martes, 31 de mayo de 2016

GUARDA EL NIÑO

                                                             
¿Dónde el lugar de jugar abajo de la mesa? A los cinco, cuando el mundo está donde uno quiera que esté, se llega a un tranvía oxidado y en un abrir y cerrar de ojos es un palacio. La infancia recicla instantáneo y las lágrimas están, soliviantan la risa que es fuerte y quiere más. ¡Cómo se quiere más en la infancia!
Más papafritas, más dibujitos, más ratos, más largos, más abrazos, más cuentos, más alto, más vueltas, más lejos. El tiempo donde la vida produce sin trabajo, sin sueldo, sin agenda, sin rutina, anarquía en estado puro. Estado de gracia donde no se miente, para eso están los grandes. No se cocina, no se lava, no se hacen mandados, no hay que ir al banco ni hacer trámites. Las charlas de los viejos de otras mesas, sobre el dinero o la pelota, se funden en un sonido que la infancia borra soñando un tostado y una gaseosa. Dios da miedo, el ángel guardián tiene cargo de cana, visita al infante, le asegura protección y no es cierto, si te están tocando el culito menos. ¿Dónde estaba el ángel cuando eso sucedía?
Hay infancias respetadas y otras destrozadas. Algunas con techo y otras a la intemperie. La infancia de cielo abierto corre abajo del puente porque llueve y esa es la casa de tela donde la madre los espera, con una lata de arroz recién hecho y pegado a la lata. Hay palitos, raspan todos y le rescatan algo a la abuela. Los parlantes piden que se vayan de inmediato. Sacan la tela y envuelven pedazos de colchón, la lata y los palitos. Los vecinos hacen lo mismo, en silencio. No hay caballos ni ruedas, la infancia se ocupa del traslado. Paró de llover, siempre encuentran otro puente y otro y otro. La casa con olor a tostadas, manteca y dulce de leche, la madre que  toca el piano. El padre mirando tele que muestra el desalojo bajo el puente. La infancia con la boca llena escucha al padre que afirma: - Ésos son los que después te roban y te matan.
La infancia del puente tiene ruidos de hambre en la panza. La infancia de la casa se tira pedos, por la ingesta desmedida de tostadas, con manteca y dulce de leche.
                                                                     

lunes, 30 de mayo de 2016

MUSA


   Los tengo el fin de semana, coincide con mis días de práctica de piano, en las partituras nuevas.
   Eso lo hizo la arpía de mi ex mujer con malas intenciones, siempre fueron malas sus intenciones, tuvimos dos hijos que a los seis años son tan activos y preguntones, además de dormir conmigo.
   La asistente opina que cuanto más pedían era porque más afecto necesitaban.
   Vivir con una madre que te pide que no la beses porque le arruinás el peinado y si tenés hambre te manda a comer comida chatarra.
    Lo importante es que el lunes es la segunda audiencia en tribunales. Mi abogado y yo vamos a sugerir un cambio. De lunes a viernes yo, sábado y domingo, ella. Denegaron mi pedido, los chicos estaban afuera y me miraban a mí, al abogado, a la madre y al juez.
    El más chico me tomó fuerte de una mano, el más grande apretó mi otra mano. La madre se puso verde y dijo —Está a la vista que te prefieren de lunes a viernes, yo soy el sábado y el domingo. Quiero que conste en actas, que tu abogaducho te ampare.
   Bajó la escalinata tomada del brazo de su abogado, con ese gesto de seducción barata.
   Los chicos en casa el lunes, como dos soldaditos y un camión de mudanzas. Seguían siendo insoportables.
   Hice una selección de Nanas y elegí una para toda la jornada. Los chicos cambiaron sustancialmente, ya no gritaban, se vestían estilo grande. Cuando pensé que podían manejarse solos, me rogaron que no echara a Nana. Pasó entre nosotros sirviendo té y durante cada inclinación, había un notable mundo bajo esas telas. Los chicos la miraban con una insistencia digna de una reprobación privada.
   —Les voy a pedir, chicos, que dejen de mirar el día entero a Nana. Es una orden.
   Él siguió practicando piano los días de semana, los hacía extensos, para ver cómo Nana se trasladaba por la casa, limpiando esto o lo otro. Le hacía el servicio de Musa, sus composiciones se hicieron tersas como un bosque en calma y las notas parecían atravesar el aire con mensajes invisibles.
   Los chicos, al tanto de todo, le decían al viejo que apresurara los trámites.

   Ella dormitaba sobre un almohadón, lo vio venir y sabía que era un romántico nervioso. Se le tiró encima, le comió la boca, sus primeras palabras fueron — ¡Qué tetas, Nana, qué tetas!
                                                                      

viernes, 27 de mayo de 2016

DIVA

                                              
La laguna de Chascomús se secó. Venían de pueblos aledaños para ver el testimonio de la seca. Ni un charco. Tierra partida y los pescados, muertos por asfixia, todas familias de pejerreyes. Ema convocó a sus amigas y vecinas, las Señoritas Vidaurrázaga y a sus vecinas y amigas de Buenos Aires, las Señoritas Wilson. Todas arribaron en tiempo y forma, las de Buenos Aires, tenían tierra en polvo sobre todo su vestuario. Se lo quitaron los abanicos y las pantallas de papel de toda la casa.
Un chofer de un Ford-T, único propietario de un auto con seis asientos, se detuvo en la casa. Ema lo requería para viajar hasta el cementerio o visitar a su hermana Esmeralda, que vivía dentro del pueblo, seis cuadras, a su hermano Alberto que vivía a cuatro cuadras. Ella jamás caminó más de cuadra y media, le daba vértigo, decía. Olvidó invitar a Laura, su hermana menor, que convivía con ella, o mejor, que vivía para ella. Laura no le dio importancia, se puso el vestido que le diseñó Madame Eclectique, la mejor alta costura de Chascomús, no por su buen diseño, sino porque era muy alta, Madame Eclectique. Ascendieron al auto, fue una suerte que las Wilson fuesen tan menudas, apenas entraron.
Al llegar al borde de la laguna, fueron bajando de una en una, menos Ema, que levantó su tul de incógnito y pidió que subieran, ya comenzaría la travesía. Ninguna quiso, tenían náuseas, dijeron algunas. Laura pensó que era un gesto de locura cruzar ese desierto, lleno de pescados muertos. Ema la miró desafiante y autoritaria, como cuando eran chicas. Las amigas presenciaron aquella afrenta, que terminó con un “– Dejate de joder, Ema. Si a vos te gustan las aventuras, a mí me gustan los jazmines.” Ema bajó su tul y tocando el hombro del chofer con tres golpecitos de punta de sombrilla, le pidió que cruzara hasta el cementerio.
Al Ford le costó arrancar de nuevo, todavía sonaba en sus oídos la frase de la Señorita Laura, educada y sumisa, había desafinado con el: “- Dejate de joder”.
El auto andaba derecho y luego se bamboleaba.
Ema saludaba, con su chal chino de todos colores, pero con la polvareda, se veía todo marrón clarito. Le pasaron los prismáticos a Laura, que dijo: “- No, gracias” y agregó que detestaba las personas que daban espectáculos ridículos y públicos.
Cuando Ema arribó, se paró en el pescante y saludó como una reina, sobre todo al fotógrafo del diario local. Hasta las amigas estaban rojas de vergüenza ajena y Laura de la propia, porque se trataba de su hermana. Decidieron volver a su casa a pie, podían respirar tilos, madreselvas, jazmines, magnolias, todos estos olores, disminuían las histerias del atardecer. Ema ya estaba en casa. El Ford en la entrada, las puertas abiertas, una botella de champagne en la mesa, la vitrola en un charleston. Aparecieron ambos por la izquierda y sonreían cómplices. El chofer bailaba como el dueño de la empresa de choferes y Ema había vuelto a los diecisiete. Él tomó una copa de champagne con cada una y con cada una bailaba una pieza y terminaron la noche con el chofer, de pieza en pieza.

