viernes, 8 de abril de 2016

CRISTÓBAL


   Lo veía casi siempre a la salida del departamento. Ese pasillo largo que llegaba al centro de la manzana.
   Era inevitable verle, porque el ancho de la puerta sólo daba para su increíble personaje.
   Las chancletas destartaladas y su musculosa percudida no daban cuenta de sus maravillosos ojos griegos.
   Al principio me divertía cómo protestaban los vecinos.
   Decían que Cristóbal desprestigiaba la casa “Qué se creía. Eso no era un conventillo, que las expensas eran muy altas para tener un tipo en musculosa y chancletas en la puerta de entrada”.
   Como Ulises, mantenía una mirada alta, un perfil sereno. Sólo se movía un poquito para dejar pasar de cotè a la Señora de Guaraña.
   El viejo había sido un inmigrante griego, con un dinero traído, compró una casa chorizo en Berisso. Alquilaba cada pieza a una familia distinta. El baño y la cocina se compartían. En el medio de la cocina, un samovar de la otra tierra, funcionaba para las fiestas judías, ortodoxas, católicas, cumpleaños y fin de año.
   No se bien cómo murió el viejo. Cristóbal empezaba a contar algo, pero, en un momento se detenía, nos miraba y rajaba a regar los malvones. Así que como esto se repetía cada vez que recordaba al viejo, imaginábamos que “eso” le pertenecía y que los malvones eran bálsamo del mandato paterno.
   Cristóbal trabajaba de repartidor de quesos “La Paulina”.
   -Lo mejor que hay en quesos, viejo, yo que estoy en esto te lo garanto...-. Decía con orgullo.
   Viajaba en una camioneta tan destartalada como sus chancletas, verde oscura, con las marcas de las pinceladas, parecía un furgón del cementerio municipal.
   Nuestro edificio pretendía ser una construcción tipo, clase media, hacinada, pero con discreción. Si alguien quería ver al “otro lado”, sólo tenía que tocar el timbre en el departamento de Cristóbal. Se sentía un olor extraño, a batatas fritas, con plancha mugrienta y un humo que parecía instalado, daba un aura a la entrada de Cristóbal.
   Nos abría la puerta con toda franqueza, gritaba nuestros nombres como para que se enteren los muertos y nos palmeaba la espalda hasta derrumbarnos en sus aceitadas  sillas de cocina.
   En la misma cocina tomábamos mate y fumábamos como caballos. De todas maneras, el record de tragar humo, lo tenía el inefable Cristóbal.
   Se enroscaba contando anécdotas tristes, los ojos se le ponían transparentes, le complacía emocionarnos. Jamás se le quebró la voz, ni siquiera cuando lo echaron de “La Paulina”. Con la cabeza erguida y palabras tranquilas, nos relató la más atroz de las traiciones.
   Me acuerdo que lo agarramos de las manos, fue un reflejo del corazón. Él, me ofreció un mate, lo tomé de un solo trago. Me quemé hasta el alma. Pero no dije nada.
   El tipo bien valía llenarse la boca de ampollas.
                     

jueves, 7 de abril de 2016

MALA LECHE


   -Yo pienso venir al humillante trámite de supervivencia hasta los ciento veinte años-.
   Don Juan la miraba risueño –Bueno, el día que no nos veamos ya sabemos que la superviviente es usted-. –Que no le quepa duda, vengo de una familia de ciento y pico. Cuando me muera será por hartazgo-. Don Juan, que iba por los noventa, siguió a Carmen Vidurria de noventa y cinco -¿Vamos por ahí?-.
   Don Juan no sabía dónde quedaba por ahí ni por allá, hacía tiempo había perdido la memoria de ese espacio. Por esta dificultad, confundía el inodoro con el zapato. La calle los recibió con motos y autos. Él la tomó del brazo y ella lo llevaba del hombro. La velocidad de la calle les era conocida, pero ambos miraban fuera de ellos, tantos salvajes juntos, parecían querer expulsarlos de la vida.
   Iban enlazados como troncos de glicina y llegaron “ahí”. Donde las verbenas. Los espliegos y robles sirvieron al descanso de los viejos, que recostados pusieron en orden los latidos de sus taquicardias. Un agente del desorden, pidió que se retiren porque ese sitio era público.
   Carmen Vidurria dijo –Usted mismo lo ha dicho, es público, debió confundirse de orden, vaya mijo, vaya-.
   Terminaron en la cama de Don Juan, les llevó tiempo desanudarse y el doble, desnudarse.
   Recordar cómo era, les resultaba imposible.
   Él no sabía qué tenía que poner dónde y ella olvidó sus zonas erógenas. Se abrazaron y el recuerdo emergió. Carmen Vidurria despertó a Don Juan, le propuso un matutino. Claro, pensó él como ella no tiene que hacer nada, piensa que yo sí debo.
   Además, no recuerdo qué pasó y mucho menos cómo se hace.
   -Bueno-, dijo Carmen Vidurria –entonces tomemos unos mates. Para mí es lo mismo-.
   Ella trató de rescatar la memoria nocturna, sin éxito –Don Juan, voy a casa, me siento agotada, nos vemos en tres meses, es tiempo suficiente para reponerse-.
   Cuando llegó el día, Carmen Vidurria se vistió como para un casamiento. Sombrero de paja de Italia, con el jardín de los cerezos cayendo en sus hombros, vestido de seda gris, con una cinta roja en la cadera.

   Le dieron el certificado de supervivencia, antes le tomaron la temperatura, si estaba fría no lo podían otorgar. Carmen Vidurria, mirando a ver si lo encontraba, escuchó una señora muy aseñorada. -Usted busca al Señor Don Juan, él falleció hace una semana-. Ella la miró como si el mundo hubiese dejado de girar. -¿Y no dejó nada dicho para mí?-.  La mujer aseñorada preguntó su nombre –Sí dejó un mensaje para usted, aquí está-. “Querida  Carmencita, lamento haber partido antes que vos y lo que más lamento, es que ya, me acordé cómo se hacía”.
                      

lunes, 4 de abril de 2016

DE CALLADO


El punga anduvo en los burdeles meta y ponga. Enroscaba los mostachos entre el índice y el pulgar. Cuando oteaba alguna mina bien dotada, se mojaba la palma con saliva, para dejar el jopo acostado y con brillo. Antes de abordarla rozaba cada zapato con el tobillo. Después, nada más que un silbido chiquito le sentaba la mina en las rodillas. Fruncía el ceño y de costado le ensartaba un mordisco en la garganta.
La mina se dejaba, mansa, ofreciendo alguna teta a la altura del bigote, con el deseo ferviente que siguiera. Él, sin decir nada, la empujaba de prepo a la pieza exclusiva del Obispo. Antes de la fiesta se persignaba, era creyente el fesa, como todo mentiroso. La mina quería más de aquella cosa grande y verdadera. Cuando el sol se filtraba por el junco, partía sólo, a la deriva.
Tenía el vicio de dormir en algún banco de la iglesia. Las chicas de la Sacristía despertaban su sueño y empezaba otra fiesta secular para aquel bigotudo que ensartaba cuatro sin sacar a cada una. Los señores de sombreros de ala ancha también aceptaban los favores de aquel superdotado. Al tipo le daba igual, mientras no fueran menores, fierro caliente o paja con espinas. Era sensible a pesar de su bravía y si alguna anciana le pedía, él le daba alguno, despacito.
En el pueblo nacían niños idénticos al punga. Nadie hablaba del fenómeno. Había al respecto un silencio, similar al de las dictaduras sangrientas.
Tal vez el inconciente colectivo admiraba a este hombre. El ayuntamiento lo nombró Ciudadano Ilustre de aquella comarca. Paseaba con orgullo por la plaza del domingo. De su cintura, al lado del facón oxidado, colgaban las llaves otorgadas, que él hacía tañir cuando los señores lo saludaban rozando los sombreros y las señoras inclinaban sus cabezas como geishas a disposición.
El Alcalde anunció la visita de la Reina de España. Durante la cena en su honor, llegando a los postres, apareció él, con un smoking violeta y una corbata de lentejuelas amarillas. Los comensales habían libado en demasía. Les pareció natural que él arrebatara la capita roja de la Reina, dejando al descubierto los hombros de Su Majestad. Lo que más le gustó al hombre fueron las tetas compradas. No eran de oferta, eran Armani. El propio Armani se las había obsequiado. La Reina puso cara de reina degollada y se dejó hacer allí mismo, delante de todos, todo lo que al hombre le vino a la cabeza y otras cosillas que la propia majestad le ofrecía, como chaperona experta en sexo complicado. Llegó el día y La Reina meta y ponga con juguetitos traídos de su tierra. Él quedó tan exhausto que se dejó llevar por ella en el auto.
Dicen que vive en España. Las putas fueron las que lo extrañaron primero. Había meses de seca, pero los suelos de esa tierra se inundaron igual, tales fueron los ríos de lágrimas. Le hicieron un monumento frente al prostíbulo, otro dentro de la iglesia y el más grande se lo mandaron de regalo cuando se anunciaron las nupcias del punga con la Reina.
D
e lo que nunca supo nadie fue de la capita roja. Alguno dijo que se la robaron, otro aseguró que él cubrió su enorme miembro, desgastado, a modo de vendaje. Tal fue la intensidad de aquel primer encuentro.


