jueves, 5 de mayo de 2016
AQUÍ NO ES, CARAJO.
El pueblo de la sonrisa prohibida.
El pelo teñido de rubio y el olvido de que eran morochas, como las argentinas, que son morochas.
No si yo fui siempre rubia, lo que pasa es que tomé sol.
El pueblo del verano treinta días y la tristeza del invierno largo, frío y aburrido. El chiste de la baldosa equivocada y el llamale H.
El Nintendente pedorro, que prohíbe el porro, la birra y la justicia.
El pueblo que creyó que aquí nunca pasó nada y el setenta, fue una novela, que no tuvo asentamiento de tortura, justo aquí, donde hubo montones.
El pueblo que niega chinos, negros, campesinos, miel, espinaca y carne, tan cara como el oro.
Los viajes de los ricos ordinarios, que nisiquiera cuentan cuentos de alegría, todo se reduce a estuve en un hotel y después nada.
El pueblo de edificios fantasmas, parecidos a los de Caracas, pero sin mar a la vuelta del valle insensato.
El pueblo con cascada sin agua, con un dique pantano, con una fuente de los vascos, parecida a una estación de servicio.
El pueblo que costó ser arbolado años de años, para convertirlo todo en casas muy modernas, de color caca, o naranja podrido.
Los jardines secos, afanados a las sierras.
El pueblo tranquilo, de miradas asesinas, por la envidia de suponer que el otro la pasa bomba.
El pueblo que responde al imprevisto, con la respuesta idiota del exigüo “¿Por?”
O el saludo “¿Todo bien?” huyendo para no escuchar, en mi caso que quiero contestar: “Para el orto” y que me escuchen.”Nos vemos” mienten.
Ese pueblo mal atendido y peor cogido, que no entiende que música es el canto de los pájaros que tiene y no la molestia de la siesta, que se apaga con un rifle.
El pueblo que no muestra su pobreza, porque hasta el pobre tiene vergüenza de no tener nada.
El pueblo enfermo de sicarios pervertidos, en muertes con residuos de sospechas evidentes.
El pueblo endogámico y pedófilo que come hostia, todos los domingos, pensando que dios existe, cuando cientos de panzas duelen de hambre callado y tienen casas donde entra el frío, el calor, el agua y el paco, que no es el tío bueno que se viola a las sobrinas, consoladas con zapatillas, que Paco compra a los canas, disfrazados de ladrones.
Este pueblo de mierda, que dice negro de mierda al habitante de su patética aldea, llena de gusanos teñidos de rubio o colorado.
El pueblo del fratacho de las caras, para tapar el tiempo de la vida.
La vergüenza de los años mal vividos, disfrazada de viejas distinguidas de ignorancia. Hipócritas genéticas, que conocieron el sexo y nadie dijo el gusto es mío.
El pueblo que cuenta de rincones bonitos, que no existen ni en el mapa de sus ojos.
El pueblo “Ciudad de Dios” y así ha de ser, porque el domingo dios descansó y siguió durmiendo, hasta hoy y sueña hasta nunca.
El pueblo que gasta agua y escobita y come lo que haiga y le tranquiliza el pasto cortadito y el vecino igualito.
Este pueblo que responde aquella obra, paradigma de “Las de Barranco”, que se llamó “Tragedia de una familia guaranga” y fue en La Plata, donde murió tanta gente, por querer cambiar el mundo, sin saber que eran mandados por Videla o por Massera, o por toda una manga de alcahuetes impotentes, que dejaron como herencia un desierto, que parece una cloaca a cielo abierto.
lunes, 2 de mayo de 2016
PERSECUSIÓN
Le compró un oso
tan grande que tuvo que sacar dos boletos. Sabía que se iba en dos horas. Miró
el reloj y bajó del micro como una saeta. Ya sacaba las llaves y sintió que
algo le faltaba, el oso. Subió a otro micro de la línea y preguntó al chofer si
no había visto al oso. El chofer lo vio tan nervioso que le contó que alguien
olvidó un oso gigante en el micro. Se bajó, tomó un taxi hasta la terminal. Lo
descubrió, hacía de chofer embalsamado.
Intentó sacarlo por
la ventanilla, abrió la puerta porque no pasaba. El tachero lo esperó, más por
curioso que por solidario. Lo llevó pasando tres semáforos en rojo y le cobró
la mitad del valor del oso.
Entró en la casa
y su ahijado esperaba como un desposeído. Le entregó el oso y el chico, con
todo respeto, le dijo —En la vida vi un oso tan grande y tonto, no lo digo por
vos, pero si lo podés cambiar por algo a mi escala, estaría buenísimo. Ya sé,
el oso te salió más caro que una moto, pero yo no me preocupo, mami y papi
dicen que ustedes tienen “la guita”.
sábado, 30 de abril de 2016
FESTEJO ANUNCIADO
Una manifestación
de hojas de otoño, la paleta del otoño, ocres, amarillos, verdeopacos.
Pisarlas remonta
algunas, que avisan a otras y las zapatillas de Kito, se llenan de hojas y él
de alegría. Hay una decisión general, vecinal, municipal, empresarial y las
diez comisiones restantes, sin tareas asignadas. Se trata de festejar “el día
del Otoño”, improvisaron un escenario, en los fondos de “Con Reservas”.
Instalaron un
ventilador, Susi se ocupaba de arrojar cientos de hojas secas, luego del
discurso del Profesor Noble, que era tartamudo y nadie lo aplaudió.
Susi miraba al disertante
y arrojaba hojas en los espacios que Noble usaba pa…pa…para, para ah…ah…ha...blar.
Susi se puso nerviosa y metió los dedos en el ventilador, le rebanó tres
falangetas, las hojas sangrantes gotearon a todos los asistentes que huyeron
pisándose unos a otros. Cuando revisaron el escenario, la platea y el
estacionamiento, los acomodadores no vieron falangeta alguna. El hijo de Kito, con
diez años, trajo las tres falangetas, estaban en una bolsa de celofán
transparente. En la misma guardia le acomodaron las falangetas, hubo una
confusión entre el índice y el mayor. Ese episodio se pasó por alto, cualquiera
se confunde. Susi borró de su mente el otoño, las hojas y los ventiladores.
Cuando Susi
convalecía, Kito la visitaba. —Yo, es lo único que sé, la visitaba.miércoles, 27 de abril de 2016
CASI NATURAL
Hablaban alto
para que escucharan todos.
—Soy el Doctor
Trifón Parlate, mucho gusto, su nombre es…déjeme pensar…
—No perdamos
tiempo , Trifón, me llamo Pietro Lacio y tengo una pregunta para hacerle ¿Usted
piensa que esto va a cambiar? No me queda mucha suela en las zapatillas.
—Disculpe Pietro,
respecto a su primera pregunta, le digo que esto será peor, pero debemos vivir
en este momento y hagámoslo lo mejor que podamos.
—Por si no lo
sabe, soy especialista en catástrofes emocionales, andar descalzo aspira las
energías de la tierra y si los ojos se posan en árboles, nunca en edificios, es
que sus neuronas se quintuplicaron, comprende Pietro?
—No le creo nada,
yo lo único que quiero es un par de zapatillas nuevas, me importa un carajo si
cambia, si no cambia, vamos Parlate, dame la guita que tengas. Ché, “especialista
en catástrofes”, decile a tu secretaria que entreguen sus pertenencias en este
bolso, a los nabos de la sala de espera. Eso o son boleta.
Cuando Pietro
salió encontró los pacientes tirados en el piso, miraban muchas películas,
seguro.
Por la tarde
vendió todos los insumos, relojes, pulseras, collares, anillos matrimoniales.
Todo con boleta para justificar ante su cómplice.
Lo esperaba, tardaba,
siempre tardaba. Entró como un avión y se pusieron a contar el dinero, estaba
todo perfecto. —Para la semana que viene hay más.