                                                

miércoles, 25 de mayo de 2016

MITAD DE QUEBRADA


                                          
Anda enojado el padrecito, en el sermón acusó gente con nombre y apellido. Se olvidó a qué iba y por dónde. 
Yo lo esperé y cuando terminó la misa le hablé de hombre a hombre o de pastor a curita. Le pregunté si no estaba cansado por algo de nosotros. Me habló de la soledad de la capilla, de lo lejos que vivíamos todos y de su lucha para seguir célibe en el medio de las cabras. Cuando llegué a mi casa la hablé a la Malvina y le dije que fuera a charlar con el padrecito, a darle alguna alegría. Soy el padre y sé que ella se da con todos. Por decirlo con elegancia.
El domingo el padrecito dio una misa linda, el sermón parecía de otra persona y cuando terminó, nos apretó la mano a todos y dijo gracias.
Malvina nunca volvió a nuestra casa, vive en la sacristía, se casó con el padrecito, tienen dos críos.
Ahora las cabras las cuido yo, quedé tan impresionado que no dejo que se les acerque ningún hombre, menos si lleva sotana.
                                                                

ESTADO SECRETO

                                                              
   Se cruzaron en el puente, estacionaron consecutivas, no hubo opción. —Buen día Madelén.
   De Abigail se escuchó un lejano —Día..
   Sin el Buen. Le deseaba lo peor, era mala con todas las mujeres, al punto de quemar un vestido, a la pasada, con esa intención. Cuando fue invitada a la comida en la Embajada, mientras el Embajador decía unas palabras, Abigail fue a deponer. No apretó el botón, ni el extractor, ni el desodorante. Los presentes comían como si el olor que venía de la izquierda, matara el olor de la comida. Madelén la fue a buscar,  echó de su propio perfume y le dijo  —Sos mala, perversa, mal intencionada y roba maridos para joder a cualquier pobre mina. Por el olor de este recinto, entiendo, que sos una mierda.
   Volvieron a la mesa juntas, pero sus sillas estaban lejos. Abigail hizo sonar la copa y se puso de pie 
—La mujer que haya sentido que su marido le fue infiel conmigo, que levante la mano.
   Todas levantaron la mano, Abigail también y Madelén la levanto a media asta.   Madelén, compitiendo con su no amiga, tincó una copa, se puso de pie —El hombre que haya sentido que su mujer le fue infiel con el embajador, que levante la mano.
   Todos los hombres levantaron la mano y el Embajador levantó su brazo estilo hitler. Era el autor intelectual de esa noche.
   Tomaron el postre en el living, las mujeres, casi todas, con las faldas subidas, al descuido y tetas operadas a punto de reventar en cada escote. Era un Secreto de Estado. Esta noche, cambiaban parejas.   
                                                                

martes, 24 de mayo de 2016

FINANZAS



El espejo le devolvía una anciana de pelo blanco y ojos licuados. Se coronó con un sombrero de astrakán y un sobretodo de la misma piel. Cumplió noventaytrés y se regaló ir al banco sola. Sin su acompañante hija y sus satélites nietos, vaya a saber quiénes, Adelina olvidó los parentescos. Hacía mucho que vivía de recordar, por eso le costaba llevar tanto nombre nuevo en la cabeza.
Cuando hacía la cola, contaba los que faltaban para llegar a ventanilla. Tenía la columna destruida por la espera. Cuando estuvo frente al cajero extendió su documento e infinidad de papeles que ella ordenó prolijamente. Le pagaron de inmediato, Adelina volvió a contar los billetes frente al cajero, abrió su cartera y los acomodó de mayor a menor. Juntó sus papeles y le pidió al empleado que los abrochara. Hasta no terminar con el orden de su cartera, Adelina, no se movió de la ventanilla. Le costaba desplazarse, los bastones fueron usados para abrirse paso entre tantas personas. Le pegó en la cabeza a un niño, de unos ocho años, nadie más que Adelina lo notó y el niño, que lloraba. Niños de esa edad que ligan bastonazos hay miles, uno más no era nada, pensó Adelina, cuando alguien la empujó a la giratoria. La mitad del tapado quedó atascada entre la puerta y la calle. Los caminos eran dos, o partir la piel y salir con un agujero, quien sabe de qué diámetro. Eligió lo otro, se quitó el abrigo y lo dejó ahí en la puerta, que giraba y giraba sobre un caniche muerto hacía tiempo.
Cuando Adelina se acomodó el sombrero dos chicos le arrebataron la cartera. Se acercó a un agente del orden y le explicó lo sucedido. El agente ni escuchó, le pidió un taxi, la ayudó a subir y le alcanzó los bastones. Adelina, cuando recibió el segundo bastón, lo impulsó con ambas manos sobre la garganta del agente. El tachero miraba por el espejo retrovisor, le preguntó su domicilio y salió a mil.
Interminables preguntas de su confusión de parientes,“—¿Y el otro bastón? ¿Y el saco de piel? ¿Y la cartera? ¿Y los documentos? ¿Y el dinero?” Adelina no contestó nada, estaba tan contenta: hizo el trámite sola. Le salió impecable, el resto fue ajeno a su voluntad. Tomó la sopa y se encerró en su cuarto. Prendió la tele y buscó desesperada los canales de noticias, el tipo del bastón atravesado tenía que salir. Después de ochenta y cuatro propagandas del gobierno, apareció él. Se dio cuenta por el uniforme y el cuello. La ambulancia llegó tarde. Una pena, pensó Adelina, apagó y se durmió.
                                                                

domingo, 22 de mayo de 2016

LOCO


   El loco tenía mucha verborragia. Lo escuchábamos en el almacén, él iba a las cinco, nosotros caíamos a las cinco. Empezaba el loco como si fuera un teleteatro en vivo. Tomaba grapa como si fuera coca cola. Dio media vuelta en su banqueta y empezó la fiesta —Hoy me duele el lomo porque el patrón es un asno ¿no le vieron las orejas?, se enojó de borracho y me dio latigazos.
   Y continuó, con uno que lo miraba —¿Y vos, porque no contás lo que sabés?
   El otro contestó desde su boina gastada —Mi mujer se fue, mantengo cuatro chicos, trabajo de sol a sol y vos me pedís que cuente algo de un hombre que no conozco y aunque lo conociera no diría una sola palabra. No puedo quedar sin trabajo.
   Nosotros aplaudimos como si fuera el primer acto de la obra. Luego de tragos generosos dio comienzo el segundo acto, se la agarró con un tipo   que nos conocíamos de chicos. Se adelantó al loco —Si hablás de mi familia o mi vida privada, te parto un diente.
   El loco se reía mientras decía —Claro, tenés una vida con tu mujer y otra privada, vos mismo te pisaste.
   Mi amigo le puso un puño en el diente —Si lo tenés, ponelo debajo de la almohada, por ahí los ratoncitos te dejan algo.

