaudible y él la tomó por su inminente cintura. Advirtió que Pety no sabía bailar y le sugirió que se dejara llevar, primero con distancia, luego de varios temas de Los Beatles, el inefable “Yesterday”, unió sus cuerpos angelados. Las amigas la miraban con asombro. Pety bailaba con el más buen mozo de la fiesta, el más codiciado. El encanto se desvaneció a las tres, cuando su padre pasó a retirarla. Peter, así era el nombre del chico, preguntó al padre si no lo dejaba en su casa, quedaba de camino, antes se presentó.
      Subieron al auto, ella lo miraba por el espejo y Peter respondía con sonrisa escondida. No se dio el clásico de ¿a qué escuelas vas?¿cuántos años tenés?¿cómo te llamás? Sólo el silencio y la música los unieron esa noche.
      Luego no lo vio más. Nadie supo más de Peter.
      Ella terminó sus estudios, con la cabeza abierta que da el conocimiento y el cuerpo desarrollado, con lo que hay que tener y algo más. Nunca olvidó aquella noche.
      Pasaron años, Pety asistió a un congreso en Bolonia y lo descubrió mientras Peter exponía. Era él, sin duda, más alto aún, un pope con voz grave, una precisión en el lenguaje que produjo un aplauso cerrado. En la multitud era dificultoso llegar a él. Con un grito descarado lo llamó
-¡Peter!-. La miró como a una perfecta desconocida.
      Pety trató de echar recuerdos en la memoria de Peter. La miró como si le hablara a una demente. Aseguró no conocerla. –No tiene importancia- dijo Pety –de todos modos vuelvo a Argentina hoy-.
      Lo dejó diciendo algo como, -Lindo país Argentina, lástima sus gobiernos, de todas maneras ni se me ocurriría volver-.

      Ella llamó un taxi y se fue sin saludar.

martes, 8 de diciembre de 2015

EL ARROYO


      La terraza austera y humilde como sus habitantes, Jenny y Salvador. Un corral de ovejas hecho con pircas, la casa a la que sumaron madera y piedra. Las festucas crecían por doquier, hasta llegar al arroyo. Nadie sabía de la existencia de aquel arroyo, las aguas emergían de las piedras, daban una vuelta de un kilómetro y volvían al interior de la tierra.
      Les llevó cinco años terminar la casa. Silvia, la amiga hermana de Jenny, iba casi todos los días de fines de semana para ayudar y les pedía a ellos que además de onda le pusieran velocidad. Hablaba como propietaria.
–A fin de año -dijo Silvia- la terminamos, si es que Salvador se puede acostar temprano y madrugar-. Él se puso rojo de ira, la tomó de un brazo y le exigió que no se metiera a organizarle la vida. –Y en todo caso, Jenny sería la encargada de señalar mis faltas, de las cuales estoy seguro no usaría esas palabras y esa tendencia, hundir la autoestima al otro, como si uno, como si uno, bueno ¡Basta!, fuera de esta casa-. Dio un portazo y se fue. Cuando Salvador encontró a Jenny llorando y hablando entre dientes. –Mi mejor amiga, cómo hizo eso con mi mejor amiga...-
      -Escuchame Jenny, es una mujer mala, no puede ser mejor por que ignora al otro. Hoy lo hizo con vos, me faltó el respeto, no le importó un carajo que yo sea tu marido. Sabés lo que necesita tu amiga ¿Sabés lo que necesita urgente...?-
      -Sí ya sé no me lo digas más, -clamaba Jenny hipando- coger, necesita coger-.
      -Y decime vos, cómo va a encontrar alguien si se pasa todo el fin de semana en nuestra casa y en ocasiones todos los días-.
      Salvador antes de conocer a Jenny vivió tres años con Silvia. Ella promovió que se conocieran. Los dejaba solos ante la menor oportunidad.
      Iban al cine, al teatro, a comer, siempre solos. Silvia tenía mucho trabajo, jornadas completas, luego comenzaron los viajes de negocios. Debió hacer uno con una comitiva importante, tardó seis años en volver. Nadie sabía dónde estaba y qué hacía.
      Se fueron a vivir juntos, en carpa y empezaron la construcción. Jenny llevaba y traía carretillas con cemento o leños y se reía de nada. Tal vez porque nunca pensó que todo sería tan diferente a lo de sus padres abandónicos y otras desgracias sucesivas. Apareció Silvia, le consiguió pasar del sector limpieza a secretaria suya. El trabajo se atrasaba pero las historias que contaban de sus vidas auspiciaban una amistad. Silvia entró en la propiedad en el día de San Juan, con una minicooper que clavó los frenos antes de los árboles. Jenny despertó esa mañana con sonidos de risas y agua. Miró por la ventana y allí estaban Salvador y Silvia, en el arroyo, arrojándose piedritas, ella traía una bikini inexistente. Jenny bajó furiosa y le pidió que se fuera para siempre.
      -¡Por favor! ¡No me eches ahora que se estrena mi película! Ustedes son los protagonistas, yo la directora. Van a ser famosos gracias a mí-.
      Hacía cinco años que Silvia los filmaba, sin ellos tener idea, cuando se bañaban desnudos en el arroyo, cuando Salvador protestaba por las comidas, cuando hacían el amor...
      Ahora ambos se unieron en una sola voz para echarla, la tiraron en lo más hondo del arroyo, caminaron bordeando el agua, vieron el cuerpo pasar y corrieron hasta el fin del arroyo, la arrastraba a su final, Silvia entraba a la tierra.
     Como era el día de San Juan, llevaron la minicooper al lugar más árido y le prendieron fuego a medianoche.