Pietro acompañó
hasta abajo a su amigo, Trifón Parlate.
martes, 26 de abril de 2016
LA LOCA DE AL LADO
Hace veintitrés
años que tengo una vecina psicópata. Cuando los hijos eran chicos les pegaba
igual que a los perros. A lo largo de nuestra relación vecinal echó aceite de
micro en mi vereda. Llamó en cinco oportunidades a la policía por menudencias, mi
enredadera invadía su propiedad, porque cuando riego mis árboles salpico sus
mosaicos, ni en la época infame visité tantas veces la policía. Sus brujerías
iban desde tirarme baldes con sapos muertos hasta dejar en la puerta pelos
atados con tiras rojas. Grita el día completo, se escuchan tres puteadas
benignas y tres malignas.
Casi al amanecer
percibí unas tijeras de podar y un serrucho. Salí volando de la cama y no pude
abrir la puerta, cientos de ramas y troncos me lo impedían. Abrí por el garaje y
cuando la vi le pregunté porqué hacía eso. Le noté la cara de loca desbundada.
Pasó a través de sus rejas una rama-lanza, me dio en el ojo, casi lo pierdo. Le
hicimos juicio, lo ganamos, la pena fue que todo siga siendo igual, obviamente
la ley no existe.
No quisimos,
pero el odio que le teníamos a éste pterodáctilo, era más grande que nuestra conciencia.
Elaboramos una estrategia, contribuyendo con el bien común. Pedimos a nuestro
hijo que venga de La Plata, como protector del desarrollo de nuestras acciones.
Llevamos a cabo
lo decidido. Mientras ella tendía ropa, nos abalanzamos desde la medianera y
empezamos con los cuchillos hasta el fondo de veintitrés años.
Nuestro hijo cebaba
mate.domingo, 24 de abril de 2016
AMANECER NO ALCANZA
Un televisor sin
imagen. Tres lapiceras sin mano, dos cuadernos abiertos, amparados por una luz
amarillenta, unos anteojos sin cabeza, un estuche sin anteojos.
Hay cenizas que
pertenecieron a cigarrillos que no están. Cuatro lugares mullidos sin personas.
El equipo de música callado, tiene una luz roja prendida. Las cortinas vuelan,
entran brisas húmedas sin luna.
Terminó la novela
hecha un año y deshecha al siguiente. Ambas forrando, sin querer, el piso. Hay unas
pisadas que las hizo nadie.
Una pila prolija
con una versión “modificada, cuidadosa, inquietante”.
Es la
introducción de otra persona, amiga del autor. Le hizo un prólogo…que todavía
no entregó por su agenda apretada. El escritor decide prologar él mismo.
No hay perros, ni
gatos, ni pájaros.
En el celular hay
un mensaje sin ojos que lo lean. La verja y las cerraduras oxidadas, una
campana sin badajo.
Con el viento las
dos puertas abren solas, las escaleras cubiertas de manuscritos, algunos con
abolladuras, otros cortados.
El dormitorio
carece de cortinas, el balcón es chico y no tiene protección alguna.
Tenía, pero la
decisión del escritor fue la de arrojarse con rejas y todo.
El mensaje del
celular decía “La Editorial Garrafa lamenta rechazar este libro. Se considera
que es copia textual de los dos anteriores”.
sábado, 23 de abril de 2016
NOCHE ROJA
Le dijeron que se
vistiera llamativa. Se puso una minifalda con puntillas y plataformas doradas
con cascabeles. Dos chicos la miraban, discutían la presa, para definir la situación
se metieron en el baño, se escucharon estruendos, por debajo de la puerta
vieron un hilo de sangre hasta que se hizo charco.
Un patovica tiró
la puerta abajo. Estaban los dos cubiertos de escombros y sin vida.
Ella observaba, a
toda costa quiso entrar, dijo ser médica y le permitieron pasar. Usó todos los
medios de resucitación que conocía. El vestido manchado de sangre y lágrimas
que nunca faltan en estos casos. El patovica la tomó del brazo —Lo mejor que
podemos hacer es irnos, yo no tengo problema, me contrataron hoy y no me
preguntaron ni el nombre. Me preocupa lo tuyo, si la yuta te ve al lado de las
víctimas vas presa por sospecha de doble homicidio.
La chica se
encontraba en estado de shock —Es que ellos peleaban por mí, de algún modo soy
culpable.
Salieron por un
costado y subieron al auto, se encargaría de llevarla a la casa. —¿Sabés porqué
peleaban?, por un touch and go y venderte pastillitas, de ésos no podés sacar
un cuarto de novio. Otra vez que vengas no lo hagas sola, llama a algunas
amigas, o amigos, si no tenés a nadie me llamás, te acompaño. Anoté mi número
en tu celular cuando vos diagnosticabas muertes obvias. Quiero que me lo jures.
Ella llegó a su
casa como una mariposa de alas castigadas, le entregó ciento cincuenta
pastillas de diseño, importadas. Se las habían regalado los finados, por los
servicios recibidos.
viernes, 22 de abril de 2016
HISTÉRICAS HISTÓRICAS
Disconformes
cuando fueron esteatopigias de piedra, hace millones de años. No lo tomaron
como símbolo de nada. Se ofendieron por la patética imagen de gorduras
monumentales, en la barriga que pendía redonda, enormes pechos cubrían el
ombligo. Les dio un ataque de histeria colectiva y mataron a todos los hombres.
Crearon tal
desorden en los tiempos de la Historia que alcanzó hasta nuestros días.
Algunas, por
intuición tratan de reparar aquella sangría masculina. Como Virginia que estudiaba
derecho, hasta advertir que el derecho estaba torcido y retorcido.
—En la Facu no
conseguí ni un tipo para jugar al truco.
Ahora se llenó de botox, se operó las tetas,
se levantó el culo, le aspiraron celulitis durante dos años y luego la colgaron
de los pies, tres meses para crecer diez centímetros, era baja. Sufrió hasta
llegar a ser una Barbie. La seguía toda la facultad.
Virginia
rechazaba las invitaciones que recibía, —¿Sabés porqué me siguen? Porque soy
más que linda. No les interesa saber de mi inteligencia, cómo es mi corazón, cuáles
son mis proyectos, si daría mi alma por lo que hago. Podrían preguntar por mi
abuelo Serafín, por lo menos. Apareció un tipo que no hablaba. Lo conocí en un
recital de “Las Rodajas de Salame”. Fui a dormir a su casa, el tipo seguía sin
hablar, pero sonreía tierno. Abrimos la
puerta, una cama de dos plazas nos esperaba. Él sacó un centímetro del
bolsillo, me midió el contorno del busto, cintura, caderas. Le pregunté si
íbamos a hacer el amor o un vestido. Contestó como gallo triste:
—Lo lamento, no
respondés al deseo de mis medidas, podés irte.
No lo pudo
resistir, lo arrojó a la cama de prepo, le quitó la ropa, el hizo igual con la
suya. Lo demás es de índole privada.
Llegó el amanecer
y Virginia se retiró con la música de los ronquidos salvajes de su adquisición.
Antes de cerrar
la puerta, puso el centímetro en su cartera y olvidó el celular a propósito. El
tipo y el celular, desaparecieron. Virginia pensó que los tipos brutos tienen
un erotismo altísimo, difícil de comparar con un académico.
miércoles, 20 de abril de 2016
LEO FISBEIN
Leo Fisbein huyó
del hambre que cubrió Alemania. Desembarcó en Buenos Aires, tocó el violín en
el barco junto a otros músicos. Le dieron una moneda grande a cada uno.
Le brillaron los
ojos cuando vio el boliche.
Tomó asiento en
una mesa. Le trajeron un puchero que le hacía cantar las tripas, se cruzó de
brazos, vino la dueña: —¿No es del agrado del señor, esta comida?
Leo, sin entender
le dijo en un castellano chapucero, que aprendió en el barco: —No tengo ni el
recuerdo de una papa echando vapor. No comí aún, pero está rica, rica. Voy a
esperar al resto para empezar.
La dueña le
explicó que no había otros comensales, eso y señaló la fuente, es sólo para
usted, señor. Le sirvió ella misma, cortó las papas y la carne del puchero. Lo
vio semiderruido.
A Leo le
temblaban las manos en los cubiertos.