   Terminó el segundo y nadie quería perderse el último cierre del loco. Comenzó con un discurso babilónico, aclarando que los personajes eran imaginados, nada más lejos de aludir a sus vidas personales. En cuanto a él, volvió a dormir al manicomio, hasta las cinco de la tarde. Afuera la gente hacía cola para un casting en su espectáculo.  
                                                                 

jueves, 19 de mayo de 2016

PERFIL LABORAL

                                                   
Casi no lo reconozco, había sido albañil, recolector de basura, plomero, tachero, pintor, mozo de boliche de estación y diarero. Hasta ahí supe. No lo ví más haciendo de algo. Hoy sí lo ví, con su uniforme azul, borcegos negros, gorrito con visera y delantalito anaranjado.
Podría seguir el personaje y contar la desopilante historia, quebrada por una voz altisonante, que me grita si la quiero napolitana o calabresa.
La lapicera me suelta, busco un pucho y escucho a Vinicius. Trajeron la pizza. Alguien la mete en el horno caliente. Para nosotros, lo único que no es trabajo, es meter la pizza, comprada, al horno.
Un albañil, recolector de basura, plomero, tachero, pintor, mozo de estación, diarero, debe haber hecho el mismo trayecto con la pizza. El último no. El último laburo que agarró, come la pizza fría, en la comisaría.
                                                     

miércoles, 18 de mayo de 2016

CHANCHO

                                                                     
      Me mandó a tres bancos en un día. Entré en su despacho, mojada de calor, arrastrando los pies le dejé sus carpetas. El viejo se quejó por que no golpeé antes de entrar y de mi aspecto deplorable para la imagen del estudio. Permanecí muda, si le digo algo me echan. Si hablo en mi defensa me echan. No aguanté lo amenacé con llamar a su mujer y contarle lo de Laurita. Se puso blanco. Caminaba como un oso de zoológico y tomó la decisión. La echó a Laurita. Dejó todo a mi cargo, el avaro no contrató a nadie. Las colas de los bancos dan sueño. Muchas veces perdí mi turno por dormir. Cuando llego ordeno las carpetas, controlo el trabajo de otros y pienso que también debería hacer el trabajo de ellos. Había que corregirles todo. Llamó para decir que la limpieza de su despacho quedaba a mi cargo, por seguridad. Puse cara de horror. Error, sin el agregado de la limpieza me echa. Busco otros estudios, pero no hay. Siento que el laberinto carece de salida.
      Hoy se hizo presente en mi escritorio, con ojos de sapo anunció que duplicaba mi sueldo. El trabajo sería más aliviado. Ahora sólo debía hacer el trabajo de Laurita. Me quería echar. Me quería echar un polvo. Hago como que lo dejo, tomo la abrochadora más grande y le perforo el prepucio con repulgue criollo. 
                                                                    

martes, 17 de mayo de 2016

CHEN CHIN WANG

                                                                               
   Se desató una tormenta en pleno vuelo, avisaron que nos pusiéramos los cinturones. Las azafatas, con cara de rivotril  advirtieron que había que estar preparados.
   El impacto de los truenos, casi sesgando el avión, hizo que la tripulación, saliera a tranquilizar a los pasajeros. Había que aterrizar en el agua. Mientras hablaban se sintió un impacto. Amerizaron entre sacudidas violentas. Se escuchaba la voz de pito de una  azafata.
—No entren en pánico, nuestra nave es un hidroavión y está intacta.
   Un pasajero marinero respiró cuando hizo desaparecer su mal pálpito. Lo tenía al lado, me miró y dijo —Es una estupidez viajar por el aire, te digo que a mí no me agarran nunca más.
   Flotábamos en el océano y las olas mansas dibujaban alguna expectativa utópica. Todos teníamos una ínfima esperanza. Me sentí confundido cuando divisé, a través de mi ventana, un archipiélago selvoso, por detrás, un elevado peñasco, casitas distantes una de otra.
   El pasajero con más entrenamiento fue el encargado de nadar hasta el peñasco, era yo y no lo digo por vanidad, sino por entrenado. Buenas personas esperaban en la costa y con antelación, avisaron a prefectura.
   Cuando bajaron todos a tierra, vieron cómo el sol multiplicaba sus últimos rayos en las lejanas esculturas del peñasco. El avión, en la costa, parecía un paquete en reposo merecido. Nuestras sombras formaban manchas cuando caminamos bajo la luna hasta el pie del peñasco llamado Chen Chin Wang. Salimos en los medios del mundo. En todas las fotos estoy yo, en el medio, con el gorro del marinero. En una me sostienen en alto, se van a dar cuenta enseguida que soy yo.
Y no es por vanidad.
                                                                    

lunes, 16 de mayo de 2016

SEMÁFOROS

                                                                         
   Anduve por la vida con viento en contra, alguna vez no, pero eso no lo recuerdo. Mis padres me dejaron sin padres, me criaron mis abuelos, o me soportaban, no sé bien, las maestras no me querían por llegar al resultado correcto, pero por otro camino.
   Me regalaron una bicicleta. Antes de llegar a la esquina, vi un mueble en la vereda, largué los manubrios y me tapé los ojos. Mueble roto, hombro roto. No me gustan las bicicletas. Me trasladaron del trabajo, a un edificio contra las vías. Se presentó uno para llevarme de vuelta, en moto, con el viento en contra me dejó en casa, dio una vuelta y gritó —Mañana te paso a buscar.
   Le hice una seña indiferente. Me enteré que era mi inmediato superior, anoche pensé en el abrazo que se da al que conduce, ahí te da calor en el pecho y el viento en contra no entra. Cambió la moto por un vehículo de los blancos, ni bien subí me hizo poner doble cinturón de seguridad, iba a tanta velocidad como para pasar seis semáforos en rojo.
   Lo trataba de usted, no por respeto sino para poner una distancia.
   —No sé si se dio cuenta que pasó seis semáforos en rojo.
   Puse voz de tonta. El muy caradura dijo que fue para desayunar juntos, antes de entrar al laburo, salí de la camioneta como expulsada.
   Antes de los buenos días pedí una reunión inmediata con un oficial. Hice la denuncia de los semáforos, y le sumé acoso laboral. Al día siguiente, el tipo ocupó su lugar de siempre y me guiñó un ojo.

   Presenté mi renuncia, dejé el arma y el odioso uniforme. Cuando salí había viento en contra.  No me molestó, barría la historia de los azules y su maldita adicción a la pizza. No me gusta la pizza.  
                                                                  

domingo, 15 de mayo de 2016

GPS


      Su vida se parecía más a una hoja de ruta que a una vida. Tuvo un marido bueno y trabajador. Dos hijos de libro, un varón y una mujer.
      Se casó virgen y sus noches de amor y pasión de todo el día se redujeron a día por medio. Cuando nació la bebé hacían el amor los viernes. Pagaban una niñera, comían en un restaurante con amigos sin sorpresas y la madrugada, el viernes, el tradicional ella abajo y él arriba. Dormían cucharita. Ella se dedicaba al aseo de la casa. Tenía la comida lista en los horarios estipulados de recién casados. Preparaba todo tipo de repostería que devoraban todos y al final aplaudían.
      El marido recibió ascensos que lo llevaron al cargo más alto. Fue el momento donde comenzó a mirar culitos. Luego a tocarlos y más tarde jugó con muchos. Eligió uno, el más cumplidor. Llegó a su casa, su mujer amasaba. Dijo: hola. Su mujer contestó con un beso. Él le pidió el divorcio. Ella dijo: “-Sí.” Cuando los chicos volvieron del colegio encontraron dos sobres cerrados. El padre: “Queridos míos Uds. Son grandes y tienen toda la vida por delante, me voy, quedan en manos de vuestra Santa Madre.” La madre fue más explícita: “Perdonen, pero me voy a poner al día con mi vida, cuídense.” 