     -Silvia no sabía nadar- Cantaba Salvador con su guitarra –Silvia no sabía nadar- y terminaba en –Ni nada-. Jenny aplaudía como una niña.

martes, 1 de diciembre de 2015

SIN SEÑAL


      -Pedro ¿Vamos a probar la moto?-. Lo vio tan grande sobre su moto negra, con costados de ala de cisne, como los coches fúnebres antiguos, las gomas anchas, equivalentes a dos gomas de auto sumadas.
      Fredy era lo más parecido a un esqueleto. Indeciso con la propuesta de “probar la moto”. Los amigos cargaron sus mochilas sólo con sus mallas y los documentos personales y de la moto.
      Tomaron la ruta despacio, se daba que el viento les venía de atrás, tentaba ganarle y la velocidad aumentó. Parecía volar.
      Es literal, para esquivar pozos la moto se elevaba y caía al otro lado, donde la suspensión de la moto se hacía suave y placentera.
      Llegaron al mar. El viaje de sol en la espalda, cuatrocientos km, ameritaba tomar un buen baño de olas. No había nadie, un cartel torcido que decía “Lugar para acampar” y una caseta de madera, con un señor que dormitaba afuera, tras la puerta reinaba la oscuridad. Pedro, que tiene la voz más grave, le preguntó si podía dejar la moto allí, el tipo levantó la cabeza y lo miró con un ojo entornado
–Déjela donde quiera, nunca viene nadie y menos en este mes-. La moto quedó de pie mirando el horizonte, las mochilas a los costados y rompiendo olas y luego nadando hasta agotarse, decidieron volver, caminaron por la arena y estaba la caseta del viejo, sin el viejo, sin la moto, sin las mochilas. Fueron hasta un puesto policial que habían visto a la ida.
        Salió un comisario en musculosa y pantalón guerrillero. Tenía un olor a vino que no entendía el relato, sólo dijo –No hay señal y aunque haiga no la sé manejar-. Caminaron por la banquina, los pararon tres veces autos policiales, les relataron cómo les habían robado y los kilómetros que faltaban todavía.
      Uno del auto salió para decir que no había señal. El más gordo lamentó no ir en esa dirección y agregó –¡Qué hijo de puta el que les afanó!-.

      Cuando llegaron, sus pies estaban en carne muerta. Fredy lamentaba su parrilla plegable y el cacho de asado para comer, al lado del mar. 

sábado, 28 de noviembre de 2015

EL CRUCE


      Gertrudis no atendía el teléfono nunca. Tampoco llamaba a nadie. Los domingos iba a la feria, a mitad de camino se encontraba con su amiga Prudencia. Atravesaban retamas, se contaban teleteatros que alguna de ambas no veía. Hacían las compras de frutas y verduras en puestos diferentes. De regreso hablaban de la Señora tal, o el Señor tal y los Chicos de y los Niños de. Llegaban al cruce, donde cada una iba por su lado. La despedida eran dos besos a dos milímetros de las mejillas. Gertrudis se sintió liberada. Le daba alegría llegar a su casa sin nadie.
      Sentada en un banco de madera, soltaba los canastos de compra, las naranjas rodaban hasta debajo de la galería, las manzanas las seguían, lo demás quedaba fijo.
      Durmió sentada, con los brazos y la cabeza sobre la mesa, unas tres horas. Juntó todo a desgano. Sonó el teléfono en numerosas oportunidades. Gertrudis siguió mirando el teleteatro que empezaba y terminaba, era una vez por semana. Se cortó la luz y empezó a tronar, luego cayeron piedras y llovió tan furioso que Gertrudis murió de miedo.
      El día que Prudencia se puso imprudente fue hasta la casa de Gertrudis, hacía dos domingos que no la cruzaba. Golpeó y aplaudió, salieron dos perros tristes por la puerta. Entró y la pobre Gertrudis yacía ahí, definitiva.
      Prudencia pidió una ambulancia. Asistió al sepelio con sombrero negro y los canastos del mercado, para las compras pos-entierro. No le dio tristeza la muerte de Gertrudis, estaba enojada porque la dejó sola, con lo que detestaba caminar sola, pasar por el cruce sin nadie, hablar sola, volver sola sin ningún teleteatro para escuchar, el puro arrastrar del canasto, sentarse en un banco, dormir con la cabeza sobre los brazos en una mesa, escuchar las naranjas rodar y rodar. 