Abrió la boca y
comió sin parar durante cuarenta y cinco minutos. Cuando su estómago dijo
basta, Leo miraba el puerto, el inmenso barco. Hubo algo más. Vio su cuerpo
reflejado en la vidriera, sacó el violín y llenó el lugar con el agradecimiento
que no tiene idiomas. La dueña, el cocinero y el ayudante, en estado de gracia,
miraban las cuerdas con lágrimas de colores. Leo por primera vez, en años,
sonrió.
lunes, 18 de abril de 2016
HIPÓCRITAS
Se
estaba inundando la mitad del primer piso. Hasta los peones, dentro de la casa.
Rita
afuera, entre pastizales que la crecida apagaba. Sus padres la maltrataban y
ella se perdía hasta la segunda laguna.
Ahora
fue diferente tuvo que nadar buscando orillas sin agua. Las ramas de los
árboles le salvaron la vida. Un peón que con un bote raro se acercaba, la vio y
de prepo la metió en el gomón, intentó abusarla. La niña había crecido, juntó
sus piernas y sus brazos, el peón perdió pie y cayó al agua. Ella tomó los
remos y pensó en su padre, el beso nocturno y su madre apagando la luz sin
decir ni hasta mañana. Ella sabía, tiene que haber sabido.
Pensaba Rita, por fin, su madre era mala y su padre que no dejaba pasar un
solo día.
Remó
con la intensidad de sus pensamientos, llegó a la casa. Estaban en el techo, el
peón que creyó muerto, también.
Escuchó gritos, cada vez más lejanos, se tornó inaudible. Rita le mostró
su sonrisa al cielo, encontró otros gomones con personas que no hablaban.
sábado, 16 de abril de 2016
FACHO
El tipo un metro noventa, con un traje
impecable, corte de pelo a lo Hitler y unas manotas con cinco boletas
disfuncionales, Arba, Afip, Anses, Grimoldi y Frávega.
─Quiero
pensar que hubo un error. Dijo el hombre gigante.
Se acercaron todos los empleados al
escritorio del flaquito, encargado del Departamento de Equívocos. Una
inofensiva y menuda persona ─¿Puedo ayudarle en algo, Sr. Debucchi? Estoy a su
disposición.
El tipo dando con los zapatos al piso, como
un caballo brioso ─¿Las deudas son veraces?
El menudo, luego de mirar la compu,
respondió: ─Absolutamente Sr. Debucchi.
El tipo le arrebató las boletas, las hizo un
bollo y le pidió al empleado menudo que abriera la boca, le metió el bollo y lo
empujaba con los dedotes.
Cuando se fue, los empleados hablaban de la
pinta del tipo, la forma de conducirse, su inefable potencia, era “El Hombre”.
La admiración excesiva los hizo olvidar del
compañero que le faltaba el aire, murió como las personas prescindibles, sin
que nadie lo advierta.
viernes, 15 de abril de 2016
PRIVILEGIOS
Nació imantado y desarmable. Para rascarse el oído interno se quitaba la oreja y le daba con un escarbadientes, la acercaba a la altura donde estaba y la oreja se pegaba sola.
Cortar las uñas de los pies, que siempre
resulta engorroso. Él se sacaba los diez dedos apoyados en la mesa, recortaba las
uñas y volvía a colocar cada dedo donde correspondía. Si andaba con sueño se
equivocaba y ponía el dedo gordo en el meñique, en ocasiones se olvidaba dos o tres
en la mesa. Lavar las porquerías que se juntan en los ojos durante la noche era
una pavada, se sacaba uno con pestañas, le echaba shampú, lo enjuagaba y se
lo colocaba. Hacía igual con el otro
ojo. Hubo días en que lo olvidaba en la jabonera. Era provechoso para que la
oficina lo devuelva a su casa.
Le mostraba al jefe cómo tenía el ojo, el
jefe miraba el agujero con elásticos y se desmayaba.
Ese día aprovechó para sacarse los nudos
nerviosos de la nuca, hizo bolitas como de arcilla, quedaba hiper relajado.
Tenía problemas con la gente, cuando salía. Las
mujeres quedaban imantadas, para separarlas debía sacudir el brazo tan fuerte
que las doñas caían de un piso doce o el impacto las metía en los camiones de
recolección.
Sufría cuando se le imantaban hombres, la
gente lo miraba con cara de “Ah, sos gay”, éstos los metía en boca de tormenta.
Con destreza lograba que la tapa no le quedara pegada.
A medida que envejecía perdía sus
cuerpopartes, por olvido o tal vez la imantación se redujo. Él prefirió morir.
La policía forense no podía creer cuán
prolijo era el imantado.
Dejó los brazos juntos, al lado de los pies,
los ojos en el secaplatos y los dedos de los pies en el frizer.
No encontraron la cabeza, aquel hombre había
perdido la cabeza. Es muy parecida a la pelota con que juegan los niños en la
plaza, pero no debe ser ¿No?
jueves, 14 de abril de 2016
LA ASISTENTE
Viene todas las semanas. Por
suerte la atiende la Hilda ,
que é de fierro, sabe que para mí es un grano en el culo. Los del penal me
dijeron. Que iba a ser de vé en cuando, me dijeron. Qué forro que son. E
corruta la gorda, alguien me chamuyó que tiene una cuatro por cuatro mercede
ben y que vive en un palacio del cantri. Acá se viene con un auto pedorro, todo
osidado pa engrupirno que é pobre. Tengo la pulsera en la pata y la gorda
montada en un huevo, tengo. Cuando llega y la Hilda se hace humo, tiembla, la infelí, pa mí
tiene gana que la trinque. La atiendo en cuero y la verdá que tengo lomo, toda
la mina me lo dicen. Pregunta cada boludé, que si le ayudo a la Hilda , que si le doy beso a
lo chico, que si tomo vino ¡Qué carajo le importa a la forra! Encima anota
todo, con esa mano’e chancha que tiene. Yo la trato bien, demasiado bien. No
quiero quilombo. Igual sigo en la banda, ¿qué quiere que comamo, mierda?
La
estúpida dice que si tengo do mano puedo trabajar.
No se
enteró que é justo lo que no hay. Si tené do mano en la Argentina , lo único que
podé hacer é la paja.
La semana que vienela Hilda
se va con lo chico a Loma. La gorda tiene el culo caído, pero cuando vea que
toy sólo le va a rebotar contra el piso, por ahí le echo un polvo de prepo, le
mecho la guita que traiga y me llevo el auto, le digo que si abre la boca é
boleta ella o el puto del marido. É una fantasía, como decía el dotor del
penal. Tanto tiempo encerrado al pedo, meta trompada y haciendo de mina de todo
el pabellón, el peor: peligro másimo. No había lugar en el otro, decían lo hijo
e puta. Ahora salí y toy con la
Hilda y lo chico, pero la que pasé no me la borra nadies.
Faltan cinco minuto pa que caiga la gorda, a la primera boludé que pregunte le parto el culo como me hacían a mí. Capá que le gusta. Toda la asistente sociale tienen cara de malcojida, ¿vistes?
La semana que viene
Faltan cinco minuto pa que caiga la gorda, a la primera boludé que pregunte le parto el culo como me hacían a mí. Capá que le gusta. Toda la asistente sociale tienen cara de malcojida, ¿vistes?
miércoles, 13 de abril de 2016
IN-DOOR
Cuando
toda la tarde
la
niebla en la ventana,
es
cuando la memoria
se
pone a hacer su oficio.
Si
te agarra despierto
te
pone triste.
Si
te agarra dormido
te
pone loco.
Y
cuando la memoria,
es más grande que la tarde,
te
pone en la ventana,
te llena de
neblina.
Hace
su oficio la memoria.
Su oficio triste,
su oficio loco.
Te agarra.
Te agarra.lunes, 11 de abril de 2016
TIN-TIN
Tin-tin vivía con su único amigo bípedo.
Quedaba solo cuando su amigo iba a trabajar. Continuaba su sueño en la cama
caliente de su amigo.
No le gustaba el alimento especial que le
daba.
Abría la heladera, entornada por lo rota y
volcaba leche y yogurt, no sabía con qué atiborrarse, si con leche o con
yogurt.
Nunca faltaba un cacho de salamín que
saltaba solo de la heladera a su boca. Todo producto noble lo que deglutía su
amigo.