          

ARGENTINA MUCHO NERVIO


   -Tenés que adelgazar Quintina, estás gorda-. Lo decía su amiga librera, -Y cómo no voy a estar así, estos corpiños me aumentan, son mi billetera, ya que me robaron tres mochilas, dos carteras y la bolsa de los mandados, ahora espero que a nadie se le ocurra meterme la mano en una teta para sacarme la guita-. La amiga tenía la mandíbula caída, como siempre. –Che Quintina, vos llegaste a ser decana, publicaste libros, toda esa sabiduría académica,  podrías ser docente-. Quintina no la dejó hablar más nada.
-En vez de pensar por mí, porqué no me das laburo en tu librería, eso quiero. Tus sugerencias, gracias, pero recién tiré-.
   Su amiga la puso en la caja, le pidió que fuera razonable, si le daba otra tarea pasaría todo el tiempo leyendo.
   La librería, siempre vacía, se llenó de gente. Quintina no daba abasto. Le compraban sus libros u otros que ella recomendaba en los suyos. No faltó la cola de las dedicatorias, algunas las hacía su amiga imitando su firma.
   -¿Sabés una cosa, traficante de libros?¿Cómo podés ser tan boluda de avisar por Internet que acá trabajo yo?, la putada de sacarme fotos en la caja para salir mañana en los pasquines, te querías hacer unos mangos conmigo, rata-. La amiga se puso a llorar, con hipos le decía fifty fifty y lo vamos a visitar a Humberto.
   Quintina le agarró la cabeza, le habló de cerca con aliento a mil puchos, dijo 
–Humberto se murió, se murió, se murió. Burra, quedate con tus fifty fifty-.

viernes, 1 de abril de 2016

PERRÍN


   Las gemelas fueron un vía crucis. Solía ser cuidadosa con mis muñecos, a mí me regalaban porque nunca rompía nada. De chicas operaron todas mis muñecas, para ver qué tenían adentro.
   En el verano visito a nuestra madre, no voy en las fechas que arriban ellas. Mientras revisaba el ropero grande, noté que en esa casa guardaban hasta las tapas de gaseosas, los trajes de los sucesivos casamientos, los de comunión y los de bautismo. Entre mis juguetes faltaba Perrín, era mi preferido, Mamá lo tenía oculto y sólo me lo daba cuando las gemelas se ausentaban.
   A Perrín le apretaba apenas los costados y de entre sus pelos salían acordes de cinco notas. Lo mandó un tío de Francia, se llamaba Pierrot.
   No parecía justo que Perrín fuera Pierrot. Era tan peludo que no se le veían los ojos.
   Pregunté a mi vieja si no me lo podía llevar a Perrín. Se le cayó el colador de tallarines y dos tenedores se fueron atrás de la cocina. –Mirá querida, vos conocés a tus hermanas, lo encontraron y bueno, ¿no? Imaginate..., si querés te lo muestro-.
   Cuando lo vi casi muero de odio, le sacaron los ojos, tenía una operación del cuello al lomo.
   Vinieron juntas, antes saludar a Mamá gritaron –Somos Ingenieras en Sistemas y trabajamos en el Ministerio “Tecnonada”. Allí inventamos de todo-.
   Les faltaba el aire para continuar –A Perrín ¿Te acordás? Era tuyo, le practicamos una cirugía y logramos instalarle un aparato que tiene trescientos temas, lo prendés apretando el ojito derecho. El izquierdo lo perdimos, lo rellenamos con lana de vidrio y pelotas de pelotero.
   Nos pareció antiguo el pelo, se lo cortamos tipo punk, con rastas en las orejas, quedó divino-. Las muy perras saludaron a Mami con abrazos y besos que me dieron náuseas. Preguntaron dónde estaba Perrín, querían terminarlo antes que me fuera. Hice mi valija y saludé sólo a Mamá, a ellas les pegué un puntapié en las canillas.

   Un restaurador recuperó a mi antiguo Perrín. Con su música de cinco notas y esos ojitos curiosos. Lo puse en la cómoda, desde mi cama lo veo como la primera vez que lo conocí, tan suave, tan cercano. Suelo percibir las siluetas de las gemelas tras las cortinas, pero no, es sólo imaginado. Ellas entre cagada y cagada, dejan un espacio de tres años. 
   Es la única consideración que tienen con el mundo.

jueves, 31 de marzo de 2016

LA MIRADA DEL OTRO


   -¿Porqué me mirás?¿Te querés enterar del paso del tiempo? Y encima, tenés razón, mi panza parece intentar llegar a los empeines. Seguí nomás, mirá, las tetas son tan abiertas que cuelgan de mis axilas y las puedo atar detrás de mi espalda, como si fuera el elástico de un corpiño.
   Me pongo de costado, así no molesto tu posición relajada, mirá este glúteo y después mirá este otro, las cataratas del Niágara, que cataratean sobre mi culo caído. Fijate, tengo protuberancias y pozos, vino por mí la celulitis, hasta tengo hemorroides celulíticas. Ahora que me siento ves mis dedos de los pies encimados.
   Preparate, los levanto. Los ves sin interés. En todos estos años capas y capas de piel callosa, no tengo planta de los pies, tengo suelas con plataformas. Gracias a ellas mirá como te empujo. Si quiero te beso la boca, si quiero aplasto mi cara contra la tuya. Te muestro con linterna, mirá hasta  en donde salen canas.
   Tu mirada es más cruel que la verdad verdadera.
   Esto se terminó, no quiero más tus ojos sobre mi cuerpo, te voy a reventar-.
    Tomó un candelabro de bronce y rompió el espejo.

martes, 29 de marzo de 2016

LA VISITA II


   Pasó una semana y fui a limpiar el departamento del abuelo, él no estaba, seguro que fue a la plaza, ojalá me de tiempo a terminar.
   Volví a mi casa, dijeron que el abuelo estaba en el cielo, se lo llevaron los ángeles, nunca dijeron “se murió” piensan que soy estúpida. Si se murió, se murió. Fueron todos al sepelio, no permitieron que yo fuera, me iba a hacer mal, lo decían con piedad fingida.
   No quedó nadie, era ideal para una visita. Me gustó que hubiera mantenido la limpieza.
   Abrí ventanas para que entrara aire y el sol. Estaba en el sillón hamaca, fumando su querida pipa, los rayos del sol lo hacían parecer un patriarca.
   Me regaló una caja de seda raída.
   Debía abrirla en mi casa y sin testigos.
   Entorné la tapa y los rayos de luz me enceguecieron, adentro había... No quiero escribir el contenido. Es un secreto entre mi abuelo y yo.
   Todos dicen que murió, no sé porqué. Lo veo todos los días, ahora le cuento cuentos verdes, se ríe tanto que se le sale la dentadura.
   Me dijo que al lado vivía un viejito parecido a él, como un gemelo. Cuando descubrió al viejo muerto, robó sus documentos y puso los de él.
   -Yo sabía que estabas vivo ¿Y los demás no se dieron cuenta?-. El abuelo contestó 
-¿Y quienes son los demás?-.