sábado, 14 de mayo de 2016

A MANO


                                                                                
      Nunca fui un hombre de perfil bajo. Ni alto. Mi perfil era narigón y mentón en fuga. Tenía trabajos sin importancia fui boletero, cartero, verdulero, empleado público, ése fue el peor. Los trabajos son para poder pagar una cuasi bohardilla. Cuadernos rayados y biromes, escribía de noche. Llegaba al laburo semidormido, me encerraba en el baño, bajaba la tapa y recuperaba el sueño perdido. Soy una persona tan insignificante, tan evanescente, que me fundo en las paredes. Tuve un jefe perseguidor y yo era su punto de mira. Vivía entre sus cejas, el odio que me guardaba. Le dieron el traslado, el puesto quedó vacante. Hace seis años que nadie ocupa ese lugar. Es un regalo no tener jefe y ser el único empleado de nadie. Escribía mis textos durante horas de trabajo. Al llegar la noche sentía que esa negrura, permitía que lo hecho durante el día sufriera tantas tachaduras, al punto de no entender mi propia letra, ni guardaba memoria del tema.
      Me peleo conmigo y escribo un cuento de una sentada (lo dijo S.Schewblin), le acierto mejor. Soy de irme por las ramas mi deseo es escribir lo que no se dice y en eso estoy. Escucho la voz de mi mujer que grita “¡La plata no alcanza!” No se en qué momento de mi escritura, apareció esta mujer, que seguro es mi mujer. Por suerte no me cortó nada. Sigo con mi próximo cuento “La mujer olvidada” Tengo el material a mano, la mano que aprieta su cuello y ella muerta sobre mis papeles.
                                                                               

TODO A PULMÓN

                                                                                      
      Lo tenía en la cabeza y nunca le puse letra. Daba para escribir un cuento, algo traje: cuaderno y birome. Dicen que la pureza del aire me asegura una cura casi total. Era un lugar que miraba las montañas cubiertas de verdes. Nosotros teníamos reposeras y una galería donde la brisa no corría, caminaba. Papel y birome conectaban mi pensamiento y pude transcribir. Mi compañero Bicho tosía toda la noche. Un día me pidió que leyera mis apuntes en voz alta, para distraer el dolor de sus pulmones. En un momento interrumpió,-“Aquí la pausa debe decir algo.”- Bicho lo afirmaba con una seguridad pasmante. A lo largo de la lectura hacía intervenciones y proponía lentitud en las acciones de los personajes.
      Modifiqué mi cuento con las sugerencias de bicho. No escribía cuando él dormía. Esperaba que terminaran sus dolores para leer en su oreja, me arrancó la birome y el cuaderno con firmeza, como si tuviera premura para seguir mi cuento, como si fuera suyo. Me agarró el sueño, amanecía con un rayo de sol y la boca seca. Escupí un poco de sangre en una tohalla, pero poco. Tenía dolores cuando respiraba y mis pulmones funcionaban con intermitencias. Tuve miedo de morir. Miré a la cama de Bicho, el cuaderno lo apretaba contra su pecho.
       Llegó una enfermera y no pudo quitar el cuaderno de su pecho ni la birome de su mano. Yo arrebaté ambas cosas. Luego de su traslado definitivo, no lo voy a nombrar, lo extrañé. Leí el cuento largo o novela corta. Tenía gotas de sangre en todas las hojas. Con letra roja decía “Autor: Bicho Meyer.”

      Lo publicaron con el nombre de su autoría. Yo me quedé con los originales. Cada mancha que descubro me empuja a escribir como un escritor al que no le alcanzara la vida, ni para firmar con su nombre sus propias palabras.
                                                                         

martes, 10 de mayo de 2016

¿TODO BIEN, PEPE?


   —La calma chicha en el mar significa que se avecina una tormenta, ¿me escuchaste?
   Se escuchó la voz de una mujer —Sí, sí, sí, siempre te escucho, no como vos que jamás percibís cualquier cosa que diga. Tenías que llevar el nene a la mañana y la nena a la tarde ¡Me decías que te confundiste! No sé qué historia me hice para casarme con vos, que te digo, es como vivir con una radio que emite y emite. Hacés lo que querés, ponés la música que te gusta y ni se te cruza preguntar a ver si estoy de acuerdo. Antes mi pelo era de seda, ahora decís que parece de escoba.
Él, de arriba pide ayuda para arriar las velas, ella tiene el equipo amarillo y sube como un bombero. —Dejá que me ocupo del arriado y fíjate si el motor arranca, si arranca apagalo de inmediato.
   Él llega con desgano al motor, lo pone en marcha y el barco navega hacia ningún lugar. La mujer asoma el brazo amarillo y apaga todo. —No sabés lo que pasó! Me quedé dormido en la segunda parte de lo que me dijiste ¿Qué era?
   Si no fuera porque me encargué de las velas y la tormenta disipó, nos quedábamos sin motor. Cuando bajó a preguntar qué había de comer, el imbécil se cree que soy la “Mujer Maravilla”, una ola de odio colaboró para empujarlo por la borda al mar. Asomaba la cabeza y la hundía. Esperé dos horas hasta que supuse su ahogo. Llegué a un espejo de agua en Paopetí. Di parte a la policía de la muerte de mi marido. Cuando se hicieron presentes en el lugar, todos vieron con espanto, cómo el cuerpo quedó atravesado por la quilla enredada en nudos marineros.
  —Pobre Pepito, esos nudos sólo los sé hacer yo. Inventé el elemento soga para que no reaparezca ese gandul de Pepe.
   Metí la pata. —Oficial, si es tan amable de suprimir de mi declaración a partir de “inventé el elemento soga, para que no reaparezca ese gandul de Pepe”.
   —Quiero agregar que yo maté a Pepe. Me gusta decir la verdad.
   —Con esto, espero que no me culpen por la muerte de Pepín.
                                                                

viernes, 6 de mayo de 2016

VOCACIÓN

                                                   
Nunca supe, si era un amigo psicólogo o un psicólogo amigo.
Consiguió cinco pacientes, casi en simultáneo. Para un iniciado, una práctica perfecta.
Le pagaban por sesión, no faltaban jamás y todos venían de terapias anteriores.
El primer tiempo, tan distinto del tercer tiempo.
Allí, le quedaba una paciente celular-dependiente, de no fácil manejo.
Dos depresivas, fanáticas y disfrutadoras, tenían períodos de remisión, tipo: “dale, vamo a tomar un café”.
Pero no, los volcanes entraban en erupción.
Hasta el aire de la sala de espera, se sentía como de otra masa atmosférica.
Mi amigo, enfrentó lo que luego sería cotidiano, con estoicismo.
Se volvió un poco loco. Decía que tenía tantos pensamientos ajenos en el mate, que le daba miedo el viento, los autos y andar a caballo.
Los pensamientos le rebasaban su cabeza y a pesar de las extensiones aéreas, la memoria, no le cuidó más nada. Se sentía sobrecargada.
Derivó sus pacientes, se quedó con uno sólo, para no quedarse tan vacío, de pensamientos ajenos.
Quise ser amigo de él, aún en sus delirios menos ortodoxos.
Resultó imposible, porque cerró todas las puertas de su casa y desconectó su teléfono.
“El ermitaño”, como su único paciente lo llamaba, lo atendía en una especie de cubículo de piedras, desde donde podían verse, infinidad de flores, todas de la misma familia, “pensamientos”.
Aliviaba su alma errática, con la ingesta cotidiana, de sus propios cultivos de pensamientos.
Arrepentido, me invita esporádicamente, a comer a su casa. Lo soluciono con papas fritas y maníes, que llevo ocultos, en mi chaleco.
                                                       

jueves, 5 de mayo de 2016

AQUÍ NO ES, CARAJO.