Cuando escuchaba el motor corría hasta la
puerta y lo recibía con la comida lista, el acolchado era el mantel, dos o tres
manzanas mordisqueadas y el cepillo de dientes. Al amigo le parecía algo
natural y en vez de retarlo le contaba su jornada.
Él desconocía el bípedoidioma, quería
ayudarlo, pero sólo sus ronroneos y los miaumiaues podía entregarle. El amigo
le agradecía con una porción de atún. Un día gris Tin-tin se despertó
fastidiado, no tendría lugares con sol para bañarse y dormir siestas. Escuchó
la puerta, raro, a esa hora su amigo trabajaba. Entró un tipo con capucha y
revólver con silenciador. Tin-tin saltó de la escalera a la cabeza del enemigo
y le ensartó las uñas dentro de los ojos. Ambos rodaron por el piso, el
maleante gritaba. Tin-tin pidió ayuda a Perros de la Calle , se lo llevaron de
inmediato por violación de domicilio e intento de robo a mano armada.
Cuando llegó su amigo miró cómo Tin-tin
jugaba con dos insectos redondos. Le gustó la concentración de Tin-tin, tomó un
baño para sacarse la mugre de las capitales. Tin-tin, luego de robarse la
milanesa comprada y dejar los elásticos al costado del plato, se fue a dormir a
la cama de su amigo, que no venía y no venía. Sentado en el tablero su amigo
miraba las bolitas redondas, tenían iris, pupilas, retina.
Eran ojos, ojos enojados de persona malvada.
Sin más los tiró en el inodoro, tuvo que
apretar varias veces, porque no se iban y encima lo miraban desde el fondo. Lo
solucionó con detergente.
Quedó agotado y se tiró en la cama, encima
de Tin-tin, apenas protestó. Le apoyó su inocente patita en la garganta y le
ronroneó el episodio del día. El amigo se dio vuelta y le dijo –Dejá de joder-.
domingo, 10 de abril de 2016
NOCTURNO
Éramos seis en total, dando vueltas al pedo.
Apareció la idea del Flaco. –Conozco un
lugar dentro del Parque Pereyra. Es una inmensa laguna de donde surgen todos
los sonidos de la tierra y a modo de coro...-.
Llegamos y escuchamos el coro, pero no
percibimos adónde estaban los cantantes. –Aquí- dijo el Flaco –si asomamos la
cabeza colgando del borde de la tierra- que habían socavado todo alrededor del
agua –veremos a los genios-.
Así fue, cientos de sapitos, uno al lado del
otro, inflando los cachetes, todo alrededor de la laguna.
Fue el concierto más hermoso de mi vida, los
sonidos de la tierra no se olvidan así nomás.
Del medio de la nada, aparecieron unos canas
a caballo.
Nos preguntaron qué hacíamos. Les contamos
todo, hasta se asomaron y uno de ellos largó –Son unos sapos de mierda y
ustedes rajen ya, porque las visitas terminaron-
Fue una gran pálida, era la época de la
represión y mataban a cualquiera por nada.
Por suerte se fueron. Y todos, un poco
temblando, subimos al auto. El Flaco no decía nada.
Cuando llegamos a la casa, largó algo así
–Pero qué concierto, ¡Carajo!-.sábado, 9 de abril de 2016
HASTA AQUÍ
Ramón encontró el bolso preparado a los pies de la cama y la ropa
de viaje colgaba impecable, de mayor a menor, fuera del vestidor. Coca era la
autora de organizar sus viajes mensuales al campo, ella se quedaba.
Cuando Ramón la despidió con un beso gastado, ella alejó su mejilla y apoyó el whisky matutino en la cicatriz. Todavía pensaba el choque como un agravio personal. Le señalaba la culpa con el vaso. Ramón le recordó la cita con el cirujano, sugirió que fuera con su mejor amiga. Él no podía llegar a tiempo, había complicaciones con el encargado. Coca no dijo nada. Desde el accidente no le dirigía la palabra. En el auto Ramón recordó la infausta cosecha y aceleró. Cortó por un camino de tierra, divisó el rancho y le sonrió al espejo. Él era feliz mirando sembrados, enamorado de esta pampa tan lisa. Protegido por el cielo y amparado por el rancho que Coca diseñó respetando el estilo tradicional, con techo de paja, paredes de adobe, galería austera y ventanas de juguete.
Ramón comía frente al espejo de la cocina. Miraba hacia sí mismo, recordó la cicatriz de Coca, sus ojos acusando, para tapar el odio de antes del episodio. Se acostó de su lado, respetaba sin querer, el lado de Coca. Una vez le apareció por sorpresa, hasta se reía con sonido. Fue un milagro para Ramón. Después, nunca más.
Se la quiso sacar de la cabeza y cruzó a charlar con el encargado, gordo buenazo que hacía el mejor mate del país. Remigio le daba paz. Casi ni decía, pero decía. Viajaban al mundo de ver luces raras en el cielo o caminar entre el maizal. Se reía Remigio cuando lo veía andar lento, como si fuera viejo. Ramón lo saludaba con la mano en alto y se metía en el rancho. Tenía un mensaje en el contestador, era la amiga de Coca. Una voz rara, le decía que Coca había partido, por propia voluntad. Le aconsejó que viajara, despacio, total ya estaba. Ramón caminó lento hasta el auto, manejó sin prisa, lloraba con ganas.
Cuando Ramón la despidió con un beso gastado, ella alejó su mejilla y apoyó el whisky matutino en la cicatriz. Todavía pensaba el choque como un agravio personal. Le señalaba la culpa con el vaso. Ramón le recordó la cita con el cirujano, sugirió que fuera con su mejor amiga. Él no podía llegar a tiempo, había complicaciones con el encargado. Coca no dijo nada. Desde el accidente no le dirigía la palabra. En el auto Ramón recordó la infausta cosecha y aceleró. Cortó por un camino de tierra, divisó el rancho y le sonrió al espejo. Él era feliz mirando sembrados, enamorado de esta pampa tan lisa. Protegido por el cielo y amparado por el rancho que Coca diseñó respetando el estilo tradicional, con techo de paja, paredes de adobe, galería austera y ventanas de juguete.
Ramón comía frente al espejo de la cocina. Miraba hacia sí mismo, recordó la cicatriz de Coca, sus ojos acusando, para tapar el odio de antes del episodio. Se acostó de su lado, respetaba sin querer, el lado de Coca. Una vez le apareció por sorpresa, hasta se reía con sonido. Fue un milagro para Ramón. Después, nunca más.
Se la quiso sacar de la cabeza y cruzó a charlar con el encargado, gordo buenazo que hacía el mejor mate del país. Remigio le daba paz. Casi ni decía, pero decía. Viajaban al mundo de ver luces raras en el cielo o caminar entre el maizal. Se reía Remigio cuando lo veía andar lento, como si fuera viejo. Ramón lo saludaba con la mano en alto y se metía en el rancho. Tenía un mensaje en el contestador, era la amiga de Coca. Una voz rara, le decía que Coca había partido, por propia voluntad. Le aconsejó que viajara, despacio, total ya estaba. Ramón caminó lento hasta el auto, manejó sin prisa, lloraba con ganas.
viernes, 8 de abril de 2016
CRISTÓBAL
Lo veía casi siempre a la salida del
departamento. Ese pasillo largo que llegaba al centro de la manzana.
Era inevitable verle, porque el ancho de la
puerta sólo daba para su increíble personaje.
Las chancletas destartaladas y su musculosa
percudida no daban cuenta de sus maravillosos ojos griegos.
Al principio me divertía cómo protestaban
los vecinos.
Decían que Cristóbal desprestigiaba la casa
“Qué se creía. Eso no era un conventillo, que las expensas eran muy altas para
tener un tipo en musculosa y chancletas en la puerta de entrada”.
Como Ulises, mantenía una mirada alta, un
perfil sereno. Sólo se movía un poquito para dejar pasar de cotè a la Señora de Guaraña.