lunes, 28 de marzo de 2016

LA VISITA


    Condecoró la noche bajando las persianas, cerrando las ventanas.
    La nube de tierra quedó suspendida en el aire ausente.
    -Abuelo, traje mi bolsa de dormir, Mami dice que aquí se concentra todo el polvo de la tierra-. Él fumaba su pipa y el humo borró los contornos del mobiliario –Es un sueño abuelo, aquí estamos. Vos dormí, te voy a contar un cuento-. Decía que el lobo feroz fue absuelto y quedó libre. Los tres chanchitos morían congelados en el freezer, terminando su martirio al spiedo. –Acá no se puede respirar ¿Puedo abrir la ventana?-. Un viento inesperado sopló toda la noche en el pecho del abuelo. La nieta despertó con ganas de seguir el relato del lobo liberado. Preparó un mate de leche y lo acercó a la cama. –No tengo ganas princesa, juntá tus cosas que en diez minutos te pasan a buscar-. Ella le tocó el pecho y no escuchó latidos, las manos heladas como el mármol. Lo cubrió con una manta, el abuelo dormía. –Seguro que el cuento le dio insomnio, él ama los chanchos, debí saltearme esa parte-. Se puso la mochila y besó la frente del abuelo. Bajó cantando, encontró a su Mami y le dijo –El abuelo estaba muerto de frío. Ya lo tapé-. 

domingo, 27 de marzo de 2016

BRUNO Y SU GATO


   Hoy Bruno presentó quejas, con la pasta dentífrica y el cepillo de dientes dándole vueltas, dijo que estaba harto de verme escribir toda la noche –Por lo tanto de noche, duermo sin esposa-. Cuando terminé mi cuento fui a dormir exhausta, había un papel que decía “Y de día dormís, tampoco te veo”. Bruno está mal, pero yo el libro lo tengo que terminar. Se olvidó el celu, mensaje de texto, lo leo por si es algo importante –“Te llamé infinidad de veces Bruno, Miau, te extraño, quiero hacerlo hoy, en realidad quiero hacerlo ayer y siempre, Miau besito, Bruno-Miau-Miau-Miau”-. Le hablo –Decime pedazo de nada ¿Quién es Miau o Miau Miau?
   Ah ah después me explicás, qué carajo me vas a explicar ¿A mí que mierda me importa que sea la mitad de tu pelotuda reunión!? Besito te manda tu gatita, si estuvieras a mano te mato. No me cortes, porque voy a tu puta reunión y te dejo sin socios, no me cortes cerdo, no me cortes!!! Hola? Hola?-. Cortó y desconectó, voy a respirar hondo. Acá está el formón y en el piso tu celular, los junto en un golpe terminal. Bruno, Miau, ¡Mirá! Pobrecito, se quedó sin su mano derecha.
   Respiro hondo y subo a terminar mi historia.
   Escucho las llaves y su voz descarada 
-¿Dónde está mi bella durmiente, ni de día ni de noche? Es en serio, me voy, es mucho, no tengo ganas ni tiempo de decirte nada ¿Qué te voy a decir?-. Yo seguía con mi personaje y dije –Chau, me podés decir chau-.

viernes, 25 de marzo de 2016

PSIQUISIERA


  Coco preguntó distraído, -¿Ustedes se acuerdan de Griselda?-  Chacho miró de costado –Buenas tetas, buen culo, gemelos perfectos, tobillos finos y esos vestidos cortones, transparentes-. Toto suspiró –Las tetas eran más grandes sin corpiño-. -¿Y vos qué sabés?-, preguntó Chacho. Los tres se rieron, Griselda generosa, cachonda, estuvo con los tres. Lo hacía por gusto, no cobraba y a veces se enamoraba.
   -¿Saben que la vi el otro día, gorda, las tetas le llegan al ombligo, el pelo es paja brava, los ojos los tapan bolsones de piel-.
   Griselda aprovechó la mañana de sol para hacer compras, dos zanahorias, una caja de curitas y un minifrasco de café.
   Se le fue el dinero que tenía en tres cosas de oferta. Tardó en darse cuenta, los reconoció, saludó a todos con un beso general –Casi paso de largo, ¡Qué cruel es el tiempo! Ahora que los miro, pienso que hice bien en no casarme con ninguno. Vos Coco, pelado y esa panza fútbol cinco, me dijeron que te pusiste un cinturón gástrico con hebilla externa, por si cambiás de idea. Toto y Chacho están iguales, sólo que los botones de sus camisas fueron expulsados por exceso de volumen, es patético encontrarnos después de treinta años, por suerte yo estoy igual. Me ayudó la moda de las calzas, me juntan todo, no uso dientes postizos, no tengo cirugías plásticas, soy sana. Mi única dificultad es la psique, mi psicóloga los hace responsables a ustedes, dice que no me los pueden sacar de la cabeza: Coco, Chacho, Toto-.
   Sonó su celular, ella decía –Sí, a las cuatro está bien, acordate que tengo otro turno a las seis, vemos. Chaucito-. –Antes de irme les quiero decir que tengo tres amantes insaciables y cambié mucho, ahora cobro. ¿Saben cómo se llaman? Coco, Toto y Chacho. Sus atributos son notables, bien dispuestos. Igual que ustedes cuando eran jóvenes-. Les señaló las braguetas, con nostalgia.
   Faltaban tres minutos para las cuatro.

miércoles, 23 de marzo de 2016

BUZIOS 1973


No daban ganas de salir del agua. El sol lastimaba cruel. Venían los finos de Río, había que vender.
Mis artesanías les encantaban. Se hacían servir los idiotas, no bajaban de los autos, yo tenía que caminar adoquines hirvientes y mostrar mis gracias.

Ese domingo un tipo me tomó algunas fotos. Sentí que era importante. Nací tonta y crédula. Pregunté si quería compr…no me dejó completar la pregunta, compró todo, hasta el collar que llevaba puesto. Días después salí en O Cruzeiro: “Artesanato en Buzios…bla…bla…”. Tenía para dos meses de alquiler y comida. Me calé el sombrero y caminé por los adoquines, parecían fresquitos. La alegría refrescaba. Justo de frente, veo venir lo increíble, la tipa más talentosa de Bellas Artes, la más audaz, la más buena. Nos abrazamos y como cocodrilos, lloramos. Los diarios argentinos, decían que la buscaban sin resultado. Yo la hacía muerta, no le dije.

Ella contó que su padre trabajaba y vivía en Río, estaba con ellos de vacaciones. Un descanso obligado, aseguró con ojos tristes. La invité a mi casa, agradeció pero regresaba en el día. Argumenté que ése era el mejor lugar del mundo, no había argentinos y se vivía con nada. La idea le gustó, pero no era lo suyo. La acompañé hasta el micro desvencijado.

Después del abrazo final, dijo que quería cambiar el mundo y una aldea de pescadores no le servía. Meses más tarde, salió en el Journal do Brasil: “En un episodio confuso…bla…bla…”. Sus ojos brillantes en la foto y ella en mi corazón, para siempre.
Era domingo. No trabajé. No pude. No quise.

domingo, 20 de marzo de 2016

EL PESO DEL TIEMPO


   El más alto de la familia Baster era el reloj de péndulo. Los chicos temían las campanadas, en especial las doce, que se hacían interminables. A pesar de sus años andaba como hecho ayer. Todo  el tiempo esperaba las manos ásperas, del más viejo de la familia que le daba cuerda. Lo agradecía como inyecciones de vida. Andaban sus más pequeños, los segundos y las horas que rodaban los números romanos.
   A cada hora, siempre le faltaban doce horas.
   Hubo varias generaciones de abuelos, que jamás olvidaron que sin girar la llave, el reloj dejaría sus tictaes y su vida en una bóveda oscura con vidrios biselados, esmerilados de mugre y el péndulo, un suicidado sin brillo. La familia Baster, del siglo XXI le lustró el péndulo, los vidrios, las maderas y el círculo numérico. Le serrucharon los pies, un detalle de la modernidad. Él sufrió un poco la ausencia de piernas, como no caminaba porque nadie le daba cuerda, le dejó de importar.
   Apareció en la familia un hijo relojero llamado Doctor Kiton Baster, hábil y audaz realizó una microcirugía en el interior del reloj, sin anestesia, era duro y se la bancó. Fue un milagro, lo puso a funcionar en su totalidad y el reloj, que seguía siendo el más alto de la familia Baster, hizo tronar las campanadas y las horas tuvieron un asociado nuevo, el Servicio Meteorológico. El reloj estaba tan feliz que era capaz de andar sin cuerda. El Doctor Kiton Baster partió de la casa a trabajar en Suiza. Su madre detuvo el péndulo, decía que le molestaba para dormir. Torció las agujas, para no escuchar los tictaes, la ponían nerviosa. Le serruchó el techo, dijo que era demasiado trabajo su limpieza. Después siguió con los vidrios, quiso sacar el redondo con una gubia grosera. No pudo. Lo intentó con el vidrio vertical. No pudo. El reloj escuchó cómo la señora Baster llamó a un carpintero para deshacerlo por completo la tarde siguiente. La señora se acercó al reloj con gesto triunfal y él se le fue encima.