El pueblo de la sonrisa prohibida.
El pelo teñido de rubio y el olvido de que eran morochas, como las argentinas, que son morochas.
No si yo fui siempre rubia, lo que pasa es que tomé sol.
El pueblo del verano treinta días y la tristeza del invierno largo, frío y aburrido. El chiste de la baldosa equivocada y el llamale H.
El Nintendente pedorro, que prohíbe el porro, la birra y la justicia.

El pueblo que creyó que aquí nunca pasó nada y el setenta, fue una novela, que no tuvo asentamiento de tortura, justo aquí, donde hubo montones.
El pueblo que niega chinos, negros, campesinos, miel, espinaca y carne, tan cara como el oro.
Los viajes de los ricos ordinarios, que nisiquiera cuentan cuentos de alegría, todo se reduce a estuve en un hotel y después nada.

El pueblo de edificios fantasmas, parecidos a los de Caracas, pero sin mar a la vuelta del valle insensato.
El pueblo con cascada sin agua, con un dique pantano, con una fuente de los vascos, parecida a una estación de servicio.
El pueblo que costó ser arbolado años de años, para convertirlo todo en casas muy modernas, de color caca, o naranja podrido.
Los jardines secos, afanados a las sierras.

El pueblo tranquilo, de miradas asesinas, por la envidia de suponer que el otro la pasa bomba.
El pueblo que responde al imprevisto, con la respuesta idiota del exigüo “¿Por?”
O el saludo “¿Todo bien?” huyendo para no escuchar, en mi caso que quiero contestar: “Para el orto” y que me escuchen.”Nos vemos” mienten.

Ese pueblo mal atendido y peor cogido, que no entiende que música es el canto de los pájaros que tiene y no la molestia de la siesta, que se apaga con un rifle.
El pueblo que no muestra su pobreza, porque hasta el pobre tiene vergüenza de no tener nada.
El pueblo enfermo de sicarios pervertidos, en muertes con residuos de sospechas evidentes.

El pueblo endogámico y pedófilo que come hostia, todos los domingos, pensando que dios existe, cuando cientos de panzas duelen de hambre callado y tienen casas donde entra el frío, el calor, el agua y el paco, que no es el tío bueno que se viola a las sobrinas, consoladas con zapatillas, que Paco compra a los canas, disfrazados de ladrones.

Este pueblo de mierda, que dice negro de mierda al habitante de su patética aldea, llena de gusanos teñidos de rubio o colorado.
El pueblo del fratacho de las caras, para tapar el tiempo de la vida.
La vergüenza de los años mal vividos, disfrazada de viejas distinguidas de ignorancia. Hipócritas genéticas, que conocieron el sexo y nadie dijo el gusto es mío.

El pueblo que cuenta de rincones bonitos, que no existen ni en el mapa de sus ojos.
El pueblo “Ciudad de Dios” y así ha de ser, porque el domingo dios descansó y siguió durmiendo, hasta hoy y sueña hasta nunca.
El pueblo que gasta agua y escobita y come lo que haiga y le tranquiliza el pasto cortadito y el vecino igualito.

Este pueblo que responde aquella obra, paradigma de “Las de Barranco”, que se llamó “Tragedia de una familia guaranga” y fue en La Plata, donde murió tanta gente, por querer cambiar el mundo, sin saber que eran mandados por Videla o por Massera, o por toda una manga de alcahuetes impotentes, que dejaron como herencia un desierto, que parece una cloaca a cielo abierto.
                                                                         

lunes, 2 de mayo de 2016

PERSECUSIÓN

                                                 
   Le compró un oso tan grande que tuvo que sacar dos boletos. Sabía que se iba en dos horas. Miró el reloj y bajó del micro como una saeta. Ya sacaba las llaves y sintió que algo le faltaba, el oso. Subió a otro micro de la línea y preguntó al chofer si no había visto al oso. El chofer lo vio tan nervioso que le contó que alguien olvidó un oso gigante en el micro. Se bajó, tomó un taxi hasta la terminal. Lo descubrió, hacía de chofer embalsamado.
   Intentó sacarlo por la ventanilla, abrió la puerta porque no pasaba. El tachero lo esperó, más por curioso que por solidario. Lo llevó pasando tres semáforos en rojo y le cobró la mitad del valor del oso.

   Entró en la casa y su ahijado esperaba como un desposeído. Le entregó el oso y el chico, con todo respeto, le dijo —En la vida vi un oso tan grande y tonto, no lo digo por vos, pero si lo podés cambiar por algo a mi escala, estaría buenísimo. Ya sé, el oso te salió más caro que una moto, pero yo no me preocupo, mami y papi dicen que ustedes tienen “la guita”.
                                                      

sábado, 30 de abril de 2016

FESTEJO ANUNCIADO


   Una manifestación de hojas de otoño, la paleta del otoño, ocres, amarillos, verdeopacos.
   Pisarlas remonta algunas, que avisan a otras y las zapatillas de Kito, se llenan de hojas y él de alegría. Hay una decisión general, vecinal, municipal, empresarial y las diez comisiones restantes, sin tareas asignadas. Se trata de festejar “el día del Otoño”, improvisaron un escenario, en los fondos de “Con Reservas”.
   Instalaron un ventilador, Susi se ocupaba de arrojar cientos de hojas secas, luego del discurso del Profesor Noble, que era tartamudo y nadie lo aplaudió.
   Susi miraba al disertante y arrojaba hojas en los espacios que Noble usaba pa…pa…para, para ah…ah…ha...blar. Susi se puso nerviosa y metió los dedos en el ventilador, le rebanó tres falangetas, las hojas sangrantes gotearon a todos los asistentes que huyeron pisándose unos a otros. Cuando revisaron el escenario, la platea y el estacionamiento, los acomodadores no vieron falangeta alguna. El hijo de Kito, con diez años, trajo las tres falangetas, estaban en una bolsa de celofán transparente. En la misma guardia le acomodaron las falangetas, hubo una confusión entre el índice y el mayor. Ese episodio se pasó por alto, cualquiera se confunde. Susi borró de su mente el otoño, las hojas y los ventiladores.
   Cuando Susi convalecía, Kito la visitaba. —Yo, es lo único que sé, la visitaba.
                                                                 

miércoles, 27 de abril de 2016

CASI NATURAL


   Hablaban alto para que escucharan todos.
   —Soy el Doctor Trifón Parlate, mucho gusto, su nombre es…déjeme pensar…
   —No perdamos tiempo , Trifón, me llamo Pietro Lacio y tengo una pregunta para hacerle ¿Usted piensa que esto va a cambiar? No me queda mucha suela en las zapatillas.
   —Disculpe Pietro, respecto a su primera pregunta, le digo que esto será peor, pero debemos vivir en este momento y hagámoslo lo mejor que podamos.
   —Por si no lo sabe, soy especialista en catástrofes emocionales, andar descalzo aspira las energías de la tierra y si los ojos se posan en árboles, nunca en edificios, es que sus neuronas se quintuplicaron, comprende Pietro?
   —No le creo nada, yo lo único que quiero es un par de zapatillas nuevas, me importa un carajo si cambia, si no cambia, vamos Parlate, dame la guita que tengas. Ché, “especialista en catástrofes”, decile a tu secretaria que entreguen sus pertenencias en este bolso, a los nabos de la sala de espera. Eso o son boleta.
   Cuando Pietro salió encontró los pacientes tirados en el piso, miraban muchas películas, seguro.
   Por la tarde vendió todos los insumos, relojes, pulseras, collares, anillos matrimoniales. Todo con boleta para justificar ante su cómplice.
   Lo esperaba, tardaba, siempre tardaba. Entró como un avión y se pusieron a contar el dinero, estaba todo perfecto. —Para la semana que viene hay más.