El viejo había sido un inmigrante griego,
con un dinero traído, compró una casa chorizo en Berisso. Alquilaba cada pieza
a una familia distinta. El baño y la cocina se compartían. En el medio de la
cocina, un samovar de la otra tierra, funcionaba para las fiestas judías,
ortodoxas, católicas, cumpleaños y fin de año.
No se bien cómo murió el viejo. Cristóbal
empezaba a contar algo, pero, en un momento se detenía, nos miraba y rajaba a
regar los malvones. Así que como esto se repetía cada vez que recordaba al
viejo, imaginábamos que “eso” le pertenecía y que los malvones eran bálsamo del
mandato paterno.
Cristóbal trabajaba de repartidor de quesos
“La Paulina ”.
-Lo mejor que hay en quesos, viejo, yo que
estoy en esto te lo garanto...-. Decía con orgullo.
Viajaba en una camioneta tan destartalada
como sus chancletas, verde oscura, con las marcas de las pinceladas, parecía un
furgón del cementerio municipal.
Nuestro edificio pretendía ser una
construcción tipo, clase media, hacinada, pero con discreción. Si alguien
quería ver al “otro lado”, sólo tenía que tocar el timbre en el departamento de
Cristóbal. Se sentía un olor extraño, a batatas fritas, con plancha mugrienta y
un humo que parecía instalado, daba un aura a la entrada de Cristóbal.
Nos abría la puerta con toda franqueza,
gritaba nuestros nombres como para que se enteren los muertos y nos palmeaba la
espalda hasta derrumbarnos en sus aceitadas
sillas de cocina.
En la misma cocina tomábamos mate y
fumábamos como caballos. De todas maneras, el record de tragar humo, lo tenía
el inefable Cristóbal.
Se enroscaba contando anécdotas tristes, los
ojos se le ponían transparentes, le complacía emocionarnos. Jamás se le quebró
la voz, ni siquiera cuando lo echaron de “La Paulina ”. Con la cabeza erguida y palabras tranquilas,
nos relató la más atroz de las traiciones.
Me acuerdo que lo agarramos de las manos,
fue un reflejo del corazón. Él, me ofreció un mate, lo tomé de un solo trago.
Me quemé hasta el alma. Pero no dije nada.
El tipo bien valía llenarse la boca de
ampollas.jueves, 7 de abril de 2016
MALA LECHE
-Yo pienso venir al humillante trámite de supervivencia
hasta los ciento veinte años-.
Don Juan la miraba risueño –Bueno, el día
que no nos veamos ya sabemos que la superviviente es usted-. –Que no le quepa
duda, vengo de una familia de ciento y pico. Cuando me muera será por
hartazgo-. Don Juan, que iba por los noventa, siguió a Carmen Vidurria de
noventa y cinco -¿Vamos por ahí?-.
Don Juan no sabía dónde quedaba por ahí ni
por allá, hacía tiempo había perdido la memoria de ese espacio. Por esta
dificultad, confundía el inodoro con el zapato. La calle los recibió con motos
y autos. Él la tomó del brazo y ella lo llevaba del hombro. La velocidad de la
calle les era conocida, pero ambos miraban fuera de ellos, tantos salvajes
juntos, parecían querer expulsarlos de la vida.
Iban enlazados como troncos de glicina y
llegaron “ahí”. Donde las verbenas. Los espliegos y robles sirvieron al
descanso de los viejos, que recostados pusieron en orden los latidos de sus
taquicardias. Un agente del desorden, pidió que se retiren porque ese sitio era
público.
Carmen Vidurria dijo –Usted mismo lo ha
dicho, es público, debió confundirse de orden, vaya mijo, vaya-.
Terminaron
en la cama de Don Juan, les llevó tiempo desanudarse y el doble, desnudarse.
Recordar cómo era, les resultaba imposible.
Él no sabía qué tenía que poner dónde y ella
olvidó sus zonas erógenas. Se abrazaron y el recuerdo emergió. Carmen Vidurria
despertó a Don Juan, le propuso un matutino. Claro, pensó él como ella no tiene
que hacer nada, piensa que yo sí debo.
Además, no recuerdo qué pasó y mucho menos cómo
se hace.
-Bueno-, dijo Carmen Vidurria –entonces tomemos
unos mates. Para mí es lo mismo-.
Ella trató de rescatar la memoria nocturna,
sin éxito –Don Juan, voy a casa, me siento agotada, nos vemos en tres meses, es
tiempo suficiente para reponerse-.
Cuando llegó el día, Carmen Vidurria se
vistió como para un casamiento. Sombrero de paja de Italia, con el jardín de
los cerezos cayendo en sus hombros, vestido de seda gris, con una cinta roja en
la cadera.
Le dieron el certificado de supervivencia,
antes le tomaron la temperatura, si estaba fría no lo podían otorgar. Carmen
Vidurria, mirando a ver si lo encontraba, escuchó una señora muy aseñorada. -Usted
busca al Señor Don Juan, él falleció hace una semana-. Ella la miró como si el
mundo hubiese dejado de girar. -¿Y no dejó nada dicho para mí?-. La mujer aseñorada preguntó su nombre –Sí dejó
un mensaje para usted, aquí está-. “Querida Carmencita, lamento haber partido antes que
vos y lo que más lamento, es que ya, me acordé cómo se hacía”.
lunes, 4 de abril de 2016
DE CALLADO
El punga anduvo en los burdeles meta y ponga. Enroscaba los mostachos entre el índice y el pulgar. Cuando oteaba alguna mina bien dotada, se mojaba la palma con saliva, para dejar el jopo acostado y con brillo. Antes de abordarla rozaba cada zapato con el tobillo. Después, nada más que un silbido chiquito le sentaba la mina en las rodillas. Fruncía el ceño y de costado le ensartaba un mordisco en la garganta.
La mina se dejaba, mansa, ofreciendo alguna teta a la altura del bigote, con el deseo ferviente que siguiera. Él, sin decir nada, la empujaba de prepo a la pieza exclusiva del Obispo. Antes de la fiesta se persignaba, era creyente el fesa, como todo mentiroso. La mina quería más de aquella cosa grande y verdadera. Cuando el sol se filtraba por el junco, partía sólo, a la deriva.
Tenía el vicio de dormir en algún banco de la iglesia. Las chicas de
En el pueblo nacían niños idénticos al punga. Nadie hablaba del fenómeno. Había al respecto un silencio, similar al de las dictaduras sangrientas.
Tal vez el inconciente colectivo admiraba a este hombre. El ayuntamiento lo nombró Ciudadano Ilustre de aquella comarca. Paseaba con orgullo por la plaza del domingo. De su cintura, al lado del facón oxidado, colgaban las llaves otorgadas, que él hacía tañir cuando los señores lo saludaban rozando los sombreros y las señoras inclinaban sus cabezas como geishas a disposición.
El Alcalde anunció la visita de
Dicen que vive en España. Las putas fueron las que lo extrañaron primero. Había meses de seca, pero los suelos de esa tierra se inundaron igual, tales fueron los ríos de lágrimas. Le hicieron un monumento frente al prostíbulo, otro dentro de la iglesia y el más grande se lo mandaron de regalo cuando se anunciaron las nupcias del punga con
D
ARGENTINA MUCHO NERVIO
-Tenés que adelgazar Quintina, estás gorda-.
Lo decía su amiga librera, -Y cómo no voy a estar así, estos corpiños me
aumentan, son mi billetera, ya que me robaron tres mochilas, dos carteras y la
bolsa de los mandados, ahora espero que a nadie se le ocurra meterme la mano en
una teta para sacarme la guita-. La amiga tenía la mandíbula caída, como
siempre. –Che Quintina, vos llegaste a ser decana, publicaste libros, toda esa
sabiduría académica, podrías ser docente-.
Quintina no la dejó hablar más nada.
-En
vez de pensar por mí, porqué no me das laburo en tu librería, eso quiero. Tus
sugerencias, gracias, pero recién tiré-.
Su amiga la puso en la caja, le pidió que
fuera razonable, si le daba otra tarea pasaría todo el tiempo leyendo.
La librería, siempre vacía, se llenó de
gente. Quintina no daba abasto. Le compraban sus libros u otros que ella
recomendaba en los suyos. No faltó la cola de las dedicatorias, algunas las
hacía su amiga imitando su firma.