   El cristal redondo le quedó incrustado en la cara y el vertical estalló de ira en todo el cuerpo de la señora Baster.  

jueves, 17 de marzo de 2016

ANÓFELES, ZIKARIOS, FUGLIANOS


   Tenía los expedientes para llevar a tribunales ni bien abriesen. Había mosquitos en toda la atmósfera de casa, aún con las viejas espirales y frasquitos enchufados parecían inmunes a los venenos.
   Las sábanas se me pegaban al cuerpo y los silbidos de los moscos rozaban mis oídos y picaban piernas, brazos, espalda, ni mi cara respetaron. Con la luz apagada, agarré la primera carpeta del escritorio, debo haber matado seis como mínimo.
   La batalla continuó, mis armas eran lo que tenía más próximo, arremetí con los expedientes, el enemigo pareció desaparecer. Quedaron muchos heridos que picaban tres veces en el mismo lugar. Seguí con las otras carpetas, me parecieron las más contundentes. Eran invencibles, con los expedientes restantes proseguí hasta la madrugada. Me desperté con los ojos pegados, dejé que el agua fría ayudara a sentirme vivo.
   Como un acto reflejo cotidiano ví el espejo. Tenía marcas de carpetazos en toda la cara. Las picaduras parecían verrugas cagadas a palos. Peor los expedientes, corrugados con firmas y sellos diluidos.
   Pasó un tiempo prudencial antes de poner en orden los papeles que planché, las carpetas con sus ítems corregidos con tinta centrifugado final.
   Me disfracé de limpio y corrí la violenta olimpíada a tribunales, llegué tarde, me atendió la secretaria con su arruga de constreñida más honda que nunca.
   Se asustó cuando me vio y preguntó 
-¿Qué le pasó?-.
   Le dije que justo cuando cruzaba la plaza me cayó un nido de camoatíes en la cabeza 
–Vienen para aquí. Llego tarde, ¿puedo hablar con el Juez?-.  La constreñida abrió la puerta y el Juez, molesto por la demora, ni ofreció que me sentara.
   Le entregué las carpetas con los expedientes que llevaron meses de trabajo. Los hojeó con mirada displicente.
-Cuánto mosquito aplastado tienen estos papeles, diría que son impresentables-. Giró su silla neumática y arrojó al cesto todas las carpetas,-Según mis secretarios, sus expedientes son innecesarios, Buenos días y disculpe la molestia, doctorcito, así como yo disculpé su tardanza-.

lunes, 14 de marzo de 2016

TE LA HAGO CORTA


   Estoy clavada a la silla escribiendo cuentos cortos y medianos. Exprimo la imaginación por temor a quedarme sin jugo. Se puede observar en autores de la ostia. Influyen generosos en palabras y estructuras.
   Escribo, leo, me lavo los dientes, soy buena persona y mala persona.
   Yo no sé porqué no remitirse a cuentos más viejos, siempre el último o los dos últimos, vamos chabón, hay más, siempre hay más. Creer en estadísticas melifluas de cuentos leídos, me da triste.
   Tengo un blog y subo uno todos los días. A los suizos, argelinos, rumanos, no digo iraquíes porque tienen otras ocupaciones.
   Lean los cuentos más viejos, no es un “por favor”, carajo, ni un pedido.
   ¿Para quién mierda escribo?
   -Holá?...holá?...no sé que pasa -. Ahora comunica, sigo,
-¿Entendés lo que te digo? Hola ¿Estás escuchando?-.
   -Qué hijo de puta, cortó.

sábado, 12 de marzo de 2016

CATALINA ARANCELES


   El cementerio se inundó cuarenta veces en ciento veinte años. Los deudos de todas las bóvedas las vendieron por monedas, incineraron a sus parientes muertos y arrojaron las cenizas a la laguna. Sólo una bóveda quedó en pie, con superpoblación finada, los ataúdes cubiertos de telas blancas, bordadas a mano por las “Hermanas Hilo por Hilo”. Todos los días, sin falta, venía la última heredera de la bóveda más antigua del lugar. Si había inundación, se trasladaba en bote. Si llovía se guarecía dentro del reducto. Rezaba el rosario perdido, con un collar de perlas, le salía completo. Catalina Aranceles era atea, lo del rezo lo hacía en homenaje a los que se fueron, todos tan católicos que donaron sus pertenencias a la iglesia. La familia quedó tan agradecida que ninguno visitó el cementerio jamás, excepto cuando murieron, que no sólo lo visitaron sino que se quedaron. Ella vivía en una casa precaria, el deseo de Catalina Aranceles era tener una casa digna, pero carecía de medios económicos, el último gobierno arrasó con su fortuna. Decidió hacer una feria americana, con toda la mantelería del recinto. Cuando se efectuaba el pago del último mantel, lo cobró en Euros, porque estaba hecho con hilos de seda de gusanos macho. Se presentó el Director de Cementerios, especialista en nichos, bóvedas y fosas comunes, estas últimas rellenas de comunistas. –Buenas tardes, Señora Catalina Aranceles, sepa disculpar, pero me veo obligado a decirle que lo que usted hace está totalmente prohibido-. Catalina, con voz áspera y mirada de demonio de Tasmania preguntó -¿Quién es el autor de tal prohibición?-. El Director dijo –Mire, hasta hace poco fue Ley-. Catalina Aranceles lo quitó del medio con cajas mal templadas. Necesitó la ayuda de dos mudadores y un constructor para el traslado de objetos, los ataúdes incluidos.
   Las tapas de estos últimos serían las puertas y las bases, ventanas con alféizar. Al abrir los cajones todos recularon, dentro de ellos sólo había camisones y camisas. Las almas subieron a los cielos y dejaron sus indumentarias.
   Le pusieron vigas de mármol de Carrara para que la casa fuera palafita. El techo, Catalina Aranceles, decidió que fuese con los vitraux de la bóveda. Al constructor y su ayudante les pagó con la venta de camisones y puntillas.
   Concluido el trabajo Catalina Aranceles se sintió vacía, no le quedaba nada por visitar. Una mañana de septiembre abrió sus ventanas y montones de periodistas y camarógrafos le preguntaban si podían entrevistarla y filmarla. –Bueno bueno-. Dijo Catalina –Voy a ver si mi apretada agenda lo permite-. Tomó un libro de la biblioteca y les pidió que las entrevistas fueran espaciadas.
   El costo de cada visita sería de quinientos euros y en caso de prensa amarilla de dos mil euros.

   Con su primer pago en el corpiño, Catalina Aranceles miraba el interior de su casa mientras comía un catering de sushi, salmón, wasabi y puré de papas. Por suerte no había nadie, porque Catalina Aranceles eructó haciendo resonar la laguna, mientras le dijo a la luna lo mismo que decía su abuela. Nada se pierde, todo se deforma.

jueves, 10 de marzo de 2016

BRRR BRRR BRRR


      Apareció un gato muy particular, le decíamos “el egipcio” por andar con el cuerpo de frente y la cabeza de perfil. Vivió en casa cinco años. Era trashumante, solía quedarse a dormir en casas del vecindario. No podía maullar, debido a la ausencia de cuerdas vocales. Le faltaba una oreja, que perdió en alguna batalla de los tejados.
   La pata izquierda delantera, la pisó una moto. El conductor era veterinario de animales pequeños, reconstruyó los huesos con titanio y el resultado fue óptimo. Imposible advertir cual era la pata herida.
   Su trashumancia lo llevó a la casa de enfrente. Tenían una cocinera satánica que cuando lo vio cerró la puerta, dejando la cola del egipcio a medio camino entre cortada y quebrada. Se la dejamos así y él estuvo de acuerdo. Para contestar, abría la boca de la cual no provenía ningún sonido.
   El jardinero, trabajando con un rastrillo, le quitó un ojo de un puntazo. El egipcio desapareció varios días, nos volvimos locos buscando el ojo faltante y no hubo nada que hacer. Quedó tuerto.
   Si el egipcio escribiera un libro se llamaría “Los pedazos que perdí”. Le hicimos un cuarto especial, con almohadones mullidos y piedritas en suite. El tipo se acomodó y ronroneaba. Nos asombramos, pensamos que alguna cuerda tenía. A la mañana siguiente no estaba.
   Su vida nómade era un reflejo de libertad.