   Pietro acompañó hasta abajo a su amigo, Trifón Parlate.
                                                        

martes, 26 de abril de 2016

LA LOCA DE AL LADO


   Hace veintitrés años que tengo una vecina psicópata. Cuando los hijos eran chicos les pegaba igual que a los perros. A lo largo de nuestra relación vecinal echó aceite de micro en mi vereda. Llamó en cinco oportunidades a la policía por menudencias, mi enredadera invadía su propiedad, porque cuando riego mis árboles salpico sus mosaicos, ni en la época infame visité tantas veces la policía. Sus brujerías iban desde tirarme baldes con sapos muertos hasta dejar en la puerta pelos atados con tiras rojas. Grita el día completo, se escuchan tres puteadas benignas y tres malignas.
   Casi al amanecer percibí unas tijeras de podar y un serrucho. Salí volando de la cama y no pude abrir la puerta, cientos de ramas y troncos me lo impedían. Abrí por el garaje y cuando la vi le pregunté porqué hacía eso. Le noté la cara de loca desbundada. Pasó a través de sus rejas una rama-lanza, me dio en el ojo, casi lo pierdo. Le hicimos juicio, lo ganamos, la pena fue que todo siga siendo igual, obviamente la ley no existe.
    No quisimos, pero el odio que le teníamos a éste pterodáctilo, era más grande que nuestra conciencia. Elaboramos una estrategia, contribuyendo con el bien común. Pedimos a nuestro hijo que venga de La Plata, como protector del desarrollo de nuestras acciones.
   Llevamos a cabo lo decidido. Mientras ella tendía ropa, nos abalanzamos desde la medianera y empezamos con los cuchillos hasta el fondo de veintitrés años.
   Nuestro hijo cebaba mate.
                                                     

domingo, 24 de abril de 2016

AMANECER NO ALCANZA


   Un televisor sin imagen. Tres lapiceras sin mano, dos cuadernos abiertos, amparados por una luz amarillenta, unos anteojos sin cabeza, un estuche sin anteojos.
   Hay cenizas que pertenecieron a cigarrillos que no están. Cuatro lugares mullidos sin personas. El equipo de música callado, tiene una luz roja prendida. Las cortinas vuelan, entran brisas húmedas sin luna.
   Terminó la novela hecha un año y deshecha al siguiente. Ambas forrando, sin querer, el piso. Hay unas pisadas que las hizo nadie.
   Una pila prolija con una versión “modificada, cuidadosa, inquietante”.
   Es la introducción de otra persona, amiga del autor. Le hizo un prólogo…que todavía no entregó por su agenda apretada. El escritor decide prologar él mismo.
   No hay perros, ni gatos, ni pájaros.
   En el celular hay un mensaje sin ojos que lo lean. La verja y las cerraduras oxidadas, una campana sin badajo.
   Con el viento las dos puertas abren solas, las escaleras cubiertas de manuscritos, algunos con abolladuras, otros cortados.
   El dormitorio carece de cortinas, el balcón es chico y no tiene protección alguna.
   Tenía, pero la decisión del escritor fue la de arrojarse con rejas y todo.

   El mensaje del celular decía “La Editorial Garrafa lamenta rechazar este libro. Se considera que es copia textual de los dos anteriores”.
                                                              

sábado, 23 de abril de 2016

NOCHE ROJA


   Le dijeron que se vistiera llamativa. Se puso una minifalda con puntillas y plataformas doradas con cascabeles. Dos chicos la miraban, discutían la presa, para definir la situación se metieron en el baño, se escucharon estruendos, por debajo de la puerta vieron un hilo de sangre hasta que se hizo charco.
   Un patovica tiró la puerta abajo. Estaban los dos cubiertos de escombros y sin vida.
   Ella observaba, a toda costa quiso entrar, dijo ser médica y le permitieron pasar. Usó todos los medios de resucitación que conocía. El vestido manchado de sangre y lágrimas que nunca faltan en estos casos. El patovica la tomó del brazo —Lo mejor que podemos hacer es irnos, yo no tengo problema, me contrataron hoy y no me preguntaron ni el nombre. Me preocupa lo tuyo, si la yuta te ve al lado de las víctimas vas presa por sospecha de doble homicidio.
   La chica se encontraba en estado de shock —Es que ellos peleaban por mí, de algún modo soy culpable.
   Salieron por un costado y subieron al auto, se encargaría de llevarla a la casa. —¿Sabés porqué peleaban?, por un touch and go y venderte pastillitas, de ésos no podés sacar un cuarto de novio. Otra vez que vengas no lo hagas sola, llama a algunas amigas, o amigos, si no tenés a nadie me llamás, te acompaño. Anoté mi número en tu celular cuando vos diagnosticabas muertes obvias. Quiero que me lo jures.

   Ella llegó a su casa como una mariposa de alas castigadas, le entregó ciento cincuenta pastillas de diseño, importadas. Se las habían regalado los finados, por los servicios recibidos.                              
                                                              

viernes, 22 de abril de 2016

HISTÉRICAS HISTÓRICAS


   Disconformes cuando fueron esteatopigias de piedra, hace millones de años. No lo tomaron como símbolo de nada. Se ofendieron por la patética imagen de gorduras monumentales, en la barriga que pendía redonda, enormes pechos cubrían el ombligo. Les dio un ataque de histeria colectiva y mataron a todos los hombres.
   Crearon tal desorden en los tiempos de la Historia que alcanzó hasta nuestros días.
   Algunas, por intuición tratan de reparar aquella sangría masculina. Como Virginia que estudiaba derecho, hasta advertir que el derecho estaba torcido y retorcido.
   —En la Facu no conseguí ni un tipo para jugar al truco.
    Ahora se llenó de botox, se operó las tetas, se levantó el culo, le aspiraron celulitis durante dos años y luego la colgaron de los pies, tres meses para crecer diez centímetros, era baja. Sufrió hasta llegar a ser una Barbie. La seguía toda la facultad.
   Virginia rechazaba las invitaciones que recibía, —¿Sabés porqué me siguen? Porque soy más que linda. No les interesa saber de mi inteligencia, cómo es mi corazón, cuáles son mis proyectos, si daría mi alma por lo que hago. Podrían preguntar por mi abuelo Serafín, por lo menos. Apareció un tipo que no hablaba. Lo conocí en un recital de “Las Rodajas de Salame”. Fui a dormir a su casa, el tipo seguía sin hablar, pero sonreía tierno.   Abrimos la puerta, una cama de dos plazas nos esperaba. Él sacó un centímetro del bolsillo, me midió el contorno del busto, cintura, caderas. Le pregunté si íbamos a hacer el amor o un vestido. Contestó como gallo triste:
   —Lo lamento, no respondés al deseo de mis medidas, podés irte.
   No lo pudo resistir, lo arrojó a la cama de prepo, le quitó la ropa, el hizo igual con la suya. Lo demás es de índole privada.
   Llegó el amanecer y Virginia se retiró con la música de los ronquidos salvajes de su adquisición.