-¿Sabés una cosa, traficante de libros?¿Cómo
podés ser tan boluda de avisar por Internet que acá trabajo yo?, la putada de
sacarme fotos en la caja para salir mañana en los pasquines, te querías hacer
unos mangos conmigo, rata-. La amiga se puso a llorar, con hipos le decía
fifty fifty y lo vamos a visitar a Humberto.
Quintina le agarró la cabeza, le habló de
cerca con aliento a mil puchos, dijo –Humberto se murió, se murió, se murió. Burra, quedate con tus fifty fifty-.
viernes, 1 de abril de 2016
PERRÍN
Las gemelas fueron un vía crucis. Solía ser
cuidadosa con mis muñecos, a mí me regalaban porque nunca rompía nada. De
chicas operaron todas mis muñecas, para ver qué tenían adentro.
En el verano visito a nuestra madre, no voy
en las fechas que arriban ellas. Mientras revisaba el ropero grande, noté que
en esa casa guardaban hasta las tapas de gaseosas, los trajes de los sucesivos
casamientos, los de comunión y los de bautismo. Entre mis juguetes faltaba Perrín,
era mi preferido, Mamá lo tenía oculto y sólo me lo daba cuando las gemelas se
ausentaban.
A Perrín le apretaba apenas los costados y
de entre sus pelos salían acordes de cinco notas. Lo mandó un tío de Francia,
se llamaba Pierrot.
No parecía justo que Perrín fuera Pierrot. Era
tan peludo que no se le veían los ojos.
Pregunté a mi vieja si no me lo podía llevar
a Perrín. Se le cayó el colador de tallarines y dos tenedores se fueron atrás
de la cocina. –Mirá querida, vos conocés a tus hermanas, lo encontraron y
bueno, ¿no? Imaginate..., si querés te lo muestro-.
Cuando lo vi casi muero de odio, le sacaron
los ojos, tenía una operación del cuello al lomo.
Vinieron juntas, antes saludar a Mamá
gritaron –Somos Ingenieras en Sistemas y trabajamos en el Ministerio
“Tecnonada”. Allí inventamos de todo-.
Les faltaba el aire para continuar –A Perrín
¿Te acordás? Era tuyo, le practicamos una cirugía y logramos instalarle un
aparato que tiene trescientos temas, lo prendés apretando el ojito derecho. El
izquierdo lo perdimos, lo rellenamos con lana de vidrio y pelotas de pelotero.
Nos pareció antiguo el pelo, se lo cortamos
tipo punk, con rastas en las orejas, quedó divino-. Las muy perras saludaron a
Mami con abrazos y besos que me dieron náuseas. Preguntaron dónde estaba
Perrín, querían terminarlo antes que me fuera. Hice mi valija y saludé sólo a
Mamá, a ellas les pegué un puntapié en las canillas.
Un restaurador recuperó a mi antiguo Perrín.
Con su música de cinco notas y esos ojitos curiosos. Lo puse en la cómoda,
desde mi cama lo veo como la primera vez que lo conocí, tan suave, tan cercano.
Suelo percibir las siluetas de las gemelas tras las cortinas, pero no, es sólo
imaginado. Ellas entre cagada y cagada, dejan un espacio de tres años.
Es la única consideración que tienen con el mundo.
Es la única consideración que tienen con el mundo.
jueves, 31 de marzo de 2016
LA MIRADA DEL OTRO
-¿Porqué me mirás?¿Te querés enterar del
paso del tiempo? Y encima, tenés razón, mi panza parece intentar llegar a los
empeines. Seguí nomás, mirá, las tetas son tan abiertas que cuelgan de mis
axilas y las puedo atar detrás de mi espalda, como si fuera el elástico de un
corpiño.
Me pongo de costado, así no molesto tu
posición relajada, mirá este glúteo y después mirá este otro, las cataratas del
Niágara, que cataratean sobre mi culo caído. Fijate, tengo protuberancias y
pozos, vino por mí la celulitis, hasta tengo hemorroides celulíticas. Ahora que
me siento ves mis dedos de los pies encimados.
Preparate, los levanto. Los ves sin interés.
En todos estos años capas y capas de piel callosa, no tengo planta de los pies,
tengo suelas con plataformas. Gracias a ellas mirá como te empujo. Si quiero te
beso la boca, si quiero aplasto mi cara contra la tuya. Te muestro con
linterna, mirá hasta en donde salen
canas.
Tu mirada es más cruel que la verdad verdadera.
Esto se terminó, no quiero más tus ojos
sobre mi cuerpo, te voy a reventar-.
Tomó un candelabro de bronce y rompió el
espejo.
martes, 29 de marzo de 2016
LA VISITA II
Pasó una semana y fui a limpiar el
departamento del abuelo, él no estaba, seguro que fue a la plaza, ojalá me de
tiempo a terminar.
Volví a mi casa, dijeron que el abuelo
estaba en el cielo, se lo llevaron los ángeles, nunca dijeron “se murió”
piensan que soy estúpida. Si se murió, se murió. Fueron todos al sepelio, no
permitieron que yo fuera, me iba a hacer mal, lo decían con piedad fingida.
No quedó nadie, era ideal para una visita.
Me gustó que hubiera mantenido la limpieza.
Abrí ventanas para que entrara aire y el
sol. Estaba en el sillón hamaca, fumando su querida pipa, los rayos del sol lo
hacían parecer un patriarca.
Me regaló una caja de seda raída.
Debía abrirla en mi casa y sin testigos.
Entorné la tapa y los rayos de luz me
enceguecieron, adentro había... No quiero escribir el contenido. Es un secreto
entre mi abuelo y yo.
Todos dicen que murió, no sé porqué. Lo veo
todos los días, ahora le cuento cuentos verdes, se ríe tanto que se le sale la
dentadura.
Me dijo que al lado vivía un viejito
parecido a él, como un gemelo. Cuando descubrió al viejo muerto, robó sus
documentos y puso los de él.
-Yo sabía que estabas vivo ¿Y los demás no
se dieron cuenta?-. El abuelo contestó -¿Y quienes son los demás?-.
lunes, 28 de marzo de 2016
LA VISITA
Condecoró la noche bajando las persianas, cerrando las ventanas.
La nube de tierra quedó suspendida en el
aire ausente.
-Abuelo,
traje mi bolsa de dormir, Mami dice que aquí se concentra todo el polvo de la
tierra-. Él fumaba su pipa y el humo borró los contornos del mobiliario –Es un
sueño abuelo, aquí estamos. Vos dormí, te voy a contar un cuento-. Decía que el
lobo feroz fue absuelto y quedó libre. Los tres chanchitos morían congelados en
el freezer, terminando su martirio al spiedo. –Acá no se puede respirar ¿Puedo
abrir la ventana?-. Un viento inesperado sopló toda la noche en el pecho del
abuelo. La nieta despertó con ganas de seguir el relato del lobo liberado.
Preparó un mate de leche y lo acercó a la cama. –No tengo ganas princesa, juntá
tus cosas que en diez minutos te pasan a buscar-. Ella le tocó el pecho y no
escuchó latidos, las manos heladas como el mármol. Lo cubrió con una manta, el
abuelo dormía. –Seguro que el cuento le dio insomnio, él ama los chanchos, debí
saltearme esa parte-. Se puso la mochila y besó la frente del abuelo. Bajó
cantando, encontró a su Mami y le dijo –El abuelo estaba muerto de frío. Ya lo
tapé-.
domingo, 27 de marzo de 2016
BRUNO Y SU GATO
Hoy Bruno presentó quejas, con la pasta
dentífrica y el cepillo de dientes dándole vueltas, dijo que estaba harto de
verme escribir toda la noche –Por lo tanto de noche, duermo sin esposa-. Cuando
terminé mi cuento fui a dormir exhausta, había un papel que decía “Y de día
dormís, tampoco te veo”. Bruno está mal, pero yo el libro lo tengo que
terminar. Se olvidó el celu, mensaje de texto, lo leo por si es algo importante
–“Te llamé infinidad de veces Bruno, Miau, te extraño, quiero hacerlo hoy, en
realidad quiero hacerlo ayer y siempre, Miau besito, Bruno-Miau-Miau-Miau”-. Le
hablo –Decime pedazo de nada ¿Quién es Miau o Miau Miau?