viernes, 27 de noviembre de 2015

AVENIDA CORONA DE CRISTO


      Recién llegada, una muela me daba frío, pregunté a una vecina –La mejor dentista de Tandil es la Dra. Ningunetti, antes pídase un turno de emergencia-. La muela me dolía y cuando la vi me dolió más, fue la compañera del secundario, la que más odiaba.
      Tan mala que recordé las firmas del pergamino. Yo le puse “conchuda, es una suerte no verte más” y la firmé. La muy hipócrita, con risa histérica leyó y puso cara de “no me olvido”.
      Toqué timbre, se abrió y apareció Ningunetti, me abrazó tan fuerte que fue el peor dolor de la muela. Ella contaba cosas de su maravilloso marido y de sus hijos tan perfectos. A mí me dolía la muela, un dolor dolorosísimo y la muy puta contando su vida. La corté –Por favor Ningunetti, sacame la muela o vomito todo el piso-. Un espejo el piso, hasta podía multiplicar el flemón de mi diente. Me senté en la butaca. Ella con sus taquitos prendía luces y preparaba el instrumental. Me miró como a una paciente cualquiera, me explicó que si no hacía una pequeña incisión, el diente no saldría. El diente! El diente! Puso inyecciones de anestesia en el propio lugar, la dejé seguir. Me quedé sola con la boca abierta. Con sus taquitos hablaba de lejos de la cantidad de viajes que hizo. Visitó el mundo entero. Los taquitos llegaron y Ningunetti, con ojos de arpía metió pico y pala. Me di cuenta cuando se me fue la anestesia, hizo un cráter en mi encía, me di cuenta que me cobró una cifra desproporcionada. Me di cuenta después de diez días en cama, con bolsa de hielo y calmantes que no calmaban.
      Ningunetti conchuda, fue perfecto. 

jueves, 19 de noviembre de 2015

EL FIN DEL FIN

      Cuando murió el marido ella vistió un luto que denotaba su inmenso dolor. Cada diez palabras se le piantaba un lagrimón. Todo el castillo y las tierras circundantes sumaron su fortuna a predios que su marido adquirió por monedas. Hubo un concurso de Reinas; ella que era vieja y fea realizó cirugías en su cara y cuerpo para asegurar aquel triunfo. Prometió el oro y el moro para distribuir con equidad en todos los latifundios. Su reinado fue el elegido. A los pocos días de nacido, apareció el demonio. Comenzó por la comida. Exigió pagos disparatados a los labriegos que terminaron por sembrar yuyos hasta en los inodoros. Se rodeó de gentes sin crepúsculos que le aconsejaron romper vínculos con otros imperios. Prohibió educar al soberano, suprimió atender a los enfermos y consideró innecesario pagar a los ancianos. Decía que eran seres próximos a la lira. Ella y ellos preferían dólares. Los gentiles adelgazaron como palitos, quedaron algunos gordos que se alimentaban de engrudo. Encargó a su hijo, tonto y adicto formar ejércitos de tontos y adictos para sostener aquellos disparates. Las personas de bien trabajaban y se afanaban. Terminaron afanando lo poco que quedaba. La Reina se dirigía a la plebe con discursos interminables y absurdos. Dejaron de escucharla. Fue tan odiada, sobre todo cuando prohibió la vaca y se terminó la leche, porque no le gustaba la nata. Así quedó el nombre de su reinado: “La mala leche”.
     
      El resto de los imperios decidieron quedarse con las tierras y condenaron a la Reina y sus secuaces al exilio en las Islas de Los Caimanes, que los devoraron de inmediato. 