   Antes de cerrar la puerta, puso el centímetro en su cartera y olvidó el celular a propósito. El tipo y el celular, desaparecieron. Virginia pensó que los tipos brutos tienen un erotismo altísimo, difícil de comparar con un académico.

miércoles, 20 de abril de 2016

LEO FISBEIN

         
   Leo Fisbein huyó del hambre que cubrió Alemania. Desembarcó en Buenos Aires, tocó el violín en el barco junto a otros músicos. Le dieron una moneda grande a cada uno.
   Le brillaron los ojos cuando vio el boliche.
   Tomó asiento en una mesa. Le trajeron un puchero que le hacía cantar las tripas, se cruzó de brazos, vino la dueña: —¿No es del agrado del señor, esta comida?
   Leo, sin entender le dijo en un castellano chapucero, que aprendió en el barco: —No tengo ni el recuerdo de una papa echando vapor. No comí aún, pero está rica, rica. Voy a esperar al resto para empezar.
   La dueña le explicó que no había otros comensales, eso y señaló la fuente, es sólo para usted, señor. Le sirvió ella misma, cortó las papas y la carne del puchero. Lo vio semiderruido.
   A Leo le temblaban las manos en los cubiertos.
   Abrió la boca y comió sin parar durante cuarenta y cinco minutos. Cuando su estómago dijo basta, Leo miraba el puerto, el inmenso barco. Hubo algo más. Vio su cuerpo reflejado en la vidriera, sacó el violín y llenó el lugar con el agradecimiento que no tiene idiomas. La dueña, el cocinero y el ayudante, en estado de gracia, miraban las cuerdas con lágrimas de colores. Leo por primera vez, en años, sonrió.

                                                  

lunes, 18 de abril de 2016

HIPÓCRITAS

  
   Se estaba inundando la mitad del primer piso. Hasta los peones, dentro de la casa.
   Rita afuera, entre pastizales que la crecida apagaba. Sus padres la maltrataban y ella se perdía hasta la segunda laguna.
   Ahora fue diferente tuvo que nadar buscando orillas sin agua. Las ramas de los árboles le salvaron la vida. Un peón que con un bote raro se acercaba, la vio y de prepo la metió en el gomón, intentó abusarla. La niña había crecido, juntó sus piernas y sus brazos, el peón perdió pie y cayó al agua. Ella tomó los remos y pensó en su padre, el beso nocturno y su madre apagando la luz sin decir ni hasta mañana. Ella sabía, tiene que haber sabido.
   Pensaba Rita, por fin, su madre era mala y su padre que no dejaba pasar un solo día.
   Remó con la intensidad de sus pensamientos, llegó a la casa. Estaban en el techo, el peón que creyó muerto, también.

   Escuchó gritos, cada vez más lejanos, se tornó inaudible. Rita le mostró su sonrisa al cielo, encontró otros gomones con personas que no hablaban.
                                                                        

sábado, 16 de abril de 2016

FACHO


   El tipo un metro noventa, con un traje impecable, corte de pelo a lo Hitler y unas manotas con cinco boletas disfuncionales, Arba, Afip, Anses, Grimoldi y Frávega.
─Quiero pensar que hubo un error. Dijo el hombre gigante.
   Se acercaron todos los empleados al escritorio del flaquito, encargado del Departamento de Equívocos. Una inofensiva y menuda persona ─¿Puedo ayudarle en algo, Sr. Debucchi? Estoy a su disposición.
   El tipo dando con los zapatos al piso, como un caballo brioso ─¿Las deudas son veraces?
   El menudo, luego de mirar la compu, respondió: ─Absolutamente Sr. Debucchi.
   El tipo le arrebató las boletas, las hizo un bollo y le pidió al empleado menudo que abriera la boca, le metió el bollo y lo empujaba con los dedotes.
   Cuando se fue, los empleados hablaban de la pinta del tipo, la forma de conducirse, su inefable potencia, era “El Hombre”.

   La admiración excesiva los hizo olvidar del compañero que le faltaba el aire, murió como las personas prescindibles, sin que nadie lo advierta.
                                

viernes, 15 de abril de 2016

PRIVILEGIOS


   Nació imantado y desarmable. Para rascarse el oído interno se quitaba la oreja y le daba con un escarbadientes, la acercaba a la altura donde estaba y la oreja se pegaba sola.
   Cortar las uñas de los pies, que siempre resulta engorroso. Él se sacaba los diez dedos apoyados en la mesa, recortaba las uñas y volvía a colocar cada dedo donde correspondía. Si andaba con sueño se equivocaba y ponía el dedo gordo en el meñique, en ocasiones se olvidaba dos o tres en la mesa. Lavar las porquerías que se juntan en los ojos durante la noche era una pavada, se sacaba uno con pestañas, le echaba shampú, lo enjuagaba y se lo  colocaba. Hacía igual con el otro ojo. Hubo días en que lo olvidaba en la jabonera. Era provechoso para que la oficina lo devuelva a su casa.
   Le mostraba al jefe cómo tenía el ojo, el jefe miraba el agujero con elásticos y se desmayaba.
   Ese día aprovechó para sacarse los nudos nerviosos de la nuca, hizo bolitas como de arcilla, quedaba hiper relajado.
   Tenía problemas con la gente, cuando salía. Las mujeres quedaban imantadas, para separarlas debía sacudir el brazo tan fuerte que las doñas caían de un piso doce o el impacto las metía en los camiones de recolección.
   Sufría cuando se le imantaban hombres, la gente lo miraba con cara de “Ah, sos gay”, éstos los metía en boca de tormenta. Con destreza lograba que la tapa no le quedara pegada.
   A medida que envejecía perdía sus cuerpopartes, por olvido o tal vez la imantación se redujo. Él prefirió morir.
   La policía forense no podía creer cuán prolijo era el imantado.
   Dejó los brazos juntos, al lado de los pies, los ojos en el secaplatos y los dedos de los pies en el frizer.

   No encontraron la cabeza, aquel hombre había perdido la cabeza. Es muy parecida a la pelota con que juegan los niños en la plaza, pero no debe ser ¿No?
                            

jueves, 14 de abril de 2016

LA ASISTENTE


Viene todas las semanas. Por suerte la atiende la Hilda, que é de fierro, sabe que para mí es un grano en el culo. Los del penal me dijeron. Que iba a ser de vé en cuando, me dijeron. Qué forro que son. E corruta la gorda, alguien me chamuyó que tiene una cuatro por cuatro mercede ben y que vive en un palacio del cantri. Acá se viene con un auto pedorro, todo osidado pa engrupirno que é pobre. Tengo la pulsera en la pata y la gorda montada en un huevo, tengo. Cuando llega y la Hilda se hace humo, tiembla, la infelí, pa mí tiene gana que la trinque. La atiendo en cuero y la verdá que tengo lomo, toda la mina me lo dicen. Pregunta cada boludé, que si le ayudo a la Hilda, que si le doy beso a lo chico, que si tomo vino ¡Qué carajo le importa a la forra! Encima anota todo, con esa mano’e chancha que tiene. Yo la trato bien, demasiado bien. No quiero quilombo. Igual sigo en la banda, ¿qué quiere que comamo, mierda?
La estúpida dice que si tengo do mano puedo trabajar.