Ah ah después me explicás, qué carajo me vas
a explicar ¿A mí que mierda me importa que sea la mitad de tu pelotuda
reunión!? Besito te manda tu gatita, si estuvieras a mano te mato. No me
cortes, porque voy a tu puta reunión y te dejo sin socios, no me cortes cerdo,
no me cortes!!! Hola? Hola?-. Cortó y desconectó, voy a respirar hondo. Acá
está el formón y en el piso tu celular, los junto en un golpe terminal. Bruno,
Miau, ¡Mirá! Pobrecito, se quedó sin su mano derecha.
Respiro hondo y subo a terminar mi historia.
Escucho las llaves y su voz descarada -¿Dónde está mi bella durmiente, ni de día ni de noche? Es en serio, me voy, es mucho, no tengo ganas ni tiempo de decirte nada ¿Qué te voy a decir?-. Yo seguía con mi personaje y dije –Chau, me podés decir chau-.
viernes, 25 de marzo de 2016
PSIQUISIERA
Coco preguntó distraído, -¿Ustedes se
acuerdan de Griselda?- Chacho miró de
costado –Buenas tetas, buen culo, gemelos perfectos, tobillos finos y esos
vestidos cortones, transparentes-. Toto suspiró –Las tetas eran más grandes sin
corpiño-. -¿Y vos qué sabés?-, preguntó Chacho. Los tres se rieron, Griselda
generosa, cachonda, estuvo con los tres. Lo hacía por gusto, no cobraba y a
veces se enamoraba.
-¿Saben que la vi el otro día, gorda, las
tetas le llegan al ombligo, el pelo es paja brava, los ojos los tapan bolsones
de piel-.
Griselda aprovechó la mañana de sol para
hacer compras, dos zanahorias, una caja de curitas y un minifrasco de café.
Se le fue el dinero que tenía en tres cosas
de oferta. Tardó en darse cuenta, los reconoció, saludó a todos con un beso
general –Casi paso de largo, ¡Qué cruel es el tiempo! Ahora que los miro,
pienso que hice bien en no casarme con ninguno. Vos Coco, pelado y esa panza
fútbol cinco, me dijeron que te pusiste un cinturón gástrico con hebilla
externa, por si cambiás de idea. Toto y Chacho están iguales, sólo que los
botones de sus camisas fueron expulsados por exceso de volumen, es patético
encontrarnos después de treinta años, por suerte yo estoy igual. Me ayudó la
moda de las calzas, me juntan todo, no uso dientes postizos, no tengo cirugías
plásticas, soy sana. Mi única dificultad es la psique, mi psicóloga los hace
responsables a ustedes, dice que no me los pueden sacar de la cabeza: Coco,
Chacho, Toto-.
Sonó su celular, ella decía –Sí, a las
cuatro está bien, acordate que tengo otro turno a las seis, vemos. Chaucito-.
–Antes de irme les quiero decir que tengo tres amantes insaciables y cambié
mucho, ahora cobro. ¿Saben cómo se llaman? Coco, Toto y Chacho. Sus atributos
son notables, bien dispuestos. Igual que ustedes cuando eran jóvenes-. Les
señaló las braguetas, con nostalgia.
Faltaban tres minutos para las cuatro.
miércoles, 23 de marzo de 2016
BUZIOS 1973
No daban ganas de salir del agua.
El sol lastimaba cruel. Venían los finos de Río, había que vender.
Mis artesanías les encantaban. Se
hacían servir los idiotas, no bajaban de los autos, yo tenía que caminar adoquines
hirvientes y mostrar mis gracias.
Ese domingo un tipo me tomó
algunas fotos. Sentí que era importante. Nací tonta y crédula. Pregunté si
quería compr…no me dejó completar la pregunta, compró todo, hasta el collar que
llevaba puesto. Días después salí en O Cruzeiro: “Artesanato en
Buzios…bla…bla…”. Tenía para dos meses de alquiler y comida. Me calé el
sombrero y caminé por los adoquines, parecían fresquitos. La alegría
refrescaba. Justo de frente, veo venir lo increíble, la tipa más talentosa de
Bellas Artes, la más audaz, la más buena. Nos abrazamos y como cocodrilos,
lloramos. Los diarios argentinos, decían que la buscaban sin resultado. Yo la
hacía muerta, no le dije.
Ella contó que su padre trabajaba
y vivía en Río, estaba con ellos de vacaciones. Un descanso obligado, aseguró
con ojos tristes. La invité a mi casa, agradeció pero regresaba en el día.
Argumenté que ése era el mejor lugar del mundo, no había argentinos y se vivía
con nada. La idea le gustó, pero no era lo suyo. La acompañé hasta el micro
desvencijado.
Después del abrazo final, dijo que
quería cambiar el mundo y una aldea de pescadores no le servía. Meses más
tarde, salió en el Journal do Brasil: “En un episodio confuso…bla…bla…”. Sus
ojos brillantes en la foto y ella en mi corazón, para siempre.
Era domingo. No trabajé. No pude.
No quise.
domingo, 20 de marzo de 2016
EL PESO DEL TIEMPO
El más alto de la familia Baster era el
reloj de péndulo. Los chicos temían las campanadas, en especial las doce, que
se hacían interminables. A pesar de sus años andaba como hecho ayer. Todo el tiempo esperaba las manos ásperas, del más
viejo de la familia que le daba cuerda. Lo agradecía como inyecciones de vida.
Andaban sus más pequeños, los segundos y las horas que rodaban los números
romanos.
A cada hora, siempre le faltaban doce horas.
Hubo varias generaciones de abuelos, que
jamás olvidaron que sin girar la llave, el reloj dejaría sus tictaes y su vida
en una bóveda oscura con vidrios biselados, esmerilados de mugre y el péndulo,
un suicidado sin brillo. La familia Baster, del siglo XXI le lustró el péndulo,
los vidrios, las maderas y el círculo numérico. Le serrucharon los pies, un
detalle de la modernidad. Él sufrió un poco la ausencia de piernas, como no
caminaba porque nadie le daba cuerda, le dejó de importar.
Apareció en la familia un hijo relojero
llamado Doctor Kiton Baster, hábil y audaz realizó una microcirugía en el
interior del reloj, sin anestesia, era duro y se la bancó. Fue un milagro, lo
puso a funcionar en su totalidad y el reloj, que seguía siendo el más alto de
la familia Baster, hizo tronar las campanadas y las horas tuvieron un asociado
nuevo, el Servicio Meteorológico. El reloj estaba tan feliz que era capaz de
andar sin cuerda. El Doctor Kiton Baster partió de la casa a trabajar en
Suiza. Su madre detuvo el péndulo, decía que le molestaba para dormir. Torció
las agujas, para no escuchar los tictaes, la ponían nerviosa. Le serruchó el
techo, dijo que era demasiado trabajo su limpieza. Después siguió con los
vidrios, quiso sacar el redondo con una gubia grosera. No pudo. Lo intentó con
el vidrio vertical. No pudo. El reloj escuchó cómo la señora Baster llamó a un
carpintero para deshacerlo por completo la tarde siguiente. La señora se acercó
al reloj con gesto triunfal y él se le fue encima.
El cristal redondo le quedó incrustado en la
cara y el vertical estalló de ira en todo el cuerpo de la señora Baster.
jueves, 17 de marzo de 2016
ANÓFELES, ZIKARIOS, FUGLIANOS
Tenía los expedientes para llevar a
tribunales ni bien abriesen. Había mosquitos en toda la atmósfera de casa, aún
con las viejas espirales y frasquitos enchufados parecían inmunes a los
venenos.
Las sábanas se me pegaban al cuerpo y los
silbidos de los moscos rozaban mis oídos y picaban piernas, brazos, espalda, ni
mi cara respetaron. Con la luz apagada, agarré la primera carpeta del
escritorio, debo haber matado seis como mínimo.
La batalla continuó, mis armas eran lo que
tenía más próximo, arremetí con los expedientes, el enemigo pareció
desaparecer. Quedaron muchos heridos que picaban tres veces en el mismo lugar.