domingo, 8 de noviembre de 2015

VOLÚMENES


      Le decían la gorda cuatro culos, bien merecido su apodo, vivía para llenar su estómago con cualquier cosa que se pudiera masticar y tragar. Su casa enorme de infinitas puertas y habitaciones promovió que la gorda instalara televisores hasta en el jardín. No necesitaba sillón alguno, sus enormes asentaderas le daban universos de cómodas posturas. Tenía ojos tristes la gorda, casi no salía a la calle, a pesar de estar perdida de amor por un pastelero vecino que le regalaba tortas bañadas en chocolate moldava, con envolturas de corazones de azúcar Hileret. El tipo era un tímido de aquellos, cuando vislumbró a la gorda limpiando con un plumero y cantando blues le fue a tocar timbre, ella lo atendió. Él con voz firme dijo –Yo te vengo bah...es decir, este...quiero invitarte a cantar en mi cumple, que es dentro de tres meses ¿podrás?-. Ella quedó muda de asombro, fue sólo un instante, universos de ideas le vinieron a la cabeza, pero contestó  
-¡Sííí! Con mucho gusto, para mí es una revelación que me hayas tenido en cuenta, allí estaré-. Él se despidió caminando hacia atrás, mientras la gorda hacía ruidos desmesurados con las ocho cerraduras de su puerta. Empezó un régimen de adelgazamiento vertiginoso. Se alimentó de algas, agua y teleteatros. Ella misma se miraba en el espejo y le daba risa parecer una radiografía.
      Encontró un cajón con ropa de su hermana fallecida por anorexia. Esa noche recibió la tarjeta con el día y la hora de la fiesta. Atendió el pastelero que no entendió nada, ella le explicó que ella era ella. –Ah! Es que yo pensé que eras otra. Perdoná que sea tan directo, pero a mí me encantaba tu antiguo volumen-.
       Ella le dio un beso de feliz cumple y le dijo –Ya mismo aumento el volumen, no doy más, también seré directa ¿Dónde está el morfi?-. Él no alcanzó a responder cuando la flaca se abalanzó sobre una larga mesa, donde había postres que se besaban entre sí, tartas, tortas, tortitas, toronjas en almíbar irlandés, sopas inglesas con islas de crotones cubiertos de rodajas alsacianas. Su ingesta abarcó hasta las miguitas en las solapas de los invitados, que asustados se pegaron a las paredes, ante el temor de ser deglutidos por la avidez imposible de la flaca, que llenaba sus mejillas redondas de comida que rumiaba. Llegó a regurgitar y por fin detener su angurria. El pastelero dio palmadas en la espalda de la flaca y ella en agradecimiento le pasó la lengua por el helado que pendía de los bigotes de su amigo. Hubo un impasse, dio respiro a la concurrencia. La flaca tomó una guitarra y una voz que parecía provenir del cielo partió el aire con un blues regado con lágrimas de los invitados y el anfitrión.
      Terminada la fiesta, él acompañó a su amiga hasta la puerta de la casa. La flaca había engordado cinco kilos en seis horas. Comenzaron a expandirse dos de sus cuatro culos. El pastelero sintió nostalgia de los dos que faltaban. Ella tranquilizó aquella mirada con una promesa –Pastelito de mi corazón-. Así lo nombró, Pastelito. –Te prometo que en una semana tendrás mis cuatro culos para hacer de ellos lo que más te guste-. Dijo que lo esperaba el fin de semana, se despidió con un beso de lengua acaramelada. Ese descaro provino del vino y de aquel amor tan postergado.

domingo, 1 de noviembre de 2015

SINGULAR


      No responde a los cánones de belleza tradicionales.
      Hay que mirarla sin la memoria de otras caras.
      Prendió un pucho, el humo se introdujo en su amplio orificio nasal, tenía uno sólo, parecía un tierno conejito
-Me encanta tu hocico, debe ser tibio ¿Puedo tocar?-. Ella tuvo un leve sobresalto –No, no, estoy fumando, dos cosas al mismo tiempo me desconcentran-. El asombro quiso respuesta 
–Vos no tenés que hacer otra cosa, yo toco tu hocico y me voy-. Encima miente, después le cuenta a sus amigos que conoció una mina de nariz rara y es capaz de traerlos para que miren.
      Él la piensa bella, tiene ojos rojizos con pupilas cegadoras, hay una boca grande de sonrisa perdida, un lunar en el mentón con forma de corazón. Sobresale y late. Un cuello generoso como un cisne navegando. Las palabras salieron a pesar de él –Me encantan las mujeres con tetas sin volumen-. Ella se miró el escote, le gustaba ser chata, era apropiado para las correcaminatas y abolir el corpiño que impide respirar el prana matutino.
      La cintura no excedía el perímetro de un anillo. Sentada en una piedra, escribía, sus piernas largas daban tres vueltas y los pies asomaban de un trasero levitante. La birome se le escurría de la mano en cada oración, él la alcanzaba y ella sin decir gracias seguía escribiendo. Le resultó imposible dejar sus ojos en otro lugar que no fuera ella, le pidió permiso para leer -¿Para qué? Escribo mal. Invadiste mi privacidad y ni sé por dónde voy. Me molestaron tus elogios acerca de mi físico anormal-.

      Ella sabe leer los pensamientos ajenos. Él la hizo sentir tonta, ni siquiera admiró la audacia de salir al paisaje con su fealdad expuesta, ni admirar su inteligencia de mentira. Ni, ni, ni cuenta se dio que él le besó las manos, los ojos, la boca, la envolvió en sus brazos, junto con el cuaderno y la birome. Se la llevó a la casa. Cerca del dique, lejos de todo.