No se enteró que é justo lo que no hay. Si tené do mano en la Argentina, lo único que podé hacer é la paja.

La semana que viene la Hilda se va con lo chico a Loma. La gorda tiene el culo caído, pero cuando vea que toy sólo le va a rebotar contra el piso, por ahí le echo un polvo de prepo, le mecho la guita que traiga y me llevo el auto, le digo que si abre la boca é boleta ella o el puto del marido. É una fantasía, como decía el dotor del penal. Tanto tiempo encerrado al pedo, meta trompada y haciendo de mina de todo el pabellón, el peor: peligro másimo. No había lugar en el otro, decían lo hijo e puta. Ahora salí y toy con la Hilda y lo chico, pero la que pasé no me la borra nadies.

Faltan cinco minuto pa que caiga la gorda, a la primera boludé que pregunte le parto el culo como me hacían a mí. Capá que le gusta. Toda la asistente sociale tienen cara de malcojida, ¿vistes?

miércoles, 13 de abril de 2016

IN-DOOR


Cuando toda la tarde
la niebla en la ventana,
es cuando la memoria
se pone a hacer su oficio.

Si te agarra despierto
te pone triste.
Si te agarra dormido
te pone loco.

Y cuando la memoria,
          es más grande que la tarde,
te pone en la ventana,
          te llena de neblina.
Hace su oficio la memoria.
          Su oficio triste, su oficio loco.
                            Te agarra.
                            Te agarra.
                        

lunes, 11 de abril de 2016

TIN-TIN


   Tin-tin vivía con su único amigo bípedo. Quedaba solo cuando su amigo iba a trabajar. Continuaba su sueño en la cama caliente de su amigo.
   No le gustaba el alimento especial que le daba.
   Abría la heladera, entornada por lo rota y volcaba leche y yogurt, no sabía con qué atiborrarse, si con leche o con yogurt.
   Nunca faltaba un cacho de salamín que saltaba solo de la heladera a su boca. Todo producto noble lo que deglutía su amigo.
   Cuando escuchaba el motor corría hasta la puerta y lo recibía con la comida lista, el acolchado era el mantel, dos o tres manzanas mordisqueadas y el cepillo de dientes. Al amigo le parecía algo natural y en vez de retarlo le contaba su jornada.
   Él desconocía el bípedoidioma, quería ayudarlo, pero sólo sus ronroneos y los miaumiaues podía entregarle. El amigo le agradecía con una porción de atún. Un día gris Tin-tin se despertó fastidiado, no tendría lugares con sol para bañarse y dormir siestas. Escuchó la puerta, raro, a esa hora su amigo trabajaba. Entró un tipo con capucha y revólver con silenciador. Tin-tin saltó de la escalera a la cabeza del enemigo y le ensartó las uñas dentro de los ojos. Ambos rodaron por el piso, el maleante gritaba. Tin-tin pidió ayuda a Perros de la Calle, se lo llevaron de inmediato por violación de domicilio e intento de robo a mano armada.
   Cuando llegó su amigo miró cómo Tin-tin jugaba con dos insectos redondos. Le gustó la concentración de Tin-tin, tomó un baño para sacarse la mugre de las capitales. Tin-tin, luego de robarse la milanesa comprada y dejar los elásticos al costado del plato, se fue a dormir a la cama de su amigo, que no venía y no venía. Sentado en el tablero su amigo miraba las bolitas redondas, tenían iris, pupilas, retina.
   Eran ojos, ojos enojados de persona malvada.
   Sin más los tiró en el inodoro, tuvo que apretar varias veces, porque no se iban y encima lo miraban desde el fondo. Lo solucionó con detergente.

   Quedó agotado y se tiró en la cama, encima de Tin-tin, apenas protestó. Le apoyó su inocente patita en la garganta y le ronroneó el episodio del día. El amigo se dio vuelta y le dijo –Dejá de joder-.
                                  

domingo, 10 de abril de 2016

NOCTURNO


   Éramos seis en total, dando vueltas al pedo.
   Apareció la idea del Flaco. –Conozco un lugar dentro del Parque Pereyra. Es una inmensa laguna de donde surgen todos los sonidos de la tierra y a modo de coro...-.
   Llegamos y escuchamos el coro, pero no percibimos adónde estaban los cantantes. –Aquí- dijo el Flaco –si asomamos la cabeza colgando del borde de la tierra- que habían socavado todo alrededor del agua –veremos a los genios-.
   Así fue, cientos de sapitos, uno al lado del otro, inflando los cachetes, todo alrededor de la laguna.
   Fue el concierto más hermoso de mi vida, los sonidos de la tierra no se olvidan así nomás.
   Del medio de la nada, aparecieron unos canas a caballo.
   Nos preguntaron qué hacíamos. Les contamos todo, hasta se asomaron y uno de ellos largó –Son unos sapos de mierda y ustedes rajen ya, porque las visitas terminaron-
   Fue una gran pálida, era la época de la represión y mataban a cualquiera por nada.
   Por suerte se fueron. Y todos, un poco temblando, subimos al auto. El Flaco no decía nada.
   Cuando llegamos a la casa, largó algo así –Pero qué concierto, ¡Carajo!-.
                           

sábado, 9 de abril de 2016

HASTA AQUÍ



Ramón encontró el bolso preparado a los pies de la cama y la ropa de viaje colgaba impecable, de mayor a menor, fuera del vestidor. Coca era la autora de organizar sus viajes mensuales al campo, ella se quedaba.
Cuando Ramón la despidió con un beso gastado, ella alejó su mejilla y apoyó el whisky matutino en la cicatriz. Todavía pensaba el choque como un agravio personal. Le señalaba la culpa con el vaso. Ramón le recordó la cita con el cirujano, sugirió que fuera con su mejor amiga. Él no podía llegar a tiempo, había complicaciones con el encargado. Coca no dijo nada. Desde el accidente no le dirigía la palabra. En el auto Ramón recordó la infausta cosecha y aceleró. Cortó por un camino de tierra, divisó el rancho y le sonrió al espejo. Él era feliz mirando sembrados, enamorado de esta pampa tan lisa. Protegido por el cielo y amparado por el rancho que Coca diseñó respetando el estilo tradicional, con techo de paja, paredes de adobe, galería austera y ventanas de juguete.
Ramón comía frente al espejo de la cocina. Miraba hacia sí mismo, recordó la cicatriz de Coca, sus ojos acusando, para tapar el odio de antes del episodio. Se acostó de su lado, respetaba sin querer, el lado de Coca. Una vez le apareció por sorpresa, hasta se reía con sonido. Fue un milagro para Ramón. Después, nunca más. 
Se la quiso sacar de la cabeza y cruzó a charlar con el encargado, gordo buenazo que hacía el mejor mate del país. Remigio le daba paz. Casi ni decía, pero decía. Viajaban al mundo de ver luces raras en el cielo o caminar entre el maizal. Se reía Remigio cuando lo veía andar lento, como si fuera viejo. Ramón lo saludaba con la mano en alto y se metía en el rancho. Tenía un mensaje en el contestador, era la amiga de Coca. Una voz rara, le decía que Coca había partido, por propia voluntad. Le aconsejó que viajara, despacio, total ya estaba. Ramón caminó lento hasta el auto, manejó sin prisa, lloraba con ganas.