Seguí con las otras carpetas, me parecieron las más contundentes. Eran
invencibles, con los expedientes restantes proseguí hasta la madrugada. Me
desperté con los ojos pegados, dejé que el agua fría ayudara a sentirme vivo.
Como un acto reflejo cotidiano ví el espejo.
Tenía marcas de carpetazos en toda la cara. Las picaduras parecían verrugas
cagadas a palos. Peor los expedientes, corrugados con firmas y sellos diluidos.
Pasó un tiempo prudencial antes de poner en
orden los papeles que planché, las carpetas con sus ítems corregidos con tinta
centrifugado final.
Me disfracé de limpio y corrí la violenta
olimpíada a tribunales, llegué tarde, me atendió la secretaria con su arruga de
constreñida más honda que nunca.
Se asustó cuando me vio y preguntó
-¿Qué le pasó?-.
-¿Qué le pasó?-.
Le dije que justo cuando cruzaba la plaza me
cayó un nido de camoatíes en la cabeza
–Vienen para aquí. Llego tarde, ¿puedo hablar con el Juez?-. La constreñida abrió la puerta y el Juez, molesto por la demora, ni ofreció que me sentara.
–Vienen para aquí. Llego tarde, ¿puedo hablar con el Juez?-. La constreñida abrió la puerta y el Juez, molesto por la demora, ni ofreció que me sentara.
Le entregué las carpetas con los expedientes
que llevaron meses de trabajo. Los hojeó con mirada displicente.
-Cuánto
mosquito aplastado tienen estos papeles, diría que son impresentables-. Giró su
silla neumática y arrojó al cesto todas las carpetas,-Según mis secretarios,
sus expedientes son innecesarios, Buenos días y disculpe la molestia,
doctorcito, así como yo disculpé su tardanza-.
lunes, 14 de marzo de 2016
TE LA HAGO CORTA
Estoy clavada a la silla escribiendo cuentos
cortos y medianos. Exprimo la imaginación por temor a quedarme sin jugo. Se
puede observar en autores de la ostia. Influyen generosos en palabras y
estructuras.
Escribo, leo, me lavo los dientes, soy buena
persona y mala persona.
Yo no sé porqué no remitirse a cuentos más
viejos, siempre el último o los dos últimos, vamos chabón, hay más, siempre hay
más. Creer en estadísticas melifluas de cuentos leídos, me da triste.
Tengo un blog y subo uno todos los días. A
los suizos, argelinos, rumanos, no digo iraquíes porque tienen otras
ocupaciones.
Lean los cuentos más viejos, no es un “por
favor”, carajo, ni un pedido.
¿Para quién mierda escribo?
-Holá?...holá?...no sé que pasa -. Ahora
comunica, sigo,
-¿Entendés
lo que te digo? Hola ¿Estás escuchando?-.
-Qué hijo de puta, cortó.
sábado, 12 de marzo de 2016
CATALINA ARANCELES
El cementerio se inundó cuarenta veces en
ciento veinte años. Los deudos de todas las bóvedas las vendieron por monedas,
incineraron a sus parientes muertos y arrojaron las cenizas a la laguna. Sólo
una bóveda quedó en pie, con superpoblación finada, los ataúdes cubiertos de
telas blancas, bordadas a mano por las “Hermanas Hilo por Hilo”. Todos los
días, sin falta, venía la última heredera de la bóveda más antigua del lugar.
Si había inundación, se trasladaba en bote. Si llovía se guarecía dentro del
reducto. Rezaba el rosario perdido, con un collar de perlas, le salía completo.
Catalina Aranceles era atea, lo del rezo lo hacía en homenaje a los que se
fueron, todos tan católicos que donaron sus pertenencias a la iglesia. La
familia quedó tan agradecida que ninguno visitó el cementerio jamás, excepto
cuando murieron, que no sólo lo visitaron sino que se quedaron. Ella vivía en
una casa precaria, el deseo de Catalina Aranceles era tener una casa digna,
pero carecía de medios económicos, el último gobierno arrasó con su fortuna.
Decidió hacer una feria americana, con toda la mantelería del recinto. Cuando
se efectuaba el pago del último mantel, lo cobró en Euros, porque estaba hecho
con hilos de seda de gusanos macho. Se presentó el Director de Cementerios,
especialista en nichos, bóvedas y fosas comunes, estas últimas rellenas de
comunistas. –Buenas tardes, Señora Catalina Aranceles, sepa disculpar, pero me
veo obligado a decirle que lo que usted hace está totalmente prohibido-.
Catalina, con voz áspera y mirada de demonio de Tasmania preguntó -¿Quién es el
autor de tal prohibición?-. El Director dijo –Mire, hasta hace poco fue Ley-.
Catalina Aranceles lo quitó del medio con cajas mal templadas. Necesitó la
ayuda de dos mudadores y un constructor para el traslado de objetos, los
ataúdes incluidos.
Las tapas de estos últimos serían las
puertas y las bases, ventanas con alféizar. Al abrir los cajones todos
recularon, dentro de ellos sólo había camisones y camisas. Las almas subieron a
los cielos y dejaron sus indumentarias.
Le pusieron vigas de mármol de Carrara para
que la casa fuera palafita. El techo, Catalina Aranceles, decidió que fuese con
los vitraux de la bóveda. Al constructor y su ayudante les pagó con la venta de
camisones y puntillas.
Concluido el trabajo Catalina Aranceles se
sintió vacía, no le quedaba nada por visitar. Una mañana de septiembre abrió
sus ventanas y montones de periodistas y camarógrafos le preguntaban si podían
entrevistarla y filmarla. –Bueno bueno-. Dijo Catalina –Voy a ver si mi
apretada agenda lo permite-. Tomó un libro de la biblioteca y les pidió que las
entrevistas fueran espaciadas.
El costo de cada visita sería de quinientos
euros y en caso de prensa amarilla de dos mil euros.
Con su primer pago en el corpiño, Catalina
Aranceles miraba el interior de su casa mientras comía un catering de sushi,
salmón, wasabi y puré de papas. Por suerte no había nadie, porque Catalina
Aranceles eructó haciendo resonar la laguna, mientras le dijo a la luna lo
mismo que decía su abuela. Nada se pierde, todo se deforma.
jueves, 10 de marzo de 2016
BRRR BRRR BRRR
Apareció un gato muy particular, le
decíamos “el egipcio” por andar con el cuerpo de frente y la cabeza de perfil.
Vivió en casa cinco años. Era trashumante, solía quedarse a dormir en casas del
vecindario. No podía maullar, debido a la ausencia de cuerdas vocales. Le
faltaba una oreja, que perdió en alguna batalla de los tejados.
La pata izquierda delantera, la pisó una
moto. El conductor era veterinario de animales pequeños, reconstruyó los huesos
con titanio y el resultado fue óptimo. Imposible advertir cual era la pata
herida.
Su trashumancia lo llevó a la casa de
enfrente. Tenían una cocinera satánica que cuando lo vio cerró la puerta,
dejando la cola del egipcio a medio camino entre cortada y quebrada. Se la
dejamos así y él estuvo de acuerdo. Para contestar, abría la boca de la cual no
provenía ningún sonido.
El jardinero, trabajando con un rastrillo,
le quitó un ojo de un puntazo. El egipcio desapareció varios días, nos volvimos
locos buscando el ojo faltante y no hubo nada que hacer. Quedó tuerto.
Si el egipcio escribiera un libro se
llamaría “Los pedazos que perdí”. Le hicimos un cuarto especial, con
almohadones mullidos y piedritas en suite. El tipo se acomodó y ronroneaba. Nos
asombramos, pensamos que alguna cuerda tenía. A la mañana siguiente no estaba.
Su vida nómade era un reflejo de libertad.
No lo favoreció su alzhéimer, caminó lejos y
olvidó que aquí, era su casa. Volvió para Navidad. Ronroneó más fuerte que
antes y se dirigió a sus aposentos. Mientras brindamos se escuchó una voz
finita que gritó ¡Feliz Navidad! Provenía de la habitación del egipcio.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