   No lo favoreció su alzhéimer, caminó lejos y olvidó que aquí, era su casa. Volvió para Navidad. Ronroneó más fuerte que antes y se dirigió a sus aposentos. Mientras brindamos se escuchó una voz finita que gritó ¡Feliz Navidad! Provenía de la habitación del egipcio.

viernes, 4 de marzo de 2016

PARA VOS VOS VOS


   -Alcanzame eso-. Yo miraba y nada 
-¿Qué es eso?-. Y mi viejo repetía. –Eso alcanzame eso ¿no sabés qué es eso?-. No lo podía creer. –No, no tengo la más puta idea de eso-.
   Se levantó de la banqueta y tomó el cepillo de ropa.
-¿Ves nabo?, eso, es cepillo, se llama cepillo-.
   -Padre, salgo, ¿me das unos manguitos?-. –Pssí, alcanzame la, la, la-. Le digo para abreviar –La billetera-.
-¿Y si sabés, para qué me tenés tres horas la, la, la, no te olvides las lla, lla, lla.
   Por suerte las tenía en la mano. Yo no sé qué le pasaba, le faltaba oxígeno para la memoria de las palabras.
   Ayer le compré un equipo deportivo completo, para hacer correcaminatas.
   Lo levanté temprano, tenía los ojos pegados, verse en el espejo con el equipo le dio contento.
   Hicimos caminata, se agitaba, me dio temor. Nos sentamos en un banco, donde veíamos toda la ciudad.
   -¿Vos no te acordás del Doctor, del Doctor, del Doctor, si sabés quién es. ¿Porqué no decís el nombre?-. Le miré esos ojos buenos que tiene –Sí me acuerdo, papi ¿Cómo olvidarme del Doctor?-. Me sonrió cuando me acordé. Pedí que siguiéramos porque nos íbamos a, a, a. Mi viejo trotaba mientras decía –a enfriar, nos íbamos a enfriar-. 

lunes, 29 de febrero de 2016

FARMACIA "TODO LO CURA"

   
 Todos tenemos nuestros números junto a las recetas de cada uno, igual que para cualquier trámite.
   La gente entra hasta formar una ola humana acaracolada. Una mujer habla a gritos con el farmacéutico, está embarazada y debe dejar de fumar, las Reuniones de Autoayuda no la ayudan, siempre prende un pucho a la salida. El Farma le ofrece unas pastillas –No quiero, esas se las compré y no me sirven-. Le pide que se tranquilice.
-Hay unas pastillas de EEUU, son infalibles, pero aquí no llegan, serían de un costo impensable-.
   -No quiero nada yanqui, desconfío aunque las consiga, son capaces de agregarle químicos para exterminarnos-. Todos la miramos ¿qué otra cosa podemos hacer? Una señora protesta, dice que ponen el aire acondicionado helado para enfermarnos y no tener más remedio que comprar remedios.
   Cuando se escuchó que la mujer esperaba ese hijo después de doce años de intentos, todos callamos. A medida que el tiempo transcurre, las personas van dejando deslizar sus recetas.
   En un momento los compradores exigen más personal para las ventas. El Farma dice que la única persona que atiende es él, el resto del personal fue despedido.
   La mujer embarazada compra una batería de pastillas, olvidó su tarjeta de la mutual. Mete todas en la cartera
–Mañana le pago-. El hombre queda con la boca abierta, cuando la mujer se va con un pucho en la mano, lo prende afuera.
   Se escucha la voz del Farma –Veintidós-. El Veintidós busca su receta en cuatro patas, la encuentra, no es la de él, sigue buscando 
–Veintitrés-. Se escucha al Veintidós pidiendo que espere. –Mientras usted la encuentra, atiendo a la señora-. La receta que levantó la señora del piso no era suya. La compra igual, por lo bajo se le escucha –Al fin y al cabo todas las pastillas, son iguales, me congelo, cobre rápido así me voy.
   El Veintidós encontró su receta, pero no su número. Me di cuenta que la gente es mala, el Farma también, todos lo mandaron a sacar otro numerito. Tenía cara de “me mato”, yo le di mi número, el veinticuatro.
   Hacía peor la soledad de aquel hombre, que el medicamento para mis ataques de agresión. Cuando salgo arranco el auto, lo pongo frente a la Farmacia “Todo lo cura” y choco contra la vidriera. Saltan los vidrios, uno le dio en la cabeza al Farma, otros recibieron cortes menores. Soy generosa, pero cuando me dan los ataques de agresión, sino tomo la pastilla, mi furia se equivoca y le paso por encima al hombre que le regalé mi número. Bueno, mejor desaparezco, nadie me ve, todos están malheridos.
   Si no, vienen los interrogatorios, las acusaciones y los miles de dólares que tenés que poner para que te larguen.                      

    

domingo, 28 de febrero de 2016

NI LOCO


  Controlaba los alambrados día por medio, el estado de las tranqueras, contaba sus veinte vacas con los dedos, dos peones golondrina le ayudaban, con el tractor de su abuelo.
   Eran gauchitos y comedidos, inventaban tareas que mejoraban el rendimiento del viejo tractor.
   Eulogio, el patrón, sentado al borde de un arado oxidado, despedía al sol. Pensaba en sus treinta, era hora de buscar mujer. Ni allí, ni en los alrededores, había mujeres y él, ni loco iba al pueblo a buscar alguien. Por el camino vislumbró una chica, caminando no muy segura hacia dónde. Pasó tan cerca que Eulogio le preguntó la hora. Ella inventó una, no tenía reloj. Los zapatos le sonreían con todos los dedos afuera y su ropa, pura hilacha, fueron blancas hacía mucho.
   Eulogio dijo -¿Cuál es su gracia?-. Ella lo miró y balbuceó –Lulú, la revista que más le gustaba a mi vieja, era La Pequeña Lulú, por eso me lo puso y en esta valijita llevo toda la colección-.
   Eulogio quiso saber su edad y hacia dónde se dirigía. Ella  venía de una historia triste, padres que murieron hacía unos tres meses y rancho tapera.
   Lulú tenía trece años y no sabía adonde iría a parar.
   El Patrón le propuso trabajo de hacer comida, limpiar algo y una pieza para ella sola. Lulú subió con destreza, cerca del arado y dijo sí, con ojos de luz. Parecía de diez años, Eulogio sintió que estaba mal nutrida. Las novias de los peones, ni bien supieron, mandaron ropa, zapatos y dos ejemplares nuevos de La Pequeña Lulú.
   Antes de amanecer se escuchaban los golpes a la puerta del dormitorio de Eulogio, sentada en una silla matera, le acercaba un cimarrón. Esos pequeños gestos fueron creciendo.
   En un cumpleaños el Patrón se excedió en vino, parecía irlandés, nadie notó su estado. Lo que sí notaron todos fue la panza de Lulú que creció hasta parir un hijo. Eulogio, sorprendido le preguntó quién era el padre. Ella contestó que él era el padre –Tal vez usted no recuerde, pero la noche, con perdón, que se emborrachó me agarró una vez y otra vez y otra-. Eulogio se puso de rodillas y le pidió que se casaran. Lulú dijo sí y confesó 
-¿Sabe que usted me gusta de la primera vez allá en el camino?-. Tuvieron cuatro hijos.
   Las bebés se llamaron Guita y Plata, a los varones les pusieron Dinero y Morlaco. En el registro se les negó el nombre Dinero, decían que Dinero no estaba permitido.
-¿Ah, no?-. Dijo el Patrón. Sacó un fajo de Euros y se los extendió al empleado, quien temblando contestó –Tiene razón Patrón Eulogio, Señor, tiene razón, el nombre Dinero existe-.  

sábado, 27 de febrero de 2016

MÁS NO PUDIERON


   El fenómeno de ruborizarse, o que se te pongan los cachetes colorados, para los bizarros, se debe a que la sangre recorre todo el cuerpo y aterriza en las mejillas.
   Las razones son variables, puede que alguien elogie tu tarea y te ponés colorado o que se burlen por tu ignorancia, una propuesta amorosa, tu padre te descubre haciendo algo indebido. Cientos de razones válidas o inválidas. Te podés poner colorado en una silla de ruedas.
   Las personas malas, jamás se ruborizan o lo reemplazan por maquillaje que hace que lleguen a destino ya ruborizados.
   Por ejemplo, obispos, conductores beodos, asesinos seriales, políticos, pederastas, carniceros, ñoquis. Son seres grises y por más rojo que le agreguen, siguen siendo grises.
   -Habría que meterlos presos a todos-. Dice mi padre.
   El tío Alberto piensa que hay que matarlos a todos y eso que es pacifista. Berta, su mujer, grita -¡Chorros, devuelvan la guita!-
   Para llegar al deseo de Berta, deberían pasar los dos estadíos anteriores. El resultado sería atroz, los malos se escaparían en aviones, con toda la guita que nos robaron.
   De los chanchullos de estos sátrapas no sé nada, es una era confusional. Sí sé lo que es llegar al quince sin ropas, para los finos y en pelotas para los ordinarios.
   Tengo una parcela de buena tierra, siembro papas de toda la vida, hice mis negocios con honra.
   Llegó la hora de compartir y yo reparto.

   Se sabe que el que reparte se queda con la peor parte. Así fue, estoy tirado boca arriba, mirando el cielo, la luna y las estrellas, mi mujer prepara papas fritas, yo descanso sobre el pasto mullido. Me quedé con la mejor parte, mi orgullo es que todavía se me pongan los cachetes colorados. A los grises no les tengo piedad, me dan náuseas. Más hijos de puta no pudieron ser. 

jueves, 25 de febrero de 2016

SORROSTRADA


   Me conozco, sé cómo soy por dentro. Mentira.
   Fabriqué un personaje que responde a los cánones sociales vigentes. Quiero pasar desapercibida. Hablo en voz baja, no digo malas palabras y camino con una semisonrisa que sirve para mirar niños y saludar cuando no tengo ganas. Hoy es miércoles veinticuatro.
   No pude ir. La llamé al celu para avisarle.
   Es como faltar a misa para un católico obsesivo. Hace mal no ir. Necesito escuchar cómo miento y ella cruza mi señal revirtiendo todo, dice que me castigo.
   Sabe más de mí que yo.
   La tierra está seca, el calor parte la cabeza.
   Se larga! Se larga! Llueve el mundo, caen piedras, relámpagos y truenos. Luego de tres horas, cesa. Sale vapor. Hay niebla, entra en la casa. No logro cubrir los cuentos sin antes acomodar la silla.
   Excusas para no escribir. Hago cierres rápidos, un vicio adquirido.
   Mientras escribía se corrió el cierre de la depresión y mil fantasmas se reunieron para engrosarla, oprimen el alma con su insolencia y descaro.

   Cuando se rompa el cierre vas a huir, maldita cortamambo. Voy a escribir un cuento sobre tu costumbre de meterte en mis pensamientos con una frecuencia de las cuatro estaciones del año. Serás declarada persona no grata. Tendrás vedado invadir a nadie. Sorrostrada.

SOCIEDAD DE HECHO

   Globopobre tenía moscas en las pestañas. En su familia todo era precario y nómade.
   Concurrió a la escuela gracias a una autoridad que se hizo presente para becar al “niño de las moscas”.
   Sabía tantas cosas de la calle y de la vida, que para sus compañeros era un profesor. El que más lo quería era Perirrico, el padre se asombró de cómo Globopobre resolvía cualquier cosa inventando reemplazos o desinventando, otra forma de inventar. El señor Perirrico le pagó hasta los estudios universitarios, consideraba que era excelente influencia para su hijo.
   Fueron amigos entrañables, pusieron un estudio juntos. Globopobre no lograba quitar las moscas de sus ojos, pensó que nunca olvidaría su lugar de proveniencia. Ganaba todos los juicios y los de su amigo también. Quería ser rico, muy rico, para socorrer a su familia. Un día, Perirrico le echó raid en las moscas, casi lo deja ciego. Ellas se quedaron a vivir en sus pestañas, a pasar de aquella agresión. Eran tan arqueadas, que podían dormir como en coy, sin molestar a nadie.
   Perirrico tuvo que soportar a los clientes que preferían al Doctor Mosca. Discutieron los objetivos de cada uno. Resultaron disímiles.

   Se despidieron con afecto y la sociedad quedó sin efecto. Pasaron unos años y el estudio de Globopobre quintuplicó sus ganancias. Mientras, Perirrico empobrecía. Oyó que su ex socio amigo construyó viviendas para sus parientes pobres de toda pobreza, mientras él vivía en la más absoluta austeridad. Perirrico le pidió ayuda, su amigo le ofreció volver a formar una sociedad, con la condición de no molestar a sus moscas.

miércoles, 24 de febrero de 2016

TODAVÍA NO ES EL FIN


   Fui a comprar alimentos para ese día. No me alcanzó, dejé varios productos.
   No digan que no es para putear, o protestar, o tirarse de los pelos. Nadie dice nada, como ovejas obedientes. Llego a casa y escucho -¿Qué hay de comer?-. Él recostado con los ojos rojos de mirar televisión, el Buey sólo, bien se cocina.
   Otra noche en el piringundín, trabajando de puta con viejos desagradables. Un agotamiento que tapaba con anfetaminas y así iba a dar clase a la escuela, por la mañana.
   El Buey no sabe, piensa que soy inspectora de la Biblioteca Nacional, lugar donde se trabaja por las noches. Hace mucho que dejé de importarle. A mí me parece que él no me importa desde antes de conocerlo. Lo dejaron cesante y fue traumático, los chichones se curan, el Buey parecía cesante del mundo. Es extraña la mutación de las personas, la falta de dinero para cosas elementales, hace que uno tenga la cabeza ocupada con números. No quiero caer en ese pozo, sin futuro ni presente, ni marido. Hay personas resistentes, admirable.
   Me queda cero pila, o me voy o me mato.
   Elijo lo primero, conocer lugares nuevos, personas diferentes, que todavía sueñen con saltar lejos. Cuatro baldosas flojas me mojaron zapatillas y medias. Entro en casa y huelo cazuela, la mesa tendida con los platos de salir y un candelabro al medio. El Buey me quitó el abrigo, secó mis pies y dio la gran noticia, consiguió trabajo.    
   Abandoné mi proyecto de  partir.
   El Buey es bueno, aunque lo del laburo sea mentira.                                                                                       

domingo, 21 de febrero de 2016

CUENTO MINIFALDA Y CORONA


   La reina Madre le cortó la cabeza a su hija con un hacha. No quería velatorio, ni asistir al entierro. Florinda, ama de llaves del castillo, cocinera, lavandera, cumplía todos los servicios.
   Cuando entró al dormitorio encontró a la niña moribunda y la cabeza de lado. La cosió como pudo y la cuidó durante su convalecencia.
   La reina pasaba sus noches de fiesta en fiesta, de día dormía. Ignoraba si su hija estaba viva o muerta. Florinda hizo la parodia del entierro, que dejó tranquilos a los allegados. La Reina conoció al Príncipe más buen mozo de la comarca, quedo prendada o prendida. El día que lo tomó del brazo, no lo soltó más. Él se dejó, como todos los príncipes, era tonto e ingenuo. Durante una ceremonia simulada, se casaron. La niña criada por Florinda cumplió catorce años, hacía de ayudante de Florinda todo servicio.
   En la habitación de su madre sólo estaba el Príncipe dormido. Lo miró de pies a cabeza, parecía una escultura de guerrero viviente.
   Se recostó a su lado, no sin antes apoyar su boca en la del Príncipe, que despertó y la miró para siempre.

   Cuando la Reina encontró a su Príncipe en adquisición, con la joven todo servicio, lo acusó de infidelidad, mientras el Príncipe semi-dormido pedía, rogaba que le cortaran la cabeza a la vieja bruja. Florinda procedió, haciendo que el Príncipe y la niña se casaran, antes que la Reina, por capricho, despertara. 
-¿Qué te parece?-. Preguntó al editor. –No es para niños, tal vez le gustaría a cualquier grande, pero no sé-.  

sábado, 20 de febrero de 2016

PENÉLOPE


   La piel de la cara tenía un tajo que iba de la frente al mentón. Trabajaron tres médicos y cinco enfermeras, juntar las pieles tenía algo de orfebrería. Debieron estirar tanto la media cara, que se produjo una estética instantánea, ese lado quedó suave y joven, con un ojo verde amplio. El otro perfil, el verdadero, era un nido de arrugas y patas gallináceas.
   Ese lado no se lo hicieron, la piel no alcanzaba, la mutual tampoco.
   Penélope sentía más y más rencor por el tipo que la tajeó. Cuando curó y pudo salir, recorrió calles desconocidas, a pesar de haberlas caminado hacía seis meses, con litros de ginebra encima.
   Un hombre alto la llevó en brazos hasta la casa de ella, a pesar de ignorar dónde quedaba.
   Ella recordó niebla, llovizna y después todo negro.
   Cuando despertó le parecía extraño el lugar, no era su casa, sin duda, se puso de pie.
   Antes de llegar a la puerta, sintió una mano pesada en el hombro. Penélope, tomada del picaporte, pudo ver en la sombra de la pared una mano que se levantaba con una navaja y le producía el corte. Ella salió a llamar un taxi, cuando veían tanta sangre, todos pensaban en el tapizado, nadie quiso llevarla. La portera del edificio pidió una ambulancia, era chusma, fue una suerte porque vio al hombre y la sangre. Cuando ingresó a Emergencias, tardaron tanto en atenderla, puso en su bolso un bisturí que asomaba de un estante.

   Buscó la calle del boliche, era más factible que estuviera ahí. Tenía la espalda contra la pared y el resto dormido. Penélope, ya que estaba a unos centímetros del corazón, insertó el bisturí, hasta tener el corazón en sus manos. Salió del boliche y se lo tiró a unos perros hambrientos.

jueves, 18 de febrero de 2016

VERANO


   Fueron los Garrinton a una cabaña palafita, al borde del mar de “Las Sequoias”, llevaron los hijos Garrinton y las hijas Everest, dos divorcios, cuatro hijos propios y ajenos.
Habían decidido no hablar para que los bichos raros del lugar pudieran ser vistos, dentro de la cabaña tenían lagartijas, hisopondrios y vertilugios.
   -¡Emily, vení a mirar!!-. Eduard era fabricante de malas noticias. Ella igual salió a la galería. Un atardecer calma chicha, magenta, naranja, el mar quieto. El horizonte era grisáceo, podía ser una tormenta en cierne.
   Los primeros en desaparecer fueron las lagartijas, los hisopondrios y vertilugios.
   Por temor a un tsunami, Eduard ató con alambres la cabaña a los árboles.
   Emily  y los chicos corrieron los muebles contra todas las aberturas. Cuando empezó el viento se amucharon. Nadie se dio cuenta que Eduard quedó afuera. Llovía con furia y el mar pareció taparlos.
   Cuando vinieron los primeros rayos del sol, corrieron los muebles con desesperación.
   Los chicos salieron a la galería, no fue tsunami, fueron olas grandes que apenas llegaron al primer escalón de la cabaña.
   -¿Y Eduard?-. Preguntó Emily. Estaba atado con ciento veinte metros de alambre a uno de los sostenes de la cabaña. Difícil desatarlo, mucho nudo, pero lo liberaron.
   Desayunaron con Eduard, ofendido.

martes, 16 de febrero de 2016

¡CUIDADO!

   -Me pusieron una pierna ortopédica, no había mi número, quedaba sólo talle S. Camino renga, ni uso bastón-. Su amiga no dudó un segundo. –Yo por suerte conseguí talle L y me entró a la misma altura que la sana-.
   -Tantos años que nos conocemos y nunca te pregunté cómo fue-. La amiga acarició su pierna y le contó el episodio, una camioneta de la policía pasó por encima de su pierna y se dieron a la fuga, no sin antes gritarle –Te queda la otra, nosotros siempre dejamos propina-. Ella se asombró, porque le sucedió igual, un patrullero le destrozó la pierna y se dio a la fuga. –A esta gente hay que matarla, subirlos a una máquina recolectora y que los compacten. Total no sirven para nada y encima te van quitando pedazos-. La talle S pensaba que matar era feo, talvez lo mejor sería darles el traslado a Medio Oriente, munidos de armas plásticas. ¿Sabés lo que hago cuando veo un cana? Le pregunto cualquier verdura, hago que me mareo y le vomito encima, cerca de la cara-.

   La talle L, con la talle S, iban a pagar el plus que dispuso la Municipalidad para la policía local. Se brotaron las dos cuando vieron la cifra, la cuarta parte de sus jubilaciones. Fueron a ver al Intendente y el nabo les dijo que no estaba enterado. Tenía cicatrices en las muñecas de tanto meter la mano en la lata. Talle L y talle S quitaron sus piernas ortopédicas y le pegaron en todo el cuerpo, sobre todo en la cabeza. Siguieron, no  sin antes descansar los brazos, le pegaron, le pegaron, le pegaron, lo mataron.

sábado, 13 de febrero de 2016

UN CUENTO


   Encontré la casa ideal, la gente del pueblo decía que estaba engualichada. La entrada tenía su impronta “El Gualicho”, con letras góticas.
   Algún frentista importado. Me gustó el silencio para escribir el cuento, yo decía que estaba terminado, no podía entregarlo, faltaban detalles. Mentí. Faltaban ideas, me sentía en blanco. La city llenaba el depto de bocinas, sirenas y protestas.
   La casa fue una panacea, sucia como si desde 1930 nadie se hubiera ocupado. Busqué alguien que me ayudara en la limpieza, nadie quiso.
   Cuando sucedió la negativa del jardinero, del electricista, pedí que me contaran la historia de la casa. Hubo un incendio donde la casa se convirtió en cenizas. A medida que transcurría el tiempo la casa iba creciendo, sin la intervención de nadie. Parecía tener un comportamiento vegetal. Un día se terminó a sí misma.
    Pasé un trapetón haciendo un camino hasta el escritorio, otros caminos para sanitario y cocina. Era todo más grande que mis posibilidades. Preparé el escritorio, papeles, lapiceras, silla cómoda. Difícil tomar asiento, la hoja blanca, sin letras para cubrirla de palabras y una historia. Sabía que había un sótano, quise conocerlo. En el último escalón me caí, la estearina de la vela caía en las manos y se apagó. Algo invisible me puso de pie. En lo alto una candela iluminó el camino de vuelta. Corrí al dormitorio y me acosté entre unas sábanas blancas prístinas, con olor a espliego. Inexplicable. ¿Habrá un alguien visible además del algo invisible? Puede ser una pareja que vive en el sótano y ella es tan sutil que parece invisible. Hasta ahora fueron tan amables y serviles, estaba protegida. En todo caso la intrusa era yo. Dormí hasta el mediodía, pasé por el escritorio y una taza de café con tostadas me esperaba, la sorpresa derramó el café sobre la hoja blanca y las tostadas corrían en fila india a la cocina. Empecé a gritar
-¿Quién vive aquí?¡¿Cuántos son?!¿Qué quieren? Me van a matar a sustos, tengo que escribir una historia, dejen que la termine y luego parto-.
   Me senté esperando la fotofobia que me da el blanco, pero no sucedió, alguien escribió un cuento mágico, redondo perfecto. El cuento estaba terminado. Bajé al sótano para despedirme y agradecer, así conviene tratar a los raros. Estaba tan lleno de telarañas que me fui para no quedar enredada. Sentí mis propios pasos saliendo de la casa, antes de cerrar escuché una voz ronca y baja.
 –Vení cuando quieras y lo que tengas que escribir dejalo por nuestra cuenta, cerrá bien la puerta, por favor-.

   En la Editorial me felicitaron por el cuento, mentí, dije que era mío. Recordé la casa y sus habitantes, los extraño, voy a dar una pasadita para saludarlos, agradecerles y pedirles otro cuento que sea como ellos, que son el misterio más misterioso que haya conocido.

ANOMIA


   Pidió dos limas exprimidas. Al barman le dio alegría que no pidiera vodka, whisky u otros alcoholes. Lo conocía del tiempo donde su espíritu etílico divertido atraía clientes.
 -Desde que usted abandonó el alcohol parece un bar sin vida, no se ofenda señor Dolby, fue un comentario con buenas intenciones-. El señor Dolby encontró al señor Petersin, el festejo del reencuentro fue servido en dos medidas de whisky, para ambos. Después hubo otras, hasta que se fueron.
   Dolby se sentó en un banco de plaza, Petersin encontró el hombro de su amigo y dormitaba, mientras Dolby decía que de la vida no le interesaba nada, ni las plantas, ni su sillón más cómodo, ni leer, hasta aquel encuentro le produjo desgano.
   -¿Entonces porqué no te matás? ¿A que seguir con vida si no te gusta nada?-. Lo había escuchado, aún dormido. A Dolby le aburría pensar en suicidarse, no quería dejar ese recuerdo para sus hijos. Igual lo tentó la sugerencia de su amigo. Tuvo miedo de llevarlo a cabo. Le dolía el hombro, la cabeza de su amigo pesaba una tonelada. Lo acomodó a lo largo del banco y cruzó al bar. Pidió dos limas exprimidas, mientras le lloraba al barman todas sus desgracias. -¿Qué tendría que lamentar yo entonces? Mi mujer me espera y le pego con el odio que tengo acumulado. Después salgo a la calle y noto que mis vecinos me miran mal, temo que tomen represalias-. Cuando Dolby notó que lo había tomado de oreja, bostezó ostensiblemente.

   Al día siguiente aparecieron en los diarios, el suicidio de Petersin con una foto sonriente, el suicidio del barman y su foto media sonrisa, el suicidio de Dolby, en el retrato tenía cara de aburrido.  

martes, 9 de febrero de 2016

PERIPETUA


   Sin importar que fuera invierno o verano, el hombre de baja estatura usaba un sobretodo negro, largo hasta sus supuestos gemelos.
   Tenía un andar de bull-dog enojado mal, con la impotencia del petiso.
   Perdió a su mujer y el disgusto le produjo atermia. Vivían en un edificio alto en un piso alto. Se los veía como si tuvieran una relación marital secular, cuando abrían la puerta del depto, para salir o llegar, provenía de adentro la sensación que hacía años que allí no se hablaba, remedaba un pasillo de viento atrapado. Salieron de compras domésticas como hacían todos los viernes de su vida.
   -¿Vos llevás el carrito?-. Preguntó ella agitada. –No. Estoy acá en el ascensor con la puerta abierta esperándote, traé el carrito por lo menos-.
   Ella salió como un remolino, primero el carrito, luego las llaves, olvidaba la cartera, le faltaron los anteojos, pero esta vez no regresó, cerró la puerta y corrió  hacia donde sonaban las moneditas cada vez más impacientes. Él bajó el belfo de su mentón y le cedió el paso. Ella abrió el labio superior mitad encía, mitad dientes y subió.
   En realidad bajó, el ascensor no estaba. Él no lo advirtió y quedó fijo.
   Un policía le pidió que lo acompañara. Su mujer estaba veinticinco pisos abajo. Él no quiso mirar.
   Hubo juicio, el veredicto final fue “Accidente seguido de muerte.”
   A partir de ahí fue que el enano se abrigó para siempre. El abogado defensor era su mejor amigo y eficiente profesional, pero no transparente.
   Lo del ascensor que no estaba, sonó desafinado, que él estaba al lado, él apretó el botón pero no se dio cuenta que no tenía piso, por lo tanto no había ascensor. Tal vez el Juez se mareó, tanto subir y bajar.
   El enano fue el autor intelectual del hecho.
   Habla por la calle con un celular que no tiene a nadie del otro lado. 

domingo, 7 de febrero de 2016

BURN-OUT


   Había llegado a estudiar materias disímiles.
   Asistía como oyente a todas las humanísticas, incursionó en medicina y ciencias sociales.
   Ante el asombro de los profesores, se recibió en todas las carreras que comenzó. Daba las materias juntas en los fines de año.
   Él fue el primer pope que se pronunció acerca de la tecnología informática, aseveraba que contribuía a la degradación del género humano y su inminente extinción.
   Sus teorías fueron apoyadas por su hermano y un primo segundo.
.......................................................
Espacio del Escritor: Comí una salchicha y media de Granja del Desencuentro y Cerveza Imperio Rojo, ahora voy a fumar un pucho con Bruno y mañana sigo.
.........................................................
   Lo contrataron en EEUU, Alemania y Francia, para exponer ante un público calificado.
   Las compañías internetianas dejaron sin señal al mundo entero. Las personas se hicieron adeptas a la nueva ideología Noternet.
   Gracias a esta gestión, la gente dejó de matar personas. Los Isis fueron los más perjudicados, se trasladaron al Vaticano para rogar al papa Pancho Villa que los dejara seguir matando personas. Iban primeros en el rating expansionista. El Papa les contestó -¡Fuera del Vaticano!-. Los Isis le preguntaban -¿Porqué?¿Porqué?¿Porqué?-. No dijo nada pero eran órdenes de dios, que siempre prefirió a las personas muertas de muertes naturales y no deshechas a balazos.
..........................................................
Espacio del Escritor: Me llaman a comer, no escuché y comí frío. Lo mismo de anoche, pero sin cerveza. Después hice mutis por el foro y Bruno lavó la cocina. Sentía su respiración sobre mi hombro, espiaba lo que escribía. Tiene condiciones de espía, podría pertenecer a la Cía o al FBI. Ganaría mejor, seguro.
...........................................................
   El inventor de Noternet fue amenazado de muerte.
   Su mujer también. Esto último no le importó mucho. Lo que le preocupó fue su hermano y su primo segundo. Ya habían sufrido un atentado pero salieron ilesos.
   Pidió custodia para todos, les mandaron unos chicos de trajes grandes, revólveres menudos y sin balas, estaban en falta. Los patrulleros estacionados donde se guardan los patrulleros. No había combustible de ninguna índole, seguiría en falta hasta el 2.020.
   El inventor, su hermano y su primo segundo se fueron a vivir a un país ignoto. Interhueva los resarció con billones de dólares para que desaparecieran de la historia. Dejó su mujer a cuidar la casa.
...............................................................
Espacio del Escritor: Bruno me escondió el cuaderno. Todas las hojas blancas y las biromes. Encontré una lapicera vieja, en un rincón de la biblioteca. Traté de escribir en papel higiénico, pero se rompe todo.

martes, 2 de febrero de 2016

BUBA ARESTINGA Y VOS


   Nos dimos cuenta que ninguno sabía su nombre.
   Le decíamos vos esto, vos lo otro. Llegamos a despedirlo con un chau vos. Era el ordenanza de la sección – Ché ¿Qué le pasa al triste Vos?-. El tipo era un senegalés alto puro hueso. Esperaba a su familia desde hacía un año. No le conocíamos la sonrisa, pero sí el café que nos servía, con gesto educado y triste. Invité a Vos  a comer a casa, junto con el recepcionista, también senegalés. Mi mujer los atendía mientras los llenaba de preguntas. Ellos por cortesía le contestaban con la boca llena, corrían lo ingerido al cachete derecho, formando una bola, se les entendía perfecto. En la tercera copa hablaban en francés, mezclado con su dulce idioma original.
   Mi mujer, que es prosaica genética dijo –Estos negros son divinos, invitalos cuando quieras-.
   Obviamente los senegaleses la ponían cachonda.
   Por fin llegó la familia de Vos. La mujer tenía una figura alta y distinguida, sonreía a todos, hablaba un castellano impecable y Vos sonreía con un montón de dientes, es cuestión de raza, los blanquitos somos de pocos dientes.
   Les hicimos un agasajo de bienvenida. Allí nos pusieron al tanto, comenzó la mujer –Mi nombre es Buba Arestinga y a partir del lunes seré su nueva jefa, soy especialista en economía empresarial. Necesito tres ayudantes, elegí a Emanuelle, al que ustedes bautizaron Vos, tiene títulos de pos grado imprescindibles para la gestión. Luego viene Zazá, el recepcionista, amigo y compañero de estudios y usted-. Me señaló a mí –Por ser la persona que hizo sentir a mis compatriotas como hermanos-. Me caí de la silla y ella me levantó con una sola mano, sin perder su elegancia.
   Un día me encontraba compenetrado con un trabajo, pasó Vos y con sonrisa de sandía me dijo al oído –Es la primera vez que te veo trabajar desde que te conozco-.
No le contesté, para no perder la compenetración.
   Se produjo un efecto multiplicador, junto con la nuestra crecieron todas las secciones.

   Uno de los secretos de Buba era el afecto que tenía por todos. No nos conoció por computadora. Hablaba cara a cara con cada uno. Mi hija llegó a casarse con un hijo de Vos y Buba. Somos parientes y mi próximo nieto de buena cepa. Seguro. Que viene de Senegal.